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NotaPublicado: Mié May 14, 2014 10:46 am 
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Ladronzuelo
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Fantasmas del Pasado (Primer capítulo)

1
El día está ensombrecido, oscurecido por unos nubarrones que anuncian tormenta. El campo de batalla conserva aún la calma, esa falsa calma previa a una cruenta batalla. A ambos lados del valle están los contendientes, listos para la demostración inminente de poderío militar.

Al sur, los Knöts. Y en su avanzada, una numerosa caballería bien armada: con lanzas los jinetes y duras pecheras y testeras los caballos. Una hilera de infantería equipada con espadas y escudos, blasones rojiverdes y lanzas en segunda línea. Un buen número de arqueros en la retaguardia además de varios carros de combate y grises elefantes armados estratégicamente repartidos entre las líneas de infantería. Todos se muestran luminosos y resplandecientes con armaduras áureas y cobrizas laminadas, ricamente decoradas con símbolos geométricos y rosetones dorados. Vistosas plumas rojas y negras ancladas en hombreras y yelmos aportaban belleza y color; cuero y pieles pardas asalvajan su aspecto aportándoles fiereza.

En el centro de todos, en un carro completamente dorado en forma de cabeza de tigre, se encuentra el rey de los Knöts, Taerkan el bravo, escoltado por los mejores guerreros de su reino, entre los que se encuentra su hijo, el príncipe Onar, a lomos de un gran caballo castaño. Taerkan se muestra envuelto en una bella piel de tigre y oculta sus largos y cenicientos cabellos bajo un ostentoso yelmo coronado. Mira al norte, con semblante desafiante.

Al norte, los Griundels. Equipados con armaduras plateadas labradas en tonos azules. Abrigados con ricas capas azabache rematadas con pieles blancas y grises; yelmos en forma de cabezas de lobos u osos en los guerreros de mayor rango y pinturas en tonos azules y negros adornando sus pálidos rostros. En primera línea del batallón se mezclan jinetes lanceros con un número considerable de carruajes negros puntiagudos tirados por media docena de lobos en cada uno; tras ellos, la formación de infantería con alabardas, espadas, escudos y estandartes azules y negros. En la retaguardia, una extensa línea de arqueros y algunas catapultas.

Próxima a dicha retaguardia, sobre un gran carruaje negro tirado por dos grandes lobos grises y uno blanco, está la joven y bella Kayra, reina de los Griundels, con una elaborada armadura en azul cobalto y plata, una frondosa piel de lobo blanco sobre los hombros y un yelmo con forma draconiana por el que escapaban sus largos y dorados cabellos. Con los ojos fijos en el ejército que asoma por el sur, sin dudar de sí, sin dudar de su gente, pero sí quizás del motivo por el que están allí.

Todo listo para la cruenta lucha, todo menos la verdadera motivación.

Pueblos enemigos, ambos poderosos. Grandes señores de la Inanna, la tierra conocida.

Los Knöts son un pueblo cordial y tranquilo, y joven comparado con el de los Griundels. Cultivan sus tierras, cuidan de sus adorados caballos, de los que se sienten tan orgullosos que hasta aparecen en su escudo de armas; y dominan con gran maestría la lanza y la espada. Son gente noble, que no necesita de grandes riquezas para vivir en paz y armonía. Viven en las tierras del sureste, en una extensa llanura en las siempre cálidas tierras de Messut, cercanas al gran río Bolorma y al frondoso y extenso Bosque del Olvido, llamado así ya que todo el que entra allí parece olvidar el camino de regreso.
Gente recia, de gran fortaleza, pieles atezadas y curtidas, cabellos en su mayoría oscuros. Altos y fuertes los hombres, bellas y vigorosas las mujeres. Gente hermosa, buena y gentil.


Podría pensarse que, por contra, los causantes del conflicto no son otros que los Griundels. Mucho más lejos de la realidad.

Los Griundels son un pueblo también muy apacible. Expertos en el desarrollo de alquimia y toda clase de aparataje que les facilite las labores cotidianas, son gente muy sabia y prudente. También son grandes guerreros, siendo más diestros en el uso de las armas a distancia y grandes estrategas. Gente de ciencia que no titubea en el fragor de una batalla. Son serviciales, aunque retraídos por sus costumbres; aún así son una población próspera que ha sabido aprovechar los escasos recursos de las baldías tierras que les rodean allá por las fronteras montañosas del noreste de Andor.
Su aspecto es blanco, aterciopelado, sus cabellos son claros, en general esbeltos y hermosos con un aspecto fruto de la mezcla del frío hielo de las montañas y la dulzura y delicadeza de la nieve. Siempre buenos anfitriones de quienes buscan refugio allá en sus bastas y salvajes tierras.

Para saber el motivo de esta y otras muchas batallas libradas entre ambos, debemos remontarnos a la Era de la Expansión, era en la que casi todos los pueblos comenzaron a ampliar sus horizontes.

Antes de esta era, poco se conoce de los pueblos existentes. Recuerdos perdidos en las brumas del tiempo que dieron lugar, de modo alguno, al amplio abanico de razas y culturas de la Inanna, tan amplio como extensas eran sus tierras.

Todo comenzó con los pueblos arcaicos, los que existen desde que el hombre tiene memoria:

Los Argulhu, en el noroeste, en las montañas de Kiam.

En las tierras de Safira, en el suroeste, cercanas a los mares más meridionales, se encuentran los Manahí. Es el pueblo de mayor expansión, extendiéndose incluso más allá de los mares que rodean a la Inanna.

Y por último, el ya mencionado pueblo Griundel.

Con el paso de los siglos, otras civilizaciones surgieron en las vastas tierras de la Inanna y fueron conquistando territorios hasta formar cinco grandes reinos más:

Los Krodôs, en la zona más central de la tierra conocida, Maeva, cercana al bosque Enyd; próximos a las faldas de las montañas de Helos. Grandes aliados de los Griundels.

Más al sur, en las tierras de Messut, se encontraban los Kumaij. Y próximos a estos, en las tierras fronterizas al Bosque del Olvido, estaban los Naëtti. Kumaijs y Naëttis tenían siempre disputas por el dominio de aquellos territorios salvajes y ricos, debido a su proximidad.

De los Djahos, poco se conoce. Viven en la región más lejana, allá en las islas del oeste.

Y en las montañas de Helos, en la escarpada frontera norte de la Inanna, se encontraba el reino de los Martu.


Lo que ocurrió en dicha época marcó un antes y un después en la historia. La mayoría de los pueblos ampliaron sus fronteras, creando en numerosas ocasiones grandes conflictos entre regiones cercanas. Zonas fronterizas que constantemente cambiaban de regentes, batallas encarnizadas, trueques y alianzas maritales estaban a la orden del día en esos tiempos.
Sin embargo, hubo un pueblo que no quiso conformarse y el ansia de poder nubló su razón.

Las leyendas siempre son dramáticas a la vez que fantasiosas, no así las que hablan de este pueblo describiéndolo con toda la veracidad y resistencia posible al paso de las generaciones. De ellos se dice que son nigromantes, seres despreciables y aterradores que por su codicia y artes oscuras fueron desterrados más allá de las montañas del norte. Estas leyendas hablan del pueblo de los Martu, pueblo que guiado por una gran ambición se convirtió en el enemigo común del resto de habitantes de la Inanna.

Los Martu, liderados por su rey, Bahoz el destructor, comenzaron a adueñarse de territorios cercanos a su reino, mas no contentos con ello, conquistaron y sometieron a los pequeños pueblos indómitos y desconocidos de las generosas tierras del norte del mar Goi, en Maeva. Después de aquella masacre, criaturas malignas se adueñaron de aquel lugar, transformando el paisaje. Nadie volvió a aventurarse por aquellas tierras a las que tacharon de malditas.

Pronto, el reino Martu, requeriría más poder y le llegó el turno a las tierras ocupadas por los Krodôs.
Los Krodôs, pueblo pacífico con poco desarrollo armamentístico y costumbres tribales, eran vistos por los Martu como un pueblo débil y fácilmente doblegable lo que les permitiría demostrar al resto del mundo su gran poder y obtener un gran número de esclavos con poco esfuerzo. Y aunque era bien sabido por todos que los Griundels tenían bajo su protección a los Krodôs, y estos, como uno de los pueblos arcaicos, disfrutaban de un gran respeto ante los demás reinos, los Martu no cejaron en su empeño de conquistar y esclavizar a todo pueblo conocido.

Tras el anochecer de un frío día de otoño, los Martu cayeron sobre los Krodôs con fiereza. Mas, en contra de lo que el presuntuoso Bahoz pensaba, los Krodôs no se rindieron sin luchar hasta su último aliento, y aunque la batalla fue breve, pues un pueblo de granjeros no era rival ante un gran ejército armado, prefirieron caer a doblegarse.

Los Griundels fueron avisados tan prestamente comenzó el ataque, pero para cuando llegaron sólo pudieron dar sepultura a un elevado número de cadáveres. Rastrearon gran parte de las pequeñas y distantes aldeas que poseían los Krodôs, pero allá donde iban no encontraban más que muerte y destrucción, y ni rastro de supervivientes. En cada aldea sitiada un estandarte gigantesco con la insignia de los Martu daba testimonio de su victoria, vanagloriándose del sendero de desolación que iban dejando a su paso.
Aquel panorama obligó al pueblo Griundel a movilizar sus tropas y a enviar mensajeros a los reinos más cercanos contándoles lo ocurrido y solicitándoles su apoyo en la batalla contra los Martu. Pero pocas fueron las respuestas de respaldo, ya que muchos pueblos creyeron culpables de lo ocurrido a los Griundels por no cumplir con su palabra de proteger a los Krodôs, y hasta se sospechó de una alianza secreta entre Martus y Griundels para apoderarse de todo el territorio debido a la falta de intención bélica de los nigromantes contra los norteños. Griundels se vieron, así, solos en su impotencia.

Como era de esperar, los Martu no se detuvieron ahí, y no dudaron en enfrentarse al reino más cercano, el reino de los Kumaij. Hasta entonces los ejércitos Martu eran conocidos por su brutalidad y crueldad, pero entonces comenzaron a mostrar su parte más tenebrosa y oscura. Hicieron uso de extrañas criaturas, semejantes a quimeras, en las batallas: grandes y pesados seres antropomorfos con hachas o grandes espadas mugrosas por brazos, gigantescos escorpiones con letales aguijones y afiladas tenazas, y colosales águilas con enormes picos y garras afiladas guiadas por jinetes. Además de realizar macabros rituales de tortura con todo tipo de malas artes a sus prisioneros, hicieron uso de extrañas maquinarias tremendamente intrincadas y mortales para propiciar sus victorias ganándose así el apodo de nigromantes y devoradores de almas. Aún con todo ello, la conquista del reino Kumaij no fue tan sencilla como habrían esperado. Siendo un pueblo fuerte y acostumbrado a la lucha, esta duró muchos y largos días.

A pesar de la rivalidad latente entre Kumaijs y Naëttis, estos últimos fueron en su auxilio, probablemente por temor a ser los siguientes en la cruel conquista Martu. Desde el norte, el rey Khellen, ancestro de la reina Kayra, mandó sus tropas con la esperanza de poder enmendar el error cometido y detener el rápido avance de los Martu por la tierra conocida. Naëttis y Kumaijs defendieron arduamente sus tierras y Griundels hicieron lo propio en la zona noreste. Aunque la resistencia fue intensa, las bajas por parte de Kumaijs y Naëttis eran cuantiosas y los días pasaban factura a los cansados guerreros.
Cuando ya parecía que todo estaba perdido, llegó apoyo por el noreste por parte de los Argulhu y de los Manahí, que respondieron a las múltiples peticiones de auxilio de los Griundels. Ni el temor hacia sus artes oscuras, ni su gran fuerza militar pudieron contra el furioso ataque de los cinco pueblos más poderosos de la Inanna, y así, el ejército Martu cayó.

Tras una cruenta lucha, no hubo cantares de gloria ni alegría. Las bajas fueron tan numerosas que la victoria se vio ensombrecida. Los más afectados fueron sin ninguna duda Kumaijs y Naëttis que, casi aniquilados, decidieron aliarse y unificarse en un solo pueblo para un pronto restablecimiento. Formaron una alianza, reforzada por el dolor de las cuantiosas pérdidas, y de esa unión surgió el pueblo Knöt, pueblo que se prometió a sí mismo que algo así nunca volvería a suceder.

Los supervivientes Martu huyeron y fueron desterrados más allá de las montañas de Helos, zona de difícil acceso, pero no satisfechos con esta barrera natural, Griundels, grandes maestros alquimistas e ingenieros, idearon una barrera mágica capaz de contenerlos. Dicha barrera usaba la energía de unos minerales, unos cristales abundantes en las zonas orientales, de tonos azules y verdes, llamados Etties, a los que se les atribuían grandes cualidades mágicas.

Una torre coronada por enormes fragmentos de estos cristales se edificó en cada capital de los cinco reinos, como recordatorio a los caídos y como señal de alarma: mientras los cristales no se iluminasen, la barrera seguiría ejerciendo su labor y los Martu continuarían en el destierro más allá de las montañas.
Los Griundels, aún afligidos por la culpabilidad, se proclamaron los guardianes de dicha barrera para mantener la paz de la Inanna y así recuperar el respeto perdido. Mas su esfuerzo no fue del todo suficiente para el resto de pueblos, que desconfiaban de los norteños y solo veían afán de vanagloriarse en sus actos.

Todo esto forma parte de las antiguas leyendas. Muchas generaciones han pasado y demasiadas cosas se han perdido en el olvido hasta nuestros días, demasiadas, aunque no las suficientes.


2
-No puedo dejar de pensar que esto podría haberse evitado.

-Por supuesto que podría haberse evitado-responde Kayra al capitán de su guardia, Kymil, en tono severo.-, pero incluso los reyes debemos respetar ciertas normas.

La humedad en el ambiente cada vez está más presente hasta que una tímida lluvia comienza a asentar la arena.
Monarcas y consejeros se reúnen entre ambos ejércitos, cruzan algunas palabras de rigor y vuelven a sus respectivos bandos, a la espera de la inaplazable batalla.

En cada batallón se da la orden de avanzar y los contendientes se encuentran con un estruendoso choque metálico. Espadas contra espadas, flechas surcando el cielo sin descanso y escudos ejerciendo su buena función, forman una macabra y acalorada armonía orquestada por gritos de valentía y dolor.
Batallón tras batallón, la lucha se vuelve más encarnizada y todos se ven envueltos en ella. Valientes soldados se entregan a la batalla con pasión y vehemencia, ofreciendo sin reparo sus vidas a la causa. Un escandaloso color escarlata tiñe la arena, arena en la que descansan las almas de los bravos guerreros que sucumben bajo el acero enemigo.

Con intención de acabar con estas costosas contiendas, Kayra y Taerkan acaban enfrentándose cara a cara.

Sus carros se cruzan a gran velocidad, y mientras con una mano sujetan las riendas con las que apremian a las bestias que de ellos tiran, con la otra hacen chocar espada contra espada. Debido a lo infructuoso de su primer contacto, cada monarca hace girar su transporte, entre el gentío que continúa batallando, dispuestos a un segundo asalto. Esta vez, cuando está uno casi a la altura del otro, Taerkan propina un astuto y certero tajo al lobo gris más cercano que tira del carro de la reina Kayra hiriéndole de gravedad y haciéndole así caer a plomo, y con este a los demás cánidos, provocando que el carruaje de la norteña caiga de forma estrepitosa lanzándola por los aires.

A pesar de lo aparatoso de la caída, la joven consigue ponerse rápidamente en pie, y echa una rápida ojeada a su alrededor en busca de su enemigo, que ahora comienza a virar lentamente entre los combatientes y caídos. Acto seguido, oye a su retaguardia un quejido lastimero que la sobrecoge y al buscar su origen descubre que es el lobo blanco que guiaba su carruaje que se lamenta al no poder moverse ya que los cuerpos sin vida de sus compañeros lastran sus intentos de huida. La muchacha, que se compadece de la noble bestia, se apresura para cortar los correajes que a los cadáveres la unen. Mientras, el carro del monarca Knöt se les aproxima a gran velocidad. Una vez queda libre, el lobo blanco sortea con gran celeridad a Kayra y se abalanza directo, dando un gran salto, sobre el ahora sorprendido Taerkan, al que tira bruscamente al suelo haciéndole rodar varios metros sobre la arena.
Para cuando el monarca recupera la verticalidad, el lobo se ha perdido de vista. Entonces, ambos monarcas cruzan miradas, recomponen su actitud combatiente, se hacen con una espada y un escudo cada uno, y se lanzan el uno a por el otro con ferocidad. Las estocadas no cesan y los escudos se interponen reiteradas veces entre el afilado acero y el fatal destino. Mas la juventud y el ímpetu de Kayra no son rival para la destreza y experiencia en combate del viejo monarca, antaño un gran guerrero. La pugna se muestra así igualada, prometiendo una eternidad.

Knöts y Griundels van cayendo según lo va haciendo el sol entretanto Taerkan, Kayra, Onar y su guardia luchan acaloradamente en el corazón de la batalla. Taerkan asesta hábiles estocadas que Kayra esquiva con dificultad, bloqueándolas con su escudo y contraatacando con astucia y celeridad. Dos caballeros Griundels luchan con el fornido príncipe Onar, diestro guerrero en la lucha cuerpo a cuerpo, que se defiende con un hacha a cada mano. Y el resto de la guardia lucha entre sí, tratando a su vez de alcanzar a sus monarcas para así protegerlos.
Tras una certera embestida de la joven, Taerkan tropieza y pierde el equilibrio cayendo al suelo. Kayra aprieta los dientes ante el inminente final mientras que Onar, que se percata de la situación, corre en auxilio de su padre.

La densa negrura tormentosa es quebrada por potentes y destellantes rayos que surcan el cielo.

Y nadie en pleno fragor de la batalla se percata de que una oscura amenaza se cierne sobre ellos.


3
A punto de asestar el que cree que será el golpe final, Kayra cierra los ojos un segundo y respira hondo. Mientras la hoja baja veloz cortando el aire, esta es interrumpida por algo que la sujeta con fuerza. La reina abre los ojos sorprendida y bajo su espada ve a un hombre, o eso le parece ya que su armadura de un brillante color azabache y las deformidades en cuerpo y rostro la confunden. Durante unos instantes no es capaz de reaccionar, momento que el deforme guerrero aprovecha para arrebatarle la espada, emitir un agudo y espeluznante chillido y propinarle un duro golpe en la cabeza que le hace caer sin sentido.

Entretanto, Taerkan consigue ponerse nuevamente en pie mientras varias de estas criaturas deformes lo rodean. Aparecen desde todos los flancos y, aunque el confuso rey lucha y derriba a cuantos puede, su número va en aumento. Onar, que había acudido en auxilio de su padre, se topa de bruces con varios de estos caballeros oscuros a los que derriba de un solo golpe, sin embargo, prontamente más aparecen y se le echan encima de nuevo.

Una marea de negras criaturas cae precipitadamente sobre el campo de batalla arrasando con todo a su paso, dejando tras de sí una estela de silencio únicamente rota por una salva de agudos y desgarradores gritos.

“Cucarachas es lo que son”, piensa Taerkan.

La guerra entre ambos reinos se torna una lucha por la supervivencia en la que dichos bandos se enfrentan codo con codo a este misterioso ejército mas, para su desgracia, les superan sobradamente en número.
Son muchos y además muy resistentes, pues por más que los derriban, vuelven a ponerse en pie a los pocos minutos, resistiéndose a morir.
A esto se le une las extrañas y monstruosas criaturas que les acompañan, bestias desconocidas para los hombres de la Inanna. Grandes lobos de aspecto siniestro y raquítico con afiladas garras de acero corretean acuchillando y desgarrando todo cuerpo enemigo que se cruza en su camino; gigantes con grandes martillos y fuertes corazas toscamente cosidas a la piel lanzan cuerpos por los aires y aplastan a todo hombre cercano impunemente; muchas enormes águilas en tonos grises y verdes montadas por pequeños arqueros descargan flechas de forma armoniosa e incesante; y una variedad extensa de criaturas en forma de insectos grotescos aguijonean y envenenan a diestro y siniestro.



Kayra despierta entre el ruido de pisotones y forcejeos. Durante unos segundos no recuerda dónde está hasta que ve a Taerkan y a Kimyl luchar espalda contra espalda a varios metros de ella. Sigue viva, todos pensaban que estaba muerta y por eso sigue con vida. Trata de levantarse cuando las nauseas y vértigos la atacan debido al fuerte golpe en la cabeza, aun así lo hace justo a tiempo para, instintivamente, agarrar un escudo y parar una pequeña descarga de flechas procedentes del cielo. No tiene tiempo de detenerse para ver el daño en su cabeza aunque nota el calor de la sangre en su yelmo. Vuelve a mirar hacia Taerkan y busca a Onar que, junto con varios caballeros de ambas guardias, sigue derribando de forma brutal los tropeles que se le aproximan. La confusión es tal que ninguno se plantea nada salvo sobrevivir a aquella pesadilla.

Entre la oscuridad se divisa un relámpago blanco que corre de forma acalorada hacia Kayra. Este la sortea en el último instante y ataca a todo cuanto está a su espalda para acabar emitiendo un amenazante gruñido. El rayo blanco no es otro que Weibern, el lobo blanco que lideraba el carro de Kayra, su poderosa mascota. Con el respaldo del gran lobo blanco, Kayra reúne fuerzas para volver a blandir una espada y se abre paso lentamente hasta su guardia para ayudarlos en su lucha. Pero, a falta de unos metros, Kimyl es mortalmente herido.
El capitán de la guardia real Griundel clava las rodillas en la arena y espira su último aliento no sin antes reunir sus restantes fuerzas para atravesar el pecho de su asesino.
La escena sobrecoge a la joven reina que siente cómo se le detiene el corazón por unos segundos y la cólera se apodera de ella; dirige su dolor de forma frenética sobre toda armadura negra que tiene a su alcance, derribando enemigo tras enemigo.

Las tropas se van replegando poco a poco. Tienen que huir pues las bajas son muy cuantiosas y el enemigo sigue siendo numeroso. Se ordena la retirada inmediata, y es en ese instante en el que uno de los gigantes, el mayor de todos, aparece de entre la polvareda y va directo hacia Taerkan. Sin que a nadie le dé tiempo a reaccionar, el gigante asesta un fuerte golpe con su martillo al monarca lanzándole varios metros por el aire, rompiéndole el brazo y deshaciéndose así de su escudo. No contento con eso, antes de que el cuerpo del monarca toque tierra, corre hacia él para rematar el trabajo.

El martillo baja a toda velocidad buscando la cabeza del malherido rey cuando un escudo se interpone en su trayectoria absorbiendo el pesado golpe. Bajo el escudo, Kayra resiste con todas sus fuerzas. Un impacto, otro y hasta un tercero consigue soportar su ya extenuado cuerpo. De inmediato, varios hombres se echan sobre el gigante, incluido Onar que acaba de presenciar la escena y su rabia se ha desbocado. Entre todos reducen con presteza al gigante y siguen lidiando con los pocos enemigos que quedan en el centro del círculo que van formando.
Kayra, agotada y aturdida, suelta el abollado escudo y cae desplomada.

Las líneas se cierran aún más y la posibilidad de huir se atisba, de huir hacia el reino más cercano, el reino Knöt. Varios guerreros ayudan a Taerkan a ponerse en pie mientras que Onar, aunque titubeante al principio, se echa a los brazos a la maltrecha Kayra y comienza a correr en dirección a su reino. Weibern que les acompaña a toda velocidad, va despejándoles el camino mientras que algunos soldados, pocos jinetes y varios arqueros detienen el avance de la marea negra.

Pocos metros de carrera después, son recogidos por un carruaje que les lleva, junto con todos los supervivientes que huyen como mejor pueden, a la ciudad más cercana, a la antigua ciudad amurallada de Kanbas, construida por los Naëtti hace eras y restaurada por los Knöts. Ciudad de altas y gruesas murallas donde podrán resguardarse y reorganizar sus defensas.


4
Tras un sueño agitado repleto de retorcidas y horripilantes sombras, Kayra despierta al fin.
Cuando echa un vistazo a su alrededor, descubre que no reconoce lo que le rodea. Tumbada sobre una cama con suaves sábanas de seda blanca, envuelta por numerosos doseles de colores cálidos, cae en la cuenta de que las pesadillas que la han atormentado en sueños, no eran obra de su imaginación, y eso la estremece.

De pronto Weibern salta a la enorme cama, excitado y contento al ver que su ama está al fin despierta. Con total delicadeza, aun para su gran tamaño, se acurruca en el costado de la joven y produce un sonido similar a un ronroneo cuando esta lo acaricia. En ese instante, una rápida imagen cruza la mente de Kayra, turbándola. Ve claramente a Kimyl, jefe de su guardia y amigo leal, de espaldas, clavando sus rodillas en la arena, atravesado por una espada. También vislumbra retazos de la cruenta batalla llevada a cabo con esos seres oscuros, como si de fogonazos se tratase. Se estremece de nuevo y tiembla al recordar el pánico que se apoderó de todos ante la aparición de ese extraño ejército negro, pánico que les dejó fuera de juego el tiempo suficiente para que les ganasen terreno de forma desmedida.

El ejército negro, esa marea de seres oscuros y deformes que les cogieron por sorpresa y arrasaron con todo a su paso.
Quiénes serían esas criaturas, de dónde vendrían y cómo un ejército tan grande se aproximó sin hacer saltar las voces de alarma. Entre esa tormenta de pensamientos, Kayra vislumbra a su padre que le cuenta de niña la historia de los Martu, el pueblo desterrado generaciones atrás por su ansia de poder y gloria; durante un segundo, la sangre se le congela, pero niega agitando la cabeza, alejando esa idea de su mente. Es un atenazante dolor de cabeza el encargado de cortar toda reflexión, por lo que la joven decide levantarse de una vez de la cama.

Se incorpora con extremo cuidado, pues está dolorida y cubierta por múltiples vendajes, y se aproxima a un espejo que encuentra a pocos pasos de la cama. Observa detenidamente su reflejo en él y, salvo por una leve cojera, el fuerte dolor de cabeza y algunos rasguños y moretones, está bien; está viva. La han lavado y vestido con una rica túnica en color amarillo pálido y un fajín con incrustaciones en oro y plata. Lleva su generosa melena casi suelta, salvo por una labrada trenza que rodea su cabeza a modo de corona. Tiene que reconocer que, con sus dorados cabellos y con la luz que desprenden sus ropajes, tiene un aspecto espectral, casi divino.

Se detiene unos minutos a observar con curiosidad la desconocida estancia: techos altos con exquisitos acabados, paredes con hermosas inscripciones en una lengua desconocida para Kayra (“Debe de ser messinio, lengua madre de las gentes de Messut”, piensa) y puertas rematadas con hermosos arcos, y todo ello decorado con una ornamentación rica en tonos dorados y colores cálidos que le otorgan un ambiente agradable y acogedor.
Lo que ve la fascina.

Entonces sus oídos captan el murmullo de agua fluyendo y se percata de que al otro lado de la sala hay otro arco cubierto por velos y cortinajes livianos que flotan vaporosamente. Sin dudar se dirige hacia el relajante sonido para descubrir un amplio balcón que da a parar a un gran patio interno lleno de zonas ajardinadas, estanques y fuentes donde el agua emana y corre sin descanso. Queda totalmente maravillada por la imagen y se permite olvidar durante unos segundos la razón de estar en ese exótico lugar.

La fantasía toca su fin bruscamente cuando llaman a la puerta. Antes de que pueda alcanzarla, esta se abre y tras de sí aparece un joven alto y bien parecido, de largos y pajizos cabellos que abre sus azulinos ojos de par en par en cuanto ve a la joven reina en pie. Es Ahren, consejero real de la corona Griundel.

-Lamento haber entrado así, alteza –dice sorprendido-. No sabía que estabais ya despierta y como al llamar no contestabais…

-No os disculpéis, es grato ver una cara conocida tras tanta tragedia –le dice mientras esboza una cálida pero escueta sonrisa.

-Precisamente por eso venía, mi señora, a informaros de que el rey Taerkan ansía tener una audiencia con vos lo antes posible para tratar acerca de lo acontecido el pasado día.

-¿El pasado día? Por los dioses, ¿cuánto tiempo he estado en cama?

-Día y medio, mi señora.

-¡Maldita sea! –se lamenta furiosa consigo misma, y añade con autoridad tras unos segundos -: Informad de mi recuperación, decidle al rey Taerkan que iré enseguida. Tenemos muchos puntos a tratar hoy y el tiempo apremia.

Ahren asiente, hace una reverencia y gira sobre sus talones para salir velozmente de la estancia cerrando tras de sí.
Y el silencio vuelve a inundar el ambiente.
Kayra mira con gravedad su reflejo en el espejo, respira profundamente con pesar y abandona también la habitación.



La luz de la mañana entra suavemente por los amplios ventanales, iluminando el lúgubre semblante del rey Taerkan. En la sala, además del monarca Knöt, se encuentran parte de su consejo de sabios, algunos altos rangos de los ejércitos tanto Knöts como Girundels, el príncipe Onar y el consejero Ahren que esperan a la reina Griundel. Las puertas de la sala del trono se abren y la joven reina aparece tras ellas, cruza solemne la sala y se planta delante del trono del rey Knöt. Ambos se miran fijamente unos segundos antes de que ella haga una leve reverencia y él un sutil gesto de aprobación. Su brazo izquierdo está inmovilizado por una fractura y, salvo unos grandes cardenales en diversas partes de su cuerpo y algunas magulladuras, luce sano.

-Mi señor -comienza a decir uno de sus consejeros-, la situación es…

-Estuve en el campo de batalla –le interrumpe con brusquedad. Su voz es vigorosa e imponente-, no creo que sepáis mejor que yo cómo están las cosas ahí fuera. ¿Sabemos al menos a quién nos enfrentamos?-pregunta al resto de su consejo.

-No, mi señor –responde uno de ellos algo temeroso-. Pero por la descripción que habéis dado, todo apunta a que “los desterrados” han vuelto –finaliza con renovado temor hacia la reacción que sus palabras provoquen en su rey.

-¡Eso es imposible! –grita este, dando un golpe tan fuerte con la mano sana en el reposabrazos del trono que hasta los grifos tallados en él parecen sobresaltados-. Fueron desterrados más allá de las montañas de Helos y hasta que las piedras no brillen en el cielo, allí deberán seguir.

