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NotaPublicado: Mié May 20, 2009 12:23 pm 
Ladronzuelo
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DEUDA DE SANGRE

Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo.

Napoleón Bonaparte


I

UNA DAMA EN APUROS


A aquellas horas de la noche, el escándalo que salía de la taberna hubiera podido rivalizar con los cañonazos de cualquier campo de batalla; cosa que a los vecinos les traía por el camino de la amargura. El edificio de dos pisos de alto, construido con planchas de roble, con las ventanas rotas y la puerta principal medio desencajada, exudaba un olor a cerveza rancia que llegaba a dos manzanas de distancia. En el interior del establecimiento, bajo la luz parpadeante de las linternas, una cuarentena de hombres y mujeres de toda índole, bebían y cantaban a grandes voces. Irónico, Stark se acarició los largos mostachos y terminó la jarra de brandy que acababa de pedir; disfrutaba con la algarabía y el caos que lo circundaba. A su derecha, sobre la barra del establecimiento, dos mujeres bailaban al ritmo desenfrenado de un violín, mostrando una generosa porción de sus muslos cada vez que levantaban una pierna. Al lado contrario, una pareja de forzudos italianos, que tenían aspecto de estibadores, luchaban por comprobar quién era capaz de beber más chupitos de ron. En rededor, repartidos en una docena de mesas que apenas se mantenían en pie, individuos de duro aspecto: contrabandistas, soldados, marineros, mercenarios y borrachos, jugaban a las cartas o empinaban el codo, sin perder de vista en ningún momento el contenido de sus bolsillos.

—Un lugar maravilloso —murmuró el sajón—. Ideal para los curas y la soldadesca de Bonaparte…

En las escaleras que conducían al nivel superior, varias furcias aburridas esperaban que alguno de los hombres que atestaban el local, se dignara a realizar una visita a las habitaciones de la planta alta. Curioso, Stark estudió las medias y los corsés que dejaban poco a la imaginación: mercancía de segunda clase averiada por la mala vida y el exceso de alcohol. La más joven del grupo, como mínimo, debía tener cincuenta primaveras. Un viejo bajó los escalones tambaleándose, totalmente ebrio, agarrando la barandilla con una mano temblorosa. Sin desearlo, tropezó con sus propios pies y se derrumbó escaleras abajo, formando una batahola con su caída. Acto seguido, se levantó de un salto y elevó la botella que llevaba en la diestra; la suerte de los borrachos lo acompañaba, cualquier otro se hubiera roto el cuello.
—¡No he derramado ni una sola gota! —exclamó entusiasmado.
Una de las fulanas replicó con voz agria:
—Uno que perdió su virilidad el día que Moisés separó las aguas.
Un corro de carcajadas maliciosas escapó de las mujeres: al parecer no había hecho gran cosa con la chica que había contratado escasos minutos antes.
—Vete a dormir la mona, Antonio —rió otra de ellas mientras se retocaba el maquillaje—. Tu mujer debe estar esperándote en casa con una sartén empuñada por el mango.

El sajón ignoró la escena y recorrió la taberna de un lado a otro con ojos mordaces, buscando una buena moza que pudiera calentarle la cama. Por desgracia, parecía que tendría que probar suerte en otra parte; la carne fresca escaseaba en aquel antro situado frente a los muelles de Barcelona. En aquel momento, una pareja entró por la puerta y echó un vistazo inquisitivo al local; parecía que no era lo que estaban buscando. Stark estiró la cabeza como un gato en celo: si aquellas mujeres no pertenecían a una noble alcurnia que el Diablo se llevara su alma. Por el aspecto limpio y adinerado de las túnicas, que les cubrían las cabezas impidiéndole vislumbrar sus facciones, dudaba que pertenecieran a la clase de señoras con las que solía alternar. Una de ellas se adelantó, decidida, ignorando las protestas de la otra, con un contoneo que no pudo resultarle menos que seductor. Al llegar a la barra, apartó a un hombre desvanecido y ordenó con firmeza:
—Dos copas de champagne, por favor.
El posadero soltó una risotada estruendosa.
—Hemos agotado las existencias, hermana. —Depositó una botella sobre la barra sucia—. ¿Qué le parece un trago de whisky?
La desconocida no se dejó amilanar.
—De acuerdo —aceptó—. ¿Tiene usted vasos limpios?
El hombretón se frotó una oreja con un trapo grasiento para escuchar mejor: era la primera vez en treinta años que le hacían una pregunta como aquella.
—¿Puede repetir lo que ha dicho? —apostilló—. Creo que no la he entendido bien.
La mujer hizo un gesto de exasperación:
—¡No importa! —gruñó—. ¡Deme lo que tenga!
El tabernero se encogió de hombros y llenó dos vasos hasta los bordes. Una mirada lasciva brillaba en sus ojillos porcinos.
—La primera ronda invita la casa, señoras.
La desconocida fue brusca:
—Gracias.

