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NotaPublicado: Jue Ago 27, 2009 9:01 pm 
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Undécima parte: Mefistófeles

“Resulta extraño cómo son las cosas. Uno cree encontrarse por encima de las circunstancias, pero se ve desbordado por ellas. Uno cree haber sido olvidado por todos, pero el tiempo tiene memoria para cada uno de nosotros. Uno cree tener el apoyo suficiente para afrontar las más arduas empresas, para descubrir que siempre estuvo solo.
Y aquí estoy, tantos siglos después, y descubro que todos mis esfuerzos han sido vanos. Apenas si recuerdo, perdido en el tiempo, el momento en que decidimos abandonar nuestro plano, que se extinguía llevándonos a todos al olvido consigo. Éramos otro tipo de seres como nadie puede imaginar en este mundo salvaje y hostil, energía pura y capacidad para manejarla al gusto; a la par que una entidad global, un enjambre formado por multitud de individuos sin individualidad definida.
Mientras llegaba tal momento, descubrimos la forma de escapar al destino que nos esperaba: anclarnos a un mundo físico empleando para ello un nexo de unión, un objeto que contuviera también una importante cantidad de energía, sobre el que pudiéramos crear y mantener un cuerpo sólido. Aparecimos en este mundo con el aspecto que tenemos, en fin.
No comprendimos que ese tipo de existencia tiene sus limitaciones, los elementos sólidos son volátiles, corruptos, inestables… y así ocurrió con nosotros: rápidamente perdimos el concepto de comunidad, y nos fuimos disgregando de forma individual, según sufrimos las necesidades de alimentación y espacio. Las posibilidades –que ya apenas si recuerdo- de la magia desbocada quedaron reducidas a las que puede abarcar este frágil cuerpo sin abrasarse a sí mismo, y ahora necesitamos de toda esta estúpida parafernalia que me rodea para ejecutar hasta el más simple conjuro.
Sin embargo, nuestra base espiritual hace que seamos menos perecederos que los toscos seres que pueblan este mundo de forma natural, y hemos visto pasar las eras con desdén. Eso también ha resultado ser un problema, a la larga: nuestro soporte físico se deteriora progresivamente, y una mente que era capaz de encontrarse presente en varias situaciones a un tiempo, se ha convertido en una que discurre casi tan lenta como la de un humano… por no hablar de este cuerpo, de por sí limitado, pero que últimamente comienza a ser incluso molesto. Y otras necesidades básicas, como son las de apareamiento, son inviables: las inquinas cruzadas a lo largo de más de un millar de años hace que no nos queramos ver salvo proyectando nuestro yo.
Así nosotros, que pretendíamos escapar a la destrucción que nos esperaba, hemos conseguido regresar a una situación que nos convierte en seres muy inferiores a lo que una vez fuimos… sin que el espectro de la muerte se aleje ni lo más mínimo de nosotros. Es el precio del orgullo desmedido, de la ambición sin límites… seguro que, de haber dioses –qué extraño y humano concepto, la divinidad- deben estar divirtiéndose muchísimo a nuestra costa.
Sí, nuestros cuerpos subsistirán mientras estén unidos al objeto que nos sustentó –la gema, en mi caso-, pero el deterioro y la progresiva locura propia del envejecimiento continúan. En algún momento seremos viejos chochos, nosotros que planeábamos burlar a la muerte, y nos haremos nuestras necesidades encima.
Esos imbéciles no me escucharon. Tienen miedo, prefieren estancarse a progresar en su ciclo vital. Si pudiéramos volver a convertirnos en seres espirituales, pero ligados a otro plano más estable… pero no. Prefieren seguir agonizando siglos y siglos antes de asumir el menor riesgo. Yo de entre todos ellos, al encontrarme ligado al objeto de poder con más energía de todos los que había disponibles, mantengo la mente más clara y veo que nuestro futuro se ha terminado: sólo hay presente. Pero si continuáramos nuestro camino por otros ramales…
Al final, la ceremonia sólo sirvió para lo mismo que en las anteriores ocasiones: una forma de control sobre los demás, para comprobar que todos estamos en un estado lamentable y no uno mismo peor que los demás. Sospecho que si uno de nosotros apareciera en mejor estado que el resto, los demás intentarían acabar con el para evitar ataques de su parte.
De hecho, he sido plenamente convencido de ello…”

La mirada de Temla se fijó, al fin, en las dos figuras tendidas juntas sobre su altar. Estaban sujetas con innumerables ataduras, pero las mismas no eran necesarias: los dos ladrones estaban completamente locos. Incoherencias, risitas, gemidos y baba era lo único que salía por sus exánimes bocas. Suspiró, apartando el plano de su regazo. Había sondeado sus mentes, había examinado los restos del mapa que los había llevado hasta allí, y ya comprendía todo lo que había ocurrido.

“La mente de los humanos es maleable como la arcilla, pero pierde coherencia según se deforma una y otra vez. Si se modifica demasiadas veces, si los cambios son demasiado drásticos, se producen inevitables deterioros: es mucho mejor unir el condicionamiento con otras técnicas –torturas, miedo, emociones, sobornos o incluso razonamientos…- que lo completen. Pero quien ha manipulado a estos dos humanos no tenía tiempo para algo así: debían atacar mientras me encontraba postrado, durante la ceremonia. Para ello se les hizo creer fervientemente en la necesidad de hacerse con la gema que me da vida, en que tal apropiación era un acto de justicia, o algo que les uniría como feliz pareja para siempre, o quizá que les iba a enriquecer. Obviaron cualquier riesgo, por disparatado que fuera, se enfrentaron a terrores sin límite… cuando en realidad no querían hacerlo. No a ese precio.
Su lucha interna ha terminado en locura. Ambos idos, no reconocen el mundo que les rodea, apenas son capaces de hacer otra cosa que farfullar.
Pero he de reconocer que lo han hecho bien. Pese a esto, han llegado hasta mis mismos aposentos, donde al final han caído redondos ambos; primero la hembra, luego el macho. Pese a sus efectos devastadores, debo reconocer que el condicionamiento ha sido magistral, porque han llegado hasta el último de mis reductos, sin apenas levantar revuelo.
Es cierto que han tenido apoyo: mis congéneres han conseguido, a lo largo de los siglos, introducir espías en mi entorno, hasta el nivel de Azindor. Cómo iban a esperar que sus peones iban a matarlo, en un arrebato de ira y rebelión. También asesinaron a Amor, que era la única herramienta real que tenían para derrotarme. Ahora, si pudieran levantarse y apuñalarme, no conseguirían otra cosa que cansarse, porque hace falta una magia enorme para deshacerme de nuevo en dos: Amor hubiera podido, Azindor quizá también. No hay nada ni nadie en las proximidades que pueda matarme, si yo no lo deseo así.”

