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NotaPublicado: Mié Jun 24, 2009 6:41 pm 
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Señor de la guerra
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ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ


UNA NOCHE DE AMOR (Una aventura de Bram y Comadreja)

La puerta se abrió de forma violenta y en la entrada, bajo la luz del anochecer, se perfiló una titánica figura; un hombre alto y fornido, de miembros gruesos y nudosos y hombros como rocas. Vestía cuero y tela basta, ropa astrosa y desgastada, con rajaduras aquí y allá, la indumentaria propia de cualquier matón de calleja. El rostro confirmaba tal impresión, surcado por blanquecinas cicatrices, de facciones duras y toscas, como cinceladas en piedra. Una espesa y crespa barba cubrían la mitad de esta ruda faz y la cabellera, desordenada y abundante, derramaba sus guedejas sobre la nuca y los oídos. La mano sujetaba un saco de cuero, grande como su cabeza, y en la diestra empuñaba una enorme y amenazadora hacha. Había dureza inflexible en sus ojos y en su voz cuando emitió su rugido:
—¡Quiero una poción de amor!
El anciano levantó la vista del tercer tomo de Hechizos contra los Bajos Espectros de la Tercera Esfera, y posó su anciana y disgustada mirada en el barbián. Aún mayor resultó su enfado cuando descubrió el candado roto, junto a las enormes botas. Pero el malhumor se trastornó en espanto al descubrir gotas oscuras en la hoja del hacha, los pantalones y el chaleco del recién llegado. Ambrosio, su querida mascota, un cuervo casi tan viejo y enjuto como él, que reposaba sobre una redoma vacía y polvorienta, alzó la cabecita y graznó al extraño con especial animadversión.
El mago suspiró y cerró el pesado volumen. Abandonó la butaca, tocada de dos malignas calaveras humanas, y se apoyó en su viejo cayado. Carraspeó y alzó la arrugada barbilla, con aire digno.
—Bienvenido a la morada de Artrus Ignotus, el más poderoso hechicero de toda Gerada. Mi inconmensurable poder solucionará cualquiera de tus inconveniencias por una módica suma, algo insignificante comparado con el privilegio de poner mi sabiduría a tu disposición… Hmmm, ¿hablaste de una poción de amor?
—¡Sí! —respondió el gigantón, penetrando en la estancia a grandes trancos. Llegó hasta la mesa y depositó con un golpe el saco, lleno de monedas, a juzgar por su gozoso tintinear metálico. El cuervo soltó un chirrido agudo y voló hasta la seguridad de un mueble cercano, escondiéndose tras los frascos con fetos deformes, ojos de culebra y sangre de mujer razonablemente virgen—. Dijeron que eras el mejor de entre toda la caterva de brujos, hechiceros y magos de esta apestosa ciudad. Tengo aquí el dinero, como ves.
—Poner a disposición mi arte no es moco de ultcari —sus ávidos ojos se separaron de la bolsa y alzó un enérgico índice—. Artrus Ignotus no es un simple charlatán… ¡Mi saber es poderoso y ant…!
—¿Cuánto? —atajó el desconocido.
—Trescientos cobres —respondió de inmediato su interlocutor, pasándose una lengua por los resecos labios y entrecerrando el ojo derecho, calibrando a este bruto adinerado.
—Hecho —ante el asombro de Artrus Ignotus, agarró un puñado de monedas del saquito, las contó y las puso sobre un ajado ejemplar del Necronomicus Avanzado.
—En fin… —Artrus sonrió, con ojos centelleantes—. Quizá haya que aportar algo más, pues se trata de una operación peligrosa, incluso hasta para mí, y los ingredientes resultan…
—¡Trescientos cobres dijiste y aquí están! —bramó el titán, alzando el hacha y agitándola escandalizado, esparciendo algunas gotitas de algo que Artrus prefirió ignorar.
—Seré razonable y transigiré en ese nimio precio para tan alto beneficio como voy a otorgar—repuso Artrus.
El gigantón, más tranquilo, llegó hasta un sillón apartado, arrojó los volúmenes polvorientos y alguna redoma astillada, para silencioso disgusto del anfitrión, y se sentó, estirando las enormes piernas, con el saco reposando sobre el abdomen y el hacha aún en su enorme mano.
—Veo que no te falta capital, mi noble amigo… —empezó Artrus, encaminándose hacia una librería, como buscando entre los negruzcos tomos.
—Mi nombre no interesa. Hoy, gané una buena suma en el yarmuc a tres bandas —miró el hacha tiznada y sonrió, malévolo—. Mis compañeros de juego me acusaron de hacer trampas y tuve que convencerlos con buen acero: los hay que tienen mal perder. Prepárame rápido esa poción, hay una moza a la que deseo tomar, así se le bajarán los humos.
—¡La pasión de la juventud! —exclamó el brujo, repasando entre las crujientes páginas—. También yo realicé asombrosas proezas entre las más hermosas damas de Gerada. Lástima que ahora mi cuerpo, antes viril y robusto, sólo responda a las caricias de las bellezas gracias a complejos sortilegios que ahora no es momento de comentar. Mi vejez ha causado mucho llanto entre las pocas doncellas de Gerada, pero… Ah, aquí está, la Poción del Amor Verdadero: “Tras beberla, la dama sentirá un amor puro por el galán y ambos gozarán los placeres espirituales del verdadero cariño…”
—¡Qué espiritual ni qué troscanio muerto! —gruñó el matón—. Déjate de sentimentalismos: ¡lo que quiero es llevármela al catre! ¡Fornicar! ¡Copular! ¡Practicar el chuca-chuca! Además, ella no es ninguna dama, se trata de una ladrona, una compañera de profesión, esquiva como una serpiente, aunque atractiva cual ninfa de los lagos. Una arpía con cuerpo de ángel.
El cuervo graznó tres veces y al matón le parecieron otras tantas carcajadas. Taladró con la mirada al animal, que se escondió otra vez tras las redomas.
—Tus objetivos han quedado bien definidos —Artrus Ignotus torció la boca con disgusto—. Durante una noche, esa hembra enloquecerá de pasión y querrá darte placer una y otra vez, de manera insaciable, plegándose hasta al más bajo y lujurioso de tus deseos.
El matón se limpió la baba que empezaba a mojar su barba y agitó el hacha.
—¡Vamos! ¡Empieza ya! ¡Cuanto antes la tenga, mejor! —apretó la boca, enfurecido—. Ella se jactó, ante toda la taberna del Tercer Ojo: aseguraba que antes se acostaría con un sapo gigante de Allamarán que conmigo. ¡Pero le demostraré lo que puede conseguir un hombre de gran inteligencia!
Artrus se abstuvo de responder ante el último comentario y en cambio dijo:
—Como comprenderás, he de contar con alguna parte corporal de esa mujer: un trozo de piel, una uña…
—Mi poderoso cerebro lo había previsto, pues traigo un mechón de la moza —con aire satisfecho, sacó de un bolsillo en el chaleco una bola compacta de cabello apelmazado y sucio. Se levantó y lo entregó al mago, quien la tomó entre dos reluctantes dedos.
—No es una muchacha muy… limpia, ¿verdad?
—Oh, sí, se baña las suficientes veces al mes, pero en esta ocasión volvíamos de pelear contra varios matones del barrio de Ult; un enemigo la agarró de la cabeza sudorosa y le arrebató un puñado de pelo. No vivió mucho tiempo más y guardé la guedeja, sin que ella se percatase —su torva mirada se volvió astuta y señaló al brujo con el hacha—. Sé cómo trabajan los de vuestro gremio.
—Excelente —señaló Artus, sonriendo sin alegría—. Tardaré una o dos clepsidras en preparar la poción, así que puedes ir a dar una vuelta, mi profundo arte requiere de la soledad.
—No te preocupes, me arrellanaré en este no muy cómodo pero aceptable sillón y esperaré a que acabes; creo que echaré un sueño, falta me hace. Y, en previsión de que no me caiga un hechizo malévolo que se te escape sin querer, o trates de afeitar mi cuello con una afilada daga, te diré que sufro de mal despertar en tales ocasiones y suelo rebanar en pedazos el ser humano, o sucedáneos, más próximos.
—Eh… sí, claro, duerme un rato, si lo deseas —Artrus tragó saliva y sonrió, apretando los dientes—. Te avisaré cuando haya concluido la operación y el filtro esté listo.
—De acuerdo.
El titán se sentó otra vez, acurrucándose como un niño gigantesco y musculoso, en posición fetal, la cabeza sobre el hacha, como una suerte de almohada, apretando el saquito contra el ombligo y los muslos. Artrus le observó sorprendido unos instantes, y se crispó cuando el primero de los tremendos ronquidos llenó su atestada pero humilde sala de trabajo.
Tras meter gruesos pegotes de cera en los oídos, comenzó a trabajar.




