El Brujo de Oz (I)

Escrito por Editor
viernes, 05-09-2008 12:06:59

—Has… ¿has matado a la Bruja del Este? —Preguntó con una chillona y temblorosa voz.
—Sí, lo he hecho. Pero ha sido en defensa propia. ¿Algún problema?

Por Francisco Calderón

CAPÍTULO I

Espada y Brujeria - Ragnarök - El Brujo de Oz (I)Dorothy era una yonki.

Es curiosa la capacidad del ser humano para simplificar en sus definiciones, sobre todo si se trata de catalogar a otro ser humano. Ya no existía Dorotea Martínez Aceituno, aquella muchachita pelirroja que corría por las tierras que rodeaban el olivar de sus padres, en Extremadura. Nadie recordaba a Doro la adolescente, esa prometedora joven que sacó las notas más altas de su instituto, y que apuntaba a ser una perfecta estudiante de medicina. Nadie hablaba de Dorothy la aspirante a actriz, que se marchó a Madrid en busca de fama y fortuna, cambiándose el nombre que le habían puesto en honor de su abuela y rompiéndoles el corazón a sus padres. Ni siquiera la llamaban ya Dorothy la vagabunda, la borracha, la puta, la homicida, la presidiaria. Ahora, simplemente, era Dorothy la yonki.

Y desde hace unas horas, se había convertido en Dorothy, la de la cama 217. Porque Dorothy, delgada, desnutrida, con hepatitis, sida, seis negros agujeros donde en otro tiempo había habido dientes y brazos como un alfiletero, acababa de ingresar en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Diagnóstico: coma producida por sobredosis de heroína. Posibilidades de supervivencia: en su estado físico, prácticamente ninguna. Enganchada a una máquina respiratoria, provista de suero y vigilancia continua. Pobre Dorothy.

Mientras los médicos del hospital luchaban por mantenerla estable y por localizar a algún familiar, Dorothy permanecía en un limbo sin luz ni sonido. Una sensación de bienestar absoluto, una calidez casi fetal la envolvía. No era consciente de su cuerpo, y su mente era un blando colchón con la capacidad de movimiento de un caracol tetrapléjico. Ella flotaba. No su cuerpo, ni su mente, ni siquiera un leve instinto o pensamiento racional. No, solamente ella, la esencia de su ser destilada en un concentrado puro, libre de las dañinas influencias del tiempo o la experiencia. Flotaba, se movía como una hoja seca en una brisa ligera. Poco a poco, imperceptiblemente, su mente se fue reconstruyendo, apenas lo justo para tener una leve consciencia de sí misma, escasamente unos sutiles recuerdos que explotaban como burbujas de jabón al ir a tocarlos con sus manos. Sus manos. De repente tenía manos, y a partir de ahí, su mente reconstruyó, pedazo a pedazo, su cuerpo físico. No como era en aquel momento, acostado en la habitación 217, sino como debería haber sido si hubiese logrado la perfección física que su genética podía alcanzar. La idea perfecta de su cuerpo. Y pudo sentir sus miembros ágiles, musculosos y fuertes. Su corazón bombeando poderoso en el pecho, la espesa melena pelirroja enredándose a lo largo de la sinuosa curva de su espalda. Un cuerpo sano, vigoroso. Y sonrió con todos sus blanquísimos dientes.

Y nadó. Nadó con fuerza hacia arriba, lejos de la ahora fría penumbra. Sus agudos ojos distinguieron la luz del sol a través de la superficie del agua, unos metros más arriba. E impulsándose con sus largas piernas y sus fibrosos brazos libres de marcas de aguja, saltó fuera del agua como un pez, pelo rojo brillante como una cascada al sol, pechos enhiestos, desnuda como si acabara de nacer, una diosa cubierta de rocío.

Miró a su alrededor, exultante, y vio que estaba en un lago, rodeado de una explanada de hierba y pequeñas flores amarillas, que lindaba con un espeso bosque. Todo era limpio y cristalino, el sol calentaba sin quemar en un cielo azul de dispersas nubes algodonadas, y la brisa traía el cantar de invisibles pájaros. Y de pronto su mente se recompuso por completo; pensaba con más nitidez y velocidad de lo que lo había hecho en años, antes de las drogas, antes de caer. Se sentía estimulada; una fiera sonrisa alumbraba su rostro, sus brazos se movían con rapidez mientras nadaba hacia la orilla.

Cuando alcanzó la tierra, un pensamiento se fijó en su cerebro: estaba muerta. Podía recordar como era su cuerpo horas antes, enfermo, corrupto, destrozado; podía recordar con un escalofrío el fuego de la aguja, la sensación de que algo iba mal, demasiado rápido, demasiado intenso. Antes de perder el sentido supo que se había metido demasiado.

Pero ahora… ahora se sentía más viva que nunca. ¿Cómo podía explicárselo si no fuera aceptando que estaba muerta, en otro lugar, en un cielo o nirvana o…? Pero no. La vitalidad desbordaba sus venas, se salía por sus poros, sabía, intuía que estaba viva. Aunque indudablemente en otro lugar. Y su cuerpo… se miró. Era perfecto, atlético, poderoso. Ni rastro de mono, de necesidad hambrienta, de debilidad. Y su de nuevo aguda mente se rebeló, necesitando respuestas.

—¿Quién eres? —Una repentina voz a su derecha la sacó de sus pensamientos, poniéndola inmediatamente alerta. Se giró y pudo ver a una extraña mujer sentada entre la hierba, a escasos metros. Era joven y atractiva, e iba vestida con una amplia túnica azul. El pelo, recogido en un moño y oscuro como la pluma de un cuervo. Los ojos, fijos, negros y brillantes. Se extrañó de no haberla visto antes.

—Me llamo Dorothy —contestó, repentinamente consciente de su desnudez—. ¿Podrías decirme dónde estoy?

—¿Por qué tu pelo es rojo? —preguntó la mujer de azul mientras se ponía de pie, ignorando completamente la pregunta de Dorothy; su mirada era insultantemente arrogante—. ¿Y de dónde has salido?

Dorothy se puso tensa. Conocía a esa clase de bruja altanera que creía poder tratarla con el mayor de los desprecios, la había visto demasiadas veces en las calles, zorras enjoyadas que la observaban con una mezcla de diversión y asco mientras pasaban a su lado del brazo de algún tipo importante.

—Te he preguntado que dónde estoy —insistió Dorothy; su voz sonó amenazante.

La cara de la bruja de azul se crispó, desfigurándose horriblemente en su furia. Su grito restalló como un látigo.

—¡Contéstame, puerca! Te he preguntado que de dónde has salido. ¿No sabes quién soy? ¡Estás en mis tierras! ¡Arrodíllate ante mí! —Permanecía de pie ante Dorothy, alta y soberbia, señalando al suelo con su flaco dedo índice.

