La Sed del Dios de la Lluvia

Escrito por Editor
viernes, 05-09-2008 12:01:05

…incluso en medio de aquel pandemónium podía distinguirse otro sonido: un rugido, más profundo que el del trueno y más deliberado, un rugido que denotaba una inteligencia maliciosa y una ira alimentada durante siglos…

Por Sergio Mars

Espada y Brujeria - Ragnarök - La Sed del Dios de la LluviaAl norte de Tajín, México, año de gracia de 1519:

El sol caía a plomo sobre las acorazadas espaldas de una pequeña compañía de arcabuceros que se abría paso entre lujuriosos árboles y gigantescos helechos. El barro les llegaba hasta más arriba de los tobillos y producía un quedo sonido de succión con cada paso que daban. Nubes de mosquitos zumbaban a su alrededor y aprovechaban cada resquicio de las armaduras para ayudar en su labor a las sanguijuelas que colgaban de sus muslos. Habían desertado de la fuerza conquistadora de Cortés dos días antes. Mientras el resto de sus compañeros se dirigían a conquistar un imperio, ellos habían permanecido ocultos en los alrededores de Tajín.

Los soldados embarcados hacia las Indias eran gente ignorante, reclutados entre la escoria de la sociedad; ladrones, vividores, desheredados, personas que no tenían ninguna oportunidad en su país, de ésas a las que nadie echa de menos en caso de que no vuelvan. Hace falta cierto grado de desesperación para embarcarse hacia lo desconocido pero también es cierto que se precisa coraje para ello. En definitiva, eran cinco soldados duros y codiciosos que, aun careciendo de formación académica de cualquier tipo, poseían esa astucia que se adquiere en la calle por el mero hecho de sobrevivir, características todas ellas sólo superadas por una confianza ciega en sus posibilidades, capaz de sobreponerse a cualquier obstáculo o adversidad.

La jornada había sido especialmente dura debido en buena medida a las disposiciones de quien, por el momento, ejercía de comandante de la pequeña tropa: Carlos Narváez de Quejada, natural de Medellín, Extremadura. Carlos se había unido a la expedición de Cortés por el simple motivo de ser paisano suyo, aunque jamás habían tenido trato alguno ya que los hidalgos, incluso aquellos empobrecidos, no se mezclaban con los deshechos de la sociedad. Suya había sido la idea de seguir el trazado de un riachuelo, ya que éste parecía discurrir en la dirección que les convenía y, según argumentó, les ahorraría el tener que luchar con la tupida vegetación por cada paso que dieran. Tras la primera hora, había comprendido su error, cualquier esfuerzo era preferible a aquel infierno legamoso, pero retractarse podría haber minado su autoridad, de modo que siguió hacia delante, acompañado por los resoplidos y maldiciones de sus compañeros, que a aquellas alturas del día se encontraban peligrosamente cerca de un nuevo amotinamiento.

—¡Eh, Narváez! —exclamó repentinamente Álvaro “el Oso” deteniéndose en seco.

—¿Qué pasa Oso? ¿Acaso se han agotado tus fuerzas?

Ambos sabían que el comentario era una simple bravuconada, ya que el aludido media casi siete pies y pesaba sus buenas doscientas treinta libras, sin contar la armadura ni los pertrechos. Si alguien caía agotado no sería precisamente él. De carácter irascible, era más un hombre de acciones que de cavilaciones, motivo por el que prefería ceder el mando a compañeros más reflexivos; todo lo cual no quitaba el que, por su fuerte temperamento, fuera también proclive a retirar su apoyo a poco que las cosas se torcieran.

—Sabes perfectamente lo que me pasa. Avanzaríamos con mayor velocidad y comodidad por las ramas de los árboles que por este maldito arroyo.

Narváez se dio la vuelta con lentitud y se enfrentó a la furibunda mirada del otro. El resto de integrantes de la compañía, sin fuerzas para discutir, habían buscado un tronco sobre el cual recostarse y desde donde seguir con interés la conversación. A pesar de su neutralidad aparente, Carlos notó que todos se habían agrupado detrás del gigantesco soldado, y comprendió que su liderazgo colgaba de un fino cordel que se deshilachaba por momentos.

—Estoy buscando una senda —declaró.

Tres pares de ojos se clavaron en él. El cuarto miembro del grupo mantuvo la vista fija en la espesura, con una expresión ausente en la mirada que traicionaba las pocas luces que anidaban en su cerebro. Le llamaban Joyo, que era la palabra que repetía una y otra vez cuando estaba excitado. Se había apuntado a la expedición en compañía de Alberto Quintano, quien se había erigido en su protector y que ahora observaba con estupor a Carlos Narváez.

—Eso es falso —contraatacó con poco convencimiento Oso—. Sólo intentas ganar tiempo.

—¿De verdad piensas eso? En Tajín logré consultar una especie de mapa y en él aparecía marcado con absoluta claridad un camino que cruzaba esta corriente —argumentó el líder, agradeciendo por primera vez el calor que daba una explicación menos comprometedora al sudor que resbala por su frente.

—¿Podríamos ver ese mapa? —insistió testarudo el otro—. No es que dudemos de tu palabra —se apresuró a añadir.

—Tuve que dejarlo allí por…

—¡Ja! —le interrumpió Oso—. Se ha quedado allí. Sí, claro. ¿De verdad piensas que nos tragaremos esa patraña?

—¡Maldita sea, piensa un poco! En este endiablado país todo lo cincelan sobre piedra. ¿Querías acaso que trajéramos arrastrando un bloque de más de un metro de altura sólo para echar un vistazo de vez en cuando?

