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NotaPublicado: Dom Ago 30, 2009 2:25 pm 
Ladronzuelo
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MENTE Y ACERO

Cuando la infancia muere, llamamos a su cadáver adulto, quien entra de lleno en la sociedad, uno de los nombres más amables dados al Infierno. Esa es la causa porque, aunque la queramos, tememos a la infancia. Ella nos muestra el estado de nuestra decadencia.

Brian W. Aldiss


Algo ha muerto en mi interior. Siento como el vacío llena mi pecho y aniquila mis sentimientos, arrancándome las esperanzas que pudiera experimentar. El futuro se desdibuja, pierde constancia ante mis ojos, sin que haga nada por evitarlo. Los remordimientos vuelven, una y otra vez, arrebatándome los sueños y el deseo de vivir. No me queda nada a lo que sostenerme, me encuentro perdido, vencido por mis propios dilemas. Es el precio que debo pagar por ser más máquina que humano…

Dorian Stark


1

DESIERTO DE SONORA

El desierto interminable, rielado por el calor del mediodía, se extendía en todas las direcciones. Una figura recorría las arenas, subiendo y bajando los bancos polvorientos, incansable ante el clima avasallador. Exhausto, Stark se detuvo para recobrar el aliento, en lo alto de una duna. El sol cegador hirió sus sensores ópticos. A su alrededor, el páramo se dibujaba hasta el horizonte, punteado por Saguaros solitarios, que eran la única forma de vida que el erial parecía aceptar entre sus dominios. El sudor se deslizó por su anatomía como una capa viscosa.

El alemán llevaba toda la mañana corriendo, impulsado por una energía antinatural, con el pretexto de agotarse. Después de una semana sin conciliar el sueño, las madrugadas desveladas en el apartamento que la Schneider le había asignado, le resultaron insoportables.

Dorian alzó la cabeza, un halcón volaba a varios kilómetros de distancia; la silueta del animal era un diminuto punto negro en la bóveda celeste. El cielo desprovisto de nubes lo fascinaba, hacía décadas que no contemplaba un fenómeno natural de aquella categoría, las misiones de exterminio encomendadas por sus superiores siempre lo trasladaban a megalópolis arrasadas por la contaminación petroquímica. Un escalofrío de aprensión le recorrió la columna: desconfiaba del animal; tenía la sensación de que lo seguía desde el amanecer.

Eres un paranoico, pensó con sarcasmo. Llevas demasiado tiempo en primera línea.

El Agente Ejecutor encogió los hombros, ignoró sus pulmones inflamados y reanudó la carrera. A los neuroingenieros sólo le había costado unas horas reemplazar su brazo amputado. Stark siempre temía, que durante el transcurso de una operación cibernética, decidieran arrancarle el alma y sustituirla por un biochip. El sonido de sus pisadas ahogó el chirrido de sus dientes. Saber que había traspasado la línea divisoria lo atormentaba. Únicamente le quedaba un 47% de humanidad, poco para continuar adelante; su profesión se lo había arrebatado todo.

Irritado, aumentó la velocidad y pasó por alto los latidos de su corazón, levantando una estela de polvo. Despreciaba en lo que se había convertido, por muchas anfetaminas que consumiera nada podía apartarlo del funesto futuro que lo aguardaba: tarde o temprano evolucionaría a un cyborg de Tercera Generación. Una ráfaga de viento seco cruzó los montículos y le golpeó el rostro. Como pistones, sus piernas biónicas aplastaron las infinitesimales partículas de arena, abrieron un trazo irregular en la monotonía del paisaje, y lo condujeron en dirección norte. Según sus cálculos, había recorrido unas cincuenta millas, desde las seis de la mañana. Estaba en baja forma, los miembros mecánicos deberían representar alguna diferencia, cualquier corredor profesional superaría su marca sin dificultad. Furioso, apretó el paso y se exigió un último esfuerzo: diez kilómetros lo distanciaban de una ducha helada. La soledad del desierto lo reconfortó y calmó sus sombríos pensamientos. El Agente Ejecutor era un desarraigado, aborrecía el universo devastado por la alta tecnología que lo circundaba, nunca encajaría en ninguna parte.

El viento arreció de nuevo, levantando remolinos de polvo, y cegó su visión durante un segundo. Después de los últimos días, conocía la climatología del lugar a la perfección: en breve se desencadenaría una tormenta de arena. Inconscientemente, rememoró los datos memorizados delante del Fujitsu-Siemens mientras se dirigía a su destino, una semana antes. El extenso desierto de 311,000 km², llegaba desde los Estados Unidos a México, y abarcaba grandes partes de Arizona, California y Sonora. Éste se subdividía en siete regiones: Valle del Bajo Colorado, Tierras Altas de Arizona, Llanura Sonorense, Estribaciones de Sonora, El Vizcaíno, Costa del Golfo Central y La Magdalena.

