*
Fecha actual Mar Nov 20, 2018 9:58 am



Nuevo tema Responder al tema  [ 12 mensajes ]  Ir a página 1, 2  Siguiente
Autor Mensaje
 
NotaPublicado: Lun Nov 23, 2009 1:40 am 
Avatar de Usuario

Guerrero/Brujo
Registrado: Vie Ago 15, 2008 1:04 am
Mensajes: 443
Ubicación: A caballo entre el norte y el levante
Desconectado

Giró con suavidad la cabeza dejando que su mirada vagase lánguida más allá del circulo iluminado por el fuego, consciente de ofrecer su mejor perfil al juego de luces que llameaba en su blanca piel e intensificaba el fulgor de su rojiza cabellera. Allí estaba, recostada junto a una hoguera en medio del desierto, cubierta de filigranas de oro y sedas tan finas como el ala de una mosca. Cambio las piernas de posición, dejando que la seda resbalara levemente entre sus muslos. Como por casualidad, más porciones de suave y delicada piel aparecieron a la vista, y no hubo ojo masculino que pudiera evitar mirarla, su altiva y serena compostura no dejaba entrever intencionalidad alguna en su movimientos, simplemente El.la era una diosa, sublime, seductora, de belleza casi irreal, y como tal se debía comportar.
Contuvo la mueca de enojo que amenazaba con desfigurar la actitud mayestática de su rostro, todas las miradas del pequeño campamento se hallaban pendientes de ella excepto la única que le interesaba. Se trataba de un hombre moreno, de melena ligeramente ondulada recogida en una coleta que le llegaba a los hombros. Un hombre que a pesar de su elegante porte y vestimenta, daba la sensación de encubrir los recuerdos de las reyertas de épocas pasadas tras su barba pulcramente recortada. Las finas arrugas de sus ojos delataban la exposición prolongada a los elementos y a muchos y diferentes soles, lo cual aún hacía más inquietante su penetrante mirada.
La atención de aquellos ojos era lo que El.la reclamaba, y tarde o temprano la tendría, solo era cuestión de tiempo y de tocar los resortes adecuados. Aquel extranjero que había pedido unirse a la su caravana hacia dos días, podría resultar un peón mucho mas interesante que el joven Valesso. La joven buscó al muchacho con la mirada y allí estaba, pendiente de satisfacer sus deseos, apenas hizo el gesto de experimentar un ligero temblor, se acerco desabrochándose la capa.
***
La luz ya hacía rato que había caído por el horizonte, la temperatura cada vez era mas fría y el pequeño fuego no sería suficiente para calentarlos a todos, así era el desierto, fuego abrasador durante el día y frio infinito de noche y eso que estaban tan solo en el borde, pero no podía arriesgarse a echar mas leña a la hoguera, la afloración rocosa en la que se habían resguardado no era lo suficientemente grande como para ocultar mas luz. Al menos habría el suficiente para ella. Se maravilló al observarla, allí estaba, con la cabeza vuelta y la mirada puesta en la lejanía, tan radiante como siempre, tan serena y hermosa como si se hallara en palacio entre cojines de seda, pensó que casi podría tratarse de una preciosa estatua de mármol puesta allí para ser admirada. Costaba creer que hace unas horas había abandonado su palanquín para huir a uña de caballo de los bandidos que los atacaban, había galopado como una amazona consumada, con el largo cabello ondeando al viento y las piernas abiertas sin recato alguno a lomos del caballo. Mientras la observaba embelesado la estatua cobró vida, paseo su mirada por el campamento hasta tropezar con la suya, y recordó que bajo aquella suave envoltura de blanco marmóreo latía el flujo de la sangre y la carne cálida de una mujer. La vio estremecerse y automáticamente se llevo la mano al cierre de la capa, no consentiría que padeciese lo mas mínimo si él podía evitarlo.
- Cubríos con mi capa señora, la noche será fría.
- Gracias capitán… -llevo la mirada al suelo – será la primera de varias noches frías, ¿me equivoco?
- No os equivocáis… , pero no os preocupéis, conseguiré llevaros sana y salva hasta vuestro futuro esposo. Lo prometí a vuestro tío y así lo cumpliré.
- Capitán… - Una enigmática sonrisa asomo a sus labios – No ha sido culpa vuestra que nos topáramos con esos bandidos, habéis actuado con valor y habéis conseguido mantenerme a salvo de caer en manos de esos desalmados. Habéis perdido a la mayoría de vuestros hombres… en esta situación nadie podría culparos de haber roto vuestra palabra, querido capitán…
- Señora, os lo ruego… llamadme por mi nombre, a pesar de que vuestro tío me confiase vuestra seguridad, siempre seguiré siendo para vos vuestro amigo de infancia. – El.la le tendió la mano y él se apresuró a cogerla entre las suyas y llevársela a los labios. La beso con ternura.
- Querido Valesso… sabes que siempre serás mucho más que eso. Aunque deba casarme con otro hombre, te llevaré en el corazón siempre. Pero dime,¿ que planes tienes? ¿Crees que podremos continuar el viaje?
- No voy a mentirte El.la… El ataque ha sido fatal para nuestra comitiva, hemos perdido la mayor parte de los víveres, de tus enseres, tu palanquín, el ochenta por cien de la tropa, todas tus doncellas salvo tu ayuda de cámara y nos hemos desviado peligrosamente hacia el desierto… - A la joven casi le divertía la solemnidad con que el muchacho relataba la obviedad de lo ocurrido – Creo que conseguiríamos llegar a nuestro destino, pero con solo nueve hombres, tu ayuda de cámara – El joven volvió la vista calibrando al eunuco enorme y negro que la mimaba como una niña, costaba imaginar al fibroso gigante bañándola y perfumándola delicadamente – Gibrain y yo, será peligroso. Sin contar con que tendremos que dormir al raso y racionar los víveres.
- El viaje es largo, y por lo que planteas muy dificultoso, pero si tu crees que podemos hacerlo, estoy dispuesta Valesso. Confío en ti. – Lo miro directamente a los ojos- Porque… no hay otra alternativa ¿Verdad?, ¿podríamos volver atrás?
- No, atrás no – Valesso meneo la cabeza- es igual de largo y peligroso.
- Quizás lo que deberíamos es desviarnos mucho mas… - El.la parecía pensativa – Algo mas al norte esta la capital, la ciudad-palacio del Gran Ansur-Resses, en pocos días podríamos llegar allí por los desfiladeros de la cordillera rocosa que bordea el desierto. Allí podríamos enviar un mensaje a mi tío pidiendo ayuda.
- Pero El.la… eso pospondría la boda inevitablemente, a tu tío no le hará mucha gracia.
- ¿Acaso es mejor que no llegue a que llegue tarde? – su tono de voz era desafiante.
- No se… quizás tengas razón… yo… creo que lo he estropeado todo. Tendría que haber conseguido repeler el ataque, pero fue tan… directo.
- Valesso… - El.la le acarició la mejilla con el dorso de los dedos- Nadie lo hubiera hecho mejor que tu, estoy segura, incluso el extranjero, que parece un hombre de gran experiencia en combate estuvo de acuerdo en todas y cada una de tus acciones.
Valesso miro a Gibrain con cierta desconfianza, hacia un par de días que había aparecido solo pidiendo poder unirse a la comitiva a cambio de aportar su espada. Sin duda era peligroso viajar solo por aquella parte del país y ciertamente había demostrado con creces la valía de su acero, pero el joven capitán se preguntaba si no habría tenido algo que ver con el asalto. Los bandidos parecían conocer de antemano demasiado bien lo que estaban atacando.
- Creo que iremos a la ciudad-palacio de Ansur-Resses – Estaba seguro de que los bandidos habían perdido su pista y si realmente el ataque había sido algo programado, no podía arriesgarse a un segundo enfrentamiento – Como bien dices, mi querida El.la, mejor llegar tarde que no llegar nunca. – Se levanto, dejando a la joven envuelta en su capa y se alejo dando ordenes a los hombres para que terminaran de montar el improvisado campamento.
El.la casi se relamió como un gato satisfecho, el ataque a la comitiva había sido cosa suya. Quizás su tío se sentía muy satisfecho con quitarse de encima a una sobrina que empezaba a ser molesta de una manera ventajosa, el matrimonio estrecharía lazos con la zona mas rica en recursos agrícolas y ganaderos del país, pero la pequeña intrigante no iba a consentir que le cortaran las alas y la confinaran a una provincia de pastores y burdos campesinos, si por algo era famoso el palacio de Mernet.te, su prometido, era por contener las pocilgas mas extensas de todo el País. Por mucho que quisiera su tío, El.la aspiraba a algo mas que ser la mujer de un porquerizo, El.la aspiraba al poder, al autentico poder, tenia puestas sus miras en la capital del País, la ciudad-palacio del Gran Ansur-Resses y de momento sus planes marchaban a la perfección. Llamo a su ayudante de cámara y se dispuso a pasar la noche, el negro enorme y musculado se tendió a su lado proporcionándole calor y refugio y El.la cerro los ojos entre sus brazos casi ronroneando de placer.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Jue Dic 10, 2009 12:35 am 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Mié Ago 20, 2008 11:28 am
Mensajes: 1611
Desconectado

Parte dos: Deinqaal.

Sin embargo, una hora antes del alba se despertó intranquila. El masivo hombro de Tuwano se hallaba a escasos centímetros de su nariz, pero su largo brazo, en vez de rodearla, estaba replegado contra el costado del hombre, como si no quisiera importunar su sueño. El.la se estiró perezosamente y miró a su lado. Unos grandes ojos color azabache la observaban como si lo hubiesen estado haciendo durante horas.
—¿Está bien zeñorita? Ha eztado agitándoze como un ratón en una madriguera de gatoz durante toda la noche. —Dijo el gigantesco negro con voz susurrante—
—¿Cuántas veces te tengo que decir que no hables? No te arranqué de las paredes de aquel templo para escuchar tu cháchara, sino para que me protejas con tu vida. Haz lo que mejor sabes hacer y punto. —La joven arrugó su delicada nariz con un estudiado mohín de disgusto. Tuwano era sin duda alguna, el mejor guardaespaldas que había tenido nunca, capaz de enfrentarse a una jauría de lobos de las estepas de Vryka con las manos desnudas sin retroceder. Pero todo lo que tenía de fuerte y de valiente, también lo tenía de ignorante. A pesar de las largas semanas que había dedicado personalmente a enseñarle, aún no era capaz de pronunciar correctamente su idioma y lo peor de todo es que ese problema no tenía visos de mejorar con el tiempo.
Estudió sus descomunales brazos y su mandíbula varonil y de pronto se acordó de aquellas mañanas en las que ella le esperaba en su lecho para que la poseyera como lo hacen los guerreros del Sur. Apartó rápidamente ese pensamiento de su cabeza. Ahora no era el momento de distracciones y si de ir planeando lo que iba a hacer una vez que llegara a presencia de Ansur-Resses. La audiencia con aquel hombre era muy importante para ella, ya que le iba a dar la oportunidad de averiguar más sobre el excéntrico gobernante y, sobre todo, de calibrar hasta qué punto seguía vigente la antigua alianza con su tío. Si Ansur-Resses pretendía fortalecer los viejos pactos o renegociarlos, ¿qué mejor oportunidad para ella que sentarse en la mesa de negociación como embajadora de su tío para añadir sus propias condiciones?
Se incorporó a medias apoyándose en el pecho de Tuwano y miró a su alrededor. Los integrantes del reducido campamento debían estar durmiendo a medias, aún nerviosos por el ataque de la noche anterior. De cuatro de las cinco improvisadas tiendas surgían leves ronquidos y, más allá de su línea de visión, se adivinaba la silueta de un centinela solitario apoyándose nervioso sobre su lanza con ambas manos.
Sin embargo, de la quinta tienda, la que pertenecía a Gibrain, no salía ningún sonido. A El.la siempre le había perdido su curiosidad. Totalmente desvelada por aquel misterio, estiró las piernas, cogió uno de los candiles, se abrochó la capa tan galantemente cedida por Valesso la noche anterior y se ahuecó ligeramente su larga cabellera pelirroja con sus finos dedos. Descubriera lo que descubriera, no la pillaría con el pelo como el de una triste fregona de Portobet. Tras indicar a su guardaespaldas que la siguiera a prudente distancia, "pero olvídate de lo que eres, los eunucos no caminan así” comenzó a avanzar con sigilo hacia la tienda de Gibrain. Tras dos docenas de pasos lentos, guiada sólo por la luz de la luna creciente, llegó a la entrada de piel de la tienda y lanzó un gemido ahogado cuando su sandalia tropezó con un bulto inerte en el suelo. Antes de que pudiera emitir ningún grito de alarma una voz familiar le contestó:
—¡Buenos días, mi señora! Ya os mencioné que sería un placer para mí recibiros en mi tienda una de estas noches, pero nunca os imaginé tan madrugadora para estas cosas… una amplia sonrisa se reflejaba en la voz de Gibrain, que, a la luz del candil encendido ahora por El.la, se mostraba tendido cuan largo era, con los brazos y las piernas abiertos en una posición tal, que cualquiera pensaría que acababa de derrumbarse de espaldas a causa del alcohol o de algo peor.
—¡Apestáis a alcohol! —El.la no pudo reprimir una mueca de asco al recibir los efluvios que emanaban del cuerpo del hombre. ¿Se puede saber cómo habéis hecho algo así?
—¡Por los dioses que es una pregunta interesante! —Contestó Gibrain con un sonoro hipido a la vez que se ponía lentamente de rodillas—. Y en verdad que llegar a este divino estado no ha sido tarea fácil, sobre todo a base de fermento de Cachuca en vez de buen vino ¡Malditos asaltadores! —Su frente se arrugó mientras agitaba su puño derecho en dirección al cielo como clamando venganza por una afrenta milenaria.
—Está visto que cometí una grave equivocación al admitiros en mi comitiva, pero aún estoy a tiempo de enmendarla. —El tono de voz de la mujer estaba ascendiendo por momentos, buscando sin duda trasformarse en chillido agudo.
—¡Vamos, bella dama! ¡Parece que tenéis el trasero tan apretado que podríais exprimir un cubo de dátiles con él! —Al decir esto, miró durante un momento al voluminoso negro y sonrió al ver que este apretaba sus blancos dientes en una mueca agresiva.
—Miradme a mí; ayer os ofrecí mi espada y os serví bien y esta noche estoy celebrándolo ¿Qué mal hay en ello?
—¡Sólo por eso os permitiré seguir con nosotros una noche más, pero mañana habréis de disculparos por vuestro indecoroso comportamiento o seréis desterrado de nuestra compañía para pudriros junto a la de los buitres!
—Sin esperar respuesta, la joven dio media vuelta con tanto ímpetu que a punto estuvo de estamparse contra el pecho de su acompañante, si no fuera porque éste logró sujetarla en el último momento con sus amplios brazos y colocarla de nuevo sobre el suelo. Una vez se deshizo de su abrazo, caminó a grandes zancadas hacia su tienda mascullando tantas maldiciones que sólo los más duros de oído de todo el campamento dejaron de escucharlas.
Al ver como se alejaba, Gibrain se puso en pie lentamente. Se sacudió el polvo de su túnica marrón con la parsimonia de quien acaba de regresar de una larga travesía por el desierto y, agachándose de nuevo, se recostó contra la mesita baja que ocupaba el centro de su tienda con una sonrisa lobuna como única acompañante.
“Menos mal que tus pasos son ligeros, viejo truhán. Esa zorra estirada ha estado a punto de descubrirte cuando volvías de tu paseo. Afortunadamente todavía no ha nacido quien pueda sorprenderte en la noche del desierto, aunque tendrás que tener cuidado con ese negro. ¿Eunuco? ¡Ja! ¡y yo soy un perfumado comerciante de sedas! Se mueve como un león; o es un renegado o un luchador del pozo, pero tampoco un esclavo sumiso. Te repito, viejo: Ten los ojos bien abiertos con ese negro o cuando menos te lo esperes, te agarrará con sus manazas y te arrancará la cabeza como quien pela un dátil.
Esta noche te has salido con la tuya, pero mañana puede que te esté vigilando, así que deberás salir con cuidado o esperar un poco hasta que baje la guardia.
Lo más fácil fue esquivar a esos bandidos de pacotilla. Si la escolta y, sobre todo su capitán, no hubieran sido un hatajo de inútiles, podríamos haberlos rechazado sin apenas bajas. Está claro que no era oro lo que buscaban, pero tampoco matarnos, bien hubieran podido hacerlo al ser tantos. ¿Qué querían? Otra razón más para no fiarme de nadie de esta caravana.
La luna está empezando a crecer y mis provisiones escasean. Otro paseo más y tendré la suficiente como para que nadie se de cuenta de lo que soy en realidad, por lo menos hasta que la noche deje de brillar con su luz. Si esta porquería no es lo suficientemente fuerte, sólo me quedará rezar al Padre-Viento Tahuallu para que no permita que mis fauces devoren a todos.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Vie Dic 11, 2009 7:49 pm 
Avatar de Usuario