—Podrías habérnoslo mostrado —intervino con tono dubitativo Álvaro.

—Por supuesto, y también se lo podría haber enseñado al capitán Cortés, y después a todos los demás hombres. ¿Querías acaso compartir el tesoro con ellos?

—No, claro que no, pero…

—Pero nada. No os lo dije antes porque el mapa, como resultará evidente incluso para vuestra dura mollera, no era muy exacto y no me fue posible establecer con precisión la distancia que tendríamos que recorrer hasta llegar al sendero. Ahora, si habéis terminado con vuestras estúpidas preguntas, podremos seguir la marcha. A propósito, como ya estáis al tanto, podéis ir mirando los márgenes, a ver si encontráis la jodida senda.

Sin decir más se dio la vuelta y reemprendió la marcha. Tras una breve vacilación, el resto del grupo lo imitó, y durante un buen rato no se oyó sino el rítmico chapoteo de sus pasos sobre el cenagal y los ahogados resoplidos que emitían al avanzar. Narváez suspiró de alivio. Por un momento había llegado a pensar que se acababa de marcar un farol demasiado evidente. Su convicción de que aquélla era la dirección correcta se basaba en pruebas demasiado frágiles como para arriesgarse a compartirlas con sinceridad: miradas fugaces, indiferencia que se le antojaba deliberada hacia cuanto se encontrara hacia el sudeste de Tajín e incluso la propia disposición de la ciudad y sus templos. Nunca había tenido una mente muy dada a las abstracciones, pero había sido contemplar desde lejos la urbe, medio oculta entre la frondosa vegetación circundante, y tener la impresión de que toda ella apuntaba de un modo sutil hacia un punto escondido en la selva.

Tajín era una gran ciudad, con impresionantes edificios de piedra. Al parecer, había sido la capital de los totonacas hasta que una invasión propició el ascenso de la ciudad costera de Cempoala, donde habían sido acogidos por el “Cacique Gordo” al poco de arribar de Cozumel. Se respiraba en ella, sin embargo, un aire de decadencia. Los tiempos de su supremacía ya habían pasado y sólo quedaban los grandes templos, quienes los atendían y los campesinos necesarios para garantizar el abastecimiento. Su nombre, según les habían contando sus guías, significaba algo así como “Lugar del Trueno”.

Narváez había conectado al instante con el alma de la ciudad. Había escudriñado todos sus rincones y había subido a la cima de todos sus edificios, ante la mirada obsequiosa de los emplumados sacerdotes. No le habían embaucado ni por un solo instante. Tras sus rostros impertérritos, surcados de arrugas, se adivina un desprecio absoluto y también un temor; el temor de que inspirado de algún modo misterioso por el propio dios fuera capaz de desentrañar el secreto de Tajín.

No le fue difícil encontrar compañeros para su aventura, pues la decisión de Cortés de hundir las naves no había caído nada bien a la tropa. Eran muchos los que no creían en los motivos esgrimidos por el ahora capitán general. Algunos de los navíos barrenados se veían bastante capaces de soportar el viaje de regreso a Cuba. Entre la tropa menudeaban quienes, de corazón, seguían siendo leales al gobernador Velázquez, y sólo la promesa de grandes recompensas había impedido un levantamiento. Sin embargo, ante la elección de una gran fortuna en un lejano y casi mítico lugar o un tesoro tangible a pocos días de marcha, Carlos no había encontrado ningún problema para convencer a un mercenario portugués Vasco Montalbán y a Oso, que a su vez habían embarcado en la empresa a Alberto Quintano. El único inconveniente había sido Joyo, pero sin él Alberto no los acompañaba, y ante la posibilidad de que se quedara y los traicionase, acabó aceptando a regañadientes la presencia del muchacho. Con el caos de la partida, aprovechando que les había sido encargada la supervisión de la marcha de sus aliados totonacas, se habían escabullido hacia la selva.

La localización de la presunta senda no le preocupaba. Había visto hasta ese momento varias trochas abiertas por los animales que bajaban por la noche a beber al riachuelo, y no dudaba que podría engañar a sus seguidores para hacerles creer que una de ellas era el sendero buscado. Más adelante ya pensaría en cómo explicar el que la vereda terminara bruscamente o se bifurcara.

Espada y Brujeria - Ragnarök - La Sed del Dios de la LluviaPese a tan optimistas previsiones, fue agotándose el día y acercándose la noche, y aún no habían encontrado indicio de senda alguna, ni de nada que pudiera pasar por tal. Estaban en un tramo de corriente rápida que enturbiaba el fondo y dejaba mucho barro en suspensión en el agua, lo que no la hacía adecuada para beber. Los cuatro soldados se habían ido separando poco a poco de Narváez, y ya había casi tres varas entre ellos. La tensión se palpaba en el ambiente, faltaba poco para que se reavivara el motín que con tanto trabajo se había conjurado horas antes. De pronto, un sonido repetitivo rompió la quietud del atardecer.

—Joyo, joyo, joyo, JOYO, joyo, JOYO, JOYO, jo…

Los cuatro hombres restantes saltaron como impulsados por un resorte y, aferrando fuertemente las armas, lanzaron inquietas miradas a su alrededor, intentando taladrar con sus ojos la penumbra. Después de unos instantes, y en vista de que el peligro no parecía llegar, se relajaron un poco y bajaron las espadas, aunque Narváez aún temblaba levemente debido a la expectación. Vasco, que parecía el más afectado de todos, se volvió y gritó:

—¡Merda, Joyo, en como vuelvas a hacer eso lleno tu vacía cabeza de plomo!