Divertido, Stark contempló como ambas olisqueaban la bebida antes de apurarla de un trago. Como buen conocedor del sexo opuesto, intuía que aquellas mujeres buscaban emociones fuertes; escapar de una vida de sedas y joyas, de criados serviciales y maridos impotentes. La idea de presentarse e invitarlas a su mesa lo puso de buen humor: dadas las circunstancias, era lo más parecido a un caballero que las señoras podían encontrar en aquel sitio. La mujer que había llevado la conversación pidió otra ronda:
—Dos más, por favor.
El hombretón asintió con una sonrisa pícara.
—Por supuesto, hermana.

En aquel momento, un individuo con pinta de no haber visto una pastilla de jabón en mucho tiempo, cruzó el local y se dirigió a la mujer.
—¿Quieres bailar conmigo, preciosa?
Ésta envaró como un resorte.
—No, gracias.
El borracho insistió:
—Podríamos pegarnos un buen revolcón —dijo con voz trémula y aguardentosa—. Te aseguro que te lo vas a pasar muy bien.
La desconocida se mostró altanera.
—¡Déjeme en paz!
Éste la agarró por la muñeca con violencia.
—A mí no me desprecia ninguna zorra —resopló amenazadoramente—. ¿Te enteras?
El posadero intervino en la conversación.
—Deja tranquila a las señoras, amigo —gruñó—. Como molestes a la clientela te las verás conmigo.
El borracho hizo oídos sordos a su aseveración.
—Vamos a la parte de arriba —instó mientras intentaba llevarla hacia las escaleras—. Te voy a enseñar buenos moda…

Antes de que pudiera terminar la frase, salió despedido por los aires y se derrumbó con la mandíbula rota; el puñetazo del sajón lo había dejado fuera de combate. Éste se quitó el sombrero y efectuó una reverencia delante de la desconocida.
—Lamento haberme inmiscuido en vuestros asuntos —se disculpó—. ¿Se encuentra usted bien?
La mujer lo estudió de la cabeza a los pies mientras recuperaba su aplomo.
—Le agradezco su ayuda, caballero.
Los parroquianos no prestaron atención alguna al incidente y volvieron a sus copas. No era la primera vez que contemplaban una trifulca, ni la última. Stark tomó las riendas de la situación.
—Os invito a mi humilde mesa —ofreció—. No creo que beber a solas con vuestra amiga sea una buena idea. Le prometo que ningún borracho os volverá a dar problemas.
El sajón notó la sonrisa de la mujer debajo de la capucha.
—Será un placer, señor.
Éste hizo un gesto al tabernero:
—Apúntelo en mi cuenta —señaló—. Una botella de brandy y vasos para todos.