El pálido mago cogió una daga de obsidiana de una repisa, descartando la pila de armas que había tomado de los dos humanos: el filo del negro mineral deshizo fácilmente las ligaduras que unían al guerrero al altar.

“La gema que llevo en mi interior es lo que envidian los míos, les permitiría prolongar su existencia unos cuantos siglos más. Pero también puede ser el instrumento de mi venganza, si me atrevo a proseguir con mis nuevos planes. Amitsar se quedaría con mis posesiones y con las criaturas que me sirven, ya he sondeado su mente y me es fiel. Además, sabe que no tiene nada que perder: si sobrevivo me marcharé tras mi venganza a otro mundo; si fallezco dejaré de ser una molestia.
Y a mí mismo ya no me importa demasiado lo que ocurra.”

El ladrón se agitó de forma compulsiva un rato tras ser liberado. Había sanado sus maltrechos cuerpos –llenos de magulladuras y cortes, pero también de fracturas y presos de una debilidad debida a la sangre que les robó el plano-, pero les faltaba aún descanso y comida. Al doblar inconscientemente su cuerpo, el melenudo humano se cayó de boca al suelo, donde quedó boca abajo, mientras un pequeño charco de sangre se iba formando allí.
El hechicero meditó apenas un momento más y después se agachó y dejó el puñal de obsidiana en la mano del soldado. Algo había pasado en él, aunque era del mismo tamaño, un brillo amenazador lo cubría, y la luz parecía desaparecer a su alrededor: un arma capaz de matar a seres como él.

Así permanecieron varias horas, y nada en Temla hacía que pareciera otra cosa que una extraña estatua. Pero cuando se movió fue para fijar su mirada el Elbran, que de inmediato dejó de balbucear para levantarse con esfuerzo del suelo. Boquiabierto, cubrió con su mirada su entorno: el cubil del hechicero al que perseguía, el mismo desarmado –y sin hacer el imbécil- frente a él, Lisa a su lado, atada a un altar con expresión de loca en su cara.
Se sintió superado por todos estos descubrimientos… hasta que descubrió que tenía un puñal negro en su mano.
-¡Temla! –bramó- ¡maldito cerdo enfermo!
-Saludos, Elbran. He de reconocer que sois insistentes… en fin, heme aquí.
La voz de aquel ser, andrógina y carente de inflexiones, le puso la piel de gallina.
-¿¡Qué ha ocurrido con Lisa!? ¿La has vuelto loca al convertirla en rana?
-Quizá… quizá haya sido eso. Desde luego, no parece encontrarse en muy buen estado, ¿verdad?
Elbram avanzó un paso hacia él, blandiendo el extraño cuchillo:
-¡Cúrala, hijo de puta, o te coseré a puñaladas!
-¿Y piensas que eso la sanará? Yo no os obligué a bajar hasta aquí para robarme. No pedí que matárais a mi gente, ni os provoqué de ninguna manera. De hecho, la ciudad exterior se mantiene, en gran medida, por el orden que yo impongo. Entonces, y dado que sólo queréis hacerme daño… ¿porqué habría de ayudaros?
Con un brillo loco en sus ojos, el ladrón se acercó a la alta figura y apoyó la daga en su albo cuello: -Porque, si no lo haces, te rebano el gaznate.
-¿Y dejarás que se quede así? ¿Para siempre? ¿Tú la limpiarás cada vez que se haga sus necesidades encima? ¿Esa es tu forma de amar?
La mano de Elbran tembló. Todas las opciones eran malas, todo trato con este demonio atraía confusión y dolor… pero la peor de ellas era servir durante el resto de su vida a ese ser vil, con la esperanza de que algún día sanara a la mujer que quería. No era un alternativa que a ella misma le hubiese gustado.
-¡Muere, cabrón! –chilló mientras su mano bajaba hasta la altura del corazón y le apuñalaba con fuerza.
Elbran había matado a muchos hombres. Muchos. Pero ninguno como Temla el hechicero. Cuando hundió el cuchillo en su pecho, apenas sintió resistencia, como su fuera un pellejo lleno de agua o algo así. Lo que sí notó fue el choque de la punta del cuchillo contra algo ¿la gema? mientras el cuerpo se le venía encima, doblado por la fuerza del golpe. Lo sujetó por la nuca y lo apuñaló un par de veces más, pero el mago colgaba fláccido de sus manos como una muñeca.
Asqueado, dejó caer el cuerpo a un lado.
Y se volvió hacia Lisa, aquella chica a la que siempre había amado, aquella chica con la que nunca había logrado compartir nada. Su garganta se cerró de la emoción y la congoja al ver su vista perdida, su boca abierta estúpidamente, su cuerpo torcido en un ángulo extraño.
“Lisa… yo cuidaré de ti.”
Y, mientras comenzaba a cortar las ligaduras que la unían al impío altar, la vista de la Acuchilladora se limpió, su gesto volvió a ser la de una persona en pleno uso de sus facultades, su espléndido cuerpo se relajó.
Asombrado, Elbran la miró mientras una maravillosa esperanza se abría en su interior. Lisa cerró los ojos, los abrió de nuevo. Y, mirándole con una ternura infinita le dijo:
-Como íbamos diciendo, el precio por recuperar a su mujer como tal y como era, es tu ayuda en mi venganza. Sólo entonces tendrás a la muchacha que recuerdas.
Elbran cayó de espaldas al suelo, sobre los restos de un hechicero al que acababa de asesinar. No le importó esto, ni que el cuerpo pareciera un montón de gelatina, ni que una enorme gema de color verde, grande como un puño, emergiera sobre él.
Porque, saliendo de la boca de Lisa, con su misma y enternecedora voz, había oído el acento carente de emociones de Temla, que se dirigía a él.