—Él no tiene culpa de que te asustes como una vieja por cualquier cosa —le defendió ferozmente Quintano.

Ambos hombres se enzarzaron en una agria discusión, al tiempo que Oso intentaba sin éxito poner paz entre ellos. Mientras tanto, Narváez, que se había recostado contra una roca que sobresalía en medio de la corriente, notó una mano que le tocaba el hombro con suavidad. Girándose, vio a Joyo, que señalaba algún punto en el margen derecho. Pronunció una sola palabra:

—Camino.

Narváez se incorporó y se fijó en Joyo, que seguía apuntando imperturbable al frente, intentando descubrir qué se ocultaba tras sus ojos. Después de una ligera vacilación, siguió sus indicaciones y se acercó a la otra orilla. Tras apartar las plantas de crecimiento rápido que se habían adueñado del terreno, descubrió que, en efecto, había un camino entre los árboles. Además, era un camino bastante ancho. No se podía imaginar qué animal podía haberlo abierto, pero lo único que le importaba era que servía para sus propósitos. Se estaba girando para volver con los otros y comunicarles la noticia, cuando tropezó con una raíz oculta y cayó de bruces sobre el húmedo terreno. Intentó palparse el tobillo entre juramentos para ver si se lo había dañado. Sus manos tropezaron con aquello que su mente se había apresurado a clasificar como raíz. Descubrió entonces que entre los matorrales se encontraba oculto un tocón de piedra con extrañas inscripciones que no podía descifrar en la oscuridad, pero que eran de clara manufactura humana. Había encontrado su senda después de todo.

Esa noche la pasaron en un claro, alejado un tercio de legua del riachuelo, en donde montaron cuatro guardias en previsión de ataques de animales que utilizaran la ruta para ir a beber o bien se apostaran en sus márgenes para cazar a éstos. Joyo, tanto en premio por haber encontrado la senda como por temor a que descuidara la vigilancia, se libró de hacer la suya y, además, fue el único que pudo dormir más que breves momentos debido a la humedad y a la irregularidad del suelo. El día los sorprendió a todos de mal humor y desvelados, por lo que no tuvieron ningún inconveniente en iniciar temprano la marcha, máxime teniendo en cuenta que la ansiada recompensa no podía hallarse ya muy lejos.

Tan sólo habían andado durante dos horas cuando el cielo, que hasta ese momento había exhibido un radiante y despiadado sol, quedó literalmente cubierto por una impenetrable capa de negras nubes tormentosas. Los relámpagos comenzaron a azotar la tierra; aquí y allá, inmensos árboles centenarios estallaban de súbito en llamas o se derrumbaban con gran estrépito, arrastrando consigo a todo el follaje que sustentaba, lo cual equivalía a veces a que en un parpadeo una importante masa forestal dejaba de estar en el lugar que había ocupado durante siglos.

La tormenta, lejos de apaciguarse, arreciaba su furia destructiva a cada momento. Vientos huracanados empezaron a barrer la jungla sin seguir una dirección precisa. Los expedicionarios apenas lograban vislumbrar lo que tenían a dos palmos de su cara, y la comunicación se había vuelto de todo punto imposible. La lluvia, repiqueteando furiosa sobre sus cascos, producía un monótono ruido que calaba profundamente en sus cerebros, ofuscándolos. Aunque no hacia frío, todos temblaban de forma incontenible. A la postre, llegaron hasta un punto en que el camino que seguían desembocaba ante dos monolitos enhiestos, dispuestos como si fueran las jambas de una puerta inexistente. Por lo poco que podían apreciar con aquella luz, extraños símbolos culebreaban por su superficie, siguiendo un intrincado dibujo que descendía en espiral desde la afilada cúspide de cada uno de ellos.

Animados ante la vista de un vestigio de obra humana, los cinco soldados se apresuraron para llegar cuanto antes a su destino, que ya no podía quedar lejos. Así era. Poco más tarde se detenían boquiabiertos ante la más fantástica estructura que jamás habían presenciado, y eso que desde su llegada a las Indias habían ido de prodigio en prodigio. Surgiendo del suelo, como si hubiera crecido allí, se elevaba una impresionante construcción de piedra.

El edificio estaba compuesto de siete pisos cuadrados, de unas seis varas de altura cada uno, puestos uno encima de otro de forma que el superior midiera cuatro varas menos por cada borde que el inmediato inferior, con los muros inclinados. La base medía al menos dos cuadras por lado; en la plataforma superior podría construirse sin problemas una catedral. Una inmensa escalera de cincuenta varas de anchura llegaba hasta la cima después de, como comprobó Quintano asombrado, ciento treinta peldaños. En la explanada superior se erguían desafiantes dos grandes torres de base cuadrada, rematadas por puntiagudos pináculos que elevaban la altura del conjunto hasta las setenta y cinco varas. En medio de aquella inmensidad, casi imperceptible, se localizaba un pequeño bloque de piedra.

—Santa Virgen María —murmuró asombrado Quintano.

Los demás, paralizados por la sorpresa, sólo podían quedarse quietos, con la boca abierta de par en par, intentando asimilar lo que veían sus ojos. Fue Joyo el primero en recuperarse, miró brevemente a derecha e izquierda y luego elevó su vista hacia el cielo.

—No más lluvia.

Los demás salieron poco a poco de su estupor ante estas palabras.

—Es cierto. Ha debido parar de llover en algún momento mientras estábamos contemplando este edificio —comentó sin necesidad Vasco.