Ambrosio picoteaba la gruesa nariz con malicia. El hombre resopló, mugió algo ininteligible y abrió un ojo. Lanzó un alarido y saltó del sillón, empuñando a dos manos el hacha, los ojos inyectados en sangre, mirando en todas direcciones. Por ese entonces, el cuervo estaba ya parapetado tras una gruesa redoma.
—Desde luego, sufres de mal despertar —se oyó una temblorosa voz. Su anciano dueño surgió a gatas de la mesa bajo la que se había refugiado, se levantó y limpió su túnica, recuperando la dignidad. Sonrió con autosuficiencia—. Querido desconocido, Artrus Ignotus nunca decepciona a quien le consulta.
Sacó de alguna parte una redoma pequeña y esférica de grueso vidrio, tapada por un enorme corcho. En el interior ondulaba un líquido transparente.
El matón se arrancó las últimas legañas con los nudillos y tomó el frasco, observándolo con recelo.
—¿Ésta es la poción de amor? No parece gran cosa.
—Las apariencias engañan —afirmó el brujo, enojado—. Dásela de beber y durante una noche, una sola noche, notarás el calor de sus caricias y sus besos.
—Estupendo. Mañana por la noche será mía.
—No, no, no… No puede ser una noche cualquiera, sino una en particular. Las ecuaciones mágicas a que he recurrido sólo funcionarán ésa, y no otra.
—¿Y qué noche será? —inquirió el hombretón, desconfiado—. Si ocurre dentro de mil años…
—Reprime tus iras, amigo —Artrus Ignotus retrocedió hasta sus volúmenes, sonriendo—. Ocurre una noche cada doscientos años, y la nuestra en concreto está cercana, no sé exactamente cuál será, pero la conjunción de la estrella Davinia con el Ojo de Critón se producirá… ahá… veamos…aquí lo dice: “La Quinta Noche del Decimo Quinto del Año de la Serpiente, en el Siglo Tres de la Era del Oro”.
—La quinta noche del…—bisbiseó el titán, haciendo cálculos. Abrió mucho los ojos, airado—. ¡Pero si es esta misma noche!
Artrus retrocedía, sonriendo con angustia.
—Pues es cierto, tiene gracia, ¿no? Qué casualidad, que sea ésta y no otra… Como comprenderás, chico, no se puede prever todo; además aún quedan bastantes horas de oscuridad para disfrutar de tu poción…
El bruto se volvió hacia el reloj de arena más cercano.
—¡Ése está adelantado tres clepsidras! ¡O cuatro! —se apresuró a señalar el brujo.
—Sólo quedan siete clepsidras para que salga el Sol… —la voz del gigante era un gruñido ominoso. Su mirada cargada de muerte provocó que la nuez del brujo bailara arriba y abajo sin control.
—Espera, espera, recapacita, piensa que hay una mujer que te espera con los brazos y otros miembros de su joven cuerpo abiertos. Si pierdes tiempo descargando tus injustas iras sobre mí, contarás con menos tiempo para satisfacer su obediente y lujuriosa pasión.
Aquella imagen lasciva cruzó la mente del rufián y apaciguó un poco sus iras.
—¡Está bien! —rugió—. ¡Me las pagarás, maldito embustero!
—En realidad, los términos de nuestro acuerdo han sido respetados con escrúpulo, deberías haberme preguntado en concreto por la noche que…
Pero su invitado ya había escapado a la carrera. Artrus Ignotus suspiró, aliviado, y el cuervo salió al fin de su escondite.





El matón bufaba y jadeaba mientras corría, cual toro en celo, sobre el empedrado. También sonreía, deleitándose con los futuros besos de su esquiva compañera. Tardaría sólo media clepsidra en llegar al Tercer Ojo y un suspiro en convencer a la moza de que bebiera un buen jarro de vino: ella siempre estaba dispuesta a trasegar cuando otros pagaban. Después, unas seis clepsidras de absoluto placer carnal y espiritual. Sacó la redoma, como para comprobar que no era un sueño, y soltó una carcajada.
Que se tornó en un raro gañido cuando una de sus botas tropezó contra un adoquín mal encajado por el servicio municipal gedarano. El frasco escapó de sus manos mientras caía. Agitó el hacha y una mano en el aire mientras soltaba un grito de miedo y rabia. La redomita cayó en la piedra pero no se hizo añicos, sin que rebotó y rodó, emitiendo un cliclicliclic un tanto burlón sobre el empedrado, hasta deslizarse por entre las rejas de una salida de cloacas y finalizar con un lejano chof.
Masajeándose la rasguñada mandíbula, el hombretón saltó hasta el respiradero del alcantarillado y escudriñó cada sombra, descubriendo con alivio un punto brillante entre la inmundicia, a unos diez pies de profundidad. Parecía indemne, aquella redoma era en verdad de fuerte vidrio. No todo estaba perdido, así que escupió sobre las callosas manos, agarró dos barras de la tapadera metálica y tiró con todas sus fuerzas.
Un cuarto de clepsidra después, la Luna le encontraba sentado sobre las posaderas, jadeante, rubicundo y bañado en sudor, con los dedos despellejadas, ante una mugrienta pero indemne tapa metálica. Maldijo al gremio de poceros y albañiles, porque, por una vez y sirviendo de precedente, el Concejo Geradano había hecho bien su trabajo. Se le ocurrió probar con una cuerda, o algo que hiciera las veces, y un gancho. Pero su cinturón no medía diez pies y los comercios estaban cerrados; tal vez lograra algo en uno de los innumerables prostíbulos y antros que eran como su segundo hogar, por difícil que le resultara recordar el primero. Se arrastró sobre el abdomen, agotado, y echó una nueva ojeada al fondo: sí, entre un cieno del cual prefería no preguntarse la composición, continuaba aquel brillito glorioso. Sin duda necesitaría alguna especie de cesta o red, mejor que un gancho.
Sonaron pasos, que se acercaban poco a poco. Se levantó de un salto y miró en derredor. Llegaban desde alguna de las muchas calles que confluían en la plaza y le acompañaban el tintinear de las cotas y los aceros y unas voces que no temían a los atracadores ni a las rameras destempladas. Si la Guardia de Noche le descubría junto a la alcantarilla, hurgando con una maroma y un gancho, sin duda le preguntarían por sus motivos, tal vez sospechando la presencia de objetos valiosos en el fondo del pozo. Y podría despedirse de su pócima de amor.
Se le ocurrió una idea, una gran idea, digna del más genial filósofo o inspirado artista.





