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NotaPublicado: Mié Mar 24, 2010 1:36 am 
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Señor de la guerra
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Comienzo: Eloy

El sol se ponía tras las escarpadas montañas de Bryle tiñendo de tonos malva el monasterio excavado en una de sus laderas. Todos los montañeses de la sierra conocían aquel lugar; lo llamaban Joonai, que en la lengua de las Tierras Altas significa el que se yergue en silencio y, en verdad, ningún sonido escapaba del interior de aquellos muros de piedra y, menos aún, de las estatuas de hierro con forma humanoide que los coronaban.
A pesar de la aparente quietud del lugar, se sabía que estaba habitado por algún tipo de congregación religiosa porque, a lo largo de las últimas décadas, un puñado de hombres y de mujeres ataviados con túnicas bordadas había descendido a las aldeas del valle en busca de hierbas y otros componentes para fabricar desconocidos brebajes. Aunque circulaba todo tipo de habladurías por el valle, el caso es que nadie conocía a ciencia cierta cual era la orden que vivía tras esos muros y, mucho menos, a qué dioses rendía culto. Lo único que se sabía con seguridad de aquellos monjes es que eran hábiles en la fabricación de buen vino, producto que elaboraban a partir de variedades de uva procedentes de los valles del Sur de aquellas montañas.
Las aldeas de la sierra de Bryle también eran famosas por sus viñedos y, en más de una ocasión, aquellos campesinos habían ofrecido sus mejores cepas a los habitantes del monasterio con la esperanza de lograr intercambios comerciales ventajosos que expandieran sus mercados. Sin embargo y a pesar de todos los esfuerzos realizados, los monjes nunca habían aceptado esas ofertas y, durante décadas, habían seguido obteniendo sus uvas de los proveedores del Sur. Con esta situación, no era de extrañar que los lugareños murmuraran sobre los monjes y tampoco resultó nada extraño que, la noche en que un grupo de extranjeros de ojos crueles disfrazados de tratantes de vino acamparon cerca de los muros del monasterio, se encogieran de hombros y miraran hacia otro lado.
Al jefe de los intrusos le llamaban Nakerus; se trataba de un individuo alto y nervudo de piel pálida y ojos color cielo. Iba vestido con pantalones largos de cuero marrón embutidos en un par de botas de piel de cabra y un sayo de lana gruesa de color azabache. Por encima de ese atuendo montañés, se había colocado varios refuerzos de metal en piernas y brazos, así como una cota de malla que le cubría el torso hasta la base del cuello. En ese mismo instante, estaba plantado en el medio del patio central del monasterio y observaba los movimientos de sus hombres con expresión de profundo desagrado. Las órdenes del Cardenal Naranja habían sido claras: introducirse en el convento de los Jandra, localizar el Pergamino de la Llave Celeste y apoderarse de él matando a cualquiera que osase interponerse en su camino, pero para ello, antes era preciso enfrentarse a los temibles Dr´shiya, los monjes-guerreros de la orden de quienes se aseguraba que dominaban técnicas de combate ante las que palidecían las de los luchadores más avezados.
A fin de asegurar el éxito de aquella misión, los Doctrinadores habían invertido un año entero reclutando a los mejores mercenarios de toda la Sacra Marca. El resultado era una banda de treinta hombres curtidos capaces de arrojar su alma al más profundo de los infiernos por un saco de oro. Desde el primer día Nakerus se convirtió en su jefe gracias a su habilidad con la espada y a su endiablado carácter y ahora ese mismo genio estaba a punto de explotar, pero por razones muy diferentes a las que lo habían movido hasta entonces.
—¡Esto no debe ser así! —Se dijo mientras su mano derecha aferraba el pomo de su espada como si quisiera partirlo.
Llevaba semanas preparando el asalto, estudiando el terreno y a sus habitantes, Había cotejado antiguos planos del monasterio docenas de veces para diseñar la mejor estrategia, había leído acerca de la misteriosa disciplina de combate de los Dr´Shiya e incluso se consideraba preparado para contrarrestar sus más letales movimientos; sin embargo todos esos esfuerzos habían sido en vano. Con la llegada de la noche atacaron; una vez traspasados los muros del monasterio en lugar de encontrarse con los Dr´Shiya, únicamente habían hallado un grupo de mujeres y niños meditando alrededor de una fuente de agua cristalina situada en el patio central del recinto. Al principio, tanto él como sus hombres avanzaron muy despacio esperando algún tipo de emboscada por parte de los guardianes del templo, pero, al ver que esta no se producía, llegaron hasta los fieles y les redujeron sin que ninguno opusiera la menor resistencia. Durante la siguiente media hora seis hombres custodiaron a los cautivos mientras el resto, capitaneados por Nakerus, exploraba el lugar. Su principal objetivo era la sala donde se guardaba el Pergamino de la Llave Celeste pero en el fondo de sus corazones, también ansiaban medirse con los Dr´Shiya y comprobar la veracidad de lo que se decía sobre ellos. Después de un rato, el grupo de Nakerus volvió con las manos vacías y los ánimos crispados: La sala donde debería estar el cofre con el pergamino sagrado había sido transformada en refectorio y en su interior no había nada excepto mesas, sillas y un par de modestas estanterías para almacenar la loza. De los monjes guerreros no había ni rastro y, por lo visto, ninguna de las mujeres ni de los niños conocía su paradero, a juzgar por las respuestas que habían dado a sus captores.
—¡Alto ahí! —gritó uno de los mercenarios. Aprovechando un descuido, una de las mujeres había cogido a su niño pequeño y corría en dirección a la parte más alejada del muro. Antes de que pudiera avanzar mucho, un cuchillo lanzado por la espalda se le clavó entre los homóplatos e hizo que sus piernas se doblaran hacia delante, a causa de lo cual, el bebé se le escapó de las manos y aterrizó en el pavimento con un ruido seco. Lo último que vieron los ojos de la madre fue la cara de dolor de su niñito manchada por una profunda brecha en la frente.
El resto de las mujeres prorrumpieron en alaridos de dolor y los niños empezaron a llorar cada vez más alto. Los seis mercenarios que tenían a su alrededor, imbuidos de pronto por una ferocidad asesina, comenzaron a golpearlos con la parte plana de sus espadas a la vez que estallaban en risas. Nakerus estaba asqueado; nunca tuvo muchos reparos a la hora de derramar la sangre de sus enemigos, pero esto era otra cosa, se trataba de mujeres y de niños indefensos ¿Qué honor había en eso? Una anciana miró a Nakerus con ojos suplicantes pero enseguida fue derribada por uno de los mercenarios, que la emprendió a golpes con ella hasta que dejó de moverse. Nakerus ya había tenido suficiente, decidió actuar…


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NotaPublicado: Sab Mar 27, 2010 1:15 am 
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Señor de la guerra
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Tercer Relato Compartido AEEYB: La Llave Celeste

Segunda parte: Kull

-¡Dejad en paz a esa chusma! -ordenó Nakerus.

Sus hombres se detuvieron. Sentían la sed de sangre de los saqueadores y le miraron con rencor, pero le temían demasiado como para desobedecerle. Sólo uno de ellos continuó dando patadas a un viejo, retorcido en el suelo. Nakerus se acercó a su subordinado, un tipo larguirucho y hábil con los cuchillos, llamado Bortra, y puso la mano en el puño de su espada envainada.

-¿No me has oído? -advirtió Nakerus.

Bortra retrocedió un paso, mirando el rostro pálido y furioso de Nakerus, y su mano apoyada en el puño de la espada.

-Nakerus, este hijo de mala madre sabe algo sobre los monjes... Le oí murmurar al oído de otro hombre cuando preguntamos por los Dr'Shiya.

Nakerus miró al anciano, retorcido como un gusano en el polvo. A Nakerus no le gustaba la tortura, pero parecía claro que estas gentes les ocultaban dónde estaban los monjes y sobre todo el pergamino que venían a buscar, el plano para encontrar la Llave Celeste. Había pensado que bastaría con intimidarles para hacerles hablar. Ahora comprendía que tendría que usar métodos más severos, le gustaran o no.

-¡Tú! -llamó al viejo-. ¿Dónde están los monjes? ¿Dónde han ido? ¿Y quién demonios sois vosotros?

-Los Dr'Shiya tienen una hospedería en el monasterio... -gimió el anciano, entre toses agónicas-. De vez en cuando las gentes sin techo y sin comida pasamos por aquí y ellos nos alimentan y alojan durante unas semanas... Ayer, los monjes se reunieron a capítulo y se marcharon, todos. No sabemos nada más. ¡Lo juro!

-¿Qué le dijiste a ese hombre? -Nakerus señaló a otro tipo, que permanecía sentado entre los otros prisioneros, furioso, impotente y también temeroso-. ¿Por qué le hablaste en voz baja?

-Es... es mi hijo, y le dije que no se resistiera.

Nakerus entrecerró los ojos. No le gustaba torturar, pero parecía que hoy iba a tener que hacer muchas cosas que no le gustaban.

-¡Vosotros! -ordenó a dos lacayos-. ¡Traedme a ese hombre!

Agarraron al hijo del anciano y lo obligaron a arrodillarse junto a Nakerus. El líder de los bandidos le puso la bota en su cara y aplastó su mejilla contra el suelo de baldosas. Desenvainó y metió la punta de la espada por el agujero de la oreja.

-Iré clavándosela poco a poco si no me dices qué le susurraste.

El viejo abrió mucho los ojos, pero apretó los labios.

Nakerus empujó hacia abajo el arma, muy levemente, y el prisionero aulló y se debatió, sujeto por los dos fuertes bandidos. La punta de la espada entró un poco más en el agujero de la oreja, del que salió un pequeño borbotón de sangre.

-¡Basta! -gritó el viejo-. ¡Os lo diré! ¡Os diré dónde están los monjes! ¡No le mates! Ayer... ayer por la noche uno de ellos, un joven, salió del monasterio y tomó el camino del norte. Le vimos meter un tubo de madera en su bolsa.

-¿Y los otros?

El anciano dirigió la vista hacia los tejados y sus estatuas de hierro.

-Están... allí.

Una de las estatuas cobró vida, extrajo un cuchillo y lo arrojó. El arma voló, girando y zumbando, y se hundió en el pecho de un bandido. El hombre cayó al suelo , mirándose sorprendido el arma hundida entre sus costillas.

-¡Los monjes son las estatuas! -rugió Nakerus-. ¡Nos han engañado todo el tiempo!