—¿Hace cuánto tiempo que no llueve? —preguntó Oso.

—Es imposible saberlo, las nubes aún no se han retirado. Que me cuelguen si es posible ver el sol. Por mí podría ser hora de completas —replicó algo irritado el portugués.

—No debe haber sido hace mucho; nuestras ropas aún están goteando —recalcó con calma Narváez.

Entonces oyeron un quedo juramento de Quintano y lo vieron inclinado sobre el bloque pétreo que hasta ese momento no había reclamado su atención en lo más mínimo. Se aproximaron con lentitud, y cuando se hallaron cerca, constataron que la expresión del otro no presagiaba nada bueno. Sin decirles una sola palabra, señaló la parte superior del sillar y todos pudieron observar que éste era ligeramente cóncavo y que en su parte más profunda se había depositado un poso negruzco.

—Es sangre, sangre humana —dijo por fin.

—No puedes saber si es sangre humana o no —objetó Vasco con un hilo de voz.

—Mirad estas inscripciones —le respondió, apartándose de delante del altar.

Todos se inclinaron para poder estudiar mejor el fresco policromado que decoraba el altar. Entre diversos signos extraños pudieron distinguir una imagen que les provocó un nudo en la garganta. Representaba a un sacerdote con una gran máscara de ojos de serpiente y enormes colmillos puntiagudos, que sostenía en su mano derecha un cuchillo con el que acababa de asestar un golpe mortal a un hombre desnudo. La escena era terriblemente vívida. En su mano izquierda, alzada sobre la cabeza, sangraba el corazón recién arrancado del desdichado.

—¡Dios mío todopoderoso! —exclamó Narváez mientras se santiguaba. Su semblante estaba lívido. La muerte nunca estaba demasiado lejos del ánimo de un soldado, pero un asesinato ritual, que te arranquen la vida de un modo horrendo para contentar a un dios pagano… Habían escuchado muchas historias y sospechaban que incluso sus aliados, los totonacas, habían incurrido en el pasado en aquel horrísono pecado, pero hasta ese momento no se habían enfrentado cara a cara con la realidad palpable de los sacrificios humanos. Repitió su invocación una y otra vez—: ¡Dios mío todopoderoso! ¡Dios mío todopoderoso! ¡Dios mío…

—¡Calla de una! —le imprecó Vasco, mucho menos afectado que él.

—¿Qué dios se merece esta atrocidad? —inquirió más para sí mismo que para los demás Oso.

—Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní, Aktziní…

—¡Joder, Quintano, haz callar a ese louco! —gritó Vasco, que se iba poniendo más nervioso por momentos.

—Cuando está inquieto repite “joyo”. Jamás le había oído esta cantinela antes. Debe querer decirnos algo —contestó el aludido, sin prestar atención por una vez a los comentarios despectivos del otro.

—¡Hey! ¡Yo he oído antes esa palabra! —exclamó excitado Oso—. Me dijeron algo parecido en Tajín la primera vez que me vieron. Entonces apareció un anciano y empezó a apartar a golpes a la gente. Se inclinó ante mí y me pareció que intentaba hacerme entender que todos estaban borrachos y que no les hiciera caso.

—Quizá Joyo haya captado algo que a los demás se nos pasó por alto. Hasta es posible que delante de él hablaran con más libertad —dijo Quintano alborozado, y después, dirigiéndose a Joyo, le preguntó—: ¿Qué sabes de este sitio?

—Aktziní, es la casa de Aktziní —respondió, sin alzar la vista del suelo y entre temblores—. Casa de Aktziní —repitió, y empezó a inclinarse adelante y atrás mientras farfullaba, en voz cada vez más alta—: Joyo, joyo, joyo, joyo, JOYO, JOYO, JOYO, JOOYOO, JOOOYOOO, JOOOO…

Espada y Brujeria - Ragnarök - La Sed del Dios de la LluviaVasco lanzó un alarido y lanzó un terrible puñetazo contra el rostro de Joyo, que retrocedió tambaleándose, para acabar cayendo al suelo hecho un guiñapo, quedando tumbado mientras la sangre le manaba de la nariz y del labio superior. Quintano enrojeció de furia, desenvainó su espada y se abalanzó sobre Vasco a quien le salvó la vida su rapidez en enarbolar como defensa el arcabuz. Más rápido que el rayo, Oso se aproximó a los contendientes y agarrando al español por la espaldera lo impulsó con todas sus fuerzas hacia atrás, de forma que cayó a tres varas de distancia. Mas esta intervención no paró la pelea. Ambos hombres ya se habían puesto en pie con sus armas desenvainadas y un brillo salvaje en los ojos cuando se escuchó una voz autoritaria:

—¡Todo el mundo quieto! ¡Oso apártate! ¡Y vosotros dos, dejad caer los aceros ahora mismo! —les ordenó Narváez, apuntándoles, con el arcabuz listo para disparar.

—¡Ese hideputa ha atacado a Joyo! —vociferó Quintano sin soltar su espada.

—¡Sólo le he acariciado! ¡No es razón suficiente para que intentes matarme!

—¡He dicho que depongáis las armas! ¡Me importa un carajo quién lleve la razón! No permitiré que os matéis entre vosotros. Pensad en el tesoro. Quizás eso os devuelva el poco seso que tenéis.

Los soldados fueron destensando sus músculos y envainaron sus espadas, pero las miradas que se cruzaron dejaban bien patente que la discusión no había hecho sino aplazarse. Quintano se dio una brusca media vuelta y se dirigió hacia Joyo, que seguía tendido en el suelo, contemplando como hipnotizado la sangre que manaba, ya en menor cantidad, de su rostro.