La impresión de estar siendo vigilado se intensificó y le hizo levantar la guardia: su sexto sentido de soldado jamás le fallaba. Stark se detuvo en seco, entornó los ojos grises y analizó su entorno, suspicaz. Nada había cambiado, las dunas susurrantes no le ofrecieron respuestas, lo más probable es que su imaginación le estuviera jugando una mala pasada. El costado derecho le ardía como si tuviera un hierro al rojo vivo apoyado contra la carne. Dorian se pasó la lengua por los labios resecos, obvió la sed y continuó adelante: aún no había llegado a su punto límite.

El terreno llano dio paso a una pronunciada pendiente y se convirtió en una garganta de bordes afilados. Sin desearlo, se centró en sus gemelos rígidos: el dolor de los implantes siempre lo auxiliaba a mantener la cordura. El alemán ladeó su rumbo, se pegó a una pared y estudió, desconfiado, la cima del desfiladero: el lugar era ideal para tenderle una trampa. Una sonrisa sardónica se dibujó en sus labios: volvía a desvariar, apenas había tratado con los habitantes del pueblo; nadie tenía motivos para emboscarlo y acabar con su vida. Como siempre, obraba con recelo, las viejas costumbres eran imposibles de olvidar: no sería la primera vez que la prudencia le salvaba el cuello. ¿En qué lo había transformado su profesión?
Le costaba recordar a la persona que fue antes de entrar en el departamento. Su reflejo mostraba a un desconocido, a un asesino implacable de cabellos rubios y facciones afiladas, que lo observaba fríamente, con una luz oscura en los ojos sintéticos. Las bioperaciones lo habían cambiado. La insensibilidad que aumentaba a diario, ciñéndole el alma entre sus bordes metálicos, le impedía reconciliarse con su carácter trágico y taciturno.

Fue la única manera que tuve de sobrevivir, meditó. En caso contrario estaría muerto.

Stark odiaba actuar de una forma imparcial y despiadada cada vez que cumplía una operación de exterminio. Los rasgos de sus víctimas lo abrumaban, le recordaban el precio que debía pagar por ser un asesino, de nada le servía refugiarse detrás de un manto de indiferencia, las pesadillas jamás cesarían. Una corriente de pesimismo embargó sus fibras y lo obligó a lanzar un suspiro. Llevaba años igual, viviendo con aquel vacío estremecedor en su pecho, que devoraba las escasas ilusiones que podía alimentar. Todo estaba condenado de antemano, sería un perdedor el resto de su existencia, porque en el fondo de su corazón, sabía que no merecía otra cosa.

El Agente Ejecutor abandonó el desfiladero y retornó al desierto: el terreno baldío avivó el aislamiento que convertía el presente en una maldición. A lo lejos, los edificios borrosos de Sonota, parecieron un espejismo. Durante un instante, el agotamiento lo hizo dudar de la realidad, demandaba descansar y reponer fuerzas. Dorian sintió que no debía estar allí, su sitio estaba al frente de un escuadrón de Agentes Ejecutores, preparado para exterminar a los enemigos que su casa considerara oportunos. Molesto consigo mismo, apretó los puños y apartó aquella idea de su mente. Se negaba a especular como un ordenacentista, merecía unas semanas de reposo, las últimas misiones en Londres, Marte y Wellington, fueron extenuantes, física y psicológicamente; la Corporación podría arreglárselas sin su presencia. De hecho, le extrañaba que Aries le hubiera permitido unas pequeñas vacaciones, por llamar a su baja temporal de alguna manera. Por norma, el comandante era un individuo despiadado y malévolo, que sólo pensaba en los intereses de la Schneider, no en las necesidades de un simple sargento de la Orden de los Centinelas.

Al reflexionar sobre su rango militar, una corriente de humor negro lo embargó, el general Moser había decidido ascenderlo a teniente por los méritos acumulados durante años de servicio. Aquella distinción, aparte de que llegaba demasiado tarde, le daba ganas de vomitar: le repugnaban los galones de plata que adornarían sus hombros. Irónicamente, el alemán, a pesar de ser uno de los mejores soldados de la OC, despreciaba toda la parafernalia que implicaba una condecoración. Para aceptarlas estaban sus compañeros, hombres y mujeres ávidos de poder, que harían cualquier cosa por una promoción. Su independencia lo enorgulleció, no había vendido su espíritu como tantos otros, las intrigas del departamento le traían sin cuidado.

