El Forastero

Escrito por Editor
viernes, 05-09-2008 12:05:11

“…Las espadas dibujaban una geometría veloz y llameante: curvas, molinetes, reveses, tajos y estocadas. Rechinaban una sobre otra con un grito de metales doloridos y furiosos y hacían saltar nubes de chispas incandescentes entre sus dueños…”

Por Andrés Díaz

Espada y Brujeria - Ragnarök - El ForasteroEl forastero llegó a la aldea en un día gris y plomizo, un día que amenazaba tormenta e invitaba a entrar en casa, buscar mantas y sentarse a contemplar las llamas de la chimenea.

El forastero vestía una túnica de guerrero, tan sucia que no se adivinaba su color original. La falda llegaba hasta sus rodillas y sus piernas y sus botas de cuero duro estaban cubiertas por una costra de barro seco. Llevaba un capote con los bordes también negruzcos y deshilachados, plagado de sietes y jirones. Era un hombre alto y delgado, pero tenía hombros rocosos y piernas y brazos fuertes. De su cadera colgaba una espada larga y recta, con un mango tan grande que podría ser tomada a dos manos, y envainada en una funda de cuero y metal. Tenía también una daga para la mano zurda y un cuchillo montero. La capucha estaba bajada y el forastero dejaba al aire libre su rostro cuadrado y pálido, con ojeras pronunciadas y líneas de tensión producidas por los peligros y penurias que menudeaban en su vida azarosa. Tenía el pelo negro, corto y desastrado, y unos ojos severos, también negros como el ala de un cuervo o el fondo de un pozo, brillantes con el fuego de la ira. En ellos también había una luz enfermiza, hija de la fiebre y la debilidad.

Caminaba con paso vacilante, como si estuviera borracho, por entre las calles de la pequeña aldea. Se agarraba el costado derecho, oscuro por una mancha húmeda. La sangre le caía por las piernas y goteaba desde la punta de la espada envainada.

Sus piernas temblaron y tuvo que agarrarse a las grietas de una de las casas de piedra. Su rostro blanco, casi azul, se arrugó por culpa del dolor. Se miró el costado rezumante de sangre.

—¡Aldeanos! —gritó—. ¡Auxilio para un herido! ¡Prometo no haceros daño! ¡Sólo quiero agua y comida y me marcharé al bosque!

Nadie le contestó. Los rostros de las ventanas eran sombras que huían cuando él les miraba. Nadie abrió la puerta ni salió al barro de las calles.

—¡Fuera! —gritó alguien—. ¡Márchate!

—¡Sólo quiero comida, agua, una venda e hilo para coserme yo mismo la herida! ¡En cuanto me lo deis me iré al bosque!

—¡Fuera! —repitió otra voz.

El forastero golpeó una de las puertas. En otro momento la hubiera echado abajo de una patada, pero ahora estaba muy débil por toda la sangre que había perdido. Llamó a otra puerta, con el mismo resultado. Los cerdos de un corral le gruñeron y un asno rebuznó con voz chillona. Por lo demás, sólo había silencio.

Tambaleándose, arrastrando los pies en el barro, se detuvo en el centro de la única plaza de la pequeña aldea.

—¿Dejaréis que muera como un perro? —les gritó.

Nadie respondió

Soltó un reniego entre dientes, se arrebujó dentro de la capa y echó a andar hacia el campo, seguido por decenas de ojos. Muchos respiraron con alivio cuando le vieron desaparecer en lontananza.

La lluvia cayó antes de que pudiese llegar al bosque. Era un espectro, una figura trémula y vacilante. Pero de algún modo logró mantener el tronco erguido y las piernas en movimiento. Sufrió una laguna en su memoria y cuando emergió de ella se encontró en el interior del bosque, con la lluvia empapándole, chorreándole desde la cabeza y los hombros. Cayó en un charco y pensó que se moriría allí mismo, pero logró arrastrarse y llegar al tronco de un gran árbol muerto, con una oquedad lo bastante grande como para cobijarle. La limpió de inmundicia e insectos con una mano temblorosa y se metió en ella.

Llegó la noche y la lluvia arreció. Seguía empapado, pero al menos no estaba ya a la intemperie. Caía en estados de sueño ligero y, cuando despertaba, se maravillaba de seguir vivo. Las fuerzas iban abandonándole poco a poco. Empezó a dejar de notar las extremidades, tan insensibles como la madera del viejo árbol, y los pensamientos se le volvieron lentos y pesados, como si chorros de miel que cruzaran por su cerebro moribundo. Un fino hilo le unía a la vida, y cuando estaba consciente se aferraba a él con las garras de la voluntad. Si bien iba a morir como una alimaña, al menos libraría su última batalla contra la propia muerte. La Señora tendría que luchar para llevárselo a su reino de polvo y cenizas.

El amanecer dio a luz un día sin lluvia, pero tan nublado como el anterior. El forastero seguía en su hueco del árbol, dentro de un gran charco donde flotaban pedacitos de madera. Aún estaba vivo, pero sus latidos eran lentos y erráticos.

—¡Señor! ¡Despertad, señor!

Una mano le zarandeó y su consciencia empezó a emerger del abismo.

—¡Señor! ¡Os he traído agua y comida! ¿Estáis muerto, señor? ¡No os muráis, os lo ruego! ¡He andado mucho siguiendo vuestro rastro y mis padres creen que estoy cuidando las cabras! ¡Suerte que Tirán se ha quedado con ellas y ha prometido no decir nada! Os traigo agua. Bebed, señor.

Una boquilla de barro tocó sus labios azules y el agua dulce y fría penetró en su boca y su garganta. Eso le ayudó a recobrar la fuerza suficiente para que abriera un ojo. Pero su visión era borrosa y sólo discernió una figura confusa y pequeña, junto a él.

Pero bebió y tragó más agua, y la marea de la fiebre pareció retroceder.

—¡Pero salid de ahí, señor, que es un tronco muy sucio! ¡Me estoy poniendo perdida! ¡Yo os ayudaré! Cuidado, voy a tirar de vos. Moveos, por favor. ¡Ahora!

Unas manos pequeñas le agarraron de la cabeza y la capa y trataron de moverle. Encontró la energía para mover las piernas y su cuerpo cayó fuera del árbol, junto a un pequeño torrente de agua.

—¡Ahora bebed leche! ¡También os la he traído! ¡Eso os dará energías!

Le pusieron otra jarra en los labios y bebió con avidez. Su cerebro fue despertando a medida que el alimento revitalizaba su cuerpo. Bebió y bebió hasta acabar la jarra. Aún estaba muy débil. Temblaba y tiritaba, pero logró enfocar la visión de sus ojos.

Vio ante sí a una chiquilla, una niña no más alta que su propia cadera, con un largo vestido campesino. Estaba delgada, pero tenía la cara redonda y unos ojos de color verde sucio que se abrían como platos mientras le miraban. Su pelo largo estaba revuelto y tenía la cara y las manos tiznada con la suciedad propia del campo, pero en ese rostro se abrió una gran sonrisa, con un hueco entre los dientes centrales.