—Joyo, ¿estás bien? Déjame ver lo que te ha hecho ese marica portugués.

Joyo apartó suavemente la mano que le tendía su protector y permaneció con la vista fija en el suelo. Después, empezó a seguir cierta línea con los ojos. Quintano, preocupado, decidió investigar qué era lo que atraía su atención y entonces también la vio: había una canalización que se iniciaba a ambos lados de la base del altar y, describiendo una circunferencia, convergía justo detrás de él, para extenderse a continuación por un par de varas más hasta llegar a un orificio con las paredes en forma de embudo que daba paso al interior del templo.

—¡Quintano! —le gritaron sus compañeros desde la base de las dos torres—. Si ya se ha recuperado Joyo venid. Vamos a entrar en el edificio.

Todavía un poco aturdido por la adrenalina tardó en comprender lo que le decían. En el momento en que se levantaba, tirando de Joyo para que éste hiciera lo propio, tuvo la horrenda impresión de que algo de vital importancia se le escapaba. Un poco a trompicones, llegaron hasta donde los demás estaban intentando forzar una apertura en la torre orientada hacia poniente. Oso se había quitado el peto y el espaldar para poder hacer más fuerza, pero ni siquiera así la puerta de piedra maciza se movía un ápice. Vasco y Narváez contribuían tratando de hacer palanca con sus arcabuces, mas las junturas eran demasiado perfectas para conseguir un asidero adecuado.

—Parad un momento —dijo Narváez, mientras cumplía su propia orden dejando su arma apoyada contra el muro—. Los sacerdotes deben entrar de alguna forma, y dudo que sea haciendo que medio poblado abra la puerta. Vive Dios que debe existir un medio más sencillo de abrirla. —Se alejó unos pasos, como para contemplar el problema en perspectiva, y finalmente chasqueó los dedos—. Supongo que se debe dejar una ofrenda para entrar, por tanto sólo tenemos que encontrar dónde la depositan. Apuesto lo que queráis a que colocando cierto peso en ese lugar la puerta se abre con toda facilidad.

El resto de la compañía lo miró unos instantes, como evaluando su propuesta, y después se distribuyeron por el perímetro de la torre, buscando algún saliente u oquedad, o incluso cualquier talla que sobresaliera un poco. En su mayoría los bajorrelieves eran grotescos; representaban figuras con apariencia vagamente humana o incluso sin ningún parecido en absoluto con un ser de carne y hueso que pudieran reconocer; la escena del sacrificio se repetía con incontables variaciones. La imagen más reiterada era la de un ser antropomorfo, con un cráneo desproporcionado y largos colmillos de apariencia temible que le surgían del centro de la boca y se curvaban hacia los lados. Sus ojos, enmarcados por serpientes, parecían sobresalir de la faz pesadillesca. Sólo una mente enferma hubiera sido capaz de concebir tal horror.

Al cabo de un rato, Oso tuvo la certeza de haber descubierto la oquedad empleada para depositar las ofrendas. Se encontraba a una altura tal que los demás la habían pasado por alto cuando inspeccionaron aquella porción del muro. Se puso de puntillas y atisbó en su interior, descubriendo que las paredes del agujero se encontraban recubiertas por una costra negra y quebradiza. Aquél era, sin duda, el lugar donde iban a parar los corazones de las víctimas sacrificadas. Tras reponerse de las tímidas arcadas que le acometieron, llamó a los otros y les informó de su descubrimiento. Después de una corta deliberación, mandaron a Joyo al pie de la pirámide en busca de una piedra del tamaño correcto, que introdujeron a continuación en el orificio. Cuando el pedrusco tocó fondo, todos escucharon con entusiasmo un ruido de rozamiento.

Llenos de esperanza al pensar en el tesoro que, como todo dios, Aktziní habría exigido a sus devotos, se dispusieron a abrir la puerta, mas cuál no sería su sorpresa al comprobar que, por más que tiraban, ésta permanecía inamovible. Enfurecido, Oso lanzó una terrible patada contra el bloque pétreo, que retrocedió, para asombro de todos, una pulgada. Su carcajada histérica resonó en la jungla como un trueno, y el contraste les permitió constatar que hasta ese momento ningún ruido había turbado esa tranquilidad; ni aves, ni monos, ni ningún otro animal. La risotada murió y se convirtió en una risilla nerviosa que también terminó por hundirse y desaparecer en el denso silencio.

Sin excesivo esfuerzo, lograron que la losa penetrara en el interior de la torre hasta detenerse con gran estrépito al chocar contra un muro. En ese instante ocurrieron varias cosas: volvió a ponerse a llover, y en pocos momentos la tempestad llegó a alcanzar la apocalíptica intensidad de aquella mañana; en algún lugar sobre sus cabezas un sello de cerámica fue roto por una serie de complicados mecanismos, de forma que empezó a verterse arena sobre otro dispositivo de presión similar al que permitía la entrada; y por último, pero no menos importante, algo que había permanecido dormido durante años despertó.

Paralizados por la indecisión, ahora que la meta de su aventura se encontraba tan próxima, los cinco soldados se quedaron quietos en la entrada de la torre, mientras fuera continuaba el aguacero y los relámpagos restallaban con furia renovada.

—Luz, necesitamos luz —dijo más para sí que para los demás Narváez, mientras revolvía su petate en busca de una tea.