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NotaPublicado: Dom Sep 06, 2009 12:02 pm 
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Ladronzuelo
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La bruma grisácea que envolvía a Lisa le hizo estremecerse de miedo y de frío, por lo que la mujer se mantuvo sentada en el suelo a la espera de recuperar la plena consciencia. Llevaba horas con la cabeza embotada y era una sensación que no le gustaba en absoluto... ¿Qué había pasado?
Haciendo un esfuerzo de memoria dejó a un lado el averiguar dónde estaba, para descubrir qué había ocurrido. Tenía que intentar visualizar las imágenes de lo último que habían retenido sus pupilas antes de llegar al extraño lugar donde se encontraba.
Había conocido a Temla, eso lo tenía muy presente y era lo que más claro le venía a la mente. También recordaba una luz cegadora, y cómo después cayó al suelo inmóvil. Qué ocurrió a continuación era una laguna de la que solo podía sacar pequeñas imágenes sin sentido, y no sabía por qué las palabras ranas y veneno se mezclaban en sus cabeza en proporciones abrumadoras.
¿Por qué no podía dejar de pensar en ranas venenosas? ¿Por qué cuando lo hacía las veía con sus pieles de colores llamativos atrayendo a sus presas para que solo el contacto físico acabara con ellas? ¿Y por qué tenía la extraña sensación de que Elbran había besado una de ellas?
Ni en sus peores borracheras Lisa recordaba haber tenido pensamientos tan absurdos como aquellos.
Intentó recordar más cosas, pero salvo que Temla debió atacarla con aquella luz cegadora, no era capaz de deducir qué más le podía haber pasado antes de llegar allí.
Ser derribada por Temla tenía mucho peso en su razonamiento, así que se agarró a esa idea para tratar de comprender el segundo misterio que le quedaba por descubrir. Dónde estaba.
Tras el ataque de Temla vino el profundo sueño en el que se encontraba inmersa, porque de algún modo sabía que su cuerpo físico se encontraba lejos de allí, dormido y relajado mientras ella se perdía en los sueños de su mente solo que... aquel sueño era excesivamente real e irreal al mismo tiempo.
El suelo que palpaban sus manos era liso y frío como el mármol, pero tan negro en medio de aquella niebla, que uno tenía la sensación de estar flotando en el aire.
Con un poco de esfuerzo se puso en pie y se llevó la mano a la parte posterior de la cabeza. Le dolía bastante, y pensó que sería debido al golpe que se había dado contra el suelo al caer.
Una vez en pie observó el entorno en busca de algo material o tangible que le hiciera perder la sensación de sentirse perdida en el vacío, pero allí no había nada salvo humo y frío. Un entorno diáfano y estremecedor que acrecentó su angustia.
Por primera vez en su vida se preguntó si estaría muerta.
La falta de un mundo tangible no era lo único que ponía los pelos de punta en aquel sitio, sino también la falta de sonidos u olores aunque fuesen ligeros. Tampoco había sensación de encontrarse bajo un cielo, pues la sensación térmica se asemejaba más a la que sentía dentro de una cueva profunda y olvidada.
Lisa pensó que si aquello era la muerte salvo por lo sola que estaba, esperaba haber encontrado un lugar peor.
Siempre tuvo claro que el día que muriese su alma sería castigada por todos los crímenes y atrocidades que había cometido a lo largo de su vida, e imaginó esa segunda vida llena de dolor eterno... pero... ¿tan poco sufrimiento ofrecía el lugar más temido del mundo? Extrañamente, se sintió decepcionada.
Estuviese donde estuviese, no averiguaría dónde si no intentaba hallar una salida.
Sus piernas respondieron a su inquietud y comenzó a caminar sin rumbo fijo, tan solo intentando mantener una línea recta que le evitara hacer círculos.
Así estuvo durante una hora, y cuando creyó que el infinito se había convertido en su nuevo hogar encontró los restos de algo que le resultaba familiar; una espada corta llena de sangre. Cuando la recogió del suelo para examinarla con más detenimiento se intensificó la sensación de que ese arma ya había estado antes en su mano... pero no recordaba dónde.
El objeto estaba tan viejo y oxidado que lo dejó de nuevo allí y continuó su camino.
Poco después un hallazgo más extraño aún se cruzó a su paso.
Era un cubo de madera lleno de agua, similar al que tenían en su casa cuando era pequeña, pero no distintos de otros cientos de miles que se cruzaron con ella a lo largo de su vida.
Lisa bebió un poco y agradeció que estuviese tan fría y fuese tan saludable. Eso la reconfortó bastante y despejó con creces su embotamiento.
La mujer continuó su viaje y por tercera vez se topó con algo físico, solo que esta vez no era un objeto aislado, sino parte de un escenario que recordaba perfectamente. La habitación donde había dormido los años que pasó con los monjes aprendiendo a luchar. Solo se tenían en pie dos paredes y parte del mobiliario, pero habría reconocido aquel sitio incluso a tientas.
Un pensamiento fugaz empezó a rondar la cabeza de la mujer con un ronroneo que fue capaz de quitarse de encima, pero al que no quería dar cuerpo sin asegurarse de que sus sospechas eran ciertas, y la única forma que tenía de averiguarlo era seguir caminando. Pero esta vez corrió.
Jadeando por el esfuerzo Lisa atravesó a toda prisa la bruma, y como esperaba varias escenas más se cruzaron a su paso, y esta vez empezó a ver gente también.
En un principio intentó hablar con ellos, pero ninguna le respondió. Eran como muertos en vida con la mirada perdida a lo lejos.
Al principio no reconoció a ninguno de ellos, hasta que se topó con uno que no había podido olvidar. El primero que le dejó una marca física con su arma sobre la piel, y cuya cicatriz llevaba desde hacía años. Un hombre que ella misma había matado con sus propias manos.
A aquella víctima empezaron a sucederle muchas más... tantas como había matado en su vida.
Lisa dejó de pararse a mirarlas y siguió corriendo entre la bruma para encontrarse con más y más escenarios.
Cada vez estos abarcaban más terreno, hasta el punto de que ciudades enteras empezaron a llenar su espacio. Ciudades que empezaron a llenarse de gente, sonidos y aromas, y siempre ciudades y lugares donde ya había estado.
Lisa siguió corriendo hasta perder la noción del tiempo, pero por fin, lo que esperaba encontrar, estaba allí. La calleja que desembocaba en la plaza de la fuente... el estanque seco... el suelo agrietado... y la entrada a la Mansión...
Cuando accedió a ella la bruma volvió a invadirla y siguió corriendo para ver qué había sucedido... dónde se encontraba en ese momento, porque el lugar donde se encontraba no era un lugar físico... sino mental.
Lo intuyó cuando vio la habitación de los monjes, y lo corroboró por el camino.
La primera espada que vio era la de su abuelo, el cubo de agua el que había en su casa, los hombres que había matado a lo largo de su vida, las ciudades que había visto... todo eran recuerdos, y cuanto más alejados quedaban, menos sabía de ellos, pero cuanto más cerca los tenía más sensaciones había retenido en su cabeza.
Estaba atrapada en su propia memoria y no sabía cómo salir de allí.

Lisa se cruzó con el anciano guía, con la mujer del jardín, con los asaltantes de los túneles y finalmente con el último escenario que recordaba... la guarida de Temla.
El enloquecido mago reía a carcajadas mientras veía como Elbran, su querido Elbran, invadido por una legión de ranas que saltaban sobre él, se había arrodillado en el suelo y sostenía en sus manos un de ellas.
La mujer corrió hacia él para evitar que el veneno del animal penetrara en su piel, pero llegó demasiado tarde... Elbran cayó al suelo preso de convulsiones, mientras todas y cada una de las ranas que parecían querer devorarle, se esfumaron con destellos similares a una burbuja que explota en el aire.
Todas menos una.