II

LA FURIA DEL CORNUDO



Con cierta reticencia, las señoras tomaron asiento, lanzando miradas curiosas a las escaleras, donde las fulanas continuaban trapicheando con sus clientes. Stark descorchó la botella y sirvió bebida para los tres.
—¿Por qué no se quita la capucha? —inquirió—. ¿No tiene usted calor?
La desconocida le acarició la mano con sus blancos dedos.
—No creo que sea una buena idea, caballero.
El contacto de la mujer le produjo un escalofrío: aquello se ponía interesante. El sajón se mostró irónico.
—¿Tan fea es usted, señora?
La mujer rió con ganas.
—Digamos que prefiero pasar desapercibida.
—¿Y eso a qué se debe? ¿Tiene un marido celoso que no quiere verla en lugares como éste?
La desconocida asintió.
—Me gustan los hombres perspicaces —reconoció—. Por su apariencia deduzco que es usted soldado, ¿me equivoco?
Stark confirmó sus sospechas.
—Un mercenario, para ser exactos.
La mujer se mostró interesada.
—Cuénteme cómo es la vida de mercenario, entonces. ¿Ha luchado en muchos combates?
El sajón terminó la copa y volvió a llenarla hasta los bordes.
—No hay nada heroico en la guerra. Los hombres luchan y mueren como borregos, sirviendo a comandantes que venderían a su madre por un plato de lentejas. Olvidad los cantos de gloria, las parrafadas patrióticas y el retumbar de los tambores. Lo único que importa es salvar el cuello y llegar al día siguiente.
La desconocida lanzó una carcajada.
—Es la primera vez que escucho algo parecido.
Stark la secundó.
—Sospecho que es la primera vez que usted habla con uno de las trincheras, ¿verdad?
—Efectivamente. Por cierto… ¿Cómo se llama usted?
El sajón alzó el brandy a la vez que se presentaba.
—Mi nombre es Konrad Stark, señora. ¿Y el vuestro?
La mujer ignoró la pregunta.
—¿Konrad Stark? —inquirió—. Deduzco que usted es…
Stark terminó la frase.
—De la baja Sajonia. Me dijo que se llamaba…
La desconocida volvió a acariciarle la mano.
—Prefiero mantener mi identidad a salvo.
Konrad señaló a la otra mujer que no había abierto la boca durante toda la conversación.
—¿Y su amiga?
—Es mi doncella. Su nombre no tiene ninguna importancia.
Stark encogió los hombros: tanto misterio comenzaba a calentarle la sangre. Deseaba desnudar a aquella mujer y poseerla. Llevaba más de una semana sin compartir el catre con nadie.
—Pensé que era muda —dijo con sarcasmo—. ¿Sólo habla cuando usted se lo permite?
La mujer rió con voz líquida y musical:
—Sí.
El sajón se lamió los labios.
—¿Ha salido sin permiso de alguna mansión, señora?
—Puede ser.
—¿Y qué está buscando?
La desconocida respondió con otra pregunta:
—¿Usted que cree?
Stark la observó con interés.
—Me temo que lleva una vida monótona y necesita un poco de… diversión.
La mujer terminó la copa.
—¿Le importaría llenármela?
—Claro. —El sajón hizo lo que la desconocida le pedía—. ¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Necesita distraerse o no, mi señora?
—Me encantaría hacerlo.

Stark sopesó las posibilidades, calculadoramente, intentando distinguir las facciones de la mujer ocultas bajo la sombra de la capucha. ¿Debería invitarla a la pensión de mala muerte que había alquilado aquella misma mañana o esperar a que pusiera las cartas sobre la mesa? Odiaba andarse con rodeos, por norma pagaba por saciar sus apetitos a la primera furcia que encontrara, todo lo que conllevaba el proceso de seducción nunca había sido su punto fuerte. O conseguía lo que quería lo antes posible, o pasaba a la flor más próxima; el mar estaba lleno de peces para preocuparse por uno solo.

—Se me ocurren unas cuantas ideas, señora.
La desconocida apuró el brandy.
—Me gustaría escucharlas.
El sajón fue seductor:
—Primero salir de este antro —explicó—. Usted merece un lugar con más clase.
—¿Y qué más?
—Conozco un local cercano —prosiguió—. La música es buena y la comida aún mejor.
—No me diga…
Stark añadió con ironía:
—La sirvienta silenciosa también está invitada, por supuesto.
La mujer captó el tono de sus palabras:
—Claro.

Konrad calculó el contenido de su bolsa: apenas le quedaban unas cuantas monedas para continuar de juerga. Visto lo visto, aquello no significaría ningún problema; chulear a una dama para que pagara sus vicios era uno de sus mejores atributos. Si la desconocida había tenido el valor de salir en busca de jarana, acompañada por su criada y sin escolta de ninguna clase, sería capaz de llegar hasta el final de la noche. El sajón esperaba que llevara oro o plata en los bolsillos, de lo contrario, sus planes se irían al cuerno y se quedaría más solo que la una.

