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NotaPublicado: Mar Ago 07, 2018 10:30 pm 
Ladronzuelo
Registrado: Mar Ago 07, 2018 10:27 pm
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La Amenaza Latente


La muchedumbre estaba eufórica. Una multitud integrada mayoritariamente por plebeyos y campesinos se agrupaba en las puertas del Palacio de la Libertad e Independencia, dando una sentida y sincera bienvenida al electo líder de los gobernadores de Heveria.



Recibió una lluvia de pétalos de rosas que se pegaban a sus anchos y fornidos hombros o caían oscilantes y suavemente hasta descansar en la larga capa con piel que caía sobre su gruesa espalda.



—¡Te amamos, Velkor!—dijo una mujer de sencillo ropaje, acompañada por su pequeño hijo, que le señalaba la majestuosa presencia del sonriente gobernante.



Avanzó como pudo hasta llegar al imponente portón del palacio, pero la gente cubría la entrada y se empecinaba a manifestar su profunda admiración al gran jefe.



—¡Esto es para usted!—un hombre delgado y barbado estiró sus brazos para alcanzarle un cuadro. En él, se apreciaba una cuidada pintura que representaba a Velkor durante la guerra por la libertad. Bajo un cielo difuso, las pinceladas del talentoso artista evocaron a un joven líder alzando su espada a lomo de su fiero corcel, parado en dos patas y echando fuego por la boca. Recibió el detallado óleo con una franca sonrisa mientras seguía su demorado camino hacia el interior del palacio.



—No sabía que mi corcel lanzaba fuego por la boca.

La figura madura pero hercúlea avanzó a través del largo pasillo que conducía a una enroscada escalera. Sus pasos sonaban pesados, pero estos apenas se oían con la incesante aclamación popular. Su recorrido culminó y se detuvo con una postura erguida en el altísimo balcón del imponente palacio. Enfrentó a la multitud, intercambió miradas con muchos de ellos, desde la altura. Había muchas cosas que decir.



—Habitantes de Heveria, es un honor para mí ser receptor de este sincero cariño, en este día tan especial para nuestra flamante libertad, esa que apenas estamos conociendo, y que con mucha dificultad y escollos construimos día a día.

»Hace veinte años, finalizaba la rebelión de manera triunfante y, finalmente, pudimos imaginar un mundo distinto para nosotros, y los que vendrán. Incontables vidas se han apagado durante los años de oscuridad, y muchas otras han sido ofrecidas valientemente en los campos de batalla para construir lo que estamos construyendo. Esos sacrificios, dolorosos, nos iluminan y nos advierten cuál es el rumbo que debemos tomar: el de dar la vida por nuestra nación, si es necesario. Valkira siempre me lo recuerda. Su presencia, lejos de esfumarse con su muerte física, se ha propagado como una energía majestuosa que nos envuelve a todos. Su recuerdo no es tal, sino que su permanencia es eterna y se encuentra ligada a los valores esenciales de nuestro gobierno libre y soberano. Su espíritu combativo y justo nos habla a través de cada uno de los hombres que defienden, construyen y luchan por esta libertad que recién empieza. Porque Valkira es el nombre que lleva cada mujer que rompe sus ataduras, aquella que está dispuesta a abandonar su cuerpo mortal para transformarse en la Madre de nuestra Nación, Heveria.

»Y así como Valkira está constantemente presente, esta celebración de un nuevo aniversario de la gesta heroica no puede quedar relegado a un mero evento conmemorativo, sino que las batallas pasadas deben ser comprendidas como enseñanzas históricas para seguir avanzando y mejorar en el proceso. Los Reyes Dioses han devastado esta tierra por años. El oscurantismo reinó impiadoso y sólo existía dolor, muerte, aniquilación, enfermedades que arrancaban la vida de nuestros hijos, injusticias y una desigualdad extrema entre los pobladores y los aliados directos de los Reyes Dioses. El trabajo ha sido extenuante, pero cuando conseguimos librarnos de ellos, donde había sequía, emergieron ríos, donde hubo enfermedades, surgieron soluciones para avanzar en la búsqueda de la cura, donde hubo aldeas arrasadas, aparecieron cómodos barrios. Luego del exterminio de los Primigenios, llevado a cabo por los Reyes Dioses y sus aliados, establecimos un acuerdo con los sobrevivientes para que puedan vivir y convivir sin persecuciones de ninguna índole.