-Mas el mal tiene muchas formas de liberarse de sus cadenas –comenta el más anciano de los consejeros. Un hombre menudo de espesas cejas blancas que casi ocultan sus ojos y completamente calvo. Se aprecia un claro tono de acusación en su intervención.

Los agudos ojos verdes del rey se clavan sobre el anciano dirigiéndoles una mirada de desprecio mientras no deja de acariciarse con cierto nerviosismo la canosa barba que le recubre gran parte del rostro.

Como todos sabían en la Inanna, tras las guerras oscuras de siglos atrás donde muchos pueblos se vieron sumidos en el caos, y hasta aniquilados por la aplastante fuerza Martu, en las grandes ciudades de cada reino se elevaron altas torres coronadas por Etties, cristales a los que se les atribuían grandes cualidades mágicas. Dichas torres estaban vinculadas al campo de fuerza que ejercía de barrera entre los Martu y el resto de la tierra conocida.

Según las leyendas, el día que el destierro de los Martu llegase a su fin, estos se iluminarían advirtiendo a cada reino del peligro inminente.

-No tenemos noticias provenientes de Abir de que la gema haya brillado en algún momento, mi señor –dice al fin el jefe de la guardia Knöt. Abir es la gran ciudadela construida tras la unión de los reinos Kumaij y Naëtti al sur, cruzando el río Bolorma; es la principal residencia de la familia real y poseedora de una de las torres coronadas.

De repente, las puertas se abren y un muchacho con la cara desencajada entra, pasa por delante de Kayra a toda prisa, se arrodilla a pocos metros de Taerkan y extiende los brazos dejando ver que lleva un pequeño pergamino enrollado en sus manos.

-Noticias urgentes desde Abir, excelencia–dice entre contenidos jadeos por la carrera.

De repente, la sala se sume en un silencio sepulcral. Nada se oye, ni siquiera la respiración de los presentes, que parecen contenerla y enmudecer al oír las palabras del muchacho. Con el rostro casi del color de sus cenicientos cabellos, Taerkan indica al chico que le dé el manuscrito. Y su expresión no mejora tras leer lo que en él pone.

-La piedra –dice pesada y lentamente mirando hacia el infinito-, está brillando.


5
Conmocionados por la noticia, ninguno se atreve a hablar durante unos minutos. La idea de que los grandes destructores del pasado, los que a sus antepasados tanto costó vencer y desterrar, hayan vuelto, les paraliza.

-¡Esto es todo culpa vuestra! –grita el anciano del consejo, señalando con su huesudo dedo a la joven reina-. Vosotros sois los encargados de vigilar la barrera, de mantenernos a todos a salvo. Habéis descuidado vuestra labor y aquí tenemos el resultado. ¡Pronto estaremos todos perdidos! –mal augura con angustia.

Acto seguido, todos los ojos se clavan en Kayra, que hasta el momento no se ha pronunciado. Sabe que debe ser astuta para lidiar con esta acusación ya que está en clara desventaja. Mira de reojo a Ahren, que se muestra aparentemente calmado pero que oculta con su capa la mano que tiene sobre la empuñadura de su espada, asiente sutilmente a su reina. Sólo necesita un mínimo gesto de orden o que alguien haga el ademán de alzar un arma contra ella para entrar en acción.
Eso la tranquiliza.

-No tengo por qué justificarme ante tal acusación, anciano –responde desafiando con sus aceitunados ojos al consejo-. La barrera ha sido vigilada y cuidada por mi gente generación tras generación, aun cuando todos creían que las antiguas leyendas no eran más que fantasías y cuentos de cuna para nuestros niños. Tan seguros habéis estado que hasta habéis olvidado lo que fue real de lo que no, tan seguros, que ningún pueblo se ha molestado en armarse y prepararse ante lo peor; incluso mi pueblo parece haber olvidado parte de su legado. Y todos sabíamos que lo peor llegaría.

-Suponíamos que estábamos seguros–una voz grave surge a espaldas del rey, tras el trono. No es otra que la del príncipe Onar, que había pasado desapercibido todo este tiempo-. ¿Por qué íbamos a tener que prepararnos ante algo que se nos aseguró que estaba bajo control?

-Porque hasta las maquinarias más perfectas pueden fallar, mi señor –responde Kayra, casi sin mirarle.

Los murmullos se acrecientan a su alrededor, todos se cuestionan las palabras que acaban de oír con tonos sibilantes y rostros de desaprobación.
La joven sabe que les ha dado el motivo perfecto para aumentar la desconfianza hacia su gente, pero no podía seguir ocultando lo evidente. Aun cuando juró que nunca revelaría los secretos acerca de la barrera y su funcionamiento, sabe que es la única forma de enmedar el error cometido y conseguir su apoyo.
Ya era hora de que todos supieran a qué se estaban enfrentando.

-Ilústrenos, mi señora –le exige con voz queda Taerkan.

Kayra mira a su alrededor, buscando los rostros de su gente. Agacha levemente la cabeza y toma aire mientras, en sus adentros, pide perdón a todos sus antecesores por traicionar a su palabra.

-Como bien sabéis, la barrera fue creada especialmente para luchar contra el reino oscuro, no afectándonos al resto de pueblos de la tierra conocida. Ni siquiera es visible a nuestros ojos. No es más que un campo de fuerza que evita que la progenie Martu penetre en la tierra conocida. Esto es gracias a los etties, cristales muy poderosos que, con el uso adecuado, obedecen y memorizan sortilegios por toda la eternidad. Y así creíamos que sería. Por ello se construyó un templo oculto en las montañas de Helos donde se custodia la compleja fuente principal de energía de la barrera que ha sido cuidada y protegida generación tras generación. Sin embargo, varias décadas atrás, observamos que la Móedir Ljós, como llamamos a la fuente madre de la barrera, se debilitaba poco a poco inexplicablemente.

>>Varias veces aprovecharon esa debilidad los Martu, que en reiteradas ocasiones intentaron cruzar la barrera por las montañas cercanas a nuestras tierras y hasta intentaron atacar el templo secreto y así destruir por completo la frontera mágica; mas rechazamos una y otra vez sus tentativas. No obstante, debíamos solucionar la pérdida de fuerza de la barrera no sólo por nuestro bien, sino por el de todos los reinos que confiaban en su eficiente labor. Descubrimos con el tiempo que administrando grandes dosis del susodicho cristal podíamos mantener la barrera durante algunos años, tras los cuales debería suministrarse una nueva cantidad de cristal.

-¿Es por eso que invadisteis nuestro reino, para usar el cristal de nuestras minas? –la interrumpe súbitamente Taerkan.

La acusación es tan tajante que Kayra se bloquea durante unos segundos. El conflicto entre Knöts y Griundels siempre había sido una lucha por el territorio fronterizo, disputa que se había recrudecido en los últimos años. Ya no había vuelta atrás, el motivo de trifulca entre ambos reinos había sido relegado por el regreso de los desterrados, pero, aun con todo, debía responder por sus actos y ya no había razón para ocultar nada; ahora lo único que importaba era solucionar cuanto antes esta preocupante situación.

-Nuestras minas eran abundantes y numerosas, pero gracias a la explotación indiscriminada para su utilización en todo tipo de maquinarias y sortilegios siglos atrás, cuando se confiaba en la perfección de la barrera, hemos heredado una tierra marchita. No nos quedó más remedio que buscar en las minas fronterizas entre nuestros reinos. No era más que una medida provisional entretanto estudiábamos otras soluciones.

-¿Y no creéis que hubiésemos colaborado con vuestra causa de haberla sabido? –pregunta Onar irritado.

-Hice una promesa, mi señor –responde, cruzando al fin sus miradas-. Y como todo noble corazón, debéis saber que por muy en desacuerdo que estuviese, o por muy justificada que estuviese la causa de romper mi palabra, jamás lo haría –mientras termina la frase, sus ojos toman un brillo especial-. Prometí, al igual que todos mis antepasados, mantener en secreto todo lo concerniente al sortilegio que nos ha estado protegiendo hasta ahora, y he intentado cumplir por todos los medios con mi palabra, haya obrado bien o no.

Se hace un breve silencio. Todos sopesan la situación. Todos sienten una gran incertidumbre al no saber qué hacer para solucionarla y el pánico comienza a hacerse latente.

-Lo hecho–interrumpe el silencio Taerkan-, hecho está. Ya no podemos cambiar nada de lo acontecido, mas nuestro enemigo continúa a las puertas de Kanbas y debemos hacer algo inmediatamente. Enviad mensajes al resto del reino y a todos los reinos de la Inanna informando de nuestra situación y solicitándoles todo apoyo que puedan enviarnos, ¡urgentemente! –ordena, y el joven emisario sale de la sala como alma que lleva el diablo. El monarca prosigue:- Alker, Adem, Kihva –y tres hombres salen de entre las filas Knöts para acabar arrodillados ante su señor-. Advertid a vuestras ciudades, pedidles que nos envíen todo el alimento que puedan sin que a ellos les falte de nada. Que refuercen la guardia; como si cada mujer o niño debe blandir una espada. Estamos en estado de alerta máxima.

Los tres hombres se ponen en pie y salen también raudos de la estancia.

-Y ahora la cuestión es –continua el monarca, dirigiéndose a Kayra-, ¿cómo podemos enfrentarnos a ellos ya que no contamos con la protección de la barrera?

-Usando el hechizo que poseen los cristales para acabar de una vez por todas con los nigromantes–le responde esta con una pícara sonrisa.


6
-¿A qué os referís con usar los cristales? –pregunta el jefe de la guardia Knöt algo atónito e intrigado.

-A que podemos usar el poder de las piedras para equilibrar la balanza y, con suerte, para librarnos de una vez por todas de esta pesadilla. El hechizo que posee la fuente madre de la barrera puede sernos de utilidad todavía, solo necesitamos alterar el sortilegio.

Era claro y conciso. Podrían plantar cara al ejército Martu, y no sólo eso, podrían eliminar a toda su lamentable estirpe.
Voces de incredulidad se elevan en la sala.

-¿Y cómo se podría conseguir? –pregunta Onar intrigado, y el resto vuelven a guardar silencio expectantes.

-Sobrecargando el origen de la barrera, sobrecargando la fuente de poder principal allá en el templo de las grandes montañas. Es arriesgado, pero es la mejor opción. La barrera fue creada a partir de la poderosa sangre de su entonces líder, Bahoz el destructor. La sangre Martu está corrompida por el ocultismo y las artes oscuras que dominan, y su poder proviene de su sangre. El hechizo de la barrera afecta sólo a los que mantienen lazos sanguíneos con ellos y a todos los influidos por su perverso poder. Si sobrecargamos la barrera conseguiremos neutralizarles. Sólo y exclusivamente su poder, sin que nos afecte al resto.

Los allí presentes quedan perplejos ante la idea. Sin sus artes oscuras, los Martu no eran más que otro ejercito cualquiera al que era posible vencer.

-Apenas pudimos contener al enemigo el pasado día, ¿qué os hace pensar que podremos atravesar sus líneas, cruzar Messut hasta el peligroso bosque de Enyd y llegar a las montañas? Eso sin mencionar las inhóspitas tierras que rodean al mar Goi y los parajes malditos de Maeva -interrumpe uno de los generales Knöt-. Es una locura, ni aun uniendo ambos ejércitos llegaríamos a los lindes del bosque.

-Un ejército no, pero un pequeño grupo podría pasar más desapercibido –interviene Taerkan. Ambos monarcas cruzan miradas de complicidad por unos segundos. Taerkan había comprendido lo que Kayra pretendía, incluso con el desprecio ancestral entre ambos reinos, no diferían tanto sus estrategias militares y su pasión por defender a toda costa sus respectivos reinos; su honor-. Os proporcionaré a varios de mis mejores soldados si así lo requerís.

-Pero mi señor-le interrumpe el jefe de su guardia-, necesitamos a todos los soldados disponibles aquí, para defender nuestras murallas hasta que vengan refuerzos.

-¿Refuerzos?, ningún soldado será trasladado sin que tengamos idea de cuál será el siguiente paso de nuestro enemigo, y nadie abandonará Abir hasta que no sea estrictamente necesario. Es nuestro último baluarte y si caemos aquí, necesitaremos defenderlo a toda costa –contesta tajante el rey-.De todas formas, no podemos estar aquí sentados esperando una ayuda que puede que nunca llegue.

-¿Qué os asegura que esta Griundel, por mucha sangre real que posea, os está contando la verdad, mi señor? –comenta con tono sibilante el anciano del consejo-. Podría tratarse todo de una vil estratagema para dejarnos sin nuestros mejores guerreros y, una vez indefensos, mostrar sus verdaderas intenciones.

-Mi pueblo y yo estamos tan atrapados aquí como lo estáis vos, anciano. El resto de mis hombres se quedarán en Kanbas luchando para defenderos a vos y al resto; permanecerán a la espera de noticias provenientes de mi reino, al que se le enviarán órdenes inmediatas de acudir en vuestro auxilio para frenar esta hecatombe –responde Kayra con aire desafiante tras tal acusación-. Además, la comitiva sólo requerirá de dos o tres de vuestros hombres más valientes, mi señor-continua, mirando al rey ya con tono más relajado.

-Pero eso no prueba nada, mi señor –replica el consejero.

-¡Es suficiente, anciano! –ordena Onar, y el anciano consejero agacha la cabeza con una mueca de desprecio camuflada con servidumbre. El joven príncipe, mirando a Kayra, prosigue -: Elegid bien a vuestros hombres, yo personalmente me encargaré de escoger a los nuestros. Partirán tan pronto como sea posible.

-Partiremos, querréis decir –contesta Kayra.

Nota la cara de asombro de los allí reunidos. Nadie habría pensado que ella se incluiría en esta arriesgada misión. Incluso Ahren se encuentra perplejo ante esta tesitura.

-Pero, mi señora… -musita.

-No hay nada que discutir, Ahren –interrumpe ella alzando la mano pidiendo así a su consejero que guarde silencio-. Soy la única persona que conoce los secretos del templo y la única que puede manipular el hechizo. Es mi deber y no hay nada que me haga cambiar de opinión.

-¡Pero es demasiado peligroso! –replica Ahren, sin poder contenerse-. ¿Qué será del reino si os sucediese algo?, ¿qué sería de vuestro pueblo?

-Confío en que sabréis tomar las riendas del reino y recurrir a los antiguos escritos para buscarme un sucesor, si algo terrible me sucediese –le responde con una suave pincelada de ternura en la voz-. Confío plenamente en vos. Pero debo hacerlo, no hay más que hablar.

Durante unos segundos los allí presentes se sumergen en un silencio denso, apesadumbrado y consternado. Era evidente que necesitaban una solución y que el plan que proponía Kayra, aunque arriesgado y temerario, era una opción. Sin noticia alguna de los demás reinos, resistir todo lo posible en Kanbas y rezar porque el loco plan de la reina Griundel funcionase era la mejor opción.

Era la única opción.

-En ese caso yo os acompañaré –dice de repente Onar rompiendo el solemne silencio; luego camina hacia la reina. Cuando está frente a esta, hace una reverencia y le tiende su espada en señal de ofrecimiento. Kayra titubea, vacila unos segundos esperando la réplica del rey Knöt, que llega enseguida.

-¡De ningún modo, hijo mío! –dice Taerkan poniéndose en pie, iracundo-. Eres el heredero de mi reino, no puedo permitir que te marches sin más y arriesgues tu vida de este modo.

-No os pido permiso para esto, padre.

-No, rotundamente no. Si vas a tan arriesgada odisea será sin mi aprobación. Sin mi protección –sentencia el monarca clavando una dura mirada en su hijo; los intensos ojos verdes de ambos se cruzan durante largo rato y la tensión se acrecienta.

-Me arriesgaré a ello –responde al fin con convicción el joven-, me conocéis lo suficiente como para saber que perdéis el tiempo tratando de convencerme de lo contrario. La misión será larga y peligrosa y la reina Kayra requerirá de experimentados guerreros. Sabéis que soy diestro en la lucha y perfectamente capaz de cuidar de mí mismo. Conozco estas tierras mejor que la mayoría y no podría estar aquí tranquilo esperando refuerzos que puede que nunca lleguen o que la misión fracase y no haber hecho nada para remediarlo por haber tenido miedo de lo que me deparará el destino. Mi destino, padre, es este.

Onar vuelve a tender su espada a la reina Griundel y esta, finalmente, coloca suavemente su mano sobre la hoja aceptando así el ofrecimiento del muchacho.



-¿Estáis seguro de que no hay una mejor opción, padre?, es un largo viaje…

-Desde luego que no hay mejor opción –responde el rey Valerio, señor de los Manahí, a su hijo-, es nuestro deber apoyar a nuestros aliados los Knöts ante la amenaza de los desterrados. Debemos partir lo antes posible en su auxilio. Son un reino fuerte al que nos conviene mantenernos unidos, hijo mío.

Valerio y su hijo Paulo discuten mientras cruzan escoltados un largo pasillo de piedra al final del cual les espera un carruaje que les llevará a las naves con las que zarparán rumbo a tierras de Messut.



7
Todo son caras de preocupación en el amplio salón. Tres de los grandes señores del reino Knöt, generales de alto rango, y dos por parte de los Griundels, no pueden ocultar el temor en sus rostros ante tan desalentadora situación. Ante ellos, tallado en una enorme mesa, se encuentra un detallado mapa de la Inanna en el cual uno de los generales Knöt señala, con ayuda de una fina barra de acero, su posición en este y varios profieren una sarta de reproches. Discuten acaloradamente una estrategia a seguir para defender la ciudadela mientras el rey Taerkan preside la mesa sentado en un gran sillón, pensativo.

-No debe ser nuestra la iniciativa en el combate, tenemos una altas murallas que nos ayudarán a aguantar aquí y a soportar ataque tras ataque hasta que lleguen refuerzos de los demás reinos –opina uno de los generales Knöt, y varios de los contertulios presentes convienen con la idea.

-¿Qué proponéis –le replica otro-, que nos quedemos aquí encerrados cobardemente e ir muriendo poco a poco sea a manos de esos asesinos o sea de hambre? Hasta las numerosas riquezas de Kanbas tienen su límite, ¡y por designios del destino, el número de habitantes de la ciudad casi se ha triplicado!

-¿Y qué proponéis entonces vos que hagamos, general? –responde el primero-. Ya visteis con vuestros propios ojos lo que pasó en el campo de batalla. Nos superan sobradamente en número, aun confraternizados con los Griundels –dice mirando a uno de los generales Griundel.

-Hemos enviado órdenes para que el resto de nuestro ejército acuda en nuestro auxilio –contesta este apurado-, mas aún no hemos recibido respuesta alguna.

-Mayor motivo para que resistamos cuanto podamos aquí. Esperar refuerzos es la mejor elección.

Debaten sin cesar entre ellos sobre cuál sería la mejor estrategia, mientras Taerkan se haya totalmente abstraído en sus pensamientos. Piensa en el campo de batalla, en cómo los Martu aplastaron casi sin esfuerzo a ambos ejércitos, y piensa en su hijo, al que pronto verá marchar a una misión incierta y arriesgada; y un acongojante dolor le inunda el pecho. Debía protegerlo aun cuando marcharía en contra de su voluntad, pero también debía hacer todo lo que estuviese en su mano para mantener a salvo a su pueblo.

El plan trazado por la reina Kayra era partir de inmediato hacia tierras salvajes y bordear las costas del sur central de la Inanna, para así evitar a las fuerzas enemigas. Aprovechar el reducido tamaño del grupo para pasar inadvertidos, tanto para estos como para las peligrosas tribus de esas tierras, y así culminar la misión lo más prestamente posible. Un plan aparentemente sencillo, pero lleno de acechantes peligros.
Pocos son los valientes que han viajado a tierras salvajes y han regresado para contarlo; varios son los reyes que han intentado conquistar estas tierras sin éxito, y tenebrosas son las historias que se cuentan sobre algunas de esas tribus. Historias sobre canibalismo, sobre ritos religiosos donde se sacrifican humanos, sobre bestias inimaginables y mortíferas. Historias que desasosiegan al monarca. Su hijo, su heredero y único hijo varón, partía voluntario a una muerte segura sin que pudiese remediarlo.

-Lo más recomendable es mantener Kanbas –continua uno de los generales Knöt, cuando Taerkan abandona sus pensamientos-. Es una ciudad fuerte y, ya que no podemos vencerlos en campo abierto, les atraeremos hacia nosotros cuantas veces sea necesario y así mermaremos sus fuerzas.

Las palabras del general hacen que una súbita idea surja en la mente del monarca, inundándola.
Podía proteger a su reino y mantener a salvo a su hijo al mismo tiempo. Solo necesitaba atraer la atención de los Martu cuanto fuese posible. Retarlos a invadir y chocar con las murallas de Kanbas no sólo era la mejor estrategia defensiva, sino que era una forma de garantizar un poco de seguridad a la compañía. Lo que sucediese en tierras salvajes quedaba totalmente fuera de su alcance, pero sí que podía desviar la atención del enemigo y contribuir a la causa.

Estaba decidido.

-Resistiremos aquí y esperaremos respuesta del resto de reinos –les interrumpe súbitamente el monarca poniéndose en pie; y todos enmudecen-. Mantendremos sus ojos puestos en nuestras murallas todo el tiempo que sea posible. Seremos la espina en su costado. Nos convertiremos en su obsesión.



Los pájaros cantan alegremente ajenos a todo mal. Felices juguetean entre las flores y se bañan en las fuentes. El sol reluce en los dorados cabellos de Kayra y Ahren que pasean por los jardines internos de palacio con semblante severo.

-Sé que no queréis que os suplique que recapacitéis, mi señora –dice Ahren-, pero me veo en la obligación de hacerlo. Por vuestro bien y por el del reino.

-Sí, no quiero que me supliquéis. Está decido, amigo mío, al igual que está decidido en qué manos pongo el reino. Nadie más que la familia real conoce los secretos del templo de la Móedir Ljós y sólo los de sangre real pueden alterar el hechizo del gran cristal. Es mi sino, Ahren –sentencia mirando fijamente a los ojos de su consejero.

-Permitidme entonces ir con vos, dejad a otro al cargo. Tenéis más consejeros –le propone atropelladamente.

-Necesito a alguien de confianza para que gestione el reino si algo terrible me aconteciese. En pocas personas confío tanto como en vos, amigo mío; además, dispongo de pocas personas capaces de tal labor en estas tierras. Sin noticias desde Aldgar, no disponemos del consejo para tomar una decisión más acertada. Confío plenamente en vuestro juicio cuando no esté aquí.

-Sí, mi señora –responde apesadumbrado-. Al menos dejadme escoger personalmente una escolta de confianza.

Kayra asiente e invita con un gesto a su acompañante a pasear y disfrutar del bello jardín.

-¿Creéis en realidad que sea buena idea que os acompañe el príncipe Onar? –pregunta Ahren al cabo de unos minutos.

-Es un bravo guerrero y, según he oído, ha viajado a varios rincones de las tierras salvajes, puede sernos de mucha utilidad. Además, si rehusase su oferta, los Knöts podrían ofenderse y en estos momentos, nos guste o no, son nuestra única esperanza de supervivencia.

>> Nuestra falta de aprecio es mutua, pero no queda más remedio que aliarnos si pretendemos que este infortunio deje de acecharnos una y otra vez. Lo único que espero es no traer más desgracia a estas gentes devolviéndoles un futuro heredero moribundo o con aún peor fortuna –dice en tono lúgubre por tal reflexión mientras repara en una hermosa flor blanca en la que reposa una avispa.

-Roguemos a los dioses para que así sea, mi señora. Rezaré para que os protejan en vuestro viaje.

-Rezad mejor para que esta desafortunada coyuntura no vaya a mayores, mi buen amigo –le responde cogiendo la hermosa flor blanca y disfrutando de su aroma una vez ha echado a volar el zumbante insecto -. Vamos a necesitar más que el amparo de los dioses para salir airosos de esto.


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Ladronzuelo
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8
Tras comunicar su plan de resistir en Kanbas, el rey Taerkan hace que los generales se retiren y ordena pasar a su hijo que lo hace seguido por los tres guerreros escogidos por este para el viaje. Los cuatro se colocan a un lado de la mesa y aguardan la entrada de la reina Griundel, que no se hace esperar. Entra seguida por Ahren y dos hombres de aspecto aterciopelado e inmaculado, propio de su raza. Todos se sitúan alrededor de la gran mesa cartografiada. Taerkan preside con su hijo a su diestra y Kayra a su siniestra.

-He aquí los elegidos para acompañaros, mi señora –dice Onar señalando a sus tres acompañantes-. Este es Rostam, gran guerrero al servicio de la corona, de la más indiscutible confianza y gran renombre. Ella es Cyra, sagaz, astuta y maestra de las más elaboradas artimañas. Y por último, mi buen amigo Tafari, venido desde tierras salvajes; nos será de gran utilidad por esos peligrosos páramos –uno a uno asienten según es mencionado su nombre. El primero es un hombre de mediana estatura, cabellos cortos y una larga y espesa perilla trenzada y anillada; una gran cicatriz le recorre el rostro desde la ceja derecha hasta casi la punta del mentón y varias argollas adornan su nariz y cejas. La segunda es una mujer pequeña pero robusta, apreciablemente joven y vivaz. Ambos son indudablemente Knöts: sus pieles doradas, lacios cabellos castaños y sus ojos grisáceos perfilados por negros pigmentos los delatan. Sin embargo, el tercero es un hombre alto y magro de piel azabache, completamente lampiño. Viste ropas de brillantes tonos rojizos, a diferencia de los colores dorados y amarronados típicos de los messinos, y tiene gran parte de la cabeza y brazos cubiertos por pardos tatuajes tribales.

-Será todo un honor acompañaros en este gran viaje, alteza –dice Cyra haciendo una leve reverencia. El resto lo aprueba e imita el gesto -. Estamos a vuestra entera disposición.

-Agradezco encarecidamente vuestra valentía –les responde Kayra con una cortés sonrisa-. Seréis debidamente recompensados al término del mismo.

Los tres guerreros de Onar reverencian nuevamente complacidos y miran al otro lado de la mesa, donde están Ahren y sus hombres, a expensas de una presentación.
La tensión en el ambiente es palpable.
Grandes maestros de la lucha, enemigos desde tiempos remotos, con los que con toda probabilidad se habrán enfrentado en el campo de batalla; ahora debían aliarse y protegerse los unos a los otros si querían que el plan llegase a buen puerto.

-He aquí los escogidos de entre nuestros mejores hombres –dice al fin Ahren-. Este es Argus, gran maestro del hacha y la espada- Argus, de piel blanca, cabello largo castaño claro y ojos de un intenso y frio azul, se inclina con elegancia-. Y este es Oddur, diestro arquero y gran conocedor de remedios sanadores –y este también realiza una correcta reverencia. Oddur es joven, alto y esbelto, de cabellos dorados y cortos, salvo por una larga trenza que le llega al final de la espalda. Su aspecto es algo más desenfadado que el de Argus, al que se aprecia con semblante más estricto.

Los demás responden con un modesto gesto de aprobación y se analizan durante unos segundos, segundos que Kayra tarda en exponerles el plan.

-Procedamos. La finalidad del viaje, como bien sabéis, es alcanzar lo antes posible el templo oculto de las montañas de Helos, fuente de poder de la barrera –dice, señalando con una de las barras dichas montañas-. Para ello deberemos cruzar por tierras salvajes, bordeando las montañas Doruklana, para así evitar a las fuerzas Martu que inundan el nordeste de las tierras de Messut. Una vez hayamos atravesado esas tierras, cruzaremos el paso helado de Jezdca Marly para luego buscar el camino más corto a las montañas del norte.

-Entonces tendríamos que cruzar el desierto de Kanbas, lo que nos llevaría alrededor de un día a buen ritmo; luego podríamos descansar en tierras de la tribu Ynkundu Wahu, de la que es originario Tafari –comenta Onar mientras traza una curva que va desde Kanbas a una zona adentrada en tierras salvajes, próxima a los mares del sur-. A partir de ahí, será mejor que andemos con mucha cautela, hay tribus realmente peligrosas y hostiles que no dudarían en hacernos prisioneros, y eso con suerte. Especialmente deberemos evitar a los Noka Wa Möt –y los semblantes se inquietan ligeramente al oír esto.

-Son gente peligrosa –dice la voz grave de Tafari, con marcado acento-. Antiguos enemigos de mi pueblo. Todo aquel que se acerca a su aldea, muere entre grandes sufrimientos. Desde mi aldea pueden oírse los gritos desgarradores de dolor de los que sufren la desgracia de caer en sus insaciables garras –los rostros se tornan ahora pálidos e inexpresivos.

-¿En qué zona se encuentra esta tribu? –pregunta tras unos segundos Argus. Tafari señala entonces una zona comprendida entre la ubicación de su tribu y el sur del bosque que linda las montañas Doruklana-. Entonces lo mejor sería acercarnos lo más que podamos a las montañas para luego cruzar por el bosque –propone refiriéndose a la extensa zona boscosa que está representada en el mapa.

-Los rumores dicen que en la inmensidad de ese bosque habita un pueblo colgante –dice Onar-. Ninguno de los que han visto el pueblo ha regresado jamás. Se cuenta que son refugiados, hombres libres que no creen en reyes ni en leyes. Quizá sean pacíficos, mas si no lo fuesen, sería mejor pasar desapercibidos allí. El bosque de por sí ya es denso y peligroso.

-Nos moveremos con cautela pues, somos un grupo lo suficientemente reducido para pasar inadvertidos –responde Kayra, y todos dan señal de aprobación.

-A partir de ahí, el camino es bastante incierto ya que poco se conoce de esas tierras y los pueblos que habitan en ellas –reflexiona Onar-. Seguiremos en todo lo posible la línea montañosa hasta cruzar el paso helado y dar a parar con el Mar Goi, en las tierras de Maeva. Necesitaremos comida para al menos diez días y ropajes de abrigo.

-El templo se encuentra aproximadamente aquí –dice Kayra señalando en el mapa un punto en las montañas de Helos próximo al flanco oeste del bosque Enyd-. Si el camino desde Maeva está despejado, será fácil alcanzarlo.

Una vez más todos asienten casi al unísono. Aunque el plan era algo incierto, el objetivo estaba claro y estaban dispuestos a alcanzarlo costase lo que costase.

-El ocaso está próximo –comenta Taerkan-; partiréis al amanecer, cuando el sofocante calor del desierto aún duerma. Preparad bien vuestro equipaje y descansad, el viaje será largo. Y ante todo, os deseo la mejor de las suertes. La vida de muchos depende de ello –y, a medida que las palabras salen de su boca, se borra por unos instantes la preocupación de sus ojos para convertirse en orgullo y esperanza.