Sus compañeros le imitaron y, pese a la humedad, pronto tuvieron tres antorchas encendidas; prender más hubiera sido malgastar el poco combustible de que disponían. Oso, impaciente por encontrar las riquezas, echó a andar sin esperar a los otros. Caminaba con grandes zancadas y pronto desapareció de su vista tras un recoveco del corredor. Siguieron viendo la luz de su vacilante llama durante un buen rato mientras recogían con premura el equipo revuelto y lanzaban reniegos contra la impaciencia de ciertos sujetos. De repente, sin previo avisó, la luz se apagó.

—¿Oso? ¿Qué caralho has hecho con tu antorcha? —preguntó a voz en grito Vasco sin recibir respuesta alguna—. ¡Déjate de bromas y contesta! —prosiguió vociferando el portugués, cada vez más nervioso, obteniendo como única respuesta la ominosa quietud que amortajaba el imponente edificio como un pesado manto.

Aferrando con fuerza su arcabuz, el mercenario se levantó e indicó a los demás por señas que tomaran sus armas y le siguieran. Avanzaron despacio, con la espalda pegada a las paredes y las antorchas por delante. Al doblar el recodo, se encontraron frente a unas escaleras empinadas que desembocaban en una gran sala, cuya única fuente de iluminación consistía en un tenue rayo de luz que penetraba por una claraboya en el techo. Alumbrado por ese frágil rayo, yacía sobre las losas del suelo una masa informe, equipada con una armadura que reflejaba morbosamente la vacilante luz de las antorchas.

La oscuridad a su alrededor era tan absoluta que sus teas no podían disiparla hasta más que unas pocas varas de distancia, por lo que nadie se atrevía a trasponer la distancia que, cruzando territorio desconocido, les separaba del cuerpo de su compañero. En vista de ello, decidieron encender una de las antorchas que les quedaban y lanzarla hacia la forma tendida, para poder hacerse una idea sobre lo que había ocurrido. Pronto se arrepintieron de esa decisión, ya que bañado con el rojo resplandor de la llama apareció el otrora impresionante corpachón de Oso desfigurado hasta extremos imposibles. Le habían girado la cabeza hasta casi completar una vuelta —los parietales estaban hundidos y rezumaban un líquido grisáceo y viscoso—, su coraza había sido reventada por el centro del tórax y hundía sus afilados bordes entre las costillas del infortunado y los brazos habían sido quebrados por cuatro puntos distintos, mientras que las piernas parecían trituradas, como si hubiesen quedado atrapadas bajo una rueda de molino. Pero entre tanto horror, había algo que no cuadraba, un detalle que atenazó el alma de los soldados con una garra gélida surgida de las oscuras profundidades de sus instintos más primigenios. Las heridas, pese a ser terribles, podrían tener un origen natural; resultaba concebible imaginar una bestia capaz de infligirlas. Sin embargo, había algo inexplicable, tan abominable que no tenía cabida en el mundo racional: ni en el cuerpo ni en el suelo a su alrededor se veía una sola gota de sangre, y el corazón había desaparecido.

Espada y Brujeria - Ragnarök - La Sed del Dios de la LluviaRetrocedieron con los ojos desorbitados, trastabillando hasta apoyarse contra el muro del rellano superior de las escaleras. En ese templo había algo vivo, algo que se alimentaba con la sangre humana de los sacrificios, algo que por alguna razón debía pasar largas temporadas sin alimentarse y al que nunca, nunca se le ofrendaba el corazón de las víctimas. Entonces, por primera vez, oyeron hablar a un dios. El rugido retumbó ensordecedor, su eco reverberó entre las paredes inclinadas de la pirámide y subió por las torres hasta alcanzar el exterior, donde se expandió ahogando por unos instantes con su potencia el estruendo de la tormenta.

Sin poder contener su pánico, Quintano se lanzó a correr con una expresión enloquecida en el rostro, seguido de cerca por los demás que, un poco menos alterados, procuraban no tropezar con las desiguales piedras. No era su destino abandonar el templo. Veinticinco varas por encima de sus cabezas, el último grano de arena cayó sobre un receptáculo cuyo fondo cedió, dejando el camino expedito para que la grava siguiera su descenso, acompañada esta vez por una inmensa mole pétrea que, rechinando contra las paredes de la cavidad, vino a descansar su masivo peso sobre el soldado, que sólo tuvo tiempo de mirar hacia arriba y murmurar la primera sílaba de una oración.

—¡Jesucristo! —juró Narváez cuando alcanzó la sellada apertura y vio el charco de sangre que se extendía por el suelo irregular.

Poco después llegaron Vasco y Joyo. Este último movía bruscamente la cabeza de un lado a otro y repetía una y otra vez: “Joyo, joyo, joyo”. El portugués, por una vez, no le hizo el menor caso; tenía asuntos más importantes en mente.

—¡Rápido, tenemos que taponar esos desagües! —ordenó, tirando a Narváez de la manga.

—¿Qué desagües? —preguntó éste.

—¿No los ves? Ahí, a ambos lados de la puerta —le respondió Vasco, al tiempo que señalaba—. Míralos, están diseñados para conducir la sangre abaixo.

Los siguientes minutos fueron de intenso trabajo en un intento desesperado por interrumpir el derrame con todo lo que tuvieran a mano. Cuando terminaron, se miraron el uno al otro y contuvieron un estremecimiento. La sangre goteaba de sus mangas, formando oscuras chorreras en sus uniformes, la de las manos se les había secado y se encontraba incrustada entre las uñas, sus flequillos eran una masa informe y apelmazada. Narváez se levantó azorado y se dirigió a encender una nueva antorcha, la última, con ayuda de los restos agonizantes de sus predecesoras.