—¡Ya estáis mejor! ¡La leche de mi cabra Marquita reviviría a un muerto! ¡Aquí tenéis más!

El forastero se tragó otra jarra de leche. Le supo a gloria y alejó las tinieblas de la muerte un poco más. Consiguió arrastrarse sobre los codos y las nalgas, hasta dejar la espalda apoyada en el árbol. Jadeó y miró a la chiquilla.

—¡Estáis herido, señor! ¡Hay que curar esa herida!

—Por favor… No hables… tan alto… Mi cabeza…

—¡Eso me dicen todos, señor, que hablo muy alto y rápido y que a veces me aturullo, pero yo sé lo que me digo! ¡Aquí tenéis un mendrugo de pan, señor! No he podido traer más porque mis padres me habrían descubierto, y creo yo que bastante me he arriesgado buscándoos para ayudaros, pues no quería que os murierais. Ayer os vi en la aldea. Yo le dije a padre que podíamos ayudaros, pero él dijo que no, que mejor sería para todos que ese forastero se muriese y nos dejase en paz, que la gente de fuera sólo trae problemas. No insistí porque me hubiera dado un buen bofetón y después madre me hubiera dado uno más, y luego Chaquila, mi hermana mayor, se habría reído mucho y entonces yo le tendría que tirar de los pelos, ¡porque la odio!, y al final las dos nos habríamos ganado una buena paliza.

—Espera… —jadeó el forastero. Mordisqueó el pan húmedo—. ¿Cómo te llamas?

—¡Me llamo Ífil, señor! ¡Y os he traído también hilo y una aguja que le he robado a mi madre! Espero que no la eche a faltar, porque entonces tendría que contarle la verdad a mis padres, que he venido a buscaros para salvaros la vida. ¡Y me arrancarían la cabeza!

El forastero reunió fuerzas para sacar el cuchillo montero de su funda. Al verlo Ífil retrocedió asustada, pero él se dedicó a abrir aún más la rajadura de la túnica en su costado. Había allí una masa de mugre negruzca, junto a la piel.

—Eso tiene mal aspecto, señor. No quiero decir que os vayáis a morir, pero tampoco es imposible.

—Espero no morirme, Ífil. Y con tu ayuda no moriré. Mira, la venda que me puse se ha metido entre los labios de la herida y ha formado una especie de costra de paño y sangre. Eso me ha salvado la vida. ¿Has traído una venda limpia? Dame ese hilo y esa aguja.

—¡Tomad, señor! Y también he traído un ungüento que limpia y cura las heridas. Una vez me caí por una cuesta y atravesé unas zarzas y se me rajó la pierna hasta la rodilla. ¡Hasta se veía el hueso y casi se me salen las tripas por la boca! Pero madre me puso esta crema y al cabo de poco ya estaba otra vez corriendo con las cabras y con Marquita, que es mi preferida.

El forastero frunció el ceño ante la charla rápida y aguda de la niña, pues su cabeza latía y zumbaba como en la peor de las resacas. Pero parecía imposible hacerla callar y además aún estaba demasiado débil como para imponer su voz ronca y quebradiza a la de la chiquilla.

Se sacó con cuidado el lienzo ya negro y la herida empezó a sangrar con lentitud. Se mojó los dedos y los olió.

—No es sangre negra y no huele mal —musitó—. La herida no se ha infectado, pero si la descuido moriré en menos de un día. Dame la venda y el ungüento, Ifil.

—¿Cómo os hicisteis esa herida, señor?

—Un bastardo llamado Tarcuar me metió una buena cuchillada en el cuerpo, pero sólo atravesó la carne y no interesó las tripas. No era una herida letal, aunque sí aparatosa. Sangraba como un cerdo. Fue eso lo que casi acaba conmigo.

—¿Y por qué ese hombre os quiso matar? —se interesó Ifil, que sólo podía callarse ante la expectativa de un buen relato.

—Éramos compañeros y habíamos robado a un noble del sur. Huimos de sus hombres hasta darles esquinazo, pero cuando creía que había pasado el peligro, ese cerdo de Torcual me acuchilló por la espalda para quedarse con el botín. Algo debí olerme, porque me volví lo justo para que sólo me hiriera en un costado. Peleamos y le ensarté como a un pollo en el espetón. El hijo de mala madre aún pudo llegar hasta los caballos mientras se agarraba las tripas con los dedos, montó en uno y se llevó también el mío, al galope. Su herida era mortal y no duraría mucho, pero me había dejado sin caballos en medio de ninguna parte y con una herida que no paraba de chorrear. Vi vuestra aldea a lo lejos y me acerqué a ella. El resto ya lo conoces.

—¿Sois un ladrón, señor?

—Ladrón, asesino, soldado de fortuna… Menos honrado, he sido de todo. ¿Qué región es esta?

—Quirbán, señor.

—¿Y quién gobierna aquí?

—Somos propiedad del Señor Utrago, cuyo castillo no queda lejos de aquí. ¡Es un lugar horrible, lleno de fantasmas! Incluso se rumorea que el Señor se come a los niños y que hace cosas feas con las brujas en las noches de luna llena.

—No te preocupes tanto por eso, Ífil. La mayoría de los brujos son farsantes. Sólo hay que temer a unos pocos. Sólo a unos pocos.

Lo dijo de tal manera que la niña le miró con una sombra de temor. Pero la curiosidad pudo más que cualquier prevención y le preguntó, con los ojos brillantes:

—Señor, ¿vos habéis conocido a brujos, a brujos de verdad?

—Por desgracia, sí. Y a algunos los he mandado de vuelta al infierno del que fueron paridos.

Ífil abrió mucho la boca.

—¿De verdad? —Empezó a sacudir las manos, llena de excitación—. ¡Por favor, por favor, contadme cómo fue! ¡Me encantan las historias y los cuentos!

—Te contaré mil y una historias, muchachita. Pero sólo si vienes mañana con más leche y pan. Ahora que he comido y tengo vendas, ungüento, hilo y aguja, puedo limpiar y coserme la herida. Mañana ya estará cicatrizada, pero aún no me veo con fuerzas para cazar un conejo, así que habrás de alimentarme tú.

—¡Mañana es demasiado pronto para que tengáis la herida cerrada y seca, señor!

—Me curo rápido, chiquilla. Ya lo verás.

Ífil se levantó de un salto.

—¡Es muy tarde, señor! Debo volver con mis cabras porque a lo mejor descubren que me he marchado. Mañana volveré temprano con más comida y entonces me contaréis historias de magos y brujos y guerreros con sangre, y sobre todo de princesas y príncipe, con mucho amor y muchos besos. Lo haréis, ¿señor? Por favor, por favor, decid que sí.

—Sí. Te contaré mil historias, no tan bonitas como ésas que mencionas, pero al menos sí reales.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Soy yo el que debo darte las gracias. Me has salvado la vida. Si vienes aquí durante tres o cuatro días con comida, te daré esto.

Buscó entre sus ropas y sacó un pequeño broche de plata y oro. La niña jadeó y a sus ojos asomó la mujer adulta que dormía en ella, tan fascinada por las joyas como todas las otras mujeres del mundo. Fue tal su impresión que no pudo pronunciar una sola palabra.