»Vivimos en tiempos de continuos avances técnicos. La magia y la hechicería está quedando atrás, debido al proceso natural de la evolución y el desarrollo científico. Voces del pasado intentan asustar a la población e instalar la falsa idea de que existe una persecución a los integrantes de cultos, adoradores de criaturas consideradas deidades en tiempos remotos y a los que practican la magia. Esto es erróneo y falaz. Nuestra arma más preciada, aquella que nos liberó de la oscuridad, el Mandoble de la Libertad, ha sido forjada por las fuerzas mágicas más poderosas de Heveria, unidas a los herreros y los filósofos descubridores que tantas respuestas nos han dado en cuanto a la vida, la muerte y la evolución. Los Monjes Tribales, sacerdotes de los Primigenios, apoyan y defienden activamente a nuestro gobierno, comprendiendo que ciencia y metafísica fundidas, han conseguido procesos que van en pos de la Humanidad toda. Ha sido esta alianza la que erradicó la peste amarilla,que tantos niños se ha llevado. Es esta unión la que sostiene los pilares fundamentales de nuestra república. Sin embargo, las actividades relacionadas con el culto deben estar sujetas a ciertas reglas, y nuestro flamante gobierno libre no puede tolerar que, tras veinte años de la desaparición de los monarcas, sigan existiendo hechiceros que pulverizan los valores más importantes de una persona, que son la vida y la libertad, para satisfacer a sus supuestos dioses mediante rituales que incluyan sacrificios humanos y abusos de toda especie. Por eso, he decretado una ley, la Ley del Culto Sano, para castigar a aquellos grupos que realicen estas prácticas criminales.



»Hemos sido notificados sobre los desagradables acontecimientos sucedidos en el Bosque Sangriento: un minoritario grupo de Guardianes de Heveria se ha rebelado y ha cargado contra las aldeas aledañas. Exigen la liberación de colegas suyos que cumplen una condena de prisión luego de intentar asesinar al gobernador de Tierra Alta. Según su líder, la condena ha sido excesiva, extensa y se ha cumplido con creces. Estamos dispuestos a resolver este asunto de forma diplomática y en paz, pero no permitiremos que avasallen a nuestro pueblo. Hasiator, líder de los Jóvenes Republicanos (potenciales futuros gobernadores) va en camino, para llevar paz y tranquilidad a los habitantes.







La Joven Guardia


Dentro del Bosque Sangriento, soplaba una brisa fría que pinchaba la piel como si fueran agujas voladoras. Llamado así por las constantes batallas que se libraron dentro de él durante la revolución y que, según se cuenta, la sangre de los combatientes bañaron de sangre el verdoso pastizal. De hecho, luego de veinte años, aún existen árboles cuyos gruesos troncos permanecen teñidos de rojo. Bosque Sangriento era el camino más directo para ingresar a la ciudad capital.



Las hojas secas crepitaban bajo los cascos de caballos que avanzaban junto a sus atentos jinetes. Hasiator, el líder de los Jóvenes Republicanos, se balanceaba al ritmo del decidido paso de su blanco corcel. El largo y abundante cabello castaño rojizo descansaba sobre sus gruesas hombreras metálicas, y algunos mechones se revolvían por el incesante soplido. Oyó una profunda voz detrás suyo.



—Bebe, Hasiator. Siempre es bueno probar un poco de vino antes de una batalla—Olmundur, el gigante barbado de melena dorada, le ofrecía una cantimplora de cuero. El voluminoso líder extendió su musculoso brazo y pegó la boca a la tapa. Y entonces escuchó una voz dubitativa.


—Uh...no estamos seguros si habrá un combate. El padre de Hasiator insistió en que mantuviéramos la calma y prioricemos la deliberación y el diálogo antes que las espad...—una pesada mano dio en la nuca del muchacho delgado que hablaba.



—No te preocupes Wiloh, si llegamos a pelear, tú puedes esconderte bajo la falda de alguna aldeana. Y quizás encuentres un poco de diversión ahí abajo—dijo Olmund, echando una carcajada. El chico flaco y desgarbado se frotó la nuca y lo miró con desaprobación, aunque contuvo una cómplice risa.