Las quince estatuas cobraron vida. No eran más que hombres cubiertos con una pintura oscura que les daba un aspecto metálico. Nakerus se admiró de su disciplina, al haber permanecido perfectamente inmóviles durante tanto tiempo, engañándoles. Pensó que habrían guardado las auténticas estatuas de hierro al ver llegar a Nakerus y los suyos y que se habrían propuesto esperar hasta que los bandidos estuvieran confiados, para atacarles por sorpresa. Qué magnífica treta: se habían escondido a la vista de todos.

Ahora, los quince monjes cubiertos con una pintura negra y brillante saltaban desde los tejados con una agilidad envidiable, sin que sus miembros parecieran sufrir torpeza alguna tras tanto tiempo de inmovilidad. Las auténticas estatuas representaron a priores célebres de la historia del monasterio, así que no llevaban encima armadura o protección laminar alguna, ni siquiera un casco. Sólo el hábito de falda larga, pero abierto por los lados para facilitar el movimiento. Sin embargo, habían guardado escondidos largos cuchillos . Los Dr'Shiya estaban rapados y eran delgados y fibrosos, debido a la intensa disciplina física a la que se sometían y a su dieta frugal. Los quince monjes se agruparon en una larga línea, en un extremo del amplio patio de baldosas, empuñando sus cuchillos. No llevaban armaduras y eran la mitad que los curtidos mercenarios de Nakerus. Aún así, su aspecto resultaba atemorizador por la serenidad y firmeza de sus movimientos, así como por la pintura oscura que cubría sus brazos, piernas, rostro y cabellos.

-¡Coged prisioneros a la chusma y poned los aceros en su garganta! -ordenó Nakerus.

Sus hombres obedecieron y entonces se encaró con los monjes.

-A una voz mía, todos los inocentes serán masacrados. No tendréis tiempo de llegar a nosotros. Decidme dónde ha ido el monje que se llevó el pergamino de la Llave Celeste y les dejaremos ir. Si no, todos morirán.

Se destacó uno de los monjes, el mayor. Miró a los bandidos, que tenían en su poder a los indefensos. Escuchó los llantos de las mujeres y los niños y las súplicas de los hombres.

-La Llave Celeste no puede caer en malas manos -dijo-. Encierra en su interior demasiado poder. Nuestras vidas, y las de esas pobres gentes, son prescindibles, y de cualquier manera el alma sobrevive al cuerpo, así que todos estos inocentes irán al Cielo. Puedes matarlos. No te daré la información.

-Os da igual toda esta gente -dijo Nakerus-. Sólo os importa salvar vuestra preciosa llave. Yo me tenía por un desalmado, pero no soy el único de este lugar.

-¡Atacad! -gritó el monje.

Los otros catorce y él echaron a correr hacia los mercenarios, sin emitir un solo grito.

-¡Agrupaos! -rugió Nakerus.

Sus hombres corrieron a obedecerle: soltaron a los prisioneros, desenvainaron las armas y formaron un muro de lanzas y espadas. Casi todos llevaban una cota de mallas o al menos un justillo o jubón de cuero endurecido, cascos, y abundaban los escudos; además eran veintinueve contando a Nakerus, los monjes eran quince y sólo tenían cuchillos y hábitos. No parecía haber dudas sobre el resultado de la contienda. Parecía como si los monjes quisieran inmolarse en una lucha suicida, tal vez para ayudar al que había escapado con el pergamino de la Llave Celeste, matando a la máxima cantidad posible de sus futuros perseguidores.

Si los monjes no emitían gritos, los bandidos aullaron y rugieron y los prisioneros chillaron de sorpresa y pánico. El monasterio, un santuario de paz y reposo, se llenó con una tormenta de sonidos atroces. Pero cuando los dos bandos chocaron el estrépito aún fue peor, al cruzar el aire los insoportables aullidos de dolor de los heridos, cuando eran atravesados o sus huesos se rompían. Los aceros chocaron y se mordieron, chirriaron y tintinearon con un eco metálico. Los monjes peleaban con una furia atroz y ahora ya sí gritaban. Su ímpetu suicida incluso hizo retroceder un paso al muro de guerreros acorazados. Los monjes no sólo empleaban sus aceros, sino que daban patadas espectaculares y extraños golpes con puños y codos. Un par de bandidos cayó al suelo, con la rodilla partida o la cara destrozada. Pero la superioridad en las armas y el número empezó a imponerse y los monjes eran atravesados y rajados, pues mientras sus cuchillos rebotaban en la cota, el escudo y el casco, los aceros de los asaltadores sólo encontraban hábito de estameña que atravesar. La lucha devino un caos furibundo y salvaje y los hombres empezaron a resbalar en la sangre derramada sobre las baldosas, y a tropezar entre los muertos y heridos del suelo. Al final se perdió cualquier disciplina táctica y todos pelearon como alimañas rabiosas.

La pelea acabó de pronto, como suele suceder con todas las peleas de masas, casi de manera inesperada. Los monjes yacían por los suelos. Los bandidos les pateaban y seguían atravesándoles aún cuando ya estaban muertos.

-¡Alto! -gritó Nakerus, levantando su espada enrojecida. Empezó a empujar y a repartir golpes de plano entre sus gentes más rebeldes, hasta que todos los bandidos dejaron de matar. Un par fueron hasta los prisioneros que no habían echado a correr, fascinados por la pelea, y empezaron a masacrarlos entre risas, pues cuando los hombres empiezan a matar resulta difícil detenerles. Ahora sonaron los gritos de súplica y luego de dolor de los inocentes. Nakerus se volvió hacia ellos y se limpió el sudor de la cara.

-Vosotros, contened a esos necios -gruñó, cansado-. Que no maten a más.

Cinco bandidos fueron hasta los dos que asesinaban a placer y los separaron de los prisioneros supervivientes, que se arrastraban o incluso corrían, llorando a gritos, para huir de una vez por todas.

Nakerus echó un vistazo alrededor. Habían muerto ocho de sus hombres y tres tenían heridas o contusiones leves. Una pérdida abrumadora. Los monjes parecían haber muerto todos, pero vio que uno, tirado en el suelo sobre un charco rojo, se clavaba a sí mismo un cuchillo en la garganta, para evitar ser hecho prisionero. El aire hedía a sangre y sudor, y a la orina, las heces y los vómitos de los aterrados prisioneros.

-Tenemos al prior -dijo un bandido.

Malhumorado, Nakerus se encaró con el líder de los monjes. Le habían agarrado por los brazos para evitar que se suicidara, pero estaba demasiado débil porque tenía una herida mortal en el abdomen y otra en el pecho. Chorreaba sangre al respirar, así que tendría los pulmones perforados. Le quedaba poca vida.

-¿De qué te ha servido toda esta carnicería? -gruñó Nakerus-. ¿Tan preciosa es vuestra Llave Celeste?

El monje estaba canturreando una oración sagrada. Puso los ojos en blanco y murió. Los bandidos le soltaron y la cara chapoteó en la sangre del suelo.

-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Bortra.

-Según dijo el anciano, ayer salió un monje con un tubo de madera, donde sin duda guarda el pergamino. Por el camino del norte. ¡Yastra! ¿Puedes seguir el rastro de ese monje?

Un bandido de origen bárbaro, moreno y cubierto de roña de la cabeza a los pies, se le acercó.

-Podría seguir a una rata por las alcantarillas de una ciudad, así que encontraré el rastro de ese malnacido, por mucho que haya intentado ocultarlo.

-Bien. ¡Vamos a los caballos! ¡Tenemos que seguir a ese monje y llevar al Cardenal Naranja su pergamino!

-¿No podemos divertirnos un poco? -inquirió un guerrero-. Quedan un par de mujeres con vida...

-¡He dicho que no! ¡Vámonos! ¡Ahora!



Talín contempló las primeras elevaciones de las Montañas de Bryle. Había dejado a media mañana el Camino del Norte para andar por terreno salvaje, atravesando los brezales, los sotos de los riachuelos, las llanuras de hierba rala y dura y los pedregales. Había caminado durante horas, sin que su cuerpo entrenado en duras disciplinas físicas y acostumbrado al ayuno y a la falta de sueño notara el cansancio. Con paso mantenido y rápido se había adentrado en unos parajes cada vez más ariscos, pues el llano se iba convirtiendo en hoya y monte y el bosque y la pradera perdían la batalla contra la roca y el yermo. Empezaba a hacer frío, pero sabía que sería mucho peor cuando penetrara en la cordillera. Cerró su mente al frío y las incomodidades y serenó su espíritu, como le habían enseñado a hacer sus hermanos los monjes. El dolor, la alegría, el miedo y la esperanza son transitorios, se recordó. Son ilusiones que alejan la mente de la serenidad. Y cuando la mente está en paz, ninguna misión es imposible.

Como la que tenía por delante: internarse en el Laberinto de Piedra, el entramado de gargantas y barrancas del interior de las Montañas de Bryle, un lugar del que pocos hombres habían escapado. Se rumoreaba que allí hasta los más hábiles se perdían; y si no lo hacían, los vientos cortantes y el helor acababan por matarlos. Eso sin contar los espíritus siniestros, las criaturas monstruosas y las trampas que, según las leyendas, eran cosa común dentro de Bryle.

Pero Talín tenía en su poder el Pergamino, el mapa que debería seguir para llegar al centro del Laberinto de Piedra. Allá se encontraba la Bruja de Plata, que custodiaba la Llave Celeste. Nadie sabía cómo era esa tal bruja, el alcance de sus poderes, si era bondadosa o maligna, o por qué había custodiado la Llave Celeste durante siglos. Se preguntó incluso si esa Bruja Plateada existiría o sólo era un mito. Incluso se preguntó si existía la famosa Llave Celeste. No se sabía exactamente si era una llave para abrir una puerta, u otro objeto llamado de ese modo de manera metafórica. Sólo se conocía que la Llave albergaba un poder abrumador, un poder que desencadenado podía acabar con el mundo. Las escrituras de los Dr'shiya no decían mucho al respecto. Eran ambiguas y se referían a todo el asunto mediante parábolas. La Hermandad Dr'shiya había guardado el mapa que llevaba a esa Llave Celeste y esto también había sido un secreto... hasta hacía poco tiempo. El ambicioso Cardenal Naranja, el consejero principal del rey Riayán, había llegado a conocer dónde se guardaba el Pergamino y había enviado a sus secuaces por él.