—¿Pretendes que te lleve por el interior del alcantarillado geradano, hasta un punto concreto, bajo la Plaza del Eterno Pesar? —preguntó Marase El Orondo, alzando la voz para hacerse oír por encima del barullo reinante en el salón de La Cabra Coja.
—¡No hables tan alto! —advirtió el barbudo, apretando las mandíbulas—. En concreto, está bajo una salida de alcantarilla que no puedo abrir; lo he intentado una y otra vez, desollándome los dedos, pero parece tan inexpugnable como el mismo empedrado que la rodea.
El Orondo se pasó una mano de dedos como morcillas, cubiertos de bisutería barata, sobre la caída y gruesa papada, acariciando su fina barbita de chivo. Aquellos dos ojos verdes, como ranuras sobre una nariz diminuta y afilada, en el centro de una circunferencia de carne bordeada por orejillas porcinas y una mata de pelo poco saludable, observaban al rufián divertidos y astutos. Tomó un pedazo del pollo asado sobre su cuenco y comenzó a devorarlo. La camarera trajo un jarro de hidromiel aguada y Marase decidió que aquel asunto en verdad preocupaba a su interlocutor, que no había tratado de sobar la poco cubierta nalga femenina.
—Esa zona del alcantarillado se abandonó hace años —dijo, entre ruidosos mordiscos—, así que sus salidas están selladas con especial tesón —le señaló con la pata de pollo a medio devorar—. Bram, mi buen y atolondrado Bram, ¿en qué lío te has metido esta vez?
El gigantón le arrebató el muslo y comenzó a devorarlo, para disgusto de su antiguo dueño, mientras explicaba:
—Se me cayó algo dentro de ese pozo y he de recuperarlo antes de seis clepsidras y media.
—No lo entiendo. Según mis informadores, hoy has ganado una pequeña fortuna con el yarmuc; después convertiste en pulpa a tus dos contrincantes por, digamos… un pequeño malentendido sobre tu honradez en la partida. Ningún prestamista tendría por qué romperte las piernas y después practicar el schcipddiddoracorsc con tus ojos, si no pagas en el plazo que acabas de mentar.
—No es eso —Bram tiró el hueso hacia atrás y fue a caer sobre un fornido espadachín que trasegaba cerveza junto a sus camaradas de jarana. El afrentado se alzó, agarrando el puño de su espada, pero al ver quién lo había tirado sufrió un estremecimiento, sonrió a sus compañeros, se encogió de hombros y continuó alardeando de sus proezas, con voz más alta y apasionada que antes—, sino algo no de tu incumbencia. Mira, eres el informador más fiable de esta zona y te pagaré bien —se acercó a su interlocutor, quien hizo otro tanto, hasta que sus narices quedaron separadas por apenas un dedo—; cien cobres, que conservo del yarmuc. Sólo te pido que me lleves hasta ese mismo punto en un plazo no superior a una clepsidra y media, o dos. Conoces cada recoveco de este barrio como la palma de tu rolliza mano, así que puedes hacerlo.
Marase enlazó sus enjoyados dedos sobre la rotunda y esférica panza, jugueteando las uñas con los pliegues de la túnica de seda blanca, inmaculada, y miró hacia arriba, luego hacia abajo y hacia los lados, varias veces y cada una más rápida que la anterior. Era su forma de meditar.
—Puedo complacerte, amigo Bram. Pero… —alzó un dedo índice no mucho más grande en largura que anchura—. El precio cambia.
—¡Maldito buitre! —gruñó Bram—. ¡Está bien, te pagaré otros doscientos cobres! Pero es mi última palabra, no tengo más.
—Puedes guardarte tus menudencias, con las que El Gran Masare obsequia a los pedigüeños del arroyo. Sólo preciso de tu brazo y tu hacha, para acabar con un competidor molesto…
—¿Quién es? —Bram barrió con su iracunda mirada el local, atestado de gentes de tan mala calaña como ellos dos, o incluso más. Agarró el hacha, adelantando la barbilla, agresivo—. Ahora mismo lo degüello.
—Se trata de ése.
Masare señaló a una mesa en el otro extremo del local. A pesar de la gente que iba y venía o se paraba a charlar o beber justo en su línea visual, Bram descubrió que allá estaban sentados dos personas de enorme volumen, aunque distinta constitución. Decir que uno estaba gordo sería como señalar que el mar parece húmedo: la enorme túnica asemejaba un enorme globo, hinchado por bolsas de grasa envueltas en carne temblorosa. La papada oscilaba de un lado a otro como la del pelícano mareado, y los ojos resultaban casi inexistentes, entre adiposidades anaranjadas. Para aumentar el disgusto de Bram, aquel ser tenía pintados de rojo los finos labios, se había puesto kohl bajo las pestañas y blanqueaba el cutis con polvos diversos.
Su compañero era también grande, pero guardaba un aspecto titánico. Sólo cubierto por los correajes, un taparrabos y las botas hechas con el pellejo de alguna alimaña peligrosa, sus músculos destacaban como las piedras de una cantera y tenía el pecho, la espalda, los hombros, los brazos y las pantorrillas cubiertos de un vello duro e hirsuto, blancuzco. Su filosa y picuda cabeza estaba rasurada, mas el grueso mostacho blanquecino y la única ceja que cubría los ojos parecían una explosión capilar, cayendo como cortinitas sobre labios y ojos. Permanecía sentado recto, mirando alrededor con una expresión que al principio parecía profunda, filosófica; mas, al poco, recordaba a la de una vaca mirándote mientras masticaba.
—¿Son amantes? —preguntó Bram, torciendo el gesto, desabrido.
—Lo desconozco. Pero si lo fueran, en este caso el orden de los factores sí alteraría el producto, pues el gordo es un eunuco.
—¡Un castrado! —se sorprendió Bram, quien creía haberlo visto ya todo en su azarosa vida.
—En efecto. Se llama Raisín y proviene del harén particular del Conde Rayamis; como sabrás, este noble cayó en desgracia y perdió la cabeza, en sentido literal. Por poco no la pierden también sus siervos. Ese invertido del demonio ha recabado en mi territorio y ganado cierta fama como informador; cree poder superarme, pero no me llega ni a la suela de la sandalia.
—Entonces, ¿por qué quieres acabar con él, si eres tan superior? —preguntó Bram, malicioso.
—Porque… ¡porque me molesta! —atajó Masare, malhumorado—. Si quieres que te guíe por esas cloacas, mátalo. Pero antes, tendrás que pasar por encima del bruto que le acompaña, un norteño llamado Cac’An’On, que tiene fama de matarife consumado. Ándate con ojo, es un tipo duro —sonrió de lado, hablando entre dientes—. Y procura llevar este asunto con discreción, no me agradaría que alguien sospechara de mí.
—Discreción, ¿eh? —Bram asintió con firmeza—. No te preocupes, pronto te traeré la cabeza de ese capón sobrealimentado.
Sin esperar respuesta se levantó, tirando al suelo el taburete, y avanzó por el local, apartando mediante empujones a quienes no lograban esquivarle a tiempo. Agarró el hacha a dos manos y sonrió, apretando los dientes y ensanchando los agujeros nasales. Se plantó ante el par y señaló con el arma al norteño, quien le observaba con el mismo aire meditabundo de aquellas gentes acostumbradas a ventiscas heladas y a hundir los pies en las boñigas de sus vacas al caminar.
—¡Tú! —llamó Bram, en medio del silencio generalizado—. ¡Sí, tú, el llamado Cacón! ¡Te reto a duelo! —abrió mucho los ojos, como un demente; a cada palabra salía disparada una bolita de saliva que explotaba contra el rostro taciturno y sereno del rival. Agitaba el hacha al hablar para dar énfasis a cada palabra:—. Vamos afuera, al callejón, a solventar un asunto de sangre. ¡Te voy a machacar, te arrancaré las pelotas y las pondré como pendientes en tus orejas! ¡Vamos, si tienes valor! ¿Acaso no tienes agallas? ¿No tienes honor? ¿Eh? ¿Eh?
Raisín había abierto su boquita, sorprendido. Cac’An’On seguía mirando, bajo su gran ceja, al retador. El único gesto en su angulosa cara fue un tic en el ojo, un movimiento nervioso y compulsivo. Dijo, en medio de un silencio espeso como un océano de brea:
—Venga.
Agarró el martillo y se lo echó al hombro, como un campesino con su azada o un minero con su pico. También tiró el banco al levantarse.
—¡Espera! —todos pensaron que había sido un pajarito histérico quien habló, pero se trataba de Raisín, El Eunuco. Alzó su envergadura y plantó los puñitos en la madera—. ¡No te pago para que te líes a golpes con el primero que pasa!
—Pero… —Cac’Ac’On rascó su calva, dubitativo—. Se ha metido con mi honor. Eso no puedo tolerarlo.
—¡Eres un matón, un soldado de fortuna! —chilló Raisín—. ¡Pones tu espada al precio del mejor postor! ¡Si vendes tu espada, vendes también tu honor! ¡Compré ambos, por tanto yo decido si has de empeñarlos! ¡Siéntate! ¡Ahora!
Cac’Ac’On se volvió hacia Bram.
—Lleva razón. Lo siento, no podré luchar contra ti.
Bram, furioso, abrió su manaza y echó en ella un puñado de cobres que había extraido del saquito.
—Rebaso su oferta, sea cual sea, y compro tu honor. Por tanto, libre de los chillidos de este ser, te ordeno que lo defiendas contra mí.
La bocaza de Cac’Ac’On se abrió en una gran sonrisa, cuajada de dientes llenos de sarro y alimentos poco masticados.
—Ah… Ahora sí que podemos pelear. Vamos.
A pesar de los agudos gritos de Raisín, ambos salieron a la calleja, seguidos por una muchedumbre de curiosos que ya empezaban a formular sus apuestas.
En el callejón, donde el barro y las heces arrojadas desde los reservados del lupanar se confundían con los huesos de tantos hombres valientes, que defendieron su honor hasta el fin, se enfrentaron otros dos audaces. Hubo jadeos, restallar de armas, gritos, imprecaciones, ataques y defensas, coraje, esfuerzo, sacrificio, heroicidad que ningún poeta recogería en sus crónicas y, por fin, implacable, la muerte hizo acto de presencia.
Bram salió tambaleándose, entre los vítores de quienes habían apostado por él y los insultos y las caras largas de quienes lo hicieran en contra.
—¿Dónde… se esconde… Raisín? —jadeó, limpiándose el sudor de la cara.
—Allá lo veo —dijo un observador.
—¡Vaya, cómo corre! —señaló otro, provocando un estallido de gozosa hilaridad.
—¡Apartaos! —exclamó Bram.
Medio extenuado por la pelea, corría tras aquella bola humana con patas, que se desplazaba a los trompicones entre chillidos que ninguna mujer aterrorizada hubiera podido superar. Fue una persecución un tanto cómica, que cesó al hallarse el eunuco arrodillado ante Bram, suplicando y lloriqueando una cascada de palabras ininteligibles.
—Lo siento, no es nada personal —decía Bram, mientras levantaba el hacha—. Estoy seguro de que tu espíritu práctico y comprensivo no me guardará rencor en el Mundo de los Espíritus; de hecho tendrías que esforzarte por contemplar las cosas desde mi lugar. No seas egoísta y piensa que…
Raisín soltó un chillido largo, agudo, penetrante.
—¡A callar! —gritó Bram.
El hacha bajó y hubo silencio. Por fin.







