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NotaPublicado: Jue Nov 03, 2011 6:19 am 
Guerrero/Brujo
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Bueno, al ver que este hilo no se mueve hace más de un año. He decido dejar un relato ambientado en el implacable mundo precolombino ;)



“EL PUEBLO DE LA BRUMA”

Por

José Luís Castaño Restrepo


“…Y entonces el señor de todo lo conocido, mirándole con desdén, inquirió—: Mis dominios se extienden hasta los márgenes del gran mar salado, cubriendo montañas y selvas. Todas las criaturas se postran ante el hijo de Sol y le rinden homenaje…Entonces, ¿por qué debemos evitar poner pie en las cumbres brumosas que se alzan desafiantes en medio de mi reino?
El viejo sacerdote se postró con respeto y respondió con un tinte inquietante en la voz.
—Está escrito, desde el inicio de los tiempos, que ningún vástago del Sol podrá pisar la tierra de los ancestros de T´kmal, aquellos que renegaron del supremo creador y fueron sumidos en la oscuridad perpetua…”

Fragmento de las crónicas de Arzal, el escriba.


I

Un bochorno húmedo flotaba en la floresta después del repentino chubasco. Nubes de vapor ascendían con lentitud hacia las copas de las gigantescas ceibas, aumentado el calor infernal que reinaba en aquella selva. No obstante, esto no parecía importarle a la figura que se movía con agilidad silenciosa entre las nudosas raíces de los colosos durmientes. Su silueta se recortaba como una aparición de ultratumba entre la espesa vegetación tropical. Al fondo, el graznido de las cacatúas y el chillido de los monos disimulaban el escaso ruido producido por sus mocasines al hollar la tierra mojada.
La figura se detuvo cerca de un roquedal, plagado de musgo y maleza. Sus ojos de hielo, duros como la piedra, escudriñaron los alrededores con agudeza. Un cuerpo nervudo, plagado de cicatrices, daba cuenta del tipo de vida que había llevado. Tenía la piel cobriza y un rostro afilado de facciones bruscas, muy diferente a las de los hombres que poblaban aquellas tierras. Vestía un pantalón de cuero basto y sobre el pecho desnudo relucía un pendiente con una gema amarilla en el centro. En el metal que la engastaba destacaban unos caracteres en un lengua ajena a aquel continente.
Portaba un arco y dos armas en el cinto, un cuchillo con mango de marfil y un hacha fabricada en el mismo material. Una aleación grisácea que despedía leves destellos al ser acariciada por la luz que se filtraba a través de la arboleda. Algo en su interior le advirtió que el peligro acechaba muy cerca de allí. Con la sangre palpitando en las sienes, Taloc aferró el mango de su arma preferida, la misma que había portado con orgullo desde que abandonara las tierras del norte y se internara en los dominios de los sangrientos dioses Nahuac, en busca de fortuna.
El tacto frío del material le trajo algo de alivio a sus tensionados músculos. De alguna manera, sabía que nada en aquella tierra hostil podría compararse con la hoja que tenía entre sus dedos. Sin embargo esta sensación duró poco, ya que en medio de la confusa cacofonía que reinaba en la floresta, sus aguzados sentidos pudieron detectar la presencia del verdadero amo de aquel territorio. Percibía el olor acre de su pelaje y el tenso silencio que se cernía como un manto invisible a su alrededor. Todas las bestias selváticas parecían inclinarse antes su monarca, sumiéndose en un angustioso mutismo. Taloc pegó la espalda a la piedra húmeda mientras trataba de adivinar el lugar desde el cual acechaba el jaguar. Su supervivencia dependía de ello. Sus ojos se posaron sobre un tronco nudoso a unos veinte pasos de allí y la sangre se le congeló en las venas. El señor de la jungla le contemplaba impasible, sin mover un sólo músculo. La única señal de que no se trataba de una efigie de ébano, era el acompasado jugueteo de su larga cola. Dos gemas amarillas destellaban en aquel rostro salvaje y hermoso.
Taloc, acorralado, le sostuvo la mirada, aferrando con dedos sudorosos la empuñadura de la segur, la única defensa que tendría en contra de aquella pavorosa masa de músculos, garras y colmillos. El felino se desplazó hacia adelante con un elegante salto, sin apartar la atención del humano que irrumpía en sus dominios. Sin embargo el guerrero descubrió que tan sólo curiosidad asomaba detrás de aquellos profundos ojos ambarinos. El gigantesco gato se relamió la boca, develando una hilera de dientes afilados que podrían despedazarle sin esfuerzo. Entonces, el hombre desvió la vista hacia la derecha y vio la figura de un guerrero nahuac apuntado su lanza en contra de la bestia. El animal también pareció sentir la presencia del extraño, ya que lanzó un estrepitoso rugido y se volvió para encarar la nueva amenaza. Taloc contempló aquellos músculos en tensión preparándose para el ataque.
—¡No! —Aquella palabra se amontonó en sus labios de manera sorpresiva.
Los duros ojos del nahuac se posaron sobre él sin comprender lo que estaba sucediendo. No obstante pareció entender aquel mensaje, ya que retrocedió de nuevo hacia la protección de la jungla.
El jaguar se volvió, sus pupilas húmedas despedían un brillo inquietante que estremeció al guerrero. Había algo casi humano detrás de aquella mirada, una inteligencia ancestral que dejó perturbado al mestizo. El inmenso bruto dio un salto y se perdió por donde había venido, dejando al hombre sumido en un extraño desasosiego.

II

—La bestia desapareció sin haceros daño —musitó el nahuac con recelo. Taloc le miró, pensativo. Recordaba aquella escena con pavorosa claridad.
—¿Cómo sabíais que no os atacaría? —insistió el nativo sin apartar la vista del mestizo.
Taloc suspiró y asintió levemente.
—No lo sabia —replicó, contemplando la hoguera que ardía a sus pies—. Algo dentro de mí me hizo comprender que no me dañaría.
El nahuac gruñó para sí antes de sumirse en un incómodo silencio.
Comieron de manera frugal antes de continuar su camino. Tenían la misión de explorar los alrededores para luego retornar al lugar donde la fuerza principal les esperaba con el fruto del saqueo. Taloc no era un nahuac, pero sus habilidades como explorador eran muy apreciadas entre los miembros de la casta sacerdotal. Como todo extranjero, era mirado con suspicacia, sobre todo por los aristócratas que envidiaban sus habilidades y habían escuchado las fabulosas historias que se contaban acerca del hombre venido del norte. Algunos incluso afirmaban que se trataba del hijo de un dios, debido a su extraña apariencia física y a los inquietantes ojos grises que refulgían en su rostro. Un aspecto impensable entre los miembros de aquella raza, hombres de piel cetrina y facciones de halcón. Habían sido sus habilidades en la lucha lo que le había granjeado el respeto entre los miembros de aquel aguerrido pueblo. Muchos habían encontrado la muerte tratando de derrotarle, ansiosos por obtener las fabulosas armas de metal que simbolizaba el único vínculo con su remota estirpe.
La jungla se espesó aún más a medida que avanzaban hacia el sur, tratando de encontrar un camino seguro para retornar al campamento de los nahuac, cuando los labios de su acompañante se abrieron de nuevo.
—Esto ha sido obra del dios Jaguar —exclamó sin apartar la vista de densa maleza.
Taloc le miró con curiosidad, en aquellos instantes su mente intentaba discernir los peligros que podrían encontrar más adelante.
—¿A qué os referís? —inquirió, apartando las hojas que le cerraban el paso.
Esta vez los ojos del sombrío nativo se posaron sobre él con extraña intensidad.
—Me refiero a vuestro encuentro con la bestia negra —aseguró con sequedad.
Taloc se detuvo y respiró hondo. No podía imaginar cómo un guerrero como Hanoc, pudiese albergar supersticiones propias de un sacerdote fanático. Claro que no lo podía culpar, la vida de su pueblo estaba supeditada al capricho de sus dioses, unas deidades muy diferentes a las que había conocido en la niñez de boca de su padre. Taloc era diferente en muchos aspectos, y tal vez era eso mismo lo que creaba una atmósfera sobrenatural a su alrededor, sobre todo a los ojos de los recelosos nahuac, embrutecidos por su salvaje religión.
—Algunos dicen que sois un enviado del mismo Quetzkol —dijo, resbalando la mirada hacia las hojas de metal prendidas al cinto de su compañero—. Ahora el señor de la jungla os ha otorgado su bendición. Eso significa que ningún daño os sucederá en la batalla.
Taloc no replicó, aquellos comentarios acerca de su supuesta divinidad le tenían sin cuidado. Claro que tampoco pensaba desmentirlos, el hacerlo podría provocar que sus poderosos enemigos decidieran que su presencia no era necesaria y resolvieran ofrecerlo en sacrificio a los dioses. Además, el hecho de portar un aura sobrenatural era algo que servía para obtener ventajas que ningún forastero podría ni siquiera soñar entre aquella raza cruel.
Se disponía a discutir aquella cuestión, cuando un leve movimiento en la maleza les alertó. Intercambiaron miradas de aprensión y se dispusieron a prepararse para la lucha.
Taloc saltó como un lince y se ocultó entre el nutrido follaje. Desde allí, podía escuchar el suave murmullo de un arroyo cercano. Con la adrenalina ardiendo en las venas, los sentidos del mestizo advirtieron los sonidos que parecían surgir de la broza. Voces, murmullos que cobraban cada vez más fuerza a medida que se acercaban. Quienes avanzaban por el camino parecían sentirse seguros recorriendo aquellos parajes. No podían siquiera imaginar lo que acechaba entre los matorrales.
Taloc fue el primero en verlos. Eran seis, armados con lanzas y macanas terminadas en agudas cuchillas de obsidiana. Algunos incluso portaban petos de algodón reforzado. El experimentado explorador desvió la atención hacia los dos hombres que parecían liderar el grupo, si éstos caían, el resto se desmoronaría. El sonido de un ave le hizo volver la cabeza hacia donde se ocultaba Hanoc. El nahuac estaba ansioso por entrar en acción. Enfrente de él se hallaban los odiados enemigos de su pueblo.
El mestizo percibió que su compañero estaba a punto de atacar y aprovechó aquella situación para rodear a la partida de nativos. Tal y como lo sospechaba, Hanoc saltó como un demonio enloquecido haciendo silbar su lanza por los aires. La afilada punta de la pica encontró blanco en uno de los sujetos que avanzaba a la cabeza. El desdichado cayó de bruces, sin saber siquiera qué le había golpeado. Como si hubiesen visto un fantasma, los estupefactos kochitecas tardaron un latido en reaccionar ante el hombre que osaba enfrentarles en medio de sus dominios. Aquel lapso de vacilación le permitió al nahuac arrojarse hacía adelante y destrozar el rostro de un segundo contrincante con las pavorosas cuchillas de su macana. El agudo lamento de aquel desgraciado consiguió arrancar a los cuatro guerreros restantes de su estupor. Los furiosos kochitecas se abalanzaron en medio de un estrepitoso alarido que retumbó a través de la floresta. En ese momento Hanoc comprendió la gravedad de su atrevido movimiento. Cuatro hombres bien pertrechados le hacían frente, dos de ellos portaban petos de algodón reforzado, muñequeras y grebas del mismo material. Sin duda se trataba de guerreros experimentados que sabrían darle batalla. Estaba acorralado. Pero aún faltaba lo peor, en el desarrollo de aquel irreflexivo embate había perdido contacto con su compañero. Se encontraba a merced de sus rivales y no le quedaba otra cosa por hacer que luchar hasta la muerte, o encontrar el fin a manos de los siniestros sacerdotes de su odiado enemigo.
Pero Hanoc era un combatiente habilidoso, dispuesto a vender cara su derrota. Uno de los kochitecas arremetió con decisión, confiado en que su coraza le protegería del embate del nahuac. Hanoc apenas pudo agachar la cabeza para evitar el demoledor golpe de su adversario. Al mismo tiempo, bloqueó con la maza el envite del segundo hombre, un soldado raso sin ninguna protección corporal, armado con una larga lanza. Aprovechando aquella debilidad, el defensor rodó hacia adelante, evitando otra embestida del primer rival, y a la vez golpeando al siguiente contrincante. Al verse alcanzado, éste cayó de espaldas, con el codo convertido en una masa sanguinolenta. Sus gritos se vieron opacados por el aullido de Taloc, quien emergió de la espesura blandiendo sus armas con pavorosa agilidad. El contendiente más cercano arremetió con la pica, pero el endemoniado norteño era curtido en estas lides. Evadiendo la mortal hoja de obsidiana, se acercó al hombre con la velocidad de un rayo, hundiendo en su pecho la gélida hoja de metal. El kochiteca murió con una expresión de asombro en sus rasgos cicatrizados.
—¡Uno con vida! —rugió Hanoc con desesperación, mientras intercambiaba golpes de maza con su enemigo. Las astillas de piedra volaban sobre su cabeza al entrechocar con violencia las macanas. En medio de la refriega, el nahuac pudo ver con el rabillo del ojo cómo Taloc le hacía frente a otro sujeto, cubierto también con un peto acolchado.
El guerrero sonrió con crueldad al ver que su enemigo tenía el pecho desnudo. Tan sólo dos muñequeras de cuero endurecido se cerraban como cepos en sus gruesos antebrazos. Pero al descubrir la brillante hacha que hacía bailar entre sus dedos, la sonrisa se convirtió en una máscara de rigidez. Taloc, al notar la vacilación de su contrincante, acometió con dureza. El kochiteca se vio sorprendido por la agilidad del guerrero que tenía ante sí. Los movimientos del extranjero eran ágiles y letales como la mordida de una serpiente. Aprovechando una abertura en la defensa de su raudo enemigo, el nativo soltó un golpe de macana en dirección a la cabeza. Su sorpresa fue mayor al ver cómo las afiladas cuchillas de obsidiana se hacían trizas al contacto con aquel extraño metal que consiguió bloquear su brutal arremetida. En aquel instante comprendió que se hallaba a merced de aquel demonio de ojos transparentes. Lo único que pudo hacer para evitar el golpe fue confiar en la defensa que le otorgaba su armadura acolchada. Pero su suerte parecía estar echada, ya que la misma hoja que había inutilizado la macana, traspasaba las apretadas capas del algodonado. Un frío de muerte le atenazó las entrañas cuando aquel filo maldito se le alojó entre las costillas, dejándole fuera de combate. El hombre alzó la mirada con espanto, al tiempo que la sangre tibia resbalaba por su cintura. Los ojos del medio vikingo le contemplaban con una extraña compasión. Al fondo, el nahuac aullaba de alegría sobre el cuerpo quebrado de su enemigo.
—Viviréis —dijo en lengua común—, aunque creo que mejor hubieseis muerto…


III

Lo primero que Taloc notó al acercarse al campamento, fue la pestilencia que flotaba en el ambiente. Se trataba de un hedor sombrío que le recordaba la masacre en las aldeas kochitecas arrasadas días atrás. Algo en su interior, la parte heredada de su progenitor, se revolvía al pensar en aquellos ritos sin sentido. No obstante para la sangre iroquesa que le recorría las venas por parte de su madre, aquellas ceremonias sangrientas no parecían tan descabelladas. Después de todo, no había mayor gloria para un guerrero que someter y exterminar a sus enemigos sin ninguna misericordia.
Pero las mujeres y niños que le contemplaba en silencio desde la empalizada no tenían el aspecto de los enemigos que un bravo esperaría aniquilar. Taloc les miró por un momento, y aquello fue suficiente para sentir un doloroso vacío en el pecho. Se alejó de allí, tratando de enfocar la mente en las bolsas de jade que recibiría como pago por aquel trabajo.
No pudo dejar de sentir lástima por el guerrero capturado. El hombre le miró con altivez, mientras era arrastrado hacia la empalizada por varios nativos. Taloc le siguió con la mirada hasta que desapareció entre la multitud de miserables que compartirían su oscuro destino.
—Mi señor Chankal os espera —dijo una voz gangosa a sus espaldas.
El norteño se volvió y se encontró frente a un hombrecillo enjuto, de aspecto ceniciento, que portaba un tablero de jade plagado de extraños jeroglíficos pendiendo de su pecho. Sin duda se trataba de uno de los escribas que acompañaban al gran señor Chankal en su cacería de hombres.
Asintió y le siguió sin decir palabra.

