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NotaPublicado: Sab Ene 10, 2009 6:44 pm 
Guerrero/Brujo
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III

—Me habéis utilizado, viejo lobo —exclamó Argoth, después de dejar que el vino ablandara el muro que ocultaba su verdadera personalidad.
Kyros sonrió, ordenando servir más líquido en la copa del guerrero.
Al fondo, el tañido de los exóticos instrumentos deménidas alegraba la velada, mientras las risas llenaban el ambiente. En aquellos momentos parecía que la amargura de la guerra y la traición no fueran más que recuerdos de un pasado remoto. Al crepitar de la hoguera se sumaba al aroma de la carne que se asaba a fuego lento en el espetón.
— Gozad, hermanos míos —exhortó el viejo con alegría, recibiendo los vítores de todos lo presentes—, ya que no sabemos que nos traerá el mañana incierto.
Tras estas palabras, un grupo de bravos saltó al frente y comenzó a realizar una elaborada danza guerrera que llamó la atención del portador del hacha.
—¿Qué significa esa celebración? —inquirió con interés, sin apartar la atención de las arriesgadas piruetas de los danzantes.
— Es una exaltación a Bhjar, nuestro dios de las Estepas, señor del mar de verdor — explicó Kyros, bebiendo un poco de vino y arrancando un trozo de carne de venado—. Todo guerrero deménida ofrece su esencia al dios para que le colme de valor en el momento de la batalla.
— Interesante —contestó Argoth, desviando la mirada hacia la blanca piel de Zamera, quien se encontraba sentada enfrente, absorta en la celebración. Por unos instantes contempló aquellos bucles amarillos que parecían arder como oro líquido bajo el fulgor de las brasas.
— La verdad es que no os he utilizado, portador del Hacha Negra — reflexionó el viejo sacerdote sin darle mucha importancia.
El guerrero se volvió con recelo al escuchar la mención de su arma.
El semblante apergaminado de Kyros se endureció con un gesto inquietante.
— Veo que la duda os carcome —aseguró con suspicacia—. Todo lo referente a esa hoja os trae confusión y frustración —dijo, bajando los ojos hacia los raros caracteres labrados en el acero.
Argoth sintió un nudo en el estómago. Era como si aquel extraño pudiese leer la angustia y el vacío que desolaban su interior.
Al notar la incertidumbre impresa en el rostro de su invitado, Kyros suavizó la expresión y llenó las copas nuevamente.
—Al igual que vos, soy un instrumento de los dioses querido amigo. Pude anticipar vuestra llegada desde mucho antes de que decidierais pisar estas tierras holladas por la guerra. —La voz de Kyros sonaba alejada y sus ojos perdían la nitidez que le caracterizaban. Argoth imaginó que aquel hombre cargaba un gran peso sobre sus hombros.
—Todos los que hemos sido escogidos por el capricho de los dioses cargamos este don… o más bien esta maldición —prosiguió el sacerdote con aire resignado.
—¿Cuál maldición? —Los labios de Argoth apenas se movieron al pronunciar aquellas palabras. Tenía un rictus grave que le daba el aspecto de un ser de piedra.
Kyros apuró el contenido de la copa y soltó un leve suspiro.
—En mi caso —aseguró el viejo encogiéndose de hombros—, no es otra cosa que poder ver con claridad lo que otros apenas adivinan.
El guerrero frunció el ceño tratando de encontrar sentido a lo que acababa de escuchar.
Kyros sonrió y palmeó el hombro de su interlocutor.
—Puedo ver el futuro tan claramente como vos podéis ver a los danzantes alrededor de la hoguera.
—Sois un hechicero… —murmuró Argoth en voz alta, sin ocultar su estupor.
—Algunos me llaman así —contestó el veterano, arrancando otro pedazo de carne del espetón—. Al principio trataba de ocultar esta condición. Temía que los míos me miraran con recelo, me desterraran o algo peor —continuó, perdiendo la mirada en las flamas que bailaban frente a ellos—. Sin embargo, como habéis visto, con el tiempo esta facultad puede ser de mucho provecho para un anciano como yo.
Argoth se olvidó de todo lo que sucedía alrededor. El festín, las risas y las danzas pasaron a un segundo plano, mientras escuchaba arrobado las palabras del viejo hechicero. Algo en su interior le advertía que aquel carcamal de aspecto andrajoso podría aclarar la bruma que ocultaba su pasado.
El semblante de Kyros se ensombreció al percibir la urgencia en el rostro de su invitado. Soltó un suspiro entrecortado al adivinar lo que sucedería a continuación.
—¿Decidme entonces qué me depara el futuro? —inquirió el guerrero, esperanzado en poder conseguir al menos una de las respuestas que tanto añoraba.
El viejo sonrió con amargura y posó su zarpa nudosa sobre el antebrazo de Argoth.
—Me ponéis en una difícil situación, portador del hacha negra —aseguró en tono sombrío—. Si tan sólo fueseis un simple campesino, tal vez podría abrir para vos los umbrales del tiempo, pero sois un caso especial.
—¿A qué os referís con caso especial? — le interrumpió Argoth con el corazón apretado, al sospechar que la fortuna volvía a burlarse de él.
Kyros le contempló como si se tratase de un crío rebelde, y aquello no hizo más que ahondar la incertidumbre en él.
El viejo esbozó un gesto apaciguador y habló en tono suave.
—Sois alguien especial, Argoth el errante —aseguró apretando el brazo del extranjero—. Vuestro camino no está delimitado por la voluntad, sino que sigue un patrón establecido por lo dioses. Al igual que yo, tenéis una labor que cumplir y lo único que podéis hacer es esperar a que los Altos Señores develen vuestro destino.
El portador del Hacha se sumió en un silencio intranquilo que pareció durar eones. En su duro semblante se podía apreciar una mezcla de ira y resignación. Resbaló la mirada hacia la refulgente hoja a sus pies, y se estremeció al notar el rencor que le devolvía su propia imagen. Era como si aquella arma poseyera un trozo de su alma.
—No es posible —rebatió airado, fulminado al viejo con ojos encendidos—.Todo hombre es libre de elegir su propio rumbo.
— Sin embargo, hay ocasiones en que los dioses eligen a ciertos individuos con características especiales para llevar a cabo tareas que un mortal ordinario jamás podría cumplir —le recalcó Kyros.
—Me niego a creer eso —continuó Argoth, descorazonado.
El viejo esbozó algo parecido a una sonrisa y acarició el gélido metal del Hacha Negra. Éste pareció refulgir al contacto del hechicero.
—En mi caso es la habilidad para ver el futuro, pero vos en cambio… — alzó la mirada y sus ojos despidieron un fulgor inquietante—. Vuestro don es repartir la muerte con presteza. Sólo un hombre con esta particularidad podría poseer una hoja tan especial.
—¡¿Don decís?! —protestó Argoth con un bufido—. Desde que tengo memoria esta arma ha estado en mis manos. No recuerdo quién soy ni de dónde provengo. No tengo idea de mis orígenes ni de mi pasado. Lo único que sé a ciencia cierta es que esta hoja siempre me ha acompañado. A veces creo que vendí mi alma por este pedazo de metal.
Un silencio incómodo se alzó entre ambos hombres, a pesar de la algarabía y la celebración que discurría a su alrededor.
—Escuchadme bien, portador del Hacha Negra —el tono del viejo se endureció y su semblante pareció adquirir dimensiones sobrenaturales—. Esta segur y vos están unidos por el destino. Desde que visteis la luz en este mundo, estabais destinado a portar esta hoja para servir los designios de los dioses —explicó el místico, remarcando cada una de las palabras con gravedad—. Los creadores del mundo guiaron vuestros pasos hasta ella, y borraron vuestra memoria para que nada interfiriera en la sagrada labor que teníais por delante.
Argoth se puso de pie, abrumado por aquella inquietante revelación.
—¡No es posible! —vociferó, en un intento fútil por escapar de aquella terrible realidad.
Kyros aferró su mano con una fuerza impensable para un hombre de su edad, en un intentó fallido por detenerle.
—Aceptadlo Argoth, y no tendréis que sufrir más —aseveró con energía—. ¡Sois la justicia de los dioses en esta tierra plagada por el mal!
El guerrero se abrió paso entre los danzantes, dejando la hoja a los pies de Kyros. Ahora su mente se veía invadida por un vendaval de contradicciones que le sumían en un mar de desesperación. Zamera le siguió con la mirada sin entender lo que estaba sucediendo.