—Que te jodan, bruja —fue la seca respuesta de la pelirroja.

—Así que me conoces, ¿eh? —Dorothy abrió los ojos, sorprendida, al contrario que la mujer de azul, cuyos ojos se estrecharon peligrosamente—. Entonces sabrás que tengo poder sobre cualquier cosa de este mundo. Pero creo que antes voy a darte una lección.

La bruja se quitó la túnica, y Dorothy pudo ver, con perplejidad, las vestiduras que llevaba debajo: pantalones negros y ceñidos, metidos por dentro de unas altas botas de cuero hasta la rodilla; una especie de sujetador de cuero duro cubría sus pechos; unos largos brazaletes de cuero negro atados con correas adornaban sus brazos desde la muñeca hasta casi el codo. Y lo más sorprendente: un ancho cinturón de cuero repujado con tachaduras de metal del que colgaban una espada fina y recta y una daga. Tenía un cuerpo extremadamente delgado, y Dorothy pensó que parecía una modelo de pasarela.

—¿Pero que clase de perra sadomasoquista eres tú? Hay que joderse… —Dorothy retrocedió, alarmada, mientras veía como la bruja sacaba lentamente su espada.

—Bruja… y guerrera. No te lo esperabas, ¿eh? Pues antes de ordenarte que te mates a ti misma voy a hacerte unos cuantos cortes en ese bonito cuerpo.

La bruja avanzó lentamente hacia Dorothy, sonriendo como un tigre al acecho, espada en mano. Antes de que la pelirroja pudiera pensar en correr, movió la espada como un rayo, un arco de plata que le hizo un profundo corte horizontal en la mejilla izquierda.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El Brujo de Oz (I)Dorothy no era nueva peleando. En las calles, en la cárcel, en muchas ocasiones había tenido que usar sus puños, sus pies, sus dientes, incluso palos y navajas para defender su vida. Tocó su cara y vio correr su sangre, espesa y brillante, entre sus dedos. Con un grito de rabia y un sonoro “hija de puta” se abalanzó por sorpresa sobre su enemiga. Su cuerpo reaccionó como una flecha: nunca había sido tan fuerte, tan rápida. Cayendo sobre la bruja, cuya guardia había quedado abierta tras el tajo, empezó a golpearla en la cara con ambas manos, mientras que con sus rodillas sujetaba los brazos de su atónita contrincante. La espada se resbaló de la mano derecha de la bruja, aunque ésta consiguió, retorciéndose, liberar la otra mano y, con un veloz movimiento, desenfundar su daga. Dorothy agarró a duras penas el brazo que sostenía la daga, mientras ésta descendía hacia su pecho. Haciendo uso de una fuerza que desconocía tener, giró la mano de su enemiga poco a poco, dirigiendo la punta de la daga a la garganta de la bruja. Ésta, viéndose superada, dijo, imperante y con absoluta confianza:

—Suelta mi mano. Ahora.

La cara de la bruja se descompuso por la sorpresa al ver que Dorothy no le hacía el menor caso.

—No puede ser… ¡Suelta mi mano! ¡Levántate! ¡Déjame! ¡¡Muérete!!

La daga seguía bajando, lenta pero inexorablemente.

—Es imposible… —la bruja parecía más atónita que desesperada—. Tengo el poder de ser obedecida instantáneamente por cualquier habitante de este mundo… a menos que…

Una mirada de comprensión y horror cruzó por los ojos de la bruja un segundo antes de que la daga atravesara su garganta.

Levantándose sobre el cadáver de su enemiga, Dorothy musitó:

—¿Por cualquier habitante de este mundo? Bueno, pues al menos ya sé dónde estoy. O al menos dónde no estoy.

Miró a la bruja. La daga permanecía enterrada en su garganta, mientras que una sangre oscura y densa se iba derramando lentamente sobre la hierba. Después, con cierta prisa, empezó a desnudarla. Se puso sus pantalones, sus botas. Cubrió sus pechos con la negra pieza de curo endurecido. Desabrochó con paciencia los brazaletes, y después se los puso, abrochándoselos firmemente. Se colgó el cinturón del que colgaban dos vainas vacías, y tras limpiarla con la túnica de la bruja, que aún permanecía en el suelo, puso la daga en su funda. Por último se agachó y cogió la espada. Golpeó el aire un par de veces con ella, notando como las muñequeras fortalecían su antebrazo, sonrió satisfecha y la enfundó.

—Por si acaso —dijo.

Secó su sudor con la túnica, y después la arrojó lejos. Hacía demasiado calor para llevarla y se movería mejor sin ella. Después se acercó al borde del lago, y se vio reflejada. Se sorprendió. Era atractiva, su espesa melena roja le llegaba a la cintura, más larga de lo que la había llevado en la vida. Su cuerpo era fibroso, atlético. Y estaba sana, con una sensación que ya casi no podía ni recordar: estaba libre de drogas. Al sonreír vio todos sus dientes, blancos y perfectos. Se preguntó de nuevo dónde estaba y por qué, pero empezaba a no importarle. Ni siquiera pensó en la facilidad con que había matado, en la naturalidad con que había acabado con su enemiga. Había sido necesario para sobrevivir. Eso era lo único importante.

No le molestaba la ropa que vestía, era cómoda y peores cosas le habían hecho llevar. Además, parecía extrañamente en consonancia con aquel lugar. Y le daba un aspecto muy peligroso, cosa que siempre era bueno, ya que ayudaba a evitar peleas. Lavó la herida de su cara. Sabía que le dejaría una cicatriz.

Y algo le dijo que sería la primera de muchas.

CAPÍTULO II

—¿Y vosotros quién coño sois?

Espada y Brujeria - Ragnarök - El Brujo de Oz (I)Dorothy se había dado la vuelta, alarmada, al oír un ruido a su espalda. Se había quedado ensimismada durante unos minutos mirándose en el agua del lago, pero el chasquido de una ramita la puso inmediatamente alerta. De nuevo se sorprendió a sí misma al desenfundar la espada mientras se giraba, poniéndose en guardia incluso antes de tener un pensamiento consciente al respecto. Alzó las cejas al ver un gracioso grupo de cuatro hombrecillos vestidos de azul y con unos picudos y extraños sombreros. Se relajó ligeramente, pues aparte de no llegar ninguno al metro y medio, iban desarmados y parecían bastante asustados. Uno de ellos dio un paso adelante, inseguro.

—Has… ¿has matado a la Bruja del Este? —Preguntó con una chillona y temblorosa voz.

—Sí, lo he hecho. Pero ha sido en defensa propia. ¿Algún problema? —Dorothy se puso de nuevo tensa, temiendo la reacción de los hombrecillos. Pero ni remotamente podía imaginar lo que éstos hicieron al oír su repuesta, pues los cuatro se arrojaron al suelo de rodillas ante ella, en gesto de adoración.