El forastero guardó de nuevo el broche.

—Te lo daré antes de irme si me traes durante esos tres o cuatro días pan y leche. ¿Entendido?

—¡Claro que sí! Señor…¿puedo preguntaros el nombre?

—Me llamo Argar.

Ífil se cogió las faldas y se inclinó como una pequeña damisela de un cuento de hadas.

—Mi señor Argar, yo cuidaré de vos. ¡Pero ahora he de irme! ¡Adiós, señor Argar!

Ya estaba corriendo de vuelta a su hogar, dando saltos mientras su mente infantil agigantaba aquella aventura que había llenado su monótona vida.

Argar empezó a limpiar la herida y a preparar la aguja y el hilo.

Al día siguiente, Ífil llegó con más leche y un enorme mendrugo de pan. Argar todavía seguía débil, pero la comida y el descanso del día anterior le habían fortalecido lo bastante como para levantarse y desentumecer las piernas. Sin embargo, no se encontraba aún con energías como para cazar, así que devoró las viandas que le trajo la niña. Ella le pidió ver la herida y se sorprendió al ver que, como él le dijera, estaba ya cerrada y seca. Argar incluso había sacado el hilo.

—Te dije que me curaba rápido —le recordó.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El ForasteroLa niña le miró con un poco de temor sobrenatural, pero enseguida le exigió esas maravillosas historias que Argar prometiera. Él no le contó sobre princesas y hadas, sino sobre guerras, persecuciones, peligros y penurias. Sus relatos eran reales y no estaban cubiertos de gloria, sino de miedo, ira y sangre. Pero a los niños les encantan las historias truculentas, así que Ífil le escuchaba en silencio, con los ojos desorbitados. También contó Argar sus experiencias con los magos y las criaturas que se arracimaban en los rincones sombríos de este mundo. Y ese terror deleitó a la niña, como deleitan las historias escalofriantes a todos los niños, y a los adultos que en el fondo no han dejado de ser niños.

Al tercer día, Argar le preguntó:

—Ífil, ¿por qué viniste a salvarme cuando los demás de tu aldea no movieron un dedo?

—Bueno, señor Argar, una vez tuve un perrito que se llamaba Floflo. Era un perro muy lindo y revoltoso y los dos nos lo pasábamos muy bien. Pero era un poco torpe y un día se cayó del tejado al que había subido y se clavó en la barriga el tridente del heno, y entonces empezó a sangrar y a tambalearse, y yo lloré mucho, pero mi Floflo al final se murió. Cuando os vi recordé a mi perrito y me dije que no podías morir, señor, como el pobrecito…

Se echó a llorar sin poder evitarlo.

—Está bien —le dijo Argar—. Cálmate. Mira, te enseñaré una cosa.

Desenvainó con lentitud la gran espada, cuyo acero brilló bajo el sol.

—¡Qué bonita! —gritó Ífil.

—Se llama Escalanda y es una espada mágica. Un mago al que ayudé grabó estas runas en su hoja y cuando hay un peligro sobrenatural cerca, esas runas se vuelven incandescentes y la espada empieza a llamear.

—¿De veras?

—Sí. Escalanda puede cortar cualquier gaznate, pero fue forjada para descabezar a brujos y a monstruos. ¿Quiéres que te cuente una historia más?

—¡Sí!

Pasaron otros dos días y Argar se encontró lo bastante fuerte como para cazar un par de conejos. Se dijo que al día siguiente se marcharía. Cuando llegara Ífil le daría el broche de oro y plata, la única parte del botín que Torcual no se llevó, y se echaría de nuevo al camino, en busca de otra guerra en la que emplear su acero. Se preguntó cómo sería echar raíces en un solo lugar, ver pasar las estaciones y los años y tener una mujer y unos hijos como esa pequeña, Ífil.

Se sacó la melancolía de encima. Estaba hecho para viajar y vivir peligros. Un fuego extraño le impulsaba a buscar la guerra, la lucha contra otros hombres, el cantar de los aceros, la furia y la excitación de la victoria. Y también le llevaba por otros caminos, caminos oscuros en los que se cruzaban la brujería y lo sobrenatural, senderos de perdición que despertaban su interés, como si tuviera un extraño anhelo de conocer cosas que les estaban vedadas a la mayoría de los hombres, cosas que a él le interesaban y que a otros sumirían en la locura y el horror.

Ífil no volvió al día siguiente. Ni al otro. Tal vez habían descubierto sus faltas en el cuidado de las cabras y la habían castigado. De cualquier modo, Argar le debía el broche de oro y plata y echó a andar hacia la aldea.

Cuando llegó a ella encontró de nuevo sus callejas vacías.

—¡Lugareños! —gritó—. ¡No quiero haceros daño! ¡Busco a una niña llamada Ífil! ¿Dónde está?

Otra vez le contestó el silencio, como días atrás, e igualmente vio las sombras de los rostros en los ventanucos. Pero ahora ya no estaba débil ni sangraba como un cerdo, así que golpeó con fuerza en una puerta desvencijada.

—¡Respondedme o echaré esta puerta abajo! ¡No me iré de aquí hasta que haya encontrado a esa niña!

—¡Déjanos en paz! —gimió alguien—. ¿Qué quieres de ella?

—Nada malo. Sólo entregarle algo que le debo. Fue la única persona que me ayudó de esta sucia aldea, ¡y por todos los dioses que vais a dejarme verla o echaré abajo vuestras casuchas!

—¡Espera, forastero! —gritó alguien—. ¡Ífil ya no está con nosotros!

—¿Qué quieres decir? ¿Dónde está?

Hubo un silencio de congoja, pero al final alguien respondió:

—Se la llevaron los hombres del Señor Utrago.

—¿Cuándo fue eso? —inquirió Argar.

—Ayer. Vinieron a cobrarse el Tributo de los Niños.

—¡Explicaos!

Hubo un silencio profundo. Una mujer sollozó, en alguna de las casuchas. Un hombre contestó:

—Cada cinco años, nuestro amo exige un tributo de seis niños y nosotros debemos pagárselo. De otro modo, nos mataría a todos.

Sonó un estallido seco y la mujer dejó de sollozar.

—¿Cuántos hombres tiene en su castillo vuestro señor? —preguntó Argar.

—Creemos que cuatro.

Argar abrió mucho los ojos.

—¿Sólo cuatro? ¿Cómo puede defender esta región con sólo cuatro guerreros?

—Nuestro amo tiene tratos con brujos y demonios. Su magia es oscura y poderosa y todo aquél que le ataca o le desobedece es destruido. Nosotros tenemos muchos hijos, demasiados, y es mejor pagar el tributo que despertar su cólera.

—He conocido a muchos brujos y todos mueren cuando se les da una buena ración de acero. ¡Oídme! Si sólo tiene cuatro hombres podemos atacar su castillo y así recuperaremos a esos niños antes de que haga cualquier locura con ellos.

—¡No! ¡No hay que despertar la ira del Señor Utrago!

—Aquí debe haber más de veinte hombres.