La brisa fría consiguió aplacar la sangre que bullía en sus venas. Al fondo, podía escuchar los ecos entrecortados de la música y las risas de los viandantes. Las palabras del sacerdote habían calado con fuerza en su cabeza, y apenas comenzaba comprender la dimensión de aquella revelación. De pronto, un leve sonido a sus espaldas le hizo volverse de improviso.
Los ojos azules de Zamera destellaron como gemas bajo el pálido destello de la luna. Embelesado, fijo su atención en los sinuosos y calculados movimientos de la hembra. Ésta se acercó, atraída por el fulgor de la mirada acerada que coronaba aquel semblante inexpresivo.
Pasó sus dedos por los músculos forjados en mil batallas, siguiendo con lentitud los senderos que las hojas enemigas habían dejado en aquella piel bronceada. Argoth, excitado, la aferró entre sus brazos al sentir el vaho tibio de aquella respiración entrecortada acariciando su pecho desnudo. Al principio se resistió, clavando sus uñas en la carne del guerrero. Sin embargo el deseo que sentía por el hombre que le había salvado la vida, consiguió romper todas sus defensas, provocando que su cuerpo tembloroso se adhiriera al de Argoth como una segunda piel.


IV

Despertó sobresaltado, con una sensación aplastante en el pecho. A su lado, Zamera le contemplaba con ojos inquietos.
—¿Qué sucede? —inquirió la fémina, sin ocultar la tensión que ensombrecía su rostro.
Argoth se llevó el dedo a la boca, para indicarle que guardara silencio. Aguzó el oído y su corazón se detuvo al escuchar el lamento que traía el viento consigo, acompañado del piafar de las monturas.
Salió de la espesura y pudo ver cómo un hilo de humo ascendía del campamento. Estremecido, se volvió hacia la mujer con el semblante congestionado.
—¡Están atacando el vivaque! —exclamó estupefacto.
Zamera quiso correr en auxilio de los suyos, pero el brazo del hombre la detuvo.
—¡Dejadme ir, dejadme ir! —vociferó, debatiéndose como una loba enfurecida—. Debo ayudar a mi gente... debo salvar al profeta.
—Nada podréis hacer por ellos si os hacéis matar inútilmente — protestó Argoth enfurecido.
La mujer bajó la mirada y se derrumbó a sus pies, consciente de la veracidad de aquella afirmación.
—¡Abajo! —susurró el guerrero al advertir movimiento a su derecha.
En ese preciso instante la figura de un bravo deménida se materializó en el claro. Estaba desnudo y el asta de una saeta asomaba detrás de su hombro derecho. Argoth se pegó al suelo, aferrando el cuchillo de batalla entre sus dedos. En ese momento recordó que había abandonado el hacha a un lado del anciano la noche anterior. Pero no era el momento para reproches, sus aguzados sentidos estaban en guardia, prestos a actuar en cualquier instante.
El piafar de un caballo disparó la adrenalina en sus venas. La estampa de un mercenario sureño surgió de la espesura como una aparición fantasmal. Portaba una lanza de caballería de hoja ancha, y un peto de cuero endurecido sobre un sayo maloliente. Una expresión cruel asomó en su cara al notar al desvalido deménida a su merced.
Se lanzó al galope para destripar a su víctima con la pica, pero demasiado tarde descubrió la sombra que surgía a su izquierda a toda velocidad. Argoth embistió al jinete con todas sus fuerzas, haciéndole perder el equilibrio. Sorprendido, el sureño intentó ponerse de pie, pero el guerrero saltó con increíble agilidad sobre él, hundiendo la hoja hasta la empuñadura en su gaznate. El hombre cayó de rodillas, con los ojos desorbitados y una expresión de estupor en su semblante moribundo. Argoth permaneció en silencio, contemplando como aquel miserable dejaba el mundo en medio de grotescos estertores. Extrajo el cuchillo y revisó el cuerpo en busca de algo de utilidad.
Mientras tanto, Zamera corría en auxilio de su coterráneo. El hombre formaba parte de la guardia personal de Kyros y les relató cómo un nutrido grupo de mercenarios había caído sobre ellos poco antes del amanecer. A pesar de las heridas, los ojos del guerrero refulgieron con rabia al contar cómo aquellos bastardos eran liderados por el mismísimo Birek.
El rostro de la mujer se tiñó de dolor al escuchar aquello. El destino de su clan estaba en vilo por causa de uno de los suyos. El resto del relato no omitió detalle acerca de la vil masacre que siguió a continuación. Argoth, quien apenas conocía a aquella gente, no pudo ocultar su indignación al saber que Birek en persona había matado a varios de sus congéneres, bajo la atenta mirada de sus improvisados aliados.