—Somos los munchinks —siguió el hombrecillo—. Esclavos de la Bruja del Este, a quien tú has matado. Por tanto ahora somos tus esclavos.

—Ahora sois libres. Yo no quiero esclavos —gruñó Dorothy, enfundando la espada—. Levantaos.

Los hombrecillos parecían perplejos. Poco a poco el entendimiento se abrió paso en sus pequeños cerebros, y se levantaron, sonrientes, mirándose unos a otros. Por fin, el que parecía el líder se adelantó de nuevo.

—Gracias. Mil gracias. Llevamos tanto tiempo siendo esclavos de la bruja que nos cuesta entender que somos libres de nuevo. De todas maneras, ¿podemos hacer algo por ti? Lo que sea.

Dorothy pensó por un momento.

—Decidme, ¿la bruja era quien mandaba aquí, en esta tierra?

—En este país, pero no en esta tierra. El gobernante más poderoso de nuestro mundo es el más grande hechicero de todos, el llamado Brujo de Oz, que permanecía en una tensa paz con la Bruja. Pero, ¿quién eres tú, oh nuestra salvadora, que ignoras eso? ¿Y cómo has conseguido matar a la Bruja, si tenía poder sobre todos los seres de este mundo, excepto el mismísimo Brujo de Oz?

—La respuesta a ambas preguntas es la misma: soy alguien de otro mundo. No sé cómo he llegado hasta aquí.

El munchink permaneció cavilando unos instantes. Después miró de nuevo a sus acompañantes, que asintieron moviendo la cabeza, aunque no habían pronunciado ni una palabra.

—Entonces creo que podemos ayudarte en algo: te indicaremos el mejor camino para llegar a la Ciudad Esmeralda, hogar del Brujo de Oz. Él puede devolverte a tu mundo.

—Oh —Dorothy entrecerró los ojos—. ¿Puede de veras?

—Por supuesto. Se dice que el Gran Brujo es capaz de todo. Puede doblegar el tiempo y el espacio. Conoce todas las respuestas y su poder es infinito.

—¿Y también tiene poder sobre todos los seres… de este mundo?

—Por supuesto.

—Bien. Dime por favor, entonces, cómo puedo llegar hasta él.

* * *

La noche sorprendió a Dorothy cruzando el bosque. Los munchinks le habían dado un zurrón lleno de comida, así como un odre con agua que podría rellenar en los abundantes manantiales que había en el camino. Tras cenar algo de pan y fruta seca, se tumbó sobre un lecho de hojas junto a un arroyuelo. Había dormido en la calle demasiadas veces como para tener miedo de un bosquecillo, aunque, por si acaso, mantuvo cerca su espada.

Se levantó con el sol y siguió su camino, siempre hacia el oeste. Un par de horas después encontró lo que estaba buscando: una vetusta vía hecha de ladrillos de piedra amarillenta, similar a las antiguas calzadas romanas. Estaba en muy mal estado; faltaban muchos ladrillos y en algunas zonas la vegetación casi había hecho desaparecer el camino, pero aún así podía seguirse sin mucha dificultad. Según los munchinks, aquella vía la llevaría hasta las mismas puertas de la Ciudad Esmeralda, capital del reino de Oz. Así que todo lo que Dorothy tenía que hacer era seguir la vieja carretera sin desviarse.

Pasó el día caminando, sin prisa ni pausa. Se regocijó en su resistencia, pues tras andar varias horas ni siquiera estaba cansada. Encontró árboles frutales, y apenas tocó la comida que llevaba en el zurrón, aunque empezaba a echar de menos un buen filete. Cuando oscureció se tumbó bajo un frondoso roble, y se durmió en seguida. No recordaba haber tenido un día tan agradable desde que era niña

Al día siguiente se levantó poco después que el sol. Estaba descansada, y se encontraba feliz y hambrienta. Comió pan y fruta seca, así como una especie de galleta dulce y porosa, y bebió agua en un arroyo cercano. Estaba pensando en bañarse cuando oyó un ruido, una especie de gemido lejano.

Desenfundó su espada sin pensar, y su natural curiosidad la dirigió hacia el sonido. Efectivamente era un gemido humano; alguien se lamentaba con la pena de un moribundo. Su mente calculaba de forma automática la manera de volver al camino que acababa de abandonar, para evitar el riesgo de perderse, cuando al pasar tras unos arbustos contempló una extraña estampa: un hombre permanecía atado a un poste en el centro de un claro. Su cabeza estaba caída sobre su pecho, y un grasiento pelo negro y largo le tapaba el rostro. Era muy alto y bastante delgado, aunque se adivinaba una fibrosa fortaleza bajo los sucios trapos grises que componían su vestimenta. Frente a él, colgada de un árbol y lejos de su alcance, había una vieja espada en su roída funda. El arma era larga y bastante fina, y Dorothy comprendió que pertenecía al hombre, ya que ambos se parecían extrañamente. Quien quiera que hubiese atado a aquel personaje allí, dejó su arma cerca como burla, como una cruel tortura, ya que a pesar de verla jamás podría hacer uso de ella.

De pronto, él la oyó. Levantó su cabeza despacio, y la miró con unos profundos ojos grises a través de las madejas de negro cabello. Su rostro era delgado, duro, de pómulos marcados y nariz recta. Estaba demacrado y ojeroso. Sus labios estaban secos y cortados, y tenía aspecto de llevar días sin beber ni comer nada. Su rictus era tan peligroso como el de un lobo gris con una pata atrapada en un cepo.

—Suéltame —dijo, arrastrando las palabras por una garganta abrasada—. Por favor.

—¿Quién eres? ¿Y quién te ha puesto ahí? ¿Y por qué? —Dorothy apoyó la punta de la espada en el suelo, y sus manos en el pomo. Le miraba imperturbable.

—Me llamo Tharn. Tharn el Astuto. Por favor… ¿tienes agua?

—Has respondido bien a la primera pregunta. Ahora hazlo con las otras dos.

—Por favor… —Había desesperación y ruego en la voz del hombre, pero en sus ojos sólo había odio y desafío.

—No te soltaré ni te daré agua hasta que me digas qué haces ahí —la voz de Dorothy era inflexible.

El hombre pareció pensativo. Dorothy sabía que estaba calculando si podría o no engañarla. Al final se rindió y dijo la verdad, o al menos eso le pareció a ella.

—Me ató aquí la Bruja de Este hace ya dos días, para morir de hambre y sed o, si tengo suerte, devorado por los lobos. Me negué a servirla. Soy un ladrón y un asesino, pero no trabajo para brujas.

—Si te libero, ¿me servirás a mí?

—¿Eres una bruja?

—No. Pero he matado a una. Ayer maté a la Bruja del Este.

Tharn el Astuto pareció sorprendido. Levanto su cabeza hasta tocar el poste con la nuca, y la miró con menos odio y más sospecha.