—No tenemos armas

—Tenéis azadas, picos, cuchillos y palos y tenéis vuestros propios puños —repuso Argar.

—¡No sabemos pelear!

—A pelear se aprende peleando.

—¡No despertaremos la ira del Señor Utrago!

—¡Son vuestros hijos!

—¡Ve tú a salvarlos, forastero! ¡Hazlo por nosotros! ¡Por favor!

—Iré, pero no será por vosotros. Será sólo por esa chiquilla, la única persona de esta aldea que me ayudó.

—¡Pero que Utrago no sepa que hablaste con nosotros! ¡Despertar su ira supondría nuestra muerte!

—Hay cosas peores que la muerte —respondió Argar—. Por ejemplo, mirarse cada día en un espejo y ver el rostro de un cobarde.

Nadie le respondió.

—Voy a ir a por esos críos. ¿Nadie me acompañará?

De nuevo el silencio.

—Iros al Infierno —gruñó.

Dio la vuelta y echó a caminar por el único sendero que atravesaba la aldea, hasta salir de ella.

Como suponía, aquel camino llevaba al castillo del señor feudal de la región.

Era una fortaleza negra y cuadrada, fea, elevada sobre un monte de tierra seca. Sus torres parecían dedos cadavéricos, apuntando hacia el cielo nublado. Incluso desde la distancia pudo ver que el portón de la entrada estaba abierto y el rastrillo subido. No distinguió vigías entre las almenas. No había apenas vegetación en los alrededores del castillo, algo extraño, pues aquella región era boscosa. Parecía como si el propio castillo hubiera chupado y secado la tierra adyacente, tornándola yerma y gris.

A medida que se iba acercando al castillo, Argar notaba el calor que desprendía su espada, incluso dentro de su funda.

—También tú lo notas, Escalanda —murmuró—. Aquí hay magia negra. Bien. Un poco de sangre de brujo no te hará ningún daño.

Como esperaba, nadie salió a recibirle cuando pasó bajo el rastrillo subido y penetró en un espacioso patio de armas. El lugar estaba desierto. Ni siquiera había caballos o perro. El único abrevadero estaba lleno de agua estancada. El polvo se acumulaba en el empedrado del patio. Los pequeños edificios bostezaban con sus puertas abiertas, sus tejados estaban llenos de agujeros y los pendones y banderolas que alguien colgara hacía decenios eran apenas unos jirones de tela negra y podrida. La desolación era tan cruda como un bofetón en la cara.

Sin embargo, no separó la mano de la espada, que ya ardía con un calor que a otros hombres habría abrasado la mano, pero que a él le parecía reconfortante. Según los lugareños allí había cuatro hombres, cinco contando con el brujo, así que no podía confiarse.

Se dirigió hacia el edificio principal, coronado por la torre del homenaje, tan ruinosa y fea que parecía un vómito petrificado, emergido del mismo suelo. Empujó con la punta de los dedos la puerta y sonó el chirrido de unas bisagras cubiertas de óxido.

—¿Quién está ahí? —gruñó una voz ronca.

Argar caminó sigiloso a través de un pasillo de piedra oscura, cruzado por los rayos de luz solar que entraban por los ventanucos.

—Será un gato o una rata —repuso otra voz—. Déjalo y sigue jugando.

Argar llegó hasta un gran salón con sus puertas abiertas, en otro tiempo una estancia de banquetes y ahora una ruina iluminada por antorchas, con una mesa central en la que cuatro hombres jugaban con unos dados grasientos y negruzcos.

Todos levantaron las cabezas al verle entrar. Aunque vestían túnicas de guerra y cotas de mallas, aunque llevaban espadas colgantes de sus cinturas, había indolencia e indisciplina en ellos. Antes parecían matones tabernarios que soldadesca adiestrada para combatir.

—¿Quién eres? —rugió uno de ellos, el menos sucio de todos.

—¿Dónde están los niños? —preguntó Argar.

Los cuatro le miraban con estupor y con la ira obstinada de los borrachos.

—Te vamos a matar, hijo de perra —le prometió uno—. ¿Quién te crees que eres para entrar así en la fortaleza del gran Señor Utrago?

Argar desenvainó la espada de un solo movimiento y el acero brilló en la penumbra. Sus runas parecían chispear bajo la luz de las antorchas de los muros, y también chispeaban los severos ojos negros de su amo.

—¿Dónde están los niños? —repitió.

Los hombres le miraron con cierto temor. Seguía acercándoseles con lentitud, manteniendo aún la espada baja.

—Somos cuatro y él uno solo —dijo uno de los guerreros—. Además, llevamos armadura.

Desenvainó su propia espada y el resto le imitaron.

—¡Vamos por él! —gritó.

Con un alarido cargó el primero y le siguió otro hombre. Los otros dos avanzaron más despacio, sin ninguna gana de pelear.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El ForasteroArgar desvió el golpe enemigo con su espada, desequilibrando al contrario, que pasó trastabillando a su derecha. Agarró Escalanda a dos manos, se agachó cuando el segundo le lanzaba un tajo y le asestó tal revés que rompió la malla metálica y cortó el abdomen y las tripas. Agarró al herido por el cuello y con un gruñido lo empujó y arrojó hacia los otros dos. Uno no se apartó a tiempo y rodó bajo el cadáver, dando chillidos de pánico. Argar corrió hacia el tercer soldado, que levantó la espada y detuvo dos golpes, tan fuertes que se le iba el cuerpo hacia un lado y otro con cada parada. La espada Escalanda parecía cobrar vida en las manos de Argar. Zumbó y relampagueó y segó la rodilla enemiga. El desdichado cayó al suelo, mirando su pierna cercenada mientras no cesaba de dar grititos. Por aquella boca abierta entró la espada de Argar y por la nuca emergió. Argar se volvió, aún empuñando la espada manchada de dientes y sangre, y echó a correr hacia el primero que le atacara. El hombre había contemplado asombrado y horrorizado la escena y ahora emitió un gemido ahogado y levantó su arma. Escalanda la apartó de un golpe y luego abrió su cabeza como si fuera una sandía.

El último de los cuatro soldados se estaba quitando de encima el cadáver de su compañero y se arrastró sobre las manos y la espalda cuando vio acercársele a paso rápido aquella figura severa, de ojos negros y brillantes y rostro salpicado de rojo, que empuñaba con fuerza aquella espada maldita, una espada cuyas salpicaduras se evaporaban con un siseo tenue cuando tocaban las runas incandescentes de su hoja.

—¡No me mates! —gritó el caído.

—¿Dónde están los niños? —repitió Argar.

—¡En las mazmorras de los sótanos de este edificio! ¡Pero para llegar a ellos tienes que atravesar el salón real y allí está el Señor Utrago!

Argar se agachó, le agarró con la zurda del pelo y le obligó a levantarse de un tirón. Casi tumbó el cuerpo de su enemigo sobre la mesa y apoyó la punta de la espada en su garganta.

—¿Hay más hombres en este castillo?