—No me parece una buena idea, mi señora —la criada se sumó a la charla—. Apenas conocemos a este hombre y…
Stark la interrumpió:
—Demonios… ¿Sabe usted hablar?
La doncella ignoró la mordaz aseveración.
—Mi señora —continuó—, deberíamos volver al palacio lo antes posi…

En aquel momento, una docena de soldados entraron en el local, formando un revuelo que podría haber espantado a los muertos del cementerio más cercano. A la cabeza del pequeño grupo, un vejestorio ataviado con suntuosas ropas, que tenía el rostro rojo como un tomate, farfulló al borde de la apoplejía:
—¡Perra asquerosa!
La mujer no le prestó ninguna atención:
—Creo que haría bien en marcharse, Konrad.
El sajón sonrió con sarcasmo: las circunstancias mejoraban por momentos. Las situaciones comprometidas e inesperadas lo divertían sobremanera.
—La bola y la cadena, ¿verdad?
—Ha acertado.
El anciano se plantó delante de la mesa echando espuma por la boca.
—¡Guarra! —bramó—. ¡Debería arrancarte la piel a tiras!
Stark decidió intervenir:
—Tómese una copa, abuelo —dijo—. Le noto un poco tenso.
El vejestorio llevó la mano a la empuñadura del estoque.
—¿Quién es usted? ¿Y qué diablos hace hablando con mi esposa?
El sajón lo miró de la cabeza a los pies con la altanería propia de los soldados de fortuna.
—Mi nombre no le interesa en absoluto —contestó—. Lárguese por donde ha venido y deje de tocarnos las narices, compadre.
—Pienso destriparlo como a un cerdo —gruñó mientras sacaba la hoja de un tirón de la funda tachonada con piedras preciosas—. ¡Lamentará su desvergüenza!
Konrad vació el contenido de la copa de un trago.
—¿Usted y cuántos más?
—¡Me basto y me sobro para acabar con un plebeyo de su calaña!
Stark rompió en risotadas.
—La edad le ha hecho perder la razón. —Hizo una señal a los soldados—. Lleváoslo de aquí antes de que cometa una locura.
Éstos lo observaron con expresiones hoscas: la guardia no estaba para risas y chanzas, precisamente.
—Pensaba llevarme a su señora de juerga—. El sajón echó más leña al fuego—. Lástima que haya decidido fastidiarme el plan, abuelo.
El vejestorio le apoyó la punta del arma en el cuello.
—¡Diga una palabra más y juro que le cortaré el gaznate!
Molesto, apartó la espada de un manotazo y le propinó un empujón al viejo, derribándolo por tierra. Sus movimientos fueron tan rápidos que ninguno de los soldados pudo evitar que su señor mordiera el polvo. El jefe del grupo ladró roncamente:
—¡Prendedlo!
Stark se echó a un lado y esquivó el embate de su adversario, dándole una patada en las posaderas que lo envió sobre la mesa de los estibadores. El impacto del guardia tiró la botella del ron al suelo. Colérico, uno de los italianos lo agarró por las solapas de la chaqueta y lo levantó en el aire.
—¡Maldito bastardo! —aulló—. ¡Vas a pagarme una nueva!

Acto seguido, la taberna estalló en una pelea; sillas y botellas volaron por los aires. El capitán de la guardia aterrizó sobre la barra con la cabeza por delante. Gritos de alegría y maldiciones se mezclaron con el sonido de los puñetazos y las mesas rotas. El posadero empuñó una cachiporra y remató al soldado medio inconsciente, de un golpe entre los ojos.
—¡Al fin un poco de acción! —exclamó jubilosamente—. ¡Echemos a estos perros a la calle!
Konrad apuró el contenido de su botella de un rápido trago y la estampó sobre el cráneo del guardia más próximo. Los cristales volaron en todas las direcciones, mientras el individuo se desplomaba de espaldas, con una brecha en la frente. Otro de los soldados le dio un puñetazo en la cara, pero el sajón apenas acusó el impacto y le clavó la rodilla en la entrepierna, dejándolo fuera de combate en pocos segundos.
—¡Menudo cretino! —Se frotó la mandíbula dolorida—. ¡Si golpeas a un hombre a traición puedes terminar con el género convertido en tortilla!