El sol menguó, los haces enrojecidos bañaron su cuerpo desnudo, excepto por un ajustado pantalón deportivo de poliéster con cremalleras, trazando sombras oblicuas sobre la arena. Un calambre recorrió su anatomía. Los primeros síntomas de abstinencia le hicieron sentir náuseas: no había tomado estimulantes durante toda la jornada; debía regresar a la habitación lo antes posible.

Finalmente, Dorian avanzó en diagonal, pasó ante un Torote de ramas retorcidas y dejó atrás, la inmensidad melancólica y apocalíptica, del desierto.

2

SONOTA

Al entrar en el apartamento, el alemán cerró la puerta, lanzó la tarjeta magnética sobre el colchón de látex y se aproximó al maletín. Dentro, entre los bordes de plexiglás, descansaba un frasco de anfetaminas, que le proporcionarían la tranquilidad que demandaba. Ansioso, ingirió tres pastillas sin agua: una mueca de placer llenó las líneas de su rostro. Las cápsulas triangulares prendieron su musculatura magullada y borraron las tétricas reflexiones que lo habían asediado durante las últimas horas. Exultante, cerró los párpados y disfrutó la subida de los estimulantes: aún podía sentir algo que no fuera dolor. Los latidos de su corazón aumentaron, sus pupilas se dilataron y los dedos se cerraron de forma involuntaria, mientras una oleada de energía artificial lo poseía. Stark abrió los ojos, esbozó una mueca de determinación, pasó por alto las paredes vibrantes de la estancia y se desnudó.

A través de las persianas de aluminio, un tenue rayo solar recorrió el salón, iluminando los ángulos de su fisonomía y le proporcionándole un aspecto lúgubre. El Agente Ejecutor relajó el puño izquierdo, tenía los nudillos blancos, y colocó las anfetaminas en su lugar. Una sensación de autodesprecio lo invadió. Drogado no escaparía de sus conflictos, las pastillas sólo empeorarían las cosas; nada podría devolverle todo lo que había perdido. Con los labios apretados, pasó al cuarto de baño, corrió los paneles de fibra de vidrio y penetró en la ducha. Dorian reguló manualmente los controles del agua: primero tibia, después ardiente y por último helada. El sudor y la suciedad se deslizaron por el desagüe, sin apartar las contriciones de su memoria. Temblando, extendió los brazos, apoyó las manos sobre las baldosas y observó los remolinos que la ducha formaba bajo sus pies. El resonar del agua sobre la base de acero no le proporcionó ningún consuelo. Stark se frotó hasta que le dolieron los bíceps y el jabón se mezcló con el polvo del desierto; volvía a sentirse limpio otra vez. Salió de la ducha, se secó concienzudamente, evitó su reflejo en el espejo del baño y regresó al salón. Sacó ropa limpia de un armario empotrado: camisa de plástico, ropa interior, pantalones militares, calcetines y botas de combate. Mientras se uniformaba, contempló las W-PPK enfundadas en un arnés de nailon, que colgaban en un perchero, cerca de la entrada. La tentación de meterse el cañón del arma en la boca, apretar el gatillo y volarse la tapa de los sesos le resultó atractiva. ¿Qué tenía que perder? Nadie lloraría su extinción, los remordimientos desaparecerían, conseguiría la paz que el olvido podría facilitarle… El alemán tragó saliva, aquella no era la solución adecuada, los neurocirujanos reconstruirían lo que quedara de su anatomía, el trayecto que lo distanciaba de la hibridación absoluta, desaparecería.

Más adelante, pensó. No quiero perder el porcentaje de humanidad que aún me queda.