—¿Mataste a la bruja? Mientes.

—Te lo juro, si eso significa algo para ti. En cualquier caso, ¿por qué iba a mentirte?

—Dices que mataste a la bruja y que no eres una bruja. Eso es imposible.

—No lo es. La corté el cuello con su propio puñal, y su magia no sirvió conmigo.

—Porque eres una bruja —no era una pregunta.

—Porque no soy de este mundo.

Tharn el Astuto pensó un buen rato, sin decir palabra. No era algo habitual en él, pues su mente iba tan rápida que tomaba la mayoría de sus decisiones en apenas un par de segundos. Pero quizás esta vez la decisión era especialmente difícil. O quizás estaba demasiado agotado.

Dorothy no dejaba de mirarle, su cara inmóvil como si fuera de piedra, sus manos sobre la empuñadura de la espada, con la presencia de un señor de la guerra. Por fin, Tharn habló.

—Si me liberas y me dejas mi espada, te seguiré y te obedeceré durante tres meses. No mato niños ni violo mujeres. No me humillaré ante ti. Esas son mis condiciones.

—¿Tus condiciones? —Dorothy echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada—. ¿Tú pones condiciones? Tienes coraje, eso he de admitirlo. Bien, trato hecho.

Y de un rápido y único mandoble, cortó las cuerdas que le sujetaban al poste.

Tharn cayó hacia adelante, como si sus piernas no pudieran sostenerle. Se levantó como pudo, y medio arrastras, llegó hasta su espada y se la colgó a la cintura. Solamente cuando había asegurado bien el arma, se volvió hacia un arroyuelo, se tumbó, y metió la cabeza dentro del agua. Permaneció así casi un minuto, hasta que Dorothy empezó a pensar que se había ahogado. Después se levantó, jadeando. Se volvió hacia Dorothy, y ésta no pudo dejar de admirarse ante la capacidad de recuperación del guerrero. Después de dos días atado a un poste, sin comer ni beber, había necesitado apenas unos minutos y algo de agua para estar de pie ante ella, esperando.

—¿Y bien? —dijo—. ¿Qué ordenas?

—Me dirijo a la Ciudad Esmeralda a ver al Brujo de Oz. Quiero que me acompañes y, si es necesario, que luches a mi lado.

—¿El Brujo de Oz? ¿Y qué quieres del hechicero más poderoso del mundo?

—Eso es cosa mía. Tú solo cumple tu promesa.

Tharn la miró muy serio, con los ojos entrecerrados, una mirada que denotaba concentración mental. Durante un segundo, Dorothy pensó que iba romper su juramento y atacarla. Se tensó, pensando en que no le gustaría nada enfrentarse a alguien con esos ojos fríos como el hielo. Pero lo único que hizo Tharn fue encogerse de hombros.

—De acuerdo, mujer, lo que tú digas —dijo, echando a andar—. ¿Tienes algo de comer?

Dorothy no pudo evitar sonreír.

—Me llamo Dorothy —dijo.

—Pues qué bien —contestó Tharn.

Esa noche Tharn se tumbó junto a Dorothy, boca arriba, con las manos tras la nuca. La joven le miró. Tharn se había bañado en un riachuelo, y se había quedado sin camisa en la calurosa noche. Dorothy se dio cuenta, sorprendida, de que no podía dejar de mirarle. Hacía años que no deseaba a ningún hombre, años en que cada vez que se había acostado con alguno había sido por dinero o por drogas. Años que no disfrutaba del sexo. Pero su nuevo cuerpo… ahora parecía que esos años se habían acumulado sobre ella, y su cuerpo sano pedía a gritos un hombre. Y había que reconocer que Tharn tenía cierto atractivo: era delgado y muy fibroso, sin un gramo de grasa y duro como los clavos de un ataúd; y parecía cargado de energía, energía que salía a borbotones por sus brillantes ojos grises. Se preguntó como sería estar entre sus brazos, y empezó a sentirse muy excitada.

Tharn notó que le estaba mirando, y sin girar siquiera la cabeza, sonrió.

—¿Tienes algún deseo que pedirme, oh ama? —dijo, irónico.

Y Dorothy entendió porqué le llamaban el Astuto.

CAPÍTULO III

Cuando Dorothy se despertó al día siguiente se sentía muy bien. Se desperezó como una gata y se incorporó buscando sus ropas. Vio que Tharn se había levantado ya y que estaba sentado sobre una roca, afilando su espada. A su lado había un montón de frutas frescas. Se vistió, sonriendo. Se acercó a Tharn y le revolvió el pelo con la mano. El guerrero hizo amago de morderla, y Dorothy retiró la mano con una carcajada. Compartieron desayuno entre risas y siguieron su camino. No hablaron de la noche anterior.

Esa tarde llegaron a un río más ancho. La corriente era rápida y profunda, y se dieron cuenta de que les resultaría imposible cruzarla a pie. Los restos de un antiguo puente permanecían a ambos lados del río, por donde en otro tiempo se podría haber cruzado sin dejar el camino.

—¿Y ahora? —dijo Tharn.

—No nos queda más remedio que abandonar el camino y seguir el cauce del río hasta encontrar otro puente. Después volveremos hasta el camino siguiendo la otra orilla.

—Pues esperemos que ese puente no esté muy lejos. ¿Norte o sur?

—No sé. ¿Qué opinas?

—No conozco esta zona. Pero hacia el norte parece más despejado.

—Norte entonces.

Tras dos horas de viaje llegaron a un nuevo puente. Era de madera, pero parecía sólido, así que se dispusieron a cruzarlo. Cuando alcanzaron la mitad del puente oyeron ruido en los arbustos del otro lado: algo se dirigía hacia ellos con bastante poco disimulo. Se miraron.

—¿Osos? —preguntó Dorothy.

—O bandidos —contestó Tharn, desenfundando su espada. La joven le imitó.

Pero lo que vieron aparecer entre los arbustos ninguno de los dos se lo esperaba. Era un enorme guerrero vestido de pies a cabeza con una vieja armadura metálica. Llevaba el yelmo cerrado, con lo que no podía vérsele la cara, y una enorme hacha de guerra de dos hojas sujeta en la mano derecha, mientras que con la izquierda apartaba arbustos con dificultad. Dorothy se dio cuenta de que apenas podía moverse, y que seguramente su visión estaba muy limitada tras el visor de rejilla del casco. Aún así, como un viejo rinoceronte, se dirigía lentamente hacia ellos. Tharn habló.

—Corre. Nos dará tiempo cruzar, y en la otra orilla le rodearemos. Golpea con la punta de la espada a través de las juntas de la armadura. Las axilas son débiles y puedes alcanzar órganos vitales.

