Nippur: La larga senda del acero

Escrito por Editor
Martes, 16-10-2012 12:51:20

Espada y Brujeria - Nippur: La larga senda del acero

Nippur: La larga senda del acero
ECC Ediciones, Biblioteca Robin Wood
Autores: Robin Wood (guión) y Lucho Olivera (dibujo)

Los aficionados al cómic épico de espadazos podemos alegrarnos al emprender ECC Ediciones una singladura, una línea editorial entera, dedicada al guionista paraguayo Robin Wood, muy famoso en Argentina e Italia, pero prácticamente desconocido en España. A los títulos Drácula, Dax y Dago se suma este, Nippur, o bien Nippur de Lagash.

Fue la primera publicación de Robin Wood y las andanzas de este personaje empezaron en el 1967. De inmediato tuvo éxito en Argentina y las historias de este héroe mesopotámico se han desarrollado durante más de 30 años, así que hay Nippur para rato.

Las aventuras de Nippur transcurren en la Antigüedad, en la Mesopotamia de las ciudades-estado, la Grecia Micénica, el Egipto que se enfrenta a Hatti, y otros muchos lugares propios de esta época, tan llena de escenarios exóticos y dignos de historias heroicas, y sin embargo tan desaprovechados por el cómic y en general la “épica histórica”, que ha sido siempre más proclive a la Edad Media, tal vez por nuestra mayor cercanía cultural con este entorno. Nippur es un gran guerrero de la ciudad-estado mesopotámica de Lagash, que tras ser tomada a traición gracias a una conjura de enemigos internos y externos, ha de huir y deambular de un país a otro, empleando su espada en un mundo que no está nada ayuno en conflictos sangrientos, sino más bien rebosante de ellos. El compañero inseparable de Nippur es Ur-El, un gigante bárbaro de pelo rubio y ojos claros cuyo origen es misterioso, pero que apunta hacia las tierras lejanas del Sureste de Europa. Nippur y Ur-El se hacen inseparables compañeros, y la astucia de Nippur se opone a la fuerza bruta y directa de Ur-El. Pero Nippur tampoco se queda manco a la hora de pelear, pues es un formidable luchador.

Así, las andanzas de ambos les llevan por el Egipto de las pirámides, las costas mediterráneas y sus piratas griegos, la Cnossos cretense, la Atenas del rey Teseo, la Akad y Merem de Oriente Próximo o los desiertos arábigos y sus caravanas. Encontramos en estas páginas al minotauro, el laberinto, Teseo y Ariadna, a faraones, guerreros hititas y tespios, a la sibilia y sus extrañas profecías y muchos más elementos propios de una época fascinante. No hay magia ni elemento sobrenatural, no se trata de Fantasía Heroica, sino más bien de Fantasía Histórica. El guionista aprovecha bien estos mimbres para hacer un agradable cesto. A pesar del juego ficticio que hace improbable las aventuras trepidantes de Nippur, sí dibuja una Antigüedad verosímil, arcaica y atávica en ocasiones y parcamente civilizada en otras. El guión, como es costumbre, resulta muy entretenido y fluido, cumple esa labor de contar historias, aventuras, cuentos que hacen al lector evadirse. A veces son muy sencillos (algunos tal vez demasiado, donde se demuestra que son los primeros trabajos del autor), y otros más rebuscados. Parecen un tanto ingenuos, pero siempre son épicos. Por otro lado, la falta de complicación argumental queda velada por el lenguaje literario y rico del guionista, en sus muchos textos, que acompañan a la narración gráfica y dan solidez y peso al cómic (en este sentido recuerda las mejores adaptaciones del Conan literario, de la mano de Roy Thomas, que aprovechaba sin pudor el origen literario en abundantes textos de apoyo).

En cuanto al dibujo, podemos decir que también se ve una clara evolución desde las primeras historietas, muy sencillotas, a veces parece que incluso sólo esbozadas, a la riqueza mayor de las últimas. Lucho Olivera sabe hacerse perdonar sus evidentes (a veces escandalosos) fallos en la anatomía humana, por su labor de documentación en cuanto a la época. Hay incluso técnicas sorprendentes, como el uso del collage o de fotografías insertas en las viñetas, de modo bastante hábil para que el resultado no sea catastrófico, sino agradable y sugerente.

Así pues, si quieren aventuras en la Antigüedad, señoras y señores, no tienen más que zambullirse en estas páginas.

Andrés Díaz

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