Una disgustada camarera limpiaba con un trapo húmedo la mesa a la que estaban otra vez sentados Bram y Masare
—No hacía falta que plantaras su cabeza ante mí —Masare se limpiaba los últimas salpicaduras de sangre en su túnica—. Ag, mira cómo me has puesto.
—He perdido mucho tiempo con este asunto. Sólo me quedan seis clepsidras y media. Vamos, guíame por las cloacas hasta ese punto bajo la Plaza del Eterno Pesar. ¡Yo he cumplido!
—Está bien, está bien, no se dirá que Masare olvida sus promesas.
Entregó un estaño a la muchacha, quien gruñó algo parecido a un gracias y se largó, metiendo el trapo en el cubo lleno de agua rojiza. El informador extrajo de algún rincón en su amplia túnica un trozo de pergamino y un carboncillo. Empezó a dibujar. La expresión de Bram seguía impasible mientras le veía hacer, pero sus ojos enrojecidos iban tornándose más y más siniestros.
—Ajá —Masare añadió un tiznajo final y deslizó el pergamino sobre la mesa, hasta el barbudo, quien miró el dibujo, algo parecido a un laberinto, y después a su autor—. Ahora puedes ir a recoger tu objeto perdido. He señalado de manera impecable la entrada y la salida y la forma más rápida de llegar.
—¿Qué se supone que es esto? —inquirió Bram, monocorde.
—Un mapa, claro está. Aunque no en todos sus aspectos, resulta un plano acorde por completo con la realidad. Te será muy fácil llegar al objetivo, pues no existen casi peligros, o mejor dicho aburrimientos, para tu brazo y tu hacha.
—Si no hay riesgo no te importará acompañarme.
Masare sonrió de oreja a oreja.
—No, mi buen amigo, todos saben que el viejo y humilde Masare sufre de gota y reuma, no soporto la humedad y, como puedes ver, disto mucho de, si se me permite decirlo, un competidor de los juegos atléticos anuales, jejejé. Llegarías mucho antes al punto final si vas solo. Te digo, es más, te garantizo, lejos de toda duda que pueda parecer razonable, que no hallarás problema alguno allá abajo.
Bram asintió con aire grave.
—Vaya, sí, me has convencido. Ahora sólo queda un inconveniente.
—¿Cuál, mi estimado amigo?
—Que convenzas a ésta —levantó el hacha, aún ensangrentada.
Masare palideció. Bram se levantó y descargó un tremendo hachazo sobre el plano, partiéndolo en dos, junto con la mesa.
—Nos vamos —agarró el cuello de la túnica del informador y se lo llevó a los trompicones—. Y me acompañarás. No hay tiempo que perder.
—¡Eh! —gritó el tabernero—. ¿Y qué hay de la mesa?
—¡Cierra el pico! —contestó Bram, sin mirarle—. Sé que apostaste por mí.
El posadero quedó con la boca abierta y sonrió a los de alrededor, con aire inocente.