—No podemos salir. — Era una afirmación clara y simple. Narváez no se sintió con fuerzas para darse la vuelta y rebatirla—. No me cogerá —continuó Vasco, sin importarle el que alguien le prestara atención—. Prefiero matarme yo mismo a ser devorado y profanado por lo que se encuentra ahí abajo. Deberíais hacer lo mismo. Es preferible morir ahora, de una estocada rápida a sufrir la agonía del hambre y la sed. No vendrá nadie. Debe de haberse oído el grito de la bestia en leguas a la redonda. Dudo que nadie en su sano juicio se acerque, ni siquiera los sacerdotes, su perrito ya está alimentado—. Siguió desvariando, hablando cada vez más rápido—. El suicidio es un pecado mortal, pero podemos ayudarnos mutuamente. Piénsalo, deberíamos matar a Joyo y luego…

—¡Joyo! No le he visto desde que llegó aquí contigo. Debe de haber bajado.

Una chispa brilló en las pupilas de Vasco.

—Es nuestra oportunidad —exclamó, empujando a Narváez contra la pared—. Debemos aprovechar que el monstro está entretenido con ese louco para escapar. Tiene que existir otra salida en alguna parte.

—No me gusta dejar a Joyo a su suerte.

—¡Si no escapamos ahora moriremos todos! —profirió Vasco Montalbán con un grito de histeria pura. Ni por un momento se le ocurrió intentar escapar solo, bajando a las profundidades sin el apoyo moral que representaba la compañía de Carlos.

Narváez se lo pensó unos instantes y asintió con la cabeza. Recogieron sus arcabuces, los aprestaron y se pusieron en camino, cubriendo la luz de la antorcha con sus sanguinolentas capas, aun a riesgo de que éstas se incendiaran.

En otro punto de la pirámide, Joyo avanzaba con andar inestable, repitiendo de forma incesante la cantinela que le había dado nombre. Iba a oscuras, y eso le permitió atisbar un resquicio de luz que surgía del océano de negrura al otro lado de la inmensa sala. Se dirigió hacia ese punto sin un propósito definido, sólo porque era distinto a todo lo demás. Cuando se encontró más cerca, constató que la claridad provenía de un angosto pasadizo ascendente que daba a unas claraboyas estrechas por las que entraba la luz de un día nublado, refulgente y cegadora para alguien que había caminado por la oscuridad más absoluta. Se disponía a penetrar en el túnel cuando oyó un sonido, como de uñas contra el suelo de piedra, a sus espaldas.

Girándose, contempló sobrecogido el ser que moraba en el templo. Contempló a Aktziní tal y como lo habían contemplado hacía siglos los misteriosos constructores del monumento, que habían grabado su imagen en todos los muros, que se habían sobrecogido tanto que montaron una religión en torno a su misteriosa conexión con las tormentas, que lo habían alimentado durante decenas de ciclos lo justo para obtener lluvia, pero no tanto como para que cobrara fuerzas y se liberara de su prisión.

Alto como tres hombres, Aktziní observaba con frío desinterés a su presa. Sus colmillos rechinaban mientras rezumaban saliva ponzoñosa. Abría y cerraba sus poderosas garras, armadas con uñas curvas como guadañas, confiando en su poder inigualable. Joyo cerró con fuerza los ojos, confiando en que el aborto desaparecería como si fuera una pesadilla. Se quedó quieto, escuchando la enérgica respiración del ser, esperando el golpe final.

Un golpe que no llegó.

Aspirando el aire con más fuerza y determinación que antes, el monstruo husmeó a su alrededor excitado por una fragancia que conocía a la perfección, el aroma de la sangre. Un brillo salvaje iluminó sus ojos hundidos, profirió un poderoso rugido y se dio la vuelta con rapidez, azotando a Joyo con su negra pelambre antes de desparecer en la noche eterna del templo.

Los dos soldados que restaban no tuvieron ninguna oportunidad. Una sombra se abalanzó sobre ellos rugiendo y agitando sus extremidades como hoces. Tan sólo se realizó un disparo, luego el silencio, apenas roto por un suave sonido de absorción.

Pasó un buen rato antes de que, aún tembloroso, el muchacho comenzara a arrastrarse hacia la libertad. A medida que ascendía fue disminuyendo la luminosidad. Cuando se asomó al exterior vio el motivo de tan drástico cambio: todo el cielo era una gigantesca nube negra que no hacía sino seguir espesándose, convirtiendo el día en noche o tal vez en algo peor, pues hasta en la más oscura noche brillan las estrellas. El aire olía extraño. El vello de su cuerpo estaba erizado y le producía cosquilleos cuando rozaba con su ropa. Sacó todo el cuerpo y descendió a trompicones, dejándose deslizar por las paredes escalonadas de la pirámide. Al llegar al suelo rodó un trecho, se incorporó y se puso a correr, sin saber por qué lo hacía, de forma tan involuntaria como cuando repetía palabras sin sentido. El nubarrón sobre su cabeza hervía de energía mal contenida.

Un relámpago rompió el cielo, golpeando el altar situado en la explanada de la pirámide de Aktziní. Ésa fue la señal de inicio de la apocalíptica tormenta de rayos que siguió. Caían arracimados, decenas por segundo, golpeando tierra, árboles y corrientes de agua, pero sobre todo piedra. El aire crujía con las ondas sonoras de los truenos. En torno a la pirámide diluviaba, pero sobre ella no caía una sola gota, sólo rayos. Sin embargo, incluso en medio de aquel pandemónium podía distinguirse otro sonido: un rugido, más profundo que el del trueno y más deliberado, un rugido que denotaba una inteligencia maliciosa y una ira alimentada durante siglos.

