Conan El Bárbaro – Reseña

Escrito por Editor
Martes, 30-08-2011 16:24:58
Conan

Año de estreno: 2011
Director: Marcus Nispel
Interpretación: Jason Momoa (Conan), Ron Perlman (Corin), Stephen Lang (Khalar Zym), Rachel Nichols (Tamara), Rose McGowan (Marique), Saïd Taghmaoui (Ela-Shan), Leo Howard (Conan joven).
Fotografía: Thomas Kloss. Música: Tyler Bates. Guión: Thomas Dean Donnelly, Joshua Oppenheimer.

La película había creado expectación entre los seguidores del personaje literario, en general entre las hordas de seguidores de su creador, el escritor de culto Robert Ervin Howard. Ya desde que aparecieron las primeras fotos del protagonista, un tipo llamado “Momoa”, con una cara demasiado oriental y morena para nuestro norteño cimmerio, empezaron a pintar bastos y los puristas menearon la cabeza. Se conoció el argumento y el cielo se cubrió de nubarrones. Poco tenía que ver todo esto con el del Conan ya no digamos literario, sino incluso el de los peores comics de Marvel. No obstante, en ese cielo nublado aparecían rayos de luz celestiales: fotogramas de diseños, trajes, decorados… Parecía que, si bien la verosimilitud histórica no iba a brillar como un sol, al menos sí habría un trabajo serio para darle un ambiente de Espada y Brujería gótico, y desde luego no nos encontraríamos con una cuadrilla de culturistas acalambrados, melenas rancias, cartón piedra, taparrabos de piel de león o cabra y los perennes cascos cornudos. Al menos había uniformes, armaduras, decorados… Los trailers hicieron salivar a muchos, pues se echaba toda la carne en el asador en cuanto a acción bizarra y salvaje.

Pero en los mentideros de Internet seguía la pregunta del millón: aparte de los músculos sudorosos, la ambientación, la sangre y los combates… ¿habría un guión, un trabajo de actores, de dirección, un ritmo, una buena banda sonora, es decir, habría algo de eso que diferencia a una película seria y correcta de un simple videojuego? ¿Y cómo sería el carácter de Conan? ¿Sería un Conan howardiano o un simple tarugo sin dos dedos de frente?

La película, tras verla, hace dudar a uno de que sea eso: una película. Al menos tiene el formato audiovisual de película, pero en cuanto a las características formales que definen a una película (diálogos, ritmo, guión, interpretaciones, dirección…), nada de ello existe, salvo para lograr un solo objetivo: acción, acción y más acción.

La película es una señora ensalada de espadazos con aliño de sudor, sangre y vísceras. En cuanto a la acción, se desconoce el reposo: una tras otra van apareciendo luchas, persecuciones, combates en solitario o en grupo, puñetazos, patadas, estocadas, mandobles, tajos… Sobre caballos, castillos, mazmorras subterráneas o altas torres, en barcos, puentes, bosques, tundras, ciudades de mala muerte o al raso, en tabernas, palacios o templos… Combates sin freno por tierra, mar y hasta aire.

Y ahí está el principio y el fin de las bondades de la película: un espectáculo de acción que puede mantenerte entretenido si no buscas más que eso. Las peleas no son tan malas como parecen: abundan los movimientos rápidos de cámara, pero al menos puedes entender lo que ocurre, no como en otras películas todavía más confusas. Y algunas tienen una coreografía realmente conseguida y brillante, como por ejemplo la sangría de mohicanos hyborios que hace el pequeño Conan en los bosques de Cimmeria, o el soberbio combate contra los demonios de tierra y polvo, ambas luchas magníficamente rodadas y montadas, que merecen un aplauso dentro del cine de acción. Otros combates no son tan buenos, como por ejemplo el ataque al barco o la lucha final contra el malvado enmascarado y su tierna hijita, una apoteosis un tanto decepcionante. Pero la persecución del carro sí resulta vertiginosa, entretenida y muy bien dirigida y montada, una persecución al mejor estilo de las escenas de indios que atacan la diligencia del Oeste, pasada por el tamiz del Hollywood del s. XXI.

Puede y debe decirse que como película de acción, de simple y pura acción, sí cumple, con muchos aciertos incluso dentro de este hipertrofiado género cinematográfico.