La intensidad de los hedores parecía directamente proporcional a la profundidad de las cloacas de Gedara. Masare había arrojado hacía tiempo el pañuelo perfumado que ató a su nariz y empezaba a acostumbrarse a la pestilencia. Bram no parecía muy afectado por estos asuntos, si se exceptuaba la palidez de su piel y el tener que apoyarse de vez en cuando sobre un muro, para no trastabillar.
—Todavía no ha empezado lo peor —dijo el informador, que había recogido la túnica con alfileres, a la altura de sus blancas rodillas, para que la inmundicia no le estropeara los faldones—. Ese túnel de allá —señaló el gigantesco ojo, negro como la pez, que les miraba con una intensidad pavorosa— lleva a los niveles abandonados. —Bajo la vacilante luz de las teas, las cómicas adiposidades cobraban un aspecto tétrico—. Hace al menos ocho años que el gremio de poceros no se mete ahí.
—¿Qué peligros nos esperan? —inquirió Bram—. Hasta ahora sólo hemos hallado algunas ratas empeñadas en roernos los pies. Nada que una buena patada no pueda solucionar.
—En los viejos túneles también hay ratas, sí… Pero no como las que hayas visto alguna vez. Pertenecen a otra raza distinta, más voraz y fuerte. Se lanzan en jauría y devoran a un hombre en menos tiempo que tarda en encomendar su alma a cualquier deidad.
—¿Y cómo diablos esperas que volvamos con vida de ahí?
—Muy sencillo: con esto.
Masare dio un golpe a la faltriquera que colgaba de su espalda, y sobre la que Bram no había hecho preguntas, tan concentrado estaba en la visión de cierta mujer, desnuda y complaciente. Sólo así lograba vencer el miedo y la repulsión que le causaban las cloacas de Gedara. El informador sacó un tarro de grueso vidrio, dentro del cual había una especie de pasta oscura cuyo repulsivo aspecto no desentonaba con el ambiente general. Cuando quitó la tapa, Bram sintió como si le hubieran dado un puñetazo y Masare sufrió una arcada, que dominó gracias a su no siempre férrea voluntad.
—¿Qué es eso? —chilló Bram.
—Un informador ha de tener de todo en su desván, incluso productos que parecen inservibles; por eso tenía tanto interés en pasar por mi cuchitril antes de internarnos en las cloacas. Habremos de untarnos esta pasta por todo el cuerpo y las vestiduras, sólo así las ratas nos dejarán en paz.
—Comprendo —Bram parpadeó varias veces, espantado—. Ningún ser se acercaría al hedor que desprenderemos. Ni siquiera ellas.
—Nos acostumbraremos. Creo.
—Cuanto antes, mejor. Prefiero no indagar qué es; la duda es siempre más cómoda que el saber.
Agarró un buen puñado de aquella pasta nauseabunda, a veces rasposa, y comenzó a untársela en la cabeza. Su rostro pasó por todas las fases de repugnancia posibles, pero siguió hasta el final.
—No hace falta que te acompañe, supondría un estorbo continuo —sonrió Masare, quien empezaba a tapar el frasco—. Mejor te espero aquí.
—Vendrás conmigo —un Bram negruzco y horripilante levantó el hacha—. Insisto.
Con aire desgraciado, Masare también se untó, casi sollozando al manchar su querida túnica de arriba abajo. Ya no resultaban necesarios, así que soltó los alfileres y los faldones cayeron sobre el fango.
—¿Qué más peligros hay, aparte de esas ratas? —inquirió Bram.
—Se comenta que hay serpientes gigantes y lagartos como caballos, pero no debe prestarse atención a esos chismes. Algunos nobles echan sus mascotitas por el sumidero cuando dejan de agradarles, pero nadie puede sostener que acá logren adaptarse, crecer, reproducirse y extenderse como una plaga, ¿verdad? —Bram no contestó y Masare repitió, en un tono más agudo:—. ¿Verdad?
—Espero recordar los nombres de todos los dioses por los que he jurado alguna vez, para pedirles perdón —repuso Bram—. Quizás intercedan por mí en el Más Allá. Vamos, en marcha.
Se internaron en aquellas profundidades estigias, pisando humedades y relativa solidez, esperando unos instantes ante cada bifurcación, para que la aguda y temerosa mente de Masare eligiera el camino correcto. A su alrededor escuchaban correteos de patas. También escuchaban olisqueos, seguidos de tosidos y estornudos. Pero ninguna bestezuela les atacó. Cuando iluminaban en derredor con las antorchas descubrían sombras que se escabullían con rapidez, y no podían decidir si eran las ilusiones provocadas por la llama sobre las paredes y el suelo, o un enjambre que les rodeaba, en todas direcciones.
En un momento dado, Bram agarró por el codo a su compañero, provocando un ágil salto y un chillido.
—¡Me has asustado! —susurró el informador—. ¿Qué quieres?
—No puedo soportar por más tiempo la curiosidad: ¿qué es este mejunje con el que nos embadurnamos, capaz de espantar a las feroces ratas de estos predios?
—Se trata de varios ejemplares de esta misma raza de ratas, troceados y machacados hasta quedar reducidos a pulpa. Las alimañas de por acá pueden devorar cualquier cosa que se les acerque. De hecho, salen a cazar roedores de otras razas y agarran cualquier cosa medio digerible que arrojan los humanos por el sumidero. Pero no son caníbales: ellas también tienen su moralidad. No nos importunarán, pues nos creen igual que ellas: ciegas, sólo se guían por el olfato. Hazte a la idea de que te consideran una compañera de tribu algo crecidita.
Bram sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies, pero se rehizo. Agarró por el cuello al informador.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —susurró, furioso.
—No preguntaste —tosió su compañero.
—Continuemos —Bram le soltó, empujón incluido. Y luego añadió, por lo bajo—. Comadreja, no sabes cuánto te odio.



Tras vueltas y revueltas, llegaron hasta una espaciosa sala sobre la que se derramaba un chorro de luz lunar. Y allá, en el suelo, entre la inmundicia, Bram descubrió el glorioso brillo.
—¡Mi redoma! —gritó. Se lanzó sobre ella, resbalando y casi cayendo, y la cogió con manos temblorosas y ojos húmedos por la emoción—. ¡Te he encontrado!
—Hemos pasado por todo este Infierno para recuperar… ¿eso? Había imaginado un diamante del tamaño de tu cabeza o una espada de oro con el puño incrustado de esmeraldas y rubíes… Es una especie de filtro, ¿no?
—¡No te importa! —Bram metió el recipiente dentro del saco, donde tintineó junto a los cobres, y dio la vuelta—. Venga, volvamos. Aún tengo suficiente tiempo.
Masare le obedeció, mirando alrededor, como buscando algo.
—Hay algo que me preocupa. ¿No lo notas?
—¿El qué? —respondió Bram, ya más animado.
—El olor. Es almizcle; no, otra cosa… Desde hace un rato nos acompaña.
—Ahora que lo dices, es cierto. No le di mucha importancia. Lo he percibido también y levanta ecos en mi adusta memoria, mas no lo reconozco.
—Creo que… ¡AaaaaAAAAAH!
Sonó un golpe y un chapoteo y aquel nuevo hedor se intensificó. Cuando Bram iluminó a su compañero le descubrió entre la mugre, agarrándose un tobillo. Su dolor parecía sincero, así que el gigantón logró atenuar la risa.
—¡Me he torcido un tobillo! —gimió Masare. Bram trató de sostenerle, pero cuando el informador apoyaba el pie dañado aullaba como un gato al que pisaran la cola.
—Sí, en efecto, creo que está torcido —diagnosticó Bram, quien ya estaba tocando la contusión sin delicadeza alguna, provocando nuevos gritos de su compañero.
—Supongo que no me dejarás aquí abandonado, ¿eh? —dijo Masare, muy serio.
—Tendré que cargar con tu enorme humanidad, ¡qué remedio queda! Siempre cumplo una regla, que es no dejar al compañero en la estacada.
—No sabes cuánto me alegra oírlo. Así que, por favor, permíteme apoyarme en ti para caminar —a la pata coja, agitó la antorcha y miró hacia abajo—. Pero me preguntó… ¿Con qué he resbalado? Sonó un crujido leve y después mi pie se deslizó sobre una sustancia pegajosa, líquida.
—Resbalaste sobre esto.
Bram sostenía en su mano derecha una especie de media esfera marrón, quebrada en varios fragmentos, de la que caían hilachas de algo en verdad pegajoso y semilíquido.
—¡Qué asco! —se quejó Masare.
Bram metió los dedos en aquella cosa y sacó un cuerpecito, largo como su dedo índice. Lo miraron con curiosidad.
—Parece… —susurró Masare, entrecerrando los ojos.
—No parece. Es. Una cría de lagarto.
Soltó el huevo y la criaturita y buscaron en derredor. Había más, como esferas oscuras tiradas sin orden ni concierto, alrededor; unas diez o doce. Los dos empezaron a temblar.
—Vamonos —gritó Masare—. ¡Enseguida!
Se movieron con rapidez, Masare apoyándose en su compañero y saltando a la pata coja, mientras que Bram aferraba la mole de carne y procuraba a su vez no resbalar. Miraban en todas direcciones y procuraban no chamuscarse uno a otro con las antorchas. Conformaban un espectáculo grotesco, que despertaría la hilaridad de cualquiera poco solidario con sus temores y sufrimientos.
De pronto notaron un tumulto a su alrededor y el murmullo de patitas que siempre les acompañaba se alejó en la oscuridad, hasta desaparecer por completo. Muy quietos, sin conseguir dejar de entrechocar los dientes, oyeron un rugido escalofriante, un deslizarse rápido y el rumor de unas garras chapoteando en el lodo. Todo ello sugería rapidez, furia y un tamaño enorme.
—¡Ya queda poco! —exclamó Masare.
Y volvieron a avanzar a los trompicones, uno sosteniendo al otro, resoplando y jadeando, tan empapados de sudor que debían aferrarse con fuerza para no separarse.
—Si no tuviera que llevarte iría mucho más rápido —se quejó Bram, con voz entrecortada.
—¡Recuerda tu regla de oro! —exclamó Masare—. Nunca dejas a un compañero en la estacada. ¡Nunca!
—Llevas razón a medias —jadeó Bram—: piensa en lo siguiente: el sabio dice que la excepción confirma la regla. Y como el sabio no se equivoca, una regla ha de tener, por fuerza, su excepción. Para que mi regla esté confirmada, a través de todos estos años de compañerismo abnegado con mis camaradas de armas, es necesaria, ¡imprescindible!, la excepción. Resulta un argumento de peso, ¿no?
—¡Ese sabio era la excepción de su casta!
—Masare, deberías entenderlo: no cierres tu mente a la lógica. ¡Además tú rompiste el huevo, no yo!
—¡No me dejes aquí, por tus ancestros!
—Ah, ahí veo la salida. ¡Sin rencores, amigo mío!
Y lanzó al informador hacia atrás de un fuerte empujón, para al siguiente instante soltar un alarido y echar a correr con todas sus fuerzas hacia la salida de aquel nivel de túneles. No se volvió, pero el sonido desgarrador de los gritos de un hombre destrozado por unas fauces ávidas y gigantescas, le llenó de alivio y pavor al mismo tiempo. La criatura perseguidora continuaba entretenida con su pitanza cuando Bram surgió a la zona menos peligrosa de las cloacas, a través de la cual se podría orientar. Aún así, la velocidad de sus piernas no disminuyó.