La algarabía degeneró en un pandemónium indescriptible. Tanto, que hasta las fulanas se unieron a la juerga, clavando sus afiladas uñas y dientes en el primero que pillaron por delante. Stark evitó un vaso que estuvo cerca de cercenarle una oreja y extendió la mano hacia la desconocida.
—¿Vamos a otro sitio, señora?
La mujer se echó la capucha hacia atrás: cabellos oscuros y ondulados hasta los hombros, rostro blanquecino con forma de corazón, labios turgentes y carnosos, y ojos negros llenos de malicia. El sajón se quedó con la boca abierta: hacía mucho tiempo que no veía a una joven tan hermosa.
—¿Qué es lo que me propone?
—¡No me extraña que su marido sienta celos! —Depositó los labios sobre aquella boca enloquecedora—. ¡Hasta el mismo Diablo temería convertirse en cornudo si tuviera una esposa como usted!
La desconocida se apretó contra su pecho: el contacto del cuerpo flexible y sensual lo hizo arder de deseo.
—¿Adónde me va a llevar, Konrad?
Éste volvió a besarla: la pensión quedaba a pocos kilómetros de allí.
—Conozco un lugar que le encantará… ¿Qué hacemos con su sirvienta?
La mujer se encogió de hombros.
—Seguro que puede volver a casa sola…


III

DEUDA DE SANGRE



Rápidamente, abandonaron el local, esquivando de refilón a los clientes enzarzados en luchas cuerpo a cuerpo. Stark pasó por encima de un borracho que buscaba sus dientes desperdigados por los suelos y salió al exterior: el aire helado de la madrugada serenó los violentos embates de su corazón. Tomados del brazo, se dispusieron a cruzar la avenida mal pavimentada, llena de agujeros y de baches. Una voz furiosa los detuvo en seco:
—¡Deteneos! —chilló el anciano—. ¡No permitiré que mi esposa se largue con el primer degenerado que encuentre por el camino!
Konrad se volvió y desenfundó la espada; aquel ricachón comenzaba a resultarle una mosca cojonera.
—Ya me ha insultado dos veces, abuelo —dijo fríamente—. Pocos hombres han hecho lo mismo y pueden presumir de continuar con la cabeza sobre los hombros.
El anciano apretó el pomo del arma.
—¡Adelante! ¡No le tengo ningún miedo!
Stark se adelantó unos pasos, lleno de ideas homicidas, listo para destripar al anciano. A trompicones, dos guardias emergieron de la taberna, con los uniformes rotos y las caras ensangrentadas. El vejestorio rugió como un condenado:
—¡Matadlo!
La joven clavó las uñas en el brazo del sajón.
—¡Huid! —suplicó—. ¡O acabarán con usted!
Konrad la apartó con suavidad.
—No se preocupe por mí, preciosa.

El primer soldado embistió a ciegas, poniendo todo el peso de su cuerpo en la estocada, con los dientes rechinando en una horrible mueca. Stark detuvo el violento ataque del arma y contraatacó al instante, deslizando el filo del estoque a lo largo de la hoja de su oponente. El guardia logró reaccionar a tiempo y brincó hacia atrás: había faltado poco para que perdiera las manos. Blasfemando, el otro soldado intentó hundir la punta de su espada en las costillas desprotegidas del sajón. Éste sorteó el acero que buscaba sus órganos vitales y descargó el estoque lateralmente: un grito de dolor se elevó en la noche. Sin transición, derribó al herido por tierra y se encaró contra el guardia que lo había atacado antes: su lluvia de estocadas lo obligó a recular hacia atrás. El anciano asomó la cabeza en el interior de la taberna y chilló a grito pelado a sus hombres:
—¡Perros sarnosos! ¡Salid y acabad con él! ¡Daré una bolsa de oro al que me traiga su cabeza!