—¿Y Kyros? — preguntó Zamera con voz quebrada, temiendo lo peor.
El bravo deménida hizo un esfuerzo para sentarse en la hierba. En su tez congestionada se apreciaba el dolor que le carcomía por dentro.
—Antes de escapar, pude ver que los mercenarios lo ponían en cadenas — confesó con tristeza, humillado al no haber cumplido con su deber.
—Es de suponer —intervino Argoth—, vuestro profeta es un tesoro muy preciado para esos bastardos.
—Debemos salvarlo —exclamó la chica esperanzada, al saber que Kyros continuaba con vida.
—Es imposible —objetó el herido con voz fúnebre—. Lo llevarán al fuerte.
El semblante de Zamera se oscureció con un gesto de consternación, que no pasó inadvertido para el portador del hacha.
—¿De qué fuerte habláis? —inquirió con cautela.
—La fortaleza que los legionarios levantaron el verano pasado a orillas del río —contestó el deménida con desilusión—. Hemos tratado de atacarla sin éxito en varias ocasiones.
— Es inexpugnable —terció la muchacha con un deje de dolor en su voz—. Mi propio padre cayó en el último asalto.
Argoth, pensativo, perdió la mirada en la columna de humo que surgía del devastado campamento, tratando de dilucidar un plan coherente para salvar aquella situación. Después de un buen rato se volvió hacia los dos deménidas. Zamera había extraído la saeta, y envolvía el hombro de su compañero con un trozo de su propia túnica.
—Debéis guiarme hasta ese fuerte —ordenó con firmeza.
Consternados, ambos le miraron en silencio como si fuese un demente.
—Pero… ¿habéis perdido la cabeza? —exclamó la chica sorprendida —¿no habéis entendido una sola palabra de lo que hemos dicho?
El guerrero no respondió, su semblante inexpresivo parecía traspasar a la mujer con la mirada.
—Estáis buscando la muerte, forastero —observó el herido, terminado de atar el improvisado vendaje—. Ni con un ejército podríais cruzar esa empalizada infernal.
Los labios de Argoth dibujaron algo parecido a una sonrisa.
—Tal vez un ejército nunca pasaría, pero un solo hombre quizá tenga oportunidad —aseguró en el tono burlón, propio de aquel que desprecia la muerte.

El firmamento ya se pigmentaba de rosa y naranja cuando las dos figuras que avanzaban a través de la planicie alcanzaron la margen del río. A lo lejos, la estructura del fuerte destacaba en medio del mar de jade que la rodeaba.
Zamera guardaba silencio mientras el portador del hacha se preparaba para la incursión. Argoth la miraba de soslayo, recordando los intensos momentos vividos la noche anterior.
—¿Por qué hacéis esto? —preguntó la mujer rompiendo su mutismo.
Argoth le dirigió una mirada desinteresada, sin dejar de afilar su cuchillo con un movimiento suave y rítmico.
—Tengo algo de valor en el interior de esa fortaleza —contestó alzándose de hombros.
La chica frunció el ceño y sus ojos destellaron con interés.
—¿Os referís a esa arma terrible repleta de grabados misteriosos?
El guerrero asintió, volviendo los ojos al filo de la faca.
—Me parece que estáis mejor sin ella —le confesó con franqueza—. Es un instrumento maligno. Nada bueno puede haber detrás de ese metal negro.
Argoth sonrió sin alegría.
—¿No son malignas todas las armas? —le refutó con ironía—. Están hechas para arrebatar vidas y llevar tristeza a todo aquel que tiene contacto con ellas.
—Pero también sirven para salvar vidas… vuestra propia vida. Son las herramientas para defender un pueblo de bandidos y déspotas —protestó la muchacha.
—Es un mal necesario —contestó el guerrero, revisando el filo con la yema de los dedos. Satisfecho con su trabajo, se aprestó a terminar de prepararlo todo para la dura noche que le esperaba.
—¿Eso significa esa hacha para vos? —insistió Zamera con altanería —¿Un mal necesario?
Una sombra de amargura cruzó el rostro del guerrero. Fijó su atención en la bella fémina y dejó escapar un suspiro de resignación. Hubiese querido decirle que esa arma era una carga, un peso del que por desgracia no podría librarse sin antes haber resuelto el misterio de su pasado y la incertidumbre que le deparaba el futuro.
—Así es… —respondió con sequedad, dándole la espalda y enfilando hacia a la orilla del río.