Pero según decía esto, y como si adivinara sus intenciones, el guerrero metálico soltó un rugido y echó a correr, llegando al puente antes de que Tharn y Dorothy pudieran reaccionar. El tremendo esfuerzo que eso había supuesto se hizo evidente cuando el guerrero habló casi sin aliento, jadeante, mientras alzaba la pesada hacha ante él, sujetándola con las dos manos.

—Alto… no podéis… cruzar… Decidme… quiénes sois…

—Mi nombre es Dorothy, y éste es Tharn. ¿Quién eres tú y por qué nos atacas?

—Me… llamo Thinnus —contestó el caballero, recuperando el aliento—. Soy caballero de la sagrada orden de Artannia. Y he jurado defender la verdad, el honor y… este puente.

—¿Este puente? ¿Quieres decir que no dejas cruzarlo a nadie? ¿Por qué? —preguntó Tharn, perplejo.

—Así se lo juré a mi rey, Atreus III. Defendería con mi vida este puente de las hordas invasoras de Escasia. Juré que nadie lo cruzaría mientras yo viviese, y así ha sido.

—¿Atreus III? ¿Escasia? ¿Rey? Espera… ¿Cuánto hace que tu rey te pidió eso? —dijo Tharn.

—¿Qué ocurre? —indagó Dorothy.

—Hace… hace… —Thinnus dudó—. La verdad es que no lo sé.

—Pues déjame decirte —siguió Tharn— que la guerra entre Artannia y Escasia fue hace más de treinta años.

—¿Treinta años? —preguntó Thinnus.

—¿Treinta? —dijo Dorothy.

—Treinta —aseveró Tharn.

—¿Y… y el rey Atreus? —consultó un apesadumbrado Thinnus.

—Muerto.

—¿Hace…?

—Treinta años. Al final de la guerra. De hecho, en esa guerra murió también el rey de Escasia, y ambos reinos entraron en un periodo de anarquía que les destruyó. Después, una bruja se instaló aquí y convirtió estas tierras en su letrina particular.

—¡Una bruja! —Thinnus parecía escandalizado. Se sentó pesadamente en una piedra, dejando a un lado su hacha—. ¡Una bruja gobernando Artannia!

—Lo que antes era Artannia —le corrigió Tharn—. Ahora estas tierras son conocidas simplemente como el Este.

—Entonces… —Thinnus cogió de nuevo su hacha, y se levantó todo lo rápido que le permitió su pesada armadura, alertando a Dorothy y a Tharn, que habían empezado a relajarse—, entonces… ¡entonces juro dedicar mi vida a acabar con esa malvada bruja! ¡Por la verdad y el honor!

—Tsk. Demasiado tarde —dijo Tharn.

—¿Cómo? ¿Por qué? —Thinnus, que se había animado momentáneamente, parecía de nuevo apesadumbrado.

—Ella —dijo Tharn señalando a Dorothy con un movimiento de cabeza.

—¿Ella? —se extrañó Thinnus.

—¿Yo? —dijo Dorothy, huraña.

—Ella. Dorothy. Mató a la bruja hace apenas unos días.

—¿Vos? ¿Una mujer? ¿Mataste a la bruja? ¿Acaso eres maga?

—No —Dorothy parecía malhumorada—. Maga no. Pero la maté.

—¿Para liberar a esta tierra? —Preguntó un confuso Thinnus.

—No.

—¿Para acabar con el mal?

—No.

—¿Para volver con tu amado?

—¡No!

—¿Entonces…?

—Se puso borde —dijo Dorothy, algo avergonzada.

—Oh. Ya veo —Thinnus se dejó caer de nuevo sobre la piedra. Permaneció callado unos momentos. Después, al ver que Dorothy y Tharn seguían esperando, espada en mano, en medio del puente, les dijo, con dejadez: —Oh, vamos. Podéis pasar.

Dorothy y Tharn se miraron. Tharn se encogió de hombros con un gesto característico en él, y ambos cruzaron el puente, despacio.

—Y enfundad esas armas —dijo Thinnus, con un deje amargado—. No voy a atacaros. ¿Para qué? De hecho…

De pronto se levantó. Dorothy y Tharn, que últimamente no ganaban para sustos, retrocedieron de nuevo, pero vieron que el enorme guerrero no recogía su hacha. En vez de eso se sacó, refunfuñando y con un visible esfuerzo —la armadura estaba bastante oxidada—, el pesado casco, descubriendo un rostro envejecido pero duro, surcado de pequeñas cicatrices. Tenía el pelo corto y blanco, y un enorme mostacho del mismo color adornaba sus gruesos labios. Un cuello de toro sostenía la sudorosa cabeza, de mandíbula prominente y cuadrada, frente amplia e intensos ojos azules.

—De hecho… —siguió—, vos, hermosa dama, sois la libertadora de esta tierra. A vos os debo pues lealtad. Os seguiré.

—¿A mí? —preguntó Dorothy, entre suspicaz y divertida.

—A vos. Y tú —dijo, volviéndose hacia Tharn—, ¿sois el marido de la dama o…?

—No —le cortó Tharn—. Yo sólo la sirvo.

Dorothy le miró, pero no dijo nada.

—Bien. Pues ya tenéis dos sirvientes. Si me aceptáis, señora.

—Bien. ¿Por qué no? Ya veremos que sabes hacer…

Ahora fue Tharn quien la miró. Tampoco habló, pero sus labios se fruncieron en una mueca difícil de clasificar.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El Brujo de Oz (I)Esa noche Dorothy volvía a estar excitada. Habían decidido pernoctar allí antes de continuar su camino hacia el sur para encontrar de nuevo el camino de baldosas amarillentas que conducía hasta la Ciudad Esmeralda. El gigantesco Thinnus se había despojado de su armadura y se había bañado en el río, aunque para ello Dorothy le había tenido que dar una orden estricta, hablándole sobre latas de conserva podridas que al abrirse olían mejor que él. Y cuál fue la sorpresa de Dorothy al ver a aquel gigantón desnudo. Aparentemente, la mezcla de una maravillosa genética con el hecho de haberse movido con aquella pesadísima armadura durante décadas, le habían convertido en un auténtico saco de músculos. Dorothy no recordaba haber visto nada así en su vida: tenía la musculatura y la envergadura de un culturista profesional, pero se le veía tan duro y curtido como a Tharn. Thinnus se dio cuenta de las apreciativas miradas que le echaba Dorothy, y se sonrojó. Tharn, tumbado cerca con la cabeza apoyada en un árbol caído, se echó a reír.

—¿Cuántos años llevas sin estar con una mujer, gran Thinnus? —preguntó con sorna.

—Vamos, déjale en paz —dijo Dorothy, conteniendo una sonrisa.

—Creo que me voy a dar una vuelta. Me encanta el bosque de noche, cuando salen las más bellas criaturas —se burló Tharn, poniéndose en pie. Thinnus estaba rojo como un tomate.

—Tharn…

—Dime, Dorothy —Tharn volvió la cabeza hacia ella, pues ya se alejaba. Sonreía con ironía.