Monarca
Registrado: Jue Jul 31, 2008 11:49 am
Mensajes: 5078
Ubicación: Madrid
Desconectado

Giró con suavidad la cabeza, y su mirada vagó temerosa hacia el círculo iluminado por el fuego: por una vez esperaba que su rojiza cabellera ocultara lo más posible su blanca piel. Allí estaba, recostada junto a la tienda del que se había convertido en su propietario, cubierta de harapos anudados que no siempre lograban ocultar su desnudez. Cambió las piernas de posición, y advirtió alarmada que los trapos resbalaban por sus muslos… dejando que más porciones de su magullada piel aparecieran a la vista, y lloró de miedo cuando se percató de que los ojos de sus captores no intentaban siquiera evitar mirarla. El.la había sido una diosa de belleza casi irreal, pero ahora era casi una esclava y no podía evitar comportarse como tal.
Todo había salido tan mal…
tan mal…

“La noche siguiente despertó de nuevo entre los brazos de Tuwano, al notar que éste se estremecía. Adormecida, iba a llamarle la atención por no permitirle dormir –manejar a su pequeño grupo exigía estar en plenas facultades durante el día-, pero la completa tensión de su musculoso cuerpo y sus ojos mirando alrededor con atención reprimieron el reproche que brotaba de sus labios.
A su izquierda, en la oscuridad donde se encontraba el círculo de centinelas, un bulto cayó pesadamente. Casi al instante, otro lo hizo a sus espaldas… y, en ese preciso momento, un grito agónico irrumpió en la noche:
-¡¡Alarma!! ¡¡Alarma!! ¡Nos asaltan!
Casi sin darse cuenta, fue arrojada por su guardaespaldas al suelo, mientras su corpulenta figura, aún sin armadura, se confundía con la oscuridad reinante. Gritos, alaridos… alguien arrojó una tela a los rescoldos de la hoguera, antes de caer al suelo víctima de una de las flechas que llovían desde todas partes. Valesso salió de su tienda, también sin armadura y gritando órdenes que nadie podía cumplir… ¡¿cómo podía ocurrir esto?! ¡Tenía que salir de aquí!
-¡Tuwano! ¡Vámonos! –ordenó a su guardián, viendo cómo sus piernas temblaban.
--E’tarde, zeñorita. E’tamos rodeadoz… -gruñó el sureño, mostrando sus blancos dientes mientras giraba sobre sí mismo.
Así era, efectivamente: un numeroso grupo de bandidos avanzaba hacia ellos desde todas las direcciones, armados con garrotes, arcos y puñales… mal vestidos y sin afeitar, con la codicia brillando en sus ojos y sonrisas arteras. También avanzó corriendo hacia ellos Valesso, que no había llegado a entrar en combate, hasta ponerse espalda contra espalda con Tuwano, estando ella misma a sus pies… los demás guardias, caídos a su alrededor, ya no eran de utilidad.
Intentó reconocer con ansiedad entre las caras de los asaltantes: ella no los había contratado directamente, pero sabía que su líder era un hombre con la cara partida por una cicatriz y un parque cubriéndole un ojo, cabello blanco y desgreñado… pero no había ninguno así, no debían ser los mismos que la otra noche.
-Tú eres la zorra que nos pagó por emboscar a los suyos –escupió uno de ellos, el que parecía el líder de la cuadrilla, un tipo delgado que llevaba una espada en la mano y un arco cruzado a la espalda; y comprendió que algo había ocurrido a la banda a la que pagó. Quizá se habían dividido…
-¡Callad, bellacos! –bramó Valesso- si no nos dejáis marchar, nuestras tropas os perseguirán para colgaros.
Un lúgubre coro de risas partió la noche… y un escalofrío recorrió su espalda. No tanto por la seguridad que infundía las carcajadas, como por el nerviosismo que notaba en las piernas de sus protectores.
-Os pagué, y os pagué bien… -respondió con orgullo- si queréis más oro, os lo entregaré al llegar al palacio del Gran Ansur-Resses, que nos está esperando.
Más carcajadas. Esto no iba bien… tenía que pensar cómo salir de aquí, y no iba a ser con las armas. ¡Eran una veintena contra dos! O quizá contra menos, porque el capitán de su escolta la miraba estupefacto.
-Basta de hablar –dijo el delgado bandido, y notó cómo una figura caía pesadamente a sus pies.
¡Era Tuwano! Inconsciente, chorreando sangre por una de sus sienes, la espada caída a un lado mientras un vulgar bloque de plomo caía sobre su regazo…
-¡Plebeyos! ¡Lucháis con arcos y hondas! –bramó Valesso, arremetiendo con su estoque.
Su ataque fue fulminante y rápido como el rayo: el líder de los salteadores cayó atravesado, y dos más gritaban heridos, antes de que ocurriera lo inevitable… una maza cayó pesada sobre el hombro del espadachín, haciendo que éste crujiera brutalmente mientras el soldado ahogaba un grito. A continuación, se vio abrumado por una masa de atacantes, que se retiraron sólo cuando cayó al suelo, ensangrentado.
-El puerco aprenderá –comentó uno de ellos, un tiparraco enorme y barbudo, que llevaba en la mano una maza metálica- a no atacar a sus amos- y comenzó a golpearle, aun inconsciente, en el brazo derecho, una y otra vez.
El.la se dio cuenta de que estaba gritando… debía llevar haciéndolo una eternidad, pero lo único que podía hacer era chillar y ver cómo la maza machacaba el brazo del arma de Valesso sin piedad, hasta convertirlo en una masa de carne sangrante. Entonces, el barbudo se giró hacia ella:
-Sujetadla –ordenó a los demás- ahora jugaré con ella… pero primero quiero ver cómo es un eunuco: nunca he visto uno.
El.la ni siquiera se movió cuando esas toscas manos la sujetaron, manoseándola. ¡Su mundo se venía abajo! Vio cómo arrastraban a su guardaespaldas hasta un menudo árbol, atándole brazos y piernas. A continuación, le despertaron rozándole con una brasa de la hoguera en el cuello.
Tuwano comenzó a gritar en su idioma, pero ninguno de sus captores parecía entenderlo. Necesitaba a ese hombre… ¡no podía quedarse sin protección!
-¡Esperad! –sollozó- ¡os daré lo que queráis si le dejáis libre!
-Zorra, respondió uno de los que la sujetaban –ya tenemos todo lo que queremos.
Mientras el guerrero sureño gritaba, dos bandidos se acercaron a él y le cortaron la ropa con sus puñales, dejando su virilidad al aire. Humillantes carcajadas festejaron esta visión, mientras el presunto eunuco no lograba articular una palabra comprensible, cada vez más nervioso.
-¡Mirad al eunuco, qué pelotas! –reían los ladrones- ¡seguro que montaba a su yegua de ciudad! ¡No vamos a dejarle sin trabajo! –hizo una seña el barbudo a un niño de unos diez años que les acompañaba: uno más de ellos.
El mozalbete se alejó del grupo, y regresó con un instrumento estremecedor: unas tijeras de esquilar (seguramente su auténtico oficio), y las introdujo en las brasas de la hoguera. Tuwano se dio cuenta de lo que pretendían y forcejeó con todas sus fuerzas, haciendo temblar incluso el arbolillo al que estaba sujeto, pero un nuevo golpe de garrote en la cabeza le volvió a dejar inconsciente.
-No lo hagáis… -gimoteó El.la, de forma casi inaudible- no lo hagáis…
Se daba cuenta de que estaba muerta, o –peor aún- se vería como una mendiga lisiada y nadie la reconocería en su familia… su tío menos que nadie. Esperaba morir rápido, al menos.
El chaval se acercó, sujetando las tijeras con un paño manchado en sangre, y se situó frente al guerrero negro, interrumpiendo la visión de su cautiva. Tras los vítores de sus compañeros, se agachó y empezó a trabajar la entrepierna de Tuwano.
Súbitamente, el negro despertó y comenzó a gritar como nunca nadie había gritado, a berrear brutalmente, mientras sus músculos se tensaban de tal manera que arrancó al árbol del suelo.
Al instante cayó al suelo, inconsciente por tercera vez. Sus secuestradores rieron, triunfantes, y el enorme barbudo se abrió paso hasta ella:
-Ahora vas tú, puta. Te voy a hacer gozar, y después lo harán todos ellos.
Ya no le importaba nada: no sintió cuando le arrancaron la ropa, ni cuando se la pasaron de uno a otro tocándola y pellizcándola. No le importó tampoco cuando, desnuda cayó al suelo y miró hacia delante casi de forma instintiva mientras veía como su agresor se desnudaba… y unos cuantos de los que estaban a su alrededor. Iba a morir… y temía que iba a sufrir mucho antes de que la degollaran.
-¡¡¡¡Aaaaarrrrhhhhh!!!!
El brutal alarido consiguió detener la escena, los hombres desnudos, El.la también desnuda y tirada en el suelo. Desde su posición, no podía ver más que a los hijos de perra que la rodeaban, erectos y mirando a su alrededor desconcertados. Como por casualidad, una voz que conocía quebró el silencio nocturno:
-¿Qué es esto? ¿Me ausento unas horas y se organiza este lío?
Empujones, más silencio. Junto a ellas aparecen las gastadas botas del dueño de esa voz… Gibrain. Por algún motivo que no pudo comprender, sintió la necesidad de taparse… pero no tenía con qué. De todas formas, cerró las piernas.
-Vaya –sonrió el veterano soldado- veo que os estabais divirtiendo. Lamento haber interrumpido.
Como por arte de ensalmo, la parálisis que invadía a todos desapareció:
-¡Xamber, destripa a ese puerco! –gritó el barbudo.
Sin más respuesta, uno de los bandidos (uno de los más corpulentos) se arrojó en medio del círculo en que se encontraban: un bruto enorme, casi tan grande como Tuwano pero menos musculado, con una expresión de crueldad en su calva cabezota. Sin dudarlo ni un momento, arremetió con un cuchillo contra Gibrain.
Éste casi no se movió: evitó un poco la puñalada y arremetió con su puño contra el cuello de su rival… alcanzándole en la garganta. Xamber cayó de rodillas, sujetándose el cuello mientras intentaba forcejear. Entre sus dedos brotaba roja sangre… y de sus ojos una mirada de estupor. Cuando cayó de espaldas y la garganta quedó al descubierto, pudieron ver que estaba desgarrada, como si unas zarpas la hubieran destrozado.
De nuevo se hizo el silencio.
-Ahora, escuchadme, estúpidos: aquí tenéis una fortuna tirada a vuestros pies, y sólo pensáis en follárosla. Uno de los que combatían es un noble, y también por él pagarían rescate, y seguro que le habéis matado –les reprochó Gibrain, con naturalidad.
-¡Nos la follaremos a ella y te mataremos a ti! –Bramó el barbudo- Y luego pediremos rescate por quien nos dé la gana…
-Una noble violada por plebeyos no vale para casarse… la encerrarían en un convento o la arrojarían a las calles. No seáis idiotas, con lo que saquéis por ellos podéis retiraros a cuidar ovejas en una granja. En vuestra propia granja.
-¡¿Y quién eres tú para decirnos lo que tenemos que hacer?!
-Oh, alguien a quien os conviene hacer caso. Si me atacáis todos a la vez, me mataréis, pero si me dejáis vivo, puedo ayudaros mucho.
El.la se puso en pie trabajosamente. En realidad, nadie parecía fijarse mucho en ella… pero, cuando intentó acurrucarse contra su benefactor, todavía se asombró algo cuando éste la agarró de su melena pelirroja y la exhibió ante todos. Apestaba a alcohol…
-¡Suéltame, maldito bastardo! –Chilló, al fin enfurecida- ¡He dicho que me sueltes!
-Esta mujer es mía, y también los hombres que queden vivos –dijo, con una sonrisa lobuna en el rostro- al menos, hasta que me asegure que no los vais a dañar.
La tensión se mascaba en el ambiente, pero eso no importó a El.la, que forcejeaba sin parar por soltarse del puño de hierro que la sujetaba ¡odiaba a los hombres que bebían! su tío se emborrachaba cada noche, desde hace mucho tiempo, y sólo sus guardaespaldas habían conseguido librarla de las torturas que propinaba a sus sirvientes cuando se encontraba a sí… -¡Suéltame!
-Tú no eres nadie –Masculló el barbudo- ni tienes nada.
Cada vez se veían más armas entre el grupo, y El.la se alegró cuando notó que nadie la sujetaba ya, y pudo caer de rodillas al suelo.
-No tengo nada, pero puedo llevaros hasta el altar de Sac-shais-Tahuallu… si aceptáis mis condiciones.
De nuevo silencio. El.la no sabía de qué hablaban, pero estaba muy claro por la incertidumbre en los rostros que los demás sí.
-¿Quién eres tú? –preguntó el barbudo, lamiéndose los labios.
Gibrain no contestó, pero abriendo primero su capa de viaje y después su ajada camisa, sacó un extraño colgante a la luz. Desde debajo, pensó la vista la fallaba, pero poco a poco se dio cuenta de la extrañeza del mismo: cambiaba de tonalidad de color, pero siempre daba la impresión de ser casi negro, y su aspecto también era variable, oscilando entre un pequeño guijarro y un medallón plano, pasando por otras muchas; en ocasiones era grande y otras minúsculo…
-Soy uno de los que eligieron errar hace muchos años. En esta tierra habéis oído hablar de nosotros, y sabéis quién es un portador del colgante… y las responsabilidades que esto conlleva. Esta mujer es mía, y también los hombres que queden vivos; y si me acompañáis, os llevaré hasta el altar.”