El Noble Chankal yacía sobre un palanquín de bambú, rodeado por su guardia personal. Un grupo de guerreros emplumados, armados con lanzas, puñales, escudos y petos de algodón. El líder de la expedición portaba un tocado de plumas de quetzal y varios collares de perlas y jade, que resplandecían con timidez bajo la luz de un brasero. Sin embargo bajo aquella opulencia se ocultaba un rostro adusto en el que bailaban sin cesar unos ojillos oscuros y crueles.
La podredumbre de la muerte invadió las fosas nasales de Taloc al ingresar en el entoldado. Chankal le contempló con intensidad y en su mirada se advertía cierta irritación. Al parecer la entrada del norteño había interrumpido el esparcimiento del aristócrata. Taloc le echó un vistazo al lugar y se estremeció al descubrir el cuerpo mutilado que yacía a unos pasos de allí. Al notar la herida en el codo de aquel desdichado reconoció a unos de los prisioneros que había traído consigo. Se sorprendió todavía más al advertir que aún continuaba con vida. El hombre musitó con gran esfuerzo unas palabras a uno de los escribas, el cual trataba de no mirar aquel rostro mutilado sin orejas ni nariz. El mismo Taloc, acostumbrado a los horrores del combate, sintió cómo se le retorcía el estómago al contemplar aquellas pavorosas heridas.
—Ha repetido lo mismo, excelencia —exclamó el escribano en tono de preocupación, tratando de ocultar la repulsión que le abrumaba.
Los ojos de Chankal se abrieron como platos al verse invadido por la furia. Al parecer lo que estaba escuchando no le gustaba para nada, o por lo menos eso imaginó el mestizo al advertir la tensión que se apoderaba de sus repugnantes rasgos.
Dos secretarios se acercaron al improvisado trono y conferenciaron con su señor. Chankal pareció asentir de mala gana antes de alejarlos con un brusco ademán. Se irguió y, con un gesto de cabeza, le indicó a uno de sus hombres que el interrogatorio había culminado. Un sujeto rechoncho y tuerto se acercó el prisionero y, sin mediar palabra, le hundió una hoja de obsidiana en la base de la nuca. El miserable soltó un quejido ahogado antes de fallecer. En ese momento Taloc descubrió la portentosa figura de Hanoc emergiendo de las sombras que reinaban al fondo de la estancia. En sus facciones podía leer la misma intranquilidad que anidaba en la mirada del aristócrata.
—¿Qué os sucede? —inquirió, presa de la ansiedad.
Como era su costumbre, el nahuac se tomó su tiempo para responder.
—Estamos rodeados —dijo en tono cortante—. Mientras nuestro brillante líder arrasaba con lentitud las aldeas que encontraba a su paso, los kochitecas tuvieron tiempo de conformar un ejército para cortarnos el paso.
El norteño sintió un vacío en las entrañas. Los hombres que habían capturado no eran más que una avanzadilla de exploración de aquella poderosa fuerza. Ahora, la única vía de escape hacia tierras aliadas estaba bloqueada. Además, volver atrás estaba fuera de discusión. Tal vez un ejército aún más poderoso estaría siguiendo el rastro de muerte dejado por los nahuac.
—¿Entonces qué haremos? —preguntó el norteño, tratando de organizar sus pensamientos. Aquellas nuevas eran demasiado impactantes como para tomarlas a la ligera.
—Los dioses lo decidirán —aseguró Hanoc en tono monocorde. Al igual que su compañero, aún trataba de asimilar la mala noticia. En ese instante el líder de la expedición reapareció en la tienda, trayendo consigo a un sacerdote que portaba un gran trozo de cuero curtido.
Taloc y su compañero esperaron en silencio, mientras los secretarios y el recién llegado desplegaban el inmenso fragmento frente a ellos. El aroma acre de la piel vieja se dejó sentir en el aire. Por unos momentos discutieron en voz baja, volviendo la mirada de vez en cuando hacia los dos guerreros. El mestizo no pasó por alto la creciente tensión que asomaba en la férrea mirada de Chankal, mientras todo aquello sucedía.
Al fin, uno de los secretarios, el mismo viejo enjuto que le había convocado, les indicó que se acercarán con un leve ademán.
Taloc sintió el peso de los ojos del noble. Sabía que su presencia desagradaba al poderoso nahuac, pero por presiones de la casta sacerdotal se había visto obligado a llevarle consigo en aquella expedición. Alzó la cabeza y captó el rencor que asomaba en esas pupilas de víbora.
El explorador decidió entonces centrar la atención en el mapa que tenía enfrente. En el pergamino se podía apreciar la ciudad estado y las diferentes rutas para llegar a ella. Unos extraños jeroglíficos en la parte superior señalaban las jornadas que se tardaba en alcanzarla desde cualquier rincón del imperio. Sus ojos recorrieron la tinta azulada y verde, hasta que se detuvieron en dos extremos anaranjados que señalaban la posición de los enemigos que les seguía los pasos.
—Como bien podéis ver, dos ejércitos kochitecas avanzan desde el este y el occidente para cortarnos el paso —comentó uno de los escribas señalando con un trozo de caña.
Taloc asintió sin apartar la atención de la vitela. Frunció el ceño al constatar la gravedad de la situación.
—Puesto que vos habéis recorrido casi la totalidad de nuestro glorioso imperio —continuó el viejo—, el noble Chankal solicita vuestro consejo para hallar otro camino para regresar a nuestros dominios.
El norteño tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sacar a relucir la satisfacción que le invadía. Trató de imaginar lo humillante que sería para aquel déspota el necesitar la ayuda de un extranjero al que aborrecía con todas sus fuerzas. Alzó la vista y contempló por un instante la pétrea máscara de rigidez que cubría el rostro del caudillo.
—¿Cuál es vuestro consejo entonces? —le apremió el sacerdote que esperaba con nerviosismo, consciente de la rivalidad existente entre ambos hombres. Se trataba de un sujeto de aspecto enfermizo, que vestía una túnica basta teñida de negro, que por su aspecto, parecía haberla portado por siglos. La única señal que indicaba su rango eclesiástico era la gargantilla de oro con piedras preciosas que pendía de su sucio cuello.
Taloc se aclaró la garganta y se apoyo sobre el plano. Se estremeció al advertir la gelidez de la hoja de hierro al rozarle la entrepierna. Sin embargo, esto era una molestia menor comparada con la zozobra que flotaba en aquel lugar.
—Aquí —dijo después de unos instantes, señalando un punto desteñido sobre el trozo de piel—. Alguna vez tuve que rodear estos picos para huir de una turba de cazadores de cabezas. Sospecho que existe un sendero para cruzar a través de las montañas.
—¿Estáis seguro? —inquirió el viejo escriba con un hilo de voz. En aquellos ojos hundidos se adivinaba un creciente desasosiego.
—Lo estoy —apostilló Taloc con vehemencia. Estaba familiarizado con aquella región, y sabía que no podrían encontrar otro camino para evadir a los kochitecas.
Los escribas se acercaron al plano y un leve cuchicheo de preocupación surgió entre ellos. El mismo Hanoc parecía estar envuelto en un manto de invisible temor.
—Las montañas de la bruma —dijo en tono cortante. En su voz se percibía un tinte de pánico.
Taloc le miró sin decir nada. Aún no comprendía la razón de aquel revuelo.
El escribano se acercó a su señor, y el duro rostro de aquel se transformó en una mueca de inquietud. Chankal se irguió y se acercó al pergamino.
Le dirigió una mirada de desdén a Taloc y luego fijó la atención en las dos manchas, casi borradas, que indicaban las montañas.
—¿Decís que ésta es la única vía de escape? —preguntó sin apartar la vista de la vitela.
—Me temo que sí —replicó el aludido con sequedad—. Bordear sería una labor imposible para un nutrido grupo como el vuestro. Y eso que tan sólo hablo de los guerreros, los prisioneros no tendrían ninguna oportunidad.
Los ojos de Chankal le contemplaron con fría intensidad, pero al contrario de sus súbditos, el norteño le sostuvo la mirada. Un atisbo de furia apareció en el rostro del caudillo ante aquella impertinencia. Pero nada podía hacer mientras la casta sacerdotal tuviese al extranjero bajo su ala protectora. Soltó un suspiro y volvió la atención hacia Hanoc.
—Vos —dijo, señalando al nahuac con sus dedos enjoyados.
El taciturno guerrero se sobresaltó, pero al momento recobró la compostura.
—A vuestras órdenes, excelencia —exclamó, agachando la cabeza.
—Vos habéis recorrido estas tierras al igual que el forastero ¿no es así?
Hanoc asintió, mirando al medio vikingo de soslayo. A diferencia de su compañero, sentía un temor reverencial por los gobernantes de su pueblo.
—Si, excelencia —replicó con cautela.
—Entonces… ¿estáis de acuerdo con lo que ha dicho este hombre? — prosiguió el noble con altivez.
Hanoc se volvió hacia Taloc, pero aquel tenía la mirada fija en Chankal.
—Si, mi señor —contestó con un hilo de voz.
Chankal le fulminó con orbes encendidos y al guerrero no le quedó otra cosa por hacer que agachar la cabeza. Sabía que aquella respuesta no era la esperada por su señor, pero no podía hacer otra cosa que decir la verdad, así ésta pudiese ganarle un poderoso enemigo. Pero la realidad era que Hanoc estaba más horrorizado por lo que pudiesen encontrar al otro lado de aquellas cumbres que de la venganza mezquina de un aristócrata.
—¡Debe haber otra forma de escapar! —protestó el sacerdote con voz quebrada. En sus rasgos huesudos se podía adivinar un temor atávico que superaba el miedo a las macabras deidades que solía adorar.
Un murmullo sordo se elevó entre los escribas al oír eso. Taloc contemplaba aquella escena con un gélido pálpito en las entrañas. Al captar la expresión en los ojos del diácono comprendió que algo inquietante estaba sucediendo. De manera inconsciente pasó los dedos por el pendiente, buscando la protección de los dioses de ultramar que seguían sus ancestros.
—¡No podemos olvidar las advertencias de nuestros antepasados! —prosiguió el clérigo con desesperación—. Vos mismo habéis escuchado las historias que han pervivido por generaciones acerca de esas montañas malditas.
Un silencio espeso y dañino se apoderó de los presentes. Aquellos rostros cetrinos parecían haber perdido su color hasta convertirse en pálidos espectros. El mismo Taloc sintió un frío malsano apretándole los huesos. En aquel instante se preguntó qué podría ser más terrible que enfrentar una muerte segura a manos de los kochitecas.
—¡Patrañas! —rugió Chankal enfurecido, perdiendo la frialdad que le caracterizaba—. Son tan sólo historias de hoguera para aterrorizar a los niños y mantener a raya al pueblo —aseguró con sorna el caudillo.
—¡Cuidado con lo que decís, noble Chankal! —objetó el viejo sacerdote, apelando al temor que inspiraba su cargo—. No podéis despreciar de esa manera la sabiduría de quienes vivieron antes que vos —prosiguió con firmeza—. Por cientos de años, ningún miembro de nuestro pueblo se ha aventurado a través de esas tierras impías dominadas por los vástagos de T´kmal, y no creo que nosotros debamos ser los primeros…
La risa cruel de Chankal retumbo en la estancia.
—¿Entonces, preferís morir a manos de vuestros odiados enemigos? —le interrumpió con cinismo.
El diácono paseó la mirada entre los presentes, buscando con angustia una respuesta. Sin embargo el vigor de aquella intervención se había esfumado, dejándole de nuevo como un viejo consumido.
—No pienso retar a los dioses con este asunto —replicó el noble con suspicacia, tratando de no perder el favor del sacerdote—. Dejo a vuestra discreción la manera de pedirles a los altos señores que nos otorguen su beneplácito para esta travesía.
Los negros ojos del anciano refulgieron de manera siniestra, a la vez que dibujaba una espantosa sonrisa en sus magras facciones.
—Debemos honrar al poderoso Ximexcal con un sacrificio adecuado—replicó el clérigo con emoción.
Chankal se frotó las manos y sonrió sin alegría.
—Os autorizo a buscar un prisionero, el mejor de todos, para honrar a nuestro señor —sentenció con firmeza.
—Así sea —contestó el viejo, retirándose con una venia.
Sin embargo a Taloc le pareció que el temor que asomaba en los rasgos apretados de quienes le rodeaban, demostraba que no estaban muy convencidos de que un simple sacrificio les daría vía libre a través de aquellas tenebrosas cumbres. Él mismo se estremeció al tratar de imaginar lo que podría aterrar tanto a los desalmados nahuac.