El portador del hacha alzó la mirada al cielo y sintió que los dioses estaban de su lado. Un inesperado cúmulo de nubes se arremolinaba sobre la planicie, opacando el brillo argento de la luna que flotaba en el firmamento.
Revisó por última vez sus armas, sintiéndose desnudo al no contar con la segur que siempre le había acompañado. Desvió su atención hacia la masa negra del fuerte, donde el destello de las teas en la empalizada, confirmaba la presencia de vida en aquel lugar. Después de asegurar una soga de cáñamo al cinto y atar su cabello en coleta, se volvió hacia la silenciosa mujer que le contemplaba con preocupación a unos pasos de allí.
Intercambiaron miradas por unos segundos que parecieron eternos. Argoth sabía que las palabras eran inútiles en aquellos momentos. Intentó hablar, pero sus labios no quisieron moverse. Dibujó un gesto fugaz y se dio media vuelta. Fue entonces cuando sintió el roce tibio de Zamera aferrando su mano, y no pudo evitar tomarla entre sus brazos y robar el néctar de su aliento con pasión desenfrenada.
—Volved a mí —musitó la mujer con voz queda.


V

Se sumergió en las negras aguas, sintiendo cómo aquella gelidez dilataba sus vasos sanguíneos y apretaba cada fibra de sus músculos, preparándole para la dura faena que le esperaba. Apeló a todos sus fuerzas para librar la corriente que amenazaba con arrastrarle río abajo. Cuando por fin alcanzó la orilla opuesta, desfalleció, tratando con desesperación de recuperar el resuello. Alzó la vista hacia la empalizada que se levantaba a unos doscientos pasos de allí, y sintió un nudo en el estómago al imaginar que en estas condiciones nunca podría escalar aquel obstáculo. No obstante, al recordar que el arma que regía su destino le esperaba al otro lado, exprimió los últimos bríos de su voluntad y decidió seguir adelante. El hedor añil del musgo y la madera podrida invadió sus fosas nasales, al arrastrarse a través del barro en dirección al punto más cercano de la fortaleza. A lo lejos, podía escuchar el murmullo apagado de los centinelas en lo alto de la empalizada. Si todo salía según el plan, aquellos hombres serían su mayor preocupación antes de abrir las puertas.
Desde su posición, los gruesos troncos parecían alzarse hasta el infinito. Calculó que tendrían unos treinta codos de alto, contando la aguda punta que los remataba. Al ver esta soberbia obra de ingeniería, comprendió porque los deménidas se habían estrellado contra estas sólidas defensas. Se necesitaba más que valor y arrojo para librar esta barrera.
Aplastó su corpachón contra el suelo al advertir el destello inquieto de una tea rompiendo la oscuridad. Las formas difusas de un grupo de soldados aparecieron frente a sus ojos. Vestían las faldillas y cotas escamadas propias de los legionarios admelaharianos, pero algunos de ellos portaban los yelmos cónicos rematados en punta que solían utilizar los mercenarios orientales. Argoth llegó a la conclusión de que aquel lugar no era otra cosa que un nido de víboras, una guarida de bandidos. La patrulla se detuvo en la orilla del río y se dispuso a deshacerse de la macabra carga que traía consigo. El guerrero se estremeció al ver la masa sanguinolenta que una vez fue un ser humano, siendo arrojada sin ceremonia a la oscura corriente. Estupefacto, se preguntó si aquel despojo no sería el cuerpo de Kyros. Si era así, habría llegado demasiado tarde para salvar al anciano. Sin embargo aquello no importaba, ya que aún debería recobrar su preciada hoja negra. Con Kyros o sin él debía seguir adelante con la incursión.
Esperó a que los soldados se perdieran de nuevo en la espesura antes de intentar escalar los muros de madera. No obstante, la duda le invadió al imaginar que en medio de aquel sobrecogedor silencio el sonido del gancho retumbaría como un trueno. No esperó más, con un fuerte impulso lanzó la cuerda hacia las alturas y esperó el eco metálico que le confirmaría el agarre de la soga.
Su corazón se paralizó por unos instantes a escuchar el golpe seco. Esperó un tiempo prudencial, creyendo que aquel sonido había atraído a todos los centinelas. Pero no, lo único que percibía en los alrededores era el sonsonete cansino de los grillos y el croar de las ranas.
La ascensión fue un poco más difícil de lo que había imaginado. Las astillas del tronco le rasgaba la piel, hendiendo su carne dolorosamente. Sin embargo se obligó a seguir adelante, haciendo caso omiso de las molestas heridas. Se deslizó al interior de la plataforma con el sigilo de un gato montes. En ese instante su pecho estaba a punto de reventar y sus manos no dejaban de temblar debido a la tensión. Contempló la masa oscura que se abría a sus pies y descubrió que aquel lugar era más grande de lo que había pensando. Tres barracones se situaban de forma estratégica alrededor de una plaza de armas. Imaginó que el más grande albergaría a los oficiales y las bodegas, y los dos restantes servirían para las tropas y los caballos. En medio de un sobrecogedor silencio, se aprestó a cumplir con su parte de la misión.
La luna consiguió burlar a las nubes por unos instantes, regando su brillo espectral por todo el lugar. Argoth se detuvo de golpe al advertir el destello fugaz que asomaba a unos pasos de su posición. Si no hubiese sido por la reina de la noche, aquel centinela habría pasado inadvertido. Después de todo, los dioses parecían estar de su lado en esta ocasión.
El mercenario tan sólo dejó escapar una exhalación al sentir la fría hoja de Argoth hincándose en sus riñones. El guerrero dejó caer el cadáver al otro lado de la empalizada, no sin antes apropiarse de su yelmo y la cota de lino prensando. Además de la faca, ahora contaba también con una lanza y una espada corta. Confiado en que podría pasar desapercibido entre los demás guardias, salió de las sombras en dirección a la plaza de armas.