—¡No! ¡Pero el señor Utrago tiene tratos con demonios! ¡Por eso nadie se acerca a estas tierras! ¡Por favor, no me mates! ¡Yo no soy un guerrero! ¡Nunca he peleado, sólo quería una cama caliente y una vida fácil!

Argar le miró con desprecio.

—Seguro que eras el matón del pueblo —dijo—. He conocido a muchos como tú.

Le levantó tirándole de nuevo del pelo y le dio un golpe en la sien con el pomo de la espada. Luego le estrelló la frente un par de veces contra la mesa, hasta que cayó sin sentido.

—Duerme un poco —le dijo—. Así no me molestarás.

Tenía una complexión parecida a la suya, así que le quitó la cota de mallas para ponérsela él mismo. Limpió la espada caliente y humeante en la túnica del inconsciente y echó a andar hacia las puertas del salón real.

Al empujarlas notó que cedían y entró en la nueva estancia. Era una estancia aún más grande que la anterior y también más oscuro, pues las ventanas habían sido selladas por cortinas pesadas y ruinosas o bien tapiadas con tablones. El lugar quedaba iluminado por las antorchas de los muros. Su luz mortecina y amarillenta dejaba grandes espacios de la sala sumidos en una tiniebla profunda. Cerca de dos de los cuatro muros se levantaban sendas líneas de gruesas columnas. Aquel salón no había servido para banquetes, como el anterior, sino como lugar de audiencias del señor del castillo. Por ello estaba vacío de mesas, sillas y otros muebles y sólo destacaba en él una escalinata de piedra, en cuya cúspide había un negro butacón. En otros tiempos, los capitanes deberían subir aquellos escalones para rendir fidelidad a su señor, quien desde el trono también escucharía las razones y pleitos de sus súbditos.

Ahora no había allí nadie que expusiera sus problemas o que rindiera su fidelidad al señor del castillo. Pero éste sí estaba allí, sentado en su trono de madera negra. Al principio Argar pensó que era una estatua colocada en el augusto asiento, tal era su inmovilidad. Ni siquiera se movía aquel pecho delgado y débil. Pero los ojos grises del Señor Utrago brillaban con un fuego oscuro y feroz, un fuego que delataba pasiones imposibles de comprender para el común de los hombres. Había en esos ojos maldad, ambición, frialdad y sobre todo desprecio. Parecía más avejentado que viejo, pues su cuerpo estaba enteco, consumido por algún mal interior, por una avidez que eliminaba cualquier grasa o carne superflua. La piel arrugada y blancuzca se pegaba a los pómulos como si alguien tirase de ella desde la coronilla. Esta piel se veía oscura y azulada en torno a esos grises y despectivos ojos. No tenía pelo y en el cráneo lleno de aristas se marcaban con claridad venas de un azul verdoso. La nariz era picuda, inquisitiva, y los labios apenas existían. Vestía ropas pesadas y largas, lujosas, pero sucias y desastradas, desconocedoras del remiendo y el jabón. Por las mangas emergían dos manos cadavéricas cuyo tenue pellejo también se aplastaba contra los huesos.

Argar conocía a esta clase de hombres. Brujos de la peor especie, de la que comercia con almas, practica la nigromancia e invoca a los demonios. Ese tipo de magia consume al estudioso, se pega a él como una sanguijuela, se le introduce dentro igual que un parásito, succiona todas sus energías naturales, chupa su carne y acaba con su vigor. A cambio, le da un poder ultraterreno y fantasmal que suple la fuerza física. Adicto a esa droga, el brujo deja de ocuparse de su aspecto, no se asea ni se alimenta como es debido, pues el mundo terrenal y sus placeres ya no le importan. Vive para el oscuro y malsano placer de dislocar las leyes naturales que rigen el mundo.

Argar conocía a esa clase de brujos y había derramado en varias ocasiones su sangre sucia y espesa. Escalanda, sensible ante lo sobrenatural, brillaba como una antorcha de acero.

Los ojos del Señor Utrago relumbraron de avidez al contemplarle.

—Magnífica espada —dijo, con una voz que era el frotar de dos piedras rugosas—. Y magnífico dueño.

—¿Dónde están los niños? —preguntó Argar, quieto en el centro del salón.

—¿Niños? ¡Ah, te refieres al alimento! Están encerrados en las mazmorras —levantó una mano y señaló una poterna casi indiscernible en un extremo oscuro del salón—. Al final de las escaleras que llevan a los sótanos.

—Me los llevaré y te dejaré vivo.

—No puedes llevártelos. Me pertenecen. Son mi alimento.

—Me los llevo. Tendrás que cenar otro tipo de carne.

—No, no, no. No me interesa la carne. Son sus almas lo que busco.

Argar guardó silencio. Recordó a Ífil, aquella alegre chiquilla, y una sombra de ira cayó sobre sus ojos.

El brujo siguió hablando con aquel sereno desprecio:

—Tengo más de ciento setenta años y mi longeva vida se debe a que apenas me alimento de sustancia sólida, sino etérea. Desde que descubrí el ritual de la alimentación, no he temido a la muerte. Primero devoré las almas de pequeños animales. Luego, cuando era un joven, las de mis padres. Y después las de muchos otros hombres y mujeres. Pero lo mejor son las almas de los niños. Son almas puras. Un bocado exquisito. Mañana a más tardar, los espíritus de esos seis niños serán desintegrados y fortalecerán mi esencia vital.

Argar le miró en silencio. Dijo:

—Pensaba dejarte con vida tras llevarme a los niños. He cambiado de opinión.

—¿Quién te dio esa espada? Tiene mucha fuerza.

—Me la dio un mago, un druida del norte al que ayudé en cierta ocasión. Él mismo la forjó, en una herrería en lo profundo de sus bosques, labró sus runas en ella y la cargó de poder mediante ciertos rituales.

—Cuéntame esa historia.

—¿Te interesa conocerla?

—Sí.

—Entonces no te la contaré —repuso Argar.

La ira asomó por primera vez a los ojos del mago, como un insecto que correteara sobre sus ojos grises.

—Quiero presentarte a un amigo —dijo.

Sus agrietados labios bisbisearon algo entre dientes y Argar sintió una bocanada de aire fétido, un viento caliente y hediondo que había invadido el salón a pesar de que sus ventanas estaban selladas. Se volvió hacia un extremo del salón.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El ForasteroLa criatura salió de detrás de una columna. Tenía formas humanas, pero era más alto y corpulento que cualquier hombre y sus miembros eran verdes y húmedos, como si estuvieran cubiertos por escamas. Llevaba puesta una armadura que ningún artesano humano habría diseñado jamás, pues sus contornos recordaban más a la envoltura de los moluscos y crustáceos, que a las corazas de los hombres. El casco era puntiagudo y recordaba a una gran caracola. No tenía celada y por el hueco central asomaba un rostro de pesadilla, cuyos repugnantes ojos saltones y su enorme boca recordaban al de un gran sapo. Lo más desasosegante era que había una extraña cualidad humana en esos rasgos, como si la criatura fuera un imposible cruce entre el hombre y la rana. Pero andaba erguido y sus grandes manos de cuatro dedos, unidos por membranas oscuras, sostenían una espada curva y pesada, casi una cimitarra oriental, tan grande que parecía hecha más bien para el tajo de un verdugo que para la batalla. Había filigranas y palabras cinceladas en su hoja oscura, y mirar aquellos signos extraños producía vértigo, pues eran conjuros de poder. También brillaban, como las runas rectas y angulosas de Escalanda, pero su luz no era incandescente, sino un fulgor imposible, el de la negrura absoluta que, por su contraste con las formas y colores del mundo, adquiere una nitidez espectacular.