Onar está sentado en la cama de sus aposentos.
Pensativo e inmóvil observa a través del ventanal cómo las primeras estrellas comienzan a hacer acto de presencia en el firmamento en el momento que llaman a la puerta. Cuando solicita saber quién llama, la voz meliflua de una mujer responde: -Soy yo, Arihda. Entonces el joven príncipe se dirige a la puerta y la abre lo justo y suficiente para ver a la joven que espera ante ella.

-¿Qué hacéis aquí?

-Me he enterado de que partís al alba. No podíais esperar que no viniera a despedirme –responde poniendo una mano en la puerta, la empuja sutilmente pidiendo así permiso para entrar en la estancia. La joven es hermosa, de cabellos azabachados y piel tostada en la cual unos impresionantes ojos castaños resaltan enmarcados por oscuros pigmentos.

-¿A despediros o a pedirme que no me vaya? –pregunta el muchacho con tono jocoso mientras la deja finalmente pasar.

-¿Por qué pensáis que intentaría haceros cambiar de opinión? Sé lo terco que podéis llegar a ser cuando algo se os mete en la cabeza, no perdería así mi tiempo ni por todo el oro de este mundo –responde tomando asiento en la cama.

-Me permito conservar la duda sobre quién os ha dicho que partiré en horas, mas son pocas las personas que lo saben y esto huele sospechosamente a que mi madre os envía para persuadirme de algún modo para que cambie de opinión –reflexiona el muchacho en voz alta mientras toma asiento junto a la chica.
Arihda sonríe mientras coge con ambas manos la mano izquierda del muchacho, que descansaba en su rodilla. Le da varias palmaditas cariñosas y, seguidamente, la sujeta con fuerza y se la besa.

-Mi madre ha estado hablando con la vuestra, hermano, y dice que está muy afligida por lo que pueda pasaros. Sabéis que Alissha es una mujer fuerte y poseedora de una gran templanza, pero es comprensible que tema por vuestra suerte.

-Soy consciente de lo que mi querida madre puede sufrir y de lo que sufrirá de aquí en adelante, pero conociéndome como debería, sabrá que no dejaré en manos del azar la suerte de mi pueblo –repone Onar. Sujeta las manos de su hermana y se las besa también-. No permitiré que nada malo os pase.

-Lo sé. Sólo os pido que, por favor, regreséis con vida –dice Arihda; Onar sonríe y ambos se funden en un tierno abrazo.



Es de madrugada cuando suenan voces de alarma. Kayra, Onar y el resto de la compañía saltan inmediatamente de sus respectivas camas y, tras vestirse con presteza, se dirigen a la sala del trono donde se encuentra un preocupado Taerkan rodeado de varios de sus generales y el jefe de su guardia. También entran en la sala apresuradamente Ahren y varios comandantes de las fuerzas Griundel.

-¿Qué diantres sucede? –pregunta uno de los generales Knöts que parece algo desorientado.

-¡Nos atacan! –responde con rudeza Taerkan indignado ante tan torpe comentario-, ¿o es que acaso no oís las alarmas?

-Mi señor, un pequeño grupo nos ataca por el flanco noreste –dice atropelladamente un joven soldado que acaba de cruzar las puertas.

-Está bien, encargaos de proteger ese flanco –ordena el rey- y no perdáis de vista las murallas cercanas. Podría tratarse de una maniobra de distracción y no podemos permitirnos mostrar debilidad alguna entre nuestros muros.

-Con un grupo tan reducido parece que traten de ver si hay algún punto débil en nuestras murallas –dice otro de los generales Knöt, el anciano Erol.

-¡Pues sólo se encontrarán con nuestras flechas y escudos! –vocifera el jefe de la guardia.

-Mejor será que dejéis la cháchara y os aseguréis de que así sea –dice amenazante el rey a sus altos cargos que inmediatamente se marchan de la sala. Se quedan solos Taerkan, Ahren y la pequeña comitiva. El rey se toma unos segundos para reflexionar antes de continuar-: Dadas las circunstancias, lo mejor será que partáis de inmediato.

-Pero, padre…

-No hay nada que discutir, hijo. El tumulto os vendrá bien para pasar desapercibidos, y demorar más vuestra partida sería una necedad.

-Vuestro padre tiene razón –interrumpe Kayra-, haríamos bien en aprovechar la confusión de este ataque y así poder salir de Kanbas sin levantar sospechas.

-Tenemos noticias de que varias águilas vigilan incesantemente los alrededores de la ciudad –aporta Ahren-. Es de suponer que informan al enemigo de cada movimiento de entrada o salida de la ciudad. Quizás al ver partir a tan reducido grupo, y en dirección opuesta a su localización, no tuviesen mayor sospecha, o quizás…

-O quizás –continúa Taerkan el comentario-, se planteasen la posibilidad de que suponéis una amenaza y os persiguiesen para averiguar el propósito de vuestra huida, o para que corráis aún peor suerte. Y no podemos consentir ni lo uno ni lo otro. Partiréis de inmediato y no hay nada más que discutir.

-Entonces preparemos las monturas y despedíos de quien creáis oportuno –dice Kayra.


9
-Tened mucho cuidado, mi señora –le dice Ahren a Kayra mientras esta se monta en un caballo pardo bien cargado de suministros-. No os fiéis de nadie, sólo de vuestro instinto y, por favor, regresad con vida –y un destello de súplica aparece en su mirada.

-No puedo prometeros volver con vida, pero os prometo que volveré de todos modos, mi buen amigo –le contesta con una dulce sonrisa. Ambos se miran con cariño y, tímidamente, se cogen de la mano con ternura durante unos segundos. Es toda la licencia que se permiten. Después, Kayra se acomoda un labrado arco a la espalda y mira al resto de su escolta.

A pocos metros, en el mismo patio, está Onar, también montándose a lomos de un hermoso caballo castaño, despidiéndose de su padre.

-Cuidaos mucho, padre, y cuidad de Yaiza y Arihda. Son la esperanza del reino.

-Velaré por el bienestar de tus hermanas, hijo mío –dice Taerkan-. Vela tú por el tuyo propio y no corras riesgos innecesarios.

Onar asiente, mira a su alrededor y cruza la mirada con Kayra. Ambos se hacen una señal que indica que están preparados para marchar. Entonces, la voz del joven príncipe se alza firme: << ¡En marcha!>>; y todos se dirigen a los grandes portones que se abren lentamente. Ninguno de los que van a partir mira atrás ni un instante; vacilar no está permitido.

Cuando se abren por completo las puertas, espolean los caballos y cabalgan hacia el gran desierto de Kanbas, hacia una gran y peligrosa aventura.

Ahren y Taerkan se quedan en el umbral, observando sus siluetas hasta donde les alcanza la vista en la negrura de la noche. El consejero no oculta la pena y la preocupación en su rostro. El monarca, por contra, se muestra aparentemente impasible, sin embargo, en el último instante, no es capaz de contener las lágrimas que, serenas, recorren sus mejillas mientras ve partir a su primogénito.



-¡Aguantad! –grita un capitán Knöt a su batallón mientras resisten con sus escudos la embestida de las fuerzas enemigas.

Encajan las arremetidas próximos a los muros, lo que les proporciona una gran ventaja. Las líneas enemigas incesantemente chocan contra sus escudos y son inmediatamente rechazadas, o ensartadas por lanzas y espadas que surgen de entre el blindaje. Decenas de flechas vuelan sin descanso desde almenas y aspilleras, mermando poco a poco sus fuerzas.

-¡Informe, capitán! –dice el general Erol mientras sube los últimos peldaños de la escalinata que da a parar a lo alto de los muros.

-Todo está bajo control, mi general –le responde este-. No tienen nada que hacer contra nuestras defensas y no hemos sufrido bajas importantes. En breves instantes se verán forzados a la retirada.

-Magnífico, aún así tenedles entretenidos todo el tiempo que sea posible. Debemos mantener su atención alejada lo máximo posible de su alteza, el príncipe Onar, y su compañía –explica, y echa una mirada de soslayo hacia la dirección en la que estos deben partir.

-¡A la orden, señor!

Para cuando el día nace, la contienda ha finalizado y la compañía ya se halla lo suficientemente lejos de cualquier amenaza Martu.


10
El mar está en calma y la navegación se hace más llevadera que en el pasado día tormentoso, motivo por el cual se habían retrasado más de lo previsto. Aun con todo, la flota Manahí sigue surcando el mar rumbo al reino Knöt.

-Llegaremos en menos de dos días, mi señor –comunica el alférez del navío al rey Valerio.

-Estas dichosas tormentas nos han retrasado demasiado –dice el rey iracundo-. Encima no nos han permitido recibir ni enviar noticia alguna. Esperemos no llegar demasiado tarde.

-Enviemos pues un mensaje para que sepan que en dos días estaremos atracando en tierras de Messut –le propone su hijo-. Para que nos envíen al menos una pequeña comitiva de bienvenida.

-Desinfla tu ego, hijo mío. Estando en guerra no se atienden a pomposidades protocolarias –le reprende Valerio.

-Llevamos todo un ejército en su auxilio –replica en tono burlesco-, deberían estarnos más que agradecidos por ello y tratarnos como merecemos por muy en guerra que estén, o muy salvajes que sean.

-Será mejor que doméis vuestra lengua, querido hijo, u os la tendré que domar yo mismo si metéis la pata una sola vez con los Knöts –dice el monarca acercándose amenazante a su hijo-. Hay demasiado en juego y no hay lugar para las chiquilladas de quien ya es todo un hombre. ¿Me he explicado con claridad?

-Sí, padre–responde Paulo con resquemor.



El sol comienza a subir en el cielo, calentando poco a poco la fría arena del desierto. La compañía ha cabalgado toda la noche sin descanso y el cansancio empieza a hacer estragos en ellos y en sus monturas.

-Deberíamos descansar un poco –propone Rostam-, antes de que el calor sea insoportable.

-Bien pensando –responde Onar-, así caminaremos cuando todo arda a nuestro alrededor.

Se apean de los caballos y montan un improvisado campamento con un par de tiendecillas para resguardarse del sol. Se reparten pequeñas porciones de pan y carne seca y dan algunos tragos a las reservas de agua. Según va apretando el sol, los Griundels, con sus blancas y delicadas pieles, se afanan en permanecer bajo la sombra de las tiendas mientras Onar y Tafari discuten sobre su localización y el camino que deberían seguir. Los demás consiguen echar una cabezada entre tanto los caballos reposan unas horas.
Antes de ponerse nuevamente en marcha, Cyra se embadurna con una sustancia oleosa que hace brillar su piel y se cubre la cabeza con un pañuelo blanco que solo deja ver sus grandes ojos pigmentados.

-¿Queréis un poco? –le pregunta a Kayra al percatarse de que esta la mira con curiosidad-. Con vuestra blanca piel os vendría bien un poco.

-¿Qué es este ungüento? –pregunta la reina mientras coge el frasco que le ofrece Cyra.

-Una mezcla de té y aceites. Protege la piel del sol, así no os quemaréis tan rápido –responde complaciente, y mira con curiosidad a Argus y Oddur que se muestran ahora interesados por la conversación.

Kayra abre el bote de cristal opaco y huele la sustancia no muy convencida. Para su sorpresa, su olor es dulce y agradable por lo que decide untarse un poco en los brazos y el rostro, que es cuanto tiene al aire. Argus y Oddur la imitan y parecen aliviados con la sensación refrescante que ahora les envuelve. Rostam les observa divertido ante su asombro.

-Deberíamos ponernos en marcha –dice al fin Onar-. Nos espera una jornada intensa.

Desmontan el campamento y se ponen de nuevo en camino. Pasadas varias horas, el sol es tan intenso que ciega los ojos de la joven reina. Siente la cabeza pesada y dolorida y empieza a sentirse desorientada, fatigada. Se siente arder y poco a poco las imágenes se vuelven borrosas, desenfocadas, hasta que todo se torna negro.

Kayra está a punto de caer a plomo de su montura cuando Oddur logra sujetarla. Está inconsciente y muy ruborizada. El apurado joven llama la atención del resto, que enseguida van en su ayuda. Montan una pequeña tienda y la tumban a la sombra. Cyra usa un paño húmedo para refrescarle la cara y la fuerzan a dar pequeños sorbos de agua.

Sólo pueden esperar a que se despierte y para cuando lo hace es media tarde y el ambiente empieza a estar algo más fresco.

-¿Qué ha pasado? –pregunta aún desorientada.

-Os habéis desmayado por el calor, mi señora –contesta Oddur, que sigue frotándole la cara con el paño húmedo. Él también está bastante rojo y sudoroso-. Este calor es demasiado para nosotros.

-Tendréis que aplicaros más veces el ungüento e hidrataros más a menudo –les dice Cyra-. El desierto puede ser muy duro para quienes no están habituados a él. Además, vuestros ropajes tampoco ayudan aquí.
Los norteños miran sus vestimentas observando la diferencia entre estas y los livianos tejidos que cubren a los Knöts y al hombre de tierras salvajes. Deciden entonces desprenderse de las prendas más pesadas, reservándolas con el resto de equipaje, y quedarse sólo con las ligeras camisas y las coloridas túnicas azules propias de su reino.

Una vez que Kayra está completamente restablecida, levantan de nuevo el campamento. Antes de que vuelva a subir a su caballo, Onar se le acerca y le cubre con cuidado la cabeza con una larga tela clara.

-Así aguantaréis hasta la noche –le dice serio mientras se lo coloca-. Debemos seguir hasta entonces si queremos llegar cuanto antes a la tribu de Tafari -la joven le da las gracias y nuevamente emprenden el viaje.


Cuando va llegando el ocaso, pueden ver a lo lejos en el horizonte las montañas Doruklana. Ya estaban cerca de la tribu Ynkundu Wahu, al menos allí dispondrían de cobijo y agua.


http://diamantesysangre.blogspot.com.es/ ©Erika Mayo León 2014


Última edición por Muerte el Dom Jun 29, 2014 3:10 am, editado 2 veces en total
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Ladronzuelo
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Serpientes de Fuego (Segundo Capítulo)

11
-¡Arriba todos! –dice Rostam al alba-. Nos espera una caminata intensa si queremos llegar pronto a la tribu de Tafari.

Kayra abre los ojos y disfruta de esos breves momentos tras el despertar en los que inconscientemente se borra todo recuerdo cercano. Finalmente, cuando recupera la memoria, se despereza con ligera mala gana, coge el frasco de ungüento que le dio Cyra el día anterior y se lo aplica en abundancia. Argus y Oddur la imitan. Reparten algo de carne seca y pan entre todos, beben agua en abundancia y, tras cubrir sus cabezas para evitar lo sucedido el día anterior, se ponen nuevamente en marcha.

Cabalgan durante horas siguiendo la brumosa imagen de las montañas en el horizonte. A mediodía el calor es sofocante y el aire comienza a soplar con fuerza.

-Se avecina una tormenta –anuncia Tafari con gesto preocupado-. Será mejor que nos resguardemos hasta que pase.

-¿Una tormenta? El cielo no podría estar más despejado de lo que está –ríe Oddur.

-Una tormenta de arena –aclara cortante Onar-. Pueden llegar a ser más peligrosas que las de lluvias y truenos. De no tener a la vista las montañas Doruklana, podrían hacer que nos perdiéramos en el desierto.

-Mueven la arena, juegan con ella y cambian totalmente el paisaje confundiendo a los viajeros. Además, sin un refugio podríamos llegar a perder la vida –dice Rostam, y los norteños ponen cara de preocupación.

-Entonces, será mejor que montemos aquí el campamento; no nos moveremos hasta que cese –dice Kayra con energía al cabo de unos segundos-. ¡Démonos prisa!

Y se ponen inmediatamente manos a la obra. Esta vez montan dos tiendas resistentes y bien aisladas, y se dividen en dos grupos. Tras haber descargado los suministros de las monturas y meterlos en el centro de las tiendas, los Knöts, como buenos criadores de caballos, consiguen que estos se recuesten junto a estas.
El viento cada vez silba con más fuerza y levanta grandes cantidades de arena que dificultan las tareas y les impide ver con claridad.

Hasta que al fin entran en las tiendas. En una de ellas entra Cyra, Rostam y Argus, en la otra Kayra, Oddur, Tafari y Onar, y, aunque están algo apretados y deben permanecer sentados, los Knöts levantan los bajos de las tiendas y ayudan a los asustados caballos a resguardar sus cabezas en el interior, para asombro de los Griundels.

-Se asustarían y huirían, y con este vendaval probablemente morirían perdidos por el desierto –explica Onar al ver la cara de curiosidad de Kayra y Oddur, mientras acaricia a uno de los caballos- Aún nos son muy necesarios.

Kayra sonríe tímidamente.
Nunca hubiese esperado tal sensibilidad por parte de sus provisionales aliados. Respetaban de verdad a esos animales, los amaban. Entonces ella le imita y acaricia con delicadeza al caballo que tiene más cerca, calmándole, y Onar le devuelve la sonrisa.

El viento es muy fuerte y agita con furia las lonas de las tiendas. Tarda horas en cesar, tiempo que aprovechan los jóvenes para charlar y hacer con ello más llevadera la espera tras un largo y tenso silencio inicial. Por fin, uno empieza a contar una anécdota y el resto se va animando. Se cuentan historias sobre sus vidas: hablan de sus reinos y costumbres, de experiencias que han vivido y lugares que han visto y hasta de los mitos y leyendas propios de sus tierras; se sorprenden, se extrañan y recelan, se asustan e incluso acaban soltando risotadas. Cyra cuenta a Argus cómo viven a diario los Knöts y este se asombra con cada palabra. Para un hombre de las tierras del norte es difícil imaginar el día a día en estas áridas y yermas tierras. Mas, cuando llega su turno, y al ser hombre de pocas palabras, acaba hablándoles de los sistemas de acueductos subterráneos que recorren la ciudad de Aldgar y de cómo aprovechan los minerales que obtienen de las montañas para las numerosas fraguas que posee el reino Griundel. Cyra y Rostam se muestran muy interesados con el tema y quedan fascinados por el provecho que sacan de aquellas escarpadas tierras.

En la otra tienda, Tafari acaba hablándoles sobre su tribu, sobre sus mitos y las numerosas supersticiones de su pueblo, la tribu roja. También les habla sobre sus vecinos, los peligrosos Noka Wa Möt. Les cuenta cómo tiempo atrás vivían en armonía con ellos hasta que un día un extraño chamán llegó a su aldea. Este chamán les dijo que los antiguos espíritus estaban enfadados con el mundo, que necesitaban sacrificios puesto que todos estaban manchados por la impureza de la codicia y los placeres mundanos y que el mundo cambiaba de forma tan impura que para limpiar y purificar sus almas debían sacrificar a los impuros y ofrecer su sangre a los antiguos espíritus para así contentarlos.

El entonces líder de la tribu de Tafari, escandalizado por las exigencias del chamán, se negó a realizar tales barbaridades y le desterró lejos de su gente. Sin embargo, este, ultrajado, se dirigió a la tribu Noka Wa Möt, antes denominada Bluu Wahu, y volvió a predicar la voluntad de los espíritus.
Bluu Wahu estaba hermanada con la tribu roja desde tiempos inmemoriales, pero sus líderes pecaban de supersticiosos y de ambiciosos; querían ser superiores a sus vecinos rojos en todo y temían desmesuradamente la ira de los espíritus, por lo que acogieron al chamán y a sus macabras ideas místicas. Pasaron así de ser el apacible pueblo azul a convertirse en asesinos ritualistas y hasta a practicar el canibalismo. Cambiaron su nombre a Noka Wa Möt, o serpientes de fuego en su lengua, se desvincularon de los Ynkundu Wahu, a los que consideraron enemigos directos, y siguieron las doctrinas marcadas por el perverso chamán para salvar sus almas. Así se convirtieron en la tribu más poderosa y temida de la región.
Kayra y Oddur quedan sin palabras tras los relatos de Tafari. La preocupación se plasma abiertamente en sus pálidos rostros, y aunque Onar ya había oído antes esta historia, también se aprecia desazón en su semblante.

Para cuando la tormenta cesa, es alrededor de media tarde y la noche está cercana, por lo que se ponen rápidamente en marcha.



Un nuevo día comienza cuando dejan a un lado las montañas Doruklana. Han pasado toda la noche en camino y, aunque ha sido duro, ya se encuentran en tierras salvajes.

Las arenosas dunas dan paso a tierras igualmente áridas pero de aspecto más plano y rocoso, y la vegetación ya no está tan ausente. El aire es fresco y un ligero aroma a salitre indica que el mar anda cercano. A media tarde realizan una nueva parada para reponer fuerzas. Descansan unas horas antes de disponerse a caminar de nuevo toda la noche.
A la mañana siguiente deciden realizar otra breve parada antes de llegar a la tribu Ynkundu Wahu donde su mismísimo líder, Sirham, les da la bienvenida.

-Dejad que Tafari y yo nos encarguemos de parlamentar con ellos – le musita Onar a Kayra antes de desmontar de los caballos. Es evidente que los que conocían el idioma eran ellos dos, pero se le atraganta que eso signifique quedar relegada a un segundo plano. Aun así, da su visto bueno porque entiende que no en todas las culturas se valora de igual modo la palabra de una mujer, mal le pese.

Sirham y Tafari se saludan efusivamente mientras algunos de los miembros de la tribu se encargan de los caballos y otros tantos se quedan expectantes ante el extraño aspecto de sus visitantes. La compañía también analiza lo que ven con creciente curiosidad.
La aldea se les antoja pequeña, en comparación con lo que acostumbran: numerosas casas bajas y redondas, de muros de adobe, techos de hojas de palma y ramas secas, con pequeñas puertas y ventanas. Lo que ven poco práctico, dado el gran tamaño de sus habitantes. Estos son hombres y mujeres con pieles zaínas, como Tafari, cubiertas por un intenso pigmento rojizo. Las mujeres llevan su recio pelo trenzado con múltiples trenzas color escarlata o bien recogido en llamativos tocados; van sólo cubiertas por taparrabos también de ese color y elaborados collares hechos con rafia fuertemente trenzada; algunas además llevan colgantes, brazales y pulseras de colores dorados que destacan con viveza en su piel. Los hombres están rapados, al igual que Tafari, o bien tienen pequeñas coletas en sus coronillas; visten faldas y túnicas en tonos cálidos y también llevan rafia trenzada como adorno. Algunos muestran dibujos geométricos hechos con pintura blanca en sus rostros y diversos tatuajes parduzcos. Y, aunque son pocos los niños que se ven, van completamente desnudos y afeitados.

Les llama muchísimo la atención la libertad que tienen con mostrar sus cuerpos y lo pintorescos de sus ropajes y peinados. No es diferente el impacto que crea el aspecto de los miembros de la compañía sobre los residentes a los que magnetiza el aspecto albo y luminoso de los Griundels, con tan pálidas pieles y doradas cabelleras.

El siguiente al que saluda Sirham es al príncipe Onar, al que también se alegra mucho de ver. Onar le dice algunas palabras mientras se abrazan y sonríen, y después se acercan al resto del grupo. Entonces Tafari les va presentando uno a uno y cuando llega a Kayra, Argus y Oddur el jefe de la tribu se recrea fascinado ante el aspecto de los jóvenes. Nunca había visto a nadie de piel tan clara y cabellos tan brillantes como el sol.

Les abraza entusiasmado y dice algo en una lengua indescifrable, gutural y chasqueante.

-Sirham os da la bienvenida –le traduce Tafari-, hijos del Sol.

-¿Hijos del Sol?, ¿por qué nos llama así? –pregunta Argus mientras Sirham le libera de un fuerte abrazo. Tafari comunica su duda al jefe y este responde señalando de forma dramática al cielo.

-Dice que ya sabía de vuestra llegada, que los antiguos espíritus les habían anunciado que un día llegarían gentes doradas como los rayos del gran Sol, padre de toda vida.

El jefe de la tribu les sonríe mientras se traducen sus palabras, a la espera de algún tipo de reacción. Para no parecer descorteses, los tres norteños le devuelven la sonrisa en señal de aprobación, y entonces Sirham vocifera algo y el resto de la tribu vitorea. Seguidamente todos se les acercan con curiosidad repitiendo una y otra vez la misma expresión que su líder había utilizado para referirse a los Griundels; tocan sus ropajes y acarician sus cabellos animadamente.

-¡Vamos! –se oye decir a Onar entre el jaleo-, vayamos a hablar más tranquilamente con su jefe.

Poco a poco se abren paso entre el gentío y entran en la cabaña más grande del poblado. Aunque tienen que entrar agachados, en el interior el techo está lo suficientemente elevado para que puedan estar todos de pie, incluso Tafari y Oddur, los más altos del grupo. La decoración es austera, con un suelo cubierto de esterillas y alfombras, modestos cortinajes cuelgan de las paredes y algunos cuencos y vasijas de barro se aprecian aquí y allá; varias velas iluminan la estancia dándole un aspecto un tanto lúgubre. En el centro de la choza, sentado en el suelo, ya se encuentra Sirham que les indica con un gesto que tomen asiento. Estos aceptan la invitación y se sientan en unos planos cojines dispuestos de forma concéntrica a la choza.

-Sed bienvenidos a mi humilde morada –dice Tafari interpretando las palabras del jefe de la tribu-, todo amigo de algún miembro de nuestra familia, es amigo de mi tribu. ¿Qué os trae a nuestras modestas tierras?

-Tenemos que cruzar tierras salvajes y llegar lo antes posible a Maeva, al norte de las montañas –responde Onar. Aunque se defiende en la lengua de los Ynkundu Wahu, decide dejar que Tafari le traduzca para que todos los presentes se enteren de la conversación.

-¿Y por qué cruzar por estas peligrosas tierras pudiendo hacerlo por las del reino Knöt? –pregunta Sirham.

-El enemigo nos cortaba el paso. Hemos sido atacados por un ejército poderoso proveniente de las montañas del norte y nuestro pueblo está en grave peligro. Y también el de nuestros vecinos –contesta Onar con aire severo, y señala a los norteños que gesticulan muecas de conformidad y pesar.

-Lamento mucho oír eso –comenta Sirham con aflicción-, ¿y qué es tan importante para que el gran guerrero Onar deje el campo de batalla? –dice ahora con una cálida sonrisa.

-Tenemos una misión que cumplir, sabio jefe. El futuro de nuestra gente depende de ello y, aunque no pueda contaros más sobre nuestra empresa, requerimos de vuestra ayuda para abastecernos y de vuestra vasta sabiduría sobre estas tierras –ruega el joven príncipe. Sirham, tras unos segundos de reflexión, mueve la cabeza arriba y abajo en señal de aprobación.

-Si tan secreta es la misión, no preguntaré más al respecto. Sólo los espíritus conocerán vuestra causa, y viendo a tan variada compañía, será un gran motivo el que os empuja a viajar por tan inhóspitas tierras –dice, mientras se pone en pie. Da un par de vueltas alrededor del círculo que forman los jóvenes, cavilando-. Los sabios espíritus me hablaron de la llegada de los hijos del Sol, dijeron que vendrían un día pidiendo ayuda y que si se la dábamos tendríamos su beneplácito y seríamos recompensados con prosperidad durante varias generaciones, que nos ayudarían a ahuyentar el mal de nuestras tierras. No sabía a qué se referían con eso de “hijos del Sol” hasta que os he visto a vosotros, mis buenos muchachos –dice, entretanto vuelve a ocupar su lugar observando a los Griundels. En las manos lleva un cuenco con una serie de extrañas hojas y algunos insectos muertos. Lo coloca a sus pies, coge una de las velas que tiene a mano y prende fuego al contenido del cuenco con ella. Agita rítmicamente las llamas mientras canturrea algo en voz baja, luego coge una vasija y vierte agua sobre la llama extinguiéndola. A continuación, y sin dejar de canturrear, se aproxima a cada miembro del grupo y, con los dedos untados en los restos del cuenco, realiza una marca en sus frentes.

>> Esto os protegerá de los malos espíritus –prosigue Sirham tomando asiento una vez más-. A partir de ahora, sois miembros de nuestra tribu y siempre seréis bienvenidos aquí. Os daremos cuanto necesitéis para vuestra odisea y esta noche comeremos y bailaremos para contentar a los grandes y sabios espíritus y así pedirles buena ventura para todos.



Para cuando el sol cae, toda la aldea se encuentra alrededor de una gran hoguera.
Grandes cuencos con frutos variados y diversas piezas de carne asada pasan por manos de la joven compañía mientras algunos miembros de la tribu tocan rítmicamente tambores y timbales y otros tantos cantan con voces profundas y acompasadas. El ambiente es alegre y los invitados se sienten felices por primera vez en días. Todos disfrutan del peculiar espectáculo y se maravillan de la vida tan sencilla que llevan los miembros de la tribu Ynkundu Wahu, hasta la envidian dada su situación. En eso piensa abstraída Kayra cuando uno de los miembros de la tribu la invita a unirse al baile. Vergonzosa, rechaza la oferta, pero el muchacho le insiste efusivamente y esta se ve obligada a responderle por cortesía para con su gente. Se une torpemente al baile y varias muchachas se le acercan y le enseñan con simpatía cómo debe moverse. Para cuando el resto de la compañía se percata de que la reina está en pleno baile, ya domina algunos de los movimientos.

-Nunca había visto a un ser tan sumamente puro y luminoso –dice Sirham a Onar en su lengua nativa refiriéndose a Kayra, viendo que el joven no deja de mirarla-. Es hermosa, sin duda.

-¿No tenéis suficiente con vuestras cuatro esposas, Sirham? –le contesta este con sorna y complicidad. Sirham se echa a reír tras unos segundos en los que intenta aparentar estar indignado, y Onar ríe con él.

-Las mujeres son la bendición más grande que pueden dar los sabios espíritus, aunque a veces puedan ser difíciles de contentar y tratar. Aun así, mujeres como esa no he visto en mi vida. Su aura es fuerte y su belleza es más que evidente –coge un trozo de carne asada y se lo mete en la boca sin apartar los ojos de la joven reina; tras un intenso masticado, da un largo trago de su cuenco y prosigue:- Sois un bravo guerrero, joven y fuerte, y según las mujeres de mi tribu, bastante bien parecido; podríais conseguir a la mujer que quisierais –y Onar se ruboriza ante la insinuación del jefe de la tribu roja. Este se echa una vez más a reír junto con Tafari, cosa que indigna todavía más al príncipe Knöt.

-No negaré que me parece una mujer muy hermosa, pero sigue siendo una Griundel, enemigos de mi gente desde hace generaciones –responde Onar recobrando la compostura. “Y además, nada menos que su reina” piensa-. Aunque ahora seamos aliados, cuando nuestro enemigo común sea vencido, volveremos a ser enemigos como antaño. No creo que eso cambie.