IV

El medio vikingo contempló sin emoción el sombrío destino del kochiteca capturado. Dos sujetos enjutos, con túnicas pestilentes, le arrastraban hasta un improvisado altar en medio del claro. Los guerreros nahuac se congregaban alrededor, sin ocultar el recelo que les causaba el rumor acerca de su viaje a través de las montañas prohibidas. Los cuchicheos cesaron cuando Chankal, precedido de su guardia, hacía aparición en el lugar. Tras él, avanzaba el sacerdote, ataviado con una capa oscura y portando una pavorosa máscara ceremonial que representaba a Ximexcal, el señor de la muerte. Unos extraños símbolos pintarrajeados con tintes vegetales pululaban en su torso sudoroso. Al posarse a la diestra del cautivo, las cuentas de jade que le colgaban del pecho refulgían de manera extraña. El kochiteca se debatió con la fuerza de la desesperación, pero nada pudo hacer para evitar su fatal sino.
El clérigo elevó una daga de obsidiana y recitó una oscura monserga que le puso a Taloc la carne de gallina. El mestizo resbaló la vista hacia el rostro de la víctima, una faz cenicienta desfigurada por el terror. Un grito ahogado emanó de sus labios al sentir cómo la hoja sajaba su pecho y luego los dedos del sacerdote le arrancaban el corazón de manera inmisericorde. Se agitó en un grotesco espasmo antes de aquietarse para siempre. El seguidor de Ximexcal levantó el órgano palpitante, mientras sus orbes hundidos refulgían como fuegos del infierno detrás de la máscara. Arrojó la víscera enrojecida sobre un brasero y un mar de chispas se elevó por encima de su cabeza.
Taloc paseó la vista en derredor y advirtió el miedo que asomaba en los nahuac. Un pánico reverencial que ni siquiera el poderoso Chankal podía ocultar. Hanoc se encontraba a pocos pasos de allí, con la frente pegada al firme, al igual que la mayoría de sus hermanos. Tan sólo el noble y su escolta mantenían la vista fija sobre aquella horrorosa ceremonia.
El clérigo permaneció atentó a los movimientos de las flamas, como si tratara de descifrar en ellas los designios de los dioses, o por lo menos eso fue lo que le pareció al norteño.
Después de un buen rato, se irguió y enfiló hacia donde se hallaba el caudillo. Una costra de sangre le bañaba hasta los codos.
—¿Cuáles son los designios de Ximexcal? —inquirió Chankal parpadeando con inquietud.
El sacerdote se retiró la espeluznante careta y miró al noble con intensidad.
—Los vaticinios no son claros —musitó, con la duda aflorando en la mirada—. Tan sólo sé que si permanecemos en este lugar seremos blanco de la furia de los kochitecas. —El semblante apergaminado del clérigo perdió todo color—. Los pude ver con claridad. Sus huestes siguen nuestros pasos y ansían nuestra sangre para ofrecerla a sus blasfemas deidades.
Los ojos del noble perdieron todo brillo y sus rasgos se tensaron. Los rituales de sacrificio de los kochitecas eran aún más pérfidos que los de su propio pueblo. Con tan sólo pensar en ello se le revolvieron las entrañas. Preferiría enfrentarse a mil demonios que afrontar aquel destino atroz.
Al apartar la vista de las fulgurantes pupilas del sacerdote, advirtió las miradas febriles de los guerreros. El único sonido que reinaba en aquel claro era el chillido de los monos y los estridentes llamados de las aves en celo.
Chankal respiró hondo y se irguió, consciente de lo debería hacer a continuación.
—¡El gran Ximexcal ha hablado! —rugió, cruzando los brazos sobre el pecho—. Nos ofrece su bendición para cruzar las tierras de los hijos de T´kmal. Su poder nos dará cobijo y alejará de vosotros todo peligro.
Los nahuac intercambiaron miradas de perplejidad y recelo. A pesar de la fe ciega que depositaban en sus líderes, aquel periplo se les antojaba aterrador. Los sombríos relatos acerca del pueblo de la bruma habían corrido de generación en generación, infectando de pavor sus corazones. Ahora se veían abocados a cruzar aquellas cimas prohibidas y enfrentarse a sus peores pesadillas.
—Noble Chankal —se adelantó uno de ellos, un sujeto de rostro enjuto y mirada temerosa—. No dudamos de la palabra de los dioses, pero el valor de los nahuac se vería mancillado si huimos de una vulgar caterva de kochitecas. Diez de ellos no se comparan con uno de nosotros.
Un coro de asentimiento emanó de las apretadas filas de guerreros.
Chankal les contempló pensativo, acariciándose la barbilla.
—Ximexcal conoce el destino de cada uno de vosotros, desde el día en que visteis la luz del mundo hasta el momento de vuestra muerte —replicó con dureza. Alzó los brazos al cielo y los brazales de jade y rubí refulgieron con la energía de cien soles —¿Quiénes somos nosotros para dudar de sus designios?
Un silencio sepulcral se apoderó de todos. Aquellas palabras terminaban con cualquier duda. La infalibilidad de los dioses era absoluta.
El guerrero agachó la cabeza y reculó sin replicar.
El noble se volvió hacia el sacerdote y pasó por alto la incertidumbre que se dibujaba en aquel semblante macilento.
Taloc veía aquella escena con desconfianza. Percibía el miedo en los nahuac y la ansiedad palpitaba desbocada en sus sienes. Buscando una respuesta en los dioses de su padre, acarició la piedra de ámbar que destacaba en el pendiente, pero lo único que recibió a cambio fue un nudo en la boca del estómago.

La hueste no perdió tiempo en ponerse en marcha. Poco antes del amanecer, enfilaban hacia el incierto destino que les esperaba más allá de las cumbres silueteadas por la niebla. Se abrían camino con dificultad a través de una selva espesa que nunca había sido rozada por pies humanos. Un vapor malsano se alzaba en medio de la humedad, arrastrando consigo una vaharada de hedores innombrables. Chankal y su comitiva se desplazaban en el centro de la columna, seguido por los cautivos. Niños y mujeres que aceptaban con resignación su angustioso sino. Una partida de bravos defendía los flancos y la retaguardia, atentos a las avanzadillas rivales, mientras que los exploradores avanzaban con cautela, buscando algún sendero provechoso. Una labor casi imposible en aquel terreno indómito.
Taloc y Hanoc se desplazaban como sombras a través de la floresta. Se movían con el sigilo de las bestias que habitaban aquel océano de verdor y bruma. Los animales les contemplaban con curioso recelo desde lo alto de los árboles, como si se tratara de los primeros hombres que hubiesen puesto pie en aquella jungla. Taloc se detuvo en medio de la espesura, con el corazón a punto de estallar. Algo en su fuero interno le advertía que no diera en paso más en aquella penumbra irrespirable. Acarició la cabeza de la segur y rogó por la guía de las deidades del frío norte. A pesar de ser apenas el mediodía, la poca luz que conseguía filtrarse a través de las espesas copas de las ceibas apenas le permitía ver unos pasos más adelante. Los juegos de luces y sombras le mantenían en alerta constante, mofándose de sus sentidos. Había algo inquietante en aquel lugar, una fuerza inexplicable que parecía pender de su cuello como un collar de piedras. El mestizo se giró con presteza al percibir un crujido a sus espaldas.
Hanoc quedó paralizado al advertir el fulgor de la hoja de su compañero a medio palmo de la garganta. Estaba enjuagado en sudor y sus ojos refulgían con suspicacia.
—No me gusta este condenado sitio —murmuró, pasándose la lengua por los labios—. Es como si el tiempo se hubiese detenido.
Taloc asintió, examinando con desconfianza los alrededores. En aquel instante percibió el aplastante silencio que les embargaba. El desasosiego que latía en su pecho cobró bríos. La superstición heredada de su madre amenazaba con hacerle perder el control. Sin embargo consiguió apelar a la dureza de la sangre vikinga para aplacar aquella inquietud.
—¿Lo percibís? —musitó, apretando el hombro del nahuac.
El nativo de piel cobriza frunció el ceño y permaneció en silencio.
—La quietud…—continuó el mestizo—, es devastadora.
Los rasgos de Hanoc se apretaron en un gesto ansioso. Era como si fuesen los únicos seres vivos en medio de aquella asfixiante espesura. Ni la algarabía de los monos o el canto de las aves tenían cabida en aquel sombrío paraje.
—Debemos regresar —alegó el nahuac con voz quebrada. El miedo atenazaba sus entrañas como el filo de una hoja de obsidiana. Todos los temores cultivados por su pueblo afloraban en aquella mente primitiva con el poder de un río desbordado.
—No hay forma de escapar —afirmó el norteño, apretando los labios—. Chankal no dará su brazo a torcer. Preferirá arriesgarse con lo que sea que more en esas montañas, antes de enfrentarse a los kochitecas.
Hanoc le miró con intensidad. El mestizo captó la confusión que le afectaba.
—¡Entonces, huyamos nosotros! —espetó conmovido, aferrando el brazo del iroqués—. Sois el favorito del dios Jaguar. Él nos guiará fuera de este infierno.
Taloc sacudió la cabeza, no pensaba confiar su pellejo a los oscuros dioses de los nahuac. Además, al igual que Chankal, prefería enfrentarse a una vieja leyenda que a las hojas de cientos de enemigos.
—No, Hanoc —replicó con calma—, separados del grupo seremos presa fácil de los kochitecas. —Encaró al nativo y sus ojos grises destellaron con decisión—. Al menos a través de la sierra tendremos una oportunidad.
—O enfrentaremos un horror aún peor —replicó el aludido con voz quebrada. Sus sentidos parecían captar una amenaza que Taloc no podía siquiera imaginar.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal del mestizo. Volvió la vista hacia la silenciosa oscuridad que les esperaba y se preguntó si Hanoc tendría razón. Trató de apartar aquellas inquietantes reflexiones y pensar con cabeza fría. De todos modos, seguir adelante era la única opción que tenían de salir airosos de aquella situación.
—Vamos —dijo, palmeando el hombro del nahuac—. Debemos buscar el camino más adecuado.
El guerrero soltó un gruñido y siguió los pasos del norteño a través de aquella tenebrosa floresta que amenazaba con devorarlos en cualquier instante.

Pasaron una noche intranquila, sumidos en una penumbra malsana colmada de sombras y sonidos amenazantes. Al amanecer, descubrieron que cinco guerreros habían desaparecido sin dejar rastro. El rumor se extendió como el fuego en paja seca, pero esto no impidió que Chankal continuara con su plan original. De todos modos no les quedaba mucho de donde escoger. Por este motivo recogieron los bártulos, arengaron con violencia a los cautivos y retomaron su periplo a través de la jungla agreste que parecía guiarlos hasta el corazón de los dominios de T´kmal.
Taloc se movía de un lado a otro en completo silencio, atento a cualquier señal de peligro. Unas veces se hallaba enfrente con los batidores y luego reaparecía en los flancos o en la retaguardia. Los hombres comenzaban a murmurar que aquel sujeto de ojos claros era la misma encarnación de Ximexcal. Contemplaban con recelo sus armas de acero y se preguntaban que dios foráneo le había otorgado tal poder. Los más osados deseaban enfrentarse a él y arrebatarle aquel trofeo, pero las historias que corrían de boca en boca acerca de sus habilidades terminaban por hacerles desistir. Muchos habían caído víctimas de las endemoniadas hojas que tanto anhelaban. Sumado a esto, se hablaba ya del encuentro con el felino y su pacto secreto con el dios Jaguar. Poco a poco se iba tejiendo entre los nahuac un aura de invencibilidad en torno al mestizo venido del norte.
Avanzaron sin descanso, conscientes de que sus implacables perseguidores no cejarían hasta darles caza. Enfrente de ellos, en medio de la calina y los vapores nauseabundos de la jungla, se alzaban las amenazantes montañas de la bruma. Las titánicas moles se asemejaban a una fortaleza granítica en medio del mar de asfixiante verdor que las circundaba.
Taloc sentía el agobiante peso del temor a medida que se acercaban al territorio prohibido. La sangre iroquesa palpitaba desbocada, mientras algo en su fuero interno le advertía a gritos que se alejara de aquel lugar cuanto antes. Pero en Taloc también corría la herencia de los hombres del norte, y se necesitarían más que palabrerías de hoguera para hacerle retroceder. No obstante, no podía negar que algo tenebroso e incomprensible reptaba entre la desesperante penumbra que ahogaba la luz solar. La inquietud comenzó a roer la voluntad de los nahuac a medida que ascendían a través de la densa falda de la montaña. Todo era diferente en aquel sitio, incluso la vegetación adquiría tintes amenazantes y parecía que algo siniestro se ocultaba tras cada recodo y florecimiento rocoso.
Y para su infortunio no estaban muy equivocados.
—Percibo algo extraño —susurró Hanoc, paseando la vista en derredor. El sudor le perlaba la frente y resbalaba por sus mejillas—. Es como si cientos de ojos nos auscultaran desde la penumbra. —Había incertidumbre en su voz.
Taloc no respondió. Se encontraba sumido en sus propias reflexiones, examinando con detenimiento el sendero que se dibujaba entre la broza.
—Nos siguen desde hace un buen rato —comentó con aire ausente, como si se tratase de una simple trivialidad.
La expresión de nahuac se transformó en una mueca angustiosa.
—Tranquilo, amigo —susurró Taloc, posando la mano sobre el amplio hombro de su compañero—. Si quisieran matarnos ya hubiesen caído sobre nosotros.
El nativo contempló la espesura con inquietud, acariciando el pomo de su macana.
—Tal vez esperan que nos adentremos más en esta selva infernal para acabar con nosotros — protestó con miedo en la voz.
Taloc respiró hondo. La misma conclusión había ensombrecido sus pensamientos. Quizás una fuerza mayor les esperaba más adelante para asestar un golpe definitivo. Ahora el temor que latía en sus entrañas se hacía más y más acuciante. La certeza de la lucha se convertía en una espantosa realidad. Se volvió hacia el nahuac y sus ojos resplandecieron como fuego helado.
—Avisadle a Chankal acerca de la amenaza que se cierne sobre nosotros —susurró con urgencia—. Decidle que debemos cerrar filas y usar los escudos.
Hanoc asintió sin ocultar el pavor que le infectaba. Se dio media vuelta y enfiló hacia el colorido palanquín de su líder en medio de la columna.
Entonces se desató el infierno sobre ellos.