—Salve, humano —croó el monstruo, mirándole con sus ojos desorbitados y su constante sonrisa—. Me llamo Siarsán Daib Malbatro Ugor Taín, Décimo Barón de la Región Infernal de Uastragaornia, Capitán de Huestes Demoníacas, Líder de Guerreros de la Sombra.

—Salve, demonio —repuso Argar—. Me conformaré con llamarte Cara De Sapo.

El monstruo le miró durante muchos instantes. Nada en su expresión había cambiado.

—Estoy unido a Utrago por ciertos lazos que no se pueden romper y me ha llamado para darte la muerte. Espero que luches bien. Si lo haces, no te castigaré con el largo y exquisito tormento que di a los otros hombres que se enfrentaron a mí.

Utrago dijo:

—¿No creéis, señor Siarsán, que es un individuo notable? Mirad su espada y el aura que le rodea No es como los otros hombres.

—Porque no es del todo hombre —repuso el demonio.

Argar le miró con sorpresa.

—Vos no podéis verlo, Utrago —dijo el monstruo—, pero yo sí. Este guerrero se parece mucho más a mí que a cualquier otro hombre.

Argar escupió:

—Dame un espejo y te convenceré de lo contrario, Cara De Sapo.

—Guerrero, ¿no sientes que eres distinto de los otros hombres? ¿No te alejas de ellos? ¿No buscas la soledad? ¿Acaso no te atrae la oscuridad y lo sobrenatural? ¿No gozas de una furia combativa superior, de un vigor extraordinario en la batalla, de una capacidad de recuperación sorprendente? ¿No te mueven pasiones y fuegos que los otros hombres desconocen?

Argar le miró, atónito, incapaz de responder.

—Sí, guerrero —siguió diciendo el demonio—. Sabes que eres distinto de los otros hombres. Puedo ver que por tus venas corre sangre de demonio. Eres un mestizo.

—Eso es mentira —gruñó Argar.

—Tu razón no lo cree, pero tu corazón sabe que no miento. Es más, conozco a tu padre. Llevas su impronta en lo más hondo de ti. Tu padre es un barón de los Infiernos con una malsana desviación, un gusto morboso por las hembras humanas. En ocasiones visita a los humanos con una apariencia de hombre tan hermoso, que las mujeres no pueden evitar caer rendidas ante sus encantos. En otras ocasiones se les aparece con su aspecto natural y simplemente las viola. Tiene unos cuantos bastardos mestizos entre los hombres y tú eres uno de ellos.

—¡Falso! ¡Mi padre era un herrero, un hombre honrado! ¡Murió antes de que yo naciera!

—Y tu madre murió al darte a luz, ¿no es cierto? Las hembras humanas siempre mueren cuando paren a un mestizo.

Argar sintió un escalofrío corriéndole por la columna vertebral. Oyó una carcajada en su interior, un grito que le pedía liberarse de sus cadenas humanas, el mismo grito que desde niño le había llenado de una furia y una avidez que no podía entender. Ahora sí lo entendía. Ni siquiera pudo negarse a sí mismo que el monstruo llevaba razón.

Pero apretó las mandíbulas y asió con más fuerza la espada.

—Hablas demasiado, Cara De Sapo. Luchemos de una vez.

—Está bien, mestizo. Después de matarte hablaré con tu padre y le contaré sobre ti. No me guardará rencor por haber acabado con uno de sus pequeños bastardos. Incluso puede que esta historia le divierta.

Argar avanzó hacia el demonio y éste echó a andar hacia él con un movimiento bamboleante de sus gruesas patas, rápido y ágil a pesar de todo. Agarró su enorme espada a dos manos. Argar también empuño la suya como si fuera un mandoble, y Escalanda siseó y rugió y vomitó llamas amarillentas que envolvieron el metal e iluminaron la faz de su dueño. Aquel fuego no quemaba ni cegaba a Argar y resplandecía en el negro de sus ojos como las estrellas en la noche. Las inscripciones en lengua demoníaca de la espada del monstruo también refulgieron con esa oscuridad tan nítida, y también llamearon con unas llamas negras que dibujaban y desdibujaban rostros y cuerpos diminutos.

Ambas armas chocaron con un estruendo pavoroso que rumoreó en el suelo, las paredes y el techo de la estancia. No era el sonido natural de los metales, sino el rugir del trueno cuyo eco sobrecoge el corazón. Las llamas amarillas de Escalanda y las negras de la espada demoníaca parecían enzarzarse también en una lucha particular; sus volutas brillantes se enroscaban en el aire como serpientes y pequeños diablos de fuego. Los dos luchadores golpeaban a dos manos, arremetiendo con toda la furia de sus músculos, que se marcaban como cables llenos de sangre, roja la de Argar, verde y pútrida la del demonio de ojos saltones y sonrisa perenne. Las espadas dibujaban una geometría veloz y llameante: curvas molinetes, reveses, tajos y estocadas. Rechinaban una sobre otra con un grito de metales doloridos y furiosos y hacían saltar nubes de chispas incandescentes entre sus dueños. Aquel fuego sobrenatural no les quemaba la piel, sino que era absorbido por la misma carne y les infundía aún mayores fuerzas, pues no se trataba de fuego natural, sino de fuego mágico. Argar era menos alto y corpulento que su enemigo, pero había una fuerza en él que trascendía sus límites humanos. Era el vigor de su sangre vesánica, la estirpe infernal que latía en cada una de sus células, la parte de su alma que se regocijaba con la violencia y que debía mantener encadenada y encerrada en una jaula cuyo candado era su voluntad. Ahora tenía que emplearse a fondo y había dejado salir a la criatura de aquella oscura mazmorra. Su rostro y su cuerpo eran los de un hombre, pero había un aura salvaje en torno a él, una crueldad en su sonrisa y sus facciones contraídas por la cólera, que no eran propias de la raza humana, que evocaban el fragor de los Avernos. Sus ojos negros y desorbitados estaban llenos del reflejo de las llamas de su espada y en ellos corrían los ríos de lava del Submundo. En sus jadeos metálicos restallaban los latigazos que los demonios asestaban sobre las almas de los condenados. Algo horrendo e indescriptible trascendía desde su expresión, una fuerza inmaterial provocaría el espanto del resto de los hombres.

Y si espantoso era Argar, aún más lo era Siarsán Daib Malbatro Ugor Taín, su enemigo, pues no había nada humano en él que aminorara aquel horror, agigantado por la sus repugnantes ojos saltones y desorbitados, su piel escamosa y brillante de humedad y su sonrisa perpetua.