Enervado por la adrenalina del combate, Konrad rompió las defensas del soldado y le atravesó el esternón, empalándolo como a una mosca. El guardia escupió sangre y se desmoronó ante sus pies mientras se agarraba la terrible herida. Stark ignoró el cadáver y golpeó con el revés del arma el cráneo del noble:
—¡Cobarde! —masculló—. ¡He matado a dos hombres por su culpa!
El vejestorio se limpió la sangre que le corría por la mejilla.
—¡Mi honor ha sido mancillado! ¡Lo recuperaré o moriré en el intento!
El sajón estuvo tentado en traspasarlo, pero se detuvo en el último instante: le apetecía jugar al gato y al ratón con aquel necio.
—Veo que el honor es un concepto importante para usted, ¿verdad?
—¡Efectivamente!
—Solucionémoslo a la manera de la nobleza. —Enfundó el acero—. ¿Tiene pistola?
Una luz enloquecida brillaba en los ojos del vejestorio.
—¡Por supuesto!
El anciano detuvo a los hombres que salían del local en aquel instante.
—No quiero que intervengáis —repuso—. Tengo una cuenta pendiente que solucionar con este rufián.

Los soldados no comentaron nada al respecto: habían sido golpeados y humillados de una manera indecible por los individuos de la taberna. Todos sabían que, al día siguiente, cuando la historia corriera por la ciudad, serían los hazmerreír del cuartelillo. El jefe de la guardia se acercó al noble y se cuadró de mala manera delante de su persona: un enorme moratón le desfiguraba los rasgos brutales.
—Le recomiendo que deje el duelo, señor —dijo con la boca llena de sangre a la vez que ojeaba los cuerpos inertes de sus hombres—. Se enfrenta a un asesino.
El vejestorio se arrancó la casaca y se la arrojó a su subordinado: la peluca estuvo a punto de caerle sobre los ojos.
—Métase su opinión donde le quepa, soldado.
Konrad cruzó los brazos sobre su fornido pecho y añadió con sorna:
—Es un buen consejo, abuelo. Unos cuernos como los de un ciervo son preferibles a un cajón de pino. Yo que usted le haría caso.
El anciano tronó con fuerza:
—¡Cierre la boca y prepárese para morir!

En las pocas ventanas del local que quedaban intactas, los clientes contemplaban el espectáculo con interés, apostando y trapicheando entre ellos sobre quien sería el vencedor. No tenían la oportunidad de presenciar una escena como aquella todos los días. El posadero tomó un trago de vino y animó al sajón con grandes voces:
—¡Dele su merecido al viejo, compadre! ¡Demuéstrele que con nosotros no se juega!
Stark acarició la culata de uno de los pistolones que tenía metidos en la cintura y replicó:
—Quiero mi parte de las apuestas, tabernero. ¿Están a favor o en contra mía?
El hombretón aceptó unas monedas del borracho al que Stark había roto la cara no hacía mucho tiempo.
—Diez a uno, por ahora.
—Vete preparando el dinero, amigo —sonrió—. No tardaré mucho en recogerlo.

Los guardias rezagados, al ver la oportunidad de ganar una pequeña suma sin demasiado esfuerzo, olvidaron cualquier muestra de rencor y se sumaron al envite: ninguno pensaba desperdiciar aquella oportunidad de oro. El vejestorio ordenó al capitán de los soldados:
—Cuente hasta quince y después dé la orden de disparar, ¿entendido?
El hombre asintió: había apostado por el sajón sin que el noble se percatara de ello.
—Como usted quiera, señor.
Konrad se dirigió al anciano:
—¿Seguro que quiere pelear contra mí, abuelo? —zumbó—. No he visto a sus padrinos por ninguna parte…
Éste se plantó delante de Stark y gruñó secamente:
—No tendrá ganas de bromear cuando vea el contenido de sus propios sesos.
El sajón empuñó su arma.
—De acuerdo.

Ambos hombres se dieron la vuelta, espalda contra espalda, dispuestos a caminar cuando el jefe de la guardia diera la orden.
—Siento lo que ha pasado, señora —dijo Stark a la desconocida—. En breve la convertiré en una joven y hermosa viuda.
La mujer no hizo comentario alguno: al parecer no le importaba demasiado que su marido estuviera cerca de las puertas del Infierno. El capitán de los soldados ordenó silencio a los presentes y empezó a contar:
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…

Ambos hombres anduvieron hacia los extremos opuestos de la calle. El anciano, rígido y orgulloso, con la cabeza alta y los brazos crispados. Konrad, relajado e indiferente, no sin cierto desprecio hacia su contrincante.