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NotaPublicado: Dom Sep 13, 2009 11:37 pm 
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Señor de la guerra
Registrado: Mié Ago 20, 2008 11:28 am
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Segunda ronda. Eloy.


Después de bracear entre el frío durante lo que le pareció una eternidad, por fin arribó al borde de lo que ahora era su pequeño mundo, justo a tiempo para engancharse con sus patitas al reborde de un reluciente nenúfar de color esmeralda. La-hembra-que-una-vez-fue-Lisa se aupó con un chapoteo de sus ancas hasta colocarse sobre la hoja y escudriñó el cielo con sus ojos anfibios. A un mundo de distancia se alzaban dos figuras gigantescas que le resultaban familiares, una de ellas era un ser bípedo, de piel curtida y miembros anchos, cuyo cuerpo expelía un olor acre mezcla de vómito, sudor y sangre seca. La otra, mucho más pálida y delgada, también se erguía sobre dos patas, aunque sus ojos parecían tan fríos como el agua del estanque donde se hallaba la hembra y su piel desprendía un aroma rancio más parecido al de una tumba que al de un ser vivo. Ambos estaban muy cerca el uno del otro agitando sus extremidades violentamente mientras sus bocas emitían sonidos guturales y atronadores tan feroces que a La-hembra-que-una-vez-fue-Lisa le pareció que hacían temblar todo el estanque.
A pesar de sus esfuerzos, no distinguía muy claramente a aquellas criaturas, sino que más bien las entreveía a través de una neblina opaca y pegajosa; sin embargo, sus ojos saltones no podían dejar de mirarlas, como si algo en el fondo de su ser se identificara fuertemente con ellas.
Los dos titanes, mientras tanto, seguían vociferando estruendosamente cuando uno de los apéndices del bípedo más fornido, rematado por una uña negra brillante, se clavó en la parte superior del abdomen del otro haciendo que cayera hacia delante sobre él. Entonces, una marea de efluvios de cementerio se derramó por el aire inundándolo todo, llegó a la diminuta plataforma sobre la que estaba La-hembra-que-una-vez-fue-Lisa, la hizo zozobrar y a punto estuvo de arrojar a su ocupante a las aguas. Sin embargo, cuando la criatura recuperó el control de su pequeña balsa y se apoyó en sus patitas para observar mejor, una luz aguda, del color del arco iris, envolvió su cuerpecillo sacudiéndolo violentamente y haciendo que su mirada se hundiera hacia dentro.

En ese momento, resonó muy alto el nombre de La Acuchilladora, y la diminuta criatura fue de nuevo mujer, ojos ardientes, cabellera negra, corazón indómito y alma enamorada. Y fue también viento, un viento húmedo, emplumado con reflejos de otros mundos, que recorrió rugiente como una galerna los túneles de la pirámide de Temla en busca de su objetivo: un anciano y una anciana.
En apenas unos latidos, el Viento-con-nombre-de-mujer llegó hasta el jardín creado por el poder de aquella mujer centenaria que sólo deseaba morir, y no se detuvo hasta llegar al templete donde dos siluetas ya le estaban esperando. Filius se hallaba sentado en el aire, con las piernas cruzadas bajo su túnica gris de pordiosero. La anciana estaba cerca de él, removiendo el agua de una marmita de tamaño descomunal con una cuchara de madera negra tan larga como su brazo.
-El viejo brujo vuelve a hacer trampas, pero esta vez hay más jugadores en la partida –dijo el anciano con un deje misterioso en la voz–. –En la vida uno sólo puede jugar con las cartas que le han tocado, pero, en vuestro caso… digamos que habéis conseguido un comodín. –Sus labios se abrieron en una sonrisa desdentada mientras con una mano extraía un objeto del interior de su manto–. El Viento-con-ojos-de-mujer se acercó para olisquearlo y se lo arrebató de la mano con una leve ráfaga de aire. Se trataba de una pequeña caja de madera oscura labrada con símbolos nunca vistos en este mundo. –Entrégaselo al Guardián –le susurró el hombrecillo–. Puede que así salves la vida.
La anciana, que ahora estaba recogiendo en un pellejo parte del contenido de la marmita, dirigió su mirada hacia el viento y se lo ofreció con gesto firme.
–Hubo un tiempo en el que yo también busqué la Gema e incluso la encontré, pero no me fue permitido liberarla de su encierro. Ahora, cuatrocientos años después, apareces tú, ladrona de bolsos y de corazones pero con un alma solitaria, tan parecida a mí cuando tenía tu edad… –Un suspiro quebró su voz al pronunciar las últimas palabras–. Pero, este momento es diferente, porque la Gema si que te ha elegido a ti. Debes darte prisa, Mujer-viento, puesto que tu verdadero ser no está con nosotros, sino atrapado en una piel fría por los embrujos de Temla, y con cada latido, corres el peligro de perderte en ella para siempre.
–Gracias al poder que te ha concedido la Gema, estos túneles viajan en ambas direcciones; pueden llevarte de regreso a tu estanque y a tus ojos de batracio o conducirte al Santuario de Temla y al centro de su poder. Elige sabiamente –La voz, normalmente delirante del anciano, sonaba ahora calmada como la música de un arpa. Y, sobre todo recuerda: “El sabor del Quinto Mal, siempre es oscuro”
Sin despedirse siquiera, el Viento-con-cabellera-de-mujer se alejó de aquel lugar con un giro violento que levantó una nube de polvo y hojarasca. Cuando la nube se disipó, la miríada de pájaros multicolores que volaban por el cielo, pudieron contemplar a una pareja de ancianos con los ojos brillantes y las manos entrelazadas.