Ambos continuaron peleando, avanzando y retrocediendo, rodeados de llamaradas negras y amarillas, provocando estallidos de chispas que, como relámpagos en la tormenta, llevaban la luz hasta el último rincón de la gran estancia. Cuando las armas picaban en el suelo la piedra temblaba como recorrida por un seísmo y se alzaba en una lluvia de cascotes y arenisca que volaba por los aires. La lucha les condujo hasta las columnas y la espalda de Argar chocó contra una de ellas. Detuvo la espada de Siarsán y ambas armas quedaron trabadas por las guardas, chirriando y gritando porque ellas también se odiaban, tanto o más que sus dueños. Siarsán gruñó con voz cavernosa y sus músculos se hincharon de manera imposible, llenos de la sangre esmeraldina que su corazón bombeaba sin descanso. Empujó y aplastó al hombre contra la columna. Su espada hizo retroceder a Escalanda, que se acercaba peligrosamente al rostro humano. Los adversarios temblaban por el esfuerzo, uno empujando y el otro conteniendo. Argar tenía los tendones del cuello hinchados, apretaba los dientes, su entrecejo formaba una uve infernal y las venas de sus sienes se marcaban como gusanos azulados. Tenía el cuerpo empapado de sudor y agarraba con tal fuerza su espada que los nudillos se marcaban como aristas de piedra a punto de rasgar la piel.

—Eres débil —gruñó Siarsán, haciendo volar la saliva y la fetidez de su aliento hasta Argar—. Mi sangre es pura. Sólo soy demonio y por eso soy más fuerte. Por eso te venceré y usaré tu médula como collar y tu cráneo como copa.

Argar vio la espada negra acercarse. Sus ojos se entrecerraron por el esfuerzo de contenerla con la suya propia. Las dos armas seguían chillando y rugiendo como si tuvieran voz propia, pero la de Siarsán vencía poco a poco.

Argar se agachó, la espada negra resbaló con un chirrido sobre Escalanda y se hundió en la columna como el cuchillo ardiente en la manteca. Argar se levantó al tiempo que clavaba la espada en el costado del monstruo, atravesando su armadura. Escalanda chilló de placer al beber la sangre verde y emergió por la espalda, entre llamaradas brillantes y victoriosas. Siarsán abrió su boca y la sonrisa pareció congelarse en un espasmo que recorrió todo su cuerpo.

Aún atravesándole, con la cabeza junto al casco, Argar le dijo:

—Te equivocas, engendro. Lo que me hace más fuerte que tú es mi herencia humana.

Sacó la espada de un revés, desgarrando el cuerpo y la armadura del monstruo, provocando una nube de sangre líquida que humeaba y chisporroteaba al contacto de las llamas amarillas. Siarsán se tambaleó. El boquete de su costado humeaba y aún ardían brasas en la herida, las brasas de un fuego tenaz que le estaba quemando por dentro y que esparcía una fetidez espantosa. Levantó su espada y Argar la desvió de un mandoble. Volvió con un revés que abrió la cabeza verdosa en dos mitades y que hizo saltar el casco en forma de caracola por los aires.

—Adiós, Cara De Sapo.

Levantó la espada por encima de su cabeza, desorbitó los ojos y descargó un último golpe con todas sus fuerzas, como el leñador que corta el tronco a sus pies. Escalanda llameó y rió con voz metálica mientras abría al engendro desde un hombro a la cadera contraria, y partía en dos su corazón. Siarsán se desplomó y quedó inmóvil, una masa inerte, con la mediocridad que la muerte otorga a los cuerpos que poco antes vibraban llenos de vida.

Argar miró al brujo. Se quitó la sangre y el sudor del rostro con el antebrazo, respiró con fuerza y echó a andar hacia él.

El señor del castillo continuaba inmóvil en su trono. Había contemplado la pelea como si fuera un hombre ante una disputa entre insectos o un dios ante una discusión de acólitos. Aunque seguía impasible, la mirada de sus ojos no era tan firme y en ella luchaban el miedo contra la voluntad. Levantó una mano cadavérica y apuntó a su enemigo. Sus dedos bisbisearon con rapidez, pero Argar levantó su espada llameante y ésta tembló y soltó una nube de chispas, como si hubiese detenido el golpe de un arma invisible. Siguió andando. Utrago volvió a lanzar otro hechizo y Argar asestó un revés al aire y hubo una fugaz explosión de llamas. Siguió andando y empezó a subir la escalera. Un temblor recorrió la faz cadavérica de Utrago. Ahora levantó las dos manos y no susurró, sino que gritó su nuevo hechizo. Escalanda tembló, como empujada por una fuerza inmaterial. Sus llamas retrocedían bajo el soplo de un viento huracanado y sus runas vomitaban chispas. Argar clavó los pies en los escalones y resistió el empujón. Hubo una última explosión de llamas y el hechizo se descompuso. Argar subió los últimos escalones. Utrago vio ante sí a un guerrero implacable que reculaba su espada, dispuesto a descabezarle de un pavoroso revés. El mago abrió la boca y soltó una especie de grito estrangulado. Su cuerpo estalló y se deshizo en una pasta semilíquida, una sangre negra que abandonó sus ropajes y se deslizó escalones abajo. El revés no encontró su cuerpo y se limitó a segar, entre astillas y llamaradas, el trono.

Argar miró con asombro los ropajes vacíos del mago y la masa viscosa y líquida que se deslizaba por el salón. La mancha dejó de tener una consistencia material y se convirtió en una sombra, un pedazo de negrura repugnante que volaba sobre las piedras y que se metió entre sus intersticios, como absorbida por el propio suelo. Del mago sólo quedaban aquellos ropajes vacíos en el trono tajado y humeante.

Respirando con dificultad, cansado tras la pelea, Argar bajó las escaleras y, sin enfundar su espada, fue hacia la poterna que conducía a los sótanos. Antes de abrirla agarró una antorcha de la pared. Bajó por una escalera penumbrosa, llegó al nivel del subsuelo y encontró celdas ruinosas y vacías.

—¡Ífil! —gritó—. ¡Niños! ¡Estáis ahí!

—¡Ayuda! ¡Socorro!

Corrió hacia las voces infantiles, algunas claras, otras teñidas por el llanto. Halló una celda contra cuyos barrotes se apretaban seis caras infantiles. Algunos niños le miraron con espanto y sin poder dejar de llorar, otros con fascinación y uno en concreto con enorme alegría.

—¡Es un amigo! —chilló Ífil—. ¡Sácadnos, señor Argar! ¡Sácadnos de aquí!

—Apartaos de la puerta —advirtió.

De un solo tajo destrozo la cerradura, que cayó al suelo entre chispas cegadoras. Los niños olvidaron su miedo y soltaron gritos maravillados.

—¡Vamos, salid! ¡Cogeos de la mano y seguidme! ¡No os separéis de mí, pase lo que pase!

Los chiquillos obedecieron e Ífil se colocó a la cabeza de la fila.

—Mirad, señor, vuestra espada sigue brillando —dijo.