-Bueno, sólo diré que los designios de los grandes espíritus a veces no obedecen a la lógica de los hombres, mi joven amigo. Cuidad que no os traicione el sentido común si la pasión fallase a la razón.

-No creo que tengáis que preocuparos mucho por eso, mi buen amigo. Parece que a vuestros enemigos no les faltan pretendientes allá donde van –dice de repente divertido Tafari señalando en dirección a los danzantes.

Varios hombres de la tribu bailan alrededor de Kayra y junto a ella lo hace también un apuesto Oddur acosado por otras tantas mujeres de la aldea. Cuando pasan unos segundos, ambos cruzan miradas y se echan a reír debido el ridículo que creen estar haciendo.

Disfrutan del momento. Saben perfectamente que este viaje les deparará penurias y privaciones, pero mientras llega el momento de sufrir, se recrean con estos humildes segundos de felicidad que quizás no vuelvan a tener.


12
-No sabía que bailaseis tan bien, mi señora –dice Oddur divertido mientras Kayra y él toman asiento sudorosos tras un buen rato danzando con los aborígenes.

-Bueno, es fácil después de recibir clases desde mi más tierna infancia. Aunque es evidente que las danzas de nuestra tierra no son ni de lejos tan permisivas y sensuales como estas –responde ella riendo con timidez-. A vos tampoco se os da nada mal, tenéis entusiasmadas a las mujeres del lugar.

-¿De veras? –pregunta el joven ruborizado. Ciertamente es un chico guapo de ojos verdes, muy alto y atlético. Además, ese aire desaliñado y su soltura al hablar le aportan un gran atractivo-. Bueno, creo más bien que están extasiados al ver a gente con nuestro aspecto.

-Es posible, no hay más que mirar a Argus –responde ella con sorna viendo cómo este se mantiene firme e impasible ante los gestos halagadores y las numerosas ofrendas de las mujeres de la tribu Ynkundu Wahu-. Es realmente difícil saber qué le pasa por la cabeza –reflexiona en voz alta.

-Es un buen hombre, quizás demasiado formal y algo estricto, pero es un gran guerrero y bastante leal –comenta Oddur-. Ahren sin duda le escogió muy sabiamente.

-¿Y con vos? –pregunta Kayra, y, ante la cara de incomprensión del joven, aclara:- ¿Escogió sabiamente Ahren con vos también?

-Bueno, soy un buen arquero y se me da bien cazar, pero tengo entendido que nadie es más hábil con el arco que la reina Griundel –responde con modestia el chico, y la muchacha se echa a reír-. Creo que Ahren me escogió más bien por mi dominio sobre temas curativos. Sé identificar bien plantas comestibles, venenosas o con propiedades curativas y se me da bien curar heridas de diversas índoles, así que creo que me eligió más bien para cuidar que no enferméis ni os ocurra nada grave por alguna herida o rasguño, ya que es más que evidente que no necesitáis más escoltas –concluye señalando con un leve gesto al resto de sus compañeros- ¡Soy como la niñera! –y ríe al pensarlo.

-¿Eso qué significa entonces, que soy una niña a la que hay que cuidar? –dice Kayra en tono cortante, y Oddur deja de reír de repente.

-Perdonadme, no pretendía…

-¡Sólo bromeaba! –le interrumpe cambiando su severa expresión por una amplia carcajada-. Si Ahren os eligió tendría muy buenas razones, no debéis menospreciar vuestra labor de ese modo. Es probable que sin vuestros “cuidados de niñera” algunos enfermemos o incluso muramos.

>>Saber sobre sanación siempre me ha parecido muy interesante –continua tras unos segundos-, aunque también me parece una materia compleja y difícil. De pequeña me enseñaron algunas cosas básicas: cómo detener una hemorragia, cómo aliviar un dolor por quemaduras… Pero, aparte de que recuerdo ya poco, no sabría ni qué hacer en una situación de emergencia, ni sabría qué podría utilizar.

-Es más sencillo de lo que parece, si os enseñan bien. Todo lo que sé me lo enseñó mi abuelo –dice Oddur, y su expresión se enternece-: la sanación, la supervivencia básica y el dominio de la caza. Sólo es cuestión de querer aprender y tener la oportunidad de ponerlo en práctica –realiza una breve pausa para reflexionar y dice:-. Si quisierais, con sumo gusto, os enseñaría el arte de la sanación, al menos todo cuanto sé.

-¡Me encantaría! –responde Kayra con entusiasmo.



A la mañana siguiente el sol brilla ya alto en el cielo cuando parten de la aldea Ynkundu Wahu tras despedirse de todos y darles las gracias por su hospitalidad y por los valiosos víveres que les han entregado. El camino ahora será más duro ya que no esperan encontrar muchos aliados en él.

Mientras se alejan de la aldea, se oyen cánticos, cánticos que parecen desearles suerte y que les transmiten fuerza y vitalidad aun cuando están fuera de la comprensión de la mayoría.

Avanzan en dirección noreste, en dirección a las montañas Doruklana, las que serán su guía durante el viaje. Mantienen ese rumbo además para evitar las tierras de los Noka Wa Möt, como les había recomendado Sirham, sin embargo, las constantes ventiscas les desorientan a menudo. Cuando la tarde cae, una gran ventisca les impide continuar y se ven forzados a detener la marcha. Acampan como bien pueden y esperan varias horas hasta que el viento se calma.
Para cuando salen de las tiendas es de noche, una noche especialmente oscura.

-Es bastante complicado orientarse así –dice Rostam escudriñando el cielo.

-Sí, no se distinguen las montañas en el horizonte. La luna está ausente y, curiosamente, las estrellas no están muy luminosas esta noche –comenta Cyra desalentada.

-Entonces deberíamos acampar hasta mañana, si continuamos en estas condiciones podríamos desviarnos demasiado de nuestra ruta –sugiere Onar.

Tras tomarse unos minutos para reflexionar, todos aceptan el plan. Era preferible perder unas horas de viaje descansando que recuperando el rumbo al día siguiente, por lo que montan de nuevo el campamento, ahora con más tiendas, y hasta encienden una modesta hoguera con algunos palos secos y rastrojos que encuentran en las cercanías. Clavan en la arena unas estacas fuertes y atan a estas los caballos. Luego se reparten algo de comida y charlan entre ellos, aún animados por la fiesta de la pasada noche, hasta que les vence el cansancio.



-¡Despertad –vocifera Argus cuando apenas rompe el día-, ¡los caballos no están!

Al instante todos se levantan y corren al lugar donde habían atado a los caballos. Los palos siguen en pie, clavados en el suelo como los habían dejado la noche anterior, pero no hay ni rastro de las bestias ni de las monturas que dejaron junto a estos con buena parte de los víveres.

-¿Cómo han podido desaparecer sin que ninguno hayamos oído nada? –pregunta Cyra

-Saqueadores, saqueadores del desierto. Son sigilosos, y aquí hay marcas de pisadas recientes –dice Tafari analizando la zona.

-Las cuerdas han sido cortadas –dice Oddur observando los palos-, y también hay huellas alrededor de donde deberían estar las monturas. Una cosa es que los animales se escapasen, pero que las monturas desaparezcan así… Sin duda nos han robado.

-¡Maldita sea! –lamenta Onar-, sin los caballos podríamos pasar, pero sin los suministros... Debimos montar guardias, ¡hemos pecado de confiados!

-El rastro se dirige al norte –comenta Tafari señalando en esa dirección-. Debe haber un asentamiento cerca, los saqueadores nunca se adentran demasiado en el desierto, sería arriesgado.

-Pero si siguieron esa dirección, podríamos acercarnos demasiado a los Noka Wa Möt, ¿no? –pregunta Rostam.

-Así es –le responde Onar-, mas no podremos sobrevivir durante mucho tiempo sin comida y menos sin ropa de abrigo cuando estemos en las montañas.

-Sería muy arriesgado ir al norte en estas condiciones –reflexiona Kayra, y Onar asiente apesadumbrado.

-Podría tratarse de una artimaña para atraernos a sus tierras. ¡Podría ser una trampa! –previene Rostam.

-Si fuesen Nokas no se habrían llevado los caballos, nos habrían capturado a nosotros sin pestañear –responde tajante Tafari, luego piensa y examina las evidencias-. Hay algunas aldeas pequeñas por estas tierras que no representan ninguna amenaza. Viven de pequeños rebaños de ganado y modestos cultivos, pero son especialistas en robar a las aldeas vecinas y a forasteros extraviados en cuanto tienen ocasión. Les hemos dado precisamente lo que buscaban, al parecer.

-Entonces no nos queda más opción que averiguar quiénes son y qué han hecho con nuestras pertenencias –dice Onar.


13
El calor aumenta a medida que la flota remonta el gran río Bolorma.
Valerio observa desde la cubierta de su navío el desértico paisaje que se extiende más allá de la línea de la verde rivera y recuerda la última vez que viajó a estas áridas tierras. Era aún un niño cuando su padre, el rey Varo, le llevó consigo a los funerales por la muerte de su hermana Neiva, desposada con el rey de los Knöts y padre de Taerkan, el rey Serkan.

Recuerda que su tía murió por un mal al poco de desposarse, un mal propio del desierto que la consumió rápida y agónicamente entre fiebres y fuertes dolores, por lo que el matrimonio apenas llegó a consumarse y la alianza Manahí-Knöt quedó así en el aire. Serkan, tras el luto de rigor, se desposó con una noble y bella mujer de su reino y tuvo así a su primogénito y heredero, Taerkan. La relación entre ambos reinos se enfrió hasta tal punto que casi quedó relegada al recuerdo, sin embargo, Valerio pretendía ahora recuperar el buen trato entre ambas casas y por ello se encontraba desembarcando en las yermas tierras de Messut.

-Sed bienvenidos a tierras Knöts, altezas –manifiesta cortésmente el líder de la èqueña comitiva que recibe a los viajeros en el puerto de Murey, una pequeña ciudad Knöt situada a media altura del gran río.

-Lo que sea por nuestros viejos aliados, aunque esta humedad tan cálida sea insoportable –responde el monarca-. Informadme.

-La situación sigue sin cambios importantes: las murallas de Kanbas resisten los intentos de ataque del ejército Martu hasta el momento, y las reservas de comida y agua aún son más que suficientes. Hemos conseguido salir de la ciudad sin levantar sospechas, así que confiamos que a nuestro regreso no haya mayores contratiempos –informa el líder de la comitiva.

-Bien, esperemos que así sea y podamos cruzar sin problemas las murallas –dice el rey-. Os traigo cinco mil de nuestros mejores soldados y algunos de nuestros barcos se quedarán aquí anclados por si se requiriese un mayor apoyo logístico. Informad a vuestro rey de nuestra llegada y partamos a Kanbas de inmediato.

-Por supuesto, señor.



Levantan el campamento y se disponen a seguir el rastro de pisadas, aunque les cuesta caminar cargando con las cosas sin las alforjas. Pasadas un par de horas, se divisan a lo lejos varias tiendas próximas a un pequeño oasis, hacia el que se dirigen las huellas. El sofocante calor y el cansancio juegan un macabro papel a favor del impulso de ir directos al refrescante lugar, pero deben ser cautos y trazar un plan si era allí dónde estaban realmente sus caballos y si querían recuperar lo más rápidamente posible sus pertenencias.

-Seguro que es ahí donde los tienen –dice Cyra en voz baja, y Tafari mueve la cabeza arriba y abajo en señal de afirmación.

-Son pocas tiendas y serán pocos los que vivan en ellas –le responde pensativo-. No debería ser difícil recuperarlos sin que nos opongan resistencia. Cyra, Oddur y yo examinaremos el lugar, esperadnos aquí el resto.

Con extremo sigilo, los tres se dirigen al pequeño asentamiento y se dividen para cubrir más terreno: Cyra y Oddur van por el flanco este y Tafari por el del oeste. No tardan mucho en encontrar a cuatro de los caballos atados cerca del agua, aunque echan en falta al resto además de a las alforjas. Les sorprende no ver a nadie vigilar el botín ni ver a nadie en las inmediaciones. Regresan con los demás y les explican la extraña situación; deciden ir todos juntos y averiguar si sus cosas están allí, y si así fuere, cogerlas y largarse antes de que los ladrones regresen de donde quiera que estén.

-Son 6 tiendas –dice Oddur-, lo mejor sería dividirnos.

-Deberíamos dividirnos en dos grupos lo más equilibrados posible –ratifica Argus-. Lo mejor sería que Cyra, Rostam y Tafari fuesen juntos y que el resto, formásemos el otro equipo. Un rastreador, un arquero en cada equipo y repartir los guerreros entre ambos por si se tratase de una emboscada –todos dan señal de aprobar el razonamiento del norteño y, aunque piensan que es algo exagerado, son conocedores de lo vulnerables que son en estos parajes.

Se dividen según lo acordado y caminan con cautela hacia el asentamiento. Van tienda por tienda registrándolo todo silenciosamente, atentos a cualquier ruido novedoso. Dentro de una de las tiendas, Onar escucha unos murmullos tras un cortinaje, lo levanta y descubre una pequeña habitación y en ella a dos niños pequeños que le miran con verdadero terror. Esconde lentamente a la espalda su cimitarra y hace un gesto amable a los niños para pedirles que guarden silencio.

-¿Dónde están los mayores?, ¿dónde está vuestro padre? –pregunta susurrando en la lengua de los Ynkundu Wahu mientras se acerca lentamente a los pequeños. Los grandes ojos brillan destacando en la penumbra y en sus pardas pieles.

-Se llevaron los caballos para pagar a los hombres azules –contesta al fin el mayor de los dos niños, entretanto, Kayra asoma la cabeza tras los cortinajes de la improvisada habitación asustando a los pequeños.

-Debemos irnos –dice Onar mirando a su compañera-, no creo que su madre ande lejos y nuestras cosas no están aquí.

Cuando salen de la tienda, se encuentran a Argus y Oddur al lado de una mujer de piel oscura. Está de rodillas al lado de un charco en el que reposa una vasija rota y, con gesto suplicante, señala a la tienda. Cuando ve salir de esta a Onar y Kayra, el pánico recorre su rostro. Se pone en pie y comienza a correr hacia ellos, pero Oddur la intercepta y la sujeta con firmeza mientras esta se afana por escapar de sus brazos.

-Tus hijos están bien –le dice Onar a medida que se va acercando, y la mujer deja de forcejear-, ¿por qué tu gente tiene que pagar a la tribu azul? –y la expresión de la mujer pasa de la ira al temor, agacha la cabeza y empieza a negar-. Sé que puedes entenderme. Tus hijos hablaron de la tribu azul, ¿qué debéis pagar?
En ese momento se reúnen con ellos Tafari, Cyra y Rostam, que no han encontrado nada, y quedan desconcertados ante la escena.

-¿Qué debe pagar tu gente? –pregunta Onar una vez más con voz severa-, ¿dónde están nuestros caballos?, ¿dónde están nuestras cosas?

La mujer les mira temerosa e inquieta. Entonces mira a Kayra fijamente a los ojos y la joven reina entiende el motivo de su miedo: personas desconocidas, a la que su gente ha robado, blanden sus armas contra ella y sus pequeños. No entendía lo que Onar le decía, pero era evidente que temía ser castigada.

-Bajad las armas –pide Kayra-. Teme que la ajusticiemos por robarnos, no hablará si la tratamos como a una criminal.

-Pero…-dice Oddur.

-Tiene razón, bajemos las armas, sólo así confiará en nosotros y el tiempo apremia –interrumpe Argus. Tafari es el primero en soltar su lanza y el resto le imita.

Entonces la mujer se relaja un poco y Oddur la suelta despacio. Onar pregunta de nuevo:

-¿Dónde están nuestros caballos?

-Se los han llevado a la tribu azul –responde al fin entre titubeos.

-¿A la tribu azul? –pregunta Tafari-, ¿por qué motivo?

-Desde hace tiempo, nos piden que les paguemos con comida o con lo que podamos darles de valor –responde.

-Por eso robáis a los viajeros perdidos…-musita Onar con sorna-. Y, ¿por qué debéis pagarles?

-Para que nos dejen con vida–responde la mujer con amargura.

-¿Con vida?, ¿os están pidiendo tributos a cambio de vuestra vida? –pregunta preocupado Tafari, y la mujer asiente aún con temor.

-Nuestra aldea antes era más numerosa –dice, y Tafari comienza a traducir lo que va contando la asustada mujer para que todos puedan oírlo tras hacerles un breve resumen-. Vivíamos en paz con la tribu azul, pero un día, cuando yo aún era una niña, vinieron a amenazarnos. Decían que si no les ayudábamos a ofrecer sacrificios a los espíritus seríamos castigados. Año tras año venían a pedirnos comida y animales para sus sacrificios, y cada vez pedían mayores cantidades e iba quedando menos alimento para nuestra gente. Los años en los que no teníamos apenas para comer, los que no teníamos para pagar sus tributos, se llevaban consigo a varios hombres y mujeres jóvenes de los que nada se volvía a saber. Mientras, el resto moríamos de hambre.

>>No somos un pueblo guerrero y nuestro número iba menguando año tras año, así que decidimos irnos de nuestras tierras, pero aun así la tribu azul siempre nos encuentra y parece que no parará hasta que no quedemos ninguno de mi tribu con vida –dice, finalizando su relato entre lágrimas.
Tafari se acerca a la desolada mujer y le pone las manos sobre los hombros, le dice algo en voz tan baja que ninguno alcanza a oír, y esta clava la cabeza en el pecho del muchacho llorando todavía más desconsoladamente. Pasan así unos minutos mientras el resto sigue conmovido con la historia de la mujer. Finalmente, esta enjuga sus lágrimas y se calma.

-¿Sabías de esto, Tafari? –pregunta Onar.

-Por supuesto que no, de haber sabido que la tribu azul estaba haciendo esto con nuestros hermanos, habríamos intervenido. Mi tribu debe conocer esta desgracia.

-Ojalá pudiésemos hacer algo para ayudarla –dice Cyra aún afectada.

-No podemos enfrentarnos a toda una tribu, y menos a una tan peligrosa, nosotros solos –le responde Argus -. Además, no es nuestra causa.

-Nuestras pertenencias están en manos de la tribu azul –replica Oddur-, por lo que en cierto modo sí que es nuestra causa.

-Con estos caballos podríamos llegar a las montañas, pero es bien cierto que sin víveres y ropas de abrigo no aguantaríamos mucho –reflexiona en voz alta Kayra-. Podríamos llegar a las montañas y esperar cazar algo allí, y hasta encontrar agua, pero no tendríamos dónde transportarlo todo y el camino es largo y duro.

-Tenéis razón –dice Onar-, nos guste o no, no podemos continuar así nuestro viaje. Sólo los dioses saben el tiempo que podría llevarnos llegar al templo secreto, y para ello necesitaremos nuestras pertenencias. De haber aquí alimento de sobra podríamos irnos sin más, pero apenas tienen qué llevarse a la boca –y señala a la mujer que se aprecia desnutrida.

-No nos queda más opción entonces –dice Kayra con desgana.

Entonces, una fugaz idea surge en la mente de Tafari.
Pregunta a la mujer algo en tono ansioso a lo que esta le responde con una afirmación, y acto seguido le guía a una de las tiendas donde ambos entran. A los pocos segundos, Tafari asoma sonriente.

-Tendremos la ayuda de mi tribu para entrar en la aldea azul –comunica al resto del grupo.


14
-¿Cómo…que tendremos su ayuda? –pregunta confuso Onar-, no podemos comunicarnos con ellos, a menos que alguno cabalguemos sin descanso durante casi un día.

-No será necesario –responde sonriente Tafari, luego les pide en un gesto que se aproximen a la tienda. Todos obedecen y les muestra el motivo de su alegría: hay, en varias jaulas en las que están encerradas, unas despreocupadas palomas que arrullan intermitentemente-. Enviaremos un mensaje a mi aldea y acordaremos un sitio donde reunirnos y planear la estrategia.

-¿Y crees realmente que acudirán?, parecían asustados sólo con mencionar su nombre –vuelve a preguntar Onar.

-No creo que Sirham sepa que la tribu azul está pidiendo tributos a los demás pueblos cercanos, quién sabe a cuántos más habrán extorsionado y sólo será cuestión de tiempo que vayan a chantajear a mi gente –responde Tafari ,y su tono se recrudece-. No dudarán en aprovechar la situación para evitar que ese momento llegue.

-De acuerdo –dice Onar-, envíales el mensaje y esperemos que respondan a nuestra petición.



-¡Abrid las puertas! –vocifera el líder de la comitiva que se ha adelantado para dar la orden-, ¡deprisa!

Las enormes puertas se abren lo más rápido que pueden para dar paso al ejercito Manahí que se aproxima a toda prisa con su monarca, Valerio, al frente. Este queda maravillado ante el imponente aspecto de la gran ciudad amurallada y ante la colosal figura del dorado palacio, centro estratégico de tan robusta fortaleza.
Era aún más impresionante de lo que podía recordar.
Entran en cuestión de minutos por las puertas del sur y los cinco mil soldados se disponen en formación en el gran patio al que dan a parar, a la espera del encuentro con el rey Taerkan, que no se hace de rogar. Este se acerca al rey Valerio, que desmonta con gracia de su caballo, y se saludan protocolariamente para luego fundirse en un cordial abrazo.

-Bienvenidos seáis a la grandiosa Kanbas, viejo amigo –dice Taerkan mientras da varias palmadas en la espalda del rechoncho rey Manahí. Valerio es un hombre de mediana estatura, algo más bajo que Taerkan, y aún bien parecido para su avanzada edad, con cabellos castaños canosos y ojos color miel; sin embargo, su redonda panza y su regordeta cara le restan atractivo a pesar de su cuidada y aún castaña perilla y sus ostentosos ropajes-. Espero que vuestro viaje no os haya quitado el espléndido apetito al que acostumbráis –ríe.

-Nada en este mundo podría acabar con mi apetito, amigo mío –responde Valerio, y ríen juntos.

-Entonces comamos y bebamos, y hablemos del motivo que realmente nos atañe –dice Taerkan con entusiasmo.

-Antes quiero presentaros a mi hijo –comenta Valerio, entretanto el joven desmonta de su caballo, se les aproxima con porte señorial y realiza ante el rey Knöt una exagerada reverencia-. El príncipe Paulo, segundo en la línea de sucesión al trono Manahí.

-Es todo un honor conocerle al fin, alteza- dice Paulo con cierto aire resentido tras la aclaración de su padre con respecto a su posición en la línea sucesoria.

Paulo aborrecía con toda su alma la idea de no ser el heredero de su reino. Su hermano, Tacio, sería el rey una vez faltase su padre, pero este estaba más interesado en sus amantes y su bien reconocida belleza que en aprender a manejar el reino. Él, sin embargo, siempre había estado junto a su padre aprendiéndolo todo sobre las complejas labores de gestión del reino, motivo por el que está convencido de que sería el mejor monarca. Pero, y aun a su pesar, Tacio era el legítimo heredero y su destino algún día sería el de convertirse en sacerdote de la religión que en su reino se profesa, como es costumbre en los vástagos menores de todas las casas nobles de su tierra.

-El honor es mío, joven príncipe –responde sonriente Taerkan-. Vamos, nos espera una suculenta cena y muchos asuntos que tratar.



El salón al que pasan es amplio y luminoso, decorado ricamente con ornamentos dorados y cálidas luces. Preside la sala una extraordinaria mesa de madera oscura repleta de apetitosos y variopintos manjares que acaparan la atención del buen rey Valerio. Taerkan se sienta a la mesa en una enorme silla, hecha de la misma madera que esta, e inmediatamente le imitan el resto de invitados al banquete: nobles Knöts, el rey Manahí, su hijo y algunos de los altos rangos del ejército Manahí y Knöt.

Degustan las exóticas viandas mientras mantienen amenas charlas. Una vez terminan de comer, todos los invitados se retiran, todos salvo Valerio y Paulo, y el tono de la conversación se vuelve menos jovial.

-La situación es grave, viejo amigo –le dice Taerkan a Valerio con el ceño fruncido-. El día que nuestros antepasados temían ha llegado. Mi reino está bajo el yugo de nuestro ancestral enemigo, y no sólo mi reino caerá si no hacemos algo para frenar esta atrocidad. Kanbas es fuerte y podemos resistir en ella un tiempo, pero no podemos escondernos eternamente. Si esta situación se alarga demasiado, tendremos que acabar plantándoles cara y no sé si estamos preparados para ello.

-Es por eso que hemos cruzado los mares meridionales, buen amigo, para ayudar a la causa –le responde complaciente Valerio.

-Y os estaré eternamente agradecido por ello, mas el enemigo es poderoso y sus filas numerosas. Ya he dado orden de que reúnan todo el alimento posible en el resto de de ciudades de Messut y en especial en Abir, donde nos recluiremos como último recurso si cae esta ciudad y, viendo el incisivo poder de nuestro enemigo, no creo que se demore mucho dicho momento –augura con aire de angustia Taerkan.

-¿Tan terrible es nuestro enemigo? –pregunta confuso Paulo.

-Y tanto, joven príncipe, y tanto –le responde Taerkan, y su semblante se oscurece al recordar lo vivido pocos días atrás-. Pudimos contenerlos, pero no pudimos hacerles frente cuando nos sorprendieron en el campo de batalla hace días. Los Martu, los desterrados, siempre fueron considerados un pueblo poderoso, pero nunca podríamos haber previsto esto. Dos grandes ejércitos, como es el nuestro y el de los Griundels unidos no fueron rival contra ellos. Por más que les derribáramos, más veces volvían a ponerse en pie.

>>Con vuestro apoyo seremos más fuertes, sin lugar a dudas, mas no podemos olvidar que tiempo atrás fue necesaria la unión de los cinco grandes reinos de la tierra conocida para desterrarlos, y ahora sólo somos cuatro reinos los amenazados y, al parecer, sólo tres los dispuestos a plantarles cara. Ninguno estamos realmente preparados para hacerles frente y, para mayor desgracia, en ningún viejo escrito hay señal alguna de esta nueva brujería que los ha vuelto inmunes a nuestro acero –relata el rey Knöt mirando fijamente el titilante fuego de una de las velas que iluminan la mesa.

-¡Resistiremos, amigo mío! –dice Valerio, tras unos segundos de espeso silencio dando un golpe con el puño en la mesa, sacando así a Taerkan de su ligero trance-. No vamos a permitir que nos derroten y se hagan con el control de toda la Inanna, seremos tan bravos como lo fueron nuestros ancestros. ¡Les devolveremos a las tinieblas!

-No, esta vez no volverán a las tinieblas. Esta vez, serán ellos o nosotros.



En algún lugar de la Inanna, Eddelan, rey de los Martu, se regocija ante el gran éxito de su campaña.
Confiaba en su estrategia y en el devastador poderío de su fiel ejército, pero ni de lejos podría haber imaginado que su avance por la tierra conocida, la tierra de la que su pueblo fue desterrado generaciones atrás, sería tan vertiginoso.

Le asombra lo débiles y confiados que han resultado ser los denominados “grandes reinos” y se congratula ante la idea de recuperar lo que cree legítimamente suyo: el dominio absoluto de la tierra conocida y, con ello, la derrota de los grandes reinos en nombre de las penurias que su pueblo ha soportado más allá de las montañas de Helos. El camino hasta su objetivo sería lento, pero nada ni nadie podrá detenerle.

Antes perecer que volver al destierro.


http://diamantesysangre.blogspot.com.es/ ©Erika Mayo León 2014


Última edición por Muerte el Dom Jun 29, 2014 3:12 am, editado 2 veces en total
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NotaPublicado: Jue May 15, 2014 12:32 pm 
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Ladronzuelo
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15
La noche en el desierto es especialmente fría. Acampados a pocos kilómetros de la aldea de los Noka Wa Möt, sin poder encender una mísera hoguera para no ser delatados y sin más ropa de abrigo que lo puesto y algunas mantas que conservan de la anterior acampada, se encuentra la compañía esperando a que la tribu de Tafari aparezca según lo acordado. Están sentados muy juntos, para que el calor corporal les ayude a sobrellevar las bajas temperaturas que llega a alcanzar el desierto de noche. Todos parecen a gusto así: charlan de cosas triviales y se divierten con anécdotas fútiles. Todos menos Kayra.
Varias anécdotas pasan hasta que decide levantarse, agobiada por la situación, y se aleja varios metros del resto a los que pide estar un rato a solas.

El aire gélido la relaja, le recuerda en cierto modo a su tierra. El frío siempre fue de su agrado, aun cuando casi le cuesta la vida en uno de los inviernos más duros de los que se habían vivido en años en Aldgar.

Salió a cazar con su padre, el rey Krël, siendo ella solo una cría. Él se negaba ya que era peligroso y su madre se oponía rotundamente pues una dama de alta cuna no debía salir a cazar como si tal cosa, pero recuerda que insistió durante días hasta que finalmente accedieron. Estaba deseosa de salir a probar su arco nuevo, el que le habían regalado recientemente por su duodécimo cumpleaños, y no podía esperar a que el largo invierno pasase. En su tierra, los inviernos ocupan gran parte del año y el de ese año estaba siendo excepcionalmente crudo.

Iniciaron la jornada por una zona boscosa cercana a palacio, junto a las montañas. Kayra conocía al dedillo la zona, pero el frío y la nieve pueden jugar malas pasadas por lo que hay que ser cautos.
Para poder cazar mejor, su padre, su séquito personal y ella misma tomaron caminos diferentes y así evitar espantar a las pocas presas que estuviesen sobreviviendo al terrible clima. Para garantizar el bienestar de sus señores, Krël y Kayra llevaban consigo un pequeño cuerno colgado al pecho que emite un agudo y potente sonido cuando es soplado. Todo era silencio gracias a la mullida nieve, por lo que podían estar atentos ante cualquier ruido extraño o señal de auxilio

Tras varias horas de búsqueda infructuosa, Kayra percibió algo que se movía en unos espesos y caducos matorrales cercanos. Sacó una flecha de su carcaj y la colocó en el arco, y tensó mientras avanzaba con extremo cuidado para no espantar a su presa. Los setos se movían cada vez más furiosamente según avanzaba lentamente intentando rodear la zona, tratando de vislumbrar qué era lo que producía ese gran jaleo a pesar de la penumbra que la rodeaba. Entonces lo vio, era blanco y esponjoso como un copo de nieve; estaba enredado en uno de los arbustos, resguardado. Un pequeño lobezno blanco.