Lo que decía Wiloh era cierto, pero los gobernadores ya habían tomado medidas para ello. Como muestra de voluntad para resolver el conflicto pacíficamente, Velkor y el resto de los gobernadores acordaron enviar al joven Hasiator escoltado por un puñado de Jóvenes Republicanos y sin ninguna presencia militar como los leales Guardianes de Heveria, evitando todo tipo de acciones -como nutridos grupos armados- que puedan confundirse con mensajes hostiles o amenazantes. Sólo ellos con sus armas envainadas y una forzada disposición a dialogar.



—Si por mí fuera, haría rodar las cabezas de estos traidores como piedras errantes por todo el país. Estos actos de rebeldía ante el gobierno no suelen ser espontáneos, estas ovejas responden a un pastor, y si no los detenemos con firmeza y contundencia, tienden a replicarse. Pero el honor de Velkor merece nuestra infinita lealtad, y hoy se hará a su modo—el líder juvenil finalmente habló. Olmundur estiró el puño para darle una amigable trompada en su rocoso bíceps, cuyo fibroso tamaño roza unos impresionantes sesenta centímetros.



—A mí no me engañas, intentas congraciarte con el viejo sólo para llamar la atención de su hija.



—Ni siquiera la conozco—afirmó Hasiator con media sonrisa en su cuadrado rostro. —Pero parece ser una chica bastante alejada de los valores de la revolución que su propio padre lideró. Muchos vestidos de seda y abstracciones ociosas en su vida.

El enorme Olmundur escupió para soltar una desaforada risa. —No te preocupes, tienes al resto de las mujeres de Heveria a tus pies, dispuestas a chupártela como si fuera el Mandoble de la Libertad.



—¿Hace falta que te dirijas así?—Wiloh, el muchacho al que la armadura le quedaba holgada, lo miró con desprecio. Olmundur no comprendía su inquietud.

—¿Qué dije?

—Fuiste capaz de ofender en una sola oración a las mujeres de Heveria y a nuestro sagrado Mandoble de la Libertad—el delgado joven republicano negó con la cabeza.



Terco como mulo, Olmundur siempre tenía una contestación, por más vacía e inconsistente que fuese, y aunque no estuviera entendiendo en profundidad de qué lo acusaba su compañero. — ¡Pero es verdad! Doncellas, guerreras, plebeyas, todas aman a este tonto que es incapaz de vencerme en una pulseada. Creo que hasta la bruja Marla lo debe mirar con ganas, desde donde quiera que se encuentre.



Hasiator alzó la mano y su ceño se frunció dramáticamente. Reconoció a lo lejos una humareda oscura que bailaba oscilante y se perdía en el cielo.
—¡Avancen, avancen!—su corcel blanco salió disparado como un rayo, seguido por Olmundur y Wiloh. Los cascos de los caballos arrancaban trozos de pasto, y la muralla de árboles a cada lado de los tres jinetes perdía nitidez a medida que la velocidad de la carrera aumentaba.

Los tres jóvenes llegaron a una verde planicie cercada por el bosque, y en la que se situaba una de las pequeñas aldeas, con sus bajas casas de piedra situadas alrededor. De algunas de ellas, brotaban violentas llamas que crecían en tamaño. Una mujer de edad avanzada apareció corriendo en dirección opuesta al incendio, topándose con el trío de jinetes.



—¡Por Liuveram, ayúdennos!

Hasiator bajó del blanco caballo y se acercó a la mujer de harapos, pero esta no lo dejó hablar. —Quemaron casas y violaron mujeres, están desatados.