Su cabeza aún le daba vueltas cuando abrió los ojos. Sus brazos y su espalda se apoyaban en un líquido oleaginoso del color de la bilis que olía a tripas de pescado podrido. Elbran, sumamente asqueado, se incorporó a medias con un espasmo. Enfrente de él, Temla se enseñoreaba de su nuevo cuerpo, flexionando los brazos y las piernas de Lisa en ángulos imposibles como si esa carne no fuera más que una carcasa de cera y no la de una mujer.
–Mmm. ¿Cómo no se me ocurrió cambiar de cuerpo antes? Este no tiene nada que ver con mi antigua morada; es atlético, fuerte y lleno de vida. Si me concentro puedo notar como crece cada nuevo cabello y los filamentos contenidos en cada bocanada de aire; el tenue canturreo de la sangre que sube y baja; la melodía eléctrica de las neuronas, apagándose, encendiéndose, apagándose, encendiéndose… ¡Hasta me entran ganas de quebrar esta carne para sentir cómo se regenera de nuevo! –La voz átona del brujo había adoptado una cadencia rítmica y alocada que recordó a Elbran su primer encuentro con él. Miró a su espalda. Un estanque del tamaño de un salón pequeño extendía sus aguas repletas de diminutos peces y nenúfares de color verde encendido. Los iris de una rana gordezuela de piel amarillenta le observaban fijamente desde la superficie de uno de ellos. Elbran abrió sus párpados como un poseso, al reconocer en ella los ojos de su amada.
De improviso, una serie de ruidos crujientes le sacó de su ensimismamiento. Se volvió para contemplar a Temla, que, de cuclillas sobre uno de los altares, movía rítmicamente la cabeza de un lado y de otro haciendo crujir los huesos de su cuello-carcasa, mientras de sus labios brotaba una serie de sonidos ásperos y secos como los de un cangrejo de hocico rojo al aparearse. Elbran, que entre sus muchos oficios, había sido pescador y sabía bastante de cangrejos, se le ocurrió una idea.
–Veo que le estás cogiendo el gusto al cuerpo de mi hembra, pero también veo que no tienes ni idea de sus posibilidades. –Dijo con tono cauteloso–.
La carcasa de Temla soltó un bufido desafinado.
–No te niego que estoy ciertamente sorprendido con las posibilidades que me ofrece este nuevo habitáculo, y, aunque inicialmente pensaba utilizarlo como un recipiente temporal, empiezo a sopesar las posibilidades de hacer de él mi residencia permanente.
Elbran, que se había incorporado por completo, se limpió los restos amarillentos de las manos en su pantalón mientras disimulaba un gesto de asco.
–Créeme que, a estas alturas, no me importaría mucho. Llevo aguantando a la mujer que eras antes, durante semanas y ya hubo un tiempo en el que me fui de su lado, precisamente por no tener que aguantarla más.
–¿Pretendes engañarme? ¡Tu vínculo con ella es muy fuerte. Si no recuerdo mal, los humanos llamáis a eso, “amor”
–No sabes nada de los hombres, brujo. Para lo único que queremos a las mujeres es para yacer con ellas y aliviarnos, todo lo que les decimos y lo que hacemos, va encaminado a lograr ese fin. Y ahora que lo pienso, la irritante Lisa ya no está, pero sí su cuerpo, completamente sano y recuperado de los deterioros de las últimas semanas…. –Una nota de lujuria empezó a ascender por la mirada de Elbran–.
–¿Acaso estás intentando un acercamiento para aparearte? Te advierto que desconozco totalmente el funcionamiento de este tipo de encuentros, pero, ahora que tu cuerpo se aproxima, me invaden deseos irreconocibles hasta el momento. ¿Por qué no? –la carcasa de Temla caminó hacia el guerrero contoneando las caderas como una histrionisa mientras desabrochaba el peto de cuero que cubría sus pechos.
–Aparearme, no se, pero te aseguro que te voy a conducir al cielo de los humanos ahora mismo –dijo Elbran con una carcajada mientras atraía a la carcasa hacia él.
–Haz lo que tengas que hacer, pero no pares hasta que remita este calor, dijo el cuerpo de mujer humedeciéndose los labios mientras esbozaba algo parecido a una sonrisa…


Tras olfatear durante largo tiempo entre las brumas, el Viento-cuyo-corazón-era-de-mujer llegó a una puerta formada por dos planchas de acero reluciente, en cuyo centro se hallaba un pequeño relieve de forma cuadrangular con dos luces de colores dispuestas verticalmente. El Viento-mujer, se paró en seco, inspiró profundamente durante una docena de segundos y su forma se fue metamorfoseando poco a poco hasta convertirse en la de una silueta humana, la de La Acuchilladora, que, ataviada con una sencilla túnica y una bolsa, acercó su dedo índice a la luz situada en la parte inferior y esperó.
Instantes después, las dos puertas se abrieron para mostrar un cubículo rectangular con paredes de madera y capacidad para albergar media docena de personas como ella. La silueta de la Acuchilladora entró en la cavidad y apretó, entre su índice y su pulgar, uno de los botones de color tornasolado que flotaban en el aire cerca de la pared de su derecha.
Ignoraba cómo sabía esas cosas, hasta ignoraba cómo era posible que estuviera allí, ya que era consciente de que su verdadero ser se hallaba aletargado bajo la piel de un anfibio lejano, pero una energía poderosa proveniente de los más recónditos confines del tiempo y el espacio se había apoderado de ella para sus propios fines y ahora, sólo podía seguir sus indicaciones de la mejor manera posible.
–“No temas –resonó en su interior una voz cadenciosa–. Una parte de tu ser ha sido liberada por mi y, a su vez, va a ser el instrumento de mi liberación. Sigue los pasos que te indico y, sobre todo, no mires atrás”