El zumbido del videófono le hizo lanzar un respingo. Tenso, se acercó al aparato: las facciones crueles del comandante Aries cubrían la pantalla de seis pulgadas.
—Buenas tardes, Stark.
La aversión le estranguló las entrañas.
—Buenas tardes, señor.
Su superior dijo con ironía:
—¿Qué tal se lo está pasando en Sonota, sargento?
Su entonación destiló veneno:
—Mejor que de costumbre, señor.
Aries apartó las formalidades de un plumazo.
—El coronel Kircher ha preguntado por usted —comentó—. ¿Cuándo piensa incorporarse al servicio?
Dorian fue tajante:
—Cuando me recupere, señor.
El comandante arrastró las palabras:
—Usted nunca mejorará, Stark —sentenció—. Disfruta demasiado atormentándose.
La ira nubló su visión.
—Me encantaría verle en mi lugar, señor.
Aries sonrió sin alegría.
—Lo mismo digo, Stark. Cualquier otro le hubiera hecho fusilar hace tiempo. Los Consejos de Guerra por insubordinación continúan a la orden del día. Lo sabe, ¿verdad?
El Agente Ejecutor se mostró arrogante:
—¿Y por qué no lo ha hecho?
Su superior arrugó el entrecejo.
—Me resulta más útil vivo que muerto, sargento.
Las mandíbulas de Stark chirriaron.
—Soy un ser humano —puntualizó—. No un objeto sin voluntad, señor.
El comandante soltó una carcajada maliciosa.
—¿Humano? —inquirió, mordaz—. ¿Desde cuándo, Stark?
El alemán estuvo apunto de destrozar el videófono.
—Puede pensar lo que quiera —gruñó—. Lo que usted opine me da igual.
Aries enarcó las cejas.
—Por lo que veo, ha vuelto a recuperar su insolencia, sargento.
—Jamás la he perdido, señor.
Su superior ignoró su respuesta.
—Quiero verlo en Los Ángeles el próximo lunes, Stark —ordenó—. ¿Alguna pregunta?
La derrota invadió su interior.
—¿Para qué, señor?
—Le espera un desfile, trompetas, discurso de honor, condecoraciones y todo lo que tanto le gusta, sargento.
Dorian aseveró:
—No necesito un ascenso.
Aries replicó:
—Usted hará lo que yo le diga, ¿entendido?
El Agente Ejecutor fue cínico:
—Claro, mi comandante.
Su superior lo atravesó con la mirada.
—Me gustaría que algún día aceptara sus responsabilidades dentro de la Orden de los Centinelas, Stark.
Dorian preguntó, malhumorado:
—¿No lo he hecho hasta ahora?
El comandante restalló:
—¡Usted lleva una década con el mismo grado, sargento!
—¿Y qué?
Aries agitó la mano:
—Su carencia de ambiciones lo ha convertido en un fracasado, Stark. Aparte de ingerir pastillas... ¿Sabe hacer algo más?
Su respuesta fue gélida:
—Matar.
Su superior puso fin a la conversación.
—Le veré la próxima semana, sargento.
Dorian debía tener la última palabra:
—Lo mismo digo, señor.
Con un chasquido, la pantalla se oscureció y suprimió a su superior. El Agente Ejecutor agarró el videófono y lo arrojó contra la pared. El aparato saltó en pedazos: cables, metal, cristales, poliestireno y gomas volaron en todas las direcciones, salpicando la habitación. Colérico, respiró entrecortadamente y reprimió las ansias de sangre que inundaban sus nervios. Odiaba al comandante Aries, al coronel Kircher y al general Moser: a todos aquellos que creían que tenían derecho a manipularlo con sus órdenes. Desesperado, se sentó en una butaca de formas orgánicas y hundió la cara entre las manos: estaba cansado de ser un esclavo de la Schneider. Dorian lamentó, por enésima vez, haberse alistado voluntario en la OC, cuando tenía quince años.

No me quedó otra opción, reflexionó. Sino nunca hubiera salido del orfanato.

Su infancia regresó, dolorosa y agobiante, como una marea escarlata: la carencia de objetivos, las aulas vacías colmadas de malos presagios, la falta de amor, la perversión de las institutrices, los dilemas existenciales, los salones de castigo, la indiferencia de sus compañeros, la repugnancia ante un sistema que rehusaba... Stark no había cambiado, seguía siendo aquel niño solitario que recorría los pasillos con un libro debajo del brazo, pasando por alto los comentarios burlones de los demás. Ahora era fuerte, implacable, su humanidad fue la moneda de cambio para continuar vivo, los fantasmas de la niñez no volverían a agobiarlo. Como de costumbre, se encontraba atrapado entre la espada y la pared, vencido por unos compromisos que repudiaba y no le apetecía cumplir: aquella era la historia de su vida. El alemán temía por el mañana, no deseaba transmutarse en una máquina, no pensaba darles aquel placer a sus superiores, se suicidaría antes de permitir que lo controlaran como a un autómata. Los injertos tomaban el control de sus actos sin que pudiera evitarlo, lo impulsaban a un abismo de displicencia horriblemente familiar, dónde nada tenía interés ni importancia. Si continuaba sirviendo a su casa, su personalidad sucumbiría ante los dictados de su profesión, olvidaría el límite entre el bien y el mal, y aceptaría su condena sin que le importaran las consecuencias morales de su conducta.