—Si te molesta…

Tharn se rió.

—Eh, preciosa, yo te sirvo a ti, no tú a mí. ¿Por qué iba a molestarme? —Y sin decir nada más, saltó entre unos arbustos y se perdió en la oscuridad.

Dorothy sonrió. Sabía que Tharn no mentía al decir que no le importaba. Miró a Thinnus, que había empezado a ponerse la armadura.

—Eh, grandullón —dijo—. Ven aquí.

—Señora, yo no… no creo que pueda.

—¿Por qué? —Dorothy se extrañó—. ¿Eres gay?

—¿Cómo?

—Que si te van los tíos.

—¡Por supuesto que no! —exclamó un escandalizado Thinnus.

—¿Impotente?

—¡No!

—¿Entonces?

—Bueno, no es adecuado… sois mi señora…

—¿Te apetece?

Thinnus la miró, repentinamente serio y sin rastro de vergüenza. —Más que nada en el mundo —dijo—. Después de tantos años…

—Pues ven aquí, y deja esa puñetera armadura, que no te va a hacer falta.

Thinnus dejó caer su taparrabos, con un gesto casual.

—Aunque puede que a mí sí… —exclamó Dorothy, con los ojos como platos.

CAPÍTULO IV

Tharn no volvió hasta la mañana, y lo hizo con un pequeño corzo muerto en los hombros.

—¡Carne! —gritó Dorothy, encantada—. Thinnus se incorporó, alarmado al oír el grito, pero enseguida recordó los sucesos de la noche anterior y buscó su taparrabos, aparentemente avergonzado. Media hora después, la carne chisporroteaba en el fuego, y pronto le estaban hincando el diente con ganas. Dorothy estaba deleitada. No recordaba haber comido nada tan bueno en su vida.

Guardaron en sus zurrones la carne sobrante en grandes tajadas envueltas en hojas frescas, y caminaron paralelamente a la orilla del río hacia el sur. Ninguno tenía muy claro cuánto tiempo les faltaba para llegar hasta la Ciudad Esmeralda, pero el bosque les proveía de carne, fruta y agua fresca, el calor no era sofocante y los árboles daban abundante sombra. No habían visto peligro alguno, pues no se toparon ni con osos ni con lobos, y aquello se les antojaba un paseo. Sólo hubo un problema: Thinnus se negaba a separarse de su armadura, y estaba claro que con ella puesta no podría andar a través del bosque durante largas jornadas. Al final conservó la coraza y el casco, llevando los brazos desnudos. Para las piernas tuvo que apañarse con unas viejas prendas de lino grueso que portaba normalmente bajo la armadura, al igual que unas finas botas de cuero. Tras un rato de caminata, se colgó el casco de la cintura, junto a su enorme hacha, pero mantuvo la coraza. Sudaba copiosamente. Un par de horas después alcanzaron los restos del viejo puente, y habiendo conseguido cruzar el río, siguieron de nuevo hacia el oeste por el camino de viejas baldosas amarillas.

Al mediodía llegaron a un agradable claro de hierba, que se abría a ambos lados del camino rodeado de frondosos fresnos. A su alrededor cantaban alegremente pájaros de vivos colores, y pudieron observar como algunas ardillas correteaban, juguetonas y curiosas.

—Esto es muy bonito —comentó Dorothy, con una extraña tristeza en su voz—. Uno se sentiría feliz de vivir aquí. O incluso de morir.

—No digáis eso, hermosa dama. Mientras Thinnus esté a vuestro lado, ningún mal os atrapará —dijo Thinnus, su enorme mano apoyada en el mango de su hacha.

—Gracias —la joven le sonrió.

—Comamos —dijo Tharn—. Tengo un hambre de lobo.

—Perfecto. La verdad es que yo también estoy hambrienta.

Se sentaron en círculo en la hierba, y sacaron la carne y algo de fruta. Dorothy se sentía tranquila. Aquel lugar era un remanso de paz, y sabía que estaba a salvo con sus dos compañeros. Thinnus era fiel como un enorme perro, y sabía que Tharn, a su manera, también la apreciaba. No recordaba haberse sentido tan bien desde pequeña, cuando iba al embalse con sus padres y tíos, y jugaba con sus primos en el agua. Se dio cuenta, sorprendida, de que incluso el recuerdo de aquellas escenas había permanecido borrado de su mente durante años. Años en los que… pero no quería recordar sus últimos años, no, prefería mantener la cálida sensación que le producían los recuerdos recién desenterrados, y disfrutar de aquel momento, de aquel lugar cómodo y seguro. De su nueva vida.

Tharn fue el primero en darse cuenta de que algo iba mal. Oyó un ruido entre los arbustos que les rodeaban, pero apenas se alarmó, ya que podía ser cualquier animalillo del bosque. Pero mientras dirigía su mirada hacia el lugar de donde provenía el ruido, se dio cuenta de que el sonido se repetía a su derecha, a su izquierda, detrás de ellos. Se levantó de un salto y desenfundó su espada en un sólo y relampagueante movimiento.

—¡Arriba! ¡A las armas! ¡Estamos rodeados! —gritó.

Dorothy se quedó momentáneamente aturdida, tan bruscamente la arrancó el grito de su ensimismamiento. Thinnus estaba de pie con su hacha entre las manos y el casco calado apenas dos segundos después del aviso de Tharn. Dorothy se levantó con una mirada interrogante en sus ojos cuando vio como una docena de hombres aparecían entre la espesura, como si se hubieran materializado detrás de cada árbol, de cada matorral. Sacó su espada con una maldición en los labios. Nunca bajes la guardia, nunca, musitó para sí, furiosa.

Los que los rodeaban iban vestidos con ropas de lino y cuero, desgastadas y llenas de rasguños. Sus rostros eran fríos y duros, y algunos sonreían sardónicamente. Estaban sucios y desaliñados. Portaban espadas, lanzas, hachas, algunos de ellos unos sencillos cascos de metal y cuero. Cuatro les apuntaban con flechas.

Dorothy, Tharn y Thinnus se colocaron instintivamente en círculo, dándose la espalda, con las armas adelantadas.

—Estamos jodidos —dijo Tharn.

Pero sus enemigos no atacaban. Parecían esperar algo.

De pronto, una voz que más parecía el rugido de un león atronó entre la enramada.

—Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?

Entre los árboles apareció un hombre cuyo aspecto era bastante singular. Tan alto como Thinnus pero más delgado, llevaba una leonina melena castaña hasta casi la cintura. Una fiera barba del mismo color se erizaba en su cara, donde se veían dos ojos negros como el azabache que brillaban por sí mismos. Llevaba un pantalón de lino marrón remetido por dentro de dos fuertes botas de cuero, y esa era toda su vestimenta, aunque su pecho y brazos eran tan peludos que casi parecía que llevase una chaqueta de lana. Llevaba dos largos cuchillos cuyas hojas medirían dos palmos de largo enfundados en su cinturón. Se acercó a ellos, la cabeza alta, los brazos cruzados ante el pecho, como un rey que observara a sus súbditos.