Argar miró a Escalanda. Sus runas emitían un fulgor tenue. De pronto, la espada soltó una llamarada que fascinó aún más a los chicos. Argar se detuvo y les ordenó callar con un gesto de la mano. Miró alrededor, a las tinieblas que les rodeaban y se arracimaban fuera del círculo de luz.

—Aún está aquí —musitó—. Viene por nosotros. Ífil, toma la antorcha.

La niña la cogió para que Argar pudiera asir su espada a dos manos.

—Vamos, ven, hijo de perra —susurró a la oscuridad—. Tú y yo tenemos una cuenta pendiente.

Notó algo húmedo que salpicada su hombro. Miró hacia arriba y vio una masa húmeda en el techo. Era una lluvia negra y maloliente que rezumaba desde el techo. Era la misma sombra semilíquida que las piedras del suelo del salón real habían absorbido, un icor tenue que había viajado a través de las oquedades y diminutas grietas, hasta este nivel inferior. Se derramó sobre Argar, quien golpeó en el aire, sin resultado.

—¡Apartaos de mí! —gritó.

Los niños le obedecieron, chillando de terror. Aquel icor viviente y negruzco se pegó a Argar, a pesar de se revolvía y agitaba los brazos. El líquido se metía por entre los aros de hierro de su cota e impregnaba sus vestiduras. Asqueado, casi histérico, Argar dejó la espada en el suelo, se quitó la cota de mallas y la tiró a un lado. Pero era tarde, porque el líquido malsano ya se le metía por el cuello de la túnica, por las mangas y el interior de la falda, empapaba sus cabellos y se diluía más y más. Argar supo de pronto que aquella pasta se haría tan tenue que penetraría por los mismos poros de su piel, se metería dentro de su cuerpo, infectaría sus vísceras y se mezclaría con su propia sangre. El brujo le iba a pudrir y matar desde dentro sin que él pudiera evitarlo, y, una vez corroído, saldría de la carcasa sin vida y tomaría de nuevo su aspecto habitual de viejo cadavérico. Luego se alimentaría con el alma de seis niños inocentes, pero antes ya habría consumido su propio espíritu de hombre y demonio.

—¡Ífil! —gritó Argar, salpicado de aquel líquido cada vez más fino y tenue—. ¡Acércate y quema mis ropas con la antorcha! ¡Ahora!

La niña le miró con horror, pero no osó desobedecer. Corrió a su lado y adelantó la antorcha. Argar gritó cuando el fuego abrasó su piel. La llama prendió en su vieja túnica y en su capote, lamió la estameña y se propagó por el pecho y la espalda. El líquido sobrenatural que le cubría ardió en una gran llamarada, como un aceite inflamable, y el cuerpo del guerrero se convirtió en una pira viviente. Aulló con voz desgarrada, pero más horrible aún fue el grito del brujo, al ser consumido por aquel fuego devorador. Perdida cualquier sujeción material, su alma fue catapultada al Infierno, donde algunos demonios ya le conocían y le tenían reservados sus instrumentos de tortura.

Argar cayó al suelo. La mitad de su cuerpo ardía y soltaba una humareda repugnante.

—¡Vamos! —gritó Ífil—. ¡Hay que apagarle!

Se quitó sus ropas y los otros niños la imitaron. Le golpearon con ellas y sofocaron las llamas. Medio cuerpo estaba ennegrecido y dos niños se apartaron para vomitar.

—¡Hay que sacarle de aquí! —gritó Ífil—. ¡Hay que llevarle al agua!

—Está muerto —dijo un niño—. Nadie puede resistir esto y seguir vivo.

—¡No! ¡Se curará! ¡Yo sé que se curará! ¡Vamos!

Los niños y niñas la obedecieron y entre todos llevaron el cuerpo tembloroso e inconsciente escaleras arriba. No se olvidaron de la espada.

Llegaron al patio exterior al abrevadero para caballos. Le metieron en el agua estancada. Con la piel arrugada en una espantosa cicatriz, Argar salió del agua tambaleándose y se arrastró unos pasos, para luego seguir inmóvil y limitarse a respirar, entre jadeos.

—¡Os dije que viviría! —gritó Ífil—. ¡Si lo cuidamos se curará!

Lo llevaron a las habitaciones de la soldadesca y encontraron allí los cadáveres de los guerreros del castillo. El que Argar había dejado con vida huyó de la fortaleza al verle medio carbonizado, pero aún vivo. Los niños le metieron en una cama y hallaron ungüentos y aceites, así como agua potable y alimentos, tanto para el enfermo como para ellos mismos.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El ForasteroTodos se asombraron, excepto Ífil, al asistir a la milagrosa curación del guerrero. Al cabo de una semana la piel ya no estaba negruzca y el enfermo había dejado de delirar entre fiebres. Al cabo de dos las quemaduras casi habían desaparecido, como por arte de magia. Al cabo de tres, Argar se levantó por su propio pie de la cama y pudo tomar alimentos sólidos y no sólo la leche, la miel y el vino que le habían dado hasta el momento. El pelo empezaba a crecerle de nuevo en un cráneo que ya no se veía calcinado y su piel apenas estaba arrugada.

—¡Os dije que se curaría! —clamó Ífil, triunfante.

Luego se abrazó a las piernas de Argar y se echó a llorar de pura alegría y alivio.

—Me has salvado dos veces la vida —dijo Argar, con voz ronca y aún débil—. Te debo algo que te prometí, tiempo atrás.

Sacó de entre sus ropas destrozadas aquel broche de plata y oro. Ahora estaba ennegrecido y tiznado por el fuego, pero había un trocito incólume, que seguía brillando a pesar de todo. La niña lo miró con el mismo deleite en sus ojos, ahora húmedos, y lo besó. Luego se rió.

—¡Siempre lo llevaré conmigo!

Argar miró a los otros chicos. Le observaban con respeto, aunque también se alegraban de su increíble recuperación. Aún había temor en sus ojos y en los años venideros tendrían pesadillas por todo el horror sufrido. Pero se repondrían y seguirían adelante con sus vidas.

—Vámonos —dijo Argar—. Tengo que devolveros a casa, con vuestros padres.

—Quiero ver a mi madre —dijo una niña, la más pequeña del grupo.

—¡Yo no! —protestó un chiquillo que era casi un adolescente—. ¡Nos abandonaron! ¡No nos cuidaron! ¿Por qué tendríamos que volver?

—Para cuidar vosotros de ellos —respondió Argar.

Le dio al chico una palmada en el hombro y le revolvió el pelo.

—Venga, vámonos —les dijo.

Se vistió con las ropas de un soldado muerto y se llevó a los niños fuera del castillo.

En los últimos días el cielo había desencadenado una lluvia tenaz y persistente que había limpiado los bosques y la pradera. El verde de las hojas se había tornado crudo y nítido y resplandecía. El forastero echó la vista atrás y vio la fortaleza, tan fea, oscura y desierta como cuando la contempló por primera vez. Pero ahora las runas mágicas de Escalanda ya no brillaban y un sol victorioso ahuyentaba las sombras y alegraba el ánimo.

Las siete figuras echaron a andar por el camino, bajo los haces dorados del nuevo día.

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