El cubículo de madera volvió a abrirse hacia otro pasillo en el que titilaba un grupo de luces a derecha e izquierda. Las de la pared de la izquierda eran rojas, mientras que las otras brillaban con un color ambarino. La silueta de Lisa comenzó a caminar hacia ellas. Al aproximarse a la primera luz de la derecha descubrió que lo que había tomado por un cuerpo luminoso, era realmente un espejo cuyos bordes de metal bruñido explotaban en una cascada de haces de color dorado. El hueco donde debía estar el cristal, sin embargo, estaba ocupado por un listón hecho de un material que parecía sólido pero resultaba totalmente opaco. Los dedos de la Silueta se acercaron a él y lo tocaron lentamente. Al contacto con su carne, la superficie reaccionó como la de un estanque en el que hubieran arrojado una piedra. Cuando las ondas se calmaron, una imagen cobró forma, una imagen que la silueta de Lisa hubiera querido no ver. Elbran, su Elbran, se hallaba retorciéndose en el suelo de la cámara de Temla y entre sus brazos y alrededor de su cuerpo, se enroscaba el de La Acuchilladora cuyo rostro reflejaba todo un cúmulo de emociones.
–Ese puerco nacido de una víbora pisoteada–. Si la verdadera Lisa hubiera visto eso, se le habrían quebrado las rodillas y de su boca hubieran seguido brotando juramentos capaces de sonrojar a los mismos dioses. Pero esta silueta sólo era una parte de ella, impulsada por una brizna de energía cósmica de la Gema del Universo y, por tanto, debía conservar intacta la mayor cantidad posible de esa energía para lograr su objetivo. Su pensamiento se obligó a calmarse. Se acercó un poco a la superficie del espejo para contemplar la escena mejor. El guerrero besaba y manoseaba el cuerpo de su compañera con frenesí, pero sus ojos, ahora perfectamente visibles para la Silueta de Lisa, reflejaban una tristeza eterna y desesperada, como la del amante que besa a su amada por última vez antes de que la muerte la reclame. Con un gran esfuerzo, la Silueta arrojó su mente a través del espejo hasta tantear la de Elbran y, lo que allí vio, la hizo sonreir por primera vez desde que la Gema la había imbuido con su energía: Nunca pensé que hacerlo con Lisa fuera tan desagradable/ Espero que esto funcione/ Todos los hombres somos iguales, hasta un hechicero de miles de años/ Yo por lo menos, cuando me corro, se me queda la mente en blanco y pueden hacer conmigo lo que quieran…/ Lisa, cuando veas que este malnacido se relaja, debes atacar ¡Por favor! ¡Por favor! –Las súplicas mentales de Elbran eran verdaderamente angustiosas–. Pero ¿Quién le había convencido de esa idea tan absurda? Lisa era capaz de llegar al éxtasis con cualquier hombre y, al mismo tiempo estar pensando en los pasos a seguir para robarle su bolsa y huir por la mañana sin que se diera cuenta. ¡Cuánto subestimaban los hombres a las mujeres! Claro que con él no era lo mismo, su Elbran la mareaba con sólo tocarla. Elbran, Elbran/¡Pronto volveré contigo!
Después de rodar por el suelo como si se hallasen en medio de una pelea, los dos cuerpos se separaron brevemente. La carcasa de Temla abrió sus ojos de par en par mientras de su boca surgía una serie de grititos histéricos de triunfo.
–¡Muchas gracias, joven amable! Acabas de ser el causante de mi triunfo sobre todos mis condenados hermanos. Todos esos gusanos decrépitos se morirán de envidia cuando vean mi nuevo recipiente… –La sonrisa del brujo ensanchó tanto los labios de mujer, que Elbran temió que se rasgaran como tiras de papel seco.
–¿Y no te gustaría ser un hombre otra vez? –Preguntó Elbran un tanto abatido por lo que entendía como un fracaso de su plan pero a la vez albergando una pequeña esperanza. /Venga, brujo, poséeme a mi si te atreves, que yo te echaré a patadas de mi cabeza/
–Agradezco tu oferta sinceramente, pero ¿para qué interesarme por dos cuerpos adultos ajados en el comienzo de su decadencia cuando ya tengo otro nuevo, al que puedo moldear a mi antojo? Gracias a mis habilidades mágicas, puedo elegir el sexo, cambiarlo o, incluso tener los dos a la vez, así no necesitaré copular de nuevo con nadie más.
Elbran empezó a comprender lo que había hecho, y esta vez, su pesado cuerpo se desplomó sobre sus rodillas como un saco lleno de huesos blandos.
La carcasa de Temla, ahora imbuida de nueva vida, se inclinó ante él y depositó una suave caricia en su frente con su mano izquierda, mientras con la otra mano, recogía del suelo una gema de color tornasolado del tamaño de una paloma y, con un movimiento rápido apenas visible para el ojo humano, se la introducía en la boca engulléndola al instante.
Mientras, en un túnel brumoso, docenas de punzadas de dolor sacudieron el alma enamorada de la Mujer-viento que contemplaba la escena; pero, por un instante, no supo qué le producía mayor terror, si los latidos del corazón de la nueva criatura que ahora se gestaba en su antiguo cuerpo, o el sonido apagado de los pasos del mapa viviente que, poco a poco comenzaba a aproximarse hacia la ranita dormida sobre el nenúfar mientras tensaba sus uñas afiladas.


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NotaPublicado: Dom Sep 20, 2009 9:40 pm 
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Guerrero/Brujo
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Segunda ronda. Valeria.

Ni siquiera se permitió pensarlo dos veces, nacida del miedo, la ira y la certeza absoluta de que todo estaba perdido, Elbran saco la fuerza suficiente como para hundir el negro cuchillo de obsidiana que había conseguido mantener oculto, hasta la empuñadura. Los ojos de la que antaño fuera su amada se desencajaron incrédulos, Temla bajo la vista y observo las cachas de bronce labrado que sobresalían enhiestas y desafiantes de entre sus recién adquiridos pechos. Las manos del brujo se cerraron lentamente sobre ellas e intento sin apenas fuerzas extraer la hoja de su cuerpo, el puñal no cedió ni un milímetro.
- ¿Qué has hecho…? Maldito hijo de… - la sorpresa se pintaba en su rostro, la sorpresa y el miedo.
El antiguo cuerpo de la acuchilladora callo al suelo a plomo. La gema no había tenido tiempo suficiente como para fusionarse del todo con su nuevo portador y el poder intrínseco a aquella mística hoja, había sido más que suficiente para vencer cualquier oposición que hubiera intentado interponer el brujo.
Elbran todavía estaba mirando la escena embelesado, incapaz de pensar siquiera en empezar a asimilar la magnitud de su acto cuando le llego el primer fogonazo. Primero fue una luz atronadora, una fuerza descomunal que intento abrirse paso rasgando y hendiendo. Instintivamente, el guerrero cerró su mente como lo hubiera hecho una virgen con sus piernas al saber que iba a ser violada, y aguanto desesperadamente hasta tomar conciencia de donde venia el ataque y quién era el atacante, Temla. Su cuerpo se estremeció de odio, aquel malnacido había jugado cruelmente con ellos, había tomado el cuerpo de la única mujer a la que había amado haciéndolo servir a su antojo y aun mas… se disponía a convertir irremediablemente en una abominación a lo mas preciado que el y Lisa podían haber hecho juntos, el hijo de ambos.
El odio y la rabia se volvieron sólidos, los muros levantados de manera inconsciente alrededor de su mente se elevaron y engrosaron, la atronadora tormenta de luz blanca que en un principio había sido Temla, comenzó a parecerle los frustrados intentos de un ejercito mal pertrechado que se estampaba una y otra vez contra una muralla inexpugnable. Y Elbran gozo. Gozó rechazando con desprecio los envites desesperados de un enemigo que poco a poco iba perdiendo fuerzas hasta verse reducido a la patética imagen de un engendro enano y retorcido que daba patadas a una inmensa puerta fortificada. Sonrió de placer cuando vio a aquella sombra del brujo desgañitándose como una plañidera mientras se disolvía. Una sonrisa amarga y no carente de tristeza. Estaba acostumbrado a salir victorioso en un combate, su férrea voluntad siempre le impulsaba a sacar de su poderoso físico el máximo rendimiento, pero liberada de su carcasa, había descubierto que la fortaleza de su mente era lo que realmente conseguía hacer de él un gran guerrero, en aquel momento se sentía capaz de llevar a cabo cualquier cosa. Pero a pesar de que jamás había sentido una sensación de victoria tan rotunda, en el fondo sabía que había perdido.
Desvió la vista hacía el cuerpo caído a sus pies, los labios entreabiertos por los que no escapaba ningún halito de vida, los miembros laxos, las inertes curvas de su silueta, la oscura cabellera desparramada por el suelo… Cruelmente tomo conciencia de la realidad, de la sala que ahora le parecía mal ventilada y oscura, del sabor a hierro en sus dientes, de la sangre que goteaba de las palmas de sus manos tras haberse clavado él mismo las uñas en el enfrentamiento con Temla, y de que la mujer que mas había amado en este mundo yacía muerta.
Toda la fortaleza y el vigor desaparecieron en segundos, cayó de rodillas y un sollozo se escapo de sus labios mientras se abrazaba con fuerza al cuerpo de su amada. Sostuvo dulcemente su cabeza con su antebrazo y recorrió con la mirada sus facciones intentando atesorarlas en su recuerdo, se negaba a creer que no volvería a tenerla entre sus brazos sonriéndole, besándole, respondiendo ardientemente a sus caricias. Que no volvería a verla de pie, con su actitud ligeramente desafiante, mirándolo con aquellos hermosos ojos que tenían la capacidad de llegar a lo más profundo de su alma, y odio al destino por ponerla en su camino para luego arrebatársela.
Había conocido a más mujeres, antes y después que a ella, pero no había amado a ninguna otra.
Finalmente sintió las lagrimas deslizarse calientes y húmedas por sus mejillas y se abrazo a aquel cuerpo como un naufrago lo hubiera hecho a un triste madero en altamar.
Tenia la certeza de que no dejaría de amarla nunca.

