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NotaPublicado: Mié Mar 18, 2009 7:16 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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Bien amigos, aquí les dejo otro relato corto. Fue mi primera publicación en papel y le tengo mucho cariño.

“EL ÚLTIMO LEGIONARIO”

José Luís Castaño Restrepo

“En los fríos bosques germanos, el grito ahogado de las almas de los muertos se pierde en el viento clamando venganza”

Los ojos grises de Flavius Crasus extrayendo la hoja de su garganta, fue la última visión del aterrado germano antes de morir. El legionario limpió la daga en el cuerpo del bárbaro, que aún se removía en agónicos estertores. Se puso de pie y experimentó un intenso dolor en el muslo izquierdo, producto de la herida recibida cinco días atrás en el traicionero ataque de Avaricus en contra de las tres cohortes romanas de las que formaba parte.
En ese momento, un relámpago iluminó el lóbrego campamento de los bárbaros en medio del claro, develando las tiendas arremolinadas cerca del fuego. Tres centinelas corrieron rápidamente para alimentar la hoguera antes de que la lluvia terminara por extinguirla. Desde hacía varios días no paraba de llover. Para Flavius estaba muy claro que los dioses lloraban a sus hijos masacrados en medio de aquel denso bosque germano.
Acosado por la fiebre y el frío, buscó refugio bajo un gigantesco abeto, mientras la furia de los elementos azotaba su cuerpo y anegaba los alrededores, convirtiendo los primitivos caminos en insondables lodazales. Otro relámpago castigó la floresta, reflejando sombras fantasmagóricas sobre las ramas retorcidas. Formas amenazadoras que le recordaban a los compañeros caídos en la traicionera celada urdida por Avaricus. Para él, se trataba de las almas de sus amigos clamando justicia desde el Elysium. Le pareció escuchar la voz grave y diáfana de su mejor amigo, Titus Didius, perdida en el viento que aullaba a través del bosque, junto con las voces de mil ochocientos legionarios masacrados sin piedad por los germanos en aquella tarde de primavera.
Elevó una plegaría a Jupiter Optimus Maximus y a Belona, la diosa de la guerra, para que guiaran la espada con su aliento, y le permitieran que ésta traición no quedase impune.
Después de una semana pegado al rastro de los bárbaros, su tenacidad había sido recompensada por los Altos Señores. A sus espaldas se encontraba el grueso del campamento germano, el cual dejó atrás al cruzar las aguas del lago al cobijo de la noche. Había alcanzado por fin el lugar donde se encontraba la tienda del galo traidor. Flavius apretó los dientes al descubrir la cabeza de su comandante, Marcus Labienus, ondeando como un trofeo en lo alto del entoldado.
Respiró profundamente y se arrastró en medio del lodazal que tenía enfrente, en dirección a la tienda más cercana, cubierto por la penumbra y evitando a los tres centinelas que se afanaban en alimentar la hoguera en el centro del campamento. Los ojos le brillaban excitados y apenas podía controlar la respiración, mientras su corazón latía con fuerza inusitada al acercarse al lugar donde descansaba el traidor. Penetró en la carpa aguantando el aliento, e intentando distinguir a su presa a través de la pálida luz de una tea que ardía en un rincón. En ese instante, un relámpago iluminó el interior, revelando el fugaz movimiento de una sombra a su izquierda. Flavius apenas alcanzó a hacerse a un lado, cuando la hoja de Avaricus rasgó el aire rozando su brazo izquierdo y levantando una nube carmesí. El legionario se tomó el hombro y, sin darle importancia a la herida, se puso en guardia:
—¿No llamarás a tus perros para que acaben conmigo, maldito cerdo? —bramó desafiante, despidiendo fuego por sus ojos grises.
—No necesito ayuda para acabar con un sucio romano—replicó el aludido, con una expresión demencial en su semblante.
Sin previo aviso y con la mirada enloquecida por la ira, el bárbaro cargó en contra de Flavius. Las hojas restallaron y el legionario, en clara desventaja debido a la lesión en la pierna, perdió el equilibrio. Avaricus esbozó una sonrisa en su rostro porcino y se abalanzó en contra del caído con todas sus fuerzas, levantado chispas de la hoja al golpear violentamente contra el firme, en el preciso instante en que el romano rodaba ágilmente hacia el lado contrario.