—Ocho, nueve, diez, once…

Un silencio sepulcral llenó la avenida. Los faroles iluminaban las armas y formaban sombras en las esquinas. El sonido de los pasos era lo único que se escuchaba en cien metros a la redonda. Las respiraciones se contuvieron durante unos momentos. Ojos curiosos y calculadores no perdían detalle de lo que pasaba.

—Doce, trece, catorce, quince…

Velozmente, los contrincantes dieron la vuelta y apretaron los gatillos de las pistolas. El estampido de las armas pareció uno solo y rompió la quietud de la noche. A través del humo, Stark entornó los ojos y esbozó una mueca burlona: continuaba siendo un certero tirador. El noble boqueó, lleno de asombro, mirando con ojos desorbitados la mancha escarlata que iba llenándole el pecho a la altura del corazón. Éste trastabilló y se derrumbó sobre las rodillas débiles, antes de caer de bruces y expirar con un sonoro gorgoteo. Indiferente, el sajón guardó el pistolón en el cinto e ignoró los gritos alborozados de los individuos que habían apostado a su favor: la noche era joven y quedaban ciertos tratos por cerrar. Los ojos de la mujer chispeaban de excitación.
—Ha sido emocionante —confesó—. Lástima que el viejo carcamal fuera tan cabezota.
Konrad la agarró por la cintura.
—Por lo que veo su muerte no le ha afectado demasiado, mi señora.
La mujer fue práctica:
—Lo nuestro era un matrimonio de conveniencia —admitió sin remordimiento alguno—. Tarde o temprano tenía que acabar.

A Stark le agradó su cinismo: ambos pensaban de idéntica manera. Los dos eran seres bellos y amorales, egoístas en una era de despotismo absoluto, que sólo buscaban satisfacción personal en un continente arrasado por los ejércitos de Napoleón Bonaparte. Sin duda formaban una excelente pareja.

La criada se abalanzó sobre los brazos de la desconocida.
—¡Dios santo! —exclamó—. ¡Ha sido horrible!
La mujer rió de buen humor.
—No te preocupes, pequeña —la tranquilizó—. Te prometo que lo pasarás muy bien con nosotros.

El sajón contempló los cabellos color miel de la sirvienta: no tenía gran cosa que envidiar a su señora. Su filosofía no incluía hacer ascos a nada: no sería la primera vez que se lo montaba con dos mujeres a la vez.

—Aún no me ha dicho su nombre —dijo mientras las conducía calle abajo en dirección a su pensión—. Me muero de curiosidad por saberlo.
La desconocida le acarició la entrepierna.
—Es mejor, por su propio bien, que jamás lo averigüe, Konrad…


FIN


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Última edición por dorianstark el Vie Ago 21, 2009 9:53 pm, editado 2 veces en total
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NotaPublicado: Mié May 20, 2009 12:25 pm 
Ladronzuelo
Registrado: Mié Ago 27, 2008 4:20 pm
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Hola:

Adunto un nuevo relato ambientado en las Guerras Napoleónicas.

Un abrazo

:birrasalud:


http://konradstark.blogspot.com/


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NotaPublicado: Dom May 24, 2009 6:50 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
Mensajes: 434
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:birrasalud: Alex ,te felicito compañero. Un relato divertido y cruel al mismo tiempo, debo confesar que me reí bastante a expensas del pobre anciano. :lol:


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NotaPublicado: Vie Ago 21, 2009 9:26 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
Mensajes: 4384
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Sí, un relato divertido. Enhorabuena, Alex.

Un abrazo.


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NotaPublicado: Vie Ago 21, 2009 9:57 pm 
Ladronzuelo
Registrado: Mié Ago 27, 2008 4:20 pm
Mensajes: 69
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¡Hola!

Gracias por las felicitaciones. Creo que el sajón es el primer Stark sobre el que escribo que no está torturado. ¡El cambio es notable!

Un abrazo

http://es.wikipedia.org/wiki/Alexis_Brito_Delgado


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NotaPublicado: Lun Ago 24, 2009 11:48 pm 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
Mensajes: 4384
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Si no me mandas un relato distinto de la saga Stark y t parece bien, podemos meter éste en el Ragnarok 5. ¿Te parece?

Un abrazo.


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