—Tres muchachos jugando en el bosque, ¿no es así? ¿Vuestras mamás no os han avisado de los… terribles monstruos que acechan en la floresta? —Puso las manos en forma de garras, exagerando la voz y enseñando los dientes, burlesco; sus hombres se echaron a reír.

—Maldito bandido… —Thinnus dio un paso hacia él, furioso.

—Eh, eh, tranquilo —el jefe de los asaltantes levantó las manos, sin que la sonrisa le abandonara—. No queremos que te hagas daño con las flechas, ¿verdad?

Thinnus gruñó, mirando a su alrededor, pero se detuvo.

—La cosa está así —dijo el bandido, cruzándose de nuevo de brazos—. Yo soy el rey de esta selva, y como tal exijo tributo —su tono, al parecer, jamás dejaba de ser jocoso, pero su mirada era peligrosa, tenía ojos de depredador—. Y el tributo es todo lo que tengáis. Comida, ropas, armas, dinero, todo. Si pagáis, podréis iros. Si no, os juzgaré y os ejecutaré. ¿Y bien? ¿Qué decidís? No tengo todo el día.

—¿Y como te llamas, oh, rey, si puede saberse? —Fue Tharn quien habló.

—Puede —la sonrisa del bandido se ensanchó—. Mi nombre es Abdalón, pero todos me llaman El Valiente. Y eso es porque no conozco el miedo.

—¿Valiente, eh? Bien, Valiente, si es que en verdad lo eres… —la sonrisa de Abdalón se borró por primera vez ante las palabras de Tharn—, te reto. Tú y yo solos. Si gano, nos vamos con todas nuestras cosas. Si pierdo… tendrás lo que quieras.

Abdalón echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada, que sus hombres imitaron en menor medida.

—Vaya, así que el flacucho tiene garras, ¿eh? Lo lamento, pero tu oferta no me interesa. Primero, porque me ofreces algo que ya es mío. Y segundo, porque poco valor hay que tener para enfrentarse a un espantapájaros como tú.

—¡Entonces lucha conmigo! —bramó Thinnus, que estaba rojo por la furia y el esfuerzo que hacía por mantenerse en su sitio.

—No dudo que un toro rabioso cubierto de metal como tú sería un desafío más interesante —Abdalón parecía pensárselo, mientras se acariciaba la barbilla con una mano—. Pero no. Eres grande y torpe. Poco valor necesitaría para enfrentarme a ti —los ojos de Thinnus casi se salieron de sus órbitas ante tal insulto, y empezó a moverse hacia el bandido.

—No. Quieto —Dorothy habló por primera vez desde que fueron rodeados; había notado que aquel fanfarrón apenas la había mirado, excepto por un par de miradas apreciativas, pero nunca como si fuera un rival a tener mínimamente en cuenta. Thinnus se paró en seco, obedeciendo a regañadientes.

—Lucha conmigo, Valiente —añadió.

—¿Con una mujer? ¿Crees que desprecio luchar con tus amigos pero lucharé contigo? —Valiente sonrió, al parecer tremendamente divertido.

—No. Creo que eres un cobarde que se esconde detrás de sus palabras y que tiene miedo de que una mujer le meta sus cuchillos por el culo. Creo que ni siquiera te atreves conmigo, porque sabes que te mataré. Creo que tus hombres se partirán de risa cada vez que te vean y recuerden que una mujer te habló así y que a pesar de ello fuiste tan gallina que no te enfrentaste a ella. Creo que huelo desde aquí la mierda que hay en tus pantalones. Eso creo.

La sonrisa de Abdalón había ido disminuyendo de tamaño hasta que se convirtió en una mueca de incredulidad, y luego de furia, rabia incrementada por los rostros de sus hombres: bien es verdad que la mayoría permanecían con la boca abierta, sin dar crédito a sus oídos, pero vio a un par de ellos sonreír muy ligeramente.

—¿Como te atreves…? —empezó a decir, con voz contenida y apretando los dientes— ¿Estás loca? ¿Quieres morir? Ni siquiera tienes medio golpe, sólo eres una mujerzuela… ¿Quién te crees que eres que piensas que tienes derecho a medirte conmigo de igual a igual?

—Es la que mató con sus manos a la Bruja del Este —le cortó Tharn.

Un murmullo se elevó entre los bandidos. Abdalón la miró con el ceño fruncido, perplejo, como si la viese por primera vez. —Eso es mentira —dijo.

—No, no lo es —siguió Dorothy, que había entendido perfectamente el camino a seguir que le había indicado Tharn. —Maté a la bruja, y te mataré a ti. Soy Dorothy, la Muerte Roja, la Asesina de Brujas, la Degolladora de Hombres. Hace falta mucho valor para enfrentarse a mí. Un cobarde como tú jamás lo haría, así que déjanos ir.

—¿Mucho valor? —Valiente sacó sus dos cuchillos a la vez con un rápido movimiento cruzado de sus manos, su mirada enloquecida—. ¡Yo tengo mucho valor! ¡Hundiré mis garras en tu cuerpo, Asesina de Brujas!

—¿Y si te mato yo?

—Entonces, juro por mi honor que mis hombres os dejarán marchar sin poneros un dedo encima. ¡Y ahora, luchemos!

Valiente se acercó a ella, agazapado como un felino, sus barbas y cabellos tan erizados como los de una bestia enfurecida. Dorothy avanzó hacia él, desenfundando su daga con su mano izquierda, para enfrentar dos armas contra dos. Tharn y Thinnus retrocedieron un paso, bajando sus armas al ver que el resto de los bandidos hacía lo mismo. Sin darse apenas cuenta, hipnotizados por la escena, recularon hasta ponerse hombro con hombro con sus enemigos, formando entre todos un círculo alrededor de las dos figuras en duelo.

Y en ese momento, Dorothy sintió miedo.

Como un fogonazo, su mente se iluminó y fue plenamente consciente de lo que estaba haciendo: enfrentarse a un guerrero experimentado, un líder de bandidos, con lo que probablemente era el más rápido y el mejor luchador de todos ellos. Y se enfrentaba con una espada, un arma que nunca había manejado, y lo hacía a muerte. Dorothy se vio muerta en el suelo, en un charco de sangre, con los dos largos cuchillos de su contrincante clavados en su cuerpo. Y casi se echó a temblar. “Estoy loca”, pensó. “Loca de remate. ¿En qué estaría pensando cuando dije todo lo que dije? ¿Cómo pude imaginar sólo por un momento que era una buena idea? Ahora está furioso, y va a matarme, y lo que es peor, mis hombres lo van a ver. Y ellos confían en mí.”