Tres días y dos noches habían transcurrido desde entonces, desde que Gibrain se hizo cargo de su vida, de sus planes. De la comitiva, quedaban tres soldados con heridas de escasa importancia, pero la odiaban por haberlos traicionado y no la dirigían la palabra ni la brindaban el debido respeto. Tuwano estaba encadenado, y de su entrepierna no quedaba más que un poco de carne requemada, que ella misma se veía obligada a cuidar… sin embargo, aún le era fiel y cuando salió de la inconsciencia, prometió seguir protegiéndola.
Valesso era distinto: sólo las heridas del brazo eran de importancia, pero éste estaba destrozado más allá de toda esperanza, y sufría de enormes dolores cuando se rozaba la extremidad en cabestrillo contra cualquier cosa: se lo habían atado al costado para que, ya que no podría volver a ser útil, al menos quedara en una posición que no molestara demasiado. Gibrain le había dicho que, si empezaba a oler mal, matarían al joven capitán.
Valesso tampoco la hablaba. Asqueado por su traición, ya no hablaba con nadie, y se había convertido de repente en una persona amargada que sólo sabía sufrir por sus dolores y mascullar entre dientes… no la ayudaría en nada.
Gibrain había demostrado ser, por su parte, un completo desconocido. Ahora se dirigían al desierto (¿no fue él el que les guió al huir de la primera emboscada?) y, aunque los bandidos no le obedecían en todo, al menos le seguían. Y daba las órdenes a lo que quedaba de campamento…
¡Y a ella la hacía vivir como a una perra! La primera noche intentó hacerse con la última tienda que quedaba en buen estado, pero él entró en ella y la echó fuera, a la intemperie, con esos perros, “a cuidar de los heridos” ¡malditos sean los heridos! ¡Y maldito sea ese borracho que todas las noches apesta a alcohol!
Meditabunda, se acurrucó un poco más mientras sopesaba sus posibilidades: el desierto no le convenía lo más mínimo, y no podía usar a los bandidos con garantías. Valesso la odiaba y no podía confiar en él, además sabía lo de su ayudante de cámara, y quizá sospechara que se habían acostado juntos; también sabía lo de su traición… no la interesaba que siguiera con vida. Quizá los próximos días sufriera un accidente.
Tuwano le era útil, al menos de momento. Le había pedido que se mostrara dócil hasta que pudiera hacerse con la llave de sus cadenas o hasta que los demás se confiaran y, mientras contaban sus chistes, le dejaran libre. Luego, podrían huir.
Gibrain… era él quien tenía el mando, pero no se había conmovido ni ante sus súplicas ni ante sus promesas. Tenía algo en mente, y no sabían qué era. Quizá debiera seducirlo… esperaba que no le gustaran los hombre, algo así sería un desastre. Pero, si entraba entre sus mantas, no debía ser demasiado pronto, no antes de que él comprendiera el valor de ese paso.
En ese momento, el veterano salió de su tienda, echó un vistazo a la hoguera junto a la que se guarecían los forajidos del frío de la noche de ese desierto pedregoso, y después a ella. En sus ojos no aparecía por ninguna parte la lujuria, sólo un interés que no tenía que ver con el sexo. Luego se fue a dar su acostumbrado paseo nocturno, estos días bastante más cortos que los anteriores, seguramente por la desconfianza hacia la gente con la que viajaba.
El.la se estremeció.
Todo estaba saliendo tan mal…


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Jue Dic 17, 2009 2:05 am 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 3:27 pm
Mensajes: 2269
Ubicación: Estigia
Desconectado

Karnak.

Durante diez jornadas más El.la y sus captores cabalgaron hacia el Este. Se internaron en las estepas, salpicadas de colinas aisladas y pequeños arroyos flanqueados por estrechos árboles de ribera. A lo lejos vislumbraban las montañas de Narkhión con sus picos cubiertos de nieve. Lejos al oeste quedaba la ciudad-palacio de Ansur-Resses, y El.la pasaba el día mirando hacia atrás con la esperanza de que un grupo de soldados acudiera al rescate.
Por su parte, los bandidos reían y bebían a todas horas, seguros de sí mismos, celebrando por anticipado el botín que podrían saquear del templo de Tahuallu. Habían llegado a un acuerdo con Gibrain, a cambio de su vida y la de los prisioneros, éste les conduciría hasta las ruinas del viejo templo y abriría el portal hasta su interior. Las leyendas de la región contaban las inmensas riquezas que se escondían en la cripta del dios: joyas, monedas de oro y plata y piedras preciosas que en tiempos inmemoriales los fieles del culto habían depositado en honor a su deidad.
Gibrain cabalgaba al frente de la comitiva. De cuando en cuando giraba la vista y la miraba de forma intensa, pero sin mostrar ningún sentimiento. El.la no veía ni odio ni amor en su mirada. Pero ella se debatía entre el odio y el agradecimiento, pues su intervención la había librado de ser violada por toda la cuadrilla de forajidos. Aún así no se fiaba de él. Los primeros días de su cautiverio la había tratado con desdén, pero a medida que pasaba el tiempo había suavizado su trato hasta el punto de que por las noches apartaba algo de comida para ella y Tuwano.
Tuwano se iba recuperando poco a poco, gracias a los cuidados que le proporcionaba El.la que contemplaba el muñón mientras lo lavaba con vino caliente y pensaba en las innumerables noches de placer que le había proporcionado. Había tenido muchos amantes, pero ninguno de la talla que calzaba Tuwano.
Por el contrario el estado de Valesso no era bueno. Tres días antes le habían amputado el brazo a la altura del codo, la infección había avanzado demasiado y los bandidos amenazaron con matarlo allí mismo pues no estaban dispuestos a perder tiempo con él. Ahora se pasaba el día en una especie de sopor febril, en los que alternaba el delirio con el sueño profundo. Los tres soldados supervivientes se turnaban para llevarlo en una pequeña angarilla que habían hecho con varias ramas y una manta raída. Por las noches, Gibrain le daba unas gotas de una poción, que llevaba colgando de un pequeño frasco de cristal, al cuello.
Por la noche, tras darle las gotas a Valesso, Gibrain se acercó a El.la.

—Mañana llegaremos al templo de Tahuallu. Necesito tu ayuda para llevar a cabo un cometido muy importante, espero por tu bien que no me defraudes.
—¿Aún tienes la indecencia de amenazarme? ¡Tú que me lo has quitado todo! —Contestó El.la.
—Yo no te he quitado nada, ha sido tu propia ambición la que te ha traicionado. Y muestra un mínimo agradecimiento a quien te ha salvado la vida, pues la honra estoy seguro que la perdiste hace ya mucho tiempo. Si es que alguna vez la tuviste.

El.la le dio un fuerte bofetón a Gibrain, a quien cogió por sorpresa. Este la agarró por los pelos, tiró fuertemente de ella y acercó su cara a la de él. Después de un instante de furia, la soltó.
—Más vale que todo salga como lo he previsto, en caso contrario, despídete de tu culo y de tu vida.
Gibrain le dio la espalda dando por terminada la conversación, levantó el frasco de cristal a la luz de la vela y susurró: “espero que me quede suficiente para mañana”.
El.la habló con sus compañeros junto a la fogata que habían encendido a un lado del campamento, les contó lo que había dicho Gibrain. Nadie dijo nada, todos desconfiaban de ella después de que hubieran descubierto que los bandidos que los habían masacrado habían sido pagados por ella. Sin embargo, eran conscientes de que la única persona capaz de ayudarles a salir de la situación en la que se hallaban era Gibrain. Se limitaron a asentir con la cabeza y a volver cada uno a sus propios pensamientos.
Al día siguiente, tal y como había predicho Gibrain, llegaron a la base de una colina sobre la que se alzaban las ruinas del templo de Tahuallu. Tras ascender con un poco de dificultad por el escarpado terreno, acamparon junto a unas pilastras que aún se mantenían en pie. Los prisioneros fueron encadenados unos a otros y asegurados a una de las pilastras. El resto del grupo preparó una fogata y descansaron.
El jefe de los bandidos se acercó a Gibrain y le dijo:

—Descansaremos una hora para reponer fuerzas y luego entraremos dentro. Prepárate para que abras el portal.
—Dentro de poco se hará de noche y será peligroso entrar en las cavernas.
—En las cavernas siempre es de noche, haremos unas antorchas y nos conducirás hasta la cámara del tesoro tal y como tratamos. Tienes una hora.

Gibrain se apresuró. Recogió un fardo entre sus pertenencias y se fue hacia el grupo de prisioneros.

—¡Desátala! —Le ordenó al forajido que los vigilaba.
El otro le miró sin decidirse.
—Necesito la ayuda de otra persona para abrir el portal. Si prefieres venir tú estaré encantado.

El guardián sonrió mostrando una fila de dientes rotos. Rebuscó en su bolsillo y sacó las llaves de los candados. Luego liberó a El.la.

—No la uses mucho, tú mismo dijiste que una noble deshonrada no tiene valor alguno. —Y la arrojó a los brazos de Gibrain.

Él la cogió por la mano y tiró de ella hacia una caverna que se abría tras las ruinas del ábside del templo.

—¡Suéltame, bruto! —Gritó El.la forcejeando con Gibrain.
—Estate quieta y sígueme o te harás daño en la mano.

Cuando llegaron hasta la caverna, El.la ya estaba mucho más calmada. Prefería estar junto a Gibrain que encadenada a un árbol. Sentía una extraña seguridad junto al enigmático hombre. Empezaron a retirar los escombros y la maleza junto a una pared de piedra, pudieron ver unos extraños jeroglíficos y relieves que mostraban una especie de procesión religiosa. En el centro de la pared había una oquedad que Gibrain limpió a conciencia. Luego se sacó la camiseta y cogió el extraño amuleto que llevaba colgando al cuello y lo colocó con mucho cuidado en la oquedad. Se sacó también la pequeña botella de cristal, la observó a la luz y vertió su contenido en su garganta. Tan sólo cayeron un par de gotas. Luego arrojó la botella junto con los escombros.

—Apártate y deja que me concentre, tengo que recitar el encantamiento que abrirá las puertas.

El.la se apartó, molesta por los malos modos de Gibrain, y observó lo que hacía.

Gibrain se sentó en el suelo, cerró los ojos, y comenzó a entonar un cántico en voz baja, casi un susurro. Estuvo así un buen rato, hasta que el susurro se convirtió en un sonido metálico que parecía golpear la pared de piedra. Poco a poco se fue descubriendo una raja en la pared, y se fue abriendo un portal al interior de la colina. Cuando hubo alcanzado un ancho suficiente, Gibrain paró de recitar, se incorporó y atravesó la apertura arrastrando a El.la del brazo. Al otro lado del umbral le habló.

—Necesito tu ayuda para liberar al dios Tahuallu, el tiempo se acaba y no se si las gotas que quedaban del elixir serán suficientes para apaciguarme hasta que salga la luna esta noche. Así que escucha atentamente…


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Sab Dic 19, 2009 7:36 pm 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Sab Ago 16, 2008 2:23 pm
Mensajes: 1028
Ubicación: El Universo
Desconectado

Primera Ronda

Dalila

- Voy a recitar un nuevo cántico, tienes que mantenerte en silencio, según el rito es fundamental que tras su paso, el umbral se cierre, no seas estúpida e intentes huir, fuera nos esperan y aquí dentro no tienes ninguna oportunidad. Tu único camino es continuar conmigo para liberar al dios Tahuallu.

Se volvió a sentar en el suelo, cruzó las piernas, cerró los ojos, en trance comenzó a susurrar un extraño cántico, El.la aprovechando la situación, en silencio y con movimientos gatunos, se fue acercando a dos afiladas piedras que había visto en el suelo, controlada y decidida, le asestó un brutal golpe con todas sus fuerzas en sendos lados de la cabeza. Calló sin sentido al suelo.

Se sonrío, le quitó el cuchillo que tenía en la cintura y con frialdad, le dio un largo y profundo tajo de un lado al otro de la garganta, para asegurarse le asestó una brutal puñalada en el corazón, empezó a desangrarse, en poco tiempo, su cuerpo convulsionó. Había muerto. Escupiéndole le dijo: “Así aprenderás a respetarme”, “Siempre hay otro camino”.

Cogió la antorcha, cruzó el umbral, retiró el amuleto de la oquedad, atrás quedaba un cuerpo desangrado e inerte.

De los incómodos jirones de tela que tenía, se confecciono una vestimenta cómoda, de forma que se tapo y sujetó bien los pechos, cogió otra tira de tela y se anudó bien el pelo, en una cola de caballo, ahora el pelo no la taparía la cara, cogió la camiseta que Gibrain momentos antes había tirado y se la puso encima, le serviría como túnica ya que la misma le llegaba sobre las rodillas, con el cuchillo, arrancó las mangas y las uso de cinturón y para cubrirse las rodillas. Ahora si se sentía cómoda.

Paciente y segura de sí misma se sentó y esperó a que pasara el tiempo, tenía que esperar a que oscureciera, esos descerebrados no se atreverían a entrar en la cueva, y necesitaba pensar.

Apago la antorcha en un montículo de arena, sigilosamente salió entre los escombros, era noche cerrada, resguardada por la tupida vegetación y maleza, se fue acercando al campamento, allí estarían sus amigos, iba a liberarlos, buscó donde estaban los caballos, rebuscando entre los fardos cogió todo el dinero que encontró en los mismos, así como varios mapas, también encontró un atadijo con gasas, ungüentos curativos y calmantes, dispuso todo en el que sería su caballo, preparó otras dos monturas para sus amigos, al resto de los caballos los liberó, por suerte los caballos estaban bastante lejos del campamento y los bandidos estaban o dormidos o borrachos, era improbable que oyeran nada. Menudos estúpidos, cualquier idiota jamás hubiera dejado dinero en los caballos.

Arrastrándose entre la vegetación se deslizó por detrás del árbol donde el vigilante estaba custodiando a sus amigos, su brazo salió de la maleza y asestándole un fuerte porrazo con una piedra en la sien, el vigilante cayó sin sentido. Valesso estaba despierto y sorprendido, pero decidido a escapar, no emitió ningún sonido, El.la le liberó y con los ojos le preguntó por Tuwano, Valesso con su expresión le respondió que había muerto. Cogieron el arma del inconsciente guarda y huyeron entre la espesura.

El.la y Valesso corrieron hacia los caballos, al tercero lo soltó, ya no hacía falta.

Ya quedaba lejos el campamento, durante la rápida y frenética escapada, Valesso explicó a El.la de forma autómata, que Tuwano había intentado ir tras ella para ayudarla, un tiempo después de que se fueran, al mismo, lo cosieron a navajazos y terminó muriendo desangrado. El.la no dijo nada, pero sintió una profunda punzada de dolor, impotencia y miseria.
Durante el camino, El.la le relató lo que había ocurrido en la cueva con Gilbrain.

Al menos llevaban dos jornadas cabalgando sin parar, ellos y los caballos necesitaban descansar, encontraron una escondida cueva donde también cabían los caballos.

Ya sentados y comiendo unos frutos:
- ¿Hacia dónde pretendes que nos dirijamos? – Preguntó fríamente Valesso.
- Me gustaría que fuéramos a la ciudad-palacio Ansur-Reses, pero si se te ocurre un lugar mejor, estoy dispuesta a que lo discutamos, quiero empezar una nueva vida. Tenemos que estudiar estos mapas para ir por el lugar menos transitado posible, este lugar está lleno de forajidos y si nos exponemos, no sería raro que volviéramos a sufrir una emboscada- dijo ella.
- Valesso, sé que no te fías de mí, me he comportado de un modo que tu no entiendes, pero créeme si te digo que toda mi vida he sido una vulgar esclava, prisionera de mi asqueroso tío, aunque la jaula sea de diamantes, no por ello deja de ser una prisión, dados los acontecimientos, supongo que eso a ti ahora te da igual y lo entiendo, pero únicamente trato de explicarte que me niego a una vida de sumisión, prefiero ser una humilde mujer de un poblado maltrecho, que la propiedad de un príncipe al que tenga que reír las gracias, por miedo a sus represarías, me niego a ser la esclava de nadie, antes prefiero la muerte. Quizás en otro tiempo daba mucho valor a la riqueza, pero para mí ahora lo importante, es la libertad.
Valesso no dijo nada, solo escuchaba, pareciera como si el sensible, inocente y cultivado muchacho hubiera muerto, frente a ella había un desconocido hombre, mutilado, de mirada fría y rostro impenetrable.
El.la continuó hablando;
- Tenemos que estudiar los mapas para decidir el rumbo que vamos a tomar, iremos escondiéndonos entre las piedras del camino, en breve tendremos que deshacernos de los caballos e ir a pie ya que los mismos dejan rastro, también podríamos tratar de buscar con los mapas sendas empedradas, si té fijas los mismos las señalan y por suerte para nosotros, por aquí hay muchas.
- Me preguntó que valor tendrá este medallón, sea el que sea, debe ser valioso puesto que infunde temor- dijo El.la.
Valesso seguía escuchando sin emitir sonido y rostro serio.
- Valesso, de verás te digo que siento todo lo que ha pasado, siempre te he considerado mi amigo, se que en el pasado no te he tratado como te merecieras y también soy consciente de que he hecho cosas horribles, pero era una prisionera, un vulgar objeto que solo con artimañas y mentiras podía disfrutar de la libertad, tras perder a Tuwano, eres lo único que me queda.
Valesso la miró a los ojos, pero no dijo nada. Pasaron unos minutos en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos.
- Vamos a estudiar esos mapas- dijo Valesso en tono cortante.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Sab Dic 26, 2009 7:23 pm 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 9:28 am
Mensajes: 4384
Desconectado

PARTE 6: Kull

...Y mientras Valesso y El.la estudiaban sus mapas, cabe preguntarse: ¿qué había ocurrido con los bandidos?