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Última edición por Flaviuscrasus el Jue Nov 03, 2011 6:22 am, editado 1 vez en total
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V

Un rugido bestial brotó de la espesura. Un sonido ronco que parecía emerger de la misma tierra. Los primeros nahuac cayeron sin saber qué ocurría. Taloc se arrojó sobre el firme al mismo tiempo que decenas de dardos silbaron por encima de su cabeza. Los proyectiles alcanzaron los cuerpos de los hombres que protegían los flancos. Algunos murieron de inmediato, los otros se revolvían en espeluznantes estertores mientras el veneno de los venablos les infectaba las venas. El mestizo alzó la vista y pudo ver cómo Hanoc corría ileso entre aquella confusión. No obstante comprendía que ya era tarde para conformar una defensa coherente con aquellos aterrados guerreros. De manera instintiva echó mano al hacha que pendía del cinto, esperando el inevitable asalto de los agresores. Por un instante imaginó que se trataba de una hueste de kochitecas, pero al advertir la horda que escupía la breña, comprendió que el terror de los nahuac era más que justificado. Se trataba de espeluznantes remedos de humano. Figuras simiescas ataviadas con pieles que portaban picas de piedra y toscos cuchillos de pedernal. Sus rostros y miradas poseían una brutalidad implacable propia de las bestias.
Arremetieron en gran número, haciendo retumbar sus gruñidos por encima de los árboles y en los aterrados corazones de los nahuac.
Rompieron la columna como una marea furiosa, repartiendo la muerte sin misericordia. Los gritos de pánico y el olor de la sangre derramada despertaron los instintos más básicos del mestizo, convirtiéndole en una máquina de matar. Se irguió con presteza y se hizo a un lado al verse confrontado por un rostro inhumano. El hacha de piedra del atacante rasgó el aire y destrozó el rostro del sujeto que se encontraba a su diestra. La sangre tibia bañó la cara de Taloc y la criatura dejó escapar un berrido victorioso. Pero su celebración cesó al sentir la hoja helada del guerrero abriéndose paso a través de sus costillas. Taloc apretó las mandíbulas y giró el acero entre las carnes de aquella abominación, arrancándole un gemido de profundo sufrimiento. Sus ojos refulgieron con una alegría espantosa al comprender que moría como cualquier hombre a pesar de aquel aspecto demoníaco. Extrajo el cuchillo con rapidez y lo enterró en el pecho de su enemigo apagando aquel lamento de una vez por todas. La bestia se deshizo a sus pies y se volvió buscando un nuevo enemigo.
Con la sangre reventando en las sienes, comprendió que la batalla estaba perdida. Los nahuac caían por decenas frente a la salvaje acometida de aquella alucinante horda. Algunos aguantaban el embate e incluso conseguían herir a los agresores, pero el miedo cultivado en sus mentes por generaciones lograba imponerse sobre sus habilidades guerreras.
Sin entender qué fuerza le impulsaba, el mestizo se abrió paso hacia el centro de aquel caos en busca de Hanoc. Cercenó una mano velluda que intentaba detenerle y hundió la hoja ensangrentada en un rostro simiesco. La furia de sus antepasados ardía en su corazón. Cada movimiento era firme y calculado, no había ostentación o pasión en ello. Se trataba de una danza mortal que combinaba la potencia del hacha con los certeros tajos de la hoja curva. Fintaba y bloqueaba las toscas armas de los salvajes, sembrando la muerte y el sufrimiento. No tardó en abrir un pasillo de cadáveres en aquel maremagno. Alzó la vista hacia un breve altozano y descubrió al líder de aquella turba. Un sujeto de hombros anchos y rasgos brutales que portaba un tocado con plumas deslucidas. Armado con una macana de pedernal, no cesaba de gruñir en una jerga primitiva y gutural. Sin pensarlo siquiera, Taloc aferró una pica de manos de un nahuac caído y la arrojó con todas sus energías en aquella dirección. Por un momento creyó tener éxito, pero aquel espantoso ser giró con presteza y evitó por unos dedos el filo de obsidiana, que terminó clavado en un árbol a sus espaldas.
Por un instante las miradas de ambos chocaron y el medio vikingo se estremeció al percibir la malignidad que emanaba de aquellos orbes bestiales. El caudillo levantó los brazos y sus alaridos retumbaron con furia en los oídos del guerrero.
De pronto otro sonido llamó la atención de Taloc. Se giró y contempló la lucha desesperada de la guardia de Chankal defendiendo con denuedo el palanquín. Los salvajes se arremolinaban como hienas hambrientas a su alrededor y tan sólo las afiladas lanzas de los humanos les impedía llegar a ellos. Los cuerpos apilados por doquier atestiguaban el valor de los defensores. No obstante era una gesta fútil. Los hijos de T´kmal no tardarían mucho en reducir a los bravos guerreros que aún continuaban en pie. Taloc se desentendió de aquella dramática escena y centró sus esfuerzos en encontrar a su compañero. Evitó a otro de los salvajes y le destrozó la mandíbula con un certero revés. El sujeto cayó de rodillas llevándose las manos al rostro deshecho. El iroqués le hundió la frente antes de que pudiese siquiera reaccionar. Corrió como un gamo y burló a un segundo perseguidor. Entonces vislumbró a Hanoc a pocos pasos de allí, debatiéndose como una fiera herida en contra de varios rivales. Su macana se revolvía sin cesar con jirones de carne adheridos a las afiladas cuchillas. El norteño se abrió paso con furia y clavó el acero en la nuca del más próximo. La criatura simiesca dejó escapar un chillido agudo antes de derrumbarse. Los ojos enloquecidos del nahuac refulgieron de emoción al reconocer al mestizo. Giró su arma con renovado vigor y una explosión sangrienta brotó del rostro que acababa de alcanzar. El tercer atacante intentó retroceder pero se encontró con el filo del hacha de Taloc mordiéndole sin piedad la clavícula. Un gesto similar al miedo asomó en aquellos rasgos brutales antes de que otro golpe terminara con su vida. Excitados por la refriega, se volvieron al escuchar los espeluznantes chillidos de los salvajes al romper el anillo defensivo alrededor de la litera de Chankal. La suerte del noble estaba echada y el resto de los nahuac sufría un sino similar. La resistencia se desmoronaba y los más sagaces abandonaban la lucha y buscaban el cobijo de la espesa floresta.
Taloc, cubierto de sangre de pies a cabeza, se asemejaba al mismo dios de la muerte. Sus ojos grises brillaban enloquecidos mientras enfilaba hacia la jungla seguido de Hanoc.
Ambos se movían raudos a través de un sendero inexistente, sobrepasando los aterrados nativos que habían conseguido escapar de la masacre. Las ramas y las lianas parecían querer impedirles la huida, taponando cada rincón de aquella inhóspita selva. A medida que avanzaban los gritos se difuminaban en la distancia. Esto les inyectó el ánimo necesario para continuar a pesar de que sus pulmones estaban a punto de estallar por el esfuerzo.
Jadeantes, se dejaron caer cerca de un marjal y se arrastraron por el cieno hasta la gruesa raíz de una milenaria ceiba. Taloc tomó una bocanada angustiosa y sintió cómo el aire fresco le quemaba los pulmones.
Hanoc se limpió el sudor y la inmundicia sin apartar la mirada del terreno que dejaban atrás. Si aquellas bestias les seguían los pasos estarían perdidos. El agotamiento palpitaba de manera dolorosa en cada fibra de sus músculos y apenas podían moverse.
—El maldito Chankal nos arrastró a la perdición —masculló el nahuac respirando con dificultad. El odio y el terror luchaban por controlar sus sentimientos—. Debió haber obedecido la voluntad de los dioses y no haber puesto pie en tierra prohibida.
Taloc le miró con frialdad. Sumergió las hojas ensangrentadas en el fango húmedo y luego las limpió en sus pantalones de cuero. El acero refulgió con palidez entre aquellos dedos cubiertos de sangre seca.
—Chankal ha pagado por su afrenta —replicó el iroqués alzándose de hombros—. Ahora lo único que debe importaros es encontrar la manera de salir de aquí.
Hanoc frunció el ceño y asintió con desgana. Miles de emociones rugían en su pecho y necesitaba tiempo para asimilarlo sin enloquecer. Los oscuros relatos de su infancia se habían convertido en una pavorosa realidad.
De pronto, los rasgos de Taloc se tensaron y sus dedos aferraron con vigor el asa de la segur. Hanoc volvió la atención hacia la espesura con el corazón en la garganta. Algo se acercaba con rapidez.
Intercambiaron miradas de aprensión y el mestizo le indicó con un gesto que se mantuviera oculto. El nahuac se deslizó sobre el barro y examinó los alrededores sin levantar la cabeza. Mientras se hallaban allí, hediendo a sangre y lodo, Taloc comprendió lo cerca que habían estado de morir y sintió el amargo sabor del miedo en su boca. Aquella sensación desapareció al notar los movimientos a través de la espesura. No tardó en emerger una figura de aquel muro de verdor. Un hombre enjuto ataviado con una túnica hecha trizas. Decenas de cortes en su rostro y antebrazos daban cuenta de su desesperada carrera en medio de la maleza. Cayó de rodillas en un breve escampado a orillas del marjal, mirando con terror hacia sus espaldas.
Se trataba de uno de los sacerdotes menores de Ximexcal. La cabeza rapada y los tatuajes en los pómulos eran inconfundibles.
Taloc se disponía a prestarle ayuda pero su aguzado instinto se lo impidió. Hanoc permanecía pegado al firme, aferrando la macana con ansiedad.
Al cabo un silbido rompió el mutismo que les embargaba, y el recién llegado se desplomó con el rostro convertido en una pulpa sanguinolenta tras ser impactado por el proyectil de una honda. Con el corazón en la mano, el mestizo se arrastró hasta la marisma y se sumergió en aquel légamo pestilente que le cortaba la respiración. Su compañero no tardó mucho en hacerle compañía. Ambos fueron testigos del arribo de aquellos seres de pesadilla. Se desplazaban a través de la espesura con la agilidad de una pantera y sus pies apenas rozaban la superficie. De cerca su aspecto era aún más aterrador. Aquellos cuerpos encorvados y simiescos estaban cubiertos por una capa de espeso vello similar a la de una bestia salvaje. En sus toscos rasgos destacaban un amplio mentón y una frente estrecha bajo la cual destellaban unos ojillos amarillos e inhumanos. Tenían largas cabelleras enmarañadas y se cubrían con taparrabos de piel. De sus cuellos pendían espeluznantes cuentas conformadas por dientes y falanges humanas.
Los salvajes examinaron las proximidades y olisquearon el aire en busca del algún rastro. Producían un extraño gorgojeo, una mezcla entre gruñido y lamento al comunicarse entre ellos. El mestizo y el nahuac se sumergieron tras un juncal al notar la presencia de algunos cerca de la orilla. Gesticulaban y gritaban señalando al sacerdote caído. Al final cargaron el cuerpo sin vida y se esfumaron sin dejar rastro.

VI

Se deslizaban a través de la espesa jungla, guiados tan sólo por un tenue espejismo lunar. Ambos comprendían los peligros que entrañaba aquella travesía, pero no les quedaba otra opción. Preferían enfrentarse a un jaguar hambriento que a la furia de los hijos de T´kmal. Unidos por una liana alrededor de la cintura, se abrían paso con denuedo, atentos a cualquier amenaza que pudiese rondarles. Se detuvieron en un breve altozano iluminado por el brillo argento del disco nocturno. A lo lejos, el mar de verdor no era más que una mancha negra que parecía palpitar con vida propia y reptar a través de la jungla devorando todo a su paso. Taloc bebió del odre que cargaba consigo y luego se lo tendió al nahuac. Habían decidido dar un largo rodeo para evitar las cumbres brumosas, pero tuvieron que volver sobre sus pasos al toparse con un extenso acantilado que desembocaba en una corriente cientos de codos más abajo.
Retroceder no era una opción. Para aquellos momentos los kochitecas, conocedores del horror que pervivía en esa región, deberían estar esperando a los supervivientes que consiguieran abandonar aquella jungla para cobrar su ansiada venganza.
Los ojos oscuros de Hanoc refulgían con nerviosismo. Se limpió los labios con el dorso de la mano y arrojó la pelliza a los pies del iroqués. A pesar de la penumbra, Taloc percibía el curioso espasmo en labio inferior del nativo. Un movimiento involuntario producto de la incertidumbre y la tensión que les consumía.
—Debemos continuar —exclamó con un suspiro, poniéndose en pie.
El nahuac protestó con un ademán y le taladró con la mirada.
—Estoy agotado —confesó con pesar—. Debemos descansar al menos esta noche.
—No podemos perder tiempo —replicó el aludido con firmeza—. La oscuridad es nuestra única esperanza de salir indemnes. Ya descansareis durante el día.
El guerrero se acarició el cuello y apretó los labios. Su compañero tenía razón, pero temía que sus músculos se negaran a responderle. Se irguió con esfuerzo y dejó escapar un leve suspiro.
—¿Qué estamos esperando entonces? —espetó con desdén. No pensaba flaquear enfrente de aquel extranjero.
La sonrisa del medio vikingo afloró al escucharle.
Palmeó al nativo con vigor y continuaron avanzando bajo el amparo del pálido brillo lunar.