Talín recordó las palabras que le dirigió su prior, apenas un día y medio atrás:

-Mi espíritu se alejó de mi cuerpo esta noche, y así he descubierto que vienen hombres armados en busca del Pergamino de la Llave Celeste. Uno de los nuestros nos ha traicionado por dinero y reveló el secreto a las gentes del Cardenal. -Talín permaneció callado de manera respetuosa, aunque su corazón había dado un vuelco-. A esos hombres malvados les seguirán otros, y otros más. Tarde o temprano nuestro monasterio será conquistado. Pero aunque perezcamos todos, la Llave Celeste no puede caer en sus garras. Alguien ha de ir hasta la Bruja Plateada, recuperar la Llave y llevársela a nuestros hermanos del Sur, los monjes del santuario de Bartanaz. Su prior, que es gran amigo mío y un hombre iluminado, sabrá qué hacer con ella. Tu misión, Talín, será recuperar esa llave. Saldrás en menos de dos horas.

-¿Por qué yo? ¿Acaso no hay otros más sabios y fuertes?

-Sí, pero ninguno es el elegido. Lo sé.

Talín frunció el ceño, pero había aprendido que los monjes accedían a formas de conocimiento intuitivas e irracionales durante sus largas horas de meditación; un conocimiento que escapaba a la lógica, pero certero y perfecto. Si su prior le había dicho que él era el elegido, sin duda estaba en lo cierto.

-¿Y qué ocurrirá con vosotros, mis hermanos?

-Moriremos. No vamos a abandonar nuestro templo y, aunque acabemos con los primeros atacantes, vendrán más y más. Lucharemos hasta el fin, sin odio en el corazón, como sólo nosotros podemos hacer.

Talín sintió un vacío doloroso en el pecho. A pesar de toda una vida de adiestramiento en el control de las emociones, los ojos se le llenaron de lágrimas. Su prior sonrió y le puso una mano en el hombro.

-No te aflijas, hijo mío. Recuerda que todo lo que ves, tocas y sientes no es más que una ilusión. Tu alma y la de tus hermanos, las almas de todos los hombres, viven juntas, por siempre, en el Mundo Real, más allá del Velo de los Sentidos. La muerte es únicamente otro paso en el largo camino que todos hemos de recorrer. Nosotros estaremos contigo en todo momento. Ahora, prepárate para el viaje.

Talín volvió al presente. Se preguntó qué podía hacer un monje de diecinueve años ante las gigantescas, imponentes montañas de Bryle. Se alzaban ante él como muros inacabables, grises y blancos, sobre los que flotaba un mar de nubes lechosas. Era un paisaje majestuoso y aterrador. Sacó el pergamino del tubo, desenrolló la hoja y leyó el intrincado mapa. Su mente disciplinada lo memorizó de manera perfecta y lo guardó de nuevo. No tendría que volver a consultarlo.

Echó a andar hacia la entrada del Laberinto, una brecha entre las primeras montañas de Briyle.


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NotaPublicado: Lun Abr 05, 2010 12:31 am 
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Guerrero/Brujo
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El pulso sordo de la sangre embotaba su cerebro, el resto de sonidos a su alrededor no le parecían mas que un rumor, apretó los ojos con fuerza y trato de calmar su respiración, sus pulmones parecian no ser lo suficientemente grandes como para satisfacer las exigencias del bombeo de su corazón. ¿Cómo demonios había terminado así? Se suponía que todo su entrenamiento estaba enfocado a no verse en aquella situación, rodeado, acosado y conducido como un vulgar animal a una trampa, herido… y muerto de miedo, pues sabía que iba a morir.

Aquellas criaturas simiescas y oscuras con las que se había topado en el laberinto le habían dejado claro que ansiaban mascar su carne, sorber su sangre y roer sus huesos, las dentelladas que habían dejado sobre su hombro izquierdo y muslo derecho eran buena prueba de ello. Afortunadamente, la dura tela de arpillera de su sayo había sido lo suficientemente resistente como para contener la mayor porción de diente el tiempo necesario para quitarse de encima aquellas fieras devoradoras de hombres, aun así, hacía dos horas que la numerosa jauría de bestias semihumanas lo acosaban sin descanso, las fuerzas comenzaban a fallarle y la perdida de sangre era lenta pero constante, su fin le parecía claramente inevitable. Se suponía que no debía de temer aquel paso, que debía de aceptarlo con serenidad y alegría, pero ahora que lo veía tan cerca, deseaba con todas sus fuerzas seguir vivo. Dos gruesas lagrimas rodaron por sus mejillas, apretó la espalda contra la exigua roca que le protegía de las flechas y sollozo como un niño.

No fue su mente rapida y despierta lo que le salvo en aquella ocasión, fueron las largas y duras horas de entrenamiento a las que le habían sometido los monjes. Su cuerpo enjuto quebró bruscamente hacía un lado y rodó sobre si mismo. En lo alto de su escondrijo se erguía uno de los seres que le habían estado dando caza, el rompecráneos que sostenía entre las manos había ido a estrellarse justamente donde un instante antes había estado su cabeza, instintivamente agarro un guijarro y lo derribo de un certero lanzamiento, las flechas volvieron a llover a su alrededor dando por terminado el breve tiempo de racionalidad del que había disfrutado, desde ese mismo instante, la única idea que claramente se perfilaba en su mente era la de sobrevivir.

Rodó, saltó y emprendió de nuevo la huida esquivando los proyectiles a veces por pura suerte, de vez en cuando sentía el ligero cosquilleo de las plumas o el escozor de una de aquellas puntas de piedra abriendo un tajo en su carne, cada vez estaban mas cerca, casi podía sentir la presencia de sus cuerpos perturbando el aire y la tierra a su al rededor, un mal paso y quizás no podría volver a librarse de sus dentelladas una segunda vez. Una flecha paso silbando tan cerca de su cráneo, que abrió una raya blanca en la afeitada piel de su cabeza, automáticamente la sangre comenzó a manar cayendo sobre su frente, el terror de la certidumbre dio alas a sus pies, no quería morir, era joven, tenia toda la vida por delante, no quería trascender, convertirse en un ser espiritual ni ir a un jardín prometido, no quería ser monje ni estar allí. Hubiera dado cualquier cosa en aquel momento por estar en cualquier otro lugar. Inconscientemente echó mano al pergamino mientras corría y sacándolo de la bolsa liviana que llevaba a la cadera lo estrujo en su puño, la sangre empañaba su vista, el corazón nuevamente parecía bombear mas rápido de lo que daban a basto sus pulmones, sintió un agudo pinchazo en el costado izquierdo, trastabilló, y supo que todo había acabado, cayo de bruces sobre el suelo y vio como el pergamino rodaba fuera del alcance de su mano extendida, el sello color sangre que lo había mantenido cerrado le pareció mucho mas vivo y reluciente que la ultima vez que lo vio, y por extraño que pareciera, el solo mirarlo le daba una sensación de paz que parecía totalmente ajena a aquel momento, sintió una segunda flecha clavándose en lo que era su terrenal carcasa y ya no le importó, siguió mirando aquel símbolo y la serenidad le inundo, cerró los ojos con una sonrisa en los labios, quizás al final no era tan descabellado todo lo que habían intentado meter en su cabeza aquellos monjes, antes de terminar de perder el conocimiento le pareció escuchar la imperativa voz de una mujer, estaba gritando en un lenguaje desconocido, poco le importo, el miedo parecía haberse esfumado por arte de magia...


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NotaPublicado: Dom Abr 11, 2010 10:40 am 
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Señor de la guerra
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Parte 4- Dalila

Talín cayó al suelo, no podía moverse, pero sentía que alguien le arrastraba sobre la tierra, no sabía dónde estaba, ni quien le arrastraba pero ya todo le daba igual, sólo quería dormir…

De pronto despertó, todo estaba oscuro hedía a humedad y a tierra… una piedra se abrió iluminando la estancia y alguien entró.

- Vaya veo que ya estás mejor, al fin has despertado- dijo una desconocida-

El tono de la voz de la desconocida, le recordaba al de la mujer que le hablaba momentos antes de desmayarse, pero ahora si la entendía, un ramalazo de desconfianza iluminó su consciencia. ¿Cómo era posible que ahora la entendiera? También es posible que en el estado en el que estaba, no fuera capaz de interpretar correctamente los sonidos que recibía.

En un acto reflejo se llevo la mano al lugar donde en su momento había guardado “El pergamino”.

- No te preocupes por el pergamino, está bien guardado.
- ¿Quién eres? Preguntó Talín
- Mi nombre es Karla, soy la protegida del Prior del Santuario de Bartanaz y he venido a buscarte para salvar El Pergamino.
- ¿Cómo sé que no me engañas? – Preguntó Talín.
- Llevo la marca del Santuario- Acto seguido se destapo el flequillo que cubría su frente y ahí estaba la marca, una estrella de seis picos que señalaban hacia el horizonte.
- Talín se intranquilizó un poco ya que no tenía idea de que en el Santuario Bartanaz sus miembros eran marcados, pero se volvió a tumbar aparentando serenidad, cerró los ojos y la escuchó.

Karla le contó que llevaba días en un estado semiinconsciente, unas criaturas simiescas, al servicio de los mercenarios del Cardenal Naranja, habían estado a punto de alcanzarle y aunque no lo consiguieron físicamente, le alcanzaron con una flecha venenosa, por suerte ella le encontró antes y como pudo le arrastró por los túneles de la montaña, se conocía bien esos túneles, algo que la sirvió de ventaja para despistar a los mercenarios.