Si viajáramos dos noches atrás en el tiempo, les habríamos visto confusos y rabiosos.

—¡Silencio! —gritó el líder—. ¡Dejad de pelearos! Hemos de pensar en lo que hacer a partir de ahora.

—¡Nos hemos quedado sin el rescate de esa dama noble y además sin caballos!

—Aún no lo hemos perdido todo... ¿dónde está Gibrain? Prometió las riquezas del templo de Tehallu.

—La zorra iba con él, así que tal vez lo mató o...

—Cállate. El templo no está lejos. Vayamos al templo y tratemos de conseguir las joyas.

—Pero Gibrain dijo...

—¡Al diablo con Gibrain! ¡Andando!

Aún quedaban horas para el alba cuando llegaron a las cavernas que albergaban el templo de Tehallu. Tras una corta búsqueda hallaron la entrada, aún abierta pero sin el medallón que era su llave. Vieron el cuerpo de Gibrain en el suelo, sobre un gran charco oscuro.

—La zorra también lo despachó —murmuró un hombre.

—Vamos a entrar por la brecha y tomar las joyas —dijo el lider.

Un bandido se acercó a Gibrain y le dio una patada.

—No eras tan duro, ¿eh?

La mano del cadáver se cerró sobre su tobillo como un cepo y le destrozó la articulación. El bandido cayó al suelo aullando. El cadáver de Gibrain sufría convulsiones Irguió su espalda hasta quedar rígido. No había expresión alguna en su rostro. Por la herida de la garganta salió un poco de sangre espesa. Los bandidos estaban petrificados de horror. El hombre del tobillo roto quiso escapar, pero Gibrain saltó sobre él, le agarró la cabeza y haciéndola girar le partió la columna.

Gibrain avanzó a cuatro patas y quedó entre los bandidos y la cueva. Su cabeza seguía caída, rezumando un hilo de sangre.

Los bandidos retrocedieron y se encontraron con la grieta oscura en el muro. Sintieron aún más miedo.

Ahí dentro había algo que esperaba, algo peor que el cadáver redivivo de fuera.

—Somos muchos y él uno solo —dijo el líder—. ¡Podemos vencerle y escapar!

Nadie se movió.

Gibrain se puso en cuclillas. Se levantó, despacio. Sonó un crujido húmedo que provenía de su interior. Otro. Aparecían bultos en la piel del cadáver, como si algo estuviera empujando desde dentro. La boca se abrió y por ella emergió una esfera que desgarró los músculos de la cara y partió la mandíbula. Sus dedos agarraron las clavículas, tiraron de ellas y arrancaron la piel y los huesos como el que se quita una camisa. Emergieron pinchos y algo que parecía hueso rajaba el abdomen. Las caderas también se rompieron. Los dedos ya no eran dedos, sino garras alargadas y filosas que ayudaron a romper el traje de aspecto humano.

Había un nuevo ser ante ellos, una criatura humanoide, cubierta de escamas negras y brillantes. No tenía pelo ni vello corporal. Tenía dos piernas delgadas y cuatro brazos y un cuerpo esbelto. Su rostro era fino y en cierto modo bello. Hermosura demoníaca. Sus ojos eran rasgados y verdes, brillantes, con una pupila vertical. No tenía pechos, pero las curvas de su cuerpo y su órgano sexual desnudo no ofrecían dudas: era hembra.

Abrió su boca, dejando ver los colmillos filosos, y emitió un gruñido. Saltó sobre ellos y atravesó al primero con sus cuatro brazos, lo levantó y lo arrojó contra la pared. El líder emitió un grito y avanzó hacia la mujer demoníaca, pero ella se agachó y la espada pasó por encima de su cabeza calva y escamosa. Sus garras abrieron la garganta del hombre, que se tambaleó moribundo. Tres hombres cargaron contra ella y el primero logró herirla en uno de sus cuatro brazos. La hembra le aplastó la cara de un puñetazo. Agarró el cuerpo y con él golpeó al segundo atacante, lanzándolos al suelo. El tercero hizo girar su cuchillo e hirió al monstruo en una mano y un hombro. Ella retrocedió, se agachó y siseó al hombre.

—¡Te voy a rajar, furcia escamosa!

Los bandidos se envalentonaron y fueron por ella. Uno le asestó un golpe con su clava en la espalda y ella jadeó y rodó por el suelo. Otro le dio una patada en la cabeza y el acuchillador intentó apuñalarla, pero ella agarró su brazo, hundió las uñas en su garganta y lo estrelló contra otro hombre. El de la clava volvió a golpearla en el cráneo y ella retrocedió a seis patas, escupiendo sangre y meneando la cabeza.

—¡Matadla!

Saltó hacia él con agilidad, apartó la clava, hundió dos garras en su estómago, le mordió en la garganta y arrancó de cuajo nuez y tendones. Sangraba por varias heridas y estaba rodeada, pero repartió arañazos y dos hombres retrocedieron agarrándose la cara y un hombro. Ella rugió, saltó sobre otro hombre y le cortó la garganta. Un enemigo le clavó un cuchillo en la espalda y el ser se retorció de dolor, pero dio la vuelta asestándole un codazo que le rompió la nariz y en el mismo giro sus dos garras derechas le desgarraron la garganta y el pecho. Se arrancó el cuchillo y gimió, pero apretó los dientes y se preparó para seguir luchando.

Sólo quedaba un bandido, que echó a correr. Ella estaba herida y cansada, pero no podía dejar testigos. Le atrapó enseguida.

La criatura echó a andar hacia la entrada de la cueva, tambaleándose y sangrando. No podía flaquear, no ahora que estaba tan cerca de liberar a su amado, al que los odiosos humanos llamaban Tehallu.

Los humanos... cuánto los aborrecía. Ella pertenecía a una raza antigua y condenada a la extinción; sólo quedaban dos de los suyos, su amado y él. Los hombres les perseguían, no les dejaban vivir en los bosques ni en las montañas profundas, organizaban batidas y enviaban hechiceros. Les tomaban por demonios, pero sólo eran criaturas que buscaban sobrevivir en un mundo implacable. Su mejor arma era su capacidad de cambiar de aspecto, disfrazándose con la piel de un humano muerto recientemente. Ella había tomado diferentes disfraces durante la búsqueda de su amado mujer, niño, anciano y por último ese hombre llamado Gibrain, un aventurero que trató matarla en un bosque. Le degolló y llevó a cabo el ritual mimético. Lo peor era que la memoria de la carne penetró en su ser y así ella se vio asaltada por los recuerdos nauseabundos de aquel hombre. Podía mantenerlos apartados, pero en ocasiones fueron tan fuertes que se comportaba un poco como él lo hiciera en vida. Las hembras humanas se le habían acercado y supuso que para ellas el tal Gibrain resultaría atractivo. Ella no entendía a los humanos y sólo le atraía un ser: su amado.

Años atrás habían tenido que separarse, pues los hechiceros consiguieron atrapar a su amado con un símbolo, el símbolo mágico del medallón. Se lo llevaron preso y ella sintió que su corazón se rompía. Largo tiempo pasó buscando a su amado y por fin supo que le enterraron vivo en ese templo en las cavernas de roca. Tuvo que buscar el símbolo que lo abría y se valió del cuerpo de Gibrain para encontrarlo. Esta noche había vuelto al templo con aquella hembra humana. Debía hacer un sacrificio de sangre y ella era tan buena como cualquier otro.

Horrorizada, vio que el medallón no estaba en la hendidura. La hembra debía habérselo llevado. Sintió deseos de llorar, pero sus ojos no podían derramar lágrimas. Mientras no tuviera otra vez el símbolo mágico ni su amado ni ella estarían seguros.

Pero lo primero era lo primero… agarró un bandido y penetró en el templo. Sus ojos podían ver en la oscuridad y encontró la tumba de piedra. Sintió que desfallecía y sangró más, pero corrió la losa y le vio allí tendido, inmóvil, tan hermoso que ella sintió un espasmo de felicidad. Despedazó al humano y pasó sus dedos sangrientos por los labios de su amado. Él se estremeció y abrió los ojos brillantes y verdosos, miró a su amada y se levantó con dificultad. Los dos se abrazaron y se hablaron en un idioma inmemorial. Él estaba débil y ella lo alimentó con ternura hasta que él pudo moverse y comer por sí mismo del cadáver. Entonces vio las heridas de ella y la abrazó y acunó en sus brazos, y ella se sintió segura y feliz. Su amado lamió sus heridas, que empezaron a cerrarse. Los dos se tumbaron en el suelo de piedra y descansaron.

Salieron cuando el día estaba ya avanzado y comieron de los cadáveres de los bandidos. Los dos seres se miraron bajo la luz del sol, se llamaron por sus nombres y sonrieron.

—Vilat

—Vlaya. Me has liberado y has salvado mi vida, mi hermosa Vlaya.

—También he salvado la mía, pues no podría vivir sin ti —respondió Vlaya—. Pero ahora debemos buscar el medallón

—Sí, lo buscaremos. ¿Te encuentras ya fuerte?

—Tu beso cerró mis heridas.

Vilat sintió una ira helada al pensar en los humanos que la habían herido.

—¿Tienes el olor de la humana?

—Sí, recuerdo su hedor asqueroso y puedo seguirla, pero antes debemos transformarnos.

Él torció la cabeza. Cuánto odiaba vestirse como un humano... La transformación sería imperfecta y sus disfraces de vez en cuando temblarían y estarían a punto de romperse, pues Vlaya había agotado la droga que mantenía estable el disfraz. Si empezaban a caérseles las máscaras, deberían improvisar.

-—¿Cuál de ellos prefieres? —preguntó Vilat.

—Todos los humanos son horribles, pero hay un hombre aún más fuerte que puede serte de utilidad. Murió ayer y es aprovechable, pero está en el campamento.

—Guíame.

Los dos llegaron al campamento abandonado y Vlaya señaló el cadáver de Tuwano.

—Es la mejor carcasa, la más fuerte.

Los dos se miraron con tristeza y se besaron. Era horrible dejar de verse tal como eran, brillantes y duros, oscuros, perfectos, para convertirse en una imitación de esos blandos y nauseabundos humanos.

Pero lo hicieron, y cuando terminó el ritual dos seres con el aspecto de Gibrain y Tuwano estaban en pie y se ponían las estúpidas prendas de los hombres. Los humanos tenían que taparse porque odiaban verse desnudos: la prueba de que eran feos y en el fondo lo sabían. Vlaya y Vilat, en cambio, nunca se cansaban de admirarse entre sí.

—Por allí se fueron —dijo ella.

—En marcha.




...Volvamos al presente, a Valesso, El.la y sus mapas. Los habían consultado y El.la estudió a Valesso mientras él los enrollaba y metía en las alforjas de su caballo. Qué cambiado estaba. Ya no era el hombre tímido y torpe que se deshacía por halagarla. Ahora parecía un duro y amargado, pero más enérgico y en cierto modo seguro de sí mismo. Empezaba a interesarse cada vez más en Valesso y eso la sorprendía y en cierto modo la alarmaba. En estos dos últimos días se había acercado a él, insinuándose un poco para probarle, y sólo encontró indiferencia.

—Me odias, ¿verdad? —le preguntó.

La contempló con aquella dureza que a ella, extrañamente, la hería y enardecía.

—En realidad debería estarte agradecido.

Ella le miró sorprendida. Valesso sonrió con amargura.

-Yo tenía altos ideales. Creía en el deber, el honor, la verdad y la nobleza. ¿Y qué he sacado a cambio? Esto.

Se miró el muñón del brazo derecho.

—Me has demostrado que en este mundo hay dos clases de personas: listas y torpes. Las listas como tú mienten y manipulan a los torpes como yo y consiguen sus fines. Los torpes acaban con un brazo de menos y un montón de sueños rotos. A partir de ahora seré como tú. Me has revelado la verdad, aunque a un alto precio.

El.la bajó la vista.

—Lo siento. Lo siento de veras.

—Cuando lleguemos al palacio-ciudad escribirás una carta de recomendación para mí al señor de Ansur-Reses porque deseo cambiar de aires. Me darán un buen puesto ocupándome de la seguridad de su casa. Sé pelear con la mano zurda, pero aún así el trabajo de campo se terminó. Soy un perro cojo que necesita un hogar caliente.

—Haré como quieras. Pero aún no has contestado a mi pregunta: ¿me odias? Necesito saberlo.

—Los hombres que ordenaste matar eran mis amigos. Conocía a sus familias. Jugué con sus niños. Ya no siento odio por ti. Estoy más allá de eso. Sólo quiero que te alejes lo máximo posible. No sé cómo pude ser tan imbécil de enamorarme alguna vez de alguien como tú. Y ahora vete a dormir. Haré la primera guardia y tú la segunda.

—Sólo quiero decirte una cosa más, Valesso.

La miró, hastiado.

—Sé que me aborreces por haber perdido tu brazo, pero al menos te queda el otro para luchar. Los hombres podéis hacerlo. Nosotras no. Nuestras armas, sí, son el engaño, la seducción y la manipulación, y las usamos como vosotros la espada. No tenemos otra manera de defendernos. No quería que los bandidos mataran a tus amigos, no les pagué por eso. Sólo quería que les mantuvieran prisioneros hasta que yo llegase a la ciudad-palacio, pero ellos se propasaron. Fue mi error, sí, pero fue un error, no algo que hiciera adrede. Es importante para mí que lo sepas.

—Duérmete y déjame en paz.

El.la lo miró apenada. Se echó en el suelo y se cubrió con su manta. Valesso continuó mirándola mientras ella dormía, pensativo.

Durante tres días más viajaron hacia la ciudad-palacio de Ansur-Reses. Él apenas hablaba. No se mostraba hiriente; simplemente la ignoraba. Y cuanto más la ignoraba más intentaba ella acercarse a él. Al principio El.la se sintió furiosa y avergonzada de sí misma. ¿Cómo era posible habiendo tenido a tantos hombres apuestos, fuera detrás de un tullido amargado que la trataba como a una mujerzuela, peor aún, pues ni siquiera la trataba de ningún modo? Sintió deseos de escupirle en la cara y enviarle al infierno, pero no lo hizo. Sorprendida de sí misma, le seguía y ayudaba en cuanto podía, se mostraba solícita, se dejaba las manos despellejando las presas que él cazaba, limpiaba los cazos y encendía el fuego, y él no le daba ni una palabra de agradecimiento. Y sin embargo, ella habría matado por una sola palabra amable y se habría condenado al infierno a cambio de una breve, miserable sonrisa. Qué extraño era todo: cuando lo tuvo como a un perro faldero apenas se fijaba en él, y ahora que la ignoraba estaba dispuesta a besar el suelo que pisaba. Habían cambiado las tornas. Todo esto parecía justicia poética, pero era real. Sin buscarlo, aquel hombre la tenía hechizada ella no podía, ni tampoco quería, escapar. Se estaba quedando prendada del único hombre que le ignoraba. ¿Cómo podía estar tan loca? Llegó un momento en que no podía pensar en otra cosa que no fuera en él; empezó a fantasear cómo sería tenerle por marido y entonces supo que haría cualquier cosa por él.

A cambio, Valesso seguía ignorándola.

Al llegar ante la gran ciudad-palacio de Ansur-Reses, los dos caminaban llevando los caballos de las riendas.

—Termina el viaje, El.la. Una vez allí dentro, cada uno seguirá por su camino.

"Así de fría es la despedida", pensó El.la.