<<Su madre no andará lejos>>, se dijo para sí, por lo que se disponía a alejarse del lugar cuando un desgarrador aullido resonó desde algún rincón cercano de la arbolada. Corrió hacia el lugar de donde provenía el quejoso murmullo y encontró un gran rastro de sangre en la nieve, unos metros más adelante, en un pequeño claro, un hermoso lobo gris se arrastraba agonizante perdiendo una gran cantidad de sangre. Examinó el lugar y, cuando estuvo segura de que nada amenazador andaba cerca, se aproximó al moribundo animal. Este gruñó nada más verla, pero estaba tan débil que apenas podía moverse. La herida de su costado era grande y lo había desgarrado con una facilidad desconcertante. “¿Qué podía ser tan fuerte y veloz para hacerle algo así a un lobo joven como este?”, pensaba mientras el animal espiraba su último aliento. Fuese lo que fuese, ya nada se podía hacer, además debía volver con el resto si una bestia peligrosa andaba cerca. De pronto se acordó del pequeño lobato, era aún muy pequeño para cazar por sí mismo y moriría de hambre allí solo, por lo que decidió llevárselo a palacio, al menos hasta que fuese lo bastante autosuficiente para vivir en libertad. Sabía que su padre no se negaría, siempre que lo cuidase ella misma.

Cogió al pequeño lobo, a pesar de lo pesado que era para sus endebles brazos, y se encaminó hacia el punto de encuentro que habían acordado. Pasados unos minutos, un ruido sordo sonó a su espalda y antes de que pudiese darse media vuelta para ver de qué se trataba, un duro golpe la lanzó unos metros en el aire hasta chocar contra un árbol. El pequeño cánido también salió catapultado emitiendo un gemido lastimero al chocar contra una roca cercana a la chica. Cuando consiguió ponerse en pie, pudo ver a una gran criatura parda de terrorífico aspecto. Era como un lobo, pero de increíbles dimensiones y de aspecto salvaje, que mostraba amenazantemente sus grandes y afilados dientes. Cuando fue a buscar en su pecho el cuerno de aviso, el pánico se apoderó de ella al ver que lo había perdido. Sin embargo, no perdió la compostura y cogió su arco, que había caído a sus pies, dispuesta a enfrentarse a la bestia. Buscó a tientas una flecha en su carcaj y descubrió para su horror que este se le había desprendido de la cadera y estaba a varios metros en el suelo, cerca del animal que comenzaba a avanzar lentamente, como si disfrutase de la situación. Kayra no vio otra opción que la de coger al lobato, que gruñía a la gran bestia, y correr, correr como nunca antes había corrido.

Corrió y corrió hasta que le ardían los músculos y se le embotaba la cabeza por la falta de aire, y, aun con todo, siguió corriendo mientras oía con total claridad cómo la bestia le perseguía bosque a través. Pasaron varios minutos cuando, de repente, ya no era capaz de oír absolutamente nada a su alrededor. Había estado tan obcecada en correr con el lobezno a cuestas que no se había dado cuenta que hacía ya un rato que no se escuchaban los pasos que la perseguían. Paró unos instantes para cerciorarse, recuperó el aliento y observó que nada de lo que la rodeaba le era familiar por lo que dedujo que se había adentrado demasiado en el bosque. Se dirigió al hueco de un gran árbol cercano donde pudo refugiarse y descansar tras la frenética huida. Podía sentir cómo la sangre le bombeaba cada parte del cuerpo intensamente y cómo los pulmones se afanaban por llenarse del frío aire para recuperar su actividad normal; poco a poco su ritmo se desaceleró y pudo pensar con claridad.
Estaba perdida en el bosque, nadie sabía dónde estaba y no tenía el cuerno para darles el aviso y, si se ponía a gritar en busca de auxilio, es probable que esa bestia la encontrase antes que su gente. Todas esas reflexiones fluían velozmente por la mente de la niña mientras el pequeño lobo se acurrucaba tembloroso y gimoteante sobre su regazo. Desprendía un gran calor, cosa que empezó a agradecer pasadas unas horas.

La buscarían, estaba convencida, pero debía mandarles una señal de algún modo; sin embargo, estaba agotada y, con el calor del cachorro y el silencio del lugar, calló rendida en un profundo sueño.
Pasó allí tres largos días sin nada que comer y bebiendo agua de nieve, solo con la compañía de Weibern, como había decidido llamar al pequeño lobo. No se atrevía a salir mucho de su escondrijo temiendo al gran lobo pardo, pero cuando lo hacía, dejaba en diversos puntos de los alrededores señales, flechas que apuntaban en su dirección hechas con rocas y ramas que encontraba. Recordaba lo que su padre le había enseñado, la manera de dejar señales en la naturaleza que todo cazador debía conocer si se encontraba en apuros.

Casi muere congelada.

Estaba perdida, tan perdida como se siente ahora.

Aun así, el frío le gusta. Le recuerda a la expresión de alegría de su padre al encontrarla y a cómo se pasó varios minutos abrazado a ella, llorando de alegría. “Hasta los grandes reyes temen a algo”, piensa al recordar aquello. Fue de las últimas grandes vivencias que tuvo con su padre, antes de que enfermase y muriese cuando ella apenas contaba trece años.

-Sé que pedisteis que no se os molestara, mi señora –dice de repente la voz de Onar, que se ha acercado hasta la roca sobre la que está sentada Kayra pensativa-, ruego me perdonéis, pero os traigo algo de comida. No es gran cosa, pero será mejor que reunamos fuerzas para lo que nos espera mañana –y le acerca un pequeño cuenco de coco con un poco de agua y varias piezas de pescado desecado que les había dado Marjani, la mujer del asentamiento del que venían, envueltos en una tela.

-Gracias –responde ella con una tímida sonrisa-, estáis más que perdonado. Y por favor, llamadme Kayra.

Coge el cuenco y la comida y las pone a sus pies, pero no prueba bocado. Se hace el silencio y, cuando Onar se da media vuelta para regresar con los demás, Kayra le pide que se siente con ella y este, aunque extrañado, accede. Se pasan varios minutos sin emitir palabra, sólo contemplando la inmensidad del firmamento. De pronto Kayra nota que su acompañante tiembla de frío, ha preferido dejarles las mantas al resto, que siguen metros atrás charlando muy animados, y está congelado.

-¿Tenéis frío? –pregunta con voz suave.

-No –le responde el joven con entusiasmo, pero cada vez tiembla más.

Entonces Kayra se quita el gran pañuelo que protege habitualmente su cabeza del ardiente sol, el que él mismo le dio días atrás, y se lo ofrece. Tras varios rechazos y varias insistencias, acaba aceptándolo y el muchacho se envuelve con él.

-Me encanta el frío –dice tras unos minutos Kayra-, aunque supongo que para vosotros es tan poco agradable como para nosotros el calor.

-Se soporta, pero prefiero el calor sin ninguna duda –le responde, y se echa a reír-. Aunque siempre he querido viajar al norte y ver con mis propios ojos la nieve.

-Bueno, no es más que agua muy fría. Seguro que la veréis en el paso helado de Jezdca Marly o en las montañas Doruklana. Estoy deseando estar en terreno montañoso de nuevo.

-Allí seréis vosotros quienes nos enseñéis a sobrevivir a nosotros –dice Onar, y ambos se echan a reír al recordar los sofocos y los desmayos por el intenso calor.

-¿No se os hace extraño todo esto?, colaborar con gente a la que se supone que debéis odiar –pregunta la norteña pasados unos minutos.

-Un poco extraño –responde el muchacho pensativo-. Mas el deber es el deber, y lo más importante para mí ahora mismo es cumplir con esta misión para salvar a mi pueblo- y se hace el silencio de nuevo. Al cabo de unos minutos dice con la voz algo entrecortada:-. ¿Sabéis?, no sois la única que siente que está perdida y que esto le viene grande –y esto la sorprende.

-No creo que el bravo príncipe Onar tema a algo –responde Kayra, pero su tono no es de burla. Lo dice con total convicción-. Sois un hombre valiente y decidido, además, aún no recae sobre vuestra espalda el peso de todo un reino.

-En eso lleváis razón, pero algún día lo hará y tendré que estar a la altura, cosa a la que temo –dice Onar y por primera vez su voz se torna frágil-. Mi padre es el mejor monarca que ha tenido el reino Knöt y no creo que yo sepa estar a la altura. Hasta entonces podré ser lo libre que quiera, pero algún día llegará mi turno y siento que no estaré a la altura de las expectativas.

-No es tan malo gobernar un reino como creéis, no si tenéis un corazón justo y fuerte. Y unos buenos consejeros –dice Kayra riendo, recordando con cariño a su buen amigo Ahren que tanto la ha ayudado siempre-. Seréis un gran rey. Sólo los grandes líderes luchan por su pueblo sin importarles su propia integridad física; sólo los grandes reyes respetan tanto a su pueblo, que temen decepcionarlo. O al menos eso decía mi padre –y un aire de melancolía les envuelve haciéndose de nuevo el silencio.

-¿Volvemos con el resto? –dice Onar trascurrido un buen rato.

-Será mejor, ¡tembláis tanto por el frío que vais a acabar desplazando la roca sobre la que estamos! –se mofa Kayra, y ambos bajan del improvisado asiento y vuelven con los demás en busca de calor.



La noche empieza a clarear cuando van apareciendo pequeños grupos de hombres armados de forma escalonada. Todos son de piel azabache y todos se sorprenden, según van llegando al punto de encuentro, ante el aspecto de los níveos Griundels. La compañía se asombra también al ver a tantos y tan variopintos grupos, quedando claro que no todos pertenecen a la tribu de Tafari. Este se aproxima al primero de los grupos que llega y conversa durante un largo rato con ellos, tras el cual vuelve a la comitiva para explicarles que su pueblo se ha puesto en contacto con otras tribus de la zona ante la alarmante situación y que aprovecharán la ocasión para librar a estas tierras de la amenaza azul de una vez por todas. Muchos de los que llegan cuentan que han sido chantajeados y atemorizados por los Noka Wa Möt y que, aunque no son grandes guerreros, se unirán a la causa sin reparos.

Al cabo de casi dos horas, por fin llegan los guerreros de la tribu roja, con Sirham al frente. Van ataviados para la lucha con pecheras de caña, lanzas, arcos y escudos de madera. Tras los saludos correspondientes, los líderes de cada grupo y los miembros de la compañía se reúnen para debatir sobre la estrategia a seguir. Sin duda, siendo tantos, iba a ser una gran contienda.

Según van relatando, la tribu azul ha aumentado considerablemente su tamaño, duplicando a la tribu roja, la tribu que poseía la fama de más próspera y numerosa de aquellas tierras. Sus gentes están bien alimentadas, fuese por sus propios medios o por lo que les sonsacaban a las aldeas cercanas, y sus hombres se preparan mucho físicamente para la caza y la batalla ayudándose de esclavos para la realización de sus labores cotidianas, esclavos que sacrifican sin ningún tipo de miramientos a los antiguos espíritus y de los que luego se alimentan.

La victoria se antoja esquiva, pero no inalcanzable. Por cada uno de los suyos hay tres hombres de la tribu azul adiestrados y bien alimentados, mas, y aunque la mayoría no eran guerreros, no dudan ni por un segundo en luchar hasta el final.

No tienen nada que perder, o eso dicen.

Pasan varias horas planeando la mejor manera de atacar y sufrir el menor número de bajas posible, para lo que idean un plan. Después, se lo explican a todos, les asignan un papel en el mismo y descasan hasta la hora acordada: el ocaso.


16
El sol cae parsimoniosamente mientras todos permanecen a la espera en sus puestos.
Rostam, Onar y Cyra junto con varios arqueros de la tribu roja y algunos hombres del resto de las aldeas al oeste; al este, Argus, Oddur y Kayra con otros pocos arqueros y algunos guerreros de la tribu roja; y Tafari y Sirham con el resto de la tribu roja al sur. La idea es hacer la máxima presión por el sur y dar cobertura desde ambos flancos. Los arqueros se encargarían de dar apoyo en todo momento y de derribar a los que intentasen huir por el norte para lo que están apostados en las zonas más septentrionales de ambos flancos.

Cuando el sol desaparece en el horizonte, se movilizan al fin.

La tribu azul está reunida en el centro de la aldea para celebrar su tradicional rito de ofrenda a los antiguos espíritus.

Una joven está en el centro rodeada de hogueras, desnuda, atada a una gran estaca de madera, y todos bailan y cantan a su alrededor frenéticamente mientras ella forcejea en vano. Su expresión es de auténtico pánico mas no logra emitir ningún grito de auxilio, claro que quién vendría a salvarla. El aspecto de sus captores es de lo más siniestro: están desnudos casi por completo, cubiertos por unos pigmentos azules pálidos y todos están rapados por lo que, a simple vista, cuesta distinguir a hombres de mujeres. Lo único que adorna sus cuerpos son unas espinilleras y unos brazales hechos de caña, además de diversos y coloridos collares.
Están tan absortos en su ritual que no se dan cuenta de que a pocos metros, en la penumbra, les acechan decenas de ojos.

Bailan y beben sin descanso cuando el chaman de la tribu hace acto de presencia y se acerca a la chica, que sigue forcejeando tratando de librarse de su fatal destino. Este lleva una máscara alargada de múltiples colores que le cubre desde la cabeza hasta el medio vientre dejando sólo a la vista sus ojos. Coge una antorcha, que prende en una de las hogueras cercanas, y se aproxima a la joven que comienza a gritar invadida por el miedo. Cuando está a punto de soltarla sobre el montón de leña seca sobre el que está la chica, una veintena de hombres caen sobre los confiados danzantes y los acuchillan y apuñalan sin piedad. El caos se extiende vertiginosamente mientras muchos más hombres entran en escena y atacan a todo miembro de la tribu azul que ven a su paso. La gente que no se topa con la afilada muerte, grita y corre despavorida siendo entonces las flechas las encargadas de acallar sus voces. La sangre tiñe la arena de forma escandalosa. Poco a poco, el jolgorio va dando paso a un silencio espeso y con aroma a podredumbre.

Unos desatan a la chica de la estaca mientras el resto se va reuniendo en el lugar donde yacen la gran mayoría de los cadáveres. A algunos les choca lo sencillo que ha sido reducir a una tribu de reconocidos guerreros entretanto analizan el lugar, pero no le dan mayor importancia. Habían ganado.

-Bien, registremos a fondo el lugar. Nuestras cosas no deben andar lejos –propone Rostam entretanto termina de limpiar la hoja de su cimitarra.

De pronto, varios hombres emergen de las sombras y se abalanzan sobre ellos. Tafari, Onar, Argus y Rostam son apresados mientras que Oddur, Cyra y Kayra consiguen zafarse con gran agilidad de otros tantos aprovechando la confusión. Lo mismo sucede con el resto de los hombres: muchos son asesinados en el acto, otros tantos apresados y el resto se encuentra sin escapatoria, rodeados, con las armas en alto apuntando a sus atacantes que, sin lugar a dudas por su aspecto, son miembros de la tribu Noka Wa Möt. Ahí, encerrados como ratones, son plenamente conscientes de que han caído de lleno en una trampa.

La elevada tensión del momento es interrumpida de repente por el sonido de unas palmadas. Cuando los que han conseguido zafarse buscan el origen del sonido, descubren que su artífice es un hombre mayor, huesudo, con el pelo largo y canoso (cosa que resalta especialmente en comparación con su bruna piel), ojos lechosos y generosa chepa, al que el resto va abriendo paso. Sonríe maliciosamente mientras se aproxima aplaudiendo. Cuando cesa, uno de los guerreros más jóvenes recoge la máscara del chamán muerto y se la entrega, este se la pone y todos los de la tribu azul emiten un agudo y acompasado grito de euforia. Dice algo en su lengua, algo que hace que los aborígenes que rodean a Kayra, Oddur y Cyra se pongan aún más tensos y eso, aunque no puedan entender ni una palabra de lo dicho, es sin lugar a dudas una mala señal.
El viejo se dirige entonces a Sirham, al que sujetan dos de sus muchachos, y le dice algo en tono sibilante a lo que Sirham responde con dos escuetas palabras y un escupitajo, cosa que ofende al anciano y bien le vale al líder de la tribu roja para ganarse varios puñetazos. Luego se aproxima al lugar donde algunos de sus hombres retienen a Tafari, Onar, Argus y Rostam y, aunque la máscara oculta por completo su rostro, se aprecia cómo se recrea en Argus. Cuando lo ha examinado varias veces de arriba abajo, dice algo que Kayra reconoce, el mismo término que Sirham utilizó para llamarles “hijos del Sol”. Entonces ella repite torpemente el término, acaparando así la atención del anciano que se gira y la observa atentamente en la distancia. Pasados unos segundos, le dice algo que ella no logra comprender. Tafari interviene, se dirige al anciano con voz entrecortada por los tirones que recibe de los hombres que le sujetan para hacerle callar, pero este levanta la mano, dejan de vapulearlo y le permiten hablar con más calma. Pasados unos instantes, el anciano se dirige nuevamente a los que resisten alrededor de las hogueras y esta vez Tafari traduce sus palabras para que Kayra, Cyra y Oddur puedan comprenderle.

-¿De verdad pensabais que los grandes espíritus iban a traicionarnos?, ¿qué iba a ser tan sencillo derrotar a sus más aclamados hijos? –estas palabras crean mucha confusión entre los que resisten, emociones que van desde la ira al más profundo temor-. No sois dignos de disfrutar de los grandes placeres que nos otorgan nuestros ancestros, ¿de verdad creíais que el día que los hijos del Sol llegasen a nuestras tierras el rumbo de las cosas cambiaría? –ríe a carcajadas, y el resto de su gente ríe con él.

>>Seguimos siendo los elegidos por los grandes y sabios espíritus para habitar y dirigir estas tierras. Y ya nos hemos cansado de vuestra debilidad –enuncia maliciosamente el anciano. Se da media vuelta y le dice algo al oído a uno de sus hombres, este asiente y se pierde en la oscuridad. El chamán se recrea en los que han conseguido zafarse y les dice: -Será mejor que bajéis las armas o no sobreviviréis ninguno a esta noche.

Desde la oscuridad regresa el hombre al que susurró antes el anciano. Empuja a una mujer con la cabeza oculta por un ajado saco a la que se aprecia magullada y herida por varias zonas de su enclenque y desnudo cuerpo. Cuando están lo suficientemente cerca de la luz de las hogueras, le quita la capucha y descubre su rostro amoratado e hinchado. Es la mujer del pequeño oasis, Marjani. Solloza y se retuerce por el dolor de los múltiples golpes que ha recibido.

Entonces Kayra siente que le arde la sangre al verla así. A pesar del miedo que tuvo les contó lo que sucedía con los Noka Wa Möt y les ayudó en todo cuanto pudo. Ambas cruzan miradas y a la joven reina se le parte el alma al pensar que todo es culpa suya, que de no haber sido por ellos, no estaría pasando por este calvario. Ahora está claro cómo la tribu azul ha sabido de su llegada y cómo han podido prepararse para hacer que cayesen en la trampa.

El tormento de Marjani no dura mucho. El hombre que la ha traído mira al chaman, que le asiente, y de inmediato se lanza sobre la mujer, la sujeta firmemente por la cabeza y se la gira en un movimiento rápido y brusco durante el cual se percibe un chasquido seco.
Cuando la suelta, Marjani cae sin vida en la arena.



Sin más remedio que obedecer tras lo sucedido, deponen las armas y son tomados prisioneros.

Atados los unos con los otros se encuentran sentados observando cómo varios jóvenes de la tribu azul apilan los cadáveres de sus congéneres mientras echan breves ojeadas de odio y recelo al grupo cautivo.
El nuevo día comienza cuando siguen esperando a que les comuniquen su suerte.
Del grupo van separando a algunos hombres de las tribus aliadas a los que decapitan y desmembran delante del resto, recreándose en el dolor que esto les provoca, para luego disponer las cabezas de los caídos en picas que ponen en su línea de visión. La incertidumbre y el miedo al fatal destino minan a los prisioneros con cada víctima.
Tras el ocaso, asan entre bailes de celebración los miembros amputados y los devoran con ansia, lo que les provoca una gran repulsión.
A mediodía del día siguiente, cuando el intenso sol y la deshidratación hacen mella en los prisioneros, dos hombres de la tribu azul se acercan y cortan la cuerda que une a Tafari y Sirham con el resto. Los escoltan a empujones hasta que entran en una gran tienda cercana, la tienda más rica y ornamentada del lugar. A los pocos minutos vuelven a salir los dos escoltas y esta vez se van directos a por Kayra, Oddur y Argus, a los que separan del grupo, y les llevan casi en volandas a la misma tienda.

El ambiente en el interior es denso y oscuro. Un fuerte olor a hierbas aromáticas y mejunjes impregna la lóbrega estancia mareándoles. Tardan unos segundos en acostumbrarse a la escasa luz y vislumbrar que están en un amplio cobertizo presidido por el anciano chamán, ahora sin su máscara. Está sentado junto a una pequeña fogata de llamas verdosas que calientan una olla también de reducido tamaño; la sustancia que en ella se cuece borbotea de forma pastosa y repulsiva. Una vez se adaptan del todo a la oscuridad reinante, ven a sus amigos sentados a un lado del chamán, aún atados y con un guardia a cada lado.

-Sentaos, jóvenes –dice el chamán, a través de las traducciones de Tafari, mientras les invita con un gesto de su mano. Ellos, aunque confusos, obedecen-. Así que vosotros sois los hombres blancos que presagiaban los grandes espíritus, los hijos del Sol.
Les analiza de nuevo, escudriñando cada detalle de su anatomía. Su gesto pasa de la curiosidad a la repulsión en cuestión de segundos. Y prosigue:

-El líder de una de nuestras tribus cercanas dijo que los espíritus le habían hablado y le habían contado que un día llegarían hombres dorados y luminosos que apartarían a las tinieblas de nuestras tierras y restablecerían el orden. Hijos del Sol les llamó. Fue lo último que dijo antes de que le sacrificáramos por impuro.

Lo dice con tal naturalidad que resulta escalofriante, hasta en la voz de Tafari, que se limita a traducir, se percibe más aprensión que en la del anciano chamán.

-El muy necio decía que éramos una plaga que había que erradicar y que el día que los hijos del Sol llegasen a nuestras tierras, obtendríamos lo que nos merecíamos –continua, luego se echa a reír frenéticamente durante unos segundos tras los cuales les mira detenidamente-. Y aquí estáis. De blancos y dorados colores, colores que nunca antes había visto en la piel de ningún otro hombre. Habéis venido aquí, a nuestra casa, a atacarnos. ¿Y qué se supone que debería hacer ahora con vosotros? –pregunta mientras una chispa de maldad se refleja en sus blanquecinos ojos.


17
-Seguimos sin noticias de Aldgar, mi señor –informa un joven caballero Griundel.

-Tiene que haber algún problema –responde Ahren con desasosiego dando vueltas alrededor de la sala.

-Es probable que nuestro enemigo esté interceptado los mensajes que salen de Kanbas, señor.

-Esperemos que así sea, aunque me temo lo peor.



El anciano habla de torturarles de mil formas diferentes, de hacerles presos de por vida o, peor aún, de beber de su “blanca” sangre para contentar a los espíritus. Con cada comentario que hace, la desazón domina el semblante de los norteños. Sus rostros palidecen, y aunque casi carecen de expresión, no pueden evitar sentir un fuerte escalofrío al oír al cruel chamán. Al cabo de un rato, el anciano se fija en Kayra y en cómo no demuestra signo alguno de miedo. Educada para que en las más desafortunadas situaciones se mantuviese serena por el bien de su pueblo, había despertado así el interés del horrible anciano sin saberlo. El porte imperturbable de Kayra le maravilla.

El chamán la escudriña de cerca entretanto continúa con sus horribles explicaciones. El olor de su aliento es repugnante y sus largos y afilados dedos no dejan de juguetear con los cabellos de la joven.

-Podríamos mataros simplemente y poner vuestras doradas cabezas colgando de picas cerca de nuestra aldea. Así todos verían cuán grandiosa es la tribu azul –dice, mirando a Oddur y Argus. Los hombres de la tribu que se encuentran en la tienda ríen complacidos ante la idea.

“Y tú, mi hermosa bruja, para ti tengo pensado una tortura especial”, susurra al oído de la reina Griundel mientras olisquea sus largos cabellos, gesto que la repugna. Incluso sin entender ni una sola palabra de lo dicho por el anciano, un escalofrío le recorre la espalda.

-¡Decidido!, llevad a los hombres fuera y desnudadles. Mutiladles poco a poco, acabarán suplicando por su muerte.

El plan horroriza a Tafari y Sirham que tratan de ponerse en pie y forcejean con sus escoltas vociferando entretanto los hombres de la tribu azul se congratulan con la decisión.

-¡No podéis hacer eso!-grita el líder rojo-. No tenéis corazón. ¡No tenéis honor!

Sin las traducciones de Tafari, los norteños no entienden lo sucedido, pero les basta observar la reacción de sus aliados para ponerse en guardia aprovechando el revuelo, lamentablemente hay demasiados enemigos en la estancia y enseguida les inmovilizan, al igual que a sus compañeros.

-¿Honor?, ¿para qué querer honor cuando tenemos poder?- pregunta el anciano divertido por la situación-. Moriréis todos y el resto de las aldeas nos darán cuanto queramos. No hay mejor lealtad que la que infunde el miedo.

-Llevémosles fuera de una vez y acabemos con esto –sugiere un alto cargo de la tribu azul.

Mas cuando empiezan a tirar de los prisioneros, el chamán detiene a aquellos que sujetan a la joven reina y se le acerca tanto que sus rostros acaban a pocos centímetros el uno del otro.

-A ella no os la llevéis, tengo otros planes para esta bruja –dice el perverso anciano agarrándole el rostro, a lo que Kayra responde con un brusco movimiento con el que logra liberarse de sus garras-. Luchad cuánto queráis, hija del sol, pero seréis mía hasta el fin de vuestros días.

-¿Qué queréis decir? –le pregunta otro de sus hombres.

-Que me desposaré con ella, a ver quién osa volver a presagiar nuestra perdición –contesta con regocijo.

En contra de lo que esperaba el chamán, varios comentarios en tono de protesta surgen de entre los miembros de la tribu azul allí presentes. Hablan subiendo el volumen cada vez más y aumentando con ello el tono airado de sus comentarios. No están de acuerdo en dejar a alguno de los llamados “hijos del Sol” con vida ni tampoco al resto de los asaltantes; tachan al chamán de dejarse hechizar por la bruja de dorados cabellos. La discusión se vuelve más intensa cuando el acusado habla para defenderse. Los gestos de desacuerdo, acusaciones de traición y descontento se alargan hasta bien entrada la tarde.



La discusión llega a su fin cuando media docena de encapuchados irrumpen bruscamente en la tienda.

Con el escándalo que habían montado, ninguno se había percatado de que en el exterior un pequeño grupo de asaltantes se ayudaba de la calma de la noche y de su confiado sentido de la victoria para irrumpir en la aldea. Cuando se hace el silencio dentro de la tienda, se oye con total claridad cómo en el exterior pelean y mueren hombres entre gritos agónicos.

Los misteriosos asaltantes mantienen sus armas en alto amenazando a los sorprendidos miembros de la tribu azul que, tras varios minutos de tensión en los que espadas en mano no saben cómo reaccionar, sueltan lentamente las suyas arrojándolas a los pies de quien les ha dado orden de hacerlo. Acto seguido, desatan a los hasta ahora prisioneros, y alzan sus indefensas manos con contenidos rostros de desprecio.
Una vez desarmados, los intrusos les atan de pies y manos entretanto dos de ellos forcejean y finalmente sacan a rastras al chamán fuera de la tienda.

Aún confusos, Kayra, Oddur, Argus, Sirham y Tafari asimilan perplejos lo que acaba de suceder y se cuestionan cómo este giro en los acontecimientos afectará a su suerte, temiendo por sus vidas, cuando el encapuchado que ordenó la deposición de las armas se acerca a Tafari, al que le dice algo que le confunde, y acto seguido se descubre el rostro. Resulta ser una mujer bella, de piel bruna y tatuajes faciales rojizos, con cabellos oscuros recogidos en múltiples trenzas que dibujan la forma de su cabeza; sus ojos son de un intenso color verde y sonríe abiertamente ante la cara de asombro del desconcertado Tafari.

-¡Alika! –grita este de alegría e intenta abrazarla con sus atadas manos.




Cuando han conseguido reducir al enemigo, ven cómo sacan a rastras de la cabaña al viejo chamán azul retorciéndose y maldiciendo iracundo. Y Onar lo observa divertido. Hasta hace unos minutos pensaba que iban a morir y que lo harían de la peor forma posible. Ahora, gracias a estos misteriosos encapuchados, eran libres de nuevo y tenían el control de la situación. Entonces todos salen de la choza, incluidos los recién apresados Nokas, y los encapuchados, viendo a Alika descubierta, se destapan los rostros al fin. Son una docena de hombres y mujeres de la misma raza que Tafari, con adornos faciales diversos: desde tatuajes de diferentes colores y formas, a anillas y ornamentos que dilatan ciertas zonas de sus pieles.

Ayudan a los supervivientes a reducir y a atar a los miembros de la tribu azul que quedan con vida y los disponen a todos en el centro de la aldea, donde se celebran los rituales y sacrificios. Allí llevan también al chamán, que sigue maldiciéndoles.

-¿Cómo habéis sabido que estábamos aquí? –pregunta Tafari a Alika.

-Volvimos a la aldea para reponer suministros y descansar unos días, cuando vimos que faltaban demasiados hombres. Hablamos con las mujeres de la tribu y tu madre, Makeda, nos dijo que se habían reunido con gente de otras tribus para enfrentarse a los Noka Wa Möt, que andan extorsionando a varias tribus de la zona. Que tú estabas con ellos en esto. Así que decidimos venir a ayudar y, por lo que puedo ver, hicimos bien en venir –responde terminando con aire de mofa.

-No podríamos estaros más agradecidos –dice Onar mientras se acerca a ambos-. De no haber sido por vuestra ayuda ahora mismo seríamos carne de sacrificio.

-Lo que sea por mi primo y sus amigos –le responde ella sonriente, y Onar le devuelve una tímida sonrisa.

-No íbamos a dejar que le hiciesen nada a nuestro primo favorito –interrumpe una voz que se aproxima. Se trata de Kanot, primo de Tafari, de lo que no cabe duda debido a su enorme parecido físico; lo único en que difieren ambos es que Kanot también tiene los ojos de un intenso color verde, como su hermana Alika. Los primos se saludan efusivamente y comentan ciertas cosas que les hacen echarse a reír reiteradas veces.