Pero claro, no todo debe ser acción en una película. Más bien la acción ha de ser un complemento, la guinda para un guión correcto. En este sentido la película hace aguas por todas partes y por ello ha recibido críticas severas, en algunos casos tan severas que han soslayado los aciertos del film, que alguno tiene.

Cabe decir que no se puede tomar en serio el argumento de base: ya desde el principio se parte de una historia irreal al más puro estilo James Bond hyborio: un hombre solo contra todo un imperio, tal vez el más poderoso del mundo, regido por un malvado que quiere convertirse en dios y hacerse dueño de Todo, una historia salpicada de magia negra discotequera y sangrienta… Con estos mimbres ni los mejores guionistas lograrían hacer algo serio, así que se eligió meter la quinta marcha, pisar el acelerador hasta el fondo, tirar por el camino de en medio y hacer de la película un mero espectáculo de acción. Como se ha dicho antes, la acción lo es todo y el ritmo por tanto está disparado, sin valles ni depresiones de lógica tranquilidad: todo es cumbres y picos, una cordillera de luchas y sangre, sin espacio para diálogos que duren más de siete segundos. Muy pocos personajes pueden ser tomados en serio y algunos, como el malvado o su hija a lo Marilyn Manson, parecen sacados de un cuaderno de colorear infantil. La introspección no existe ya que todos son planos y tienen la profundidad de un charco, desde la sufrida muchacha que ha de ser salvada en el momento del sacrificio ritual, y que por supuesto no llega virgen al mismo por obra y gracia de cierto cimmerio, al fiel compañero afrohyborio de rigor, o el ladrón que revienta cerraduras y pone el contrapunto debilucho y humorístico al recio y poco bromista Conan. Fuera de las secuencias de acción el montaje de escenas es catastrófico, un montaje tan sutil y fluido como un hachazo en un árbol, y la banda sonora no pasa de la corrección y en algunos momentos es mediocre… aunque es de agradecer que no suenen guitarras eléctricas, todo sea dicho. Para rematar la faena el doblaje es pésimo, ya que se pretende dar fuerza a las voces de Conan y el archimalvado a fuerza de enronquecerlas, y por tanto parecen gruñir en lugar de hablar.

Por todo ello la película no es que parezca un producto de serie B, sino que tiene todas las letras menos la “A”. Estética y argumentalmente sigue la estela de esa Fantasía Heroica cinematográfica ochentera, que nos dio glorias añejas como “Ator el Poderoso”, “La espada salvaje de Krotar” o “El señor de las Bestias”.

Con todo, hay aciertos. O al menos momentos que honrosamente tratan de escapar a tanta maldad. Así, los primeros quince minutos, en los que se describe la infancia de Conan, son al menos correctos porque parecen una serie de hechos concatenados, narrados de manera coherente (si exceptuamos el largo descanso que se toma el padre de Conan en medio de una batalla, para hablar con la madre parturienta). Los momentos de relación familiar entre padre e hijo sí son correctos, y se agradece el enorme guiño a Millius en los mensajes sobre el espíritu del acero y de la espada, que recibe Conan de su progenitor. Incluso la imagen del metal fundido llenando el molde ha sido tomada de la película de Millius, y el ataque a la aldea presenta también sus reminiscencias, aunque sin llegar a la belleza dramática de, por ejemplo, aquella muerte de la madre de Conan mientras cogía de la mano a su pequeño hijo.