- Y bueno, ahora estamos aquí a la espera de que te pongas fuerte para poder continuar nuestro camino hasta el “Santuario de Bartanaz”.
- Creo que ya me siento bien- Talín se levanto, pero automáticamente cayó al suelo, como un saco- estaba muy débil.
- Ya veo que aún tendremos que estar algunas jornadas más descansando, no te preocupes, aquí estamos seguros, no podemos arriesgarnos a que nos quiten el pergamino, así es que esperaremos a que estés totalmente restablecido.
- ¿Por qué no te has ido sin mí? Quiero decir, lo importante es el pergamino- preguntó desconfiado Talín.
- No, sería peligroso que te cogieran y te torturaran, es posible que ante el sufrimiento delataras hacia donde llevo el pergamino, tenemos que ir los dos- Dijo Karla.
- ¿Dónde has escondido el pergamino? Eso tampoco te lo voy a decir, si te cogieran es mejor que no lo sepas.
- ¡Pero tú si lo sabes!, ¿y si te cogen a ti?
- Pues en ese caso, deberás dirigirte al Santuario de Bartanaz y decirle al Prior que me han cogido, él sabrá que hacer.
- Entiendo. – Se resigno Talín.
- ¿Conoces el secreto del Pergamino?- Pregunto Talín.
- Si.
- Pienso que ya que estoy arriesgando mi vida, al menos debería saber porque puedo morir.- Dijo Tahin
- Es más seguro para ti, no conocer la verdad, la verdad no siempre es la mejor opción, a veces es mejor vivir en la ignorancia, la ignorancia hace feliz a la especie humana. – Reflexiono Karla, mirando al vacío.
- Agradezco sumamente tu preocupación por mí, pero ya soy mayorcito para decidir qué cosas quiero conocer y cuáles no y en este caso estoy arriesgando mi vida y ni siquiera se la razón. – Dijo Talín
- Si te digo la verdad, si te digo la razón de la existencia del pergamino, estarás más atado, más vinculado a la causa, el conocimiento supone una responsabilidad, eso quiere decir que aunque no te guste lo que aguarda el pergamino de la llave celeste, tendrás que cuidar y proteger el secreto y si algún día decides no hacerlo, el Santuario de Bartanaz y todos los mojes vinculados a la causa te buscarán para matarte. ¿Aún quieres saber el secreto? – Pregunto Karla.
- Sí – Dijo contundentemente Talín.
- Tú lo has querido- dijo Karla y comenzó a contarle una historia;
Hace muchos años, esta tierra pertenecía a una familia, la misma estaba muy unida, se componía de un Rey, una Reina, dos infantes y tres infantas, todos vivían en paz y felices, cuando llegó la hora, los patriarcas murieron, no dejando un testamento claro, ellos suponían que sus hijos que tanto se querían, resolverían el mismo en paz, pero no fue así, los cinco se disputaron la herencia sumiendo al país en un caos, en un principio y asesorados por cinco monjes de distintos monasterios, famosos por su inteligencia, bondad y generosidad, dividieron el reinado en cinco partes, pero cuando los mismos se instalaron en cada parte, comenzaron las envidias y desconfianzas por disputarse más o menos terreno en los márgenes de cada imperio. Esto desembocó en generaciones de guerras, hambruna, enfermedad, miseria y odio, lejos quedó aquella primera familia unida y feliz. Ante esta situación, El Gran Prior del momento, autoridad de todos los monasterios existentes, decidió hacer una convención de monjes, había que encontrar una solución a tanta miseria, había que reinventar la historia, había que dar una razón para la paz. Y así es como surgió “El pergamino de la Llave Celeste”.
- Continua- Dijo Talín.
- No hay más que decir, en esa reunión inventaron “El pergamino de la Llave Celeste”- Dijo Karla.
- ¿¡ Me estás diciendo que todos los muertos han sido por un invento de unos monjes locos! ?- Gritó Talín
- Sí lo piensas con detenimiento fue una jugada muy inteligente por parte de los monjes, me explico, “El pergamino”, era una razón por la cual las cinco partes del reino se unirían, simboliza, algo grande, bueno, grandioso, algo tan importante y sagrado que no puede ser conocido más que por los monjes y fue en su día la razón de que las cinco partes se unieran, necesitaban un objetivo común y los monjes se lo dieron. Dijo Talín.
- ¿Pero que simboliza exactamente ese pergamino? – Preguntó Talín
- Se vistió de misterio y cosmicismo, se supone que es el mapa de la llave de la felicidad, quien sea poseedor de esta llave, será plenamente feliz, ya que será capaz de sanar a la humanidad en todos sus aspectos: físico, mental y espiritual. Digamos que los monjes hicieron entender a las cinco familias que debían unirse para salvaguardar este pergamino y por ende la llave, ése era el objetivo de las cinco familias, pero para ello era imprescindible que estuvieran unidas y que practicaran el altruismo sobre la familia, según los monjes ese era un requisito imprescindible para acceder al poder de la Llave Celeste, por aquél entonces cada una de las cinco familias tenían algún miembro que necesitaba ser sanado físicamente, o bien paz espiritual o mental, por tanto la historia les caló hondo y no se resistieron a unirse.- Explico Karla.
- ¡Pero aún así hay gente que muere por causa de esta estafa!- Grito indignado Talín.
- Si no existiera esta leyenda, el reino seguiría en guerra y la guerra sólo trae hambruna, enfermedad y miseria- Razonó Karla.
- ¿Y qué me dices de todas esas pobres gentes que han muerto por causa de esta estafa? Pregunto indignado Talín.
- Son una desgracia, pero el ser humano es así, necesita matar y destruir, la existencia del pergamino, sólo atenúa la maldad de esta especie, pero no la extingue. Respondió Karla.
- Te dije que la verdad no siempre es clarificadora y a veces, esclaviza, no importa que te parezca bien o mal, es lo que hay, y tienes que aceptarlo.- Dijo Karla.
- ¿No te parece que ya es hora de destapar la verdad? ¿No te parece que es hora de que deje de morir gente por la chifladura de unos locos monjes?
- La chifladura, como tu calificas a esta leyenda, unió cinco reinos.- Respondió indignada.
- Pero de eso hace tanto tiempo que ni yo, que he estudiado historia antigua, tenía conocimiento de la existencia de esas familias, es hora de decir la verdad- dijo Talín.
- ¿Crees que los bandidos dejarán de matar si saben la verdad? Encontraran otras razones para matar, y a estas alturas de la historia, ni siquiera te creerán si les dices que el pergamino, no tiene ningún poder- dijo Karla.
- Convencerles sería tan fácil como entregarles el mismo y que ellos mismos se dieran cuenta que ese trozo de papel no tiene ningún valor. – Razonó Talín.
- ¿Y crees que los monjes aceptarían tu conducta sin más? Tendrías que enfrentarte a toda la congregación religiosa y no cesarían hasta verte muerto.- Respondió Karla.
- Al menos, luchar contra los monjes, tendría un sentido, sería luchar por la verdad, luchar por vivir en libertad y no bajo sus juegos de poder. – Respondió Talín.
- Karla se quedó pensativa… ¿Y si el Prior me engañó? ¿Y si esta historia sólo me la puso para poner a prueba mi confianza? La única manera de comprobar si este pergamino tiene poder o no, es seguir el mapa estampado en el mismo y averiguar si realmente existe esta llave o no y una vez que la tengamos en nuestro poder, comprobar si la misma tiene poder o no.
Talín se quedo pensativo ante este cambio de argumento por parte de Karla, algo dentro de él le estaba diciendo a gritos, que esta mujer le estaba diciendo pinceladas de verdad, envueltas en mentiras, sus largos periodos de meditación, soledad y estudio, le habían enseñado a descubrir cuando un ser humano no era sincero, y sabía que esta mujer mentía, aunque también intuía que en todo ese mar de mentiras, había verdades, tenía que desenmascarar las mentiras y descubrir la verdad.
- Bien, hagámoslo, pero saca de una vez ese papel y empleemos el tiempo en estudiarnos los intrincados caminos del mismo- Dijo Talín.
Karla se aproximo a una roca y de pronto Talín advirtió que los ojos de Karla tenían una iluminación inhumana, ahora tenía claro que esa mujer era algo más de lo que ella pretendía mostrar, escondía algo de lo que se debía cuidar, Karla giró la piedra y sacó el pergamino.
- Bien, comencemos- Dijo Karla.
- Por lo que veo el pergamino tiene dos posibles caminos, como si al objetivo que obviamente es esta llave color celeste, se pudiera llegar a través de dos caminos- dijo Talín
- Dos caminos, o dos formas diferentes, es posible que los dibujos que representan el mismo sean objeto de interpretación, y los dos caminos, no sean senderos como tal, sino que nos muestra, que hay dos formas diferentes de llegar al objetivo- Razono Karla.
Otra vez esa extraña mirada en Karla, esta vez Talín sintió que un escalofrío recorría toda su columna, esta vez al mirarla a los ojos se dio cuenta que su iris no era redondo como el de cualquier humano, sino que tenía forma de parábola, el interior de la parábola era de color plata y la misma giraba sobre una pupila negra, en cuyo centro había un punto rojo, Talín se estremeció y un ramalazo de intuición le hizo entender que estaba frente a la Bruja de Plata.


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NotaPublicado: Dom Abr 18, 2010 12:26 pm 
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Tercer relato compartido de la AEEYB.
Quinta parte: Miguel A. Garrido.



Talín se mantuvo callado y mirando con recelo en todo momento a Karla. La idea de tener ante sí a una criatura más cercana a lo sobrenatural que a lo humano le hacía estar alerta, no acabar de fiarse de aquella mujer que sin duda escondía un gran secreto. Las leyendas hablaban desde hacía años y años de la famosa Bruja de Plata, un ser casi mítico que hacía estremecer a los niños, que era utilizado por los padres para hacerles dormir con la idea de que “sino te duermes, vendrá la Bruja a por ti”.


Pero resultaba extraño que el sentimiento que la imagen de Karla dejaba en Talín era algo más cercano al placer que no al miedo. Aquellos ojos cargados de misterio desprendían al mismo tiempo una sensualidad, una belleza que iba más allá de lo meramente humano. Talín había vivido siempre bajo la dura disciplina de monasterios y órdenes religiosas, que negaban el deseo carnal, tapando el sexo bajo palabras como “pecado” o “prohibición”.


Fue tras una dura jornada de caminar por bosques y senderos de montaña, en que Talín se sentó frente a Karla, mientras terminaban una improvisada cena a base de frutas y raíces, cuando aquella extraña mirada de la Bruja se le clavó definitivamente en el corazón, produciendo los efectos que poetas y trovadores han cantado siempre. Ella no fue indiferente a esto, más bien parecía agradarle la situación, por lo que al acercarse Talín a su lado no rehusó la compañía de aquel joven, tan inexperto como encantador a sus ojos.


Pasaron las horas, en mitad de una oleada de placer en que Talín perdió una virginidad que ya no podría recuperar, lo mismo que su vocación sacerdotal había perdido sentido. Las puertas de los monasterios estarían ya cerradas por siempre para él, pero en lugar de un sentimiento de pérdida era otro bien distinto el que le traspasaba en ese momento. Por primera vez, parecía encontrarse consigo mismo, no lo podía explicar, pero sentía como si hasta entonces no hubiera estado realmente vivo, sino existiendo bajo el engaño de unas convicciones más impuestas que propias.