-Y bien, ¿qué hacemos ahora con ellos? –pregunta al cabo de un rato uno de los jóvenes de las tribus cercanas dejando al último de los de la tribu azul en la zona de rituales. El resto se mira preguntándose lo mismo, todos esperan que Sirham, alguno de la compañía o alguno de los recién llegados les diga qué hacer.

-Deberíamos matarles, sacrificarles a los espíritus como harían ellos con nosotros –dice otro joven con marcado desprecio, y algunos aprueban la idea.

-¿Y en qué nos diferenciaríamos de ellos? –repone Sirham-. No contentaríamos a los antiguos espíritus derramando más sangre. No somos salvajes como ellos.

Las palabras del líder rojo hacen que muchos se avergüencen de haber deseado la muerte de los prisioneros, mientras que otros tantos asienten y le dan la razón. El problema es que no alcanzan una solución que contente a todos.

Tras mucho discutir, llegan a la conclusión de que dejarán libres a los supervivientes azules, no así al chamán.

-Les llevaremos cerca de las montañas, sin armas, sólo con algo de agua y comida –explica Alika, artífice de la idea-. Irán con los ojos y oídos vendados para que no encuentren nunca el camino de regreso, y les dejaremos allí a su suerte, a la suerte que los sabios espíritus les aguarden. Si han de morir, será el desierto quien se encargue de ello –sentencia. Y todos parecen estar conformes con el plan.

-En cuanto al anciano –prosigue Sirham-, será castigado y condenado a muerte por sus bien conocidos actos de crueldad y por la utilización de artes oscuras. Será ejecutado al alba –y nadie discute la condena.



Dan sepultura a los caídos en combate hasta la caída del sol, tanto a los suyos como a los de la tribu azul. Es costumbre en sus tierras dar un digno sepelio incluso a los enemigos.

Durante la noche conversan entre ellos. Kanot y Alika explican a la compañía que son un grupo de mercenarios nómadas que se mueve por el vasto desierto. Van de aquí para allá ayudando a las tribus y aldeas de la zona por un módico precio. Son cazadores y guerreros que prefirieron servir al bienestar de sus gentes y vivir aventuras a quedarse confinados en sus tranquilas aldeas.

La noche se les pasa volando entre recuerdos y anécdotas.

Cuando el día rompe, desatan al viejo chamán y le postran de rodillas delante del resto de su gente mientras éste recita en voz baja una serie de rezos. La hoja de Sirham cae cercenándole la cabeza que rueda un par de metros en la arena. Después, vendan los ojos y taponan los oídos de los prisioneros según lo acordado, les dan pequeños sacos con algo de agua y comida y los atan por parejas. Como el lugar acordado para dejar a los hombres azules a su suerte entra en la ruta de la compañía, enganchan una pareja a cada montura, ya listas con sus alforjas; a la improvisada escolta se unen Kanot y Alika quienes también enganchan cada uno una pareja de prisioneros a sus monturas.


Y, tras despedirse de todos, de gentes que probablemente nunca más vuelvan a ver, parten hacia las montañas Doruklana mientras la aldea azul se consume entre las llamas para que no quede nada con qué poder recordar a la temible tribu.


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Última edición por Muerte el Dom Jun 29, 2014 3:12 am, editado 3 veces en total
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NotaPublicado: Lun May 19, 2014 8:40 pm 
Guerrero/Brujo
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Una historia muy interesante, espero que no nos dejes en ascuas y publiques la continuación, mi estimada Muerte.


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NotaPublicado: Mar May 20, 2014 11:45 am 
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Ladronzuelo
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Flaviuscrasus escribió:
Una historia muy interesante, espero que no nos dejes en ascuas y publiques la continuación, mi estimada Muerte.

Muchísimas gracias Flaviuscrasus! Aún tengo que subir la tercera parte de las cuatro que forman lo que pretendo que sea el primer libro de esta aventura, enseguida la subo aquí aunque en el blog ya está disponible.
Espero que te siga gustando, un saludo y gracias una vez más! :)


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NotaPublicado: Mar May 20, 2014 10:45 pm 
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Ladronzuelo
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Interludio(Tercera parte)

18
Caminan por el desierto durante horas, a paso lento. Charlan entre ellos animadamente recuperando la alegría que habían perdido con el entramado de la tribu azul, aun cuando todavía cargan con los invidentes prisioneros a cuestas. Alika y Kayra hablan sobre sus experiencias; como mujer en estas tierras, a Kayra le asombra lo bien aceptada que está la palabra de la joven y, gracias a que Alika chapurrea la lengua común, pueden conversar durante la caminata.

Le habla de cómo tuvo que ganarse poco a poco el respeto de los hombres, cómo siendo una gran cazadora tuvo que dedicarse a las labores del hogar cuando alcanzó la menarquía y cómo su padre, Sirham, acabó cediendo a reconocerla como a un guerrero más cuando, con tan solo doce años, se escapó con su hermano y un grupo de jóvenes cazadores a una expedición en la cual acabó salvando la vida de varios de ellos.

Estaban cazando, agazapados entre los escasos matorrales para coger desprevenidos a los antílopes, animales asustadizos y veloces capaces de huir con gran celeridad si se sienten amenazados. Tres de ellos se lanzaron a por las escurridizas bestias cuchillo en mano, y el resto se quedó aguardando expectante. Los muchachos se movían con sigilo entre los despreocupados animales, que bufaban y se libraban de las molestas moscas, sin siquiera reparar en ellos.
De repente, se produjo una desenfrenada estampida.
Un reducido grupo de enormes hienas moteadas apareció aullando alegremente mientras se lanzaban tras los indefensos antílopes, y los chicos se vieron rodeados por las cornúpetas bestias que corrían asustadas, tropezando en reiteradas ocasiones con sus enjutos cuerpos, embistiéndoles y atropellándoles.
Uno de los chicos, el más pequeño, cayó aplastado tras un mal golpe y le perdieron de vista; los otros dos seguían en medio del tumulto intentando salvar sus vidas. Uno de ellos consiguió llegar a una alta roca cercana a la que subió ágilmente. Gritó a su compañero para guiarle hasta su improvisado refugio y este intentó con todas sus fuerzas alcanzarle. Entretanto, los que esperaban tras los matorrales disparaban flechas y lanzaban piedras contra antílopes y hienas con escaso éxito.

Cuando ambos estaban encima de la roca, comenzaron a calmarse los ánimos. Habían corrido un gran riesgo de morir aplastados, pero ahora estaban a salvo de embestidas y pisotones.
El flujo de animales era constante y poco a poco iba disminuyendo. Mas, de pronto, Alika vio cómo un par de hienas, las de mayor tamaño del grupo, desviaban su atención hacia los indefensos chicos. Eran presa fácil allí subidos y solo Alika vio venir la desgracia.
Entonces, una flecha salió rauda y certera desde su arco y, entrando por la cuenca del ojo de su objetivo, le atravesó la cabeza. La hiena, que estaba en el aire en pleno salto a la roca, cayó pesadamente y se perdió entre los restos de la estampida. La chica preparó tan rápido como pudo otra flecha y buscó a su segundo objetivo, pero no fue capaz de localizarlo. Aguardó unos instantes con la cuerda tensa mientras escudriñaba la escena en su busca, cuando algo la golpeó fuertemente y la lanzó por los aires.
La bestia la había embestido por sorpresa y ahora se encontraba entre Kanot y los otros dos chicos que estaban con él. Estos se vieron obligados a plantar cara al animal: una gigantesca hiena, más pesada que todos los muchachos juntos, aullaba suavemente con agudas risotadas como si le divirtiese de la situación. Al unísono, los chicos se lanzaron a por el animal que, de un zarpazo, se quitó de encima fácilmente a uno de ellos, a otro le mordió con fuerza a la altura de la pantorrilla, arrancándole un buen trozo de esta, y Kanot acabó, de modo alguno, en el suelo bajo las grandes zarpas de la bestia. Lo olisqueó con vehemencia y varias gotas de sanguinolenta saliva cayeron sobre la cara del asustado muchacho. Cuando abrió la boca enseñando sus afilados dientes, Kanot cerró los ojos esperando el trágico final. Entonces, la criatura cayó en peso sobre él, pero, para sorpresa del chico, cayó sin vida.
Un puñal relucía en la ahora abierta garganta de la hiena de la que manaba la sangre a borbotones.
Al fin, la estampida cesó y, tras curar y remendar como bien pudieron sus heridas, volvieron a casa con la cabeza de la gigantesca hiena a cuestas como trofeo.
Los chicos contaron la historia a Sirham, la historia de cómo Alika salvó sus vidas y demostró tener un gran valor y entereza, dignos de cualquier gran guerrero. Así se ganó el respeto de su padre y de toda su gente. Así fue como ganó el privilegio de que su voz se oyese en un mundo donde solo los hombres tienen derecho a pronunciarse.
Su mundo.



-Un grupo pequeño se acerca por el noreste, señor.

-¿Un grupo de reconocimiento? –pregunta con desgana Erol.

-No estamos seguros, pero el vigía que los avistó dice que sus ropas no son las habituales, que son de tonos azulados –responde dubitativo el soldado.

-¡Norteños!, traerán noticias desde su reino –exclama con renovado interés el viejo general incorporándose en su sillón-. ¡Mandad unos cuantos jinetes para que les escolten hasta la fortaleza y avisad al consejero Ahren de inmediato!

-¡A la orden, señor!



Una vez cruzan las puertas de la gran muralla que envuelve a la hermosa Kanbas, se permiten respirar tranquilos por primera vez en días.
El grupo es pequeño, de unos veinte hombres bien armados, y se aprecia a simple vista que han estado inmersos en una cruenta lucha. Armaduras rayadas y melladas espadas, ropajes ajironados y llamativas manchas sanguinolentas en sus ajados cuerpos deslucen por completo el siempre inmaculado aspecto de los Griundels. Numerosas son las manos Knöts que se prestan para asistir a los maltrechos soldados y cuidar de sus extenuadas monturas. De entre el gentío surge el consejero real Ahren, que se dirige con paso firme hacia el capitán de la mermada caballería.

-Sed bienvenidos, valientes soldados –dice el consejero, mientras el capitán desmonta de su caballo-. Imagino lo duro que ha sido vuestro viaje, pero es necesario que informéis cuanto antes de lo que os ha traído aquí, a Kanbas, en estas lamentables condiciones.

El guerrero se quita el mugriento yelmo en forma de cabeza de lobo, distintivo de alto rango, y descubre su rostro. A primera vista nadie en la fortaleza se había percatado de que quien dirigía la caballería no era un hombre, como todos suponían, sino que se trata de una mujer. Al verla, muchos de los Knöts presentes en el improvisado recibidor no pueden ocultar su sorpresa.
Su aspecto es fuerte y sano a pesar de las heridas: con cabellos lisos y pajizos cortados siguiendo la línea del mentón, piel increíblemente blanca e intensos ojos color azul pálido que le otorgan un aspecto gélido e imponente.

-Venimos desde Skórgull, fuerte del suroeste –responde la joven soldado-. Mi nombre es Audris, capitana de la guardia, y traigo malas noticias, mi señor. Fuimos asediados durante dos días por un extraño ejército de criaturas llegadas desde el mismísimo infierno. Resistimos cuanto pudimos, pero nos superaban en número. Además, estaban bajo algún tipo de protección maléfica. Jamás había visto cosa parecida. Ha sido casi un milagro que hayamos escapado de allí con vida –dice con la voz entrecortada por la emoción.

-Tranquilizaos, aquí estáis a salvo. Vayamos dentro, será mejor que comáis algo y os curéis las heridas. Hablaremos cuando estéis más calmada –le propone Ahren viendo la expresión de pánico y agotamiento de Audris y sus compatriotas-. ¡Buen trabajo capitana!, ¡buen trabajo soldados!



Unos nerviosos pasos recorren la sala sin cesar. Pasos inquietos que resuenan con fuerza ya que su única compañía es el denso silencio de la noche. Pasos que solo se detienen por breves momentos mientras su artífice se recrea en el gran mapa que ocupa la mesa central. De pronto, una de las pesadas puertas se abre y una tullida Audris aparece tras ella, cierra tras de sí y marcha directa hacia donde un angustiado Ahren da vueltas sin descanso, inquieto.

-¿Queríais verme, señor?

-Sí –responde el consejero sorprendido al no haberse percatado de la entrada de la joven. Le invita con un gesto a que tome asiento-, necesito que me expliquéis con mayor detalle lo sucedido en Skórgull.

-Bueno, como ya os conté antes, mi señor, hace apenas una semana nos vimos rodeados por un extraño y siniestro ejército oscuro como la noche. No sabemos de dónde vinieron, ni advertimos su llegada, pero allí estaban: rodeándonos y casi triplicándonos en número. Doblamos las defensas, nos atrincheramos ante lo indescriptible y enviamos mensajes urgentes a Aldgar y al resto de ciudades de Andor pidiendo ayuda y alertando sobre esos extraños invasores. Soportamos sus ataques durante dos largos días –continúa la joven-. Las bajas fueron cada vez más y más numerosas, y parecía que por más que hiciéramos, no éramos capaces de diezmar ni un ápice sus filas. Les derribábamos, pero una y otra vez volvían a ponerse en pie.

>>Aquello no eran hombres, mi señor, eran demonios; fantasmas que no dejaban de regresar de entre los muertos –recuerda, mientras los recuerdos la sumergen en una especie de estado catatónico.

-¿Obtuvisteis alguna respuesta? –pregunta Ahren pasados unos segundos de silencio.

-Ni una sola. Pensamos que el enemigo habría interceptado nuestras comunicaciones con el exterior.

-Eso es lo que he pensado yo también hasta ahora. He mandado varios mensajes al reino explicando la situación y solicitando ayuda y no ha habido respuesta alguna. Algo grave pasa en Andor, y espero equivocarme, pero si el ejército Martu llegó con tanta violencia como decís, me temo lo peor.

-Después de lo que vi, yo también lo haría, señor. Esos hombres, si así se les puede llamar, no eran nada comparado con las monstruosas criaturas que estaban bajo sus órdenes: lobos de varios metros de alto y afiladas garras de acero, lagartos gigantes con aguijones y supurantes ampollas ácidas por todo el cuerpo, gigantes de varias cabezas... El infierno en la tierra –dice Audris afectada tras evocar las siniestras imágenes de aquellas criaturas- Vinimos a tierras de Messut con la esperanza de encontrar aliados aquí; de encontrar a la reina Kayra; de pedir ayuda a los Knöts. Estábamos desesperados.

-Espero que al menos nuestra reina y su compañía puedan cumplir lo más prestamente posible con su misión o temo que pronto no quede nada por lo que luchar –mal augura el consejero.


19
-Podríamos dejarlos aquí, estamos bastante lejos ya de vuestras tierras y con la poca agua que llevan no se podrían permitir regresar. Suponiendo que encontrasen el camino de vuelta.

Han cruzando el desierto durante un día y una noche. Por el camino se han ido encontrando varios poblados pequeños, mas sus sorprendidos habitantes se limitan a observar cómo la compañía cruza sus tierras. Todos reconocen a simple vista a los rehenes, y algún que otro lugareño se arranca en risotadas o jubilosos vítores.
Con la silueta de las montañas Doruklana nuevamente ondulante en el horizonte, Onar detiene a la compañía para liberar al fin a los rehenes de la tribu azul. Todos están de acuerdo en dejarles allí ya que de continuar, los presos podrían morir insolados o de agotamiento; además, con las montañas tan cerca no les convenía seguir cargando con tanto lastre, por lo que les destapan los oídos y los desatan.

-Si valoráis vuestra vida, no regresaréis jamás a nuestras tierras –les dice Tafari en su lengua, entretanto corta la última cuerda que les une a los caballos-. Hemos sido benévolos, no hagáis que nos arrepintamos de ello. Sois libres y vuestra suerte ahora pertenece al desierto.

Uno de los hombres azules se lleva las manos al vendaje que todavía le impide ver, pero Onar se las sujeta, deteniéndole, y dice en voz alta para que todos le oigan-: Ni se os ocurra destaparos los ojos todavía. Os vigilaremos mientras nos alejamos y si vemos que alguno realiza algún movimiento sospechoso, no dudaremos en volver para mataros. ¿Entendido? Yo que vosotros, no tentaría más a la suerte.
Los miembros de la tribu azul asienten y permanecen quietos mientras la compañía se aleja a paso ligero.

-Os acompañaremos hasta los lindes del bosque más próximo a las montañas, si no os es molestia. No voy a dejar que le pase nada a mi medroso primo –dice con marcado acento Kanot entre risotadas. Tafari se torna rojo y contiene una soez respuesta apretando los labios y Kanot, que percibe el disgusto de Tafari, se aproxima con su caballo hasta poder tocar el hombro de su primo; este relaja así su expresión hasta acabar riendo junto con su primo.

-Será un placer que nos acompañéis el tiempo que gustéis –responde gentil Kayra.


El aire va siendo menos cálido a medida que avanzan, algo que reconforta a los norteños. El paisaje cambia una vez más de forma gradual apareciendo más vegetación y pudiéndose vislumbrar mayor número de especies animales. Los colores pasan del pálido amarillo, al más intenso y fresco verde. La primavera roza su fin dando paso a un fresco y apacible verano, una nota amable frente a la odisea que aún les espera.

Durante el recorrido, van planeando la estrategia a seguir hasta llegar a tierras de Maeva. Discuten de los impedimentos de tener que cruzar por esa zona desolada con fama de estar habitada por los fantasmas de aquellos que allí perecieron, del peligro y mal augurio que sienten solo de pensar en pasar cerca del oscuro mar de Goi, y de las dificultades de llegar al templo de las montañas de Helos si el enemigo les cortase el camino más factible. Entre tanta discusión, acaban contándoles a Kanot y Alika su misión, el origen de esta y su finalidad, y Alika demuestra un gran interés en los detalles.



La compañía mira esperanzada el espeso bosque que se avecina, donde podrán tener agua y alimento en abundancia frente a las penurias y el excesivo racionamiento sufrido en sus días en el desierto. Esperanzados a la vez que inquietos, pues desconocen qué les deparará ese denso manto verde.

-Gracias por todo –dice Tafari a sus primos mientras se funden en un emotivo abrazo.

-No vamos a permitir que nada te suceda, primo, ni a ti ni a nadie que te acompañe en tu camino –responde Alika-. Ojalá pudiésemos hacer más.

-Ya habéis hecho más que suficiente –le agradece Tafari.

-Bueno, es hora de volver –comenta Kanot-. Debemos ayudar a reconstruir algunas de las aldeas que asoló la tribu azul –da unas palmadas en la espalda de Tafari y, mirando al resto, realiza una leve reverencia como muestra de respeto.

-Estamos en deuda con vosotros y vuestra gente –dice Kayra, correspondiendo a la reverencia del muchacho-. Si se me permite hablar en nombre de todos, quisiera deciros que os estamos eternamente agradecidos y que, si nuestra empresa llega finalmente a buen puerto, seréis recompensados. No olvidaremos vuestra ayuda.

-No es necesario, mi señora –repone con gentileza Kanot-, nos bastará con que hagáis que nuestro esfuerzo por manteneros con vida no haya sido en vano y cumpláis vuestro ansiado objetivo.

-Seréis siempre bien recibidos en nuestras tierras –dice al fin Alika.

Ha estado muy callada desde hace horas, pensativa, y no parece especialmente satisfecha ni aliviada con la idea de separarse del pequeño grupo.

-Vosotros también seréis bienvenidos en nuestros reinos –comenta Onar.

Los hermanos se despiden del grupo e inician el camino de regreso a casa. Entre ellos conversan mientras se alejan y sus tonos y gestos se acaloran a medida que avanza la discusión. Cuando apenas se les aprecia en el horizonte, la compañía se dispone a seguir su camino. De pronto, se oyen gritos en la lejanía y la silueta de uno de los jinetes se hace más y más grande. La voz de Alika se oye cada vez con más nitidez mientras grita: “¡Esperad!” Oddur es el primero en darse cuenta de la frenética carrera de la joven por lo que pide al grupo un alto. “Ha sucedido algo”, piensa preocupado. Cuando les alcanza de nuevo, una enorme sonrisa ocupa su otrora serio rostro.

-¿Qué sucede, Alika? –pregunta Tafari alarmado a pesar del rostro de felicidad de su prima.

-¡Iré con vosotros! –anuncia con entusiasmo la joven- , nada me espera allí y quiero ayudar en lo que pueda. Si me lo permitís, claro.

-¡Es demasiado peligroso!, vuelve con tu hermano a casa, allí podrás ayudar a mucha gente desvalida que te necesita –protesta el hombre del desierto.

-Kanot y los demás podrán ocuparse de ello –repone esta; y ante la expresión de negativa de su primo, prosigue-: Sabes que no me necesitan allí, que siempre he sentido que haría algo importante por los demás. Déjame ayudaros a salvar a toda la gente que os espera.

Y tras un gran rato de argumentos y contraargumentos, Tafari accede a regañadientes a la petición de su querida prima.


20
En la sala del trono de Kanbas, Taerkan preside una tensa reunión.

-Las arremetidas del ejército Martu están siendo cada vez más intensas. Bahti y Maleen están ya en las últimas. Cada vez les es más difícil contenerles –dice el general Erol con angustia-. De seguir así, me temo que no podrán resistir mucho más.

-Así es, mi señor –confirma Alker-. Los soldados luchan y el pueblo se refugia en el fuerte de la ciudad, pero las bajas son acusadas y los alimentos comienzan a escasear.

-Parte de mi ejército podría asistir a la ciudad más cercana –propone Valerio.

-Es demasiado arriesgado –interrumpe Erol con aire severo-. Necesitamos a todos los soldados disponibles aquí, en Kanbas. Hasta ahora los ataques han sido meras tácticas de reconocimiento, mas si Bahti y Maleen finalmente caen, no tardaran en intentar asediarnos.

-¿Qué se sabe de Azad? –pregunta Taerkan.

-No he recibido noticia alguna aún, mi señor –responde Kihva con pesar.

-¿Y del reino Griundel? –pregunta una vez más el monarca Knöt.

-Lamentablemente seguimos sin noticias, señor. Sólo sabemos que una de nuestras ciudades ha caído a manos de nuestro enemigo, pero no conseguimos contactar con palacio. Temo que el reino esté bajo el yugo Martu.

La situación es cada vez más preocupante. Tras varios minutos de reflexión, Taerkan finalmente interviene.

-Sólo podemos hacer una cosa: esperar –interrumpe lacónico -. Esperar a que mi hijo y la reina Kayra cumplan con su parte. Nosotros cumpliremos con la nuestra, resistiremos cuanto sea posible en Kanbas. Será mejor que recéis a quien debáis para permitirnos aguantar el mayor tiempo posible aquí.



El bosque se extiende hasta dónde alcanza la vista, bajo y espeso. Las montañas se mezclan con la vegetación con aspecto altivo y escarpado. Cuando la flora del lugar se hace más evidente, se ven obligados a avanzar a pie guiando a las monturas que aún cargan con la mayor parte del equipaje. Avanzan lentamente pero sin descanso hasta que la noche les alcanza y se ven obligados a acampar. Si de día las copas de los árboles bloquean la mayor parte de la luz del sol, de noche la visibilidad es casi nula. El frío nocturno tampoco alienta a los jóvenes viajeros, por lo que deciden asentar el campamento próximo a un riachuelo joven por el que corre un agua fresca y cristalina.

Montan las tiendas, acomodan a los caballos y se reparten algunos víveres. Aunque la comida escasea, no desesperan puesto que durante la caminata por el bosque han avistado gran número de pequeños roedores silvestres, plantas comestibles y agua en abundancia.
Después de la cena, acuerdan hacer turnos de vigilancia. Argus y Rostam son los primeros en montar guardia mientras que los demás tratan de descansar.

La noche es silenciosa, silencio que sólo se interrumpe por el cantar de los grillos y el ulular de una suave brisa entre las hojas de los árboles. Los vigilantes apenas cruzan palabra hasta que se agota su turno y son sustituidos por Onar y Oddur.
Cuando pasa alrededor de una hora de una tranquila guardia, Onar oye un rumor a pocos metros de distancia, y se dirige lentamente hacia el murmullo, que se torna en chapoteo. Cuando está lo suficientemente cerca, agudiza la vista y logra ver el destello del agua y en ella a dos figuras que se sumergen y nadan en un pequeño remanso del riachuelo. Pasados unos instantes, consigue identificar las siluetas; se trata de Cyra y Kayra.

No era un secreto para Onar el enjuto cuerpo de Cyra: la había recogido en la calle, casi desnuda, robando y ofreciendo su cuerpo por unas míseras monedas; sin embargo, el simple hecho de pensar en Kayra, mujer de alta cuna, desnuda, le ruboriza e intriga. Quiere apartar los ojos de aquella ilusión, pero a la vez siente una curiosidad tal que le nubla el juicio. Es una imagen hermosa, pues gracias a la falta de luz, sus desnudos cuerpos no son más que sombras difuminadas por el agua.

-Son hermosas, ¿no es cierto? –dice de pronto la voz de Oddur, que entra en escena a espaldas del joven príncipe que, abochornado, se queda sin respuestas-. No deberíamos estar aquí, viendo esto.

-No –contesta al fin con la mirada aún fija en las sombras, y tras una breve pausa continúa:- Por supuesto que no.

-Pero es difícil resistirse, ¿no creéis? Todo el reino es consciente de que nuestra señora es bien hermosa, y todo el mundo se pregunta por qué sigue sin desposarse con algún noble o miembro de la realeza. Por preguntarnos, nos preguntamos hasta por qué no se le conoce amante alguno. Un misterio viendo tal belleza.

-Sois un tanto osado hablando así de vuestra señora, ¿no creéis? –repone Onar algo indignado por el tono del joven cazador.

-No menos que vos, que seguís sin apartar la mirada de tan delicioso espejismo –le contesta, y Onar se da cuenta enseguida de que Oddur hace rato que le observa molesto, que observa cómo él es incapaz de apartar la vista ni por un segundo de la escena. Entonces ambos cruzan miradas desafiantes, y Oddur prosigue:-Por menos en nuestro reino seríais ejecutado, mi buen señor. Espero que algo así no se vuelva a repetir –Onar hace una leve mueca de arrepentimiento y ambos se alejan silenciosamente del lugar.


Pasan así dos días, caminando con dificultad por la enrevesada maleza, cuando las provisiones se agotan al fin, por lo que deciden aprovechar para cazar algo. Por ello se dividen, para así cubrir más terreno. Oddur y Cyra toman un camino, mientras que Onar, Alika y Kayra toman otro dejando al cuidado de las monturas al resto.

La cacería no les ha ido nada mal. Para cuando vuelven al punto de encuentro llevan varias liebres, diversas perdices y algunas ardillas, además de algunas plantas medicinales y otras tantas comestibles que Oddur ha ido recolectando durante la sesión. A falta de unos metros del claro en que esperan Rostam, Tafari y Argus, una flecha pasa rauda rozando la oreja de Onar y se clava en un árbol a pocos centímetros de la cara de Kayra que se detiene en seco y carga automáticamente una flecha en su arco, se gira en la dirección en la que ha venido la flecha y tensa la cuerda. No ve nada al principio, sólo nota cómo sus acompañantes desenvainan sus espadas, pero al momento percibe movimiento a lo lejos, oye un sonido que le es familiar y se agacha para acabar esquivando otra flecha. Alika corre entonces los pocos metros que les separan del resto de la compañía en busca de ayuda.
Onar y Kayra siguen alerta, buscando a su invisible atacante, ajenos a lo que sucede con el resto.

-Lo buscaré, quedaos aquí –susurra Onar.

-Yo os cubro –responde ella, y el muchacho lo aprueba con un leve gesto.

Los segundos se vuelven eternos y, aunque el tiempo pasa, Kayra tiene la extraña sensación de que el mundo se ha detenido. Sigue atenta con su flecha lista en el arco, flecha que espera ser enviada a algún enemigo. Finalmente percibe movimiento pocos metros más adelante, donde cree ver una silueta, y dispara en su dirección. El lastimero quejido de un hombre le hace saber que ha acertado y rápidamente se lanza a su encuentro. En el suelo, un muchacho de unos quince años se retuerce de dolor mientras sujeta la flecha incrustada en su hombro izquierdo. Cuando la ve acercarse a él con otra flecha lista en su arco, empieza a lloriquear.

-No, por favor, no me matéis. Por favor.

-¡Habláis la lengua común!, mejor, así podréis decirme por qué motivo nos habéis atacado y por qué no debería mataros ahora mismo –dice Kayra fríamente mientras le aleja con un puntapié la daga que intentaba asir segundos antes.

-Buscamos comida, eso es todo, por favor –responde el chico suplicante.

-¿Buscamos? –dice en voz alta Kayra al caer en la cuenta de que es posible que haya más asaltantes cerca, cuando, acto seguido, siente el frío tacto del acero en su cuello.

-Será mejor que soltéis ese arco, preciosidad, o me veré obligado a deformar ese bello rostro vuestro –dice la voz de aquel que ahora amenaza a la joven reina. Kayra se mantiene inmóvil, por lo que el asaltante insiste -: ¡No seáis más testaruda y soltad las armas!

-¡Mátala! –grita el chico que aún se retuerce de dolor-, ¡mátala! Nos quedaremos con sus cosas; los demás ya nos estarán esperando.

-Sí, ¿por qué no? –le responde el otro asaltante con tono divertido, de pronto se oye el silbido de algo que se mueve a gran velocidad y, tras este, un golpe seco. La hoja que cruza la garganta de Kayra cae desplomada y con ella su portador, tras el que aparece Onar que desincrusta la hoja del hacha de su espalda y se dirige decidido hacia el maltrecho joven del suelo.

-No, por favor, señor, piedad –lloriquea.

-¿La misma que ibais a tener con ella? –le responde, y acto seguido le da una patada en el estómago.

-No… -balbucea el chico-. Tened misericordia.

-¿Cuántos sois?, ¿y qué andáis buscando? ¡Contesta, miserable rata! –ordena mientras le arrea otro puntapié.

-Habló de más hombres que les estarían esperando –interrumpe Kayra, que con una certera flecha acaba de atravesar la cabeza del muchacho matándole en el acto, para asombro de Onar-. Vamos, los demás están en peligro.