Cerró los ojos, tomó aire y se volvió hacia él, pensando que no debía hablarle. Daba igual: estaba ya totalmente loca.

—Quiero que sepas algo, Valesso. En estos días de viaje, me he enamorado de ti. Sé que para ti no soy menos que nada, y aún con todo lo que me has hecho sufrir, creo que estos días han sido los más felices de mi vida.

Valesso la miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué?

—Por haber estado cerca de ti. Por haber amado de verdad por primera vez en mi vida.

El.la bajó la mirada sintiéndose estúpida, avergonzada y rabiosa consigo misma. Él se iba a reir en su cara o, peor aún, se encogería de hombros como si tal cosa.

Pero Valesso la tomó del talle, la apretó contra él con un solo brazo y la besó. Ella sintió que la sorpresa desencajaba su mente, pero de pronto lo abrazó con fuerza y respondió a su beso.

—¿Por qué? —le preguntó tras separar los labios.

—Porque sigo siendo un imbécil. Aunque traté de apartarte de mi cabeza, te sigo queriendo.

Ella cerró los ojos, luego los abrió y se limpió la humedad que había en ellos. Se sintió alarmada por la dureza en el rostro de Valesso.

—Pero no deseo estar contigo. No me fío de ti.

—No te dejaré —dijo ella—. Ya no me interesan los que me bailan el agua. ¿Qué puedo hacer para demostrártelo?

—Tendrás que esforzarte y conquistarme día a día, porque el muñón de mi brazo me recordará siempre lo que me hiciste y una parte de mí querrá largarse cuanto antes.

En el pasado ella le habría empujado furiosa al oír tales palabras. Hoy, sin embargo, la idea de esforzarse por mantener un hombre difícil, por emplear todas sus armas femeninas en esa tarea, le pareció maravillosa. Sí, estaba loca. Y se sentía feliz.

—No te arrepentirás de seguir conmigo.

Le besó de nuevo.

Al cabo poco echaron a andar otra vez hacia la ciudad-palacio de Ansur-Reses.

En la distancia, dos figuras les contemplaban desde una arboleda. Eran dos hombres, negro y blanco. El negro hizo ademán de salir de la espesura, pero el otro le contuvo y le habló en un idioma innatural:

—Aún no, amado. Esperaremos a la noche.

—Bien. Esta noche atacaremos.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Dom Ene 03, 2010 11:57 pm 
Avatar de Usuario

Guerrero/Brujo
Registrado: Vie Ago 15, 2008 1:04 am
Mensajes: 443
Ubicación: A caballo entre el norte y el levante
Desconectado

Le acarició la mejilla con amor infinito, ella veía mucho más allá de aquella horrible carcasa de blando material. Veía su esencia, su espíritu, veía al ser que tanto amaba y que era todo su universo. Y lo veía agostarse, perder fuerzas paulatinamente sin remisión. Vilat desfallecía y si no conseguía pronto el maldito amuleto quizás esa misma noche sería la última que lo tendría en sus brazos. La inquietud y la desesperación nubló su pensamiento, no pudo soportar tal idea y olvidándose de todo le abrazó. No le importo la carne, ni el hedor de su envoltorio, le rodeo con sus brazos y le atrajo hacia ella abrazándole como si fuera lo último en el mundo, no podía imaginar la vida sin él, sin la fuerza de sus brazos rodeándola, sin su aliento conectado al suyo, sin sentirse invadida y entregada a su maravilloso cuerpo. Y entre lagrimas busco su boca para cubrirla con la suya, necesitaba sentir su aliento, el pulso de su vida, necesitaba sentirse llena de él una vez más, quizás la última. Y en mitad de la noche, en el poco refugio que ofrecían los oscuros callejones de aquella colmena hostil, Vilat, aunque débil, complació su llamada. Y después de cientos de años de añoranza, cerró los ojos y decidió que no le importaba nada, ni el hedor, ni la excrecencia salada que invadía sus cuerpos, ni el tacto de la carne blanda, lo único que le importaba era que por fin volvieran a ser uno, tal y como siempre debió de haber sido. Así que se entrego a él en cuerpo y alma, dejando que la extraña naturaleza de aquellos seres en los que estaban contenidos se abriera paso. Antes de llegar al clímax, sin quererlo, lloró de felicidad.
El ratero se pegó a la pared como una tela mojada a un cuerpo, lo último que esperaba encontrar de vuelta a su madriguera era a un par de esos hombres que gustan de sus semejantes en un callejón oscuro, no es que tuviera nada en contra, pero aquella escena le resultó de lo mas inquietante. El que daba las embestidas era un negro enorme y el que hacia de mujer, un tipo que en principio parecía curtido, estaba llorando como una niña. Poco le importaba a él si era un amor de tamaño mal calculado o un ajuste de cuentas, lo único que quería era salir de allí sin que le vieran, no fuera a ser que le invitaran a la fiesta. Así que reculó como una lagartija hasta que los perdió de vista y cambio de rumbo a paso ligero.

- Amor mío… - Los dedos de Vlaya dibujaron el arco de los ojos del cuerpo que contenía a Vilat. Se habían dejado caer al suelo, la espalda del fornido negro descansaba sobre la pared y el cuerpo de Gibrain hecho un ovillo se acurrucaba en su regazo – No podemos esperar ni un día más. Cada luna que se levanta corre en nuestra contra, necesitamos el amuleto ya, y voy a ir a buscarlo esta misma noche, mi amor.
- Sí, mi vida, siento que el tiempo se agota. – Apartando suavemente a su amada, Vilat intentó ponerse en pie, lo único que consiguió fue caer como un fardo, un tumulto parecido a un oleaje se extendió bajo su piel descontroladamente.
- ¡No!¡ Ahora no!– las humanas manos de Vlaya intentaron torpemente aplacar los bultos hasta que poco a poco la marea fue remitiendo por ella misma, Vilat respiraba con dificultad.
La ira la embargo desfigurando su rostro humano, golpeó furiosamente la pared con el puño y gorgoteando palabras ininteligibles elevó la vista al cielo. Había tenido un grave error de calculo, Vilat no debía de haber abandonado el recinto de piedra sin el amuleto. Aquel pequeño y en apariencia insignificante objeto, no solamente lo mantenía preso, contenía la mayor parte de su energía vital. La magia de aquellas débiles y crueles criaturas que tanto les temían había conseguido arrebatársela confinándolo a permanecer aletargado para no fallecer. Vilat no debía de haber sido despertado sin el amuleto en sus manos, pero una vez despierto la única opción que le quedaba era hacerse cuanto antes con él o morir. Había imaginado que aquella asquerosa zorra humana y el despojo tullido de su acompañante, no serían difíciles de alcanzar, pero de nuevo había vuelto a equivocarse.
Los habían visto cruzar las puertas de la ciudad tres días antes, si sólo se hubieran retrasado uno ahora estaría todo solucionado, incluso si se hubieran quedado dentro del primer recinto amurallado hubiera sido fácil tenderles una emboscada en cualquier calleja, en aquella zona de la ciudad no se hacían demasiadas preguntas si aparecía algún cuerpo tirado en la calle al despuntar el alba. Pero habían traspasado el umbral del segundo recinto amurallado, el que pertenecía a la propia ciudad-palacio de Ansur.Resses, nadie cruzaba aquella puerta sin su debida identificación, y aun más allá, habían ido directos al corazón de la ciudad, las vastas dependencias del propio Ansur.Resses. Ya hacia tres días de aquello y por lo que Vlaya sabía, bien podían pasar tres días más sin que salieran de esas dependencias, o cien.
El tiempo para Vilat tocaba a su fin, ya ni siquiera era capaz de ponerse en pie solo. Las carcasas sin la poción estabilizadora oscilaban ligeramente y se reblandecían, amenazando con deshacerse en cualquier momento, desde hace días solo eran seguras para moverse en la oscuridad de la noche. Si fallaban del todo, ella tendría fuerzas para volver a camuflarse con relativa rapidez, pero su amado no. Y si quedaba al descubierto… la marabunta humana se lanzaría sobre ellos como perros de presa, apestarían a miedo e histeria, pero los aplastarían sin lugar a dudas.
No había tiempo que perder, la decisión estaba tomada, prefería arriesgarse a morir, que vivir sin su amado. Pasó el enorme brazo del negro por encima de sus hombros y lo levantó del suelo con el mayor mimo del mundo, recordaba un sótano abandonado al que fácilmente podía bloquear el acceso. Vilat no se resistió, dejo que su amada obrara, y mientras lo arrastraba, acomodaba y se aseguraba de que nadie pudiera acceder a su escondrijo, lo único que él podía hacer era amarla. Sus miradas se encontraron por última vez antes de que ella fijara el último tablón que lo mantendría a salvo y el amor manó como un rio camino al mar infinito. La oscuridad de una tumba en vida, se hizo para Vilat una vez más.
Gibrain levanto la cabeza, sus fosas nasales se dilataron, olisqueó el hediondo perfume de la ciudad en busca de aquella zorra y la encontró. Para su sorpresa ya no se hallaba en el corazón de la ciudad, se había puesto en movimiento y se dirigía hacia la puerta que separaba la ciudad del primer recito amurallado. Curvó los labios en aquello que los humanos llamaban sonrisa y que para ella era enseñar los dientes.

***

Su imagen reflejada en la plata bruñida le devolvió una impasible mirada, de nuevo lucía igual de hermosa que en el palacio de su tío, la larga cabellera rojiza y abundante cayéndole por la espalda, las filigranas y sedas adornando su escultural figura, no había mugre que un buen baño no pudiera quitar, al menos a los ojos de los demás. Se colocó una perla blanca y enorme del lóbulo de la oreja. Ansur-Resses se había mostrado más que generoso con ellos a pesar de no haberlos recibido en audiencia todavía. Sus lacayos los habían colmado de atenciones e instalado en una de las alas que formaban el complejo de las dependencias privadas del monarca. Dado que la extensión integra del palacio se consideraba que abarcaba la totalidad de edificaciones contenidas tras la segunda muralla de la ciudad, aquello podía considerarse todo un lujo. Pero aun así, las probabilidades de tropezarse él eran remotas, las dependencias de Ansur-Resses eran diez veces más extensas que el palacio de su tío.
Emparejó sus cabellos cuidadosamente con los dedos. Era la tercera noche que pernoctaría en aquel lugar, aunque aquello era un decir. Como las dos noches anteriores, El.la se había retirado pronto a sus habitaciones, se había bañado, perfumado y cepillado el cabello hasta hacerlo brillar con el fulgor de las llamas, había adornado su cuerpo con delicadeza exquisita y más tarde se escabulliría sin ser vista hasta las habitaciones de Valesso. Nunca lo había encontrado allí, pero El.la se había metido en la cama a esperarlo hasta su regreso, en ambas ocasiones a altas horas de la madrugada, borracho y apestando a perfumes femeninos. Aunque tullido, debía considerar que Valesso era un hombre bastante guapo, y si a eso le añadía el atractivo de la buena posición que le confería el ser invitado directo del monarca, no se extrañaba de que tuviera numerosas ofertas para compartir lecho y quizás algo mas. Pero al final, parecía que siempre volvía, “al menos de momento” le dijo una vocecita.
Alargo la mano hasta recoger la otra perla. Una vez puesta se quedo acariciando la redonda joya con la yema de los dedos. Los encuentros con Valesso habían resultado descorazonadores. No lo veía durante el día y de noche, insistía en que entrara y saliera de sus habitaciones sin ser vista. El rato que pasaban juntos El.la se esforzaba en hacerle llegar la intensidad y sinceridad de sus sentimientos y en algunos momentos, cuando Valesso estaba sobre ella, había tenido la sensación de que por unos instantes, el joven galante y risueño que tan bien conocía había vuelto. Pero aquella chispa desaparecía tan rápida como feroces eran los dedos que se le hundían en la carne con descuido o con rabia. Generalmente se desahogaba y dependiendo de la cantidad de alcohol, le pedía mas o menos cortésmente que le dejara solo. Los dedos de la muchacha habían retorcido con tal fuerza la blanca esfera que el enganche de metal se había hincado en la suave piel haciendo brotar la sangre.
Soltó la joya y llevo los dedos al lóbulo maltratado. A quien quería engañar, Valesso le había dejado bien claro que lo único que le importaba por el momento era la carta de recomendación que le debía, carta que Ansur-Resses estaría encantado de conceder a la joven y futura esposa del gobernante de la provincia mas rica del reino, no a la joven y futura esposa de un tullido noble de medio pelo. Valesso no tenía ninguna intención de cambiarle el destino, seguramente se conformaría con ejercer de amante y ver como una progenie no muy clara ascendía en un futuro al puesto de gobernación. Se sintió asqueada.
Cerró los ojos y por un momento deseó ser una hembra de tigre, o de león, capaz de defenderse sola en un mundo imperado por el músculo. La experiencia vivida hacia unos días le había dejado claro lo precario de su poder fuera de su mundo civilizado. Incluso un arma tan poderosa como la belleza se había vuelto un letal enemigo. Se llevó las yemas de los dedos a los labios y saboreo su propia sangre, recordaba su sabor, le llegó junto con otro recuerdo, el del dorso de una mano masculina. Valesso había perdido la inocencia hacia escasamente unas semanas, pero ella la había perdido a base de guantazos antes de llegar a la pubertad. El.la era una superviviente, y estaba decidida con todas sus fuerzas a seguir siéndolo.
- Ya esta bien de hacer el tonto bonita. – la imagen en el espejo no le contesto, pero se hizo la firme idea de cambiar las cosas.
Se volvió para cerrar la tapa del cofrecillo que contenía las joyas y algo llamo su atención. El tosco colgante que le había robado a Gibrain tras matarlo, casi se había olvidado de él. Lo sopesó unos segundos en la palma de la mano, antes de cerrar el puño y esbozar el atisbo de una sonrisa. Sabía que encerraba magia, sólo le faltaba saber de que tipo y si le era posible utilizarla. Se echo una capa larga y parda sobre los hombros y se encaminó a la puerta, para empezar a cambiar las cosas, aquel era tan buen momento como cualquier otro.



Aun camuflado tras el perfume, el hedor que despedía aquella zorra era inconfundible. Aspiró con cuidado de no llenarse demasiado de aquel nauseabundo aroma y siguió avanzando. Estaba cerca, muy cerca, el rastro se intensificó tras doblar una esquina y la concentración especialmente intensa frente a una puerta, le indicó que la furcia había permanecido allí unos minutos antes de traspasarla. Cerro los ojos y afinó sus sentidos, percibió también la esencia de Vilat contenida en el medallón. Se sintió feliz.