Tenía por delante cinco clepsidras. Sabiendo el gusto de su compañera Comadreja por las bebidas fuertes, tardaría poco en engañarla para beber la pócima, diluida en vino. Y entonces… ¡ah, entonces temblarían los cimientos de toda Gerada!
Pero experimentó ciertos escrúpulos. No morales, por supuesto, sino de índole higiénica: tenía el cuerpo embadurnado de un mejunje nauseabundo, cuyo hedor espantaría a un marrano de la peor calaña. Sudoroso, mugriento y mal vestido, no podía asistir a la cita de su vida, a la victoria de un orgullo dañado y una virilidad tantas veces enardecida para después resultar desahogada en solitario.
Así pues, dirigió sus pasos hacia una casa de baños. Hubo de pagar mucho —los cien cobres que le quedaban— para que se dignaran atenderle. Pero no existe arma tan poderosa como el dinero, así que entró en una pequeña y cristalina piscina y salió al poco, dejándola tan negra como una charca de pantano. Le recortaron la barba y el pelo, aplicándole la solución antiparasitaria más poderosa, y se metió en una tina con agua caliente y perfumada. Había atado a sus muñecas el saco y el hacha, pues no deseaba separarse de ellas ni un solo instante. Había ropas limpias, cómodas y dignas, en una butaca cercana, e incluso alguien le había obsequiado con una copa de vino un poco aguado, pero correcto para su curtido paladar. Una deliciosa lasitud fue inundando su cuerpo, tenso por los combates y las carreras de la noche. Los vapores del agua jabonosa penetraban en su nariz y dibujaban una enorme sonrisa en su rostro. Tenía ante él un reloj de arena y le quedaban aún cuatro clepsidras y tres cuartos. Aquello parecía el paraíso y fue cerrando poco a poco los ojos. Estaba medio adormilado, pero se dijo que su recia voluntad inconsciente le despertaría en, como mucho, media clepsidra más tarde. Había tiempo.
Abrió los ojos. Aún se encontraba dentro de la tina. Qué agradable era aquel…
Saltó como una rana histérica, emitiendo una especie de grito, cuando vio el reloj de arena. ¡Una clepsidra! ¡Sólo una! Para su alivio, tenía la bolsa, que revisó, y el hacha. En aquel distrito ningún ladrón se arriesgaría a despertarle.
Saltó fuera de la bañera, chorreando agua, y sin secarse se vistió las ropas. A la carrera, ajustando aún el pie a la bota, salió de la casa de baños, causando poca sorpresa en el medio dormido encargado de la recepción.