El tenue rumor de la lluvia le despertó. Un espasmo en las entrañas le recordó que no había probado bocado desde el día anterior. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la densa oscuridad que le envolvía en el interior de aquella gruta. Reconoció la silueta que se removía con inquietud en un rincón. Hanoc parecía estar atrapado en un mal sueño, pero en verdad no podía culparle, no después de los horrores que habían enfrentado.
El mestizo se estiró y sus articulaciones protestaron. Apenas podía asimilar lo qué les había ocurrido. Las imágenes se sucedían en su cabeza como si formaran parte de una alucinación o hubiesen acontecido tiempo atrás.
Acarició el pendiente y se preguntó si los dioses de su padre le habían prestado ayuda durante aquella lúgubre jornada. Creyó que debería ser así, ya que sospechaba que eran los únicos que consiguieron escapar indemnes de aquella masacre. No obstante una punzada en el pecho le recordó que aún se encontraban en serio peligro.
Apartó estos temores con esfuerzo. Nada ganaría preocupándose como un anciano indefenso. Debería aferrarse con tozudez a la idea de sobrevivir costase lo que costase. Era un hombre valiente y en su sangre corría la indomable energía de dos razas guerreras. Aquella reflexión consiguió sofocar la sombra de incertidumbre que envolvía su corazón.
Agarró las armas y decidió arriesgarse en medio de la lluvia para buscar algo de alimento. Le dio una ojeada al nahuac y abandonó la cueva en silencio.
Después de examinar las inmediaciones decidió que aquella densa maraña le ayudaría a pasar desapercibido. Guiado por el rumor de la corriente, alcanzó un regato que serpenteaba con rapidez a través de la espesura. Cerca de allí, la jungla daba paso a un estrecho sendero que discurría entre inmensas ceibas y otros árboles gigantescos. El norteño permaneció atento a cualquier movimiento sospechoso. A pesar de haber avanzado sin descanso durante toda la noche, no sabía a ciencia cierta si habían dejado atrás aquel territorio maldito. De manera instintiva volvió la vista y se estremeció al notar los ariscos picos nublados. Podía sentir el peso de la maldad que anidaba en ellos estrujándole el cerebro como una mano invisible. Agitó la cabeza en un intento de evaporar aquellos nocivos pensamientos.
Sin volver la mirada, se internó en la implacable maleza que le rodeaba. En medio de la sofocante lluvia consiguió alcanzar el margen de una briosa corriente que se estrellaba contra las piedras con un rugido ensordecedor. El mestizo se deslizó con precaución y contempló aquel tormentoso caudal. Estaba completamente seguro que se trataba del mismo río que había visto desde lo alto de acantilado la noche anterior. Tal vez si seguían su curso podrían dejar atrás aquel agreste territorio. Aprovechó para llenar los odres y asearse antes de retornar a la seguridad de la gruta.
Hanoc no tuvo ningún reparo con el plan de iroqués. La oscuridad y el rugido del torrente servirían para ocultar sus movimientos. Además, estaban seguros de que el río les llevaría hasta alguna aldea en los límites de los dominios nahuac.
Aquella noche avanzaron siguiendo el sinuoso curso de la corriente. En ocasiones tenían que alejarse de la orilla debido a florecimientos rocosos o pantanos, pero mientras el sonido de las aguas les acompañara no perderían el rumbo. Poco antes del amanecer se levantó una inquietante bruma que reptaba a través de sus tobillos como una mano helada, entorpeciendo el avance. A pesar de ello, ambos guerreros estaban motivados y decididos a continuar. Luego de un buen rato la niebla les cubrió por completo impidiendo que pudiesen vislumbrar lo que tenían enfrente. Frustrados por aquel inesperado evento, tuvieron que conformarse con buscar abrigo en un roquedal cercano. Esperaban que la fosca se disipara antes de que rompiera el día, para así poder encontrar un buen refugio hasta que retornara la noche.
Sin embargo, la densa bruma persistió hasta que el alba asomaba en el firmamento y los sonidos de las bestias salvajes anunciaban el nacimiento de una nueva jornada. Atrapados en medio de la nada y sin otro lugar dónde resguardase, debieron conformarse con aquel cascajar. Ateridos por el frío y el hambre, se cubrieron entre la maleza resignados a su suerte.
En aquel lugar el cauce del río se ensanchaba y el caudal perdía vigor, suavizando la corriente. Taloc examinó los alrededores con detenimiento y descubrió los linderos de la selva. Las copas de los árboles se apretaban por encima de la floresta evitando que la luz diurna invadiera aquel inhóspito paraje. Un aura de inquietante malignidad parecía emanar de la asfixiante jungla. El medio vikingo se estremeció al tratar de imaginar los horrores que se esconderían entre la vegetación y los estrechos recodos plagados de gigantescas raíces. Gruesos troncos que se asemejaban a los apéndices de una bestia milenarias. Por un instante creyó que la selva era un ser monstruoso, ansioso por devorar a todo aquel que se atreviera a hollar sus dominios.
Alejó aquella incómoda reflexión y volvió la atención hacia el margen del río. Un angosto pasaje entre juncos y arbustos espinosos. Sin duda la ruta más viable para continuar durante la penumbra.
El mestizo respiró hondo y decidió seguir el ejemplo de su compañero y descansar un poco. En verdad lo necesitaba. Elevó una plegaria a Odin y rogó porque le hubiese escuchado.

Al abrir los ojos el sol era punto blanquecino en lo alto de un cielo cubierto de nubes. El nahuac le contemplaba con detenimiento. En sus afilados rasgos se apreciaba un curioso desasosiego. El hedor a mugre y sangre flotaba por encima de aquel cuerpo sudoroso.
—Debo mostraros algo —musitó sin apenas mover los labios. Sus pupilas refulgían con intensidad.
Taloc se irguió intrigado, aún sumergido en los vapores del sueño. Hanoc le indicó que le siguiera y ambos cruzaron el descampado con sigilo antes de desaparecer en la espesura selvática. Libraron un sendero pestilente plagado de espesa breña y emergieron en una terraza natural que dominaba varios estadios a la redonda. La somnolencia que envolvía al norteño se esfumó de golpe al advertir el humo que surgía del otro lado del altozano. Miró al nahuac y luego volvió la vista de nuevo hacia el hilillo de humo que ascendía perezosamente hasta el firmamento.
Una emoción entre recelo y esperanza latió en su interior. Según lo que había calculado, se trataba de la orilla del río que se encontraba tras el amplio recodo que se vislumbraba delante de su refugio. Sin embargo aquella emoción se fue transformando en fría cautela al recordar que todavía se hallaban en los dominios de los hijos de T´kmal. Se mordió los labios y parpadeó con ansiedad. El sofoco selvático comenzaba a formar una película de transpiración en sus sienes y encima de su boca.
—¿Qué pensáis acerca de ésto? —le preguntó al pensativo nahuac.
El nativo suspiró y perdió la mirada en la distancia, como si pudiese descifrar lo que ocultaba la floresta. Se giró hacia su compañero y contestó:
—Mi instinto me dice que rehuya cualquier lugar habitado. —Hizo una ligera pausa y tragó saliva—. Pero tal vez los dioses nos muestran la manera de salvarnos, y sería un necio si no le echara un vistazo a aquel lugar —culminó, alzándose de hombros.
Taloc se limpió el sudor y afirmó con cabeceo. Después de todo, las palabras de Hanoc no carecían de lógica.
—Está bien —convino con determinación—. Vamos a darle una ojeada a ese condenado sitio. ¡Qué vuestros dioses y los míos nos amparen!

Podía sentir el fuerte latido en su pecho mientras se ocultaba detrás de un espeso juncal. Un hondo desasosiego danzaba en la boca de su estómago al contemplar el agujero negro que señalaba la entrada de la gruta. En su fuero interno sospechaba que algo pavoroso se ocultaba en aquel sitio. Recordó la plegaria tallada en el pendiente y sus dedos recorrieron con presteza las runas grabadas en él, anhelando el poder de aquellas recias palabras. Esto consiguió aliviar el temor que le paralizaba como una barrera invisible. Aprovechando la suave penumbra del atardecer, se arrastró entre el limo pestilente en dirección a la ribera. Sus sentidos captaron retazos de sonidos y olores extraños. Se acercó y trató de escudriñar entre la maleza. Lo primero que advirtió fueron las piras que se levantaban en medio de la explanada. Lo segundo que captó fueron las almadías amontonadas sobre la estrecha playa que ofrecía el río. Un pulso de esperanza cobró vida en lo más profundo de su ser. Aquellas toscas embarcaciones podrían convertirse en su boleto de salida.
Quedó petrificado al descubrir las amenazante siluetas que rondaba cerca de allí. Dos de aquellos seres simiescos surgieron de la espesura, balbuceando en su grosero lenguaje. El iroqués pegó el pecho a tierra y rogó por pasar desapercibido. Ambas criaturas cruzaron a menos de tres pasos del lugar que le ocultaba. Hedían a excremento y carne cruda. Taloc encajó la mandíbula y aguantó el aliento, temeroso de que aquellas abominaciones pudiesen detectar el rumor de su respiración agitada. Maldijo por lo bajo y elevó la mirada a la densa penumbra que comenzaba a manchar el firmamento.
Tendría que esperar a que fuese noche cerrada para dejar atrás aquel traicionero descampado. A lo lejos podía escuchar los gorgoteos de aquellos seres. Se arrastró con el sigilo de una serpiente y contempló a otro grupo de bestias arremolinándose cerca de la pira. Algunos portaban rústicas picas de piedra y hachas de pedernal. Se sorprendió al advertir entre ellos algunas macanas nahuac. Estremecido, se preguntó si aquellos monstruos no serían los mismos que les atacaran el día anterior. Una punzada de temor le revolvió el estómago. Aquello sólo podía significar que habían estado dando vueltas en círculo alrededor de aquel paraje maldito. Volvió la vista al río y comprendió que su única esperanza se hallaba en las primitivas balsas que descansaban en la orilla. De lo contrario vagarían de manera indefinida a través de aquella tierra hasta que la muerte les encontrara.
Apretó el mango de la segur y sus ojos refulgieron con odio primigenio. No pensaba dejar sus huesos en aquel lugar de pesadilla. No había recorrido medio mundo para ser asesinado por una raza primitiva, olvidada por la evolución. El corazón vikingo latió con fuerza, alejando los jirones de miedo que le amenazaban. Respiró aquel aire enrarecido por los humores del pantano y esperó con paciencia la llegada de las tinieblas. Al fondo, el chillido de los simios despedía el disco solar que ya terminaba de ocultarse tras el océano de verdor que parecía devorarle en una explosión carmesí.

VII

Si durante el día la jungla era un lugar plagado de peligros, al caer la penumbra se convertía en una escalofriante pesadilla. Todo en aquel infierno tórrido y húmedo parecía conjurarse para enloquecer al mestizo. Las sombras y los sonidos conformaban un espejismo intimidante que le obligaba a medir cada paso y a escudriñar con cautela la densa oscuridad que le rodeaba. Y no era para menos, ya que Taloc sabía que la noche pertenecía a los hijos de T´ kamal y al dios Jaguar. La amenaza de la extinción reptaba detrás de cada árbol y en los asfixiantes senderos cubiertos por la espesura. No obstante el norteño prefirió enfrentar aquellas amenazas antes de encarar a los demonios simiescos que había dejado atrás. Cualquier cosa era mejor que caer en las garras de aquellas alucinantes criaturas. Ahora comprendía el espanto que infundían a los desalmados nahuac.
Se recostó sobre un tronco nudoso y le arrebató un poco de aire al ambiente infecto que le rodeaba. Dio un respingo al sentir el roce de una piel fría sobre su hombro. Se volvió para descubrir el cuerpo húmedo de una salamandra desapareciendo entre el follaje putrefacto en que se sumergían sus pies. De manera inconsciente acarició el pendiente y recorrió las runas con las yemas de los dedos. Entonces una punzada en la boca del estómago le advirtió que el peligro se acercaba a pasos agigantados. Se deslizó hasta un florecimiento rocoso y contempló cómo el fulgor lunar dotaba todo aquello de un aire de fantasmagórica irrealidad. Sus rasgos se apretaron al percibir los movimientos que violentaban aquella extraña visión. No tardó en avistar las siluetas siniestras que perfilaba la breña. Una mano helada le apretó la garganta al constatar que se trataba de una caterva de aquellas herejías. Turbado, descubrió que algo, o alguien, se debatía mientras era arrastrado sin miramientos.
El mestizo ahogó un grito al reconocer la estampa de su compañero. A pesar del tenue reflejo nocturno vio con claridad las manchas negras que refulgían sobre su cabeza. Al parecer el nahuac había dado una buena pelea antes de ser atrapado. Mientras desaparecían por el sendero en dirección a la caverna, una oscura emoción opacó las esperanzas del norteño. Si no hubiera sido por su arriesgada exploración, estaría compartiendo la suerte de Hanoc. Desesperado, comprendió que su destino parecía cada vez más incierto. Miles de pensamientos chocaban en su cerebro, y ninguno de ellos prometía nada bueno. Con esfuerzo consiguió aplacar la angustia que le consumía, mientras intentaba llevar un poco de cordura a su mente congestionada. Después de unos momentos de incertidumbre, la frialdad de la herencia nórdica consiguió imponerse sobre los temores atávicos de la sangre indígena. Además, por alguna razón rememoró el extraño encuentro con el jaguar días atrás.
Recordó el intenso brillo de aquellos ojos ambarinos y se vio abrumado por un inexplicable sosiego. Por un instante le pareció que los sentidos se le agudizaban y el espíritu del bosque se apropiaba de su voluntad. Captaba la respiración de las aves que descansaban en las ramas y el corazón agitado de los pequeños roedores que se arrastraban con rapidez por el manto de hojas muertas que tapizaban la selva. No sintió temor ante esta sensación incorpórea que le invitaba a unirse con el corazón de la jungla. Comprendió entonces que su parte nativa compartía un vínculo común con aquella grandeza, y se dejó arrastrar sin resistencia. Aunque no podía verle, sentía la presencia de una entidad poderosa a su lado. Las palabras de Hanoc cobraron un dramático sentido en aquel instante. ”Ahora el señor de la jungla os ha otorgado su bendición”
¿Sería posible aquello? pensó en medio del sopor que le invadía. ¿Sería factible que los dos mundos que se mezclaban en su sangre le otorgaran la protección de diversas deidades? De manera involuntaria apretó la piedra que coronaba el pendiente y una chispa de energía le devolvió al mundo húmedo y oscuro que le envolvía. Todo temor se había esfumado y ahora comprendía lo que debería hacer. Aquellos orbes, grises como los mares del norte, refulgieron en medio de un gesto fiero. Taloc aseguró las armas al cinturón de cuero y se deslizó como un depredador tras las huellas de los captores de su compañero.
No tardó en dar con la partida de infrahumanos que arrastraban al nativo. Les siguió con prudencia mientras dejaban atrás la boca oscura de la caverna y se internaban a través de un sendero que discurría tras los roquedales manchados de verdín. El medio vikingo evadió el resplandor palpitante de la hoguera y continuó su camino en dirección al corazón de aquella tenebrosa jungla. A medida que avanzaba, captaba el sonido de una cascada cercana. Rugía contra las rocas como un león herido. Al fondo, sus ojos, acostumbrados a la penumbra reinante, advirtieron un reflejo parpadeante. Comprendió de inmediato que se trataba de otro acceso a las entrañas de la tierra. Se estremeció al pensar en la extensión de aquel lugar y en los horrores que encerraba. Espantó la inquietante reflexión y siguió arrastrándose por el cieno húmedo. De todos modos ya no podría dar vuelta atrás. Necesitaba a Hanoc para alcanzar las tierras de los nahuac. De lo contrario estaría irremediablemente perdido en aquel infierno verde.
Contempló a través de una maraña de helechos cómo aquellos seres simiescos desaparecían en el interior del estrecho pasaje. Se mordió el labio y fue consciente de que una vez adentro del subterráneo estaría a merced de esas abominaciones. Sin duda aquella penumbra malsana había sido su entorno por cientos de años. Sintió una punzada en el pecho al pensar en ello. Elevó la vista a la luna menguante y repitió una breve plegaría en lengua nórdica. Su corazón se aceleró al escuchar el rugido que reverberó a través de la jungla. Un clamor aterrador que consiguió silenciar cualquier otro sonido. Entonces, sin saber cómo, comprendió que el dios Jaguar apoyaba aquella desesperada empresa.
Le echó un vistazo el fulgor argento de las armas y respiró hondo. Aquellas herramientas de muerte serían su único apoyo en el mundo de pesadilla al que se disponía enfrentar.