En cuanto al personaje, a su caracterización, habrá opiniones para todos los gustos. Muchos puristas han corrido a lincharlo, pero tampoco Arnold era precisamente el Conan de Howard. En realidad, ¿cómo era el Conan de Howard? El tejano jamás nos ofreció ni una sola descripción de su rostro y facciones, salvo los ojos azules y volcánicos y sus greñas negras. Así pues, Momoa podría encajar en el molde tanto como Arnold. No obstante, si lo que se busca es la personalidad, hay que decir que sin ser perfecto ni mucho menos, Momoa sí recuerda más al Conan howardiano que Arnold Schwarzenegger (algo que fue intencionado, pues Millius no quería ni mucho menos retratar al personaje literario, sino inventarse uno de su propio cuño). Momoa sí podría ser un Conan joven, en su etapa más desvergonzada de ladrón y pirata, alguien salvaje y sangriento, determinado pero sin llegar a la obstinación estúpida, con una alegría volcánica que derrocha entre borracheras, trifulcas de taberna y furcias, como hacía el Conan literario. Aunque los intelectuales de siempre le tacharán de idiota, este Conan no es exactamente un becerro, pues se gasta un humor cruel y sádico con sus enemigos, con genialidades como la de hacerle tragar la llave al carcelero para que sus prisioneros se la saquen de entre las tripas, o enviar a un sacamantecas al archienemigo vía aérea mediante una catapulta. El Conan de la película parece aún más encarnizado que el de los libros, menos lastrado por ese código moral bárbaro un tanto infantil, que le impedía hacer daño a una mujer ni siquiera siendo ésta guerrera (un código que Howard se salta en “La hija del gigante helado”, donde el cimmerio está a punto de cometer una violación de tomo y lomo). Así, Momoa cercena sin pestañear el brazo de la joven bruja y ensarta de un lanzazo en las tripas a la cargante arquera enemiga, durante el ataque al barco. Un gran acierto de la película (quizás el mayor) es que no se ha pretendido suavizar a Conan, no se ha querido hacer de él un guerrero un tanto rudo pero políticamente correcto: aparte de convertirle ya desde niño en un barriobajero que parte rodillas, da patadas en la entrepierna y no perdona al enemigo herido e indefenso, tenemos un Conan machistón para nuestra época, que ladra órdenes a las mujeres y si le desobedecen las ata y amordaza sin remilgos modernos. Tampoco es dado al romance ni a las despedidas emocionadas, aunque deje a la muchachilla destrozada cuando le ve partir. Este Conan sí parece de veras un mercenario y un ladrón putañero, con el espíritu de un cimmerio y no el de un Orlando Bloom o un Tom Cruise en taparrabos. Momoa, de tan fiero que pretende parecer, a veces sobreactúa con muecas humorísticas. Pero esto quizá sea un error del director de actores, pues cuando no se excede Momoa sí interpreta correctamente a un guerrero con malas pulgas y te lo llegas a creer en su papel. Resulta por supuesto risible su cuerpo de Musclemag Magazine, un Conan que Howard nunca habría imaginado. Pero esto es un error que viene de atrás, no de Millius, sino de los comics de Marvel, que representaron a Conan como un musculoso hipertrofiado, primero Barry Smith y luego (sobre todo) Buscema. Millius se limitó a adoptar el canon buscemiano y por eso eligió a un culturista. Y el modelo se repite con Momoa. En resumen, este actor parece pasar la prueba con un Bien; los errores en que cae hay que achacarlos más bien a la productora y al director, buscadores de un Conan a lo Simon Bisley.

El personaje literario no ha tenido suerte fuera de los relatos que escribió Howard. Los escritores de pastiches lo pulverizaron y en los comics, incluso los más honrosos y talentosos, el cimmerio de Howard quedó (al menos estéticamente) un tanto cojo. En el cine directamente se han saltado cualquier respeto al personaje literario (empezando por Millius) y han reescrito al personaje como les ha dado la gana. Todos los aficionados del Conan original hubiéramos querido una serie de películas que llevaran a la gran pantalla historias como La Torre del Elefante, Nacerá una bruja o El tesoro de Tranicos, dando inicio a una franquicia cinematográfica respetuosa, seria y sobre todo adulta. Pedíamos demasiado. Con esta que se acaba de estrenar parecía evidente que a Conan no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió, como diría algún político retirado. Pensar que podíamos ver un Conan howardiano era ser demasiado ingenuos. Ir a ver esta película con afán purista era un ejercicio de masoquismo. Esto era la crónica de una muerte anunciada.

Al menos el que escribe esta reseña no tenía puesta esperanza alguna en una adaptación correcta del personaje; es más, se esperaba lo peor de lo peor y no se ha sentido estafado. Quizás por ello lo pasé muy bien viendo una entretenida película de espadazos al desvergonzado estilo ochentero. Es la única forma de disfrutar este Conan el Bárbaro del 2011; no hay que pedirle más porque no tiene más.

Andrés Díaz

Comments are closed.