Otra vez jadeante, llegó hasta El Tercer Ojo y traspuso la puerta, adornada con un realista dibujo de unas posaderas peludas que apuntaban hacia el cliente. Tenía el pelo desordenado y húmedo y la barba empezaba a erizársele, como si le colgara un puercoespín de la boca. Los faldones de la camisola le colgaban fuera del pantalón y una pernera estaba dentro de su bota y la otra fuera. Había profundas ojeras bajo unos ojos enrojecidos por la falta de sueño y el nerviosismo. No obstante, estaba limpio y olía bien.
En el salón sólo quedaba Claón, el tabernero, tan borracho como de costumbre a esas horas, varios juerguistas que dormían la mona acurrucados bajo las mesas, y una mujer que vestía como un bribón de calleja oscura, se armaba con dos espadas temibles y poseía una belleza, desde los pies a la coronilla, capaz de hacer arrojar los hábitos al sacerdote el día de su unción. Comadreja, beoda, dibujaba círculos con el vino derramado sobre la mesa ante la que se sentaba, y cantaba una extraña canción con voz que hubiera sido dulce y seductora en cualquier otro momento.
Bram la miró, se pasó la lengua por los labios y de tres saltos, en los que levantaba los talones hasta golpearse con ellos las nalgas, llegó hasta la barra donde cabeceaba el tabernero.
—¡Claón! —le llamó, abofeteándole varias veces—. ¡Ponme una jarra de vino, el más caro que tengas!
—¡Ach! —se quejó el otro—. Tengo un principio de resaca descomunal, así que trátame con cariñobzzz…
Bram lo dejó por imposible. Saltó por encima de la barra, tirando al caer varios vasos y casi desplomándose contra un estante lleno de barricas, y agarró una jarra, que llenó abriendo la espita del primer barril a mano. Echó la pócima en la jarra y removió el contenido con los dedos, sacando la punta de la lengua entre los labios y echando miradas de reojo a Comadreja, todavía concentrada en sus figuras geométricas.
Bram pasó de nuevo por encima de la barra y llegó hasta la mesa, donde se sentó ante la muchacha.
—Hola, Comadreja —saludó.
Ella le miró durante varios instantes y sonrió, arrastrando las palabras:
—Vaya, pero si es mi estimado compañero de carreras y palizas, el enorme y bobalicón… ¡Bram!
Echó a reír, aplaudiéndose a sí misma. A Bram le pareció patética, pero aquellas curvas y aquella firmeza bajo la ropa ajustada levantaron su ánimo.
—¡Bebe! —ordenó el matón—. Vamos, te invito.
La mujer le miró durante un momento, sin comprender, y luego sus ojos se abrieron mucho cuando vio la jarra ante ella.
—¡Vaya! ¡Qué amabilidad por tu parte, cariño mío! —la agarró de inmediato y llevó a su terreno—. Si no fueras tan feo te daría un beso. ¡Aunque después tendría que lavarme la boca con jabón!
Volvió a reír, o tal vez chillar, como una vieja bruja. Aquella mañana estaba ocurrente.
—¡Bebe! —volvió a decir Bram, dando un puñetazo en la mesa.
—¡Oye! —señaló la mujer, de pronto muy seria, con aquella gravedad majestuosa propia de los grandes borrachos y los políticos corruptos—. No me des órdenes, a mí nadie me da órdenes, ¡y menos un bruto como tú!
Bram se metió un puño en la boca y logró calmarse. Sonrió.
—Por favor, Comadreja —invitó con voz dulce, como si le hablara a un niño—. Bebe este maravilloso vino. Es todo para ti. A ti te gusta mucho el vino, ¿verdad?
La mujer le observó con detenimiento y olisqueó el aire.
—Eeehh… Pero si te has lavado. Incluso no hiedes. No puedo creer que te hayas perfumado; ¿qué zorra te convenció para hacerlo?
Bram jadeó y sonrió al mismo tiempo. Abrió y cerró las manos ante él un par de veces. Las dejó con extrema suavidad en la mesa. De pronto, sonrió con astucia.
—Está bien, ya que no quieres el vino, me lo llevaré.
Alargó un brazo hacia la jarra, pero Comadreja se lo apartó de un manotazo.
—¡Es mío! —exclamó, indignada—. No me lo arrebatarás.
Bram casi sonrió: sabía que aquel truco nunca fallaba con esta mujer, que se deleitaba llevándole la contraria hasta cuando pensaba igual que él. Comadreja le miró, desafiante y algo despectiva, y comenzó a beber, tragando a largos sorbos. Él la contemplaba con los ojos fijos y la boca entreabierta, con una intensidad casi dolorosa que provocó el recelo de la mujer. A medio sorbo, enarcó una ceja y miró de reojo a su compañero.
—Estás muy raro, tú, hoy —dijo. Echó una ojeada al interior de la jarra—. Además, este vino sabe un tanto agrio…
Bram trató de sonreír, pero se le disparó un tic salvaje en el ojo izquierdo.
—No, no, no, es de tan buena calidad como la mayor parte de las bebidas de este establecimiento.
—¿Y por qué no bebes tú también? —inquirió Comadreja, mirándole de lado, como un felino desconfiado—. No me habrás envenenado, ¿verdad?
—¡No! —chilló Bram, dando un brinco de casi un palmo sobre el banco. Moduló el tono de su voz y siguió:—. ¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¡De tu fiel compañero de batallas! Hoy he decidido invitar yo, una vez más, como pago por todas esas ocasiones en que te resultó un poquito difícil soportarme.
—Pues deberías comprarme un barril entero, porque han sido muchas —Comadreja se encogió de hombros—. En fin, al marrano regalado no le mires el jamón.
Y terminó de beber el jarro. Soltó un eructo tan femenino como el de una rana hembra y se limpió la boca con el dorso de la mano. Bram seguía mirándola, atento a cualquier sutil cambio. Para extrañeza de la muchacha, se alisó la crespa cabellera y la barba con las manos y metió los faldones de la camisa dentro del cinturón.
—¿Pero qué te pasa? —gruñó la ladrona.
—¿No sientes algo extraño? ¿Tal vez un temblor de tus brazos y piernas? ¿O un calor interno que se expande por todo tu ser? ¿Un ardor brutal e irrefrenable? ¿Alguna humedad sospechosa?
—¿A qué te refieres? Pareces tú el borracho y no yo.
—Me refiero, bella mía, a que has ingerido una poción de amor con ese vino, un filtro que provocará tu pasión hacia quien te lo ha entregado: ¡yo!
Comadreja echó la cabeza hacia atrás, los ojos muy abiertos.
—¡Estás bromeando! No existen esas tonterías, y además no serías capaz de hacerme esa jugarreta, ¿verdad?
—¡La haría una y mil veces! Esa poción barrerá todas tus defensas y te obligará a entregarte a mí, para satisfacer todos y cada uno de mis caprichos de índole carnal, hasta que salga el sol.
Comadreja frunció el ceño, angustiada. La borrachera parecía haberse esfumado de sus ojos, ahora aterrados.
—¿Quieres decir que hasta el amanecer no tendré control de mi cuerpo, que mis más bajos instintos se apoderarán de mí, pasando por encima de toda razón y voluntad, que seré una esclava de las pasiones?
Bram asintió varias veces, con rapidez. Comadreja se levantó y se llevó una mano a la garganta.
—¡Qué horror! —exclamó.
Vaciló sobre sus piernas y perdió durante unos latidos el color.
—Ay… siento un extraño mareo.
—¡La poción hace efecto! —señaló Bram.
Comadreja se ruborizó hasta el cuero cabelludo y sus ojos brillaron como las ascuas de una hoguera. Entreabrió los labios, contemplando a Bram como si le viese por primera vez.
—Maldito seas…—susurró, con una voz enronquecida que su compañero jamás le había escuchado—. No puedo evitarlo, es más fuerte que yo. ¡Ah!
Se lanzó sobre la mesa, agarró la cabeza de Bram y le plantó un fuerte beso en los labios, sentándose sobre sus grandes muslos,
—No tengo control sobre mí —jadeaba en voz baja, sobándole sin cesar la espalda y los hombros y besándole y lamiéndole repetidas veces el rostro. Bram le dejaba hacer, incrédulo—. Eres un bruto, un patán sin cerebro… Mmmh… Tienes la sensibilidad de un canto de río… ¡Ah! Tu conversación es vana, no sabes cantar bajo la luz de la Luna, no eres nada comprensivo… Mmmm… No le dirías jamás a una mujer los quince o veinte piropos que necesita escuchar al día, para sentirse halagada. Bailas como un toro borracho… Oooohhh… No cumples ni uno solo de los requisitos necesarios para enamorar a cualquier mujer. Y sin embargo, ¡deseo tu cuerpo! Esos músculos, esos brazos, ¡ese pecho! —dio un mordisco sobre el ya desnudo pectoral, frotándose contra él como una gata lo haría sobre terciopelo caliente. Bram casi juraría que ella estaba ronroneando—. ¡Y ese culo!
—¡Ay! —gritó el hombre, al notar el pellizco.
—Esto no tiene nada que ver con el amor —gruñó Comadreja, abrazada al coloso—, sólo es placer, ¡lujuria, pura y sucia lujuria! Deseo tu cuerpo, siempre lo he deseado. ¡Vamos arriba! Quiero violarte repetidas veces, hasta desfallecer.
Bram se levantó, medio rígido. Notó que el tabernero había recuperado el conocimiento y les contemplaba, incrédulo.
—¡No me hagas sufrir más! —gimió Comadreja, mientras acababa de desgarrar a furiosos tirones la camisola masculina—. ¿O prefieres que lo hagamos encima de esta misma mesa? ¡Arrh!
Lanzó al suelo las jarras y los vasos.
Primero fue una sonrisa que surcó el barbudo rostro. Bram levantó su cabeza hacia las alturas, los ojos brillantes, alzó y estiró los brazos y todo su cuerpo tembló, vibrando por el poder y la gloria. Parecía uno de esos antiguos dioses nórdicos, a los que sus acólitos sacrificaban gorrinos y pollos para que les diera coraje antes de la batalla. Soltó una carcajada tronante; casi parecía que en cualquier momento los cielos y hasta el techo de la taberna iban a abrirse para dejar pasar los relámpagos y la ventisca.
—¡LO CONSEGUÍ! —bramó.
De pronto, notó que algo molestaba su ojo derecho. Parpadeó y se apartó del rayo de sol vespertino que se colaba por una ventana abierta. Comadreja le dio dos besos más y retrocedió, mareada, llevándose una mano a la frente.
—Ohhh… ¿qué ha pasado? Me siento fatal. Maldita borrachera…
Bram la observó, espantado. A la carrera, saltando sobre las mesas, llegó hasta las ventanas y las cerró, asegurando los pestillos. Después corrió hasta la puerta y el lugar quedó sólo iluminado por los fanales del interior.
—¡Aún es de noche! —anunció, con alegría—. ¡Vuelve a mis brazos, amorcito!
Comadreja le observó, asqueada.
—¿Yo a tus brazos? ¡Has tragado demasiado hidromiel esta noche! Jamás dejaría que me tocaran esas manazas.
—Antes estabas muy dispuesta —protestó el gigantón—. ¿No experimentas esa lascivia abrasadora? ¡Dijiste que podía tomarte incluso encima de esta mesa!
—Deliras. Jamás, ni siquiera bajo los efectos del alcohol más fuerte, haría yo algo semejante.
—¡Pero si deseabas mi cuerpo! ¡Asegurabas que siempre lo habías anhelado! ¿Acaso no lo recuerdas?
—Sólo recuerdo estar sentada aquí, tomando vino durante toda la noche. Guarda las fantasías calenturientas para esas zorras que sueles visitar —le miró de arriba abajo con desprecio e hizo un mohín burlón—. ¡Desearte yo! ¡Ja! ¡En la vida he oído tamaña estupidez! Adiós, innoble bruto, nos veremos cuando se me haya pasado la mona. Si no te importa paga mi cuenta, ahora no me quedan fondos. He de dormir al menos una semana.
Y se marchó, con paso enérgico e inseguro.
La expresión de un chucho apaleado no tendría nada que envidiar a la de Bram mientras miraba la puerta del local cerrarse.
—Al menos, tengo testigos de mi triunfo —se consoló. Llegó hasta la barra y sostuvo la cabeza del otra vez inconsciente Claón. Le despertó a la manera habitual, recibiendo las consabidas quejas—. ¡Eh! ¡Lo has visto todo! Espero que divulgues este escándalo como sueles hacer con todos los demás. Si no, nadie me creería.
—¿Verlo? —mugió el dependiente, sin entender—. ¡Ay, qué curda llevo encima! Fíjate si estaba alucinado por los vapores del alcohol que he imaginado ver a Comadreja besándote. ¡Es increíble, cómo le engañan a uno los sentidos cuando bebe en exceso! ¡Incluso estaba dispuesta a hacer el amor contigo! Desde luego, he de dejar de trasegar tanto o acabaré viendo chancharos rosas volando alrededor de nosotros.
Bram soltó su cabeza y barrió con su deprimida mirada el salón. Los borrachos continuaban durmiendo bajo la mesa. Ninguno habría visto nada, tampoco.
Derrotado, se encaminó hacia la salida.