* * *

La luz fluctuó a su alrededor, y una explosión tornasolada inundo sus sentidos, la silueta de la-mujer-que-era-viento brillo con intensidad y cobró densidad, casi podía sentir de nuevo el tacto del aire en su piel, la atracción de la gravedad sobre su etéreo cuerpo, el como era ver a través de unos ojos humanos. Y lo que vio la llenó de certeza y espanto, y de extraña serenidad.
La gema había cobrado fuerza propia de nuevo con mayor intensidad que la vez anterior y había reclamado la esencia de la antigua acuchilladora a su presencia, presencia todavía envuelta en el inerte cuerpo que una vez le perteneciera.
La-mujer-viento que una vez fuera la acuchilladora y que ahora volvía a serlo de nuevo se acercó a Elbran.
Él no la oyó pues aquellos pies no pisaban el suelo, ni aquel nuevo cuerpo casi tan volátil como el aire producía roce alguno, sin embargo la sintió, levanto la vista y la vio.

- Yo… yo… pensé que ya estabas muerta… que ese maldito brujo… había acabado contigo… yo… pensé que todo estaba perdido… - La duda terrible de no haber hecho lo correcto asfixiaba a Elbran de manera abrumadora. Lisa lo tranquilizo, la voz de la acuchilladora, suave y dulce sonó en su mente.
- Elbran… hiciste lo correcto, no había otra solución, Temla tenía intención de no dejarme volver a mi cuerpo, y mi esencia se hubiera ido perdiendo paulatinamente degenerada por las pobres posiblilidades de un ser inferior. Por no hablar de la atrocidad que tenia en mente llevar a cabo… - Sus miradas se sostuvieron la una a la otra durante lo que pareció una infinidad de segundos y todo lo que hasta el momento no se habían permitido decir el uno al otro, fluyó por ellas como un torrente desatado, estaban tan cerca… y a la vez tan lejos.

Lisa sostuvo la cajita de madera entre sus etéreas manos, aquel pequeño objeto de apariencia casi tan vaporosa como la propia mujer, era la puerta a través de la cual la gema del universo podría volver a su lugar. Lisa sabia lo que había que hacer, liberada de su carcasa de batracio su mente volvía a estar clara y completa. Debía indicarle a su amado que utilizara el mistico cuchillo una vez más para abrir su antiguo cuerpo, extraer la joya de sus entrañas y depositarla en aquel receptáculo. Así se lo indico y el antiguo guerrero, convertido a mercenario y después en ladron, asi lo hizo, la esencia de su querida Lisa estaba ligada a la joya y liberada esta, la acuchilladora quedaría libre para completar el viaje que ya había iniciado al otro mundo… y si los dioses por una vez eran generosos, quizás en él volvieran a encontrarse de nuevo.
Cuando la figura de la antigua acuchilladora se evaporó portando por fin la joya, el antiguo guerrero recogió con cuidado el cuerpo que le había pertenecido y llevándolo en brazos se encamino a las escaleras que ascendían al fondo de la sala, solo tuvo que subir dos niveles para llegar a la puerta de entrada por la que habían accedido al edificio. Las puertas, las trampillas, todo estaba abierto, sus engranajes comidos de oxido por el tiempo, la fantasía creada por Temla había caído con él.
Elbran se abrió paso en la oscuridad de la noche, con el cuerpo de la acuchilladora en brazos.

* * *

La amarilla ranita trato de saltar apenas unos segundos antes de que aquel endemoniado y sediento mapa callera sobre ella, pero fue demasiado tarde, la extraña vitela se enrollo en torno al cuerpecillo del animal, estrujándolo y exprimiéndolo como a un limón. Temla ni siquiera tuvo tiempo de soltar una maldición en el grotesco lenguaje de las ranas. Desesperado ante la merma de su energía vital, había desalojado por segunda vez a la mujer de su carcasa antes de desaparecer barrido por el viento cósmico, pero había calculado mal y ya no le quedaban fuerzas para intentar de nuevo cambiar de cuerpo antes de morir aprisionado. El abrazo mortal del demonio lo redujo a pasta con sabor a amarga derrota.

* * *


-¡Temla ha muerto!
El eco resonó unánime en las mentes de todos.
-¡La gema del universo esta libre!
Y la ambición por poseerla creció como una ola entre aquellos que habían embidiado su poder durante décadas, no permitirían que un bien tan preciado escapase de sus manos, pero ¿Quién debía poseerla?
Las intrigas comenzaron a gestarse antes incluso de que la esencia de Lisa consiguiera liberar la gema de su encierro de carne y sangre.


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NotaPublicado: Sab Oct 17, 2009 2:03 am 
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Señor de la guerra
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CLAUDIO RAMÍREZ
ULTIMA RONDA.