Tafari, Rostam y Argus vigilan las monturas mientras los demás se van de cacería para volver a abastecerse. Las horas pasan sin mayor trascendencia, puesto que ninguno es hombre de muchas palabras. Apenas hablan salvo algún comentario aquí y otro allá hasta que Argus encuentra unas plantas que le son familiares, arranca unas pocas, las sacude y se las mete en la boca sin vacilar. Entonces, su habitual expresión seria se endulza ligeramente.

-Es increíble cómo un simple sabor puede recordarte el hogar –dice el norteño, y los otros asienten. En un gesto les ofrece de su modesto manjar y los demás aceptan.

-Es fresco, nunca había probado algo así antes. Delicioso –repone Rostam.

-Sin duda –añade Tafari.

Su relajante experiencia es interrumpida por un furtivo ruido que proviene de la zona más poblada de árboles y matorrales, allá por el flanco más cercano a Rostam y a las monturas. De inmediato todos blanden armas y sin apenas darse cuenta se encuentran aguardando la inminente lucha con cinco bandidos que se les acercan a toda velocidad.
Tafari lanza varios cuchillos que consiguen acertar en el brazo y hombro de uno, frenándole en seco; Rostam esquiva con gran habilidad las arremetidas de otro mientras intenta alejarlo de las monturas, que relinchan asustadas; y Argus contiene a otros dos mientras Tafari se enzarza en batalla con el que queda. Pasan unos segundos cuando, de golpe, aparece Alika que, al contemplar la escena, carga inmediatamente el arco y reduce al que Tafari había dejado herido, pues ahora se abalanzaba sobre él aprovechando la distracción de la pelea. Vuelve a cargar, esta vez dispara a uno de los que lucha contra Argus, al que hiere en una pierna. Carga una vez más y, finalmente, lo derriba.

Entretanto, Rostam decide al fin que está lo suficiente lejos de las monturas para plantarle cara a su atacante, detiene la hoja de este con la de su sable y lo tira al suelo con una patada que parece barrer el suelo. Sin que apenas pueda reaccionar tras la caída, el chico del desierto le clava la espada en el pecho, le aleja de un puntapié el arma y le observa mientras se desangra. Tafari, que es visiblemente de mayor tamaño que su oponente, parece danzar con su lanza repeliendo con ella los ataques hasta que de pronto una flecha se le incrusta en la pantorrilla derecha, cosa que le hace caer de rodillas quedando a merced de su agresor. Este aprovecha su oportunidad y le ataca con furia. Tafari consigue a duras penas evitar un par de estocadas que llegan a quebrar su lanza. Cuando el bandido alza con ambas manos la espada, dispuesto a dar la tercera y definitiva, Argus le secciona el brazo izquierdo separándoselo del hombro, tras haber abatido a su atacante. El intenso alarido de dolor es cortado en seco por otro tajo que le asesta el norteño a la altura del cuello, separándole la cabeza del cuerpo y acabando así con su vida.

Alika busca, arco en ristre, el origen de la flecha que ha herido a su primo cuando ve caer a un hombre de una copa de árbol cercana y seguidamente aparecen en el claro Cyra y Oddur, que remata al arquero caído.
Segundos después, Onar y Kayra regresan al llano para ver que todos habían sido atacados con mejor o peor suerte, pero que aun así debían estar agradecidos porque los daños eran mínimos.

-No te muevas, primo, te curaremos esto enseguida – le dice Alika a Tafari que intenta levantarse torpemente con su destrozada lanza como bastón:-Oddur, necesitamos de vuestra curativa sabiduría.

-¡Por supuesto! –responde este, y acude con diligencia.

-¿El resto estáis bien? –pregunta Onar, y todos responden afirmativamente-. Bien, registrémosles a ver si tienen algo que nos sea útil y vayamos a montar el campamento a otro lugar, aquí podríamos correr peligro.

Mientras registran los cadáveres, Cyra descubre que uno de los asaltantes aún continúa con vida, aunque a duras penas. Avisa a Onar que, sin dilaciones, se acerca y, tras borboteantes intentos de súplica, lo remata.

-Podríamos haber obtenido información –se queja Cyra, pues para ese fin había dado aviso.

-Sólo son ladrones, sucios asaltantes de bosque. Matarnos y robarnos era su única intención –responde Onar irritado.

-¿Cómo podéis estar tan seguro?, si simplemente le hubieseis dejado unos segundos más con vida…

-Porque oí cómo uno de ellos decía que matasen a Kayra para así robarle cuando la pillaron por sorpresa. No hay honor con quien no lo tiene –interrumpe cortante Onar. Entonces Cyra da por terminada la conversación viendo el semblante autoritario de su señor.

-Será mejor que recojamos y nos marchemos de aquí –dice Argus, pasados unos segundos de tensión. Está sentado en el suelo, cubierto de sangre, limpiando sus espadas:-Tafari, ¿podéis caminar?

-Sí, creo que sí –responde este incorporándose después de los últimos retoques que da Oddur a su vendaje. Debe caminar usando su lanza rota como bastón, pero es más que suficiente para moverse a varios metros del claro e instalar de nuevo el campamento en otro lugar.


21
Tumbado en la tienda juguetea con un medallón de madera pulida que le encontró a uno de los bandidos que les atacaron la pasada tarde. Algo perturba la mente del joven príncipe Knöt quitándole el sueño, por lo que decide salir de la tienda para tomar un poco de aire fresco. Procura no salir de la zona de acampada para no alertar a los compañeros que estén montando guardia, pero deambula con desasosiego y preocupación.

-¿Qué puede ser tan importante para quitaros el sueño después de un día tan largo? –pregunta una voz desde la oscuridad, sobresaltando al joven; pasados unos segundos, la reconoce. Es Kayra, aunque sigue sin verla por más que escudriña su alrededor.

-En realidad ni siquiera sé el motivo, pero algo se empeña en arrebatarme el sueño esta noche –le responde desanimado.

-Todos estamos con los nervios a flor de piel últimamente. Tantos días alejados de nuestros hogares, estando constantemente alerta en territorios desconocidos y pensar que los que esperan que nuestra misión tenga éxito puede que no estén teniendo mejor suerte que nosotros, destroza la mente de cualquiera.

-La mente y el corazón –musita Onar. Pasa unos segundos analizando el medallón, en el que el dibujo tallado de un árbol abrazado por dos serpientes destaca de forma siniestramente bella, obsesionándole.

-¿Puedo ver eso? –dice la chica descolgándose del árbol y sacando así a Onar de sus pensamientos.

-Por supuesto –responde este entregándole el medallón-. Se lo encontré a uno de los que nos asaltaron. ¿Os suena de algo ese símbolo?

Algo en aquel grabado le resulta familiar, sin embargo, por más que puede visualizar el símbolo, no es capaz de recodar de qué le suena o dónde ubicarlo. No obstante, le despierta un extraño sentimiento de desconfianza, al igual que a su compañero.

-No –contesta titubeante-, no me suena. Será mejor que descanséis, yo seguiré vigilando.

Seguidamente, trepa con agilidad de nuevo al árbol mientras el joven la observa algo somnoliento. Bosteza mudamente, se encoge de hombros y gira sobre sí para encaminarse hacia su improvisado aposento, cuando las ramas sobre su cabeza se agitan nuevamente con brusquedad. Unos dorados y perfumados bucles caen entremezclándose con sus zaínos cabellos y una voz dulce le susurra al oído:-Gracias por salvarme esta tarde. Antes de que pueda reaccionar, la chica se había esfumado una vez más dejándole sólo su dulce aroma.


-Mi señor, al fin han caído –anuncia una voz sibilante desde las sombras -. Se han defendido con ímpetu, pero no tenían nada que hacer contra vuestro ejército.

-Perfecto, todo está marchando a la perfección.

-Como os auguraron los oráculos, señor –puntualiza la voz sibilante.

-No hay destino que no esté bajo el control de los hombres, consejero, y mucho menos bajo el control de los hombres astutos y poderosos.

-Y no hay nadie más astuto y poderoso en estas tierras que vos, mi señor.



22
Cuando el día rompe, ya tienen casi recogido todo el campamento. Apenas cruzan palabra, apenas levantan la vista del suelo. Terminan de recoger los bártulos como si de autómatas se tratase. Al fin se ponen de nuevo en camino pero a paso lento, pues Tafari aún camina lastrado por una fuerte cojera.
Pasadas unas horas se ven obligados a acampar de nuevo.

-A este paso, no llegaremos nunca –dice con desespero Cyra mientras ata los caballos con la ayuda de Oddur.

-No podemos hacer otra cosa, Tafari no puede apenas caminar, no al menos en unos días –le responde este-. Si pudiese ir a caballo no habría problema, pero con una vegetación tan densa y baja sería más problemático en realidad. Debemos ser un poco pacientes.

La chica asiente con resignación, está afligida como todos por la desgracia del de la tribu roja, pero no puede evitar sentirse desesperada al pensar en el tiempo que están malgastando mientras los demás tratan de resistir en el reino Knöt.
Cuando han descansado un par de horas, vuelven a ponerse en camino.

A medida que avanzan, el bosque va comenzando a abrir tras tantos días de espesura y pueden volver a usar sus monturas para algo más que para cargar el equipaje, lo cual agradece el tullido Tafari. Cuando el ocaso está ya cercano, las temperaturas descienden bruscamente, perjudicando de sobremanera a los hombres del desierto, por lo que se ven obligados a encender una gran hoguera, cosa que no hacían desde que abandonaron el desierto. Por muy peligroso que les pareciese, era preferible arriesgarse a llamar la atención de miradas indeseables que morir congelados.

-¡Por todos los dioses!, no sé cómo algo puede sobrevivir con este frío –se queja Rostam, que no hace más que frotarse brazos y piernas cerca de la hoguera para entrar en calor.

-El desierto también es gélido al caer el sol, deberíais estar acostumbrado –repone Oddur entre risotadas.

-En el desierto, basta con tener buena ropa de abrigo – le responde algo molesto, no bien sabido si por las risas de Oddur o por lo extremo de la temperatura-. ¡Este frío penetra hasta las mismísimas entrañas, y se empeña en permanecer en ellas!

-Es por la humedad, que cala los huesos –comenta Argus, que acaba de volver del bosque cargado de un buen montón de leña-. Lo mejor para combatirlo es mantenerse activo, moverse.

-Pues no es que den muchas ganas de mover un solo músculo, la verdad –protesta Cyra tiritando.

Pasada la noche, y ya menos entumecidos por las bajas temperaturas, se replantean seguir caminando y aprovechar al máximo el día que tenían por delante.

Alika y Kayra se ofrecen para ir a por agua a un río que está a varios minutos mientras el resto recogen el campamento. Una vez en la orilla, comienzan a rellenar las botas con las cristalinas aguas cuando, de repente, Kayra percibe movimiento entre unos matorrales de la otra orilla. Cuando centra en ellos su atención, estos paran de agitarse. Permanece casi un minuto inmóvil, en busca de alguna amenaza agazapada entre la maleza, cuando Alika la sobresalta tocándole un hombro.

-Vamos, los demás ya deben estar esperándonos. ¿Sucede algo?-pregunta dirigiendo su mirada hacia donde miraba la norteña.

-No, supongo que no –responde dubitativa Kayra, y vuelve a mirar los arbustos aún inmóviles- . Debo estar nerviosa y veo ya amenazas donde no las hay –ríe. Termina de rellenar las botas que le quedaban y regresan a buen paso hacia el campamento. Sin embargo, la sensación de que alguien las vigila sigue palpitándole, por lo que vuelve un segundo la vista y ve algo de soslayo que llama su atención.

Algo que parece una silueta humana emerge de entre los arbustos y se dirige raudo hacia el linde del cercano bosque. Camina rápido pero de forma torpe, cojea y parece que le cuesta andar del todo erguido. Entonces Kayra se detiene y Alika, que lo percibe, se gira hacia su compañera en busca de una explicación.

-Será mejor que nos larguemos cuanto antes de este sitio –dice con un brillo desafiante en la mirada antes de que la chica de tierras salvajes diga algo, y ambas recuperan la marcha.



Una vez se reúnen con el resto, reparten el agua y montan de nuevo en dirección norte, hacia otro frondoso y alto bosque. Kayra no hace mención alguna sobre el extraño espía, mas se mantiene bien alerta todo el camino.

Para cuando la noche les alcanza, están a pocos metros de los límites del alto bosque que se muestra aún más imponente y denso que el anterior.

-Descansad cuánto podáis, no sabemos cuánto tardaremos en cruzar el bosque –dice Onar preparándose para montar guardia-. Deberemos mantenernos bien atentos a lo que nos rodea, el pueblo colgante habita estas tierras y, como ya sabéis, nadie que se haya adentrado en este bosque ha salido jamás.


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Última edición por Muerte el Dom Jun 29, 2014 3:14 am, editado 1 vez en total
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23
-¡Nos atacan!

-¡Rápido, todos a las armas! –vocifera el capitán de la guardia de Bahti- ¡Esos seres del infierno no podrán con nosotros!

El ataque es feroz.
Atacan desde varios flancos al mismo tiempo: del norte al este. Decenas de hombres luchan al pie de los muros de la ciudadela, otros tantos lanzan proyectiles a diestro y siniestro desde sus almenas y una reducida, aunque decidida, caballería carga incesantemente contra el numeroso enemigo.
Los valientes soldados van cayendo poco a poco mientras merman lentamente las líneas enemigas, pero son tantos y tan resistentes que parece que la batalla no vaya a tener nunca fin. Aguantan así durante varias horas hasta que el sol empieza a caer y cuando la luna está bien alta en el cielo, la ciudad cae en manos Martu.

-Mi señor, lamento comunicaros que hemos perdido Bahti –dice uno de los generales Knöt mientras entra en la sala del trono junto con varios soldados de alto rango. Taerkan está sentado en su trono con semblante de preocupación, el cual no parece mejorar al oír las trágicas noticias que trae el general. Valerio que también está en la sala, se muestra inquieto y deambula sin cesar tras el sillón del trono.

-Informad de ello a Alker, tiene derecho a saber que su ciudad ha caído –ordena el monarca Knöt con pesar.

-Lo haría señor, pero no sabemos dónde se encuentra.

-Buscadle y comunicadle la tragedia, decidle que lamento su pérdida y que le prometo que esta afrenta no quedará sin castigo.

-Sí, mi señor.



En una remota plazuela de Kanbas, una furtiva reunión va a tener lugar en el refugio de la noche.
Alker llega al sitio acordado y aguarda a su misteriosa cita. Aún lleva en la mano la breve nota que ha recibido hace unas horas sin ningún tipo de firma, nota en la que reza un lugar y una hora. Alker vuelve a revisarla, para cerciorarse de que no haberse confundido, cuando percibe una presencia a sus espaldas.

-¿Por qué razón me habéis citado, Alker? –pregunta el recién llegado Kihva-. Salir de palacio no es lo más recomendable en estos momentos.

-Podría haceros la misma pregunta –responde Alker, y observa que Kihva lleva en sus manos una nota de aspecto muy similar a la que ha recibido él. Levanta la nota para que, a pesar de la escasa luz, su amigo pueda verla y darse cuenta de lo mismo que ha deducido él: que ambos han sido citados por la misma misteriosa persona.

Antes de que puedan continuar la conversación, Adem entra en escena.

-Bueno, parece que ya sabemos quién nos ha citado aquí a esta inoportuna hora –comenta Kihva al verle.

-Lamento desilusionaros, camaradas, pero a mí también me ha llegado la nota –responde, mostrando el manuscrito papel-. ¿Tenéis alguna idea de quién querría hablar con nosotros aquí, tan apartados de oídos reales?

Alker y Kihva niegan con la cabeza, cuando una voz resuena desde una oscura esquina.

-He sido yo quién os ha citado, señores.

-Veo la sombra, pero no veo al hombre. Si queréis algo de nosotros, descubríos –solicita Adem con aire desafiante.

-Mi rostro no es importante, mi señor. El motivo de traeros fuera de palacio no es otro que el de huir de oídos y miradas indiscretas, seguro que no queréis que el rey Taerkan sepa lo molestos que habéis estado con los oídos sordos que ha hecho a los ataques de vuestras queridas ciudades.

A los nobles se les descompone la cara ante las palabras de aquel desconocido. Los tres son hombres leales a la corona, pero bien cierto era que habían manifestado su descontento en sus círculos más cercanos acerca de la ignorancia mostrada hacia las necesidades de su gente. Sus hogares serían tomados y sus familias asesinadas sin que su señor hubiese intentado evitarlo de modo alguno, y eso les indigna.

-¡No tenéis ni idea de lo que estáis afirmando! –repone irritado Alker-. No son más que habladurías. No tenéis nada que lo demuestre; no tenéis nada de qué acusarnos.

-No pretendo acusaros de nada, mis buenos señores, mis intenciones no van más allá que de proporcionaros información.

-¿Qué tipo de información? –preguntan al unísono Alker y Kihva.

-Información sobre vuestras familias y lo fácil que sería quitarles la vida si no hacéis todo lo que se os pida –responde con inquietante calma el hombre misterioso.



-¡Hermano!, ¡hermano!, ¡ya casi son nuestros! –el júbilo se apodera de la joven Biefrin que baja casi saltando de un quimérico rinoceronte, robusto y duro como tal, pero ligero y veloz como el mejor de los caballos.

De la enorme y rica tienda cercana, asoma la cabeza de un hombre calvo y pálido, de aspecto huesudo y muy arrugado que esboza una leve a la par que maléfica sonrisa al oír la noticia.

-Vuestra hermana es una gran líder militar, señor –dice regresando al interior de la tienda.

-Su pasión es bien útil en estos menesteres –responde con regocijo el rey Eddelan.

De repente, Biefrin abre las cortinas y entra diligentemente en el refugio hasta llegar frente a su hermano mayor. Hace una contenida reverencia, besa la mano de su rey, y hermano, y se sienta a los pies de este feliz, como si de una niña pequeña se tratase.

-Ya son nuestros, hermano, Bahti es nuestra. Ha sido más sencillo de lo que esperaba–explica divertida mientras acaricia juguetonamente la mano de su hermano. Biefrin es una muchacha joven, de unos dieciséis años de edad, fuerte y atlética. Es bien parecida, de sinuosas curvas, piel suave y perlada y cabellos de un oscuro e intenso tono rojizo, como la mismísima sangre. Sus ojos son de un brillante color verde, como los de su hermano mayor, que a pesar de ser algo menos agraciado que ella, también tiene un aspecto juvenil y sano comparado con el del resto de su malogrado pueblo.

-Perfecto, todo marcha según lo planeado –le responde sonriéndole-. Eres una gran líder de mis tropas, hermana, cuando Kanbas sea nuestra podrás quedarte con las joyas y ropajes más hermosos que allí haya.

-¡Genial!, siempre he querido vestir como una hermosa señora del desierto.

-La más hermosa –puntualiza Eddelan mientras acaricia los bucles escarlata de su hermana-. Reagrupa a las tropas y ataca lo antes posible, quiero que Kanbas caiga antes de que puedan darse cuenta. Necesito tener al gran rey Taerkan postrado a mis pies rogando y suplicando por conservar su miserable vida.

-Y pronto le tendréis a vuestros pies, mi señor –interrumpe una voz femenina que ambos reconocen y que despierta en Biefrin un malestar furioso y visceral que la crispa. La mujer, al fin se hace visible a sus ojos saliendo de la penumbra. Sus cabellos son de un intenso color azabache, al igual que sus rasgados ojos que están finamente perfilados realzando así sus exóticos rasgos; su lechosa piel contrasta con los ropajes color rubí que la envuelven.

Se dirige contoneándose de forma sensual hacia Eddelan al que acaricia con suavidad el hombro una vez que está a su lado y Biefrin no puede evitar mostrar una mueca de desprecio en su rostro. Ambas cruzan miradas durante varios segundos, de forma desafiante, hasta que Eddelan se pronuncia:

-Llevabais razón con lo de no atacar directamente Kanbas, Yune, de no haberos hecho caso no habríamos tenido esta ventaja en el combate.

-El mérito es todo vuestro, mi señor.

-En realidad, el mérito en la batalla es cosa de mi hermosa hermana –responde este echando una tierna mirada sobre la chica, la cual lo agradece acariciándole de nuevo la mano. Y Yune la mira con displicencia-. ¡Qué haría yo sin mis chicas!

Y, tras las forzadas sonrisas de rigor, ambas vuelven a cruzar miradas desafiantes.

-Por muy altos que sean sus muros, Kanbas pronto será nuestra, hermano –asegura Biefrin con entusiasmo.

-Es necesario que antes conquistéis Maleen, princesa. Cuanto más débil se vea el enemigo, más rápido sucumbirá –aclara cortante Yune, y la joven Martu enrojece de ira.

-Maleen caerá pronto, ¿verdad, hermana?

-Cierto, hermano.

-De todos modos seguid vigilando la ciudad dorada, que nadie entre o salga sin que lo sepamos. Taerkan no debe escapar de allí con vida –sentencia Eddelan-. Asediad cuanto antes Maleen, haced prisioneros a quienes creáis oportuno y traed ante mí al bravo rey Knöt lo antes posible. Confío en vos, querida hermana.

La joven pelirroja asiente complacida, besa la mano de su rey y se marcha de la tienda con la clara idea de que conquistará la gran ciudad Knöt como muestra de su valía.

-Tiene una gran voluntad –opina en voz alta Yune en cuanto la chica se ha ido.

-La voluntad no es suficiente, querida mía –le responde el monarca; entonces este le pasa la mano por la cintura haciendo que se siente en su regazo y le acaricia el cuello-. Biefrin es una excelente capitana, pero jamás entenderá lo difícil que puede ser reinar y tomar decisiones tan importantes. No me vendría mal un heredero, después de todo –y, finalmente, le besa el cuello.

-Vuestra hermana ya me odia demasiado como para que encima me quedase encintan de vos, mi señor –le responde riendo-. Además, antes de tener un heredero, hay demasiadas cosas por hacer.

-Bueno, pero por ensayar no hay nada de malo –ríe pícaramente.


24
Hace escasamente una hora que han recogido el campamento y se han adentrado lentamente en el alto bosque, cuando empieza a llover, de forma suave al principio para acabar torrencialmente después, por lo que se ven obligados a buscar refugio.

-No hay ni un solo sitio dónde resguardarse por aquí –trona molesto Rostam-. Ni siquiera una maldita cueva o saliente donde refugiarse de este temporal.

-Siendo así, sólo podemos seguir en camino –le responde Onar tranquilizador-. No tenemos ni un segundo que perder.

Pasan las horas y el sol no parece dispuesto a abrirse paso entre los nubarrones.

En lo que calculan que será mediodía, deciden hacer un alto para reponer fuerzas y comer algo.
Colocan de forma tirante entre varios árboles algunas de las lonas que forman las tiendas como si de toldos se tratase. Hacen bien su labor de contener la mayor parte del agua mientras la compañía descansa bajo sus lánguidas sombras; al menos les permiten recuperar un poco de la temperatura corporal y comer sin tragar litros de agua de lluvia con cada bocado.

La tarde no parece mejorar. Llueve a intervalos con menor intensidad, pero no cesa de caer agua. Por suerte, han alcanzado una pequeña línea rocosa perteneciente a las montañas que forman varias cuevas de pequeño tamaño, bastante angostas como para albergarlos a todos en una sola, por lo que se dividen en pequeños grupos para al fin secar sus ropajes y descansar hasta que el temporal amaine. Se apean de los caballos, a los que meten bajo la cueva de mayor tamaño, y se preparan para pasar allí la noche. Les frustra no poder seguir avanzando, pero de seguir así enfermarían y todo el esfuerzo habría sido en vano.

Montan guardia por turnos procurando descansar cuanto pueden aprovechando que con la lluvia pocos peligros pueden acechar. Cuando el cielo comienza a clarear anunciando un nuevo día, la lluvia al fin cesa.



-Estás ardiendo –manifiesta Alika al tocar la frente de su primo que yace tiritando empapado en sudor.
Oddur da un brinco desde su yacija tras oír que se reclaman sus servicios y, algo desorientado aún, se dirige a examinar al enfermo. Destapa la herida del pie del hombre del desierto para descubrir que está supurando y que el tejido que rodea a la herida está reblandecido y no sana debido a la gran humedad que ha absorbido el vendaje este pasado día.

-Debemos limpiarle bien la herida y hacer que permanezca lo más seca posible, de lo contrario no quedará otra opción que amputarle el pie.

-¿Amputarlo? –repite Tafari agitándose con angustia.

-Si la infección continúa, será mejor perder un pie que la vida, camarada. Ahora dejadme trabajar –le responde Oddur mientras le sujeta y le pone frente a la nariz un pequeño frasco que desprende un dulce aroma; cuando ha inspirado un par de veces, Tafari comienza a relajarse hasta que finalmente cae rendido-. Necesito pensamientos –pide el norteño.

-¿Pensamientos? –pregunta extrañada Alika.

-Es un tipo de planta –responde Kayra, que acaba de acercarse al lugar. Observa el mal aspecto de la herida, mira a Oddur y dice -: Iré a por ellas.

Da media vuelta y se adentra diligentemente en la arbolada más cercana buscando incesantemente cualquier flor con tonalidades violáceas y amarillentas, tal y cómo le había enseñado Oddur días atrás; sin embargo el tiempo pasa y no es capaz de localizar ni una sola. Absorta totalmente en la idea de encontrar las susodichas plantas para ayudar a su compañero, la joven no se percata de que alguien se acerca por su retaguardia. El crujir de una rama le hace volver a la realidad y se gira a medida que desenvaina su espada, mas no halla a nadie a su alrededor. Cuando vuelve a envainar el arma, convencida de que han sido imaginaciones suyas, descubre que a pocos metros en el suelo hay un pequeño montón de las violáceas plantas que andaba buscando.

Que alguien las había dejado allí era evidente, alguien que les ha estado vigilando y ahora pretendía aparentemente ayudarles, y, aunque desconfía, se decide a acercarse no sin hacerlo con extremada cautela. Recoge las flores y retrocede lentamente varios pasos antes de volver la espalda al lugar. Regresa lo más rápido que puede con el resto mirando en reiteradas ocasiones atrás hasta que una de estas veces cree divisar una silueta entre los árboles; para cuando se detiene la silueta ha desaparecido tan misteriosamente como apareció.

“Gracias, seas quien seas” se dice para sí.

Oddur prepara el cataplasma tan pronto recibe las flores y deciden dejar que Tafari descanse un poco más para que este le haga efecto.
Cuando han pasado apenas dos horas, la fiebre comienza a remitir, y ante la insistencia del propio enfermo, deciden ponerse nuevamente en marcha.

La lluvia del día anterior ha lavado el aire y ha mullido tanto el terreno, que el silencio que les rodea mientras caminan es sobrecogedor.

Caminan durante horas y a cada paso que dan aumenta en los viajeros la sensación de que el bosque parece interminable. Cuando la monotonía se ha apoderado de ellos, los árboles que quedan a sus espaldas se agitan furiosamente alertándoles. Rápidamente, vuelven la vista atrás escudriñando el paisaje y el ruido cesa; mas, por más que agudizan la vista, no hallan nada salvo la inmensidad etérea del bosque.

-¡Qué extraño! –manifiesta Oddur.

-Habrá sido algún animal… –opina Cyra, quitándole importancia.

-Eso es lo extraño, hace ya un buen rato que no percibo la presencia de animal alguno –contesta el norteño, y mira entonces a Kayra que le asiente con convicción, puesto que ella también se ha percatado de lo extraño de la situación.

Rostam se encoge de hombros y apremia a su montura para seguir en camino, cuando se topa casi de bruces con tres hombres que le cortan el paso, y su montura relincha. Al notar su presencia, la compañía inmediatamente esgrime sus armas dispuestos a defenderse.

Entonces dos de estos hombres les apuntan con sendos arcos, y el tercero, el que ocupa el lugar central, sonríe y les dice con firmeza: -No es nuestra intención haceros mal alguno, pero si no bajáis las armas nos veremos obligados a mataros.



-¿Qué habéis hecho con nuestras familias? –pregunta con desespero Kihva. Desenvaina su cimitarra y amenaza con esta al extraño-. ¡Hablad ahora u os silenciaré para siempre!
El señor de Azad da varias zancadas antes de que sus compañeros le detengan. Forcejea cuanto puede con la desesperación en su rostro, observando de forma casi vehemente a aquella sombra que les habla.

-No tenemos noticia alguna de que nuestras ciudades hayan caído en manos enemigas, ¿por qué motivo deberíamos creeros? –pregunta Alker, una vez que Kihva ha cesado en su forcejeo.

La sombra rebusca entre sus ropajes y, una vez halla lo que busca, lo lanza a los pies del noble Knöt. Es un pequeño saco de terciopelo rojo. Alker, aunque dubitativo, lo recoge y lo observa durante varios segundos sin atreverse a abrirlo. Echa una mirada a sus camaradas, que no pueden evitar mantener la mirada fija en el pequeño sáculo, y finalmente decide ver qué guarda en su interior. Un pequeño objeto cae del saco a la palma de su mano. Le cuesta ver de qué se trata entre la escasa luz y la fina capa de suciedad que lo cubre, pero aprecia con cierta dificultad que es un broche. Cuando aparta la suciedad con el dedo, descubre lo que temía: es el broche que le regaló a su hija el día de su décimo cumpleaños.

-¿Qué le habéis hecho? –pregunta tras varios segundos, todavía pálido y sin apenas poder reaccionar. Entonces, la idea de que sus hijos estén siendo usados como moneda de cambio hace que le hierva la sangre-. ¿Qué les habéis hecho? –grita.

-Será mejor que bajéis la voz, señor, o no obtendréis respuesta alguna y ellos morirán –responde de forma tajante el extraño encapuchado.

Alker trata de recuperar la compostura, aunque sigue notando cómo su corazón bombea con fuerza y la sangre le inunda cada poro de su cuerpo. Advierte que con su escándalo ha despertado el interés de algún vecino fisgón, y fuese lo que fuese lo que iba a pedirles el enemigo, debían llevar lo más discretamente posible este contacto, por el bien de sus reputaciones y por salvaguardar la integridad de sus seres queridos.

-Vuestras familias están sanas y salvas, y así seguirán si accedéis a lo que os propongamos –continúa la sombra.

-¿Y qué diantres proponéis? –pregunta Kihva con ira contenida.

-Que nos ayudéis a postrar al rey Taerkan ante los pies del gran señor Eddelan, líder del pueblo Martu.

Los tres se manifiestan contrarios a la idea de forma inmediata; una cosa era ser tachados de traidores al conocerse esta improvisada reunión, y otra es ser realmente unos traidores.

-¡Jamás!, prefiero sacrificar toda mi estirpe a vivir con tal traición a mis espaldas –replica Adem, y sus camaradas dan muestra de compartir la misma opinión.