- No es solamente un símbolo mágico, mi señora, es una fuente de energía. Una energía no humana y difícil de controlar. Sin el debido conocimiento no os aconsejo que intentéis servíos de ella, los resultados pueden ser impredecibles. - Quien así hablaba era un hombre enjuto y encorvado de edad indefinible, el continuo trasiego con las plantas y sustancias propias de un herbero manchaba sus dedos y el viejo delantal que vestía. – Yo mismo no sería capaz de controlarlo de una manera segura, pero sé a quien podría interesarle. Si lo deseáis, podría obteneros un buen precio por ella, mi señora. – Los ojillos hundidos del hombrezuelo volvieron a relucir con codicia. La primera vez había sido antes de pasarla a la trastienda, cuando le había mostrado el colgante. El herbero, tras observarlo unos segundos lo acerco a una llama para apartarlo después aceleradamente, a El.la le había parecido ver un leve destello esmeraldino, detalle al que el encorvado dependiente intento quitar importancia torpemente.
Era obvio que intentaba estafarla, el ligero temblor de sus dedos al sostenerlo y la atención con que lo miraba le delataban, lo quería para él mismo y estaba ocultándole información con el fin de obtenerlo a un bajo precio. Aquel tipejo no era solamente un simple herbero, la lámpara de aceite que iluminaba la sala donde se encontraban, descubría a los ojos de un buen observador, libros y elementos relacionables con artes ocultas y magia oscura. El.la supo que no podría sacarle más información, por el momento se contentaría con conservar el colgante en un sitio seguro, arrebatándolo con delicadeza de los dedos del hombrezuelo, dejo que se escurriera entre sus senos, el frio metal se acomodo bajo su pecho izquierdo.
- Esta bien, negociadlo pues. Volveré dentro de dos noches a ver que habéis conseguido.
- Deberías dejarlo conmigo como muestra, señora, sin verlo siquiera ¿quien dará una moneda por él?
- ¿Pensáis acaso que soy estúpida?, no os daré el colgante hasta no tener el dinero en la mano. Estoy segura de que sabréis describirlo bien maese herbero.
El tipejo torció el gesto pero asintió. La mujer envuelta en la parda capa giró dispuesta a marcharse. No había dado un paso cuando paro en seco.
- Gibrain…
Sintió de golpe como todo su aplomo y entereza caían al suelo, las piernas le temblaban.
- No… No es posible, estás muerto… Yo te maté. - La figura medio oculta en las sombras avanzó.
- Creo que empezaré a comer de tus intestinos mientras aun estés viva, pero antes… -extendió la palma de la mano hacia arriba – Dame el amuleto.
El.la se llevo instintivamente la mano al pecho, noto el bultito sobre el latido del corazón. Muerta de miedo había ido retrocediendo conforme su antiguo captor había ido penetrando en el círculo de luz, lucía una sonrisa espeluznante.
- ¡Dame el amuleto! – la piel de su rostro tembló en frenéticas oleadas, los pómulos se dilataron hasta casi rasgarse antes de volver a su forma original.
- Yo… yo… te juro que no quería hacerte daño… yo solo quería… - Mientras seguía retrocediendo pisó algo blando y sintió un fuerte empujón.
El.la percibió de refilón la sombra del encorvado hombrecillo huyendo, el taimado tipejo la había lanzado a la boca del lobo para poder escapar de la habitación. La muchacha grito histérica y presa del pánico se encogió rodando a los pies de Gibrain, cuando éste se abalanzó sobre ella, instintivamente soltó una patada acertándole en plena mandíbula. El hombre se tambaleo y la muchacha intento de rodillas escapar gateando. La mano férrea del exjefe de bandidos agarró el borde de la capa y tiró de ella con fuerza, El.la cayó hacia atrás tosiendo e intentando con una mano que la tela que le rodeaba el cuello no la asfixiara. Un sonido inhumano escapo triunfal de la garganta del hombre y el terror dio alas a la muchacha, pateo, araño el suelo y forcejeo hasta que el cierre de la capa cedió. Del impulso su cuerpo fue a estrellarse contra el alto pie de hierro que sostenía la lámpara de aceite y el líquido ardiente se derramó sobre ella. Las llamas se extendieron como un fogonazo y el grito de triunfo de Gibrain se convirtió en desesperación. De golpe, el universo para El.la se convirtió en una bola de fuego y dolor, sintió el aceite horadando su carne, las llamas sofocando su respiración, como estallaban sus globos oculares y hervían sus fluidos. Y como el amuleto se deshacía, hundiéndose en su carne y extendiendo a su paso un ardor aun mas intenso que el del propio fuego. Cuando pensó que ya no podría soportar mas, la rojiza ceguera dio paso a un tono esmeraldino, brillante, que como un bálsamo poco a poco se fue extendiendo por todo su cuerpo refrescando y aliviando sus heridas, sintió que las llamas cedían y la sensación de bienestar iba en aumento. Realmente, jamás se había sentido tan bien, tan liviana, tan ágil, con tanta energía, con tanto poder. Abrió sus nuevos ojos para mirar a Gibrain desde otra perspectiva.
- ¡Maldita Zorra! ¡Que has hecho!, ¡Has robado su energía! - Le espeto el desencajado rostro del bandido. El.la no presto atención al detalle de que comprendía el inhumano conjunto de alaridos que salían por la boca de aquella máscara.
- El baile ha terminado querida, así que ¡enséñame tu autentico rostro! – Salto sobre el cuerpo humano que tenía delante y hundió sus negras garras en la carne de su frente, tiro con fuerza y el disfraz se desgarró en dos como tela podrida.
Vlaya emergió iracunda, rugiendo venganza contra aquel inmundo ser que se había fusionado con la energía vital de su amado. Aquella asquerosa humana que lo había condenado a muerte. Sus cuatro brazos asieron el blanco cuerpo de la joven y sus poderosas mandíbulas se hincaron en el tierno cuello. Los dientes de Vlaya chirriaron sobre la brillante piel, era tan dura como la de ella. Presa del furor intento morder con más fuerza, pero El.la rechazó el ataque. Las negras rocas de obsidiana que la muchacha tenia por ojos, se clavaron con desdén en ella.
- Tendrás que intentar algo más que hacerme cosquillas, si pretendes comerte mis intestinos. – Escupió y el acido de su saliva cegó a su oponente.
Vlaya gritó en su antigua y remota lengua, no solo de dolor, de desesperación, todo estaba perdido. Sentía en la lejanía agotarse a su amado sin remedio y no había manera de dar vuelta atrás a lo que había sucedido, el hechizo del fuego y la sangre ligaban para toda la vida. Lo único que le quedaba era vengarse, pero la certidumbre del fracaso mermaba sus fuerzas. Intentó a ciegas arañar, golpear, morder. Pero todo fue en vano, lenta pero inexorablemente, golpe tras golpe se sumió en la inconsciencia. Pero el sueño eterno de la muerte no le sobrevino hasta más tarde, cuando a través de una nube sintió como abrían en canal su abdomen y los fluidos vitales la abandonaban mientras el engendro humano masticaba sus tripas.
El.la cortó con sus afilados y nuevos dientes, masticó y saboreó satisfaciendo así la voraz hambre que la embargaba. Por primera vez en su vida se sentía tranquila y satisfecha. Buena parte del miedo que había experimentado durante toda su existencia había desaparecido, se sentía fuerte, segura, capaz de cuidar de ella misma y le gustó. Dio otro mordisco y se fijó en lo que estaba comiendo, ¿qué era aquello? Escupió horrorizada y sintió arcadas. ¿Qué estaba haciendo? Matar… podía soportarlo, pero aquello… Dio un paso atrás y echo a correr. Salió de la casucha del herbero y corrió, corrió sin rumbo llena de horror hasta que no pudo más y se derrumbó inconsciente en mitad de la calle.


La luz de la mañana la despertó, desorientada se incorporó a medias ayudándose con las manos. ¿Qué hacía tirada entre el barro y la basura de aquella callejuela? Se esforzó y los recuerdos empezaron a acudir a su mente. La salida de la ciudad-palacio en busca de información sobre el amuleto, el herbero que intentaba estafarla, Gibrahim… , miró inquieta a su alrededor , y fuego, mucho fuego. Recordó estar envuelta en llamas, pero aquello no podía ser, debería estar muerta o totalmente desfigurada y estaba intacta, la larga melena seguía cayendo sobre sus hombros, y salvando unas ligeras marcas rojizas que alcanzaba a ver entre el hombro y la clavícula izquierda, su piel no tenía ni un rasguño. Es más, jamás se había sentido tan sana y llena de vigor. Se incorporó sin esfuerzo, estaba completamente desnuda, ni ropa, ni capa, ni amuleto, ni siquiera zapatos.
Lo prioritario era proveerse de algo con lo que taparse y salir de allí.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Lun Ene 11, 2010 4:33 pm 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Vie Ago 15, 2008 3:27 pm
Mensajes: 2269
Ubicación: Estigia
Desconectado

II Ronda. Karnak.


El guardia de la puerta se hizo a un lado para dejar pasar a la numerosa tropa a caballo. El sargento que se encontraba un poco apartado, realizó una reverencia repleta de sumisión. Los jinetes atravesaron el portalón e ignorando a los guardias se dirigieron a la ciudad amurallada a través de las estrechas calles de Ansur-Resses.
En las puertas de la Ciudad-Palacio, en el segundo perímetro de murallas, tampoco fueron interceptados. Cinco jinetes al mando de un oficial les esperaban y tras los saludos de rigor, la tropa los siguió a través de los pasadizos y callejuelas que convertían el recinto palaciego en un auténtico laberinto. Llegaron al fin al Salón de Audiencias del propio Ansur-Resses, dejaron los caballos al cuidado de unos pajes y atravesaron las puertas. La sala era inmensa, de techo alto y abovedado, salpicado de columnas labradas. Las paredes mostraban unos maravillosos frisos que representaban escenas de batallas. Al fondo de la estancia, a más de cincuenta metros se observaba un catafalco finamente decorado rodeado por una miríada de sirvientes que pululaban alrededor. Los jinetes, con el casco bajo el brazo, avanzaron resueltos. Sus botas de cuero tachonadas de hierro, retumbaban sobre el delicado mármol del suelo. Al aproximarse al pequeño trono alzado, los sirvientes se abrieron a los lados dejando un amplio hueco. La tropa sacó sus espadas del cinto y las levantaron sobre sus cabezas, seguidamente hincaron una rodilla mientras clavaban la punta de sus espadas en el mármol y bajaban la cabeza sumisos. Solo uno de ellos permaneció en pie, inclinó su cabeza respetuosamente y dijo:

—Ansur, los dioses te bendigan con una amplia descendencia.
El propio Ansur-Resses, se levantó del sillón y alzando los brazos exclamó:
—¡Primo!, me alegra que hayas llegado —y bajando los escalones del estrado se abrazaron.


Un grupo de harapientos mendigos se encontraba en la ciudad baja rebuscando entre un montón de cajas y escombros. De pronto uno de ellos lanzó un alarido y se desplomó de espaldas. El resto acudió a mirar, unos pensando en que había descubierto un tesoro, el resto por simple curiosidad. Sin embargo solo fueron capaces de descubrir los restos medio podridos de un horrible ser, tal vez un monstruo infernal, como los que anuncian los eremitas en la Plaza del Mercado, que acudirian a limpiar el pecado y la lascivia de la ciudad de Ansur-Ressees.

—Esta mañana un grupo de mendigos ha encontrado el cadáver de otro ser monstruoso oculto entre escombros. —El capitán de la guardia informaba al Pretor, el máximo responsable de la seguridad de la ciudad, que escuchaba atentamente—, es idéntico al que encontramos hace cuatro días entre los restos humeantes de la casa del herbero.
El Pretor no dijo nada, el capitán continuó:
—Los eremitas, profetas e iluminados continúan inflamando a los ignorantes y crédulos que se detienen a escuchar sus sermones en la Plaza del Mercado. Desde esta mañana han aumentado los motines en distintas partes de la ciudad. Muchos proclaman la llegada del Armagedón, que ha sido profetizado como castigo de los dioses a los pecadores que supuestamente inundan la ciudad. Pecadores que son casualmente: comerciantes, usureros, nobles y todo aquel que disponga de un cierto estatus ciudadano. Han saqueado varios comercios, apedreado a mujeres y efebos en el barrio de Poniente y en la zona extramuros incluso se han incendiado varias casas. Ha habido más de treinta asesinatos en tres días en alguno de ellos los cadáveres han sido horrorosamente mutilados y devorados. Cualquier excusa es válida para linchar a alguien; basta con gritar fuerte y proferir acusaciones sin fundamento para enaltecer a la turba.

El Pretor dio instrucciones al capitán de la guardia, mantener el orden y reprimir con dureza cualquier alteración del orden. Prometió más refuerzos y se encaminó rápidamente al recinto de Palacio. No consiguió llegar. Tres calles más allá, un grupo de exaltados lo tiró del caballo y lo mató a palos. Los tres soldados de su escolta no corrieron mejor suerte.


El.la se encogió y ocultó su cara entre las rodillas intentando camuflarse entre las sombras de la noche. Después de acabar con el jinete y su escolta, la turba continuó su destructiva marcha apaleando a todo transeúnte que se encontraban y engrosando sus filas con los mendigos y descontentos que se iban encontrando a su paso. Llevaba tres días ocultándose entre las estrechas callejuelas, temiendo que alguien la reconociera como sobrina del Conde de Alghart. Sin embargo, su aspecto no era precisamente el de una noble. Todo su cuerpo estaba cubierto de mugre, su vestido era poco más que harapos, el pelo desgreñado y sucio. La lucha por su supervivencia los últimos tres días, le había costado arañazos por todo el cuerpo, algunos profundos y muchas contusiones a consecuencia de varios encuentros con los amotinados. Además aún no entendía como había conseguido sobrevivir al ataque del monstruo con tan solo unos pequeños moratones. Había perdido la consciencia en el momento en que la casa del herbero comenzó a arder. Esa misma tarde intentó regresar al Palacio de Ansur-Resses, pero la guardia la echó confundiéndola con una simple prostituta. Estuvo un par de días aguardando a las puertas del recinto amurallado, por si veía salir a Valesso o incluso al propio Ansur. Pero luego hubo de retirarse a la parte baja de la ciudad, cuando comprobó que la turba tenía especial predilección por apalear a los que se encontraban cerca de las murallas de la ciudad interior. El.la no comprendía del todo, qué estaba ocurriendo por la ciudad. Poco a poco la gente se había ido alterando, hablaban de monstruos terribles que deambulaban de noche por la ciudad, buscando a los pecadores y acabando con ellos. Los dos últimos días los motines habían aumentado, a la par que el descontento de muchos ciudadanos, los apaleamientos eran contínuos y ya había contemplado algún que otro linchamiento. Una voz rugió a su lado: —¡Hola guapa! ¿Estas sola?—.

El.la sólo tuvo tiempo de ver una cara sucia y barbuda con los ojos inyectados en lujuria que se abalanzaba sobre ella. Luego perdió la consciencia.



Los alaridos del prisionero se oían hasta en las cocinas, dos plantas más arriba. Pero es que el torturador se estaba esmerando especialmente, se trataba de un asunto particular que interesaba al gobernador de la ciudad. En la estancia, además del torturador y su cliente, se encontraban el Conde de Alghart y el propio Ansur-Resses. El prisionero, atado con cadenas a la pared del calabozo era el propio Valesso. Su aspecto tras el ataque de los forajidos que le costó la mano era saludable comparado a cómo se encontraba ahora. Su cuerpo completamente desnudo estaba cubierto de sangre, tenía cortes poco profundos en la cara, el cuello y el pecho; sus piernas habían sido molidas a palos y le habían arrancado un dedo de su única mano. Aún así el pobre desgraciado aún mantenía la consciencia. Escupió un coágulo de sangre y balbuceó:
—No sé donde está, lo juro, hace tres días que se marchó y no ha vuelto. Dijo que iba a la ciudad, que había quedado con un herbero. Pero no volvió. No he vuelto a saber nada de ella.
El Conde retrocedió unos pasos y se apoyó en la mesa donde el torturador tenía desplegado su sangriento material.
—Valesso. He confiado en ti, te recogí cuando eras un niño y te revolcabas por el fango junto con los cerdos que cuidabas. Te alimenté y te vestí, te ascendí en mi guardia personal. Confié plenamente en ti. ¿Y como me pagas?, —la cara del Conde era una máscara de odio—. Sólo tenías que escoltarla hasta Cuogam, donde contraería matrimonio. Pero en lugar de eso te la has estado montando, ¡a mi sobrina!, y por si fuera poco te has ofrecido a Ansur como mercenario. ¡Has mancillado mi honor y me has traicionado!

Valesso, alzó la cabeza. Miró al Conde de Alghart, y le lanzó un escupitajo escarlata. El Conde se volvió rojo de la ira, agarró un hierro largo de la mesa del instrumental y comenzó a golpear furioso a su antiguo sirviente. Lo golpeó hasta que cayó inconsciente. Ansur-Resses le puso una mano en el hombro y lo acompañó fuera de la celda.