Flavius comenzaba a sentir el peso del esfuerzo de los últimos días, mientras veía cómo el líquido vital brotaba sin cesar del muslo lastimado. Temblando y sudoroso, se irguió para enfrentar al inmenso galo que tenía enfrente. Consciente de que no podría derrotar al bárbaro con fuerza bruta, ahora todo dependía de su habilidad. Avaricus cargó nuevamente en medio de una carcajada aterradora, pero esta vez el legionario aguantó el peso del ataque sobre la pierna contraria y pudo rechazar la embestida de su oponente. La violenta acometida dejó el brazo de Flavius resentido. No obstante, el romano apoyó el peso del cuerpo hacía adelante y obligó al bárbaro a retroceder, cortando su labio inferior con el filo de la espada. Avaricus resoplaba furioso, mientras el sudor le bajaba por la cabellera rojiza y escocía sus ojos inyectados de sangre. Se pasó la mano por la boca y sonrió al ver sangre manando de sus labios.
—¡Tu cabeza será un valioso trofeo, romano! —vociferó en tono sibilino, sin quitarle los ojos de encima al legionario—. La colgaré justo al lado de la de tu amado comandante —añadió con una carcajada escalofriante.
Esta vez fue Flavius quien se abalanzó sobre él, esquivando en el último instante el golpe de la pesada arma del bárbaro, y rasgándole el costado con el reborde del gladius, el cual cobró un oneroso tributo de carne y sangre. El galo se echó hacia un lado con el costado manchado con su propio líquido vital.
—Ahora estamos a mano, maldita bestia —exclamó el legionario, sacando la daga del cinto y amenazando al gigante con una hoja en cada mano.
Otro relámpago rompió la oscuridad de aquella tormentosa noche, haciendo refulgir los aceros de ambos contendientes. Avaricus comprendió que el romano era un rival de cuidado. Sin embargo su tradición guerrera no le permitía ceder un ápice de terreno, y mucho menos ante un insignificante romano disminuido y herido. Con los ojos desorbitados, embistió como un toro enfurecido, pero esta vez Flavius hincó la rodilla en el piso y levantó espada en alto, anticipando el movimiento de su rival. la fuerza del ataque provocó que el voluminoso cuerpo del bárbaro cayera ensartado sobre el arma del romano, la cual atravesó limpiamente el esternón, cercenado todo órgano que encontró a su paso y aflorando finalmente por la parte superior de la espalda. Con el semblante del galo pegado a su cara, pudo sentir cómo el último aliento del enemigo dejaba un sabor amargo y metálico en su boca, a la vez que la sangre tibia rodaba por el filo de la hoja y manchaba sus extremidades.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas al agradecer a los dioses por haberle permitido vengar aquella traición. Ahora las almas de los caídos vivirían en paz en la gloria de Elysium, el lugar destinado por los dioses para los héroes de Roma.
Después, Flavius Crasus, con la cabeza de Avaricus pendiendo del cinto como trofeo de guerra, se sumergió en las oscuras aguas del lago para luego perderse en el bosque donde sus enemigos no le encontrarían jamás.


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NotaPublicado: Jue Mar 19, 2009 2:06 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Un relato corto pero contundente, sobre honor y venganza. Me ha gustado. A lo mejor aparece en un futuro número de RAGNAROK, porque merece la pena.

Un abrazo.


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NotaPublicado: Jue Mar 19, 2009 5:44 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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:birrasalud: Gracias gran Kull. Flavius fue el primero de mis personajes épicos. Por ahí tengo otras tres historias de este duro legionario. :vader:


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NotaPublicado: Vie Mar 20, 2009 11:15 am 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Ah, perfecto, las leeré con gusto.

Un abrazo.


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