-Como gustéis, buenos señores. Pero cambiaréis de opinión, os lo aseguro –ríe con malicia el misterioso encapuchado, y sin más dilación, se funde con las sombras desapareciendo en la noche.


25
El hombre que les habla es alto y esbelto, algo mayor que los miembros de la compañía ya que unos mechones cenicientos resaltan entre sus castaños y desaliñados cabellos, pero es bastante bien parecido y atlético.

-¿Acaso no me habéis entendido? –dice con mayor autoridad viendo que su anterior comentario no ha provocado cambio alguno.

Los viajeros se mantienen desafiantes unos segundos hasta que perciben movimiento en los demás flancos, de los cuales emergen varios hombres armados más. Valoran durante unos instantes la tesitura de si luchar o no, y llegan a la conclusión de deponer las armas puesto que están en clara desventaja. Onar suelta su espada, seguido por el resto, para luego levantar los brazos mostrando sus manos desnudas.
El que les ha hablado, el que parece el líder del grupo, se muestra satisfecho con la elección de los viajeros, hace un gesto con la mano y varios de sus hombres les registran deshaciéndose de todas las armas que portan, luego les atan las manos.

-No parecen ladrones –susurra en su lengua Tafari-. No al menos como los que nos encontramos hace días.

-Lo averiguaremos enseguida, me temo – leresponde Onar.
Cuando el líder da orden de moverse, varios de estos hombres guían las monturas de la maniatada compañía.

Siguen una estrecha senda, lo que les obliga a ir de uno en uno. A ratos, el líder del grupo se detiene a un lado de dicha senda y observa cómo desfilan sus prisioneros. En una de estas paradas, retoma su marcha caminando al lado de la joven reina Griundel.

-Sois norteños, ¿no es así? –le pregunta casi sin mirarla; sorprendida ante su pregunta, Kayra se limita a observarle reflexionando sobre lo apropiado de revelar dicha información. El hombre le echa una mirada de soslayo y, observando su ligera mueca de duda y desconfianza, se echa a reír –Tranquilizaos, no voy a mataros porque seáis norteños, era mera curiosidad, aunque vuestro aspecto os delata.

Entonces Kayra se siente un poco estúpida por haber dudado sobre si contestar o no, pero no puede evitar recelar de aquellos hombres.

-¿Qué queréis de nosotros? –le pregunta finalmente.

-¡Pero si sabéis hablar!, ya había perdido la esperanza –se mofa este, y la norteña se indigna-. Vos no habéis querido responder a mi gentil pregunta, ¿por qué iba yo a responderos a la vuestra? No, ni hablar, no voy a quitaros el gusto de descubrir la sorpresa.

-¿Sorpresa? –pregunta la joven.

En ese preciso instante, la angosta y lúgubre senda se abre a un amplio paraje con enormes árboles bañados por un suave sol. La belleza del lugar les absorbe y se recrean en él hasta que les obligan a bajar de las monturas.

-Vamos, nos estará esperando –oye Argus que el líder le musita a uno de sus subalternos.

A empujones les obligan a caminar rumbo a los altos árboles, que crecen más y más a medida que caminan hacia ellos haciéndoles sentir seres diminutos.

-¿Adónde nos lleváis? –pregunta Argus ralentizando el paso provocando así la ira de su escolta más cercano que le zarandea con fuerza obligándole a avanzar.

-Enseguida lo averiguaréis, sed pacientes –ríe el líder, y el resto se arrancan en risotadas fanfarronas. Argus aprieta los dientes y murmura a modo de protesta, maldiciéndoles.

La majestuosidad de la alta y castaña floresta les sobrecoge cada vez más, y la inquietud no les abandona en ningún momento entretanto obedecen las órdenes de sus asaltantes. Cuando llegan junto a uno de los árboles, se detienen. Dicho árbol tiene un tamaño tal que para ser abrazado harían falta más de una veintena de hombres. Entonces el líder tira de una cuerda, tan bien camuflada que ninguno la había advertido, y lo repite un número determinado de veces; justo cuando cesa, un trozo de la corteza del árbol cede descubriendo una pequeña puerta oculta por la que entran por parejas. Dentro, una lóbrega y angosta escalinata se presenta ante ellos.
Suben los pequeños peldaños durante largo rato, minutos que se les antojan eternos y tediosos. La falta de espacio y el poco aire que consigue entrar por unas ranuras minúsculas por las que se cuela algo de luz, llega a ser agobiante.

Al fin la oscuridad se termina y dan a parar a una plataforma al aire libre. La sofocada compañía agradece la luz y el aire fresco que inunda de forma ansiosa sus pulmones para luego caer en la cuenta de que están a varios metros en el aire, cosa que aterra a Rostam, que se muestra abiertamente tenso.

-¿Qué os sucede, amigo, os dan miedo las alturas? –se mofa uno de los escoltas.

Entonces Rostam le clava una mirada de odio y le responde:

-Reíd ahora, que ya os tocará llorar.

La respuesta le pilla tan por sorpresa que al principio no produce mayor reacción que la de perplejidad, mas cuando el guardia asimila lo que resuelve como un desafío ambos demuestran sus ganas de pelea. Entonces el líder del grupo interviene para detener la afrenta y reprender a su subalterno.

-¡Suficiente! –le ordena-. Tenemos órdenes de llevarles ante Erwynd sanos y salvos, y así lo haremos.

Algo en ese nombre le resulta extrañamente familiar a la reina Griundel aunque no logra acertar el motivo, sin embargo lo que realmente le preocupa es averiguar la intencionalidad de aquel que muestra tanto interés en ellos en esos recónditos parajes. Cuando les hacen reanudar la marcha, se encuentran subiendo por unas planchas incrustadas en la corteza del árbol que forman una nueva escalinata. Rostam sufre cada vez más con cada peldaño que logra subir, y aunque procura no mirar abajo, tiene una pequeña crisis nerviosa cada vez que echa la vista a sus pies y ve entre los escalones a la elevada altura a la que se encuentran.
Cuando llegan a un nuevo nivel, ven que están en lo que parecer ser un puesto de vigilancia. El líder intercambia un par de comentarios en voz baja con el vigía que les recibe; este le asiente y se dirige entonces con diligencia a un gran ventanal al que asoma un trapo de color azul. Cuando lo ha agitado varias veces en el aire, en otro puesto de semejantes características, otro vigía le responde de igual modo. Los puestos están tan bien camuflados que a simple vista cuesta distinguirlos entre la espesura.

Tras ver la respuesta del otro puesto, el vigía coge un sistema de poleas próximo al ventanal y va tirando poco a poco de una de las cuerdas lo que hace que progresivamente aparezca un puente colgante entre ambos puntos.

-No pienso cruzar por ahí –musita Rostam con renovado pánico.

El líder, que le oye, se echa a reír y, poniéndole una mano en el hombro, dice: -No os queda otra, amigo.

Una portezuela se abre y son conducidos a través del inestable puente.

-No mires abajo, sólo concéntrate en caminar sobre las tablas –susurra Cyra al asustado Rostam- .Estaré contigo.

Y el nerviosismo del hombre del desierto disminuye ligeramente permitiéndole continuar en camino. A medida que avanzan, oyen un murmullo que les es familiar. “Gente”, piensan casi al unísono. Y de entre la densidad del bosque, van asomando retazos de viviendas y edificios de reducido tamaño que abrazan las anchas cortezas de los árboles. Una pequeña ciudad colgante va apareciendo ante sus ojos como si de algo mágico se tratase.
Decenas de casas asoman al vacío desafiando a la gravedad. Las gentes que en ellas habitan se reúnen en pequeños mercadillos o plazuelas que reposan sobre las amplias ramas. Centenares de escalinatas y pasarelas unen de forma muy eficiente todos y cada uno de los puntos de la gran ciudad colgante.

-Bienvenidos a Logó Falhu –dice el líder del grupo con un dramático gesto según avanzan.

En lo más alto del árbol que ocupa la zona más central, un enorme e imponente edificio de labrados acabados acapara la atención de Kayra.

-¿Ahí es a dónde vamos? –le pregunta al líder; este responde a la pregunta de la norteña con una amplia sonrisa.

Escalinata tras escalinata, pasarela tras pasarela, finalmente alcanzan el edificio y topan con una alta puerta de madera ricamente adornada con hermosos grabados. Los dos jóvenes que la escoltan miran con recelo a los prisioneros.

-Traemos a los viajeros que quería ver Erwynd.

Tras una mirada analítica que otra a la compañía, uno de los guardias da varios golpes a la puerta y esta se abre pesada y chirriantemente.

-Podéis pasar –dice.

Una vez dentro, una serie de estrechas y altas galerías excavadas en la densa madera se abren en varias direcciones. Les conducen con apremio por una de estas sin vacilaciones. Varios pasillos después, al fin se detienen ante una puerta donde una hermosa joven de largos cabellos castaños les aguarda. Esta, tras echar una rápida mirada a los prisioneros, da muestra al líder del grupo captor de su gratitud con una modesta sonrisa.

-Pasad, padre os está esperando.


26
Cuando han cruzado la puerta y dejado atrás a la hermosa joven, se encuentran con una redondeada estancia repleta de estanterías con libros de todos los grosores; en el suelo una amplia piel de oso vigila la puerta con ojos vacuos, y al fondo de la sala, junto a un enorme ventanal, un hombre de avanzada edad aprovecha los últimos rayos de la tarde para leer sentado en un confortable sillón. Una blanquecina y rala barba dividida por un mechón azabache le enmarca la redonda cara apartando la atención de su escasa cabellera y su abultada panza.

Sobre el enorme escritorio que le precede, se amontonan cartas y manuscritos de toda clase.
Cuando el anciano se percata de la llegada de los prisioneros, se quita sus anteojos y les recibe con una cordial sonrisa.

-¡Por fin!, habéis tardado tanto que aún tenía pelo cuando os marchasteis –ríe el anciano. Se pone en pie y rodea la mesa entretanto el líder del grupo se le acerca y ambos se funden en un cordial abrazo.

-Nos costó encontrarles, señor, eso es todo. Aquí les tiene tal como solicitó.

-Buen trabajo, hijo, buen trabajo –le felicita con un par de palmadas en la espalda, luego se dirige a los viajeros-. Así que aquí tenemos a la gran reina Griundel, es un placer volver a veros, jovencita.

La sorpresa de la compañía es notoria, y aún más la de Kayra.

-¿Me conocéis? –pregunta confusa.

-Lo hice, un día, hace ya mucho tiempo. La última vez que os vi apenas podíais tensar el pequeño arco que os regalé –responde con ternura.

Un aluvión de recuerdos inunda la mente de la joven norteña.
Se ve a sí misma con apenas seis años tratando de tensar el arco que uno de los hombres de confianza de su padre le había regalado días atrás. Tras varios intentos fallidos, al fin una menuda flecha vuela tambaleante y alcanza el fardo que sirve de diana.

-Mirad padre, ¡le he dado! –anuncia plena de orgullo; su padre, que se halla a pocos metros de ella, celebra el logro de su pequeña con un aplauso. Luego, se dirige al hombre con el que conversa su padre, quien le había regalado el arma: -¿Habéis visto, Erwynd?
Erwynd, eso era; de eso le sonaba ese nombre. Fijándose bien en el anciano todavía podía ver su apuesta porte, sus profundos ojos verdes y sus largos cabellos castaños deslumbrando por el sol de aquella mañana de verano.

-Vos sois Erwynd, vos eráis uno de los mejores amigos de mi padre –comenta con parsimonia saliendo del leve trance.

El anciano sonríe nuevamente y le asiente.

-Así es, bueno, así fue. La vida da muchas vueltas y, ¿quién me iba a decir a mí que os iba a volver a ver, y más por estos lares?

-¿Y qué hacemos aquí exactamente? –interrumpe Onar cortante.

Al no esperarse tal interrupción, el anciano se queda algo descolocado durante unos instantes, tras los cuales cambia su hasta ahora cordial expresión por una más severa.

-Bueno, supongo que ya habréis oído rumores sobre nuestra hermosa ciudad colgante. Hermosa y libre –dice, resaltando esto último con énfasis- Nadie pasa por estos bosques sin que nos enteremos. A veces permitimos que pasen sin más y otras tantas nos vemos obligados a intervenir si así lo consideramos oportuno. Y lo hemos considerado oportuno… ¡No todos los días tenemos a tan variopintos e ilustres invitados!

-¿Invitados?- pregunta con acentuado sarcasmo Rostam mostrándole sus maniatadas manos.

-Oh, perdonad por estas toscas formas, pero comprendednos: explicar nuestra intención es algo complicado si vais armados y con tan alto nivel de hostilidad hacia lo ajeno. No hubieseis permitido que os trajesen aquí desarmados si lo hubiésemos pedido, no os habríais fiado de nosotros.

-¿Y creéis que este es el mejor modo de pedirnos confianza? –se queja Onar.

-¿Os habríais desarmado ante mis hombres por mucho que os lo hubiesen pedido?, ¿por mucho que os hubiesen explicado la situación? –pregunta astutamente el anciano; Onar no responde, pero su silencio lo dice todo.

Entonces el anciano hace un leve gesto a la escolta de la compañía y estos inmediatamente les desatan, mas la tensión existente entre los presentes sigue siendo palpable.

-Seguimos sin saber qué queréis de nosotros –comenta Kayra frotándose las doloridas muñecas con algo menos de hostilidad en la voz.

-Es más cuestión de mera curiosidad que de querer algo de vosotros –le responde el anciano conciliador-. Lamento que hayamos tenido que ser tan bruscos al traeros aquí como si de prisioneros os trataseis, no es nuestra intención que os sintáis como tal, pero dudamos de que os hubieseis mostrado colaboradores, ciertamente. Logó Falhu os abre sus puertas y os invita a disfrutar de nuestra modesta hospitalidad.

Quizás lo hasta ahora vivido les haya vuelto excesivamente desconfiados. En sus semblantes se aprecia sin lugar a equívocos que la travesía y la sensación de vulnerabilidad que les causan estas tierras inhóspitas les ha vuelto recelosos y eso les había endurecido los corazones.

-Habiendo dado una muestra de buena fe desatándoos e invitándoos a ser nuestros huéspedes, ahora os toca a vosotros mostrar buena voluntad. Podríais al menos contarnos qué trae a tierras salvajes a la mismísima reina Griundel y a tan variada compañía.

El silencio se apodera del momento, mas los miembros de la compañía apenas lo notan puesto que en sus cabezas las reflexiones acerca de lo oportuno de revelar dicha información y de aceptar la oferta resuenan como una fuerte cascada. Sin embargo, en la mente de Kayra solo hay lugar para el recuerdo.

Tras varios densos segundos de espera, la reina al fin se manifiesta.

-Accedemos a vuestra invitación, pero mucho me temo que el propósito de nuestra visita requiere de algo más que de muestras de buena voluntad. Tal vez con comida y refugio, valoremos si confiar en vosotros o no, ciertamente –finaliza imitando con ello el tono antes usado por el anciano para justificar su apresamiento.

Sensaciones de contrariedad emergen entre sus compañeros, y, aunque sus rostros no logran disimular su descontento, guardan silencio para no desacreditar a la joven Griundel.



-¿Cómo se os pudo ocurrir aceptar la invitación de esta gente? ¡Nos han tratado como a criminales! –se queja indignado Onar. Camina junto a Kayra por una de las largas galerías que conforman el consistorio. Se dirigen al banquete al que les ha invitado el anciano Erwynd, el gobernador de la ciudad -. No teníais derecho ninguno a hacerlo sin consultarnos al resto. ¿Cómo podéis fiaros de quienes nos han tratado así?

-Ninguno dijisteis nada, y valoré lo que era mejor para todos dadas las circunstancias. Claro que no me fio de ellos, pero quieren algo de nosotros y quizás podamos aprovecharnos de ello. Buscar aliados aquí no nos vendría nada mal.

La ira y la indignación recorren el rostro del joven Knöt que frena a la norteña sujetándole firmemente del brazo.

-No volváis a hacer algo así –dice imponente y tosco. Kayra, sorprendida, le mira de arriba abajo, luego se recrea en el brazo que el iracundo muchacho le aprieta. Se mantienen unos segundos la mirada y Onar sentencia: -. Jamás.

-Y vos no volváis a tocarme.

Se zafa del muchacho y continúa andando hacia el salón donde un suculento banquete les espera, dejándole atrás.



El jolgorio y la alegre música que acompañan el banquete resuenan por las numerosas galerías cercanas al gran salón guiando hipnóticamente a los que a este acuden. Cuando Kayra cruza las puertas, descubre una gran estancia de techos bajos y abovedados donde la madera es la protagonista: mesas largas recorren el amplio espacio formando un semicírculo junto a las que macizos sillones labrados aguardan ser ocupados por los invitados; en el extremo en que el semicírculo se abre, se encuentra otra mesa más ricamente decorada cuyos sillones se orientan hacia el resto.
En un rincón de la sala un pequeño grupo de músicos tocan alegres melodías bajo la atenta mirada de algunos de los allí citados. Pocos minutos después de la entrada de la joven reina, se le unen el resto de la compañía, incluido Onar que aún conserva un aire de resentimiento, y acto seguido hace su entrada Erwynd, acompañado de su hermosa hija y de algunos de sus guardias personales.
El anciano se dispone a tomar asiento en la presidencial mesa central, no sin antes invitar en un gesto al resto de los allí presentes que se disponen alrededor del gran semicírculo. Cuando toman asiento, Griundels lo hacen por un lado y hombres del desierto por otro, y aunque están sentados muy próximos, apenas cruzan palabra alguna.

La cena pasa sin mayores incidencias: un vistazo aquí y allá, algún cruce de miradas entre los irritados miembros de la compañía y entre Kayra y Erwynd en reiteradas ocasiones. Cuando la cena roza ya su fin, Erwynd dirige su mirada una vez más hacia la joven y esta, que parece sentirlo, traslada su atención hacia su anfitrión que ladea la cabeza señalándole hacia la enorme balconada que está a su espalda. Entonces Kayra se pone en pie y con parsimonia se dirige hacia el amplio balcón hecho, cómo no, de madera. Sin embargo, esta vez no se trata de madera tallada, sino que tanto la plataforma como la barandilla que lo forman son parte de las ramas del enorme árbol en que se encuentra el consistorio que han sido guiadas para tal fin.

Mientras espera, echa una ojeada a la inmensidad que la rodea. Decenas de pequeñas luces relucen titilantes nadando en el mar de oscuridad nocturno como si de luciérnagas se tratase. Anonadada por la mágica escena, apenas percibe la llegada del anciano.

-Unas vistas preciosas, ¿no es así? –pregunta acaparando la atención de su invitada.

-Sin duda –contesta esta-. Es impresionante cómo habéis construido una ciudad a esta altura, en estos árboles.

-La ciudad lleva aquí desde hace tanto, que ni los más ancianos del lugar recuerdan quién la construyó o por qué motivo. Pero está claro que un lugar así debía preservarse, y qué mejor que serlo a manos de personas de espíritu libre como lo somos los que en ella habitamos ahora.

-¿Libres decís?, he oído varias veces cómo os autodenomináis gente libre que no atiende a leyes ni a reyes. Mas vos sois quien aquí gobierna…

-En efecto, pero lo hago porque así lo ha decidido el pueblo y no porque mi sangre dicte que así deba serlo –le responde con total calma. Aunque trata de disimularlo, la incomprensión se refleja en el rostro de la muchacha-. Aquí todos tienen voz y voto, y las normas y los cargos relevantes se adjudican según los deseos de todos, o al menos, de la gran mayoría.

-Curiosa forma de administrar un pueblo –reflexiona en voz alta Kayra-. Veo que os ha ido mejor aquí que en mis tierras.

-¿A qué os referís, jovencita? –pregunta con inocencia Erwynd.

-A que hacer memoria no solo me ha ayudado a recordar vuestro nombre, también me ha brindado la ocasión de recordar quién sois realmente. O, para ser más precisos, quién fuisteis.

-¿Y quién creéis que fui, si puede saberse?

-Un traidor.


27
-Los días pasan y los suministros empiezan a escasear, mi señor –le comunica con pesar uno de los consejeros al rey Taerkan.

Sentado, observando la mesa cartografiada, el monarca Knöt cierra los ojos durante unos segundos con tristeza al oír lo que en realidad ya sabe. Los suministros de la ciudad hubiesen sido suficientes para varias semanas más de no haber tantas bocas que alimentar, mas no podía mostrar su descontento puesto que Griundels y Manahís estaban allí para ayudarles a resistir y sin su ayuda tal vez la ciudad ya hubiese sucumbido a los intentos de conquista Martu.

-Habrá que ir valorando la huída a Abir- responde en un hilo de voz.

-No creo que sea posible desplazar a tantas personas sin que caigamos en algún tipo de emboscada. Y no todos los que deberán ser trasladados saben blandir un arma, señor –apunta el consejero.

Esto es lo que más le preocupa: debía ante todo proteger a sus ciudadanos a toda costa, y Kanbas, siendo una de las ciudades más grandes del reino, albergaba a demasiada gente inocente.

-Concertad una reunión lo antes posible con los principales representantes Griundels y Manahís; avisad también a Adem, Kihva y Alker además de a cuantos generales haya disponibles. Tenemos una huida que planear.



Pocas horas después, los allí citados van haciendo acto de presencia. Ahren junto con varios soldados de alto rango, entre ellos Audris, es el primero en llegar, seguido por Erol, Kihva y Adem que caminan conversando entre ellos con aire severo; pocos instantes después llega Valerio con su hijo Paulo y dos de sus hombres de confianza, y en último lugar, con cierto retraso, aparece Alker. Taerkan que ha ido contemplando las escalonadas llegadas, no puede evitar echar una mirada de reprensión a Alker por su falta de decoro al llegar tarde. Este se disculpa con una leve reverencia y ocupa su lugar entre el resto alrededor de la gran mesa.

-La situación es crítica, señores –comienza la reunión Taerkan al fin, y todos enmudecen-. Los suministros de la rica Kanbas se agotan a pasos agigantados. Mucho me temo que nuestros días aquí están contados.

Las caras de consternación inundan el lugar. Todos sabían que la resistencia en Kanbas sería transitoria, que tarde o temprano se verían obligados a huir con el gran riesgo que ello conllevaba ya que entre nativos e invitados componían un número considerable, y que la opción de resistir en la ciudad dorada hasta el final era una necedad puesto que, de caer los altos cargos Knöts y Manahí allí presentes, sus reinos lo harían tras ellos.

-Todos estamos de acuerdo en que la huída de esta ciudad es inminente –se pronuncia Valerio en nombre de todos-, pero huir, así sin más, atravesando el desierto es también muy arriesgado. Desplazar a tanta gente por un lugar tan expuesto, provocará que nos cacen como a animales.

Varios de los presentes asienten modestamente.

-No podremos cruzar las puertas sin que nuestros indeseables vecinos se nos echen encima –dice Erol, y varios de los allí presentes dan la razón al viejo general Knöt.

-Mas no podemos quedarnos aquí por más tiempo, señor –opina Ahren, observando la cara reflexiva del rey Taerkan-. No tardarán en echar abajo vuestras puertas y no podremos apelar a que esos seres tengan piedad o clemencia con nosotros.

-Además, Abir caería sin mostrar resistencia si su rey y la mayor parte de su ejército perece aquí –recalca Erol.

-Tampoco podemos permitirnos perder esta ciudad –se pronuncia saliendo de entre las sombras el viejo consejero real-. Sería lamentable permitir que una vez más esta antigua ciudad fuese asediada por los mismos desalmados que la llevaron hasta las ruinas tiempo atrás.

-Es más importante conservar la vida que una ciudad de roca y madera. Nuestros ancestros estarían totalmente de acuerdo con ello –sentencia Taerkan con voz firme.

El monarca se pone en pie y se muestra pensativo durante unos minutos.

-Hay una forma de salir de la ciudad sin levantar las alarmas enemigas, o al menos no hacerlo hasta que estemos lo suficientemente lejos de sus muros –explica Taerkan. Hablar de este tema le incomoda sobradamente, y ante la cara de incredulidad de los presentes, se ve obligado a proseguir -: En un punto de palacio hay una puerta secreta, puerta que da a parar a un largo pasadizo que los Naëttis construyeron para poder salvar la vida su monarca en caso de asedio. Aunque la ciudad acabó muy maltrecha tras la Era de la Expansión, y tras lo que todos sabemos que ocurrió en ella, se encuentra en buenas condiciones a pesar de que no se ha vuelto a usar desde que reconstruimos la ciudad. Recorre subterráneamente la ciudad y se abre a poco más de una legua de las murallas de Kanbas –explica Taerkan, mientras, en el mapa, va señalando por dónde pasaría dicho pasadizo. Detiene su dedo al sur de la ciudad, en dirección al río Bolorma.

-¡Perfecto, así podremos salir de aquí sin ser atacados! –comenta con entusiasmo Valerio-. Podremos ganar unas horas de ventaja.

-El problema, compañero, es que el pasadizo es angosto y no cabrían más de tres personas a lo ancho. Habría que sacar a tanta gente que tardaríamos muchas horas, tantas que nuestro plan de huída podría ser descubierto y podría suceder lo peor.

-Nos encerrarían como a animales, ¡moriríamos de hambre! –lamenta el rey manahí.

-Por no decir que si nos atacan desde la entrada, seríamos un blanco fácil –reflexiona Ahren en voz alta-. Estaríamos entre la espada y la pared.

-Por esa razón no podríamos irnos todos de la ciudad. Algunos hombres deberán quedarse aquí para contener a las tropas enemigas y así asegurarnos de que no se descubre nuestro plan de huída –expone Taerkan. La rabia al pensar que tendrá que dejar a gente atrás se apodera de su voz; permitirá que hombres buenos se sacrifiquen en pos del bien común.

El silencio inunda la sala.
Todos sopesan la situación, es cuestión de suerte el vivir o el morir. Ninguno levanta la vista de la mesa mientras los minutos pasan lenta y penosamente con gran tensión, hasta que de repente Erol se pronuncia:

-Mi señor, si me permitís, me ofrezco a quedarme y protegeros hasta mi último aliento –pone el puño derecho sobre su pecho, a la altura del corazón, mientras realiza una leve reverencia ante su rey.
Este le asiente, sabedor de que su buen general, y viejo amigo, no dudaría en ofrecerse. Le observa con aire nostálgico, le pone las manos sobre los hombros y dice con un reprimido pesar: -Gracias, amigo mío.

Erol sonríe con orgullo mientras el resto continúan en su mutismo. En ese momento, Audris busca con la mirada a los dos hombres a su cargo que la acompañan en la reunión, ambos se la devuelven y le dan signos de aprobación ya que entienden perfectamente lo que esta les ha pedido con sus cristalinos ojos.

-Yo también ofrezco mi vida a la causa, señor –interrumpe la voz de la capitana Griundel -. Mis hombres y yo nos quedaremos para retener cuanto podamos a esas bestias del averno.

Ahren no da crédito a lo que acaba de suceder y tarda varios segundos en reaccionar.

-Venís de pasar un calvario en Skórgull, no tenéis por qué hacer esto –dice con cierto tono suplicante.

-Precisamente por eso, mi señor, sabemos cómo combatirles. Perdimos todo lo que teníamos, nada nos espera allí. Dejadnos al menos ser útiles a la causa, dejad que nos ganemos el derecho de morir a nuestro modo y nos ganemos la gloria eterna–responde sin titubeos la joven capitana Griundel.



Los edificios más emblemáticos han sido convertidos en refugios para la gran mayoría de asustados civiles que continúan en Kanbas. Allí, varios portavoces de palacio anuncian:

“Se comunica a todos los habitantes de Kanbas que serán evacuados de inmediato a Abir ante el riesgo de una inminente invasión. Se realizarán tandas para que la evacuación sea lo más rápida posible y no haya mayores incidentes. Cada persona cargará con sus pertenencias, por lo que se pide que se lleve sólo lo imprescindible pues la caminata será larga. A cada uno se os entregará un pequeño saco con comida y agua suficientes para varios días. Nuestro señor, el rey Taerkan, os pide que conservéis la calma y os conmina a que hagáis caso a los responsables de la operación para que no haya ningún tipo de problema. Gracias por vuestra atención.”

Además de en los principales refugios, varios emisarios recorren la ciudad para que aquellos que se refugian en sus casas acudan a la evacuación.

La entrada al pasadizo está oculta en la sala del trono real, concretamente se encuentra bajo el pesado trono de madera y oro. Taerkan toma asiento en este, mientras se le comunica el plan al pueblo, y palpa unos pequeños ornamentos en forma de luna situados en el frontal de los reposabrazos. Los gira de tal modo que acaban mirando hacia afuera, cuando originalmente ambas lunas estaban mirándose. Acto seguido, se oye el sonido de unos mecanismos que se ponen en marcha y el sillón se acaba desplazando lentamente hacia detrás abriendo así el paso al túnel.

A pesar de que la operación se realiza por turnos, las colas son largas y las esperas interminables. Aún con todo, el ritmo es constante y, a lo largo de toda la noche, el flujo de gente no cesa. Para cuando los primeros rayos de sol asoman por el horizonte, el último grupo ya casi está cruzando el umbral del túnel.

-Señor, con todos mis respetos, deberíais iros cuanto antes –comenta Erol.

-No me iré de aquí hasta que todos estén a salvo –responde el monarca Knöt.

-Tampoco sería oportuno que arriesguéis vuestra vida de este modo –reflexiona el viejo general-. Perderos no ayudaría a la moral de vuestro pueblo.

-Mi pueblo entenderá que su rey se sacrifique por ellos si fuese necesario. Y dejad de preocuparos, tengo a los mejores protectores aquí mismo –responde una vez más, mientras echa una mirada cómplice a su camarada y este le esboza una agradecida sonrisa.

De pronto, un joven soldado se aproxima a toda velocidad a ambos. Y, antes de abrir la boca, su cara delata lo que viene a comunicarles.

-¡Todos a las armas! –vocifera con firmeza Erol.


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Última edición por Muerte el Dom Jun 29, 2014 3:15 am, editado 1 vez en total
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NotaPublicado: Lun May 26, 2014 11:34 am 
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Ladronzuelo
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Editadas las dos primeras partes por la corrección de alguna errata puntual que no había localizado antes y por aclarar alguna expersión que pudiese dar lugar a confusiones

Disculpad las molestias :) ;)


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NotaPublicado: Mar May 27, 2014 2:19 am 
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Ok Muerte, voy a pasarme por tu blog para leer la continuación, me parece muy bien que hayas corregido las erratas. 8-)


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