La cresta de las anfetaminas se convirtió en algo desagradable, narcotizarse había resultado una pérdida de tiempo: gracias a la charla mantenida con el comandante Aries, tenía una resaca espantosa. Dorian se incorporó de un salto, aplastó los restos del videófono con las suelas claveteadas, cruzó la estancia de treinta metros cuadrados y entró en el baño. Con manos trémulas, se mojó la cabeza, el rostro y el cuello, luchando por controlar la bajada de los estimulantes. Después de cinco minutos, recuperó la estabilidad y contempló su imagen con repulsión: cabellos cortados a cepillo, frente amplia, ojos llenos de amargura, nariz recta, pómulos marcados, labios finos y mandíbula cuadrada.

He olvidado mis prioridades, meditó. Apenas me reconozco cuando me miro en el espejo.

3

LA LLORONA

El Agente Ejecutor traspasó la calle con una seguridad nacida de la desesperación. El sol se escondía detrás del horizonte, enrojecía las casas destartaladas y trazaba arabescos irreales sobre la arena. La gente con la que se cruzó lo contempló con escaso interés. Sonota era un pueblo alejado de la civilización, construido por los supervivientes de la radiación atómica que bañó la zona durante la Tercera Guerra Mundial, ideal para aquellos que huían y no querían ser recordados. Un joven interrumpió su avance.
—¿Quiere cenar, señor?
Impasible, Stark estudió al niño: camiseta blanca, pantalones de lino y sandalias de cuero; un anacronismo arrancado del Siglo XX.
—¿Me recomiendas algún sitio?
El muchacho señaló un rótulo de neón con el índice.
—La Llorona es el mejor restaurante del pueblo, señor.

¿La Llorona?, pensó con acidez. Qué nombre tan ridículo.

Dorian le lanzó un yendolar.
—Gracias por la información.
El pequeño cazó la moneda en el aire.
—¡Gracias a usted, señor!

Con lentitud, se aproximó al local, sin prestar atención a la vida que se desarrollaba a su alrededor: madres llamando a sus hijos, el ladrido de los perros, ancianos ociosos en los porches, la melodía de las guitarras, mineros que regresaban a sus hogares, el humo de las fogatas, vendedores callejeros y puestos de frutas. El alemán nunca sería un hombre de paz, aquella tranquilidad lo sacaba de quicio, llevaba demasiados años luchando, su lugar estaba en el conflicto, entre los disparos, los cadáveres, los gemidos de los heridos y las explosiones, empuñando una W-PPK. Entonces, tuvo la sensación de haber retrocedido en el tiempo, antes de que el auge de las máquinas destruyera el universo conocido, a salvo de la civilización que había perdido el rumbo hacía siglos. Stark apartó aquellos pensamientos de su mente, la próxima semana estaría en Los Ángeles, debía disfrutar de los días de descanso que le restaban. Un aullido le hizo volver la cabeza. Un cachorro corría hacia lo alto de la calle, perseguido por un grupo de jóvenes alborozados, que intentaban agarrarle la cola. El Agente Ejecutor enarcó las cejas, según los libros de historia, el Canis Latrans había desaparecido hacía más de un decenio. Curioso, siguió el avance del grupo con la mirada: el coyote no parecía artificial. De hecho, aquella zona destacaba por una flora y fauna, que no podía encontrarse en otro lugar del planeta; tropezarse con una especie que creía extinta no debería sorprenderle.

Dorian llegó al establecimiento. Pasó las puertas abocinadas, apartó las cortinas de cuentas y pasó al interior. Metódico, examinó el local: barra de mármol a la derecha, mesas redondas a la izquierda, escenario al fondo, rancheras en el equipo de música, y bola de espejos en el techo. En silencio, evitó a los clientes y tomó asiento, premeditadamente, lejos de los demás. Con un gesto irónico, contempló las paredes: carteles taurinos, cactus disecados, sombreros mexicanos, posters de mariachis, y arcaicas fotografías familiares en blanco y negro. Detrás del mostrador, un hombre de mediana edad limpiaba las botellas, con expresión aburrida. Sobre su cráneo, un letrero formado con bombillas encendidas rezaba: “El que no conoce la Llorona no conoce México”. Dorian estuvo a punto de sonreír.

Menudas ínfulas de grandeza, reflexionó. ¿No se han dado cuenta de lo patético que es el local?