Entonces un pálpito en el corazón le hizo volver la mirada hacia la edificación principal. Una certeza que brotaba del fondo de su alma parecía asegurarle que en aquel lugar se hallaba la causa de todos sus desvelos. Horrorizado, creyó escuchar un murmullo que le llamaba a gritos, un sonido templado y frío que no podría ser producido por una garganta humana. En ese instante, comprendió que de alguna manera grotesca la hoja negra clamaba por su dueño. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dar media vuelta y adentrarse en aquel barracón en busca del arma. Sabía que sin la ayuda de los deménidas nunca podría salir con vida de aquella fortaleza. Alejó los gritos que aquejaban su mente y enfiló hacia las puertas.
Cuatro hombres se apretujaban alrededor de un brasero. Hablaban en voz baja y apenas reaccionaron al notar al hombre que se aproximaba. Argoth repasó la situación sin dejar de caminar hacia su objetivo. Los rebordes de bronce que remataban el pesado madero que bloqueaba el portalón, apenas refulgían al ser iluminados por las llamas del brasero.
Argoth ya podía ver los rasgos afilados de los centinelas. Reconoció la piel oscura y el cabello ensortijado de tres sureños, y la piel lechosa y tez achatada de los orientales en el cuarto mercenario.
Aspiró el aire cargado por el humo del brasero y empuñó la lanza hasta que los nudillos palidecieron. En ese instante uno de ellos, el hombre de aspecto oriental, percibió que algo andaba mal. Sin embargo antes de que pudiera reaccionar, la pica de Argoth ya le había atravesado las entrañas.
Antes de que se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo, el cuchillo del guerrero ya había cercenado la garganta de segundo y estaba a punto de dar cuenta de los dos restantes.
Estupefactos, los mercenarios desenfundaron sus espadas y arremetieron en contra de la masa nervuda que les hacía frente. Argoth se libró del yelmo y su rostro fruncido, semejante al de una bestia enloquecida, hizo titubear a sus rivales.
Uno corrió gritando en busca de ayuda, pero antes de poder dar cinco pasos, tenía una faca clavada en la nuca.
El grito de alarma rompió con el silencio que envolvía la fortaleza. De todos los rincones comenzaron a escucharse voces conmocionadas. Argoth comprendió que no podría perder tiempo. Al notar el miedo en su contrincante se arrojó sobre él para zanjar de una vez por todas aquel asunto. El hombre, aterrorizado, dejó caer la hoja, corriendo despavorido hacia la seguridad de las sombras.
De inmediato, el guerrero fijó su atención en el tronco que sellaba las puertas. Ya podía escuchar los gritos y la confusión que comenzaba a apoderarse de la fortaleza. Sus músculos se tensaron como cuerdas de acero y por un instante pensó que su corazón y sus sienes explotarían debido al esfuerzo. No obstante, apeló a todas sus fuerzas para arrancar aquel trozo de madera del umbral. El leño cedió con un crujido, y Argoth se apartó de un salto para evitar que le aplastara los pies al estrellarse contra el suelo.
Acto seguido, apoyó su corpachón en contra del portalón y las hojas cedieron con un sonido sordo.
De repente la muda floresta cobró vida, cuando cientos de de sombra emergieron de la oscuridad, haciendo refulgir sus hojas de batalla. El portador del hacha sintió una profunda emoción al ver que el superviviente de la masacre en el vivaque había cumplido su palabra: reunir a sus hermanos para un nuevo asalto al fuerte. Decenas de bravos deménidas cruzaron el umbral, ávidos de venganza. Estaban armados hasta los dientes y pintaban sus caras con los colores de los clanes a los que pertenecían.
Ahora el clamor en su cabeza se hizo más acuciante y doloroso. Miró cómo los primeros defensores eran arrasados sin piedad por aquella turba enfebrecida, y comprendió que era el momento de actuar. Invadido por la locura del combate, corrió hacía donde dictaba su corazón atormentado.
Abriéndose paso entre la masa de guerreros que luchaban y morían a su alrededor, consiguió llegar hasta el barracón principal. Una lluvia de flechas que caía desde el segundo nivel le obligó a buscar cobijo cerca de una pared. Desde allí pudo ver cómo las oleadas de guerreros eran detenidas por la barrera de dardos, sembrando de cadáveres las inmediaciones. Con la sangre hirviendo en las venas, el portador del hacha negra rebuscó en su mente la manera de ingresar en aquella edificación, a la vez que el murmullo en su cerebro amenazaba con hacerle enloquecer. Era como si un coro infernal infectará sus pensamientos con un clamor sombrío y desesperado. Entonces, la solución se presentó por si sola al advertir las flamas que comenzaban a cobrar fuerza en la primera planta. Los deménidas habían decidido incendiar el edificio para hacer salir a los defensores. No tardaron mucho en verse los resultados de aquella macabra estrategia. Un alarido espeluznante opacó los gritos y sonidos del combate, cuando una tea humana abandonó la estancia. Todos le abrieron paso hasta que se desplomó convertida en una masa calcinada y deforme. Los que consiguieron salir indemnes del fuego se enfrentaron a las hojas ávidas de sangre de los nativos. En medio de este espanto, Argoth decidió adentrarse en aquella trampa mortal en pos de su destino. A lo lejos, creyó escuchar la voz de Zamera clamando su nombre con angustia.
Las llamas estiraban sus hambrientos apéndices en busca de la carne del osado humano que se atrevía a usurpar sus recién conquistados dominios.
El guerrero cruzó la galería principal, evitando las flamas que devoraban todo a su alrededor. Varios cuerpos se arrastraban a sus pies, asfixiados por el humo negro que enturbiaba la visión. Horrorizado, pudo ver cómo un pesado leño se desprendía del techo y trituraba las piernas de un miserable que aullaba con desesperación, mientras el fuego se prendía a su humanidad.