Fue solo más tarde, cuando el recuerdo de la búsqueda de la Llave Celeste volvió a su memoria, que se hizo cargo del momento que vivía ahora. A su lado, se encontraba el cuerpo desnudo de Karla, que le miraba con unos ojos que cada vez le parecían menos humanos, aunque no por eso dejaban de gustarle. Hasta hacía unas horas, no había tenido conciencia de la hermosura del físico de su compañera, aunque al mirarla no podía dejar de experimentar cierto temor, como si la felicidad del presente estuviera destinada a desaparecer muy pronto, en alas de un destino que se imponía siempre a los deseos particulares.

En ese momento, ella abrió los ojos, que hasta entonces había tenido cerrados. Se había pasado varias horas durmiendo placidamente, mientras Talín daba vueltas a lo que iba a ser su vida a partir de entonces, ya que permanecer fiel a su vocación religiosa sería vivir en un engaño. Pero la mirada de Karla, a pesar de lo mucho que se habían amado durante la noche, no era la que se esperaba. Por un lado, se reflejaba cierto agradecimiento hacia el muchacho, pero por el otro también se podía adivinar una gran tristeza, reforzada por el tono de su voz.

-Talín, no puedes imaginar lo feliz que he sido contigo. Llevaba mucho más tiempo del que puedes imaginar sin sentirme amada. Pero ahora debo partir, mi misión en este mundo ha terminado. De hecho, terminó hace mucho, pero solo el amor de un hombre podía liberarme del encantamiento que me liga desde siempre al destino de la Llave Celeste.

-¿Qué quieres decir?

-Soy la guardiana de la Llave. Yo te he acompañado en su búsqueda y ahora tu eres el depositario de esta misión. Debes protegerla de todos los que la quieran encontrar. La leyenda que conoces no era del todo cierta. La Llave no es exactamente un objeto material, un ser vivo la puede llevar con él sin darse cuenta ni que los demás lo perciban. Te he transmitido su poder, lo llevarás contigo mientras vivas. Lo mismo que yo. Pero aún te queda mucho para conocer qué es la Llave Celeste.

Talín miraba a la Bruja sin acabar de entender lo que decía. Iba a preguntar qué era exactamente el poder de la Llave, cuando se estremeció al contemplar el rostro de Karla. Su piel empezó a arrugarse, hasta alcanzar el aspecto de una anciana. Luego empezó a perder la carne, el pelo, hasta quedarse en los huesos y, finalmente, convertirse en un montón de polvo. El sitio en el que hasta hace un momento estaba el cuerpo desnudo de una criatura de gran belleza, que respiraba vida y placer, ahora estaba ocupado por una montaña de cenizas.

Con un sentimiento en el que se mezclaba el dolor, la pérdida y cierta perplejidad, Talín comenzó a andar por los alrededores. Su corazón latía con fuerza, casi lo podía sentir salirse del pecho y con una voz temblorosa dijo para sí:

-¿Y ahora qué hago?


Muy lejos de donde estaba Talín, Nakerus y un grupo de doce hombres más recorrían la distancia que el muchacho y karla habían cubierto en las últimas horas. Talín no había sido consciente de ello, pero los poderes de la Bruja habían hecho posible que abarcaran un terreno impresionante simplemente andando, muy superior al que habrían hecho en condiciones normales. Aunque los caballos eran fuertes y veloces, aún quedaba mucho para llegar adonde se encontra el ahora solitario poseedor del mapa y la Llave Celeste.

Nakerus había encontrado una copia del mapa con el que había escapado Talín. No era único, los compañeros del chico habían sucumbido al final a la tortura y habían confesado al grupo de mercenarios el lugar donde escondían aquel otro mapa. Era curioso, pero el dibujo del camino a seguir estaba grabado en el suelo de uno de los templos guardados por aquellos hombres religiosos. Desde una escalera de cierta altura, Nakerus pudo distinguir las formas del mapa y, con la ayuda de uno de los mercenarios, uno de los pocos que sabía leer y escribir por haber sido instruido de niño en la corte de cierto rey extranjero, se pudo dibujar la ruta a seguir lo más fielmente posible al original. Además, contaban con el sentido de la orientación innato a aquellos hombres, unos expertos en abrirse camino por terrenos boscosos y de montaña.

Tras varias horas cabalgando, Nakerus ordenó que se tomaran un descanso. Consiguieron cazar varios animales para la cena y, con la noche, se encontraban todos reunidos en torno a un fuego, devorando carne asada y tomando vino de unas reservas que habían llevado consigo en las monturas. Cerca de ellos, se encontraba el mapa que les llevaría hasta la Llave Celeste, el cual, sin saber muy bien porqué, hacía recelar a Nakerus cada vez que lo miraba.

Sirus, uno de lo más crueles del grupo, que se había ensañado especialmente con los monjes durante el asedio del día anterior, fue el que rompió el hielo, tras bastante rato en que nadie hacía otra cosa que comer y beber, en una atmósfera que se había tornado extrañamente tensa, a base de miradas iracundas entre los hombres y gestos bruscos al masticar la carne.

-Creo que sería justo que el tesoro que encontremos nos lo quedemos nosotros. Eso de la Llave Celeste me parece un cuento, yo creo que nos están ocultando algo mucho más valioso.

-¿Pero qué dices? -Nakerus se levantó al escucharlo. No olvides que nos pagan por este trabajo y el valor de esa Llave seguramente será más místico que real. Nosotros tenemos que limitarnos a encontrarla, no hay más que decir.

-¿Sabes que empiezan a molestarme esos aires de jefe que te das? Me parece que va siendo hora de dejar claro que nadie te quiere aquí como líder del grupo. Incluso, te diría que tu presencia empieza a sobrar entre nosotros.

-¿Qué insinuas, Sirus? ¿Me quieres retar?

El otro no respondió. Con un gesto rápido, cogió su maza y se lanzó como una furia sobre el cuerpo desprevenido de Nakerus. Pero este, experto combatiente, supo reaccionar. Esquivó el golpe y pudo incluso contestar con una fuerte patada en el estómago de su contrario. Esto pareció encender definitivamente los fuegos de la ira entre el grupo de hombres, que se levantaron con sus armas en mano y empezaron a golpearse, creándose una parte a favor de Nakerus y la otra de Sirus, que había quedado en el suelo retorciéndose de dolor. En el fragor de la batalla, Nakerus se giró hacia donde estaba el mapa de la Llave Celeste. El papel había comenzado a emitir un extraño brillo, que trazaba claramente los contornos del camino señalado allí. Cada vez parecía más clara la sospecha que había tenido durante todo el día: aquel mapa constituía una presencia malvada, que arrastraba a los hombres al combate. La muerte parecía marcar el camino a seguir para encontrar la Llave Celeste...


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NotaPublicado: Jue Abr 22, 2010 9:11 pm 
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Tercer Relato Compartido de la AEEYB
6ª Parte: Dalila


Y ahí estaba Talín, mirando a las cenizas y perplejo ante todos los hechos que habían acontecido en tan pocos días… y entonces en un estado de atontamiento, recordó las palabras de la bruja:
“…Yo te he acompañado en su búsqueda y ahora tu eres el depositario de esta misión. Debes protegerla de todos los que la quieran encontrar. La leyenda que conoces no era del todo cierta. La Llave no es exactamente un objeto material, un ser vivo la puede llevar con él sin darse cuenta ni que los demás lo perciban. Te he transmitido su poder, lo llevarás contigo mientras vivas. Lo mismo que yo. Pero aún te queda mucho para conocer qué es la Llave Celeste…”
Entonces… ¿Qué pasó con toda la historia de las cinco familias? ¿Era todo falso? ¿Y Qué quería decir con que la Llave no era un objeto material y que un ser vivo la podía llevar?, ¿A qué poder se refería la bruja? Y siguieron viniéndole a la mente las palabras de Karla, cuando miraron el mapa juntos ;
“…Dos caminos, o dos formas diferentes, es posible que los dibujos que representan el mismo, sean objeto de interpretación, y los dos caminos, no sean senderos como tal, sino que nos muestran, que hay dos formas diferentes de llegar al objetivo…”
Talín se recostó en una piedra, abrumado por todas las impresiones vividas en tan poco tiempo, y gracias a la embriagadora temperatura del sol, se durmió, en el sueño tuvo imágenes de un lugar lejano, un lugar de Dioses donde se disputaban en una partida de ajedrez el destino de la humanidad, odio-amor, aburrimiento- excitación, monotonía-aventura, imágenes de la bruja ante los dioses rindiendo cuentas, de pronto se despertó, no sabía cuánto tiempo había estado dormido pero ahora estaba confuso y a la vez había algo que tenía claro, la llave no era un objeto, era un ser vivo, tenía que encontrar a ese ser y protegerlo ya que el mismo, era la llave del bien y del mal, del amor y el odio, esos eran los dos caminos a través de los cuales, podía llegar a conseguir la Llave y encontrar a dicho animal o ser vivo, a través del bien y a través del mal, así es que la luz del entendimiento se le presentó, sólo tenía que hacer actos de bondad y de amor y ese ser vivo, la Llave, se le presentaría, posteriormente tendría que protegerlo y eso si que no sabía cómo hacerlo, pensó que quizá el mismo ser le explicara de su poder y de cómo se podía utilizar, de cualquier modo eso ya lo resolvería cuando llegara el momento, ahora tenía que empezar a hacer actos de bondad y de amor para encontrar a la Llave.
- Es curioso- reflexionó.
- Mi primer acto de amor, fue precisamente, conocer a la bruja y ahora ella dice que tengo su poder, poder ¿Para qué?
- La Bruja me dijo que era la protegida del Prior del Santuario de Bartanaz, no se me ocurre otra cosa que continuar hacia allí, al fin y al cavo era hacia ese lugar al que me dirigía antes de conocerla, por tanto continuaré mi camino y trataré de hacer el bien allá donde vaya.
Empezó a andar y de pronto vio a un cachorro de tigre agazapado y gimoteando tras unas ramas, su primera reacción fue seguir de largo, pero luego reflexionó que tenía que aprovechar cualquier ocasión para hacer actos de bondad y de amor, así es que se acercó al mismo para ver porque lloraba, cual fue su sorpresa, cuando descubrió que estaba junto a su madre, pero su madre había muerto, le habían enzarzado con una flecha, hecho que le puso en alerta, debía ser precavido, los asesinos de la madre debían andar cerca, sin pensárselo mucho, cogió en brazos al pequeño tigre y le meció como si de un bebe humano se tratara, advirtió que se trataba de una hembra, la tarareó una canción y la misma se calmó, ahora parecía feliz, le empezó a lamer la cara.
- Si vas a ser mi nueva compañera, tendré que darte un nombre; Celeste, nada mejor para la ocasión que llamarte, Celeste.
- ¿Y qué comes tu pequeña? Tendré que cazar para ti, y eso es algo que me horroriza, soy vegetariano, pero en fin, la ocasión lo requiere.
Cogió unas ramas y se construyo una honda con la cual podía lanzar piedras a una distancia lo suficientemente larga como para poder apuntar a pequeños mamíferos, practicó una y otra vez durante horas, cada vez que veía a pequeños animales, pero era incapaz de darles. Talín se empezó a angustiar, si no conseguía comida para la pequeña, ¿cómo sobreviviría?, de pronto Celeste salió corriendo como un rallo algo la había excitado, Talín por miedo a que la pasara algo, salió corriendo tras ella, corrió y corrió y la perdió de vista, la llamó a gritos, pero no la veía, exhausto de cansancio se sentó apoyándose en un árbol, para intentar reponerse, y estando sentado oyó unas ramas, se acercó sigilosamente hasta ellas y sonrió, allí estaba Celeste, acababa de cazar un pequeño conejo y estaba dándose un festín, la dejó que se hartara y cuando se hartó de comer, trajo un trozo de la presa en su boca y se la echó a Talín en los pies, hacto seguido se acicaló y se tumbo a dormir. Talín sonrió para sí mismo, que estúpido había sido al pensar que Celeste necesitaba de su ayuda, la tigresa sabía valerse por sí misma, no era necesario que el la cuidara, por el contrario ella inocentemente, le había dado un poco de su festín.
- Pequeña, creo que es el momento de que nos despidamos, veo que sabes cuidarte de ti misma, tendrás peligros de muchos depredadores, sobre todo del hombre, pero en esas mismas estoy yo. Hasta siempre.
Comenzó a andar pensando que ya nunca jamás vería a Celeste pero la misma con su gracioso y elegante trote le siguió, por lo visto al felino le gustaba su compañía.
- Perfecto Celeste, si quieres puedes acompañarme en mi camino, pero recuerda que eres libre y te puedes ir cuando quieras de mi lado.
Celeste le miraba como si entendiera perfectamente lo que Talín le había dicho.
- Es todo tan extraño, algo dentro de mí, me dice que me entiendes perfectamente y que estás aquí para protegerme y mírate, tan solo eres una cachorrilla que apenas pesarás cinco kilos.
La tigresa le dio un cabezazo cariñoso en la pierna y continuaron su camino.