Artrus Ignotus se colocó el hatillo sobre su diminuto y picudo hombro derecho, miró hacia el oscuro y desvencijado casón y exhaló un triste suspiro.
—Adiós, hogar. He de marcharme, pues ese bruto norteño vendrá a en mi busca dentro de poco. Quizá descargue sus irrazonables iras sobre tus herrumbrosos cimientos, pero estoy seguro, casita mía, que entiendes mi marcha. Si me encontrara ahí dentro me haría pedazos con ese hacha de matarife que siempre lleva encima. Adiós, mis queridas redomas, platillos, esqueletos, tarros llenos de ojos, manos, garras y escrotos disecados. Adiós, adorados libros de magia, por completo inútiles, pero que me proporcionasteis tantas veladas de entretenimiento. Y adiós, mi querido amigo Ambrosio, el rey de los cuervos. No llores mi ausencia, sé que me echarás de menos, pero ahora podrás disfrutar de esta casa para ti solo.
Sonó un graznido de protesta y el pájaro negruzco surgió por una ventana, volando hasta posarse en el hombro del mago. El cuervo volvió a graznar, receloso, y Artrus Ignotus dijo, sin mucho entusiasmo:
—Ah, bien. Veo que quieres venir. Bueno, tendré que llevarte. Andando, entonces.
—Hola —saludó un vozarrón a su espalda.
Desmintiendo la senilidad de sus articulaciones, el hechicero pegó un salto cabruno y subió a la desvencijada valla de su antigua propiedad. El cuervo voló como una flecha, de vuelta a la casa.
—¡Espera! —gritó el hechicero—. ¡Sé que mi poción no ha surtido el efecto exacto que se esperaba de ella, pero puedo explicarlo!
—El filtro resultó todo un éxito —anunció Bram, malhumorado—. Pero no pude disfrutar de sus bondades, pues acababa de dársela a la mujer idónea cuando amaneció.
—¿Cómo? —se extrañó el mago, muy sorprendido—. ¿Dices que funcionó?
—Claro. Con total efectividad, ya te lo he dicho. Ella se me entregó durante un corto e insatisfactorio tiempo, hasta que los rayos de la madrugada iluminaron su melena. Después, no recordaba nada de lo sucedido.
Artrus miró hacia un lado y otro, atónito, pero enseguida sonrió, abriendo mucho sus desdentadas fauces, y bajó de la valla.
—Claro, claro, claro, el filtro funcionó a la perfección. Al fin y al cabo, yo lo creé. No podía fallar. El olvido es un efecto secundario que no tiene mucha importancia, lo relevante es que todo salió a pedir de boca, ¿verdad?
—Más o menos. Bueno, venía para pedir que me hagas otro filtro.
—Mi querido amigo, no puede ser, tienes que comprenderlo. Ya avisé que este hechizo tan poderoso sólo funcionaba una determinada noche cada quinientos años y ni una más.
—Creo que dijiste doscientos —corrigió Bram, receloso.
—¡Sí, eso, doscientos! Mi memoria ya no es lo que era, pero a cambio aún conservo una agilidad mental prodigiosa —se encogió de hombros—. Muchacho, nada más puedo hacer por ti. Trata de ganarte a la moza con medios menos sobrenaturales pero siempre efectivos
—¿Con respeto, cariño, comprensión, amabilidad y fiel amor?
—No hablo de inutilidades, sino de joyas, sedas y perfumes. Eso es lo que funciona.
—Con ésta no creo que resultara. En fin, ya me olía que no podría ser, pero tenía que probar. Adiós, brujo. Ojalá que nuestros caminos no tengan que volver a cruzarse.
—No sabes cuán de acuerdo estoy contigo. Adiós, y si tu amada te desprecia, recuerda que el mar está lleno de peces, unos suculentos y otros no tanto. Pero en cualquier caso, nunca faltan.
Bram ya se marchaba, cabizbajo.
Artrus Ignotus, aún sin creerse su buena estrella, volvió al caserón. Al cabo de poco ya había deshecho el hatillo y estaba sentado en su butaca, bajo las dos sombrías calaveras, observando sus queridos libros e instrumental mágico con renovado cariño. Incluso dirigió una mirada afable a su cuervo, quien le observaba guiñando un ojo con extrañeza, como para asegurarse de que el brujo seguía todavía entero.
—Qué extraña es la vida, ¿verdad, Ambrosio? —sonrió Artrus Ignotus—. Jamás ha funcionado uno solo de los hechizos que he vendido, librándome de las quejas de mi clientela gracias a mi natural don de gentes, y sin embargo ese filtro de amor sí dio resultado, a juzgar por las palabras del norteño. Lo más curioso de todo es que la pócima era en realidad lo que sobró del caldo de pollo que cené ayer.
Hizo una pausa, reflexivo.
—¿Acaso, después de ochenta años de desilusiones y resignación, tengo que descubrir ahora que la magia realmente existe y tiene sus propias y caprichosas normas? —sonrió hacia el pajarraco, quien abrió el pico, como si escuchara con atención—. ¿O tal vez es que la naturaleza humana es más retorcida y compleja de lo que parece a simple vista?
Artrus Ignotus le guiñó un ojo y Ambrosio graznó repetidas veces, agitando las alas, al parecer gozoso y divertido.


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NotaPublicado: Mié Jun 24, 2009 6:43 pm 
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Señor de la guerra
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Saludos. He metido este relato porque hablé de él en el foro ACtividades AEEYB, hilo ¡Premiados! Allí salió el tema de los personajes Bram y Comadreja, que aparecieron en la revista Barbarian. El editor me pidió entonces un relato de los mismos y escribí éste. Pero la revista se cerró antes d que pudiera ser publicado. Lo dejo aquí, por si alguien lo quiere leer.

Un abrazo.


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NotaPublicado: Lun Jun 29, 2009 5:33 pm 
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Señor de la guerra
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Me acabo de dar cuenta que has colgado este relato !!!! Qué calladito te lo tenías Kull... ;)

Vaya que pena que cerrara la revista y no les diera tiempo a publicar tu relato. :(

Bueno me lo copio y en cuanto lo lea, escribo mis impresiones. :D

Saludines cósmiquísmos 8-)

:gatito:


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NotaPublicado: Mié Jul 01, 2009 9:19 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Sab Ago 16, 2008 2:23 pm
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¡ Hola !

Ya me lo he leído, :)

Y me he reído muchísimo, es un relato muy divertido, hay una expresíon con la que casi me da algo de la risa, " ... al marrano regalado no le mires el jamón". :lol:

Un relato, muy bien escrito y muy divertido. :jarrabirra: :birrasalud: :birra:

Saludín

:gatito:


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NotaPublicado: Dom Jul 05, 2009 10:40 am 
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Señor de la guerra
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Gracias, Dalinina :D

Quería darle un aire humorístico, me alegro de que te haya gustado.


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NotaPublicado: Dom Jul 05, 2009 6:57 pm 
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;) A mí también me gustó bastante, enhorabuena gran Kull.


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NotaPublicado: Lun Jul 06, 2009 10:08 am 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Gracias, Flavius :D


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