No obstante, la visión de estas atrocidades no pudo erosionar la determinación demencial que le impulsaba a seguir adelante, como si fuese una marioneta en manos de los dioses. Vislumbró las escaleras que llevaban al segundo nivel y olvidó las quemaduras que comenzaban a atormentar su cuerpo. Ascendió por el estrecho pasaje, empuñando la espada corta en la diestra y el cuchillo en la siniestra. En medio de aquella confusión, se abrió paso a través de los horrorizados mercenarios que se agolpaban allí, debatiéndose entre morir abrazados o desollados por sus enemigos. Algunos continuaban lanzando saetas y cobrando vidas enemigas, decididos a caer matando. En sus rostros sudorosos se podía apreciar la resignación sombría del condenado. Otros en cambio, intentaban alcanzar el techo de la edificación en un intento de salvar sus miserables vidas, mientras eran atacados con picas y dardos desde el exterior.
El corazón de Argoth latía con fuerza, imantando por el llamado misterioso que hacia eco en su pecho. Consiguió librar el nudo de hombres que le cerraba el paso, alcanzando un amplio corredor iluminado por braseros de bronce. Giró sobre sí mismo al advertir el crujido de la madera a sus pies. Su sorpresa fue mayor al descubrir al hombre que se abalanzaba sobre él, con los ojos desorbitados por la locura. Sin embargo basto un tajo de la espada para solucionar aquel problema. Después de acabar con dicha faena, centró su atención en la puerta de cedro al final del pasillo. Un dolor agudo le traspasó el cerebro, un aullido desesperado que pareció fundir sus neuronas en un torbellino de agonía. Con las sienes a punto de reventar, corrió como un poseso en dirección a aquel lugar. La puerta se estremeció cuando cien kilos de carne prieta se estrellaron contra ella con todas sus fuerzas. Un golpe más fue suficiente para echarla abajo.
Al otro lado, Argoth reconoció el rostro estupefacto del deménida traidor. Los ojos de Birek se iluminaron con un destello ponzoñoso, mezcla de estupor, ira y locura. Un lino ensangrentado cubría la parte del rostro que el Hacha Negra había desfigurado. Con él se encontraba un sujeto barbado, de tez aceitunada y ojos altivos. Sin duda era quien comandaba las huestes de mercenarios acampados en aquel fuerte.
Una sonrisa inquietante se plasmó en la tez enrojecida del guerrero. Al parecer, había sorprendido a los bribones en el momento en que planeaban su fuga. Sobre la mesa descubrió varios sacos repletos de monedas y objetos de oro y plata, además de gemas preciosas. Sin duda parte del botín saqueado en las aldeas reducidas a ceniza por esta banda de asesinos.
Entonces, los ojos de hielo del portador del hacha se fijaron en el bulto envuelto en piel que destacaba en un rincón. De inmediato se vio invadido por una certeza que le dejó sin aliento. Volvió la atención hacia los dos mal nacidos que le contemplaban con horror, y avanzó hacia ellos empuñando sus armas.
El sureño se acercó y vació el contenido de uno de los sacos sobre la mesa. Su rostro cicatrizado dibujó una mueca inquietante que le dio un aspecto grotesco.
—Todo esto puede ser vuestro sin nos dejáis salir de aquí —exclamó con voz quebrada, enfatizando cada palabra. Hundió los dedos en las monedas y éstas rodaron sobre las tablas produciendo un tintineo apagado.
—Es inútil —terció su compañero, fulminado a Argoth con profundo resentimiento—. Lo único que corre por las venas de este bastardo es el amor por la matanza.
—Algo irónico viniendo de un traidor que derrama la sangre de su propio pueblo —replicó el guerrero en tono sombrío.
En ese momento, un sonido estremecedor llenó toda la habitación. El suelo se removió con violencia, acompañado de un crujido espeluznante que anunció que parte del edificio se desmoronaba bajo el fuego. El lamento de horror de decenas de gargantas reverberó en la estancia como una advertencia infernal.
Argoth perdió el equilibrio, y el hombre barbado aprovechó para saltar sobre él cómo una bestia enloquecida. Al percibir el brillo asesino que refulgía en los dedos de aquel bastardo, el guerrero se hizo a un lado de manera instintiva. Pese a salvar la vida, no pudo evitar que el acero mordiera su hombro con saña. Un dolor agudo le taladró la cabeza como si se hubiese sumergido en un caldero de metal hirviente. Empero, esta agonía disparó una furia vesánica en su interior que le dio la fuerza necesaria para cerrar su mano sobre la muñeca del atacante. En medio del forcejeo, el semblante del mercenario pasó de la gloria al sufrimiento, al escuchar cómo los huesos de su muñeca crujían bajo la implacable presión de la zarpa de su oponente. Intentó gritar, pero al soltar la daga, los dedos de Argoth se adhirieron a su gaznate sin piedad. El mercenario se debatió con desesperación, pero nada pudo hacer en contra de aquellas manos de hierro que le arrebatan la vida lentamente. En un último intento angustioso, arañó el rostro de piedra que le contemplaba detrás de aquellos ojos impasibles cargados de muerte. No obstante, lo único que consiguió fue consumir sus últimas energías. Poco a poco, sus pupilas inyectadas de sangre se fueron apagando, hasta que ningún rastro de existencia quedó en aquel cuerpo macilento.
Después de acabar con el mercenario, Argoth se estremeció al descubrir que no había rastro de Birek ni de su preciada segur. Atónito, salió al corredor para enfrentarse con el humo que ascendía por las escaleras. En su lucha por recuperar el arma, no había prestado atención al peligro aún mayor que se cernía sobre su cabeza. Con los ojos escocidos y debilitado por la pérdida de sangre, enfiló hacia la ventana. Con un esfuerzo casi sobrehumano, alcanzó el alero y pudo impulsarse hacia arriba. Ya en el techo, advirtió, conmocionado, como las llamas se alzaban por toda la fortaleza, mientras abajo los últimos supervivientes cerraban filas con desesperación, en un intento fútil por detener la furia deménida. En medio de aquella hecatombe, pudo distinguir la silueta que intentaba descolgarse por el otro lado de la empalizada. Sacando fuerzas de la determinación que encendía sus venas, avanzó en pos del traidor, y lo más importante, del arma que regía su destino.