Un rápido vistazo le mostró las vías de acceso y de salida, la situación de los servicios, los ángulos muertos y el reflejo de los espejos: en caso de lucha sabría como desenvolverse. Frente a la barra, sentado en un taburete de tres patas, un parroquiano llamó su atención. Vestía hábito negro, alzacuellos y zapatos de punta cuadrada. El sacerdote bebía, en silencio, un vaso de pulque. Su nariz y piel sonrosada delataban que era un alcohólico empedernido. El alemán resopló. Como podía comprobar, el cristianismo continuaba siendo la religión oficial de Sonota, lejos del desierto era un culto olvidado, suplido por la tecnología desde principios de milenio. Distraído, abrió la carta que había sobre la mesa y comprobó el menú: enchiladas, machitos, semitas, asado de puerco, burritos, cuajitos de Cadereyta, tlayocos, corundas, discadas, glorias de Linares y pan de Bustamante. No le gustaba nada de lo que leía. Luego, revisó la parte de bebidas: tequila, mezcal, tepache, rompope, charanda, verdín, cerveza, xtabentún, tejuino, jobito y bacanora. Stark cerró la carta. El menú era extraño, mezclaba los platos típicos de todas las regiones de México, desde Jalisco hasta Sonora, pasando por Tabasco, Michoacán, Veracruz, Puebla, Colima y Yucatán. Una camarera, de unos diecisiete años, se aproximó a la mesa e inquirió con marcado acento:
—¿Qué desea, señor?
El Agente Ejecutor la observó: blusa de ojal y mangas bombachas, falda de manta con flores de colores y hojas bordadas y huaraches de iztle.
—Burritos y cerveza, por favor.
Había terminado las bebidas energéticas el día anterior, tenía que alimentarse forzosamente, aunque dudaba que su estómago encogido por los estimulantes aceptara algo sólido.
—¿Qué cerveza, señor?
—La que usted quiera.
Ella cambió el peso del cuerpo de un pie a otro, incómoda.
—¿Dos Equis le parece bien, señor?
Stark decidió darle la razón.
—Perfecto.
Mientras la muchacha se alejaba, percibió las expresiones de la clientela, torvas y recelosas: aquellas gentes no confiaban en su persona.

La misma historia de siempre, meditó. Mis agentes reaccionan igual cuando trabajan conmigo.

El alemán estuvo a punto de abandonar el establecimiento, pero algo lo detuvo, necesitaba relacionarse con sus iguales, estaba cansado de proceder cómo una máquina. Llevaba demasiados días aislado en su cosmos, retorciéndose entre sus inquietudes, sin posibilidad de escapar de sí mismo. Su ánimo introspectivo empeoró, le costaba tragar saliva, los estimulantes le habían secado la boca. Alguien encendió la radio. Las noticias apagaron el rumor de las conversaciones y del viento que gemía en el exterior. Una voz masculina e impersonal declaró:

“El segundo atentado suicida en Río de Janeiro en menos de 48 horas ha dejado al menos 50 muertos y una cifra similar de heridos. Las víctimas se suman a las más de 90 que murieron el pasado viernes en otro ataque suicida durante la celebración del funeral de un policía”.

La muchacha regresó, colocó un plato sobre la mesa y una cerveza helada, dio la media vuelta y desapareció sin mencionar palabra.

“Es el atentado más sangriento desde la celebración de los comicios legislativos del 28 de febrero que dieron la victoria al Partido Laborista. La última acción terrorista se ha perpetrado esta mañana durante la reunión de un consejo en la región de Copacabana, en el sur de la ciudad”.

Asqueado, Stark arrinconó la comida precocinada: los burritos grasientos le habían revuelto el estómago.

“Según los líderes de la localidad, donde tenía lugar el encuentro, el terrorista irrumpió en el edificio e hizo estallar la carga explosiva que portaba”.

Una flema le atragantó la garganta. Apenas distinguía donde comenzaba su humanidad y donde terminaba su porcentaje cibernético. Cada vez le costaba más realizar las tareas corrientes e insignificantes de la vida diaria: afeitarse, comer, vestirse, lavarse los dientes, beber o ducharse, eran un suplicio. Disgustado, se llevó la botella a los labios y apuró la Dos Equis de un trago, vencido por un autoaborrecimiento abrasador.

“La asamblea ha decidido quemar las casas y hacer pagar multas a todos los lugareños que dieran refugio a los insurgentes robóticos. En la provincia de Rocinha los combates entre el Ejército y los terroristas son constantes, en especial en el conflictivo barrio favela de Ciudad de Dios”.

La idea de vivir al aire libre, en contacto con la naturaleza, para encontrar la paz que requería, le resulto repelente. Stark sufrió un escalofrío, el aire enrarecido de sus pulmones lo devolvió a la realidad; contenía la respiración desde hacía minutos. Poco a poco, aplacó sus nervios utilizando el método aprendido en el departamento, y ventiló los conductos respiratorios.