Lo primero que le sorprendió fue descubrir los hachones que ardían cada veinte pasos e iluminaban aquel sinuoso pasaje. Las filtraciones provenientes de la catarata habían horadado la piedra viva, y formaban minúsculos riachuelos que discurrían a su antojo a través de los rústicos escalones que se sumergían en la tierra. Taloc tuvo que medir cada paso para evitar perder pie en aquel resbaloso entorno. Hedía a tierra húmeda, musgo y algo más que consiguió inquietarle. Una pestilencia que le revolvía las entrañas y que parecía empeorar a medida que sus pasos le arrastraban hacia el interior. Una ligera corriente soplaba encima de su cabeza, indicándole que aún se hallaba cerca de la superficie. Quedó sin aliento al captar un agudo lamento que se multiplicaba en las paredes y parecía surgir de todos lados al mismo tiempo. Pero aquello no se comparaba con la inquietante sensación que le abrumaba a medida que continuaba avanzando. Imaginaba que algo reptaba a través de su piel y drenaba sus fuerzas con garras invisibles.
El descenso se detuvo de manera brusca tras cruzar un asfixiante recodo. Respiró el aire viciado y contempló las dos galerías que se abrían ante sus ojos. Se limpió el sudor que le perlaba la frente y trató de discernir cual de aquellos senderos debería tomar. Presa de la incertidumbre, examinó con detenimiento las proximidades y descubrió unas cuentas de lapislázuli cerca del túnel que enfilaba hacia la izquierda. Recordó que Hanoc portaba un collar de aquel material y un esbozo de sonrisa se dibujó en su rostro. Después de todo parecía que las deidades seguían de su lado. Aquellas sospechas se confirmaron al hallar más piedrecillas a medida que se internaba por el pasaje. Imaginó que los captores del nahuac le habían arrebatado el collarín por un motivo que desconocía. Apartó estos pensamientos al captar el rumor que reverberaba en las paredes. Con el corazón apretado, comprendió que aquel extraño sonido no era más que la grotesca lengua con la cual se comunicaban aquellas bestias. Se trataba de un gorgojeo seco que le ponía la carne de gallina. Estaba seguro que una garganta humana no sería capaz de modular tal obscenidad. Apretó el pendiente, buscando un ancla en la cual aferrarse en medio de la locura que amenazaba con arrebatarle la lucidez. La idea de retroceder le cruzó por la mente en más de una ocasión, pero comprendió que esto no haría más que aumentar la agonía que le embargaba. Si los dioses habían decidido que muriera en aquella condenada jungla, prefería hacerlo en sus propios términos, aferrando el acero y eliminando al mayor número de enemigos que pudiese. El recuerdo del sacerdote asesinado en las marismas alimentó su decisión. No terminaría perseguido a través de la espesura como una bestia salvaje. Encajó la mandíbula y se obligó a apretar el paso.
Aquel abrupto pasaje le arrastró a un entorno siniestro que nunca hubiese imaginado. A medida que progresaba, el aire adquirió un tinte sulfuroso que le revolvió las entrañas. No tardó en descubrir el fulgor infernal de la lava que rugía bajo sus pies. Un rumor amenazante que cobraba vigor en los boquetes que iban apareciendo de cuando en cuando.
Impresionado ante aquel dantesco espectáculo, contempló por unos instantes el caos primordial que sucedía varios codos más abajo. Aquellas piedras al rojo vivo despertaron los temores primigenios que anidaban en su interior. Se limpió el sudor que le escocia los ojos y retrocedió con cautela para continuar su camino.
Se encontraba en una plataforma natural que se erguía al menos quince codos por encima de la corriente de magma, cuando sus sentidos advirtieron las sombras difusas que avanzaban en dirección contraria. Horrorizado, comprendió que no tenía oportunidad de retroceder sin ser visto. El resplandor de las teas delineaba ya aquellos cuerpos encorvados de cabeza pequeña y miembros nudosos. Maldijo por lo bajo y esgrimió los aceros, dispuesto a vender cara la existencia. Sin embargo el afán de supervivencia le impulsó a echarle otra ojeada al lugar en que se hallaba. Entonces sus ojos se clavaron en la estrecha saliente que se insinuaba a menos de cinco pasos de allí. Sin pensarlo siquiera, se deslizó como un lince hasta alcanzar la protección natural que le ofrecía la fortuna. Al fondo, se escuchaba el rumor apagado de los pasos que se acercaban. Observó el río de fuego que ardía enfurecido bajo sus pies y suspiró. No le quedaba más opción que colgarse de la piedra tibia para no ser descubierto. Titubeó por unos latidos, pero el gorjeo de aquellas criaturas fue suficiente para hacerle actuar.
Mientras los pasos se alejaban hacia el exterior sintió el hálito volcánico envolviendo sus miembros inferiores en un doloroso abrazo. Estremecido, imaginó el espantoso final que le esperaría si sus dedos perdiesen el agarre. Aquello consiguió darle un nuevo aire que le ayudó a ascender la plataforma. Fuera de peligro, dedicó unos momentos a recuperar el resuello de su cuerpo tembloroso. Volvió la vista hacia el oscuro pasillo que le esperaba y se irguió con esfuerzo, dispuesto a continuar.
Después de un buen trecho, comenzó a notar señales que le anunciaban que se encontraba al corazón de la gruta. El aire caliente se vio reemplazado por una curiosa frescura que le confirmó la presencia de un torrente subterráneo. Sus sospechas se comprobaron al doblar un recodo y toparse con el final del pasadizo. Se detuvo para examinar el bosque de estalagmitas que se abría ante sus ojos. Inmensas agujas de piedra que surgían de las entrañas de la tierra y formaban un sendero de colores de caprichosas formas. Maravillado, Taloc olvidó el horror que le corroía las entrañas mientras disfrutaba de aquella singular exhibición. Sin embargo aquello duró poco. La escalofriante realidad le golpeó con fuerza al captar el hedor de la muerte flotando en el ambiente. Aquel pintoresco lugar adquirió entonces un tinte siniestro que le erizó los vellos de la nuca.
Agazapado en medio de aquella penumbra iridiscente, trató de imaginar lo que haría a continuación. El miedo luchaba por tomar el control de sus emociones, pero el espíritu guerrero que moraba en su corazón le ofrecía fiera resistencia. Apretó los dientes y agitó la cabeza con vigor. No pensaba acobardarse después de haber llegado tan lejos. Molesto consigo mismo, intentó vislumbrar lo que hubiera hecho su progenitor en semejante situación. Sus ojos resplandecieron al comprender que jamás hubiera dado un paso atrás, no cuando la vida de un compañero se hallaba en serio peligro. Aquello sería un lastre demasiado pesado que nunca podría olvidar. El mestizo suspiró y decidió continuar sin importar las consecuencias.

Se adentro en la extensa galería, guiado por los tenues destellos de las rocas que le rodeaban. Sus pies no tardaron en hundirse en un cieno gélido y nauseabundo que le revolvió el estómago. Sus ojos se abrieron como platos al notar que restos humanos flotaban en medio de aquella inmundicia. Aquí y allá destacaban costillares a medio podrir y varios cráneos destrozados le rozaban las pantorrillas. Un escalofrió le recorrió la piel como un latigazo. Sin duda la guarida de Hel en el inframundo no sería muy diferente de aquel terrible lugar.
Continuó a través de la podredumbre que amenazaba con engullirle, tratando de evitar las cuencas vacías de aquellas escalofriantes osamentas. No tardó mucho en comprender que aquel marjal era un inmenso cementerio. Agobiado por aquel manto de corrupción se desvió hacia el roquedal más cercano, en un intento angustiante por abandonar el lugar.
Permaneció largo rato tendido sobre la roca húmeda. Su corazón latía desbocado y el hedor de la muerte y la putrefacción se le pegaba como una segunda piel. Al captar las piedras brillantes que pendían de la roca viva, le pareció que el techo de la caverna cobraba vida en medio de un sinfín de destellos esmeraldinos. Al menos aquella reflexión alejó de su mente el horrendo espectáculo que acababa de presenciar.
Entonces se irguió de golpe al advertir el espantoso lamento que reverberó como un tambor en el centro de su cerebro. Sus ojos escudriñaron la penumbra mientras aferraba con vigor el mango marfileño de la faca. El clamor se esfumó y se vio sumido en un desasosegante silencio. En ese instante advirtió la bruma lechosa que emergía del marjal como dedos fantasmagóricos. Estremecido, se arrastró fuera de alcance y descubrió el brillo amarillento que palpitaba en el estrecho pasaje que tenía por delante. Contempló de nuevo la inquietante niebla y decidió que cualquier cosa era mejor que verse envuelto por aquella mortaja blanquecina que reptaba como una bestia hambrienta hacia sus pies.
Después de un corto trecho descubrió que el túnel conducía a una explanada delineada por grandes piras. El medio vikingo se acercó con prudencia y estudió los alrededores. Lo primero que le llamó la atención fueron los nichos horadados en la roca. Extrañas construcciones que le recordaron un hormiguero o un panal.
Quedó mudo al constatar que los seres simiescos salían y entraban a través de aquellas hendiduras. Consternado, comprendió que había localizado la morada de aquellas bestias.
Un pánico primigenio le invadió al entender que se hallaba completamente solo en aquel lugar de pesadilla. Se pasó la lengua por los labios y frunció el ceño, arrancando valor de sus entrañas. Había llegado el momento de actuar. El nahuac se hallaba en alguna parte y estaba dispuesto a encontrarlo. Ya no podía dar vuelta atrás, no estando tan cerca.

Sus dedos se aferraron a la roca con fuerza. Diez codos más abajo se apreciaba el resplandor de la hoguera que guardaba el acceso al campamento. Tres criaturas prestaban guardia mientras devoraban un trozo de carne y discutían en su espantosa lengua. Desde arriba, el norteño advertía los visos plateados que las flamas arrancaban del espeso pelambre que les cubría la espalda. Elevó la vista y se sorprendió al no ver la bóveda de aquella inmensa galería.
Al cabo, el mestizo, bañado en sudor, comenzó a avanzar. Apoyó el pie en el reborde y por poco pierde el agarre al desmoronarse la piedra bajo su peso. Las yemas sangraron al hundirlas con desesperación sobre la pared húmeda, pero consiguió mantener la verticalidad mientras se apoyaba en otro saliente. Ahora su mayor preocupación radicaba en el trozo que acababa de estrellarse contre el firme, a pocos pasos de la pira. Uno de los salvajes levantó la vista y sus orbes amarillentos refulgieron con intensidad.
Impotente, Taloc se apretó contra el muro lo más que pudo. Azuzado por los gruñidos de sus acompañantes, la criatura perdió interés después de unos instantes. Esbozó un gesto inhumano y retornó al abrigo del fuego.
El osado incursor esperó un buen rato. Sólo entonces decidió moverse de nuevo y buscar la manera de descender hasta la explanada.
No tardó mucho en hallar una superficie accidentada que le ayudó a descolgarse. Se deslizó como una serpiente, buscando la protección de las sombras hasta que se halló a menos de treinta pasos del cinturón de hogueras que rodeaba el vivaque. Un hedor a sangre, vísceras y otras porquerías indescifrables le invadió las fosas nasales. A lo lejos escuchaba el rumor de un regato y los chillidos infrahumanos de aquellos seres. En medio de aquella penumbra, detectó un clamor de profundo sufrimiento que parecía surgir de una galería cercana. Comprendió entonces que sus compañeros no estaban lejos de allí. Este pensamiento alejó toda la vacilación. Animado, echó un vistazo en derredor antes de fundirse con las tinieblas que se insinuaban más allá de las piras.
Con los ojos acostumbrados a la oscuridad reinante, distinguió la abertura que se destacaba en el extremo del campamento. También captó la presencia de un centinela armado con una pica con punta de pedernal. Aquel sujeto portaba un peto de algodón que había pertenecido a uno de los nahuac abatido en la emboscada.
Taloc calculó los movimientos del salvaje mientras estudiaba con detenimiento la manera de caer sobre él. No tardó en descubrir el lecho del riachuelo que surgía de las tinieblas y recorría el campamento de un lado a otro, formando una media luna. No era mucho, pero serviría para ganar unos latidos valiosos que podrían significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Quedó sorprendido al sumergirse en aquellas oscuras y gélidas aguas. Hundido hasta el pecho, agradeció la caricia de la corriente mientras arrastraba la pestilencia que había manchado su cuerpo en aquel marjal putrefacto. Además, el líquido había conseguido vitalizar sus ateridos músculos con un torrente de adrenalina que le agudizó los sentidos. Taloc sonrió con fiereza e imaginó que había sido tocado por los dioses. Consiguió librar la distancia que le separaba de la galería y se deslizó por la ribera pedregosa, aferrando la faca y el hacha con manos húmedas y temblorosas.
El ser dio un respingo al captar el movimiento del mestizo con el rabillo del ojo. Pero antes de que pudiese reaccionar el metal gélido se sumergió en su cabeza en medio de un espantoso crujido. La criatura se revolvió como un pez fuera del agua mientras la vida le abandonaba en medio de un charco oscuro. El guerrero recorrió con la vista aquel paraje, temeroso de que alguien hubiese escuchado la breve refriega. Sin embargo el único sonido que pudo captar fue el rumor del riachuelo golpeando contra las rocas. Arrastró el cuerpo hasta la ribera y lo cubrió detrás de un florecimiento rocoso. Se limpió la sangre y la masa encefálica que le manchaban el rostro y centró la atención en la tenebrosa galería que se abría ante sus ojos. Acarició la piedra amarilla del amuleto y sus dedos recorrieron los grabados del metal. Algo en su interior le sugería que un horror incomprensible moraba tras aquel pasaje. A pesar de todo decidió continuar.
Momentos más tarde la tensión le hizo estremecer al advertir el hedor a matadero que invadía el túnel. Quedó paralizado al descubrir la fuente de aquella espantosa podredumbre.
Allí, a menos de diez pasos, pendían de lianas atadas a la pared los cuerpos despellejados de lo que alguna vez fueron seres humanos. Se mecían de un lado a otro como marionetas terroríficas, con aquellos rostros pelados esbozando una mueca escalofriante que le cortó la respiración. La carne ensangrentada había sido cubierta con alguna especie de líquido amarillento, que los dotaba de una apariencia húmeda que consiguió revolverle las entrañas.
En su periplo por aquellas tierras crueles y salvajes, no había visto nunca un horror similar. La piel de estos miserables había sido metódicamente extirpada y en su lugar tan sólo quedaba un amasijo de músculos y tendones enrojecidos. El sabor de la bilis le invadió la garganta y apenas pudo contener las arcadas que le atacaban sin misericordia.
En ese instante un lamento desgarrador retumbó a través de la galería y le recordó la precariedad de su situación. Ahora comprendía lo que le esperaba si llegaba a ser atrapado. Sin embargo aquella terrible realidad sirvió para avivar la ira que bullía como un volcán en el fondo de sus entrañas. Una emoción aún más brutal que los demonios que moraban en aquella caverna maldita. Un instinto asesino le llenó los pulmones e insufló su corazón con una oscura energía que opacó toda vacilación. Contempló los cuerpos mutilados que colgaban a su alrededor y comprendió que la sangre de las bestias correría a raudales aquella noche.
Siguiendo el sonido de los gritos alcanzó un apretado recodo y se detuvo al percatarse del fulgor que reflejaba la pared rocosa. Se movió con la agilidad de una pantera y contempló a los miserables que colgaban boca abajo. Estremecido, descubrió que vertían su sangre sobre unos recipientes de barro en forma de entes monstruosos. Sin embargo palideció aún más al ver las tiras de piel ensangrentada que yacían amontonadas a pocos pasos de allí, como si se tratara de la muda de una gigantesca serpiente.
Caminó con sigilo y descubrió con espanto que uno de aquellos miserables aún respiraba. Bajo el manto sangriento que les cubría, unos ojos vidriosos le miraban en una súplica silenciosa. El mestizo interpretó de inmediato el anhelo de aquel pobre diablo y le pareció ver un gesto de alivio mientras le hundía la daga en la garganta.
Su cuerpo tembló al oír otra vez el lamento que le había arrastrado hasta aquel lugar. Aferró el cuchillo con vigor y liberó la tira del hacha antes de proseguir.
No tuvo que avanzar demasiado para percatarse de lo que ocurría. Se hallaba en la embocadura de una oquedad iluminada por una pira nauseabunda que llenaba el aire de un humo espeso y oscuro. Con ojos enrojecidos y bañado en sudor, se filtró en el interior y buscó un rincón apartado del resplandor de la lumbre. Un clamor angustioso reverberó en las paredes e hizo eco en su pecho. Entonces descubrió al desdichado que colgaba de la pared completamente desnudo. La sangre bañaba su pecho y la carne enrojecida de sus piernas desolladas refulgía bajo el brillo de las flamas. Dos criaturas le rodeaban y una tercera permanecía acuclillada a sus pies, retirando la piel del pecho con una hoja de afilado sílex. Las demás repetían la acción, arrancando tiras de los muslos con macabra lentitud.
Estremecido, Taloc notó que había algo diferente acerca de aquellas criaturas. Eran menos fornidas que los seres que ya conocía, y el pelaje que les cubría era menos concentrado y oscuro. Atónito, advirtió los apéndices que se insinuaban en sus pechos. Aquellas abominaciones eran las hembras de aquel pueblo de pesadilla. Se preguntó cómo los dioses permitían la existencia de tales blasfemias sobre la tierra.
Se disponía a poner fin al tormento de aquel infeliz, cuando el palpitar de la hoguera develó unos rasgos que le eran familiares. Aún en medio de la agonía, reconoció las duras líneas del rostro de Chankal, ahora convertidas en un amasijo de horror sangriento.
¡Qué manera de castigar tenían los dioses! ¡Qué espantosa forma de saldar cuentas con los mortales!
Taloc recordó a los caídos en la emboscada y a todos los que aquel sujeto había enviado a la muerte. Una sonrisa inhumana se dibujó en sus rasgos sudorosos. Chankal profirió otro alarido y el medio vikingo percibió como aquel escalofriante lamento perdía vigor al alejarse por un pasaje contiguo.