VI

Birek cayó al suelo sin ninguna ceremonia, rodando como un bulto informe. A pesar de la derrota, se sentía complacido, ya que al menos se había hecho con el arma del hijo de puta que había arruinado su vida.
En medio de los gritos de los moribundos y el crepitar salvaje del fuego que consumía el campamento, sus sentidos buscaron el dulce chapoteo de la corriente del río, ya que aquellas aguas —oscuras y gélidas— significaban su salvación.
Apretó el hacha entre sus dedos y le pareció que era mucho más pesada de lo que había creído. Entonces, un crujido a sus espaldas le heló la sangre en las venas. Desconcertado, intentó buscar refugio en un matorral cercano, pero la hoja parecía haberse convertido en un bloque de mármol. Con la herida en el rostro palpitando con fuerza, maldijo de nuevo y se refugió en un roquedal a pocos pasos de allí.
La estampa de su némesis apareció en medio del claro. El refulgir de las llamas y la caricia fúnebre de luna le daban un aspecto sobrecogedor. Birek se apretó contra la roca fría, mientras el sudor perlaba su semblante, escociendo el tajo en la mejilla.
Argoth se detuvo y escudriñó las proximidades, seguro de que aquel patán no podría estar muy lejos. El lamento crujiente de otra atalaya derrumbándose presa del fuego vengador de los deménidas, consiguió romper el tenso silencio que le envolvía. El reflejo plateado que daba vida al río atrajo su atención.
Al ver al enemigo caminado hacia su posición, Birek se aprestó a dar el golpe final. Una sonrisa malsana iluminó su tez desfigurada al vislumbrar la posibilidad de cobrar venganza con facilidad. Aferró el Hacha Negra y se regocijó al imaginar que le daría muerte a aquel maldito con su propio acero.
Ya podía sentir la respiración agitada retumbando en sus oídos y el peso de las botas haciendo crujir la hierba.
Entonces, con todas sus fuerzas, apretó el mango del arma y arremetió en contra de Argoth. Sin embargo, apenas consiguió elevar el hacha del suelo. Era cómo si una energía incomprensible hubiese anclado la cabeza del arma contra el suelo, impidiendo que pudiese levantarla y asestar el golpe.
Los ojos del traidor se colmaron de terror al enfrentarse con el semblante de piedra de su rival. El guerrero se volvió como una pantera al advertir el movimiento tras de él. La mirada de hielo fulminó al deménida al descubrir sus oscuras intenciones. Birek soltó un grito de ira y frustración e intentó levantar la segur con todas sus fuerzas, pero fue inútil, sus brazos no podían siquiera arrastrarla. Estupefacto y confundido, soltó el mango como si se tratase de un metal fundido, contemplando al portador del hacha con un gesto incomprensible.
Argoth avanzó, y el hombre no pudo mover un músculo, paralizado por aquellos ojos indescifrables que parecían arder con la furia de los dioses.
—¡Acabad conmigo de una vez! —le desafío con orgullo herido.
Argoth no contestó, lo aferró entre sus dedos de acero, arrastrándole a empujones en dirección a las ruinas de la fortaleza. Un gesto de estupefacción apareció en la cara del deménida, al advertir cómo su enemigo levantaba aquella hoja oscura con una sola mano, como si se tratase de un vulgar vástago de Abedul. En ese momento comprendió que su destino había sido sellado por los mismos creadores del universo.

El hedor acre de la muerte de entremezclaba con el asfixiante olor de la madera quemada. Los cuerpos se apilaban por decenas por toda el área de lo que horas antes había sido un bastión inconquistable para los nativos. Los vítores de los vencedores opacaban los ruegos de los vencidos. Un clamor estéril, ya que el destino que les esperaba a manos de los aguerridos amos de las estepas era mucho más oscuro que la muerte.
Cuando Argoth ingresó al campamento, todos los bravos enmudecieron. Dejaron atrás la celebración y se sumieron en un sobrecogedor silencio, al ver al traidor desafiarlos con desdén. Birek, aunque vencido, conservaba el veneno en la mirada.
El portador del Hacha se detuvo en el centro del patio de armas. Al fondo, podía distinguir la escuálida silueta de Kyros, acompañado de algunos de sus fieles seguidores. El anciano le contempló sin sorpresa, aunque una amarga sonrisa se dibujó en su ajado semblante. Tenía el rostro amoratado y parecía que iba a perder uno de sus ojos, debido a la terrible golpiza que le habían propinado sus captores. Sin embargo, de su presencia aún emanaba aquella fuerza sobrenatural que parecía magnetizar a todo aquel que tuviese contacto con él.
Argoth arrojó a Birek en medio del corrillo. Un mutismo estremecedor se apoderó del lugar, dejando tan sólo el crepitar de las llamas y el lamento de los agonizantes llenando el ambiente.
El deménida se puso de pie, desafiante. Se pasó una mano por el cabello sudoroso, tratando de buscar los últimos retazos de dignidad que todavía le quedaban.
—¡Qué la maldición de Bhjar caiga sobre todos vosotros, perros de las estepas! —aulló con furia inusitada, quebrando el silencio. Tras sus ojos ardía la locura más siniestra.
Cientos de miradas ansiosas se volvieron hacia el viejo sacerdote, esperando una respuesta a esta herejía.
Argoth se estremeció al advertir el gesto firme, casi inhumano, que surgió de la mano del anciano.
Al instante, una turba embrutecida arremetió en contra de la solitaria figura en medio de la plaza. Cayeron sobre Birek como una manada de lobos hambrientos, despedazándole con sus propias manos, como dictaban las leyes escritas con sangre en aquellas almas crueles e indomables.
El portador del hacha levantó la mirada hacia Kyros, y comprendió que aquel hombre había sido tocado por la misma fuerza incomprensible que dictaba su destino. Una triste sonrisa coronó su rostro al comprender que de un modo extraño, tenía un lazo de hermandad con aquella escalofriante criatura. Al fondo, los agónicos alaridos de Birek eran arrastrados por el viento.