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NotaPublicado: Lun May 03, 2010 7:47 am 
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Señor de la guerra
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Relato Compartido AEEYB: La Llave Celeste

Parte 7: Andrés

La pequeña tigresa arqueó el lomo y erizó su pelaje. Emitió un gruñido ronco y amenazador y Talín la miró con extrañeza.

—¿Qué te ocurre, Celeste? —preguntó.

Se volvió a tiempo de ver un hombre que sostenía un arco, a unos cincuenta pasos de su posición. La cuerda aún vibraba. Talín se preguntó dónde estaba la flecha, cuando descubrió que un asta de madera sobresalía de su cuerpo como un objeto extraño, entre el hombro y el cuello. La punta de la flecha emergía por su espalda. Sintió un dolor ardiente y brutal y el mundo se apagó durante un par de latidos. Cuando abrió los ojos estaba en el suelo de piedras. Celeste seguía a su lado, gruñendo y rugiendo. Talín vio hombres armados que venían hacia él. Seis. Dos de ellos empuñaban arcos y le apuntaban con sus flechas.

—No disparéis —ordenó el que parecía líder del grupo.

—Nakerus, fíjate, es uno de esos Dr’Shiya —dijo otro—. ¡Claro, sin duda es el bastardo que se nos escapó!

—En efecto, ése es. Muchacho, no me obligues a matarme. ¿Dónde está la Llave Celeste?

—¿Y qué pasa con ese cachorro de tigre? —gruñó otro de los hombres—. Parece querer defender al Dr’Shiya. ¡Ja, fíjate cómo gruñe! ¡Déjeme ensartarle de un flechazo!

Celeste rugió con toda la fuerza de sus pulmones y su furia resonó metálica entre las paredes de piedra. El bandido tensó la cuerda y apuntó hacia la pequeña tigresa, sonriendo y abriendo mucho los ojos.

—No… disparéis… —gimió Talín.

—Alto —ordenó Nakerus. Sus ojos miraron a la tigresa y luego al monje herido. Comprendió que había un vínculo entre ellos, un vínculo fuerte. Había conocido a hombres que asesinaron a inocentes sin que les temblara el pulso, pero que lloraron como niños cuando se les murió un perro o un caballo. No podía entender a las gentes de ese tipo; en realidad no podía comprender que nadie sintiera afecto por otro ser, fuera humano o animal. Pero los había, y sospechó que el monje herido era uno de esos, así que podría aprovecharse de su sentimentalismo—. Tú, Dr’Shiya, si no cooperas con nosotros mataremos a ese tigre que tienes a tu lado.

Talín trató de serenar su mente, tal y como le habían enseñado sus compañeros los monjes. En los momentos de mayor peligro era cuando más calma se necesitaba. Comprendió de inmediato que ésos eran los hombres de los cuales le había advertido el prior poco antes de enviarle a las montañas de Bryle, en busca de la Llave Celeste. Si le habían encontrado era porque lograron su objetivo en el templo, matando a sus amigos y compañeros, los otros monjes. Tal y como el prior profetizó. Sintió un ramalazo de odio que de inmediato reprimió. Le habían enseñado acerca de la futilidad del odio, incluso a la hora de vengarse. Era mejor mantener la frialdad.

Pero no entendía por qué le resultaba tan difícil mover las piernas y las manos. Quería sacarse la flecha del cuerpo, pues entonces tal vez tendría una posibilidad de huir. Podría mantener el dolor a raya en un rincón de su mente, levantarse y correr. Sin embargo, no lograba moverse. Un raro entumecimiento se extendía por todo su ser, y empezaba a resultarle difícil el pensar claramente.

—La flecha… —dijo, con voz seca y ronca—. Envenenada.

—En efecto —dijo Nakerus. Se había detenido a cinco pasos de Celeste, que seguía gruñendo—. Sabemos de vuestras extraordinarias capacidades físicas y mentales. —Sonrió sin alegría—. Lo hemos experimentado en nuestro propio pellejo, cuando asaltamos tu monasterio, así que no íbamos a correr riesgos contigo. Cuando te descubrimos esta mañana, a lo lejos, ordené a mis tiradores que pusieran un ungüento en las puntas de las flechas. Pero no te alarmes, sólo se trata de un narcótico que te hará dormir, y además la flecha no te ha atravesado el pulmón. Muchacho, he visto muchas heridas y ésa no es letal, pero debemos sacarte la flecha y limpiar la herida para que no se infecte. Para hacer todo eso, o le dices a tu animalito que se aparte de en medio o nos encargamos nosotros de él. Y tú no quieres que hagamos esto último, ¿verdad?

Talín jadeó. Su frente estaba perlada de sudor y empezaba a costarle fijar la vista en un punto concreto. El veneno estaba arrancándole la voluntad y le arrastraba hacia un pozo de negrura, con lentitud inexorable. Ante él, la realidad adoptó una extraña consistencia. Las figuras de Nakerus y los bandidos parecían alejarse y el lomo encrespado y la cola de Celeste se agrandaban más y más; sin embargo, todo ello no había cambiado un ápice su tamaño. La sensación del tacto se incrementó y el suelo pareció presionar contra su cuerpo de manera insoportable. El cielo le aplastaba y sintió un ramalazo de claustrofobia a pesar de hallarse al aire libre, como si el universo se apretujara contra él y le oprimiera. Pensó que el veneno debía contener un alucinógeno de la peor especie, que distorsionaría sus sensaciones hasta que perdiese la conciencia. Le resultaba difícil usar la lógica y la razón, pero consiguió articular varios pensamientos lúcidos. Estaba atrapado y no podía hacer otra cosa que dejarse llevar, esperar el momento preciso para huir de aquellos hombres.

Así pues, no tenía sentido arrastrar a un ser inocente en su derrota.

—Celeste… —jadeó, con la mejilla apretada contra el suelo—. Celeste… Vete… de aquí.

El animal se volvió y le miró con los ojos muy abiertos. A Talín le pareció que comprendía lo que estaba diciendo, y además le pareció ver en los ojos de la tigresa un reflejo de otros ojos, pertenecientes a alguien a quien había amado y había visto morir, hacía muy poco tiempo.

—Vete… Por favor…

La tigresa gruñó con voz dolorida, se acercó y le lamió la cara, y luego saltó por encima de él y echó a correr como alma perseguida por el demonio.

—¡Que no escape ese bicho! —bramó Nakerus.

Dos hombres corrieron hacia la tigresa y otro apuntó con su arco.

—¡Ensartaré al cachorro de un tiro! —gritó.

Nakerus levantó una mano.

—¡No!

Pero el bandido había soltado la cuerda. La saeta silbó y se hundió en la espalda de uno de los hombres que salió en persecución de la tigresa; había torcido para cogerla y por ello se interpuso en la trayectoria del proyectil. Cayó al suelo con un grito de dolor.

—¡Maldita sea! —rugió Nakerus—. ¡Lo has matado, pedazo de idiota!

—¡No quería hacerlo! —gimió el arquero—. ¿Por qué Blaro se tuvo que meter en medio?

La tigresa dio tres saltos y se encaramó sobre una gran roca. Se volvió y miró a los ojos a Nakerus, quien de pronto sintió un escalofrío en la columna. Le había mirado a él, y en sus ojos felinos parecía haber algo extraño, algo que no era de este mundo. Una advertencia, quizás. Por otro lado, Nakerus habría jurado que la flecha pareció ladearse un poco en el aire, como si una mano invisible la hubiera desviado de manera sutil, para que se hundiera en la espalda de Blaro. Pero eso era imposible, desde luego. Todo había sido un accidente, un maldito accidente, y nada más.