“Las tropas iniciaron en octubre pasado operaciones en estas dos zonas contra miles de integristas armados que se levantaron en armas contra el régimen del presidente”...

4

LA HERMANDAD SERI

Bruscamente, la radio enmudeció; algo había cambiado sin que se percatara de ello. El alemán levantó la mirada y estudió a los clientes que entraban por la puerta. Una luz roja de alarma destelló en su cerebro, intuía que tendría problemas, aquel grupo quería derramar sangre, no le cabía duda al respecto. El crío que le había recomendado el establecimiento apareció detrás de uno de los hombres y musitó con voz queda:
—Es el gringo de la esquina, Cuervo.
Una corriente de pánico invadió el lugar. Los individuos que bebían frente a la barra se dirigieron a la puerta, el dueño del restaurante se esfumó tras el mostrador y la camarera siguió su ejemplo sin perder el tiempo. Tranquilo, Dorian ladeó la cabeza, cruzó las piernas y adoptó un aire impasible: aquellos estúpidos no sabían con quien estaban tratando. Cuervo balanceó los hombros, arrogante, mientras se acercaba al Agente Ejecutor, seguido por cinco hombres de aspecto siniestro.
—¿Qué has venido hacer aquí, pendejo?

Stark guardó silencio. El gigante de dos metros de altura tenía una melena negra decorada con plumas hasta los hombros, rostro picado por la viruela y un tatuaje de la Virgen de Guadalupe en el pecho musculoso al descubierto. Vestía ropas de cuero manchadas por el polvo del desierto y botas de piel de serpiente. Una Trejo calibre 22 modificada, con punto rojo y cachas de polímero, brillaba en su estómago, debajo del chaleco de flecos.

—¿Te ha comido la lengua el gato, gringo?
El alemán respondió con sequedad:
—¿Qué quieres?
Una carcajada unánime escapó de la banda. Uno comentó:
—¡El pendejo tiene agallas!
Otro añadió:
—Dale su merecido, Cuervo.
Un tercero chasqueó:
—¡Enséñale quién manda aquí!
El hombretón les hizo guardar silencio:
—¡Perros! —bramó—. ¡Cerrad el pico!
Luego se dirigió a Stark:
—Te crees muy duro, ¿eh?

Dorian ignoró su frase y miró detrás del gigante: un hombre llevaba un halcón sobre el hombro izquierdo. De inmediato, ató cabos y sacó conclusiones: aquellos matones lo vigilaban desde por la mañana. Entonces, después de varios minutos, reconoció al grupo: eran la Hermandad Seri, criminales y fugitivos de la peor calaña, buscados por las autoridades del país; sus caras aparecían a todas horas en los noticiarios televisivos.

—Si quieres problemas has dado con el hombre adecuado, Cuervo.
El hombretón tomó asiento frente al alemán.
—Te hecho una pregunta, pendejo.
El Agente Ejecutor empezaba a perder la paciencia.
—Y yo te he dado una respuesta —refutó—. ¿Por qué has ordenado que me siguieran?
Cuervo enseñó los dientes estropeados por la nicotina.
—Somos los amos de Sonota —argumentó—. Ningún gringo se mueve por aquí sin nuestro consentimiento...
Dorian lo interrumpió:
—¿Y eso que tiene que ver conmigo?
El gigante bufó:
—Me estás tocando los huevos, pendejo.
Una luz peligrosa brilló en los ojos de Stark.
—Lárgate antes de que me canse de vosotros —dijo gélidamente—. No volveré a repetirlo por segunda vez.
La banda llevó las manos a los machetes y las pistolas, irritados por el despecho que emanaba de las palabras del alemán. Cuervo frunció los gruesos labios.
—No te mostrarás tan gallito cuando los buitres devoren tus ojos, amigo.
Stark sonrió con superioridad.
—Me gustaría ver tu idea en práctica.
El hombretón sacó un cuchillo de la funda.
—¡Como no te calles te lo meteré por el culo!

El Agente Ejecutor reprimió sus impulsos. El deseo de destrozar a sus adversarios superaba su autocontrol, su parte de máquina comenzaba a poseerlo, aunque detestara aniquilar a sus semejantes, independientemente de la clase de personas que fueran. En realidad, luchar contra la Hermandad Seri le parecía una idiotez, ninguno de ellos estaba a su altura; los únicos
rivales con los que podía competir eran los cyborgs.