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NotaPublicado: Jue Nov 03, 2011 6:22 am 
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VIII

El murmullo parecía surgir del oscuro pozo que se hallaba varios codos más abajo. El mestizo no se había movido ni un paso y ya comenzaba a sentir la presión en las rodillas. Sospechaba que los prisioneros se encontraban cerca de allí, la presencia de los guardias se lo confirmaba. Siguió con la mirada al sujeto que caminaba con lentitud de un lado para otro, para luego volcar su atención en la segunda criatura que permanecía recostada en la pared contraria. De algún lugar se filtraba una ligera corriente que arrastraba el hedor a muerte que le envolvía como una mortaja.
Respiró el aire enrarecido y comprendió que su paciencia estaba siendo recompensada. El individuo que se hallaba reclinado sobre la roca desapareció por una abertura y Taloc aprovechó para moverse. El filo diamantino del hacha cobró vida bajo el palpitar moribundo de las antorchas, y el centinela apenas tuvo tiempo de volverse para enfrentar la muerte que se le echaba encima. La segur segó los dedos que intentaron oponerse a su trayectoria antes de hincarse con fuerza en el parietal izquierdo. La criatura emitió un gemido agudo mientras la faca del verdugo se sumergía en su pecho, obsequiándole una muerte rápida que no merecía.
Los ojos enfebrecidos del norteño se posaron entonces en el lugar por el cual había desaparecido el centinela restante. Extrajo los aceros con un sonido húmedo y arrojó el cuerpo al foso. El eco de decenas de voces desesperadas llenó sus oídos al escuchar el golpe del cadáver contra el firme. Aquello le confirmó la existencia de los cautivos. Sin embargo aún no había llegado el momento de liberarlos, debía deshacerse de la segunda criatura y encontrar la forma de salir de aquel horroroso laberinto.
Se desentendió del clamor de los confinados y enfiló hacia la estrecha abertura en la piedra viva. En ese momento el ser simiesco apareció frente a él, atraído por el bullicio de los prisioneros. Sus pupilas amarillentas destilaban odio, rabia y temor al descubrir al sujeto nervudo con ojos de hielo que se le arrojaba encima. Blandió un hacha de piedra y el desconcierto asomó en aquellos rasgos primitivos cuando la hoja de acero nórdico deshizo sin problema el tosco pedernal. Un sonido gutural emanó de su garganta el sentir aquel filo astillándole una rodilla. Se derrumbó mientras el cuchillo se deslizaba a través de la órbita derecha acabando con su sombría existencia.
A continuación Taloc arrojó un hachón a aquella fosa de oscuridad y estudió los rostros macilentos y las miradas aterrorizadas que le observaban desde el fondo. Hombres, mujeres y niños que esperaban una muerte atroz y salvaje a manos de los hijos de T´kmal. Entre ellos reconoció a algunos de los soldados de Chankal y a los cochitekas que habían sido sus prisioneros.
Respiró hondo y comprendió que no podría abandonarlos a su suerte. El echó una ojeada al lugar y reparó en las gruesas tiras de cáñamo que pendían en un rincón de la pared. Aliviado, aferró las lianas y las deslizó hasta el fondo del foso. Las cuerdas estaban aseguradas al muro por medio de una anilla tallada en la piedra. Sin duda aquella era la única manera de abandonar esta trampa mortal. Los murmullos se convirtieron en un clamor desesperado mientras los cautivos luchaban entre ellos por salir de allí.
El guerrero se desentendió de aquellos desdichados y se coló por la abertura en la pared, consciente de que el ajetreo de los prisioneros no tardaría en llamar la atención de las demás criaturas.
Avanzó por un pasaje iluminado por teas embreadas y se detuvo al advertir el eco de las voces que parecían surgir de la siguiente galería. Se limpió el sudor que le perlaba la frente y el pecho y examinó las proximidades con recelo. El corazón batía sin misericordia en sus sienes, anunciándole que se hallaba en el centro de aquella malignidad primigenia. Por unos instantes creyó ver un destello en la gema que coronaba el amuleto de su progenitor. El espíritu supersticioso que corría por sus venas interpretó todo aquello como un guiño de los dioses. Frunció el ceño y agitó la cabeza antes de proseguir con la cautela de una pantera.
Desde un rincón oscuro descubrió que aquella algarabía procedía de un salón circular iluminado por tres grandes piras. En el centro se hallaban al menos dos docenas de aquellos entes. Gesticulaban y realizaban grotescos movimientos alrededor del fuego. Los rasgos simiescos y las extremidades nudosas le daban un aspecto aterrador a aquella danza primitiva.
Taloc se acercó en silencio, ocultando las armas para no ser traicionado por algún reflejo furtivo. Sus ojos analizaron con detenimiento aquella escena y así pudo comprobar que la mayoría de ellos se encontraban desnudos. Tan sólo un puñado de criaturas portaba macanas de piedra y dagas de sílex.
En el sujeto que yacía sobre un trono de huesos humanos reconoció el tocado de plumas de quetzal y las cuentas de jade que habían pertenecido a Chankal. El mestizo sintió una punzada de horror al contemplar las calaveras que coronaban aquel espeluznante solio. Algunas conservaban aún sus largas cabelleras.
Sin embargo aquello palideció al advertir al ser enjuto y sombrío que descansaba a los pies del caudillo como un perro faldero. Taloc captó el fulgor malévolo de aquellas cuencas hundidas y se estremeció. Sin duda se trataba de un poderoso hechicero.
Al cabo la danza cobró fuerza y los medio humanos se vieron invadidos por un demencial frenesí. Se revolvían y saltaban en medio de espantosos gruñidos que llenaban de ansiedad el corazón del guerrero que les observaba en silencio En ese momento la criatura demacrada se irguió y develó la espeluznante prenda que le cubría. Una tosca túnica zurcida con tiras de piel humana.
Taloc ahogó un grito de asombro y recordó al pobre diablo que había bendecido con la muerte. La imagen de aquellos rasgos mutilados le acompañaría para siempre.
El aullido bestial del sacerdote le devolvió a la espantosa realidad que le abrumaba. Siguió con horror aquella macabra ceremonia e imaginó que se hallaba en el mismo infierno. Nunca antes había atestiguado algo tan aterrador.
Un rumor a sus espaldas avivó el espanto que le embargaba. Reculó hacia las sombras aferrando las hojas con vigor. Aguantó el aliento y por momentos creyó que los latidos en su pecho delatarían su presencia en aquel lugar. Desvió la atención hacia las criaturas que irrumpían en la caverna portando consigo unos recipientes de barro. Un dedo helado le recorrió la columna al notar que un brazo ensangrentado asomaba por encima de uno de los receptáculos.
Los extenuados danzantes se dejaron caer sobre el firme mientras los recién llegados repartían aquel espantoso festín. Cayeron sobre la carne cruda como hienas hambrientas. Al mismo tiempo que aquello ocurría, la abominación ataviada con la túnica de piel lanzaba un graznido que retumbó en las paredes como una maldición.
Dos entes hicieron su entrada a través de un pasaje que el mestizo no había reparado antes. Estupefacto ante los horrores que desfilaban frente a él, Taloc quedó mudo al descubrir el trofeo que arrastraban aquellos demonios. Aún golpeada y sangrante, la orgullosa estampa de Hanoc se alzaba por encima de las criaturas encorvadas y malignas que le rodeaban. Se trataba del encuentro de mundos opuestos, dos razas que nunca estuvieron destinadas a coexistir. Los gruñidos y las gesticulaciones de las bestias parecían confirmar aquella realidad. En sus gestos brutales y mezquinos pretendían socavar la existencia de la raza destinada a borrarlos de la superficie de la tierra. En comparación con Hanoc, no eran más que un patético remedo de hombre. Su tiempo había pasado hacia milenios y tan sólo un poder más allá de toda comprensión les había permitido medrar en aquella tierra misteriosa.
Estas reflexiones se esfumaron de la mente del guerrero al intuir el motivo de aquel encuentro. Tres criaturas armadas hasta los dientes emergieron de la multitud. Por su aspecto y tamaño, Taloc dedujo que se trataba de los campeones de aquella hueste degenerada.
Armados con picas de pedernal y cuchillos de obsidiana que refulgían como fuego negro bajo el calor de las piras, se acercaron al cautivo.
Se abrió un círculo alrededor del solio del caudillo, con Hanoc como protagonista. El nahuac se encontraba desarmado, pero al comprender lo que acontecía las comisuras de sus labios formaron un gesto desafiante.
Flexionó las piernas y su cuello crujió al asumir la posición de combate con los brazos abiertos. El alboroto cesó y un pesado silencio se apoderó de la estancia. Hanoc elevó una plegaría a Quetzkol, el dios de la guerra, y las criaturas se removieron con inquietud. Al parecer esperaban ver un hombre aterrorizado y vencido, y en su lugar se toparon con un verdadero titán.
Vacilantes, los entes rodearon al nahuac con picas enhiestas. Al parecer compartían la inquietud de sus compañeros ante la actitud del prisionero. Intercambiaron miradas recelosas mientras Hanoc permanecía impertérrito, fulminándoles con ojos asesinos. Los dientes del nativo resplandecieron con descaro bajo sus rasgos aguileños.
El sujeto enjuto rompió el silencio al aullar con furia y señalar hombre que aguardaba en el centro del círculo.
Sin duda el temor que sentían hacía aquel individuo era mayor que el que les inspiraba el inmenso nahuac, puesto que de inmediato se arrojaron sobre su presa en medio de un sonoro rugido.
Hanoc evadió la punta de pedernal que buscaba su garganta y fintó hacia la diestra. El segundo atacante vaciló y el filo de piedra apenas rozó la cabeza del nahuac. Pero a pesar de su destreza, el guerrero no pudo evitar que la tercera pica le rasgara el omoplato, levantando una nube carmesí.
El olor de la sangre fresca despertó las ansías de las criaturas. Rompieron el estupor que les embargaba y comenzaron a gritar y a gesticular en aquella horrorosa jerga, animando a sus congéneres.
Presa de la angustia, Taloc contemplaba todo aquello con impotencia. Comprendía que intervenir sería un suicidio. Apretó el mango del hacha hasta que sus dedos se tornaron en blancuzcas piedrecillas. Lo único que le quedaba por hacer era esperar un milagro.
En ese instante su corazón dio un vuelco al ver cómo Hanoc barría las piernas de uno de los contrincantes y se arrojaba sobre él. El ser simiesco intentó liberarse para utilizar la hoja que pendía del cinto, pero su rival se le adelantó. Antes de que la obsidiana se sumergiera hasta la empuñadura en sus entrañas, la sorpresa y el horror le dieron un aspecto humano a aquel rostro bestial.
Hanoc rugió y su grito victorioso se elevó por encima del clamor de los hijos de T´kamal. Pero aquello duró poco, pues un nuevo bramido surgió del fondo de su pecho cuando la punta de pedernal le atravesó el hombro izquierdo de lado a lado. Se revolvió como un jaguar y experimentó una agonía colosal cuando el arma abandonó su cuerpo en medio de un crujido húmedo que desgarró nervio y músculo.
Un dolor agobiante laceró su cerebro y amenazó con hacerle perder la consciencia. Sin embargo la ira guerrera que dominaba su voluntad le obligó a desviarse hacia el lado contrario para evitar el golpe destinado a terminar con su existencia. Al escuchar una cacofonía de gritos y lamentos que parecían provenir de todos lados al mismo tiempo, imaginó que todo había acabado. Se trataba de un ruido espantoso que le penetraba la cabeza como agujas de sílex.
Entonces sus ojos creyeron ver una figura que se abría paso entre aquella aterrada multitud, blandiendo dos hojas que refulgían como plata encendida dejando un rastro de muerte por doquier.