—¿Qué hago con él?. —Preguntó el torturador señalando el cuerpo inerte de Valesso.
—No quiero volver a verlo. —Dijo el Conde sin volver la cabeza.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. —Replicó el Gobernador. --- No te preocupes primo, enviaré soldados a buscarla por las calles de la ciudad, removeremos piedra por piedra hasta dar con ella, esté donde esté.
– Seguro que estará metida en la cama del primer buscavidas que se encontró en cuanto abandonó tu palacio. El.la siempre ha sido así, el desgraciado de Valesso solo fue el último de una larga lista de amantes. Esta furcia llegó a acostarse con su esclavo. Y la muy estúpida pensaba que no yo sabía nada, y estaba al corriente de todas y cada una de sus correrías. No había nada que la hiciera disfrutar más que manchar su reputación y mancillar el honor familiar. Por eso la prometí a ese sureño criador de cerdos, para perderla de vista. Ni siquiera pensaba acudir a su boda. Pero te prometo que como la encuentre, acudiré a su funeral.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------

El vagabundo dudó unos instantes. La mujer parecía sola y aterrorizada, o había tenido esa impresión después de haber estado un rato observándola. Se había mantenido apartada del gentío, caminaba pegada a las paredes y con la cabeza gacha. Además, debajo de los harapos que llevaba por ropa, se intuía un cuerpo repleto de insinuantes curvas. Parecía que era un asunto fácil, como los otros; un bofetón para relajar su resistencia, arrastrarla a un callejón oscuro por el pelo y arrancarle la ropa antes de violarla. Y si gritaba en exceso retorcerle el cuello. Al principio pareció incluso más fácil que en ocasiones anteriores, pues nada más verlo la chica se desmayó. Fue fácil arrastrarla a un callejón oscuro. Pero al empezar a quitarle los harapos que vestía, despertó. Y su mirada tenía un destello de burla, o de desdén, o más bien de crueldad. Pensó en borrarle la sonrisa a base de golpes. Pero fue lo último que pensó. La chica levantó suavemente su mano derecha y lo agarró por el cuello, comenzó a apretar fuertemente hasta que le arrancó la tráquea. El desgraciado vagabundo murió con la sorpresa en su mirada, sin emitir ni un sólo quejido.

El.la sació su hambre con la carne de su atacante. Devoró sus entrañas y machacó sus huesos para sorber la médula. Cuando se hartó dejó los despojos a las ratas que se habían congregado a su alrededor. Se sentía plena de energía, una energía mística, antigua, esplendorosa, que la hacía rebosar de vitalidad y de fuerza. Se sentía capaz de cualquier hazaña. El espírtu de Vilat se fue apoderando del cuerpo de El.la. Los símbolos del talismán que habían quedado grabados a fuego en su pecho, destellaban entre las sombras. Se irguió lentamente y sintió estirarse toda su poderosa musculatura, la sangre bombeada por el corazón recorriendo sus venas. Sus pupilas captaban todos los detalles de su alrededor, atravesando las sombras como si estuviera en pleno día. Sus oídos captaban susurros procedentes del otro lado de la calle. Y su sentido del olfato desplegaba ante ella una amplia variedad de olores: desde el ocre olor del miedo, hasta el dulce olor de la sangre de los humanos. Pero sobre todos, se imponía el hedor de la muerte, omnipresente, flotando por todos los alrededores y desplegando sus tentáculos helados sobre las almas de sus víctimas. Era el hedor de la muerte de su amada, que desplegaba las alas de su venganza sobre toda la raza humana. Lanzó un rugido a la noche y comenzó a cazar.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Mar Ene 19, 2010 12:58 am 
Avatar de Usuario

Señor de la guerra
Registrado: Mié Ago 20, 2008 11:28 am
Mensajes: 1611
Desconectado

Segunda ronda: Eloy.

El capitán de la guardia golpeteaba nerviosamente con sus botas el suelo de mármol del Salón de Audiencias de Ansur-Resses. Acababa de informar al soberano de la súbita muerte del Pretor a manos de unos alborotadores y temía ser objeto de una de sus legendarias explosiones de ira. Su señor, sin embargo, continuó acariciándose la barba cana con sus dedos enjoyados mientras se erguía levemente del sillón para observarle mejor. Sentado junto al monarca, se hallaba su primo Nobir, conde de Alghart, quien también empezó a mirar al capitán con ojos curiosos.
—Desgraciadamente para ti, ya estaba informado de ese incidente —dijo Anssur. —Una gota de sudor perlado empezó a resbalar por detrás de la oreja del capitán—, pero prosigue, lo que quiero es saber la identidad de quien está detrás de todo esto.
El guerrero siguió hablando con voz trémula:
—Los mendigos y los refugiados que se amontonan al borde de la Muralla Exterior, hablan de un santón que conoce la voluntad de los dioses y al que siguen los hombres. Se hace llamar El Profeta Rojo, aunque hay quienes aseguran que su verdadero nombre es Samalkhán. Dicen que es un individuo de estatura prodigiosa, que sus ojos son despiadados y que, cuando la ira le embarga, su voz ruge como una tormenta del desierto. —Al escuchar las palabras del capitán, un ligero estremecimiento recorrió la espalda de Anssur, cosa que no pasó inadvertida a los ojos del conde. Poco después, cuando estuvieron solos, Nobir le dijo:
—La situación se está volviendo insostenible, mis hombres creen que la muchedumbre exaltada no tardará en llegar a estas puertas. —Sus manos se abrieron en el aire para señalar los muros del palacio—. Así pues, te sugiero que negocies cuanto antes con ese agitador. Ofrécele lo que quiera, buscará el oro, como todos.
Pero Anssur, su voz quebrada por vez primera en veinte años, le contestó:
—Créeme, primo, antes preferiría negociar con todos los demonios principales del infierno. No, a Samalkhan no le interesan las cosas de este mundo, lo único que quiere es tener mis tripas colgadas de su cinturón.

***
—¡Más aprisa, perros! ¡Dentro de poco se pondrá el sol y el Amo quiere que todo esté a punto para esta noche! —La voz procedía de una figura masculina ataviada tan sólo con unos pantalones bombachos y unas babuchas. Era alto, tenía las espaldas anchas y en su mano derecha portaba un largo látigo de cuero negro salpicado de manchas secas del color de la grana. Los improperios que lanzaba iban dirigidos a un grupo de hombres y de mujeres de aspecto sucio que, puestos de cuclillas en el suelo, se afanaban por colocar los últimos remaches de un pedestal de madera situado en medio de la Plaza del Mercado.
De píe, a unos cincuenta pasos frente a la plataforma, seis hombres semidesnudos de tez bronceada, cargaban sobre sus hombros un palanquín cubierto de sedas exóticas de tonos lapislázuli y azafrán, que destacaba entre la muchedumbre de mendigos y ladrones que abarrotaban la plaza como lo haría una rosa en un estercolero. Parcialmente reclinado en los cojines de raso del interior, un individuo vestido con una túnica color índigo, observaba toda la escena por encima del velo dorado que ocultaba a medias su rostro. Mientras lo hacía, Samalkhan repasaba los acontecimientos recientes. Desde que había llegado a la ciudad en busca de su enemigo, cuatro días atrás, todo estaba funcionando según sus planes. Llevaba años estudiando el actual trazado de su ciudad, el tipo de personas que ahora la habitaban, la calidad y la cuantía de sus defensas y, por supuesto, las rutinas y el estilo de vida de esa rata miserable llamada Ansur-Resses. ¡Y pensar que veinte años antes le había llamado hermano! Pero eso fue cuando ambos lucharon codo con codo para derrocar al anterior monarca; Ansur, comandando a su tropa de mercenarios con mano de hierro y él, abriendo las puertas del destino más favorable para ellos mediante sus artes mágicas. Aún recordaba con extrema claridad, el momento en que Ansur, arrancando la corona de la cabeza muerta del rey, la ciño en la suya con un gruñido de triunfo. Recordaba también su mirada de lobo y cuales fueron las palabras que le dirigió entonces “Ahora te pagaré como te mereces, aunque dudo que puedas sobrevivir a tu propia recompensa” Lo siguiente fue dolor, un dolor ardiente que casi le había matado y que aún hoy, hacía que tuviera que ocultar sus marchitas facciones de la mirada de los hombres. Pero, pese a los deseos de Ansur, sobrevivió y logró escapar y ahora estaba allí para encontrarle y recuperar la ciudad que le pertenecía por derecho.
Veinte años de odio, veinte años para aprender las brujerías que rompen el hueso y rasgan el alma. No le costó tanto reunir a los supervivientes de aquellos que le eran fieles. La mayoría de ellos, incapaces de abandonar el desierto, habían estado malviviendo en él como bandidos a costa de las caravanas del mismo Ansur-Resses. De esos hombres, apenas quedaba vivo un puñado, pero uno de ellos era el jefe de la facción de bandidos más poderosa del desierto y bajo su mando, un centenar de espadas podía brillar en la noche si era necesario.
Nadie sabía de su existencia salvo su discípulo Kobaro, que se había instalado como herbero en la ciudad baja el año anterior y que llevaba meses informándole de todo cuanto acontecía entre sus muros. Gracias a él, supo que en la última década, su enemigo había pasado de ser un monarca respetado y temido, a un tirano odiado por el pueblo. Por esa razón, durante los últimos días, sus negras artes se habían abierto paso con tanta facilidad a través de las almas de los desheredados y los descontentos. Sin embargo, la locura antinatural que se estaba apoderando de las calles no iba a durar mucho sin algo tangible que la alimentara. Así pues, Samalkhan necesitaba un golpe de efecto y esa misma noche lo iba a tener. Y mañana, mañana se ocuparía de lo que le había contado Kobaro, porque si eso era cierto, tal vez podría utilizar a aquella criatura para sus propios fines…

***
El sol había recorrido la mayor parte del cielo cuando El.la abrió los ojos. Estaba acurrucada de costado sobre un montoncillo de esteras de color desvaído situadas, junto con otros muchos fragmentos de tela, en el fondo de un oscuro callejón. Por todas partes la rodeaba un olor repugnante, como de animal muerto, que le hizo sentir arcadas y la impulsó a salir de allí cuanto antes. Se incorporó a medias; sus manos arañadas y lo que quedaba de sus ropas, estaba manchado de pequeños cuajarones de una sustancia viscosa de olor dulzón. Al acercarlas a sus fosas nasales, docenas de imágenes atropelladas asaltaron su mente: pasos-adoquines-guardias- asombro-zancadas-latidos-salto-gritos-embestida-miedo-desplome-garras-dolor-fauces-pánico-sangre-silencio. Se sintió horrorizada y culpable, pero sobre todo, presa de un dolor de cabeza tan intenso que le impidió ponerse de pie. La vista se le nubló por un instante y tuvo que apoyarse en el suelo con una mano para no derrumbarse. En su cabeza resonaba, in crescendo, un cántico indescifrable:

Vlailat
Vilaya
Yalavi
Vlitaya
Tlaliva
Yaliva
Vlatali
Vlatali

El cántico continuó restallando en sus oídos cada vez más rápido y empezó a acompañarse de una sucesión de imágenes de un color tan brillante que estuvieron a punto de enloquecerla. Incapaz de soportar la tensión por más tiempo, El.la se desvaneció.

***
Amor mío ¿Cómo ha podido suceder esto? —La voz del-ser-que-había-sido-Vlaya se desgajó en cientos de diminutas ascuas brillantes que iluminaron por un momento, la oscuridad del No-Lugar donde se encontraban. Frente a ella, estaba Vilat, que en aquella pequeña dimensión, había adoptado la forma de una columna de piedra esmeralda jaspeada con manchas de color azul.
La voz, flotó despacio por el aire denso del No-Lugar hasta llegar a la columna que era Vilat y, una vez a su lado, depositó en su superficie un susurro iridiscente a modo de beso de reencuentro. La mole pétrea, sonó entonces con un rumor profundo como el de un gigantesco carillón, cuyas reverberaciones se extendieron hacia el cielo, hasta tocar el techo de la bóveda que marcaba los límites del No-Lugar.
¡Qué curiosos son estos humanos! Malgastan su vida buscando el reconocimiento de los demás y a alguien que les complete, cuando en cada uno de ellos está la clave para llegar a la plenitud. Vlaya y Vilat, unidos en un arpegio de tonos entusiasmados, reflexionaban sobre la paradoja de su destino. Como cualquiera de los Yasshh´ai, su motivo de existir era encontrar a aquel otro de su especie con el que pudieran fundir sus almas en un abrazo incandescente que les condujera al siguiente plano de existencia. Lo que para la mayoría de sus congéneres era una búsqueda rutinaria, para ellos, había resultado ser un largo y áspero camino plagado de peligros y dificultades de todo tipo. Habían pasado más de mil años desde que supieron que eran los últimos de su especie y que su destino y única salvación era encontrarse. Desde entonces, su vida había estado a punto de extinguirse varias veces pero siempre habían seguido hacia delante. En el final de su ciclo, con las fuerzas mermadas por la edad, habían logrado reunirse en una colmena de humanos e intentar el ritual de fusión aprendido de sus antepasados. Pero entonces, para desesperación de Vlaya, una hembra humana se interpuso en su camino y engulló la esencia de su amado y más tarde, también la suya, creando una situación sin precedentes. Ahora, los últimos Yasshh´ai estaban por fin juntos, pero no donde ellos pensaban ni de la manera en que habían soñado, sino alojados en el No-Lugar y despojados de sus envolturas físicas.
Nadie nos explicó que pudiera hacerse de esta forma —Retumbó Vilat, con un eco de duda.
Porque nadie lo supo nunca. Pero algo me dice que se debe a que esta hembra humana posee en su interior la llama necesaria para trascender y viajar al siguiente plano. —Dijo Vlaya con su voz revoloteando alrededor de la columna.
—¿Puede ser eso posible? — Desde el interior de la piedra surgió un tañido de incredulidad tan intenso que hasta las vetas de la superficie parecieron ensancharse.
Si no la tuviera, nosotros no estaríamos aquí. Aunque no dispongamos de nuestros cuerpos, conservamos nuestra esencia, así que aún podemos llegar hasta Allí
Entonces hagamos el ritual. Es nuestra única oportunidad —Contestó Vilat.

En ese momento, los espíritus que antaño pertenecieron a Vlaya y a Vilat, entonaron un cántico tan antiguo como la lluvia y los mares. Ella, lo hizo con una voz tan leve como el vuelo de un insecto; pero él utilizó una serie de sonidos cadenciosos más parecidos a la risa de las olas o al lenguaje de las mareas. Tras un periodo de tiempo en el que el cántico se extendió y cubrió con sus matices todos los rincones del No-Lugar, ya no hubo más Vlaya ni tampoco Vilat. En su lugar, brotó una figura de luz llameante que fue creciendo y creciendo hasta tomar la forma de una gigantesca criatura con forma de pájaro y rasgos marinos: su cabeza y su pico, así como sus patas, eran como las de un águila majestuosa, pero su cuerpo, en lugar de plumas, estaba totalmente cubierto por miles de escamas pintadas con todas las tonalidades del verde y el azul. En donde deberían de haber estado sus ojos, los cuatro iris de color tornasolado que adornaban su cabeza se abrieron al unísono, mirando en todas direcciones.
Completada la metamorfosis, Vlailat-El-Iridiscente, el último de su especie en abandonar este plano, batió el aire con sus alas poderosas y levantó el vuelo en dirección a la bóveda del No-Lugar. Al llegar a lo alto, golpeó con su pico la corteza oscura que formaba el techo de esa dimensión hasta que abrió una brecha suficiente para dejar pasar su enorme corpachón. Arriba, le esperaba un cielo bermellón repleto de luces doradas en movimiento.
¿Pero ¿Qué pasará con la hembra humana? También ha iniciado una búsqueda —dijo una voz dentro de su cabeza— Sin ella, nunca lo hubiéramos conseguido. Merece algo a cambio.
Sin dejar de volar, Vlailat arrancó una de sus escamas con el pico, inspiró profundamente y la envió hacia abajo con un potente soplido. La escama, de un color turquesa brillante, planeó durante cientos de metros hasta desaparecer en la oscuridad. Cuando desapareció de su vista, El Iridiscente atravesó la abertura hacia el cielo y hacia la eternidad.