Antes de que le diera tiempo a darse cuenta de que este último pensamiento había sido tan extraño en ella como los que la habían puesto en aquella situación, Dorothy tuvo que vaciar su mente de todo lo que no fuera preocuparse por su supervivencia más inmediata. Con un rugido, su contrincante había saltado hacia ella, tratando de golpearla en el pecho con uno de sus cuchillos. Sin pensar, Dorothy levantó su brazo izquierdo y paró limpiamente el golpe con su daga, mientras golpeaba hacia abajo como un carnicero con su espada. El golpe hubiera abierto en dos la cabeza de Abdalón si este no hubiera detenido a su vez la espada con su otro cuchillo, y ambos quedaron momentáneamente trabados, fuerza contra fuerza, inmóviles, echándose el aliento a la cara. Pero pronto se impuso el mayor poderío físico del guerrero, y con un gruñido, empujó a la mujer hacia atrás, aunque ésta, lejos de caer, se movió rápidamente hacia su derecha, esquivando así una posible acometida de su enemigo.

El miedo creció dentro de Dorothy. “Es más fuerte que yo. Y lucha mejor” —pensó. Y antes de que se diera cuenta, Abdalón estaba de nuevo sobre ella, descargando una lluvia de golpes con sus cuchillos que la pelirroja apenas atinaba a esquivar y detener. Un terrible latigazo de dolor la inundó cuando uno de los cuchillos la cortó en la cadera, derramando el icor rojo sobre sus oscuros pantalones. Y entonces sucedió.

Una poderosa locura se adueñó de su mente al ver su propia sangre, un torbellino escarlata que nubló sus pensamientos convirtiéndola en una demente furiosa, alguien a quien le daba lo mismo vivir que morir con tal de destrozar a su enemigo. Enseñó sus dientes con un rugido salvaje que sorprendió al propio Abdalón, cuya sonrisa, que había aflorado al ver la sangre de la mujer, se congeló en su rostro. Dorothy tiró a un lado su daga, y agarró la espada con las dos manos. Los ojos de Thinnus se abrieron con admiración, mientras que Tharn permanecía inmutable, pero con un leve amago de sonrisa en su rostro: Dorothy se movía demasiado deprisa para su enemigo, casi demasiado deprisa para verla. Con toda la fuerza de sus dos brazos, empezó a golpear incansablemente a Abdalón, que se vio forzado a retroceder. Uno de los golpes de espada arrancó un cuchillo de las manos del jefe de los bandidos, aunque éste, recuperado de la sorpresa, empezó a ganar terreno de nuevo.

—¡Maldita mujer! —gritó furioso. —¡Voy a acabar contigo aunque sea lo último que haga!

—Adelante, bastardo, ven a por mí. ¡Ven a por mí! —le contestó la mujer, a la vez que lograba alcanzarle en un muslo con la punta de su espada. El corte no había sido profundo, pero la sangre manó abundante. —Sangre por sangre, cabrón —le dijo, con una sonrisa que era más bien una mueca salvaje.

Espada y Brujeria - Ragnarök - El Brujo de Oz (I)Los dos contrincantes empezaron a girar uno alrededor del otro, lanzando estocadas y esquivándolas en una danza mortal. Sus rostros eran máscaras de furia, respiraban pesadamente, sin dejar de mirarse a los ojos, sin atreverse ni a pestañear, buscando una abertura en la defensa de su oponente. A su alrededor, catorce hombres observaban como estatuas, los ojos brillantes, olvidado todo excepto el bárbaro espectáculo que se ofrecía ante ellos.

Dorothy contempló al hermoso ejemplar de hombre que tenía enfrente: poderoso, rápido, primordial, y de pronto lamentó que aquella batalla tuviera que acabar con una muerte. Si era ella la que caía, encontrar una nueva vida que la satisfacía plenamente le habría durado poco. Si era él, se desperdiciaría un guerrero que sobresalía entre el resto como un león entre chacales, un guerrero que quería tener a su lado como aliado, no enfrente, como enemigo. Pero la pelirroja no se engañaba: si no le detenía, la mataría. Moviéndose como un rayo, alzó su espada y lanzó un terrible golpe hacia abajo. Abdalón abrió sus piernas para asentarse firmemente contra el suelo, mientras que detenía el mandoble con su largo cuchillo, y en ese instante la pierna derecha de Dorothy salió disparada hacia arriba, golpeando en la entrepierna del guerrero con un sonido como el de un tambor destensado.

Los ojos de Abdalón parecieron salirse de sus órbitas, mientras que su cara se ponía colorada e hinchaba sus carrillos, reteniendo el grito que luchaba por salir de su garganta. El cuchillo se soltó de su mano, repentinamente flácida, y sus piernas se doblaron, cayendo de rodillas. Miró incrédulo a su oponente, y se derrumbó cuan largo era sobre le suelo, boca abajo. Dorothy dio un paso atrás, resoplando, y miró a su alrededor.

—¿Y bien? —dijo, observando uno por uno al resto de los bandidos. —¿Cumpliréis la promesa de vuestro jefe o tengo que romper algunos huevos más?

Tharn y Thinnus se la acercaron, sonrientes. Tharn musitó un “bien hecho, mujer”, mientras que su compañero se agachó para calibrar la herida que Dorothy tenía en la cintura. —Sólo es un rasguño, pero hay que lavarlo y vendarlo —concluyó.

Los bandidos observaron a su caído jefe y empezaron a alejarse, de mala gana. Uno de ellos escupió sobre Abdalón, y en pocos segundos desaparecieron entre la floresta, como si nunca hubieran estado allí.

—Tharn…

—Dime, Dorothy.

—Sabías que podría con él —no era una pregunta.

—Ajá.

—¿Cómo?

—Sólo tenías que vencer tu miedo, que aprovechar tu rabia, que aprender a pensar. Y lo hiciste.

—¿Pero cómo sabías que sería capaz?

Tharn se encogió de hombros. —Tus ojos —dijo—. Y mataste a la Bruja.

Dorothy se quedó pensativa. Le halagaba la seguridad de su compañero en ella, pero la molestaba la facilidad con que había apostado su vida.

—Mientras me curo este arañazo, tratad de despertarle. Quiero hablar con él —gruñó, señalando al caído Valiente con el pulgar, por encima de su hombro.

—¿Despertar al bandido? —preguntó Thinnus—. ¿Para qué? Degollarle, es lo que tendríamos que hacer.

—Dime una cosa, Tharn, ¿la ley de los bandidos es la ley del más fuerte? Quiero decir, ¿el mejor luchador es el que manda?

—Así es.

—Lo suponía. Por tanto, ¿puedo pedirle a este león que me obedezca como a su jefa?

—Puedes. Si te fías de él.

—No más que de ti —observó la joven con una amplia sonrisa que contrastaba con su ceño fruncido—. No más que de ti.

Continuará…

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