En el preciso instante en que el nahuac era alcanzado por la lanza, los primeros cautivos irrumpieron en la galería. Aullaban enloquecidos señalando a los responsables de sus desgracias. El medio vikingo dio un respingo al advertir aquel caos y la confusión que comenzaba a medrar entre los infrahumanos.
Volvió la vista hacia el trono de huesos y comprendió que tenía una oportunidad de darle una mano al valeroso Hanoc. Esbozó un gesto decidido y se arrojó sobre la masa de cuerpos encorvados que comenzaban a encarar a la turba demencial que invadía la estancia.
El hacha nórdica se elevó y en su recorrido destrozó una mandíbula, levantando una lluvia de sangre y dientes. La criatura gimió, pero antes de tocar el suelo el cuchillo le había sajado las entrañas. Se desparramó sobre la hoguera en medio de un charco de vísceras sanguinolentas.
El norteño continuó avanzando con decisión, abriéndose paso entre la barrera de carne que le bloqueaba el paso. Dos seres simiescos cayeron abatidos antes de que saltara en medio del círculo en el cual se hallaba su compañero.
Los hijos de la bruma retrocedieron espantados al verle llegar. Sin duda aquel hombre de piel cobriza y ojos de hielo se les asemejaba más a un demonio que a otra cosa. No obstante fueron las hojas enrojecidas y su letal resplandor lo que en verdad avivó el temor de aquellas bestias cavernarias.
Taloc aprovechó la indecisión de sus rivales para lanzarse contra el sujeto nervudo que yacía en el solio. Sabía que la muerte del caudillo multiplicaría el desconcierto y aumentaría las posibilidades de escapar de aquel abismo de maldad.
Una de las bestias que se batía contra Hanoc le cerró el paso, blandiendo la pica con decisión. El medio vikingo evadió la acometida con soltura y lanzó un tajo que le obligó a retroceder. Al mismo tiempo que aquello ocurría, el sacerdote enjuto aullaba órdenes mientras el líder desaparecía a través de un pasillo diagonal, seguido de su escolta. Alrededor, los prisioneros se cebaban con los miserables que no pudieron escapar. Se abalanzaban sobre ellos, blandiendo palos y piedras y en algunos casos desgarraban sus gargantas con los dientes. La visión de los recipientes repletos de miembros humanos aumentó la locura de aquellos desesperados.
Al ver lo que les esperaba, el sacerdote gruñó y retrocedió hacia la embocadura de la galería cubierto por tres guerreros. El temor infectaba aquellos rasgos bestiales.
—¡Acabad con ellos, hijo del jaguar! —aulló Hanoc arrastrándose a sus pies. Taloc le miró y se estremeció al advertir la insensatez que refulgía en aquel rostro ceniciento.
Se volvió hacia los infrahumanos animado por una fuerza vesánica. Los gritos de los moribundos y el hedor de la sangre consiguieron disparar la adrenalina en sus venas.
Arremetió con el vigor de un león y barrió al primer contrincante que apenas pudo reaccionar. El hacha se hincó en un brazo peludo. Su rival soltó un gruñido y el líquido tibio le bañó el rostro. Por primera vez fue consciente de la pestilencia que exudaban aquellas criaturas, una podredumbre ácida que le revolvió las tripas. Se volvió con rapidez y un segundo golpe acabó con aquella abominación.
Los dos restantes, atónitos ante la facilidad con la cual había despachado al lancero, recularon azuzándole con las picas de pedernal y mostrando sus dientes afilados. El olor acre del miedo llenó los pulmones del guerrero. Esbozó un gesto desafiante y arrojó la segur al que cubría la diestra. El arma refulgió como un haz de plata antes de sumergirse en el rostro simiesco en medio de un espantoso crujido.
—¡Taloc! —clamó el nahuac a sus espaldas. En su voz se adivinaba el dolor que le aquejaba.
El medio vikingo recuperó el acero. El cuerpo aún se removía en un estertor postrero. Como era de esperarse, no había ni rastro del rival restante. Sin duda los cautivos ávidos de sangre que se filtraban como una marea a través del estrecho pasillo no tardarían en dar con su rastro. Cuando ese terrible momento llegara, envidiaría la muerte limpia de sus camaradas.
Postrado a un lado del nahuac comprendió la gravedad de las heridas que le atormentaban. La lesión del hombro manaba sangre como un río desbordado y tenía otro corte en la cara interior del muslo con un aspecto aún peor.
Hanoc forzó una sonrisa al captar la preocupación del mestizo. Frunció los labios al experimentar un latigazo de agonía en todo el cuerpo.
—No sintáis pena por mí, Taloc —murmuró con un hilo de voz—. He enfrentado a mis enemigos con valentía y obtendré el favor de los dioses.
El aludido respiró el aire cargado de muerte y por primera vez fue consciente del macabro espectáculo que le rodeaba. Aquí y allá se revolvían los moribundos, hombres y bestias por igual. Algunos cuerpos yacían sobre las piras e infectaban la galería con el hedor de la carne quemada. A pocos pasos de allí, el rostro sin vida de una mujer le dedicaba una mueca burlona. Se encontraba sobre el cadáver de la criatura que le había arrebatado la existencia en un abrazo póstumo.
—No os abandonaré en este infierno —replicó el norteño con amargura. Después del combate empezaba a sentir la agonía en cada uno de sus músculos—. Saldremos de aquí, os lo puedo asegurar.
El nahuac frunció el ceño y apretó la mano del iroqués. El fulgor febril de sus ojos se clavó con firmeza en el semblante de su compañero.
—Ni los dioses de vuestro padre podrán salvarme, extranjero —aseguró con amarga franqueza. En aquel tono se percibía una impotente resignación—. No puedo sentir las piernas y el frío me envuelve con su mortaja gélida. La muerte me reclama.
Taloc le sostuvo la mirada y suspiró. Aunque que se negaba a aceptarlo, entendía que su amigo agonizaba.
El nahuac respiró hondo y su pecho se estremeció. Entonces arrancó la pulsera de jade que portaba en la diestra y la dejó en manos de su compañero.
El medio vikingo le contempló con aire sombrío.
—Si los dioses deciden salvar vuestra vida —dijo con esfuerzo—, esta pulsera os servirá de salvoconducto en las tierras de los nahuac. —Mientras decía aquello el sudor le perlaba la frente y dolor le atormentaba con saña—. Decidles que Hanoc, el de las anchas espaldas y servidor de Quetzkol, luchó con bravura en contra de los hijos de T´kamal, el pueblo de la bruma.
—Lo haré Hanoc, lo haré aunque sea lo último que haga —respondió su interlocutor con voz quebrada. Apretó los ojos para ocultar las lágrimas de impotencia que le nublaban la vista.
El nahuac le ofreció un gesto de agradecimiento que consiguió estremecer al guerrero. La palidez de la muerte cobraba cada vez más fuerza en aquellos rasgos aguileños.
—Entregadle esta pulsera a un sacerdote del señor de la guerra— balbuceó—, contadle mi historia y él sabrá qué hacer para abrir las puertas del otro mundo. —Apretó con vigor el antebrazo de Taloc y se sacudió en un estertor agónico.
El medio vikingo aguantó el aliento y envidió el valor del nativo. Esperaba enfrentar la muerte con la misma dignidad llegado el momento.
Entonces limpió la hoja de la faca en la ceniza de la hoguera y cerró los dedos de Hanoc en tornó a la empuñadura.
La mirada febril le contempló con vehemencia, el brillo de la vida se esfumaba con rapidez detrás de aquellos orbes de ónice.
—Mi padre me enseñó que un verdadero guerrero debe morir con un buen acero entre sus dedos. —Una sonrisa fiera se dibujó en el semblante del nahuac al escucharle—. Sólo así será digno de compartir con los dioses.
El bravo nativo se extinguió con placidez, abrazó la extinción sin soltar el cuchillo nórdico de su compañero. Al fondo se podía escuchar el eco de los gritos y el retumbar de pasos.
Taloc acarició el pendiente y recitó una oración en nombre del nahuac. La pieza de ámbar resplandecía como un pequeño sol bajo el reflejo de la lumbre.
Se irguió y comprendió que había llegado el momento de salir de allí. Las criaturas no tardarían en retomar el control y no tendría otra oportunidad. Antes de enfilar hacia la embocadura de la galería, le echó un vistazo al cuerpo de su amigo y experimentó una honda tristeza.
—Tendréis vuestra venganza, os lo juro —gimió antes de desaparecer a través de aquel espantoso submundo en busca de la libertad.

IX

La bruma empezaba a surgir como un manto blanquecino desde la ribera del río. Reptaba con lentitud sobre los helechos y los roquedales manchados de verdín. Como una criatura etérea e inabarcable, se deslizaba a través de las raíces de las gigantescas ceibas y de los recovecos que pululaban en la maleza, para finalmente posarse sobre las aguas del pantano como una mortaja gélida. En el firmamento se escuchaba el eco de los truenos que rugían en la distancia. Incluso los animales de la jungla guardaban un desconcertante silencio aquella mañana fría.
Media docena de seres encorvados de miembros nudosos avanzaban con cautela a través de la espesura. Portaban lanzas con toscas puntas de pedernal y hojas de obsidiana pendían de los cintos de cáñamo que cruzaban sus cuerpos peludos. Iban encabezados por una criatura enjuta de aspecto cruel, cubierta con una espeluznante túnica de piel humana. Tras ella, se debatía una joven mujer que era arrastrada por uno de aquellos entes. A pesar de su aspecto mugriento y los cortes y lesiones en sus brazos y piernas, no había miedo en su mirada, tan sólo un profundo odio hacia sus captores.
Enfilaron en dirección al marjal dispuestos a ofrecer a la chica en sacrificio. Un rito que aplacaría a las oscuras deidades que servían y que además limpiaría la afrenta que había causado la rebelión de los prisioneros días atrás.
Ahogarían a la víctima en el pantano y luego devorarían su carne y vísceras en un festín en honor del T´kamal.
Enfilaron por una lengua de tierra que se internaba en la marisma, con el sacerdote encabezando aquella sombría procesión. Se encontraban a medio camino del siniestro altar cuando un silbido rompió el silencio matutino.
El sonido de un cuerpo al caer al agua les obligó a volverse hacia la retaguardia. Intercambiaron mirada de estupefacción al descubrir el despojo desmadejado de su compañero. Otra saeta emanó de la niebla y se hundió en el pecho de otro de los salvajes. Horrorizados, los supervivientes comenzaron a correr en dirección de la espesura. El sacerdote gesticuló con desesperación en un intento fútil por detener aquella súbita desbandada. Con un gesto de ira y frustración, le ordenó a uno de los brutos que liquidara a la mujer que se debatía con renovados bríos. Sin embargo la criatura ya estaba muerta antes de cumplir aquella orden. El asta de una flecha le atravesaba la garganta. Se desmoronó a los pies del aterrado diácono, con los ojos abiertos de par en par y escupiendo una espuma sangrienta.
La descarnada criatura simiesca se volvió y escapó en dirección contraria, buscando el abrigo de la bruma. En su desesperada carrera tropezó varias veces, y las zarzas y malezas que le arañaban el rostro, parecían confabularse con los atacantes.
Jadeante, se dejó caer en un pequeño claro. Aún no podía comprender quién osaba a agredirle en su propio territorio. Entonces los orbes hundidos que coronaban aquel rostro bestial se abrieron de par en par al contemplar al demonio de piel dorada y ojos de acero que le observaba desde la maleza. Su atención se centró en las hojas que refulgían en aquellos brazos nervudos y la gema que relucía en su pecho. Retrocedió espantado con la certeza de la muerte revolviéndole las entrañas. El forastero avanzó con la agilidad de un felino y sus labios formaron unas palabras que no podía entender.
—Por Hanoc —espetó el medio vikingo antes de hundir el cráneo del sacerdote de T´kamal, con un certero hachazo.
Separó la cabeza del cuerpo y guardó el espeluznante trofeo en una bolsa de piel, sin duda aquello sería una magnífica ofrenda en nombre del nahuac caído.
Se volvió y contempló a la joven que le miraba con una mezcla de espanto y satisfacción. Aún conservaba las sogas adheridas al círculo de carne viva en que se habían convertido sus muñecas.
Retrocedió unos pasos cuando aquel guerrero de ojos transparentes se le acercó. Taloc cortó las lianas y esbozó un amago de sonrisa.
—Vamos muchacha—dijo en nahuac—, es hora de volver al mundo de los hombres.

FIN


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NotaPublicado: Sab Nov 12, 2011 5:22 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Saludos, José Luis

Ya leí tu relato y como de costumbre lo encuentro muy épico y entretenido. Veo que esta vez has sido bastante gore y truculento, pero sin perder la potencia épica de costumbre. Enhorabuena


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NotaPublicado: Sab Nov 12, 2011 7:31 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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Gracias Kull. Lo del gore era un ingrediente necesario para aumentar el terror de aquellos seres de pesadilla. También la influencia que dejó en mí la peli Apocalypto que fue la que me inspiró a crear este personaje. Me pareció que ese mundo azteca tiene demasiados elementos truculentos para buenas historias de fantasía heroica. :vader:


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NotaPublicado: Mié Nov 16, 2011 2:01 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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En efecto, los grandes imperios precolombinos son un escenario muy bueno para novelas épicas, con elementos fantásticos o no. Es un campo poco explotado de la narrativa histórica.


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NotaPublicado: Mié Nov 16, 2011 5:58 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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Totalmente de acuerdo contigo. Es un mundo del que todavía hay mucha tela que cortar.


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