Una semana más tarde, los totonacas encontraron a Joyo vagando por la selva devastada, repitiendo sin descanso: “Aktziní, Aktziní, Aktziní”. Lo llevaron a Tajín y le curaron el cuerpo; la mente estaba más allá de toda ayuda humana. Lo entronizaron y lo consideraron como el hijo del dios de la lluvia, ejecutando para él el antiguo ritual del vuelo. Lo llamaron Tlaloc, según la manera azteca, ya que no soportaba la mención del otro nombre, el más antiguo, aquel que repetía una y otra vez “Aktziní, Aktziní”. Nadie fue capaz de volver a encontrar el templo, pues un alud de barro había sepultado por completo la región donde se alzaba.

Veinte años después, Joyo/Tlaloc moriría a manos de sus compatriotas, cuando una expedición proveniente de Villa Rica de la Vera Cruz atacó Tajín, causando estragos con sus armas de fuego. Aquel día murió el último ser vivo que había contemplado al dios de la lluvia cara a cara. Con el paso del tiempo, sus sacerdotes se volvieron descuidados; sin poder acceder a su templo, la figura del dios se fue convirtiendo en mítica y finalmente su culto fue abolido por los conquistadores. Nadie se preocupó por recordar la antigua pirámide ni a su morador. Tal vez una zona de la selva fuera castigada con más asiduidad de lo normal por los relámpagos, pero ¿a quién podía importarle eso, habiendo tantas cuestiones prácticas de qué preocuparse?

Estado de Veracruz, México, año de gracia de 2009:

El día había sido caluroso en extremo y la humedad imperante no hacía sino agravar el sofoco de las dos decenas de estudiantes que se afanaban en registrar con sus instrumentos hasta el último detalle del hallazgo arqueológico de la década. Eran coordinados por el doctor Montoya, catedrático de arqueología de la Universidad de Veracruz. Montoya lo supervisaba todo desde un cómodo puesto de observación, al pie del yacimiento. Le acompañaba un lugareño, asombrado de que en torno a una montaña reseca, que había estado allí, inalterable, desde antes que sus bisabuelos hubieran mamado la primera leche, pudiera organizarse tanto revuelo.

—¡Profesor! ¡Profesor! Mire acá.

—¿Qué tienes, Alejandro?

—Los datos del tomógrafo. El satélite no mentía. Ahí abajo se esconde una de las mayores y mejor conservadas pirámides jamás descubiertas.

—¿Podemos saber quién la construyó?

—Pues por su estructura me atrevería a aventurar que los olmecas, aunque con algunos añadidos posteriores. Ya sé que resulta difícil de creer, pero es lo que predicen los modelos.

—¡Maravilloso!

Espada y Brujeria - Ragnarök - La Sed del Dios de la LluviaNo sólo era un templo monumental, sino también muy antiguo. Quizás encontraran en su interior las claves para desentrañar el misterio de la religión olmeca.

—¿Algo más digno de mención? —preguntó Montoya a su estudiante.

—Parece haber sufrido algún tipo de percance en su muro oriental. ¿Lo ves? Hay un boquete. Sabemos que se produjo antes del corrimiento de tierras, porque se coló una buena cantidad de barro en la pirámide.

—No lo repararon. O bien ya estaba abandonada, o bien el incidente se produjo justo antes de que quedara enterrada. Esperemos que sea esto último.

—Pronto lo sabremos. Precisamente ésa es la zona por donde hemos empezado a atacar el barro. Es increíblemente compacto. Incluso a presión máxima cuesta erosionarlo. Nos queda tal vez un metro para llegar hasta la pirámide, aunque a partir de ahora tendremos que avanzar con mayor lentitud.

—¿Cuánto calculas que tardaremos?

—Dos o tres días para alcanzar la piedra. Luego todo depende de lo que encontremos en su interior. Eso si no se producen nuevas interrupciones.

—¿Cómo ésa? —inquirió el profesor, señalando hacia el horizonte, donde se estaba formando una nube tormentosa.

—¡Újule! —exclamó Alejandro.

—Por acá estas jugarretas del tiempo son algo habitual —intervino el lugareño, contento por poder aportar su granito de arena a la conversación.

—Deja de lamentarte y prepara las cubiertas —ordenó Montoya, divertido en cierta forma ante la impaciencia de su alumno—. No queremos que se descubra la pirámide antes de hora, ¿verdad?

Alejandro no respondió. En realidad, ya estaba demasiado lejos como para hacerlo, pues corría a toda prisa hacia el enclave de la excavación, dando gritos para que empezaran a protegerlo todo frente a la lluvia y a los ocasionales relámpagos. Montoya sonrió abiertamente. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.

—Vayamos adentro —sugirió su acompañante—, que cuando descarga por esta zona, descarga de verdad.

Montoya asintió y lo siguió, echando un último vistazo a la pirámide oculta. Por mucho que bromeara, también él estaba emocionado. ¡Al menos cinco siglos de historia congelados en el tiempo! ¡Preservados quizás desde le época precolombina! Casi no podía esperar a descubrir las maravillas que surgirían de su interior. La tormenta arreciaba por momentos. Un trueno hizo temblar el mundo. No fue sino el primero de los muchos que aún estaban por llegar.

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