Los ojos azules de la mujer destellaron con recelo. Miró al guerrero afilando con cuidado aquella hoja oscura e inquietante, y algo en su interior pareció quebrarse. En ese instante comprendió que la vida de ambos estaba dividida por ese objeto de destrucción. Con cautela, lo rodeó con sus cálidos brazos, pero él parecía estar hipnotizado por los visos azulados y verdosos que emanaban del arma. Por un segundo ella también se dejó arrastrar por las desconcertantes figuras que brotaban de la hoja, como seres vivientes en medio de un océano de metal fundido. Caracteres indescifrables, que rezaban un poderoso conjuro cuyo significado se perdía en los anales de la creación.
Desconsolada, abandonó la tienda y enfiló en dirección al roquedal que se hallaba a unos pasos de allí.
—Dejadlo ir, mi pequeña loba. —Se volvió al escuchar estas palabras.
Los ojos de Kyros le taladraron el alma, dejándole sin aliento.
—Me marcharé con él —respondió con altanería, mientras un desasosiego inexplicable le corroía las entrañas.
Una mueca atroz ensombreció el rostro apergaminado del viejo.
—Los designios de los Altos señores le tienen reservado un destino que ni siquiera a mí me ha sido revelado —aseguró con tristeza.
Las bellas facciones de Zamera se tensionaron lentamente. En su mirada se advertía un atisbo de duda.
—Es un alma atormentada, que no encontrará la paz hasta que recorra el camino señalado —las pupilas de Kyros ardieron como volcanes—. La maldición del Hacha Negra caerá sobre vos si osáis cruzaros en su camino.
Ahora el rostro de la muchacha se veía manchando por un horror silencioso. Recordó el destello maligno de aquella arma y comprendió que Argoth estaba envuelto en su hechizo.
—Seguid mi consejo, pequeña loba —prosiguió el viejo —el portador del hacha llegó hasta nosotros traído por los dioses. Ahora que su misión ha sido cumplida, deberá proseguir su búsqueda hasta que el mismo Othar lo decida.
Zamera se dio media vuelta, las lágrimas perlaban su nívea tez.
El sacerdote la detuvo y con fuerza inusitada le obligó a volverse. En sus ojos parecía refulgir una fuerza sobrecogedora.
—Tan sólo el sufrimiento y la incertidumbre acompañaran vuestros días si no hacéis caso de mis palabras —sentenció en tono profético.
La mujer apretó los labios en su cara se advertía una sombra de altivez.
—Si ese ha de ser mi destino —exclamó con entereza—, entonces estoy dispuesta a afrontarlo.

Argoth contempló aquel cuerpo soberbio y hermoso que se removía entre las pieles. Se acercó y aspiró el aroma femenino que emanaba de su piel, ansioso por retener aquel instante por toda la eternidad. Enfiló hacia el exterior y se detuvo en el batiente. Se volvió y pareció perderse en la cascada de cabello dorado que ocultaba el rostro de Zamera. Por un momento deseó sumergirse en aquella estampa sublime y dejar todo atrás.
La noche era fría y un viento soplaba con fuerza desde el Norte, anunciando la tormenta. El guerrero abandonó el campamento con un profundo vacío en su pecho. Por un instante, le pareció que el peso del hacha se multiplicaba haciendo más difícil su camino. Entonces, una silueta enjuta se materializó en medio de la senda, como si se tratase de un espectro maligno.
Los ojos de Kyros, inexpresivos, le estudiaron con curiosidad por unos segundos.
—¿Adónde iréis ahora? —le interrogó el anciano.
—A dónde me lleve el destino —susurró el guerrero con amargura, perdiendo la mirada en los relámpagos que iluminaban la llanura a la distancia.
El viejo sonrió sin alegría.
—Sabéis que es lo mejor que pudisteis haber hecho por ella.
Argoth no respondió, el dolor era demasiado intenso y una soledad devastadora cerraba las garras en su pecho, deshaciendo la calidez que Zamera le había obsequiado con amor.
Asintió con dureza y continuó caminando sin volverse.
—¡Oye guerrero! —le gritó Kyros, llamando su atención.
Éste se dio la vuelta, sin emoción.
—¿Conocéis el significado de vuestro nombre? —inquirió.
El portador del hacha se alzó de hombros, no comprendía a dónde quería ir el viejo con aquello.
Kyros esbozó una mueca divertida.
—Argoth —dijo —es una palabra en el antiguo dialecto admelahariano.
Picado por la curiosidad, el guerrero preguntó—: ¿Y qué significa?
—El Servidor de dios —replicó el viejo —Argoth, el errante, el servidor de dios— sonrió—. Los dioses deben tener un gran sentido del humor.

FIN.


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NotaPublicado: Lun Feb 16, 2009 12:12 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Ya he terminado las dos partes de este relato y me ha gustado, es una obra entretenida de EYB que tiene unas fuentes muy claras, pues el Hacha Negra me recuerda a Stormbringer. Se nota que es un relato introductorio de Argoth, el héroe, y que han de seguirle otros donde se cuente su pasado oculto, tan unido al hacha, así como las aventuras del futuro. Supongo que éste es el primer episodio de la saga.

Sólo una pega (personal): me hubiera gustado que el hacha no fuera una segur, que es de una sola hoja, sino un hacha de doble hoja curva, como la que tiene el bárbaro de la pely Tygra. pero ya te digo que esto es personal, el texto merece la pena.

un abrazo.


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NotaPublicado: Lun Feb 16, 2009 8:05 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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En efecto gran Kull, es el primer relato. Tengo otro más largo, de una ochenta páginas. Se titula simplemente "El hacha negra". En este el protagonista se ve envuelto en una desesperada misión de rescate y en la búsqueda de una ciudad perdida dedicada al culto del mal. Aquí Argoth comienza a tener algunos atisbos de su pasado en forma de sueños.
y muchas gracias por haberla leído, sabes de sobra que tu opinión es muy importante para mí, me llena de energía para seguir escribiendo.
Un abrazo. ;)


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NotaPublicado: Mar Feb 17, 2009 11:11 am 
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Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
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Pues adelante y sin piedad con el teclado ;)

Un abrazo.


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NotaPublicado: Mar Feb 17, 2009 6:28 pm 
Guerrero/Brujo
Registrado: Sab Ene 10, 2009 6:17 pm
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:birra: Muchas gracias compañero.


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