—Tranquila, no se dispersen, permanezcan juntos. Es posible que necesitemos de ustedes para poner fin a esto— Hasiator posó su pesada mano en el frágil hombro de la señora, dando unos pasos hacia adelante y dejándola atrás, sólo acompañado por el gigante rubio y el delgado Wiloh. El humo nublaba sus ojos y el griterío le anunciaba que esto era peor de lo que creían y más cercano a lo que la mujer de edad avanzada le contó. Flexionó su impresionante brazo, hinchando su bíceps y desenvainando el mandoble de su espalda. La hoja gruesa hizo un sibilante sonido imperceptible y empuñó su arma con los dedos apretados al mango. Ente la nubosa humareda emergían campesinos corriendo, y oía a Olmundur, con la voz que asemejaba al rugido de un león, obligándolos a mantener la compostura y a ordenarse. En el fragor de aquella tensa situación olvidó momentáneamente a sus compañeros, giró su cabeza y los vio detrás suyo, dejaron sus caballos para dirigirse a pie y seguir el rastro del incendio, que los llevó a un conjunto de hogares prendidos fuego, y un numeroso grupo de hombres cubiertos por armaduras grises y liderado por uno de coraza negra y capa roja, justo como la que usaba Hasiator.

Con su inmenso cuerpo vibrante de emoción, Olmundur colocó su yelmo con retorcidos cuernos sobre la cabeza, casi que se relamía al saber que se encontraban a segundos de que estalle una sangrienta batalla. Una voz proveniente del frente les habló.










—Jóvenes Republicanos, regresen por donde vinieron si no nos traen respuestas. Esta sucia aldea será la entrada hacia ciudad capital para hablar directamente con Velkor—el que hablaba era el Subteniente Borkheim. A pesar de que su rostro se mantenía tapado por la visera de su negro yelmo(que apenas contaba con una fina ranura horizontal a la altura de los ojos), la insignia en su armadura lo delataba, exhibiendo un único y reluciente sol del tamaño de un botón. Tampoco era una sorpresa, el subteniente mostró su descontento desde que condenaron a sus hermanos de armas, alejándose de los Guardianes de Heveria que se mantenían leales al gobierno surgido de la revolución. Apresaba el cuello de una joven campesina, rodeándola con sus brazos provistos de una brillante y temible armadura negra. Su pelo negro se hallaba desordenado, y el humilde vestido rajado por la mitad y con un pecho descubierto eran pruebas contundentes del ultraje que había sufrido previamente.



—Déjala, Borkheim. Mi padre hoy me confesó que, muy a mi pesar, existe la posibilidad de que los que intentaron asesinarlo gocen de un indulto firmado por Velkor—Hasiator levantó la voz, no existía dicha decisión de Velkor, sólo estaba probando al militar. —Pero cuán equivocado está, ustedes han esparcido el crimen por las aldeas de Bosque Sangriento, y no se detendrán aunque ese indulto se haga efectivo.



—Debo decir que eres más valiente que tu padre. Por suerte, él es el gobernador de Tierra Alta y es el que toma las decisiones. Me corrijo... eres menos cobarde que tu padre—el Subteniente Borkheim acercó el visor de su yelmo al rostro de la campesina cautiva, para mirarla con atención. Hubo algo en ella que también llamó la atención de Hasiator: la ardiente mirada iracunda que encendía sus ojos como las llamas del incendio provocado por los integrantes del levantamiento.



—Parece que con instaurar el temor y la violencia no alcanza para obtener la lealtad de los pobladores—el joven líder con músculos como rocas conocía a Borkheim. Jamás alcanzó un rango mayor que el de Subteniente, no por falta de capacidad, sino por sus constantes derrotas en el terreno pedregoso y hostil de su propio infierno. Los demonios del vicio lo volvieron impulsivo, un volcán que amenaza constantemente con entrar en erupción, un adicto de su propia violencia desmedida, que dejaba de reflexionar cuando su visión se tornaba roja.

— Sí—dijo Borkheim, con una voz pesada y resignada—. Así parece. Y por eso esto nunca va a cambiar, por más que tu contemplativo líder artrítico decida liberar a esos soldados mañana mismo, nunca los dejaremos en paz. Odio a los jóvenes como ustedes, que pelean por causas que ni siquiera conocen. Odio a los gobernadores con su inmunda burocracia, pero sobre todo...odio a esta clase de gente. Habitantes que han permitido que sus mentes se corrompan con discursos floridos y defiendan incondicionalmente una gesta heroica basada en grandes mentiras, cual seres víctimas de un poderoso embrujo—se dirigió a la mujer que sostenía por el cuello—. Dime, campesina hambrienta, ¿qué es lo atractivo del gobierno de Velkor?.