***
A un mundo de distancia, una mujer volvió a abrir los ojos. Ya era de noche y estaba encogida de costado contra el suelo mugriento y frío del callejón. Se levantó sin vacilar. Sus manos y su cuerpo seguían teniendo restos pegados de sangre seca, pero eso ya no le importaba lo más mínimo. Flexionó los brazos y las piernas y no sintió ningún dolor, es más, se sentía relajada y fresca como si hubiera dormido durante un día entero. En su mente pervivía aún el recuerdo de unas palabras extrañas; Vlatal o Vlailat, o algo parecido. ¿Qué podía significar eso? La verdad es que le daba igual. Lo único importante para ella ahora era encontrar a Valesso. Algo en su interior le decía que lo conseguiría más pronto que tarde y que ni mil exaltados armados hasta los dientes serían suficientes para apartarla de su objetivo.


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
 
NotaPublicado: Vie Ene 22, 2010 10:38 pm 
Avatar de Usuario

Monarca
Registrado: Jue Jul 31, 2008 11:49 am
Mensajes: 5078
Ubicación: Madrid
Desconectado

2ª ronda: Mefistófeles

Se deshizo de sus ropas sucias y echas jirones, y tomó trozos de los que había en el callejón para cubrirse... ¡qué lejos estaba aquella El.la tumbada entre sedas y abanicada por esclavos, comiendo capón relleno entre el arullo de sus pretendientes! Ya nada de eso la importaba. Ni la desnudez, ni ninguna otra cosa. Sólo Valesso.

Olfateó el ambiente en busca de su amado (¿olfatear?) y encontró su débil rastro mezclado con el de restos descompuestos de animales, heces y orines, algún pastel caliente, cal y sudor de distintas especies. Descalza y paseando sobre montones de cosas que deberían haber atravesado su delicada piel, atravesó los más sórdidos rincones de la ciudad sin apartarse de aquello que la guiaba. No sabía cómo podía rastrear como un perro de caza, ni porqué se sentía como una imparable depredadora rodeada de seres menores: sólo la búsqueda merecía su atención.
No era la única que se daba cuenta de su extraña capacidad: nadie la molestó en su tránsito, pese a la espléndida y sucia cabellera roja que ondeaba en su carrera, pese a que su cuerpo destellaba desnudo a cada momento. Ni rufianes malencarados, ni soldados sobre sus monturas, ni esos extraños corrillos de harapientos que había, murmurando, por doquier. Nadie la molestó y más de uno se apartó de su camino.

Suponía que se trataba de lo mismo que le ocurría en esos extraños periodos en los que perdía el control de sí misma y despertaba cubierta de sangre, meditaba mientras pasaba entre las chozas de adobe y paja... por una parte le producía una sensación de euforia por la libertad que le permitía, por otra un desasosiego ominoso debido a que entendía que nada de esto procedía, en verdad, de ella.

A lo lejos, entre los tejados bajos de las casas, empezó a verse la muralla de la ciudad interior, en la que se alojaba el palacio: era lógico que Valesso se encontrara allí. Pero, por otra parte, se apercibió de que su olor no llegaba limpio como el del niño que fue, como el del amante que deseaba tener: olía mal, a mancillado, a contaminado... achacó este leve hedor al resto de los efluvios que la rodeaban: el de los charcos de barro y orines que pisaba, el de los animales muertos y caídos en los rincones, entre nubes de moscas.

Había comprendido que debían marcharse de allí. Antes o después (y seguro que ya había ocurrido), Ansur-Resses se pondría en contacto con su tío para comunicarle que ella estaba allí, bajo su tutela. Las palomas volarían y la información también, y su boda apenas prorrogada volvería a convertirse en algo que temer. Debían abandonar la capital, entonces.... pero, ¿dónde? Toda la nobleza de las regiones más próximas la conocía y también comunicarían su aparición; y la de zonas más alejadas la tendrían por una farsante. Por otra parte, casi todas sus riquezas se habían quedado en palacio o perdido en los asaltos del camino. No sabía qué harían, pero El.la no tenía intención de trabajar la tierra para alimentarse.

Las murallas se alzaron ante ella, imponentes y coronadas por hileras de saeteras para los arqueros; aquí ya no se oían los murmullos de la turba, que parecía particularmente inquieta hoy. Para su asombro, el rastro no la llevaba dentro de la ciudad, sino a lo largo del muro, siguiendo su perímetro. El olor cada vez llegaba más deteriorado, más próximo pero menos nítido, y mezclado con el de una podredumbre abrumadora. En realidad, suponía que aunque no gozara de este extraño sentido del olfato, podría notar el olor a podrido.

Continuó corriendo junto a la fortificación, ahora sin nadie en las proximidades: los arqueros debían tirar a los que se aproximaran... aunque a ella nadie le disparó. Continuó corriendo y corriendo, hasta que al girar a lo largo del muro, casi se estrelló contra un contrafuerte de la estructura. Detrás había algo malo... allí, detrás era donde olía a podrido, donde estaba Valesso.

Temblando de miedo (por primera vez en bastante tiempo), se asomó y vio que era lo que temía: a unas varas de altura, una puerta en el vacío se encontraba cerrada: la salida de las mazmorras. Y en el suelo, ante ella, los restos de aquellos que fueron arrojados de ellas: cadáveres desfigurados de delincuentes y traidores, que estaban siendo devorados por una jauría de sarnosos perros callejeros.

Un nudo se le formó en la garganta... ¡Valesso! Con unas fuerzas que no eran suyas, apartó un cadáver del montón, luego otro, luego una mano, luego se desgarró una pierna de otro desgraciado...

Los perros que veían que alguien competía con ellos por su presa, la gruñeron e incluso uno llegó a morderla tras arrojarse contra ella, pero sus débiles dientes no podían nada contra su endurecida piel... y cayó aullando con la mandíbula fracturada. Los demás aprendieron con el ejemplo, y esperaron el momento de comer retirados.

¡Valesso!

Otro cadáver, otro. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, las moscas se introducían en su nariz.

¡Valesso!

Y, al fin, encontró lo que buscaba. Los restos del único hombre al que había amado, los restos del hombre al que más había hecho sufrir.

-¡¡Noooooo!!

Se tiró de los pelos, se arañó la cara. Su piel cedió bajo las uñas, la sangre corrió roja por su tez... ya nada importaba.
Ahí estaba, caído, joven y hermoso. Desnudo como estaba, vio que había sido torturado con saña: sus miembros estaban doblados en ángulos repugnantes, su cara reflejaba un sufrimiento extremo. Apenas había un ápice de su cuerpo sin heridas...

-¡¡Noooooo!!

Cayó sobre el frío cadáver, sobre lo único que le importaba en esta vida. ¡¿Cómo podía ser así?! ¿Cómo podía sentirse tan vacía? ¿Cómo podía vivir tras esto? “Dioses” pensó “malditos seáis. Malditos seáis por hacerme sufrir así, por haberme condenado de nacimiento a una existencia que no merece ser vivida”

Ordenó los cabellos lacios, limpió su cara fría gracias a sus propias lágrimas, que caían incontroladas sobre el rostro de su amor. Lo daría todo por que Valesso estuviera con vida... todo.

-Valesso -musitó a su oído- mi amor, mi amor verdadero. No te voy a dejar aquí, no te voy a dejar. Y... ¿sabes qué? -un sollozo subió por su garganta cuando el nudo no le permitió hablar- creo que estoy embarazada. Embarazada de ti.

Un brusco soplo de aire fresco llegó, y se llevó el olor a podredumbre. El.la sintió frío, y las piedras se clavaron en sus rodillas y en sus pies. Las heridas de estos días le escocían, y una angustia y un miedo poco antes desconocidos la hicieron temblar en un incontrolado escalofrío.

Algo había ocurrido. Pero, ¿el qué?

Algo rozó su mejilla y abrió los ojos. Valesso, pálido y sucio, la miraba desde unos ojos entreabiertos. Sus miembros parecían normales ahora, su glorioso muñón acariciaba su cara:

-¿Qué has dicho? -preguntó el que fue su capitán, con una voz casi inaudible.

-Que espero un hijo tuyo -respondió, antes de darse cuenta de que había hablado.

Sobre el pecho del soldado, una hermosa y extraña escama de color turquesa, refulgió un instante y luego fue mutando su color hasta el gris. Algo había pasado en este mundo, algo que nunca conocería y que jamás volvería a ocurrir.

***

-Y... ¿cómo vais a hacer para solucionar este problema, si vuestra guardia decís que vale de poco en este caso? -inquirió Nobir, el conde de Alghart, levantando sus labios del fresco vino.

-Oh, primo, no te inquietes. Estás a salvo, tú y tus hombres -sonrió Ansur-Resses, mientras miraba apreciativamente un grueso dátil.

Nobir señaló a su alrededor, a los tapices que los rodeaban: -Tu fuerza, la que te ha convertido en el más poderoso de entre los señores de estas tierras, ha sido siempre su ejército y tu capacidad como estratega. Si tú mismo opinas que ni las murallas ni las lanzas detendrán al Profeta Rojo... ¿qué harás entonces?

Ansur se acomodó aún más entre cojines y saboreó el dátil antes de continuar:

-Llevo tantos años como tú en el trono. Ambos sabemos que la estabilidad lo es todo... los campesinos se aparean y prosperan, los mercaderes llenan sus arcas, los jóvenes piensan que el ejército es algo glorioso y las muchachas bailan felices en las fiestas... y todos ellos pagan sus impuestos, contentos porque la vida les sonríe.
El conde esperó, un poco cansado de la retórica de Ansur. Sabía que nunca hablaba sin razón, pero odiaba que le hiciera esperar sólo porque podía hacerlo.

-...así que hay que eliminar los elementos indeseables, los alborotadores.

-¿Como Samalkhán?

-Exacto. Tiene más apoyos entre la turba, pero caerá igual que tantos otros.

-Pero... -Nobir dejó su copa vacía en una pequeña mesa con incrustaciones de lapislázuli y nácar- si no pueden enfrentarse sus tropas a él... ¿cómo lo harás?

-Asesinos, primo -respondió con condescendencia el monarca- Tengo una docena de bien entrenados asesinos infiltrados entre el pueblo. Alguno es un panadero, otra es prostituta, otro un sacerdote, quizá un mendigo... todos saben matar y preparar sus propios venenos. Y todos saben que vivirán entre riquezas el resto de sus vidas si cumplen con su cometido.

El conde rebulló en su silla, inquieto. Eso podía indicar que podía tener infiltrados en su propia corte... tendría que hacer investigaciones al regreso.

-Ya ha llegado una orden a todos y cada uno de ellos: deben morir estas personas... Samalkhán y tu sobrina.

-¿El-la? -preguntó sin denotar asombro, mientras sorbía de la nueva copa que acababan de servirle -ella es mía.

-Sí, lo entiendo, primo... pero no nos interesa que alguien con sangre azul se alíe con el Profeta. Podría dar rasgos de respetabilidad a la rebelión.

-No me parece bien. Captúrala y seré yo quien la mate.

-Te compensaré, primo -respondió Ansur, cruzando indolentemente las piernas -¿qué te parece el control de la atalaya del Erial de Pkojir?

-Hum... inteserante. Eso y que la próxima fiesta de los dioses perdidos se celebre en los templos de Alghart.

Ansur sonrió: -Hecho.

***

Temblando de emoción y de alegría, El.la ayudó como pudo a Valesso a levantarse. Pese a estar con vida, estaba tan débil que tardó bastante en ponerse a cuatro patas, otro tanto en incorporarse. Y, al darse la vuelta para alejarse de allí, se encontró con que alguien les estaba observando: desde una oscura calleja, lejos de la muralla, dos hombres les miraban y cuchicheaban, señalándoles. Uno de ellos era alto, vestía una túnica color índigo y parecía ser superior al otro, que se inclinaba con frecuencia ante él. Además, tenía un extraño velo que tapaba su cara... pero no había dudas, sus formas eran las de un hombre. El que estaba a su lado era... ¡el herbero al que había llevado el medallón!

-¡¿Qué queréis?! ¡El infierno os lleve a los dos! -les espetó, con pocos deseos de distraer su atención de su amado.

El herbero se acercó a ella, mirando con suspicacia los puestos de los arqueros:

-Acompañadnos, señora, os lo ruego. Su tío y Ansur-Resses han decretado su muerte y la de su... compañero. Con nosotros estarán a salvo.

Poco convencida, asintió. El.la había perdido esa extraña energía y volvía a ser vulnerable, y Valesso quizá tardaría semanas en recuperar sus fuerzas. Pero, cuando llegó a la altura de la figura de la túnica índigo, bajo las sombras de los tejados, irguió la cabeza y le miró con ferocidad:

-¿Quién sois? ¿Por qué albergáis a fugitivos? Habéis de saber que en Alghart poseo una cierta influencia.

Una risa cascada surgió tras el velo, y una voz baja y desagradable se oyó a continuación:

-Soy Samalkhán, al que llaman el Profeta Rojo. He venido para acabar con mi hermano y hacerme con lo que es mío... el trono. Pero resulta que tu tío ha venido aquí para asegurarse de que recibes una sufrida muerte, así que tengo un problema que tú puedes solucionar.

El.la sofocó un escalofrío. La manipuladora que siempre había sido salía a la superficie... y recordaba los rumores sobre la ascensión de Ansur-Resses y los del maldito Profeta Rojo.

-¿Y qué queréis de mí? Conozco a la nobleza de la ciudad, puedo poneros en contacto con ella. Y Valesso -señaló con la cabeza al casi inconsciente soldado- ha pertenecido a la guardia una temporada... Podemos ayudaros, pero no veo un motivo para hacerlo. Como veis, no tenemos mucho que perder, nada con lo que atemorizarnos.

Samalkhán tosió, El.la vio cómo su mano se aferraba con fuerza a una pared debido a algún tipo de dolor que el Profeta sentía. Cuando terminó, la miró directamente a los ojos, una mirada implacable.

-Conozco mis fuerzas, y tu tío caerá inevitablemente cuando los míos maten a Ansur. Me interesa una Alghart como está ahora, sin problemas sucesorios. Me interesas tú en el trono vecino.

El.la le miró con orgullo:

-Escúchame, Samalkhán el velado: aunque esté desnuda, no está ante ti nadie que te sirva pleitesía: ni a ti ni a nadie. Si quieres algo de mí y de Alghart, lo negociaremos punto por punto -el herbero se encogió al oír esas duras palabras.

El Profeta se encogió de hombros: -Nada me importa tu ciudad ni tu pellejo. Si usáis vuestra influencia para ayudarme a acabar con mi hermano, no lamentaréis esta alianza. En caso contrario tengo mis propios... medios. Sin embargo, hay lugares más apropiados para tratar estas cuestiones.

El.la asintió, y entre ella y el herbero llevaron a Valesso. Como si careciera de importancia, el Profeta siguió hablando mientras caminaban entre la inmundicia, internándose entre las chabolas:

-También me tendréis que explicar algo del colgante, aunque es obvio que no lo lleváis encima.

A su pesar, El.la se ruborizó, intentando taparse sus desnudeces con la poca tela que la cubría: -lo perdí. No recuerdo muy bien cómo.

-Una lástima -la miró de reojo su nuevo anfitrión- pero en este momento hay asuntos mucho más importantes.
Así se fueron los cuatro, ocultos entre las sombras y las callejas. En el suelo, entre los cadáveres, una escama gris se desvaneció, convertida en una voluta de humo que a su vez se desvaneció tras convertirse en un susurro:

Adiós...


Imagen
Arriba
 Perfil  
 
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 12 mensajes ]  Ir a página 1, 2  Siguiente

Todos los horarios son UTC + 1 hora [ DST ]


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro

Buscar:
Saltar a:  
cron

phpBB template "WoW" created in 2006 by Maëvah (ex-Moonclaw)
Powered by phpBB® Forum Software © phpBB Group
Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com