Celeste rugió y volvió a correr entre las piedras, desapareciendo de vista.

—Dejad ir a ese pequeño monstruo —dijo Nakerus—. No lo atraparíais nunca. No importa, ahora tenemos al que buscábamos. Venga, imbéciles, sacadle la flecha, limpiadle la herida y vendadlo, a ver si encima ahora se nos muere, después de lo que ha costado cogerlo.

Porque sí le había costado, desde luego. Además de los hombres que murieron luchando contra los monjes del monasterio Dr’Shiya, en los últimos días se habían producido peleas estúpidas en su grupo; algunos hombres habían puesto en duda su autoridad y tuvo que imponer la disciplina de la muerte, y un par de tipos se habían acuchillado la noche anterior por una disputa sin sentido. Las gentes como aquéllas eran poco pacientes, pero nunca se habían mostrado tan dispuestas a tirar de cuchillo a la ligera. Era como si algo maligno les sorbiera los sesos, latido a latido. También él lo sentía, una presencia viscosa y sucia en un rincón de su mente, tornándolo más agresivo que de costumbre. Incluso sintió deseos de matar al monje calvo de una vez por todas, pero eso le hubiera alejado de su objetivo: la Llave Celeste. Y para colmo de males, en un estúpido accidente había muerto Blaro. Sólo le quedaban ya cuatro hombres vivos.

—¡Qué perra suerte la mía! —gruñó.

—De veras, Nakerus —se excusaba el arquero—, yo no quería hacerlo, fue…

Nakerus se volvió e incrustó su puño en la boca del arquero, rompiéndole los labios y sacando un diente de su encía. El desgraciado cayó al suelo y se quedó allí, mirando a su líder con miedo. Nakerus parecía a punto de matarlo. Los demás también le miraban con terror. Nakerus se contuvo.

—Ahora, desgraciados, vamos a hacer las cosas bien. ¿Está ya el monje vendado? Como se muera juro que os voy a moler a patadas, banda de inútiles.

—Sí, Nakerus. Sobrevivirá, no te preocupes por ello.

—Al menos que algo salga bien, para variar.

Se acercó al monje ya sin flecha y vendado, inconsciente, y se acuclilló ante él. Sus ojos se abrieron mucho y sintió que el vello se le ponía de punta. Aquel desgraciado calvo tenía una extraña marca en la frente, del tamaño de la uña de un pulgar… una estrella de seis puntas que brillaba de forma casi indeleble. Pero sólo brillaba cuando le daba la luz del sol, como un finísimo hilo de plata. A la sombra, desaparecía. Nervioso, Nakerus desenrolló el mapa que debería conducirlos a la Llave Celeste. En uno de los ángulos del mapa había una leyenda, una estrella de seis puntas plateada y brillante: la propia Llave Celeste. Recordó lo que le había dicho el Cardenal Naranja: la Llave Celeste no tenía por qué ser un objeto físico. Era tal vez un principio, un poder sobrenatural que podía invadir los propios objetos físicos, o las personas, para contenerlo. Y lo único que se sabía de la Llave Celeste era precisamente que estaba simbolizada por esa estrella plateada de seis puntas.

Siempre que había tenido éxito en cualquier empresa o misión, Nakerus había experimentado un sentimiento caliente, una emoción que le dictaba la decisión correcta a tomar. Era un tipo de intuición que nunca le había fallado. Sonrió con furia, porque esa intuición infalible le estaba dictando ahora también lo que debía hacer.

—Muchachos, ya hemos conseguido nuestro objetivo. Tenemos la Llave Celeste.

—¿Y dónde está? —preguntó un bandido.

Nakerus señaló al monje inconsciente.

—Aquí. Escuchadme bien: nos vamos de las montañas y nos llevamos al monje. Debemos conservarle con vida. Atadle bien y vigiladle día y noche. Si escapa o algo le sucede, os juro que voy a mataros a todos. ¡Os lo juro! —rugió—. ¿Me entendéis?

Asintieron en silencio.

—Perfecto, porque no lo repetiré. Cogedle y vámonos de una vez por todas. El Cardenal Naranja nos espera.






Darobún, el Cardenal Naranja, tosió fuerte, tanto, que su cuerpo viejo y rollizo tembló bajo las vestiduras de seda y oro. Cogió un pañuelo y se lo llevó a la boca. Cuando lo separó de sus labios, el pañuelo estaba manchado de sangre. Tuvo que tomar vino aguado y una medicina especial, para controlar su tos estentórea y violenta. Al final consiguió calmarse y echó la cabeza hacia atrás en su mullida butaca, con la respiración ronca y jadeante.

“Me muero”, pensó. “Soy uno de los hombres más ricos y poderosos del reino y sin embargo me estoy muriendo, día a día, hora a hora, latido a latido.

Dentro de él había una enfermedad que lo estaba devorando con ansia, y ningún médico sabía cómo curarle. Estaba a punto de morir… En cualquier momento, quizás al siguiente ataque de tos, o dentro de una noche, o una semana. ¿Qué más daba? Lo relevante es que iba a morir y no podía cambiarlo. Por primera vez en muchos años se sintió frustrado e impotente, y eso le enfurecía. Nunca le había tenido miedo a nada ni a nadie, se había enfrentado a todos los enemigos políticos y los había destruido gracias a su inteligencia, su valor y su tenacidad. Había conseguido todas sus metas. Era respetado, envidiado, admirado y temido en todo el país. Los humildes le adoraban y los poderosos se cuidaban de molestarle.

Y sin embargo, había alguien a quien no podía aplastar: la Muerte.

El Cardenal Naranja, que no temía a nadie, ahora conocía de nuevo el miedo. Tenía miedo a la muerte, a la disgregación de la materia y la mente, al vacío. Cuando pensaba en ello —y pensaba mucho en ello—, sentía un miedo creciente que poco a poco iba tornándose pánico y que a duras penas contenía. ¿De qué servían todas las riquezas, los honores, todo el poder, cuando uno se enfrentaba a la nada absoluta, al fin de todas las cosas? Darobún, el sagrado Cardenal Naranja, había dejado de creer en el Más Allá, en los Dioses a los que cantaba y rezaba ante las multitudes. Muchos años atrás, cuando era un estúpido idealista, sí había creído en los Dioses, había creído que existían la bondad y la maldad, y que los hombres debían caminar en línea recta, en este mundo y en el que le esperaba. Por eso había hecho los votos y subido en la jerarquía de su religión, para ayudar a todos los fieles en la búsqueda del Bien. Comprendía que para ayudarlos tenía que acceder al poder y obligar a los poderosos a comportarse correctamente con el vulgo. Debía obligar a los señores de la guerra y a los reyes a hacer el bien y ser respetuosos con los dioses y con los desprotegidos. Realmente lo creyó, en una época lejana.

Pero el camino del poder exige mucho, hay que tomar decisiones difíciles en las que el fin último y brillante se mancha con la suciedad del camino. Para obtener ese fin anhelado del Bien, Darobún, el Cardenal Naranja, había tenido que llevar a cabo actos moralmente ambiguos, que le habían ido metiendo poco a poco en una telaraña de decisiones turbias… hasta que el Mal y el Bien fueron haciéndose neblinosos y difíciles de distinguir. Pero a él aún le quedaba al menos su fin último, que lo justificaba todo. En algún momento el fin se había ido confundiendo con los medios y de pronto se había visto atrapado entre arrepentimientos que herían su alma. Pero siempre estaba ahí la razón para justificar todas las mentiras, las corrupciones, los actos sucios… la razón y la lógica, con sus voces convincentes, capaces de apagar la voz del corazón. La culpa fue poco a poco difuminándose y la ética y la moral acabaron por desaparecer. Ahora era todo conveniencia, posición y una lucha por el poder que no permitía ninguna duda. Darobún poco a poco fue perdiendo su fe en los dioses, se iba haciendo más débil y hueca, aunque él no quisiera admitirlo. Llegado un momento la podredumbre alcanzó incluso al corazón de la manzana y Darobún comprendió, por fin, lo tonto que había sido: los dioses no existían, no existían el Bien ni el Mal. El mundo se dividía en listos y bobos, fuertes y débiles, y todo lo demás era la zanahoria para ese burro que era el pueblo. A partir de ahí ya no le costó mentir, enriquecerse y hasta asesinar. Como ya no era un tonto idealista se volcó en todos los placeres de la carne, la comida y la bebida, negados hasta el momento. Incluso se refocilaba en sus depravaciones secretas, porque cada acto sucio aplastaba esa vocecilla molesta que a veces llegaba desde el fondo de su corazón, y a la que había que acallar como fuera.

Ahora el Cardenal Naranja estaba en el lado correcto, el lado de los fuertes, los que no se dejaban avasallar, a los que nadie les tomaba el pelo. En el otro lado estarían siempre los aplastados y engañados, los que asentían con una sonrisa hueca. Qué grande se sentía, qué inteligente era y qué orgulloso estaba de su poder.

…Y cuánto le asustaba tener que morir. Porque malo era que no existieran los dioses y el Más Allá; pero peor aún si existían, porque entonces Darobún iría directo al infierno con el que atemorizaba a sus oyentes. Una posibilidad en la que ni siquiera podía pensar.

Sólo había una forma de evitar el desastre: burlar a la Muerte. Y eso lo conseguiría únicamente con la Llave Celeste en su poder: un principio, un objeto mágico que le daría la inmortalidad.

Y ahora tenía la Llave ante él, en ese pobre monje Dr’Shiya, encadenado y en pie, en el centro del lujoso salón de su palacio. El fiel Nakerus, hombre para todo, se lo había traído esa misma mañana y acababa de presentárselo. Estaban los tres solos en el salón. Nadie podría saber qué ocurriría entre estas cuatro paredes.

Darobún clavó sus ojos en el joven monje, delgado y pálido, con una venda en el hombro derecho, producto de una herida que por fortuna ya estaba cerrada y curada. Intentó humillar al muchacho con su terrible mirada, como había hecho con tantos hombres fuertes, pero el joven mantuvo el rostro impasible y la vista fija en él. Al final, Darobún tuvo que apartar la vista y se sirvió un excelente licor para pasar el mal trago. Sólo alguien con la Llave Celeste en él se atrevería a tanto; sí, era una buena señal.

—Sabes que debes obediencia a tu señor el Cardenal, ¿no es cierto? —le preguntó Darobún.