—Por más que te lo explique, no lo entenderías. Sólo comprendes las órdenes que te da tu superior, como una pulgosa bestia faldera—la mujer lo miró con sus ojos furiosos y el rostro bañado en sudor, la respiración se le tornaba rápida y agitada.



—¿De qué hablas, mujer?—Borkheim acercó su sable a la tripa de la muchacha, afianzando más su agarre con el otro brazo—. Eres un asno, ¿acaso no sabes cómo viven estos gobernadores y sus hijos? En palacios donde jamás pasan frío, con banquetes inalcanzables para sucios como ustedes. Pero claro, eres demasiado ignorante como para darte cuenta.

—Es extraño que un sirviente de los intereses de aquellos hombres de jubones blancos, poseedores de grandes riquezas y dueños de las minas de oro, me hable de los supuestos lujos de los gobernadores. Mis padres me hablaron de la lealtad de muchos de ustedes a los Reyes Dioses, hace mucho tiempo, pero no han cambiado nada.



Encolerizado por las palabras, Borkheim levantó el sable a la altura de la cabeza, y con un veloz movimiento trazó un corte mortífero en la garganta de la valiente aldeana. Una cascada roja se desplazó por el cuello y manchó su rajado vestido. El cuerpo sin vida amenazó con desplomarse, y antes de que esto ocurra, el guardián de armadura negra le dio un desdeñoso empujón y este llegó rodando a los pies de Hasiator. Bajó la cabeza y se quedó mirando ese rostro impertérrito y de ojos bien abiertos, duros como piedras por el cortante paso del sable. Con un breve suspiro, sintió la culpa de haber provocado a Borkheim, pero se alivió al reconocer en aquella mujer un consenso mutuo para despertar la bestia viciosa que habita en aquel guardián traidor; lo expusieron, lo insultaron, y probablemente, ambos sabían que existirían consecuencias.



Oculto detrás del yelmo negro, una sádica sonrisa se expandía en la boca de Borkheim, como la cortadura provocada en la garganta de la campesina. Detrás suyo escuchó las carcajadas de la veintena de militares que lo seguían en el levantamiento. Miraron al imponente Hasiator con desprecio. Su largo pelo marrón rojizo ondeaba como su capa, aquella que se unía a su pechera abierta en forma de hache, con una forma esférica en su centro. Empuñó el mandoble con ambos brazos, tensos y recortados por abultados músculos, y los brazaletes con tachones brillaron por los débiles rayos de un apagado sol que asomaba tímido. Emitió un potente rugido y cargó junto al gigante Olmundur contra los guardianes traidores.



El hacha de batalla del enorme rubio de barba que llegaba al pecho se hundió en la parte de arriba de un yelmo gris. Del visor estrecho comenzó a brotar una imparable corriente de sangre. Impulsándose hacia atrás, consiguió sacar el hacha incrustada en ese cráneo a tiempo para proseguir con el bestial ataque, deteniendo el ataque de otro Guardián de Heveria, asestando un bestial hachazo en el pecho. Los sables de los enemigos se movían a su alrededor, pero estaba logrando abrirse paso. Veía a su lado a Hasiator, dando hábiles molinetes con su gruesa y pesada espada. Una figura de grisácea armadura trazó una línea vertical con su sable, pero el recorrido fue breve, y la implacable hoja del mandoble se interpuso. Con una asombrosa velocidad, el fornido líder atravesó impiadoso el cuerpo del guardián, abriéndose camino desde el pecho hasta la espalda. Hasiator miró a su alrededor, lo rodeaban figuras oscuras, y entre ellas, Olmundur salpicándose de sangre ajena... pero no veía a Wiloh; de hecho, no había nadie más que ellos en el terreno: Olmundur y Hasiator frente a Borkheim y los letales Guardianes de Heveria. No había campesinos corriendo, no veían a sus caballos, y Wiloh había desaparecido.