Dorian intentó evitar una carnicería.
—Sólo estoy de paso —explicó—. No he venido a buscar a nadie.
Cuervo meneó la cabeza.
—¡Mientes!
—Te estoy diciendo la verdad —afirmó—. No tengo nada contra vosotros.
El gigante lanzó una risotada.
—¿Pretendes que me lo crea?

Aunque no quisiera llamar la atención, el alemán nunca pasaba desapercibido, tenía un don especial para atraer conflictos. La banda no sabía a la clase de persona que provocaban. Llevaban demasiado tiempo aterrorizando a los nativos de la zona, disfrutando de su mediocre fama y poder en el desierto, nadie se había atrevido a plantarles cara.

—Piensa lo que te de la gana, imbécil.
Su respuesta fue la gota que colmó el vaso. Cuervo indicó a sus hombres con un chillido ronco:
—¡Acabad con el gringo!

Los dados estaban echados. De golpe, Stark apartó la mesa. Seis cuchillas de veinticinco centímetros de longitud emergieron entre sus nudillos. El hombretón abrió la boca, atónito, ante la velocidad de su interlocutor, antes de caer con el cráneo atravesado: su masa encefálica salpicó el suelo como una lluvia carmesí. La hermandad lanzó un rugido de rabia y levantó las armas. El Agente Ejecutor se abalanzó sobre el primer hombre y extendió la diestra moviéndola de izquierda a derecha, desparramando sus entrañas. Uno de los criminales levantó una escopeta de cañones aserrados. Stark se inclinó y esquivó el proyectil. Las postas le lamieron el cuello y picotearon la pared situada a su espalda. Su zurda trazó un sesgo longitudinal y cortó la cabeza de su atacante hasta el esternón. Una tormenta de plumas estalló ante su semblante. El halcón le hundió las garras en las mejillas. El dolor le arrancó un respigo. De un manotazo, apartó al animal y atacó a su dueño: el hombre se desplomó con la laringe traspasada de parte a parte. El último adversario reculó, temblando de la cabeza a los pies, con una mirada asustada; apenas alcanzaba la mayoría de edad.
—¡No me hagas daño! —exclamó—. ¡Me rindo!
Su arma chocó contra las planchas de madera.
Dorian fue cruel:
—Te lo advertí, bastardo.

Inmisericorde, hundió las cuchillas en el pecho del muchacho y le perforó el corazón. El joven gimió, escupió un borbotón de sangre y se desplomó de bruces. Implacable, el alemán guardó las garras dentro de las fundas ocultables y contempló la matanza con desdén: la Hermandad Seri era poca cosa para un soldado de su categoría. Una silueta familiar se ocultaba, agazapada, en el fondo del restaurante, con la manga de la camisa sobre el rostro. Dorian pasó por encima de los cadáveres y se acuclilló ante el pequeño delator.

—¿Estás contento? —preguntó con dureza—. ¡Mira lo que has hecho!
El niño murmuró:
—Cuervo me obligó a decirle donde estaba, señor…
Stark le propinó un sonoro bofetón.
—Cualquiera de los míos te liquidaría —gruñó—. Has tenido suerte de dar conmigo.
Un llanto silencioso constriñó la respiración del chico.
—Lo siento...
El Agente Ejecutor hizo oídos sordos a sus palabras.
—No quiero volver a verte —masculló—. Desaparece de mi vista antes de que cambie de opinión. ¡Ahora!
Su exclamación fue como el restallido de un látigo. El joven se levantó, se apretó la mejilla enrojecida y desapareció del establecimiento; las cortinas de cuentas revolotearon cuando pasó la entrada. El alemán rodeó el mostrador, buscó el fregadero y se lavó las manos: los fluidos corporales de sus víctimas se mezclaban con las heridas que las cuchillas habían dejado al salir. El agua lo devolvió al presente. Debía irse del pueblo, no quería tener problemas con sus habitantes, cinco muertos eran suficientes por un día. Con un poco de suerte, podría coger el primer avión que salía de Hermosillo por la mañana con destino a Los Ángeles: le quedaba una larga noche de viaje por delante. Antes de emerger al exterior, Dorian se detuvo y escupió sobre los cuerpos despanzurrados en grotescas posturas. El salivazo alcanzó al halconero en la frente.

Pudríos en el Infierno, pensó. Vosotros os lo habéis buscado.

FIN

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NotaPublicado: Dom Ago 30, 2009 2:28 pm 
Ladronzuelo
Registrado: Mié Ago 27, 2008 4:20 pm
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¡Hola!

Aquí tenéis un relato de ciencia ficción a lo Mad Max. Espero que os guste.

Un abrazo

http://dorianstark.blogspot.com/


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com