Elbran arrastró el cuerpo de Lisa hasta el vestíbulo de la Torre Invertida. No era capaz de adivinar cuánto tiempo habían estado deambulando por el interior, pero recordaba perfectamente la oscura escalera que se internaba en los abismos del subsuelo y la reja que les había cortado la huída ahora estaba levantada a media altura. Depositó el cuerpo de su amada en el suelo con delicadeza. Lo estuvo contemplando un buen rato, reprimiendo los sollozos y enjugándose las lágrimas que mojaban sus mejillas. Acarició con ternura aquel cuerpo ya frío, le pasó los dedos por la cara y tocó sus carnosos labios secos. Exploró su cuerpo con delicadeza y notó el duro bulto en el vientre de su amada, lo palpó con aprensión y miedo. Pero sabía lo que debía hacer. Sacó de su cinturón el cuchillo de obsidiana, levantó la raída camiseta de Lisa y marcó una línea imaginaria en el vientre, desde el ombligo hasta el triángulo rizado de su pubis. Empuñó con firmeza el cuchillo y abrió un tajo profundo. Desechó el cuchillo arrojándolo a un lado, introdujo su mano derecha en la abertura y rebuscó entre tripas y órganos. La sangre salía a borbotones por el tajo junto con líquidos amarillos, cuajarones sanguinolentos y humores corporales. Pero finalmente encontró lo que buscaba, con decisión extrajo la Gema del Universo y la levantó ante sí para verla mejor a la escasa luz de las antorchas que ardían en la estancia. Parecía un canto rodado perfectamente pulido y pesaba más de lo que aparentaba por su tamaño, que era más o menos como un huevo de avestruz. Estaba frío al tacto, liso y resbaladizo. Limpió la sangre con la manga de su camiseta, y le pareció como alabastro negro con vetas rojas. Arrancó la camiseta de Lisa, envolvió la extraña gema y la guardó en uno de sus bolsillos. Luego se levantó, contempló unos instantes el cuerpo inerte de su amada y atravesando la puerta del vestíbulo de la Torre se internó en las calles de la ciudad. Atrás quedó Lisa, tendida en el suelo sobre una mancha de sangre, sus tripas desparramadas. Su cara morada, los ojos hundidos, la boca cerrada en un rictus de dolor. Tan sólo sus dos pechos se mantenían firmes, el último desafío de Lisa, la acuchilladora.

Elbram deambuló sin rumbó por las calles de la ciudad. Aún era temprano pero las calles ya estaban abarrotadas de gente. Perdió la orientación varias veces antes de tomar conciencia de su estado. Debía serenarse y tomar una decisión. Tenía en sus manos uno de los artefactos más poderosos del Universo, una joya por la que los magos más perversos no dudarían en pactar con el mismísimo Arallu. Una joya por la que cualquier ladrón pendenciero no hubiera dudado en acuchillar a sus padres y estrangular a sus hijos. La joya por la que los gobernantes más sanguinarios hubieran llevado la guerra al último confín del mundo. ¿A quién podría confiarle la joya? O tal vez lo correcto era arrojarla a lo más profundo del océano o enterrarla bajo las arenas del más inhóspito desierto.

Palpó la piedra en el interior de su bolsillo y tomó una determinación. Se encaminó al distrito de los Templos, atravesó la plaza central y sorteó los tenderetes de los mercaderes. Llegó hasta el puesto de un mercader con el que había mantenido negocios en el pasado. Sabía que no era un tipo de fiar, pero ciertamente honrado a la hora de cumplir sus tratos. Lo agarró por la pechera y lo atrajo a un rincón tras el mostrador. Sacó el bulto de su bolsillo y se lo mostró.

—¿Cuánto me darías por esta joya?

El mercader obvió la tela manchada de sangre. Su experiencia le había enseñado que cuanto más escabroso era el origen de una mercancía, más valor alcanzaría en el mercado negro. Le miró curioso y le hizo una seña. Elbram asintió.

El otro extendió las dos manos y recogió la piedra, la tanteó y la revisó con detenimiento. Elbram aprovechó para publicitar su mercancía.

—Es una joya muy poderosa, cualquier mago pagaría una fortuna por ella.
—Y sin embargo, has venido a ofrecerla a un mercader de baratijas. —dijo señalando las mercancías que exponía en su tenderete—.
—Confío más en tu criterio que en el de cualquier mago. Todos sabemos que los magos son ladinos y avariciosos. Estoy seguro que tú me darás un precio justo.
—No puedo ofrecerte más de cuatrocientas monedas de oro. El negocio no va muy bien últimamente, corren tiempos aciagos.
—Seiscientas.
—Quinientas. Y es mi última palabra.
—Elbram alargó la mano y aceptó el trato. No había confiado en sacar más de trescientas monedas por la piedra.
—El mercader sonrió y extrajo una bolsa de cuero del interior de sus pantalones. Comenzó a contar monedas. Sonrió para sí, con un poco de suerte triplicaría el dinero que estaba pagando por la joya.

Tras cambiarse de ropas y comer algo en una taberna, Elbram recogió su caballo de la cuadra donde lo había dejado para su cuidado. Después del mediodía abandonó la ciudad por la puerta sur, no tenía pensado qué hacer, pero con la fortuna que llevaba en el cinturón esperaba pasar una buena temporada de descanso en alguna aldea de pescadores, disfrutando de la tranquilidad, de buena comida y bebida. Con toda seguridad echaría de menos a Lisa, pero confiaba que más tarde o más temprano encontraría compañía que le reconfortara.

-------------------------------------------------------------------

Aquella noche una persona embozada y cubierta con una capucha golpeó el aldabón de una puerta bajo un oscuro umbral. Al cabo de un rato la puerta se entreabrió y una figura menuda preguntó:

—¿Qué te trae por aquí, mercader?
—Mi Señor —respondió el otro haciendo una exagerada reverencia—. Ha caído en mis manos una joya de gran hermosura, una pieza única como nunca antes había visto. He creído que sería muy adecuada para vos, que sabéis apreciar el valor de las alhajas extrañas y poco habituales.

Al mismo tiempo extrajo de un pequeño saco de tela la Joya del Universo y la expuso a la escasa luz. La sombra menuda la examinó con atención, y por un momento sus ojos brillaron a la luz de la luna. El mercader se estremeció.

Sin decir palabra alguna, el extraño arrojó al suelo una bolsa de cuero y le quitó al mercader la joya de las manos. Seguidamente cerró la puerta. El mercader recogió la bolsa del suelo y tras mirar a un lado y a otro de la calle, se apresuró a marcharse, seguro de que había obtenido un buen precio por el intercambio.

Al otro lado de la puerta, la enjuta figura alzó la piedra a la luz de las antorchas que ardían en las paredes y sonrió satisfecho. Se encaminó hasta el final de la estancia, un amplio vestíbulo de piedra de aspecto ruinoso. Pasó por encima del cadáver de una mujer que yacía destripada sobre el suelo y bajó por unas escaleras que se internaban en los sótanos de la estancia. Cuando ya no se oía el rumor de sus sandalias arrastrándose por los escalones de la escalera se oyó un chasquido que parecía proceder del interior de las paredes. La apertura sobre las escaleras se cerró, unas rejas subieron hasta el techo y se abrió un pequeño hueco en la pared más alejada por la que salió un anciano desdentado seguido por una vieja bruja. Entre los dos agarraron el cadáver y lo arrastraron por la abertura que se cerró tras ellos.

--------------------------------------------------------------

Pocos días más tarde, un mercader borracho, comenzó a lanzar rumores sobre una misteriosa torre invertida habitada por un poderoso mago. Y en lo más profundo de la torre, aseguraba, había una joya que valía el rescate de un rey.


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