Dos sables descendieron al mismo tiempo buscando dar en la cabeza de Olmundur, lo que obligó al desenfrenado guerrero a protegerse con el escudo, y utilizó a este para reforzar un topetazo contra uno de los espadachines y tirarlo al piso. Al otro le hizo resonar el yelmo como una campanada al golpearlo con la resistente hoja del hacha. El impacto hizo que el casco se desprendiera de la cabeza del guardián. Olmundur lo miró por un breve segundo, era joven y su rostro presentaba una herida sangrante a la altura de la ceja izquierda, pero el imponente guerrero de largo cabello rubio empeoró su situación a niveles extremos y grotescos cuando clavó su hacha de batalla en la frente: la cabeza se abrió como un libro y expulsó buena parte de su ensangrentada masa encefálica. Los rasgos faciales, como su vida, eran cosa del pasado, ahora su joven cara era una masa de piel arrugada y deforme. Pero por más brutales que sean sus ataques, los problemas persistían, y tres nuevos guardianes trazaban sablazos obligando al gigante musculado a retroceder.



Hasiator estaba enfrentando a un guardián que oponía una firme resistencia. Las espadas chocaban entre sí generando chispazos, el mandoble golpeaba contra el sable y ninguno cedía a la presión. Hasta que el experimentado líder juvenil dio un giro, se agachó evitando un sablazo que pudo haber separado la cabeza de su cuerpo, y golpeó la hoja de la espada contra la pierna del aliado a Borkheim, ejecutando un corte limpio. Dio un desesperado grito y cayó de espaldas tomándose el muslo con las manos, lo único que quedaba de su pierna derecha. Pero al instante, Hasiator tuvo que esconderse tras el mandoble para eludir el inclemente ataque de otro de los guardias, que parecían reproducirse. Pronto eran dos, tres y hasta cuatro sables amenazantes.



De pronto, se escuchó un repentino bramido y Wiloh avanzó al campo de batalla junto a muchos habitantes de la aldea, la mayoría de ellos armados con herramientas. Las armaduras grises chocaban contra ellos, pero ahora los Jóvenes Republicanos uniendo fuerza con los pobladores, los superaban en número por demás.



Armado con una confianza que le ofrecía esta evidente e inminente victoria, Wiloh le hizo frente a uno de los Guardianes de Heveria. Su florete, tan delgado y ligero como su usuario, se movió de un lado al otro, impactando contra el sable del enemigo. Pero este era mucho más habilidoso, más fuerte, y lo demostraba dominando el duelo, apartando la fina hoja de la espada de Wiloh como si fuera un alambre. La punta del sable estaba cada vez más cerca de su pecho, cubierto por una cota de malla, y reculó torpemente, tanto que trastabilló y cayó tumbado. El Guardián de Heveria no lo dudó y alzó el sable, tapando el asustado rostro de Wiloh con su propia sombra. Pero algo emergió del vientre de ese guerrero de armadura, era la hoja gruesa y fuerte de un mandoble que lo atravesó de lado a lado y lo dejó sin vida.



—¡Gracias a Liuveram, Hasiator!—suspiró aliviado. El musculoso líder de los futuros gobernadores movió la cabeza afirmativamente, pero una tensa expresión en la mirada de Wiloh y un extraño reflejo en sus ojos dilatados le advirtió que algo ocurría a sus espaldas. Volteó alzando la espada y vio la figura negra de Borkheim avanzando hacia él a lomo de su caballo. Repartía sablazos mortalmente precisos, abriéndose paso entre los campesinos que intentaban detenerlo y acababan heridos, mutilados o muertos por el andar implacable de aquel sable empleado con tanta pericia como brutalidad. Llegó a Hasiator, quien lo aguardaba con el mandoble levantado a la altura de sus sólidos hombros y rugiendo como una criatura bestial.



La hoja ancha de su espada recibió el impacto del sable, impulsado por el veloz avance del fuerte caballo, y lo desequilibró. Sus rodillas se doblaron, pero mantuvo la postura. Borkheim siguió de largo y giró para volver a la carga. Las patas del acelerado equino galopaban hacia él, lo tuvo enfrente y encontró la única manera de sacarle ventaja: un corte en el cuello del caballo.