Talín no contestó.

Darobún dijo:

—Y sabes por qué estás aquí. Tienes la Llave Celeste, pero ese objeto no te pertenece a ti, sino a los dioses. Y yo soy el principal emisario de los dioses en la tierra, así que debes darme la Llave. Es lo mejor para todos.

—Te mueres —dijo Talín.

Darobún abrió mucho los ojos y Nakerus contempló al monje con una ceja arqueada.

—¿Qué has dicho?

—Te mueres, Cardenal Naranja, de una enfermedad que pocos conocen. La Llave me permite saberlo. Veo a través de ti como si tu piel fuera de cristal. Veo el mal que hay en tu interior. Y sé que quieres la Llave no para darle un buen uso, sino sólo para curarte.

—Entrégame la Llave, muchacho —dijo el Cardenal, con voz amenazadora.

—Lo más interesante de todo —continuó Talín—, es que no te hace falta la Llave para curarte. Podrías curarte tú mismo. El mal que te corroe el cuerpo no es más que un reflejo del mal que te corroe el alma. Deshazte de éste y aquél desaparecerá.

—¿Y cómo podría triunfar dónde los mejores médicos han fracasado? —inquirió Darobún, burlón.

Talín miró alrededor, la estancia lujosa.

—Deshazte de todo esto. Deshazte del oro y el poder. ¿Lo harías?

—Eso es absurdo.

—Entonces no te curarás. Morirás, e irás al infierno sólo porque en el fondo crees que debes ir al infierno. Somos nosotros los que elegimos nuestro infierno y nuestro cielo, no los dioses. Ningún falso arrepentimiento te salvará. Sólo tu conciencia, a la que ningún argumento retorcido puede engañar. Nosotros mismos nos condenamos o nos salvamos. Sólo nosotros. Yo no te puedo salvar, ni tampoco la Llave puede hacerlo. Eso es sólo cosa tuya.

—¿Queréis que lo golpee por impertinente? —preguntó Nakerus.

Darobún contemplaba al monje con los ojos entrecerrados. Comprendió que con él no daría resultado la violencia ni la tortura. Era un fanático, de la peor especie.

—No, Nakerus, déjale hablar. Muchacho, la Llave está en ti, ¿verdad?

—Sí. Pero no sé cómo funciona, ni su alcance, ni cuánto tiempo estará en mí.

Darobún entrecerró los ojos. Debería emplear la sutileza con este pequeño loco.

—Como sabes, joven Dr’Shiya, soy tu máximo líder no sólo jerárquico, sino también espiritual. Ambos creemos en los mismos dioses, pero en mi caso tengo el deber de dirigir las almas unos pocos millones de seres humanos. —Sonrió, bonachón—. Tengo muchos defectos y hay mucho mal en mí, pero no puedo darle la espalda a mi responsabilidad. Debería ser yo quien poseyera la Llave; ella me ayudaría a salvar todas esas almas desvalidas. Por eso, bondadoso monje, te pido que me entregues esa Llave.

—No sé cómo entregarla. Si lo supiera te lo daría porque a pesar de todo, no tengo nada en contra de ti. Sólo te tengo lástima.

Darobún se obligó a mantener el control. Si no necesitara a ese muchacho y la Llave, lo haría torturar por sus palabras.

—¿Cómo obtuviste la Llave, entonces?

—Me la entregó alguien que me amaba y a quien yo amé profundamente. Creo que ahí está la clave, en el amor puro. Si la Llave no ha saltado desde mi cuerpo al tuyo, es porque ella sabe en el fondo que no te mueve el amor, sino más bien todo lo contrario. Es la Llave quien elige el recipiente, no al contrario. Hasta que no lo entiendas no podrás hacer nada.

—¿Y cuál es el alcance de sus poderes?

—Tampoco lo sé. Por ahora permanece latente, pero en el momento más inesperado puede actuar. Tiene su propio destino, y todos nosotros somos sus servidores. Tú también, aunque aún no lo sepas.

La paciencia se le escapaba a Darobún como el agua por el colador. Empezaba a hartarse de aquel mocoso.

—No quiero usar la fuerza contigo, muchacho, pero me obligarás a hacerlo si no me entregas la Llave.

—Yo de ti no lo intentaría —dijo Talín—. Si me atacas a mí, atacas al recipiente de la Llave. Quizás ella lo permita… o quizás no.

El Cardenal Naranja vio algo en los ojos del monje que le produjo un escalofrío. Había visto un reflejo, una retazo de visión, un pozo oscuro en cuyo fondo había un poder que aterraba y no era de este mundo.

Nakerus había estado escuchando la conversación con la sana indiferencia del subordinado que se ha deshecho de la patata caliente. Él había cumplido su misión, trayendo al monje y a la Llave Celeste, y no entendía por qué el Cardenal Naranja no hacía torturar de una vez por todas al chico para sacarle la información. Pero eso no era problema suyo, él sólo velaba por la seguridad del Cardenal y no parecía que hubiera peligro alguno en aquel salón.

Pero algo erizó el vello de su nuca y se volvió hacia un muro. Sus ojos se desorbitaron porque allá fuera, en el alfeizar de la ventana, creyó ver un ser que le miraba desde la oscuridad con unos ojos brillantes y amenazadores. El ser echó a correr de pronto, desapareciendo como una sombra entre las otras sombras de la noche. “No puede ser, he tenido que imaginarlo”, se dijo. “No puede estar aquí, tan lejos de las montañas de Bryle.”. Decidió que no había visto tras la ventana al cachorro de tigre que acompañara al monje cuando lo atraparon. No, era imposible, desde luego que no. No podía haber venido hasta la capital.

Y sin embargo, la sensación de temor permanecía y su corazón continuaba latiendo con fuerza, al recordar la promesa de muerte que había en esos ojos felinos, tras el cristal.


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NotaPublicado: Sab May 15, 2010 4:42 pm 
Señor de la guerra
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La llave celeste.
Parte 8ª
Miguel A. Garrido.


En ese momento, un trueno se oyó estallar con fuerza sobre las cabezas de los presentes. Parecía que el cielo fuera a partirse por la mitad, por la violencia del ruido, que dejó paso a una lluvia que empezó a golpear insistentemente en los cristales de la estancia. Todo daba la impresión de indicar la llegada de algo terrible, que escapaba del dominio humano. Ninguno de los allí reunidos se pudo mantener sereno, salvo Talín, quien extrañamente no manifestaba emoción alguna, solo dejaba ver una mirada vidriosa, que parecía venir de otro mundo.

Nakerus se dirigió a sus hombres y, por extensión, a todos los que se encontraban en la residencia del Cardenal Naranja:

-¿A qué viene comportarse como niños? Es solo una tormenta, igual a cualquier otra que hayáis visto.

Pero un Cardenal que parecía completamente ajeno a la calma que quería transmitir el duro mercenario, se limitó a contestar.

-No es una tormenta normal.

-¿Qué quieres decir con eso?

La respuesta se vio cortada por otro trueno que cayó con más fuerza incluso que el primero. El viento se mezclaba con la lluvia, golpeando las ventanas y era solo cuestión de tiempo que se empezaran a romper los cristales, ya que también estaba cayendo granizo.

Electamente, la ventana principal de la sala donde se encontraban los hombres se partió en mil pedazos y, justo entonces, las antorchas que a duras penas se habían mantenido encendidas hasta ese momento, se apagaron de golpe. Todo quedó a oscuras, incrementando la sensación de terror que ya estaba cuajando en todos los presentes.

Ante esta situación, la reacción de Nakerus fue muy clara:

-¡Proteged al Cardenal Naranja! ¡Hagamos un círculo en torno suyo y que nada se le acerque!

-Eso está muy bien Nakerus, ¿pero cómo lo vamos a hacer sin ver nada?

Quien había hablado era Igor, uno de los pocos hombres que se habían mantenido fieles a su amistad a lo largo de los años. Un tipo valiente que nunca había llegado a cuestionar su autoridad, que siempre se había adjudicado el propio Nakerus en todas las misiones para las que habían sido contratados. Cuando el líder mercenario iba a contestar, un grito le heló la sangre.

-¡No!
Moviéndose a tientas, consiguió llegar al lugar donde estaba una de las antorchas y, no sin dificultades, consiguió volverla a encender. Dirigió la luz hacia el lugar de donde había provenido el grito y, tal como se esperaba, allí estaba el cuerpo sin vida del Cardenal Naranja, tendido sobre un charco de su sangre. El cuello había recibido unas heridas terribles, que solo una fiera salvaje habría podido producir. Mientras iba pensando en cómo había podido suceder todo aquello, sus hombres empezaron a encender el resto de las antorchas, hasta volver a iluminar la sala. Sobre sus cabezas, la tormenta había cesado, con la misma prontitud con que se había originado en el cielo. Nakerus se arrodilló junto al Sacerdote Naranja, para mirar más de cerca los arañazos que le habían provocado la muerte, cuando la voz tonante de Igor le devolvió a la realidad:

-¿Dónde está el joven monje? Ha desaparecido.



Epílogo

Lejos, muy lejos de donde se encontraban Nakerus y los suyos, Talín iba andando por caminos de montaña. Por la razón que fuera, había entendido que la fuerza de la Llave Celeste era suya, lo mismo que lo era la protección que cierta tigresa le reportaría para siempre. Se paró a pensar durante un instante en todas las cosas que habían acontecido: allá en la distancia, Nakerus tomaría la decisión de retirarse de la carrera de las armas, para volver a su tierra, comprar una casa y pasar el resto de su vida viviendo como un hombre de paz. Ese mismo camino es el que tomarían la mayor parte de sus hombres. El resto, tenían los días contados, ya que una muerte terrible en el campo de batalla les aguardaba a no mucho tardar.

Aquella capacidad de poder leer el futuro y atravesar el sentido del presente, ¿era real? La Llave Celeste había cambiado su existencia, ya no podría ser el mismo muchacho que nada sabía del mundo, fuera del pequeño terreno de su monasterio. Aún no podía saber de qué le iba a servir aquella poderosa herencia que había recibido de manos de la última protectora de la Llave, pero eso lo iría conociendo con el tiempo. Después de todo, el destino no es algo totalmente escrito y son las acciones de los hombres quienes lo determinan. Aquella aventura, la de ir conociendo cada día de su existencia, se le antojaba atractiva a Talín y, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a afrontarla sin miedo.
Aquello era solo el principio.


FIN


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