El animal cayó de lado rechinando dolorosamente. La capa roja de Borkheim hizo contacto con el húmedo terreno, dejando una franja verde de pasto pegado a su manto. En ningún momento dejó de empuñar el sable, ni perdió de vista a su fornido enemigo que, lo único que tenían en común, era una capa roja. Se incorporó iracundo, estaba dentro de esos momentos de intenso dramatismo y alarmante tensión en que pareciera que todo se ralentiza alrededor, que cada segundo se prolonga, que los oídos oyen cosas lejanas y los gritos parecen perderse entre el escenario y apartarse como el viento. El cuerpo actúa con esa falta de ligereza también, lo notó cuando puso el sable en alto. Pero todo esto es una mera sensación subjetiva, y la realidad de ese duelo en la aldea de Bosque Sangriento no se había modificado, el tiempo transcurría vertiginosamente como la sangre por aquellos campos verdes de Heveria, y había alguien que estaba apoderándose de esa rapidez y velocidad que era igual para todos.



Hasiator trazó un mortífero movimiento horizontal con su mandoble, y así, con una facilidad asombrosa, como si no se tratase de un temido Subteniente de los Guardianes de Heveria, su cabeza completamente cubierta por el tradicional yelmo negro con penachos, cayó al suelo, haciendo inertes movimientos circulares hasta detenerse. La complejidad de una retorcida vida llena de batallas, adicciones, convicciones, rangos y asesinatos, llegó a su fin por el inexorable paso del mandoble de Hasiator.



Agitado, se quedó mirando el cadaver decapitado, hasta que un frenético alarido de celebración lo regresó a Heveria. Olmundur corrió hacia donde estaba la cabeza y le dio una fuerte patada con la punta de su bota, esta salió disparada y aterrizó perdiéndose entre los árboles. No habría entierro digno para él.



Wiloh se apresuró para llegar al lugar en donde las casas ardían. Durante la batalla, unareflexión obsesiva lo asaltaba: si el fuego persiste, arderá el bosque entero. Desprendió la capa roja de su armadura holgada y empezó a sacudirla sobre las llamas. Los aldeanos se unieron con baldes de agua, mientras la desesperada mujer, la primera que le advirtió al trío con palabras sobre lo que ocurría, lloraba desconsoladamente sobre el hombro de Hasiator, declarando que la mujer a la que Borkheim degolló era su hija, aquella que estaba tendida en un charco de sangre. Entonces, volvía la mirada a la mujer asesinada y se desarmaba de dolor. Se acercaba al cadáver, lo abrazaba, maldecía y luego regresaba a los brazos de Hasiator. Al igual que ella, los que habían perdido a alguien durante esta violenta batalla, rompían en llanto, y otros cooperaban en el intento por parar el fuego.



—Qué victoria tan amarga—pensó Wiloh, las llamas habían desaparecido, pero las pérdidas materiales eran evidentes.



Un grupo de aldeanos rodeó a Hasiator, y luego se sumaron más.



—Necesitamos reconstruír nuestros hogares—dijeron a coro las víctimas del incendio.

—Esto puede volver a ocurrir, deben darnos protección—dijo otro.



Los que perdieron familiares estaban ausentes y absortos en su propio dolor. Hubieron expresiones de agradecimiento hacia los Jóvenes Republicanos, lo que le dio a Hasiator la posibilidad de hablar. —Gracias a ustedes. Sin su participación, no hubiera sido posible hacer frente a esa veintena de Guardianes contrarios a los intereses de nuestra población. El soberano gobierno de Velkor se comprometerá a reconstruir los hogares arrasados, vamos a proveer seguridad mientras estas revueltas continúen. Familiares de los heroicos aldeanos que hoy lucharon a nuestro lado y dieron la vida, serán recompensados, tendrán el apoyo del gobernador Reitor, mi padre, para poder sobrellevar este dolor tan profundo, que posiblemente no sane, pero el tiempo les dará la oportunidad de tenerlos en su memoria, asumir su desaparición física, y enaltecer el aspecto heroico de cada uno de ellos—Hasiator estiró el brazo y tomó humildemente el hombro de la mujer de edad avanzada, la madre de la joven que había muerto degollada a manos de Borkheim. —¿Cuál era su nombre?

La humilde campesina respondió débilmente, con una pena atragantada, pero con un dejo de orgullo inmenso. —Su nombre es Valkira. Es mi homenaje a la Madre de la Nación, admiración compartida con mi hija, como te habrás dado cuenta—Y en aquel momento, Hasiator sintió el mismo nudo en la garganta que la mujer.
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